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ISSN 1695-1751                                                            Número 99 - Diciembre.2011 Safar.1433 
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Estimados lectores:

      La colonización del mundo islámico por parte de las potencias europeas inauguró una nueva era en las relaciones entre los pueblos y marcó con una huella indeleble a todo el orbe musulmán. Por primera vez en la historia, una única civilización, la occidental, se erigía como árbitro supremo del destino del resto del mundo. La colonización europea marcó un antes y un después en la historia humana, porque, desde entonces, la política, la sociedad, la cultura y la economía de las naciones no occidentales ha seguido el paso marcado por Occidente. Desde su etnocentrismo, las potencias europeas colonizadoras trataron a los indígenas colonizados como “menores de edad”, en el mejor de los casos, o como “infrahumanos”, en el peor. Cuando se mostraron condescendientes, los poderes coloniales pretendieron imponer, mediante la persuasión o la fuerza, sus modelos de pensamiento y de conducta a los pueblos sometidos; cuando manifestaron toda su crueldad, simplemente los exterminaron físicamente.
     Quienes defienden, o al menos justifican, la colonización, afirman que las potencias europeas llevaron a las colonias los avances técnicos de la época y que inyectaron en las sociedades colonizadas valores como la democracia (no obstante, muchos pueblos habían practicado desde antiguo formas de “protodemocracia” asamblearia que fueron ninguneadas por los ocupantes). Este argumento ignora el hecho de que todos estos pueblos sometidos tenían una rica y larga historia antes de la llegada de los europeos, la cual, en la mayoría de los casos, fue ignorada o despreciada por las potencias ocupantes. Por otro lado, el razonamiento pasa por alto el hecho de que cada pueblo y cultura posee su propio ritmo de cambio y adaptación. Algunas civilizaciones se transforman rápidamente, otras lo hacen más despacio y otras no cambian en absoluto (véase por ejemplo, los “pueblos primitivos” de Oceanía, el Amazonas u otros lugares). Eso no las convierte en mejores ni peores; simplemente son distintas. El desarrollo material no puede ser el único factor significativo que determine el valor de una civilización.
       En cuanto a los valores democráticos, resulta paradójico, o quizás no lo sea tanto, que casi todas las naciones “independientes” surgidas tras la descolonización reprodujeran una explotación política muy similar a la impuesta por los colonos sobre los indígenas, en vez de los supuestos sistemas democráticos que prevalecían en la metrópoli. Esto no resulta extraño cuando entendemos que los nuevos gobernantes “independientes” solo eran, en la mayoría de los casos, títeres de los antiguos poderes coloniales. ¿Dónde está, entonces, el beneficio de la colonización?
          En cualquier caso, si en el número de Alif Nûn de este mes tratamos el tema de la colonización no es para alimentar una polémica estéril sobre un pasado lejano, sino para comprender cómo estos mecanismos coloniales están plenamente presentes en las actuales relaciones internacionales, y para entender que el pueblo que ignora su historia está condenado a repetirla.

La Dirección.


        Desde la ocupación de Irak por las tropas de EE.UU., los dirigentes norteamericanos se han debido enfrentar a preguntas difíciles que afectan a las posibles consecuencias de su decisión: ¿Cómo debe ejercer la autoridad una potencia ocupante extranjera y cómo debe dicha potencia transferir luego el poder a los exiliados que regresan o a las élites locales? ¿Cuáles son las condiciones bajo las cuales deben compartir el poder los grupos étnicos y religiosos rivales? ¿Qué ocurrirá si Irak se convierte en una democracia y elige a dirigentes antioccidentales?



        “Ya es hora de que Europa, que ha proclamado en el siglo XX su voluntad de defender la civilización y elevar a la humanidad, haga pasar estos nobles principios de la teoría a la práctica; de que se alce a defender a los humillados contra los agresores y de que sostenga, frente a los poderosos, el derecho de los débiles.”

__Muhammad ben Abdelkrim al-Jattabi, “Carta abierta a las naciones civilizadas”.
 

        El miedo al islamismo se basa en parte en un estudio sobre la resistencia en Irak titulado “Combatiendo al terrorismo” y realizado por la Academia Militar de West Point,  en el cual se afirma que “Libia contribuyó con más combatientes per cápita que cualquier otro país [...] incluyendo Arabia Saudita”. Más tarde añade que “la gran mayoría de los combatientes libios [...] procedía del noreste del país, sobre todo de las ciudades costeras de Derna [...] y Bengasi.” Estas ciudades han sido el centro de la rebelión contra Gaddafi. Andrew Exum, un especialista estadounidense en contrainsurgencia y antiguo oficial del ejército, señaló en un blog que “esto podría explicar por qué los rebeldes de las provincias orientales de Libia no están demasiado entusiasmados con la intervención militar de EE.UU. También podría frenar un poco el ímpetu de quienes en EE.UU. se muestran tan deseosos de armar a los rebeldes de Libia.”


        Al-Ustaz (maestro, en árabe) Mahmud Muhammad Taha nació en 1909 en Rufa'a, una pequeña localidad situada en la orilla oriental del Nilo Azul, en el centro de Sudán. Cuando su madre, Fatima bit Mahmud, falleció hacia 1915, su padre, Muhammad Taha, se trasladó junto a sus hijos a la aldea vecina de Al-Higailieg, donde toda la familia trabajó en la agricultura. Muhammad Taha murió alrededor de 1920, dejando a sus cuatro hijos en Rufa'a, a cargo de la tía de éstos. Al-Ustaz Mahmud pudo completar sus estudios dentro del competitivo sistema educativo de su tiempo, terminando la carrera de ingeniería en 1936, en el Gordon Memorial College, la actual Universidad de Jartum. Tras un corto periodo de tiempo trabajando para la compañía ferroviaria sudanesa, renunció a su puesto y en 1941 comenzó a trabajar en la empresa privada. Mahmud Muhammad Taha participó activamente en la lucha nacionalista por la independencia desde que el movimiento se iniciara a finales de los años treinta, pero se mostraba contrariado con el comportamiento de las élites educadas, a las que criticaba por someterse a los sectarios líderes religiosos tradicionales. La conducta de los partidos políticos convencionales también le parecía inadmisible, pues parecían dispuestos a aceptar el patrocinio de las potencias coloniales, poniendo así en peligro su compromiso con la plena independencia y la creación de una república sudanesa


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Sus labios rojos, por mi vida, son un ascua encendida
que, en su rostro, refresca y está húmeda.
Me preguntan en broma: ¿Cuál es tu religión?
Ay, por su amor mi fe está dividida:
mi corazón es musulmán, pero mis ojos
siguen la religión de Zoroastro
y adoran el fuego de su mejilla.


                                                                                     " Poemas "
                                                                                                                  _ Ben Sahl de Sevilla
                                                   
 

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