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ISSN 1695-1751                                                        Número 94 - Junio.2011 Rajab 1432 
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Estimados lectores:

        Cualquier persona con un mínimo de inteligencia e información es capaz de comprender que la civilización cristiana occidental se ha configurado a lo largo de los siglos a través de diversas influencias de muy diversa naturaleza. La herencia cultural grecorromana, la religión y la moral judeocristianas, los valores de la revolución francesa o el materialismo contemporáneo son sólo algunas de las muchas corrientes sociales,  políticas,  religiosas y filosóficas que han dado forma al mundo cristiano occidental tal y como lo conocemos hoy en día. Sin embargo, lo que resulta evidente en el caso occidental –la complejidad y la diversidad de influencias, a veces incluso contradictorias entre sí– no parece serlo tanto en el caso del mundo islámico. Multitud de sesudos analistas de todo género suelen reducir la compleja y diversa realidad del mundo islámico a una sola dimensión: la religiosa. Cualquier acontecimiento, conducta, pensamiento o actitud que se dé en el mundo islámico se explica de uno u otro modo a través del Islam. Desde la ablación de clítoris hasta los crímenes de honor,  desde el consumo de hachís hasta la danza del vientre se pueden analizar en términos religiosos. De ahí que cualquier acontecimiento, cambio o innovación que se produzca del mundo islámico debe llevar siempre consigo el sello del Islam, el cual, por definición, es refractario a cualquier cambio.
        En palabras del prestigioso académico marroquí Abdallah Laroui, “los cambios positivos, cuando se detectan en Occidente, se basan en semillas preexistentes, pero son defectos, taras o faltas cuando se producen en el no-Occidente. Uno es un milagro bienvenido, que puede cambiar y seguir siendo él mismo, mientras que el otro, en particular el Islam, es un accidente no deseado, que no puede cambiar sin traicionarse a sí mismo.” De ahí el reduccionismo simplista con el que suelen abordarse los asuntos relacionados con el mundo islámico. Como muy acertadamente afirma el historiador estadounidense Ira Lapidus: “Los musulmanes ‘no solo son musulmanes’. También son miembros de una familia, una tribu o una nación, proceden de un lugar determinado, ejercen una profesión y poseen ideologías políticas e intereses económicos diversos.”
        En el presente número de Alif Nûn abordaremos esta diversidad y complejidad de las sociedades musulmanas desde distintos puntos de vista, y veremos cómo una multitud de identidades se superponen y entremezclan en dichas sociedades, dando lugar al maravilloso crisol que constituye el mundo islámico actual. El primer artículo es una interesante entrevista con el profesor Ira Lapidus, en la que, además de analizar el tema que nos ocupa, trata algunos de los grandes asuntos relacionados con el Islam actual, tales como el Islam y la mujer o el Islam y la política. El segundo artículo sigue en la línea de analizar las sociedades islámicas, pero en este caso las compara con las occidentales, con el fin de demostrar que ambos mundos son mucho más parecidos de lo que pueda parecernos a primera vista. El tercer artículo aborda el asunto desde un punto de vista político, y trata de conciliar el laicismo con la legislación religiosa, comparando los distintos modelos de laicismo para decidir cuál de ellos se adecua mejor al pensamiento y la ética del Islam. Por último, el cuarto artículo es un repaso de los principales valores morales del Islam y al modo en que éstos podrían ayudar a mejorar las relaciones entre los pueblos.
 

La Dirección.
  

    El Islam es un universo complejo, tanto desde el punto de vista geográfico como histórico...

   Por supuesto. Su diversidad y las diferencias entre las personas y sus creencias, sus estilos de vida y sus políticas es algo que no hemos llegado a entender lo suficiente.

  ¿Cuáles son las características esenciales del sistema de creencia islámico? ¿Podría identificarlas para nosotros?

   En realidad, nos resultarán muy familiares. Las creencia en que hay un solo Dios que creó el mundo, que ubicó a los seres humanos en él, que les ordenó actuar con rectitud y comportarse de acuerdo con Sus leyes y que los juzgará en el Día del Juicio, premiándolos con el cielo o castigándolos con el infierno, es el mismo sistema de creencias en sus líneas fundamentales que el judeocristiano. Pero además añade la idea de que el Corán es la revelación definitiva de Dios, y que Muhammad es el último profeta. Para el Islam también es fundamental crear un sentido de hermandad y comunidad que es muy fuerte entre los musulmanes, y la base de la lealtad política.


