ISLAM, SHARIA
Y ECONOMÍA DE MERCADO [1]


Imad-ad-Dean Ahmad [2]


 Durante el encuentro anual de 1996 celebrado en Chicago por la Philadelphia Society –una organización liberal (los estadounidenses dirían conservadora) dedicada al estudio de la historia del constitucionalismo y el Estado de derecho en EE.UU–, el intelectual conservador M. Stanton Evans ofreció una conferencia en la que señaló que los antiguos griegos no concebían el imperio de la ley como lo hacemos hoy en día. Para los antiguos griegos, el gobernante estaba por encima de la ley. La ley era un conjunto de normas que unos hombres imponían a otros. En la actualidad, entendemos que las leyes deben aplicarse por igual a todo el mundo, ya sea un rey o un mendigo. Evans afirmó que esta concepción fue una invención de los cristianos medievales, los escolásticos, y puso el ejemplo de algunos escolásticos del siglo XII que afirmaban que el rey no está por encima de la ley.

Durante el periodo de preguntas y respuestas, le recordé que los escolásticos cristianos de la Edad Media estudiaron a los antiguos griegos a través de toda una serie de traducciones y comentarios que los eruditos musulmanes habían llevado a cabo. Los europeos medievales habían perdido el contacto con su propia tradición, y fueron los musulmanes quienes tradujeron a Aristóteles y otros autores al árabe, y comentaron las obras de éstos. Fue sobre todo a través de estas traducciones y comentarios, traducidos luego al latín, que los escolásticos obtuvieron su conocimiento e inspiración. Fue durante la civilización islámica clásica cuando se desarrolló el concepto moderno de Estado de derecho. Frente a sus citas del siglo XII, yo le recordé otra cita del siglo VII. Durante su toma de posesión como jalifa (sucesor del profeta Muhammad,), Abu Bakr dijo: “Si os ordeno algo acorde con el Corán y la conducta del Profeta, obedecedme, pero si os ordeno algo que se aparte del Corán o la conducta del Profeta, no me debéis obediencia, sino que tenéis la obligación de corregirme.” 

El Sr. Evans aceptó mi aclaración como “una puntualización amistosa”, pero se apresuró a añadir que él estaba hablando del Estado de derecho en la práctica, no en teoría. Yo le contesté que durante cientos de años, la civilización islámica puso en práctica el Estado de derecho, y le remití a mi libro Islam and the Discovery of Freedom (“El Islam y el descubrimiento de la libertad”). Así pues, fueron los musulmanes, y no los antiguos griegos o los cristianos medievales, los primeros en instituir el concepto de Estado de derecho en el sentido en que hoy en día es valorado por los liberales.

El comentario de Abu Bakr es extremadamente importante, pues en él podemos identificar la clave de la diferencia ente la antiguas estructuras de poder y el proceso de toma de decisiones bajo el Estado de derecho. Los antiguos sistemas legales consistían en que unos seres humanos daban órdenes a otros seres humanos. Estoy seguro de que a raíz de la caída de la Unión Soviética ustedes habrán oído hablar sobre la diferencia entre la economía planificada y la economía gobernada por el Estado de derecho. En una economía gobernada por el Estado de derecho, un solo conjunto de leyes o normas gobierna la toma de decisiones y la gente no actúa basándose en órdenes hechas a medida para situaciones concretas, sino en su libre elección dentro del marco ofrecido por unas leyes de aplicación universal. Éste es precisamente el sistema islámico. 

