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Estimados lectores:
Cualquier persona con un mínimo
de inteligencia e información es capaz de comprender que la civilización
cristiana occidental se ha configurado a lo largo de los siglos a través
de diversas influencias de muy diversa naturaleza. La herencia cultural grecorromana,
la religión y la moral judeocristianas, los valores de la revolución
francesa o el materialismo contemporáneo son sólo algunas
de las muchas corrientes sociales, políticas, religiosas
y filosóficas que han dado forma al mundo cristiano occidental tal
y como lo conocemos hoy en día. Sin embargo, lo que resulta evidente
en el caso occidental –la complejidad y la diversidad de influencias, a
veces incluso contradictorias entre sí– no parece serlo tanto en
el caso del mundo islámico. Multitud de sesudos analistas de todo
género suelen reducir la compleja y diversa realidad del mundo islámico
a una sola dimensión: la religiosa. Cualquier acontecimiento, conducta,
pensamiento o actitud que se dé en el mundo islámico se explica
de uno u otro modo a través del Islam. Desde la ablación de
clítoris hasta los crímenes de honor, desde el consumo
de hachís hasta la danza del vientre se pueden analizar en términos
religiosos. De ahí que cualquier acontecimiento, cambio o innovación
que se produzca del mundo islámico debe llevar siempre consigo el
sello del Islam, el cual, por definición, es refractario a cualquier
cambio.
En palabras del prestigioso académico
marroquí Abdallah Laroui, “los cambios positivos, cuando se detectan
en Occidente, se basan en semillas preexistentes, pero son defectos, taras
o faltas cuando se producen en el no-Occidente. Uno es un milagro bienvenido,
que puede cambiar y seguir siendo él mismo, mientras que el otro,
en particular el Islam, es un accidente no deseado, que no puede cambiar sin
traicionarse a sí mismo.” De ahí el reduccionismo simplista
con el que suelen abordarse los asuntos relacionados con el mundo islámico.
Como muy acertadamente afirma el historiador estadounidense Ira Lapidus:
“Los musulmanes ‘no solo son musulmanes’. También son miembros de una
familia, una tribu o una nación, proceden de un lugar determinado,
ejercen una profesión y poseen ideologías políticas e
intereses económicos diversos.”
En el presente número de
Alif Nûn abordaremos esta diversidad y complejidad de las sociedades
musulmanas desde distintos puntos de vista, y veremos cómo una multitud
de identidades se superponen y entremezclan en dichas sociedades, dando
lugar al maravilloso crisol que constituye el mundo islámico actual.
El primer artículo es una interesante entrevista con el profesor
Ira Lapidus, en la que, además de analizar el tema que nos ocupa,
trata algunos de los grandes asuntos relacionados con el Islam actual, tales
como el Islam y la mujer o el Islam y la política. El segundo artículo
sigue en la línea de analizar las sociedades islámicas, pero
en este caso las compara con las occidentales, con el fin de demostrar que
ambos mundos son mucho más parecidos de lo que pueda parecernos a
primera vista. El tercer artículo aborda el asunto desde un punto
de vista político, y trata de conciliar el laicismo con la legislación
religiosa, comparando los distintos modelos de laicismo para decidir cuál
de ellos se adecua mejor al pensamiento y la ética del Islam. Por
último, el cuarto artículo es un repaso de los principales
valores morales del Islam y al modo en que éstos podrían ayudar
a mejorar las relaciones entre los pueblos.
La Dirección.
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El Islam es un universo complejo, tanto desde el
punto de vista geográfico como histórico...
Por supuesto. Su diversidad y las diferencias entre las personas
y sus creencias, sus estilos de vida y sus políticas es algo que no
hemos llegado a entender lo suficiente.
¿Cuáles son las características esenciales
del sistema de creencia islámico? ¿Podría identificarlas
para nosotros?
En realidad, nos resultarán muy familiares. Las creencia
en que hay un solo Dios que creó el mundo, que ubicó a los
seres humanos en él, que les ordenó actuar con rectitud y comportarse
de acuerdo con Sus leyes y que los juzgará en el Día del Juicio,
premiándolos con el cielo o castigándolos con el infierno,
es el mismo sistema de creencias en sus líneas fundamentales que el
judeocristiano. Pero además añade la idea de que el Corán
es la revelación definitiva de Dios, y que Muhammad es el último
profeta. Para el Islam también es fundamental crear un sentido de hermandad
y comunidad que es muy fuerte entre los musulmanes, y la base de la lealtad
política.