        Cuando las comparan con sus propias sociedades progresistas y laicas, los occidentales tienden a pensar que las sociedades islámicas son retrógradas, están oprimidas por la religión y gobernadas de forma inhumana. Sin embargo, medir la distancia entre Occidente y el mundo islámico es una tarea compleja, pues dicha distancia es más escasa de lo que los occidentales suponen. El Islam no es solo una religión, y desde luego tampoco es un simple movimiento político fundamentalista. Se trata de una civilización  y un modo de vida que varía de un país musulmán a otro, pero que está animado por un espíritu mucho más humano de lo que la mayoría de los occidentales cree. Los occidentales tampoco suelen reconocer que sus propias sociedades han fracasado a la hora de vivir de acuerdo a sus ideales liberales. Por otro lado, muchos de los aspectos de la cultura islámica que los occidentales consideran como algo “medieval” han prevalecido en sus propias sociedades hasta hace muy poco; en muchos casos, el retraso social y tecnológico de las sociedades islámicas con respecto a las occidentales es de solo unas pocas décadas. En último término, la cuestión se reduce a saber cuál es el modo de alcanzar el mayor nivel de vida para el ciudadano medio, evitando al mismo tiempo los peores abusos. El modelo occidental no ofrece todas las respuestas a esta pregunta, y los valores islámicos merecen ser tomados muy en cuenta. 

        Podemos abordar de dos maneras la compatibilidad entre el laicismo y la ley islámica. Por un lado, podemos plantearnos de qué modo o hasta qué punto es el laicismo una condición previa para un desarrollo político en democracia, y si los valores y las prácticas religiosas pueden tener cabida. Por el otro, podemos invertir la pregunta, como harían muchos musulmanes, y plantearnos de qué modo o hasta qué punto es la religión una condición previa para un desarrollo político en democracia, y si los valores y las prácticas laicas pueden tener cabida.
        No pretendo parecer frívolo ni impertinente. Si el laicismo significa la ausencia de religión en la sociedad, las sociedades menos democráticas del siglo XX –la Alemania nazi, la Rusia soviética y la China comunista– responden a esta definición mucho mejor que la muy religiosa sociedad estadounidense. Para examinar la relación entre el laicismo y la religión, antes debemos definir qué entendemos por laicismo y debemos procurar distinguir entre el concepto de “sociedad” y el concepto de “Estado”.
    El laicismo es compatible con la ley islámica solo si se concibe como una separación de poder entre las autoridades políticas (el gobierno) y las autoridades religiosas (la “Iglesia”), pero es incompatible con la ley islámica cuando se interpreta como una prohibición de la ética, la identidad y el sentimiento religiosos en la esfera pública.



        La ética islámica se basa en la moral coránica y en la sunna (zuna). El Corán es la palabra increada, el Libro Sagrado, cuya enseñanza es obligatoria para todos los musulmanes. Tiene un carácter doctrinal, moral, legal, civil, penal, constitucional y económico, de modo que no se puede tildar a la moral coránica de simple moral religiosa, puesto que no tiene por finalidad solamente la relación del hombre con Dios, sino que abarca, asimismo, los más variados aspectos de la actividad humana: bondad, malicia, deberes y obligaciones, derechos, castigos, responsabilidad, etc.
        La ética no es un castigo. Obrar con moralidad es respetar la dignidad humana. La moral combate y pone en fuga las tentaciones, las debilidades y la injusticia. Esclarece también la mente para que ésta juzgue y actúe con equidad y discernimiento. La justicia debe ser aplicada sin discriminación, tanto a uno mismo como al prójimo, tanto a propios como a extraños, tanto a los poderosos como a los débiles, tanto a la comunidad musulmana como a la que no lo es. Estas palabras pertenecientes al jurisconsulto Ibn Hanbal son elocuentes y esperanzadoras:
“Cada vez que la justicia progrese, la injusticia retrocederá otro tanto, hasta el extremo de que la justicia sólo forjará en adelante hombres justos”.
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TODO SER VIVO TIENE UN DIA MALO

Un ave perseguida por la muerte,
tras sus huellas un aleteo,

como si sus plumas fueran dardos encarnados
en una masa de vientos,

como si las puntas de gruesos cálamos
se hubieran borrado en las impecables plumas de su pecho.

Y la mató en el acto con garras de uñas afiladas
que hacen lo mismo que lanzas y espadas.

Dije: todo ser vivo tiene un día malo,
aunque las almas intenten evitarlo.



                                                                                     "Al-Mutanabbi"
                                                                                _  [ Tiempo sin tregua ]
                                                   
 

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