La economía de mercado necesita estar regulada por el Estado de derecho para poder operar, pues no funciona mediante órdenes sino por decisiones individuales que deben someterse al imperio de la ley. El Corán afirma de forma explícita estar a favor de la productividad y el libre comercio. No plantea una actitud ascética, pero sí recomienda la moderación en materia de consumo. No solo favorece el comercio, sino que también especifica muchas de las normas que deberían regularlo. El profeta Muhammad mismo se ganó la vida como comerciante, al igual que su esposa Jadiya. Durante el gobierno del profeta Muhammad y de Abu Bakr se protegió la propiedad. Solo existían unos pocos impuestos bien especificados, y el gobierno no intervenía en la economía, salvo para perseguir el fraude, castigar el robo o eliminar la ribâ (el cobro de intereses). [3]   A pesar de adoptar algunas prácticas fiscales de los territorios recién conquistados (a menudo en una proporción muy reducida) y ciertas legislaciones que resultaron necesarias para administrar aquellos vastos territorios, todos los jalifas justos siguieron el mismo esquema general. Las desviaciones con respecto a este esquema durante la época de los primeros omeyas fueron condenadas y en gran parte subsanadas bajo el gobierno del gran reformador Umar ibn Abdul Aziz. 

Sin embargo, las primeras enseñanzas islámicas se fueron desvirtuando gradualmente, a lo largo de los cientos de años que comprenden el periodo del Islam clásico, hasta que “la puerta del iytihâd (el ejercicio de la razón) quedó cerrada” [4] , lo cual precipitó la pérdida de dinamismo de la jurisprudencia islámica, el estancamiento de la ley y la caída de la civilización islámica frente a Occidente. (Fue más o menos cuando los musulmanes abandonaron el iytihâd que los occidentales adoptaron conceptos islámicos como el Estado de derecho, los cuales ayudaron a impulsar al Renacimiento europeo). 

Mucho más adelante, cuando el mundo islámico estaba en pleno retroceso, el socialismo laico implantado en muchos países musulmanes empleó políticas completamente injustificables de acuerdo al código ético del Islam que arruinaron las economías de dichos países, desde Argelia a Bangladesh. Y el grado de deterioro que han provocado las políticas adoptadas por los estados del bienestar en la economía de varios países musulmanes como Turquía tampoco es desdeñable. Incluso sin el análisis de los economistas, cualquier turista podría darse cuenta de que ningún país con un tipo de cambio de 76.000 liras por dólar y una inflación anual del 100% ha seguido la sólida política monetaria del profeta Muhammad, quien solo empleaba monedas fuertes como el oro, la plata y el trigo duro. Los musulmanes no se desviaron de esta buena práctica hasta casi 400 años después del profeta. 

No obstante, quienes afirman que el Islam es solo un sistema económico y político se contradicen a sí mismos al ser incapaces de explicar la naturaleza específica de dicho sistema. A las personas poco familiarizadas con el Islam suelo explicarles que la enseñanza fundamental de esta religión es lâ illâha illâ Allâh: no hay más dios que Dios. Una de las consecuencias más importantes de este principio es que no hay intermediarios entre nosotros y el Todopoderoso; somos directamente responsables ante Él. Si obedecemos a alguien más, en contradicción con la voluntad divina, somos culpables de shirk, la más grave de las transgresiones dentro del Islam y la única que Dios ha dicho que no pasará por alto.

Si reconocemos que la sharia (ley islámica) consta de una serie de imperativos éticos a los que cualquier sistema político o económico islámico debe ajustarse, podemos ver que son los principios éticos fundamentales enunciados en el Corán los que deben limitar el poder de los gobiernos, y no los políticos musulmanes los que deben dictar interpretaciones de la ley islámica. Ya que el mismo Dios que creó el Corán creó también las leyes que gobiernan las sociedades, cualquier conflicto que pueda apreciarse entre ambos es producto de una falta de comprensión por nuestra parte, ya sea por malinterpretar el Corán o por implementar incorrectamente las políticas sociales. Tales discrepancias deban resolverse mediante el estudio y el debate razonado (iytihâd ), y no a través de la coacción política.