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Cuando las comparan con sus propias
sociedades progresistas y laicas, los occidentales tienden a pensar que las
sociedades islámicas son retrógradas, están oprimidas
por la religión y gobernadas de forma inhumana. Sin embargo, medir
la distancia entre Occidente y el mundo islámico es una tarea compleja,
pues dicha distancia es más escasa de lo que los occidentales suponen.
El Islam no es solo una religión, y desde luego tampoco es un simple
movimiento político fundamentalista. Se trata de una civilización
y un modo de vida que varía de un país musulmán a otro,
pero que está animado por un espíritu mucho más humano
de lo que la mayoría de los occidentales cree. Los occidentales tampoco
suelen reconocer que sus propias sociedades han fracasado a la hora de vivir
de acuerdo a sus ideales liberales. Por otro lado, muchos de los aspectos
de la cultura islámica que los occidentales consideran como algo “medieval”
han prevalecido en sus propias sociedades hasta hace muy poco; en muchos
casos, el retraso social y tecnológico de las sociedades islámicas
con respecto a las occidentales es de solo unas pocas décadas. En
último término, la cuestión se reduce a saber cuál
es el modo de alcanzar el mayor nivel de vida para el ciudadano medio, evitando
al mismo tiempo los peores abusos. El modelo occidental no ofrece todas las
respuestas a esta pregunta, y los valores islámicos merecen ser tomados
muy en cuenta.
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Podemos abordar de dos maneras la
compatibilidad entre el laicismo y la ley islámica. Por un lado,
podemos plantearnos de qué modo o hasta qué punto es el laicismo
una condición previa para un desarrollo político en democracia,
y si los valores y las prácticas religiosas pueden tener cabida.
Por el otro, podemos invertir la pregunta, como harían muchos musulmanes,
y plantearnos de qué modo o hasta qué punto es la religión
una condición previa para un desarrollo político en democracia,
y si los valores y las prácticas laicas pueden tener cabida.
No pretendo parecer frívolo
ni impertinente. Si el laicismo significa la ausencia de religión
en la sociedad, las sociedades menos democráticas del siglo XX –la
Alemania nazi, la Rusia soviética y la China comunista– responden a
esta definición mucho mejor que la muy religiosa sociedad estadounidense.
Para examinar la relación entre el laicismo y la religión, antes
debemos definir qué entendemos por laicismo y debemos procurar distinguir
entre el concepto de “sociedad” y el concepto de “Estado”.
El laicismo es compatible con la ley islámica
solo si se concibe como una separación de poder entre las autoridades
políticas (el gobierno) y las autoridades religiosas (la “Iglesia”),
pero es incompatible con la ley islámica cuando se interpreta como
una prohibición de la ética, la identidad y el sentimiento
religiosos en la esfera pública.
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La ética islámica
se basa en la moral coránica y en la sunna (zuna). El Corán
es la palabra increada, el Libro Sagrado, cuya enseñanza es obligatoria
para todos los musulmanes. Tiene un carácter doctrinal, moral, legal,
civil, penal, constitucional y económico, de modo que no se puede
tildar a la moral coránica de simple moral religiosa, puesto que no
tiene por finalidad solamente la relación del hombre con Dios, sino
que abarca, asimismo, los más variados aspectos de la actividad humana:
bondad, malicia, deberes y obligaciones, derechos, castigos, responsabilidad,
etc.
La ética no es un castigo.
Obrar con moralidad es respetar la dignidad humana. La moral combate y pone
en fuga las tentaciones, las debilidades y la injusticia. Esclarece también
la mente para que ésta juzgue y actúe con equidad y discernimiento.
La justicia debe ser aplicada sin discriminación, tanto a uno mismo
como al prójimo, tanto a propios como a extraños, tanto a los
poderosos como a los débiles, tanto a la comunidad musulmana como
a la que no lo es. Estas palabras pertenecientes al jurisconsulto Ibn Hanbal
son elocuentes y esperanzadoras:
“Cada vez
que la justicia progrese, la injusticia retrocederá otro tanto, hasta
el extremo de que la justicia sólo forjará en adelante hombres
justos”.
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TODO SER VIVO TIENE UN DIA MALO
Un ave perseguida por la muerte,
tras sus huellas un aleteo,
como si sus plumas fueran dardos encarnados
en una masa de vientos,
como si las puntas de gruesos cálamos
se hubieran borrado en las impecables plumas de su pecho.
Y la mató en el acto con garras de uñas afiladas
que hacen lo mismo que lanzas y espadas.
Dije: todo ser vivo tiene un día malo,
aunque las almas intenten evitarlo.
"Al-Mutanabbi"
_ [
Tiempo sin tregua
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