Me gustaría señalar aquí que la teoría clásica de la división de poderes y el control mutuo que ejercen unos poderes sobre otros –de lo cual se sienten tan orgullosos los estadounidenses– existían ya en la ley islámica de un modo incluso más acentuado. El así llamado gobernante era el poder ejecutivo. Los jueces, aunque nombrados por el gobernante (como muchos jueces estadounidenses que son nombrados por el ejecutivo) conservaban su independencia, pues una vez nombrados no podían ser cesados de manera arbitraria por el gobernante. (Además, la gente podía elegir al juez al que acudir en caso de litigio). El legislativo, por su parte, al principio no formaba parte del gobierno. En realidad, ni siquiera era un poder legislativo en sí, pues el Islam no admite una legislación inventada. Tal y como he señalado en otra parte, la ley en el Islam es un proceso de descubrimiento. [5] Así como los científicos creen que las leyes de la física existen como un absoluto, esperando a ser descubiertas en lugar de inventadas, los legisladores musulmanes creen que la sharia ha sido creada por Dios y que ellos deben descubrirla y articularla, pero no inventarla. En ese sentido, se parecen más a los científicos que a los legisladores. Al principio, los ulemas (sabios) eran totalmente independientes de los gobernantes, pero casi al mismo tiempo que se cerró la puerta del iytihâd, comenzaron a recibir un salario del gobierno. Al-Ghazâlî   [6] criticó esta tendencia, afirmando que los mejores gobernantes son los que frecuentan las casas de los sabios, y los “peores sabios” son los que frecuentaban las casas de los gobernantes.

El tema de la democracia también es muy importante. Lo que hace buena a la democracia no es que sea moralmente superior, pues las mayorías “se equivocan” a menudo. Lo que hace buena a la democracia es que constituye una forma adecuada de resolver pacíficamente los conflictos. Dado que las mayorías suelen estar en mejores condiciones de ganar una guerra, a la larga es preferible, por razones prácticas, permitir que dichas mayorías elijan a sus dirigentes, en lugar de iniciar una guerra para imponerlos. De este modo podemos salvar vidas y recursos. Algunas cuestiones, sin embargo, no están sujetas a la regla de la conveniencia. Por ejemplo, no debe permitirse que las mayorías acaben con los derechos de las minorías, aunque la proporción sea de 1.000.000 a 1. Cuando decimos esto, estamos reconociendo una ley de rango superior. Los laicistas podrían llamarla ley natural y las personas religiosas, si son musulmanas, podrían llamarla ley divina, sharia . Sea cuál sea el nombre que le demos, las mayorías no tienen derecho a derogar dicha ley.

¿Y qué ocurre con la idea según la cual el Islam está más cerca del socialismo que del capitalismo? Esta afirmación no resiste un examen crítico. Después de todo, el socialismo se define como la propiedad estatal de los medios de producción, pero no hay nada en la sharia que justifique dicha propiedad en manos del Estado. La percepción de que existe una semejanza entre el Islam y el socialismo se debe enteramente a la institución islámica del zakat (la limosna obligatoria) y la prohibición de la ribâ . Sin embargo, el propósito del zakat es la “purificación” de la riqueza, no su confiscación. El zakat está fijado en el 2,5% de la riqueza acumulada o el patrimonio neto. Es lo bastante reducido como para dejar la mayor parte de la riqueza en manos de la mayoría productiva, a la vez que ofrece a los más pobres los medios para convertirse ellos mismos en una fuerza productiva. No impone en absoluto un límite a la riqueza (el porcentaje es el mismo, al margen de la riqueza acumulada por el individuo) y, al mismo tiempo, no es regresivo, pues quienes carecen de medios de subsistencia están exentos de pagarlo. [7]   

La idea habitual de que en el Islam se prohíbe cobrar intereses es más problemática. Aquí solo voy a destacar tres argumentos de por qué la controversia sobre esta cuestión no debería llevarnos a suponer que el Islam es socialista. 

En primer lugar, debo admitir que la prohibición del interés es anticapitalista en el sentido marxista de la palabra capitalismo. Sin embargo, debemos tener en cuenta que el capitalismo, en el sentido de vivir de las rentas, no es la esencia del mercado. La esencia del mercado es el espíritu empresarial. El comercio, y no la banca, es la función principal de los mercados.

En segundo lugar, debemos recordar que el dinero es un bien fungible. [8] El dinero, como el agua, puede fluir alrededor de los obstáculos puestos en su camino, y el obstáculo que supone la prohibición del interés es mínimo para la mayoría de las transacciones del mercado, pues es muy fácil de sortear a través de diversas alternativas empresariales. La participación en los beneficios suele ser la opción más empleada en el caso de los llamados sistemas de “ banca islámica ”.

Por último, un examen cuidadoso del Corán, los hadices y la jurisprudencia islámica demuestra que ciertas formas de interés nunca han estado prohibidas en la civilización islámica. La jurisprudencia islámica siempre ha reconocido la validez del pago a crédito y de los descuentos por pago en efectivo. Cualquier economista nos dirá que eso es interés. Es solo el interés derivado de los préstamos monetarios el que ha sido prohibido por los juristas. Por supuesto, dicho interés a menudo puede ser evitado entregando al prestamista una parte de los bienes adquiridos o de los beneficios de la empresa que ha financiado. Sin embargo, en otro lugar ya he demostrado que la ribâ prohibida a los musulmanes es la explotación de cualquier tipo, incluyendo la usura, aunque no solo ésta. [9] Aprovecharse de la desesperación de una persona sin recursos es un grave pecado para un musulmán. Siempre que se menciona la ribâ en el Corán, se hace en un contexto donde se está hablando sobre la caridad. Por el contrario, la única vez que el Corán  menciona juntos la ribâ y el comercio es para comparar con un loco a cualquiera que diga que ambas cosas son iguales. [10]  

El Islam tampoco debe ser considerado en ningún caso como una forma de colectivismo. Es cierto que, a diferencia del individualismo extremo de Occidente, el Islam entiende que la familia y la comunidad desempeñan una importante función y exige que los individuos cumplan con sus obligaciones hacia esas instituciones. Sin embargo, el Corán se ocupa principalmente de la persona y busca reformar la sociedad reformando al individuo. Invoca la moral y no la coacción, la cual prohíbe de manera explícita.

No es necesario recordar la importancia de la economía. Sin embargo, opino que la historia no recibe su impulso de la economía, sino del espíritu humano. Si deseamos cambiar el sistema económico, debemos emplear el espíritu humano en el proceso. El Islam enseña que los seres humanos somos los jalifas de Dios: Sus representantes en la tierra y los administradores de Su creación. Para los musulmanes, el mundo material no es un lugar donde somos castigados por algún pecado original, sino el campo de pruebas donde debemos demostrar nuestra sumisión (islâm) intencionada y consciente a la voluntad de Dios, glorificado y exaltado sea. Y no podemos cumplir esta tarea sin la libertad de elegir el bien sobre el mal por nuestra propia voluntad. Así pues, el Corán dice: “No cabe coacción en asuntos de fe”. No podemos mejorar el bienestar de nuestra sociedad si se nos impide ejercer adecuadamente nuestro derecho a la propiedad. En su peregrinación de la despedida, el profeta dijo: “Todos sois hermanos, y no podéis tomar de vuestro hermano nada que él no os haya ofrecido libremente.”

Es comprensible que los cristianos no estén familiarizados con la historia islámica. Más preocupante es, sin embargo, que nosotros los musulmanes hayamos perdido el contacto con nuestra propia herencia. Por lo tanto, es necesario un diálogo constructivo entre musulmanes laicos liberales y musulmanes islamistas que permita que los primeros recuperen las bases religiosas y éticas del derecho natural y dé a los segundos las herramientas necesarias para forjar una verdadera civilización islámica del siglo XXI, en lugar de reproducir burdas copias de instituciones muertas pertenecientes a sus ancestros. Los musulmanes laicos deberían conocer mejor la verdadera historia del Islam y la esencia de la ley islámica, mientras que los musulmanes en general no solo necesitan aprender más sobre las teorías político-económicas, sino también sobre su propio legado islámico. Ello permitirá a ambos grupos no repetir los errores cometidos tanto por el estatismo socialista como por el capitalismo salvaje.



NOTAS.-


[1] Traducción, extracto y adaptación del texto publicado en: http://www.islamfortoday.com/imad01.htm Versión en castellano elaborada por el equipo de traductores de Alif Nûn . Este artículo fue presentado en un principio en forma de conferencia durante el Segundo Simposio Internacional sobre Liberalismo celebrado en Ankara (Turquía) entre los días 18 y 19 de mayo de 1996. Salvo que se indique lo contrario, todas las notas son de la Redacción de Alif Nûn .

[2] Imad-ad-Dean Ahmad nació en 1948 y es un académico estadounidense de origen palestino. Imparte clases de religión y ciencias en la Universidad de Maryland y también ha impartido cursos en la Universidad de Georgetown y la Universidad Johns Hopkins. Es presidente del Minaret of Freedom Institute, organización dedicada al análisis de asuntos políticos, sociales y económicos, y de la Islamic-American Zakat Foundation, institución dedicada a atender las necesidades materiales de los pobres y necesitados en EE.UU.

[3] Para más información, véase A.V. Lorca Corróns, / Olivia Orozco de la Torre, La banca islámica sin intereses , AECI, Madrid, 1999; Faeyz M. J. Abuamria, El mecanismo de funcionamiento de los bancos islámicos , Universidad de Granada, Granada, 2007; Muhammad Baquer al-Sadr, “ La economía islámica: las bases generales de la institución bancaria en la sociedad islámica ”, revista Alif Nûn nº 41, septiembre de 2006.

[4] Conviene recordar que dentro del Islam se ha distinguido tradicionalmente entre el iytihâd absoluto (mutlaq), es decir, la creación de una nueva escuela de jurisprudencia con sus propias normas y métodos de razonamiento, a lo cual nadie se ha atrevido en los últimos siglos, y el iytihâd restringido ( muqayyad), práctica que sigue viva hasta el día de hoy y que consiste en ejercer el razonamiento lógico para emitir nuevas sentencias y pronunciamientos jurídicos, usando los métodos y las normas establecidas por una determinada escuela de jurisprudencia. Para más información, véase Ali Laraki, “En torno al iytihâd y al taqlid”, en Ibn abi Zaid al-Qairawani, La Risala: tratado de creencia y derecho musulmán , Kutubia Mayurqa, Palma de Mallorca, 1999, pp. 569-586.

[5] I. A. Ahmad , “Islam and Hayek”, en Economic Affairs nº 13 #3, abril de 1993,  p. 17. (Nota del autor).

[6] Para más información sobre la figura de al-Ghazâlî, véase Amrei Rahman, “ Muhammad al-Gazâli: análisis de su pensamiento y de su trayectoria vital ”, revista Alif Nûn nº 37, abril de 2006.

[7] Es necesario aclarar que no todo el mundo que dispone de un patrimonio neto está obligado a pagar el zakat, sino que es necesario ser poseedor a lo largo de todo un año de un valor mínimo (nisâb), el cual se establece en función del tipo de bienes de que se trate.

[8] Los bienes fungibles son aquellos que no se pueden usar conforme a su naturaleza si no se consumen (también conocidos como bienes consumibles).

[9] I. A. Ahmad , “Riba and Interest: Definitions and Implications”. Conferencia  pronunciada durante el 22º encuentro del American Muslim Social Scientists, celebrado entre el 15 y el 17 de octubre de 1993 en Herndon, Virginia. (Nota del autor).

[10] “Los que devoran la usura se comportan como aquel a quien el toque de Satán ha sumido en el desconcierto; porque dicen: ‘El comercio es una forma de usura’, siendo así que Dios ha hecho lícito el comercio y ha prohibido la usura.” (Corán, 2:275). Traducción extraída de El mensaje del Qur’an (6 vol.) , The Book Foundation, EE.UU., 2006.


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