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LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD
PARA EL RÉGIMEN SIRIO [1] Carsten Wieland [2] El 31 de enero de 2011, el Wall Street Journal publicó unas palabras de Bashar al-Asad de las cuales el presidente sirio se debe de estar arrepintiendo. En una entrevista concedida a este diario, dijo que los gobernantes árabes deberían avanzar más rápido para complacer las crecientes aspiraciones políticas y económicas de los pueblos árabes. “Si no vieron la necesidad de reforma antes de lo sucedido en Egipto y Túnez , quizás sea demasiado tarde para emprender cualquier reforma”, dijo en tono de crítica refiriéndose a sus homólogos árabes. Sin embargo, Asad llegó a asegurar que “ Siria es estable. ¿Por qué? Porque estamos muy vinculados al sentir del pueblo. Esta es la cuestión principal. Cuando existe divergencia...se produce ese vacío que genera disturbios”.
El presidente Asad, por su parte, pronto podría empezar a sentir nostalgia por los días en que la principal fuente de disidencia en Siria era un grupo de intelectuales del Movimiento de la Sociedad Civil, la mayoría de ellos ancianos que durante los últimos diez años han exigido pluralismo político y derechos civiles. Asad podía pasar por alto las veces que ha sido criticado a través de altisonantes declaraciones, mediante recogida de firmas o en artículos críticos publicados en la prensa libanesa, aunque dirigidos a los lectores sirios. Muchos de los autores comparten con él la orientación baazista y panarabista y los duros posicionamientos con respecto a Israel ; podrían haber sido socios laicistas que tendieran puentes hacia los islamistas y otras fuerzas más radicales. Justo después de la invasión estadounidense de Irak , en mayo de 2003, muchos observadores se sorprendieron cuando una figura clave del régimen felicitó a la oposición siria por su prudencia. Bahyat Sulaiman, el poderoso ex-responsable de la inteligencia siria, escribió en el diario libanés Al-Safir : “En Siria, el régimen no tiene enemigos sino ‘opositores’ cuyas demandas no van más allá de ciertas reformas políticas y económicas, como el final del estado de excepción y de la ley marcial, la adopción de una ley de partidos políticos y la redistribución equitativa de la riqueza nacional”. [3] Suleiman sabía que el forzar un cambio de régimen solo formaba parte de las prioridades de unos pocos exiliados y de los políticos estadounidenses. Sin embargo, el presidente Asad trató
a los intelectuales del Movimiento de la Sociedad Civil –con sus grupos
de debate y sus charlas sobre una transición suave para abandonar
el autoritarismo en Siria– como si fueran una banda de criminales. Han pasado
los días en los que la rebeldía se reducía a debatir
sobre política en los cuartos traseros de unas teterías invadidas
por el humo aromático de las pipas de agua. Ahora, el presidente
sirio se enfrenta a tumultos en las calles y al olor a pólvora. Nadie sabe cómo acabarán los disturbios callejeros en Siria, y no solo porque la información sobre las manifestaciones y los enfrentamientos sea tan escasa. Dar‘a, ciudad agrícola del sur, y el puerto mediterráneo de Banyas, los principales centros de los disturbios a mediados de abril, son zonas prohibidas para los periodistas, y según se dice, todas las vías de comunicación con Banyas han quedado cortadas. La cobertura informativa procedente de Siria ha sido escasa durante la crisis. Otra cuestión es hasta qué punto las ciudades y los pueblos sirios han sido presa del temor a incidentes sectarios provocados por las disputas entre grupos con intereses creados o por el aumento de la actividad criminal –ambas circunstancias alimentadas por el régimen– tras la escalada de las protestas. Sin embargo, ya podemos intuir las primeras consecuencias: las relaciones de poder se verán alteradas. Puestos clave dentro del régimen han sido reestructurados, en medio de rumores sobre un enfrentamiento directo de Bashar al-Asad con los servicios de seguridad, el ejército, otros miembros de su clan y, posiblemente, fuertes discordias entre ‘alawíes, sunníes y miembros de otros grupos en las altas instancias del poder. El régimen tendrá menos libertad de acción para tomar decisiones sociales, económicas y políticas en el futuro; deberá adoptarlas con mayor cautela, prestando más atención al buen gobierno y apoyándose menos de la represión, si quiere evitar que las próximas protestas sean aún más enérgicas que las de 2011. En cualquier caso, las actuales protestas están lejos de terminar, y su principal objetivo es el cambio de régimen. Asad ha rechazado durante años las peticiones de un cambio profundo, poniendo en marcha reformas parciales y a veces puramente cosméticas. Algunos estratos de la población han considerado al propio Asad como parte de la solución; el peligro es que va a perder el apoyo de estas personas, convirtiéndose así en parte del problema. Siria es muy diferente a Túnez o Egipto en lo que respecta a su política exterior, su estructura ideológica y su composición social, por lo que los trascendentales acontecimientos de 2011 en esos países no se repetirán de manera automática en el caso de Siria. Sin embargo, el tipo de crisis que ha motivado los alzamientos populares es muy similar al de los otros países árabes. Las protestas fueron provocadas por un incidente menor: varios adolescentes fueron detenidos en Dar‘a por hacer pintadas en los edificios de la ciudad, inspiradas en las revueltas tunecinas y egipcias, y entre las que se incluía el eslogan de “el pueblo quiere derrocar al régimen”. Como consecuencia, se declaró un “día de la ira”. La policía, poco acostumbrada a este tipo de disturbios, perdió los estribos y asesinó a varios manifestantes. La ira se hizo notar en todo el país y desencadenó más manifestaciones generalizadas, las cuales fueron reprimidas brutalmente, provocando a su vez mayores protestas. Bashar al-Asad se ha mantenido casi siempre en un segundo plano, alimentando los primeros rumores de que él y su familia estaban decidiendo cómo responder. El presidente se ha comportado como el líder de una “yumlukiyya”, palabra usada por la oposición siria para designar al sistema político del país, la cual proviene de juntar los términos árabes empleados para referirse a la “república” y la “monarquía”. En lugar de asumir su responsabilidad por la crisis, el “monarca republicano” ha desviado las culpas hacia más abajo, cambiando al gabinete ministerial y despidiendo a los gobernantes responsables de los puntos más conflictivos en todo el país. En cuanto a las relaciones públicas, el régimen ha intentado afrontar la situación mostrando ante las cámaras a asesores, diputados o ministros que expliquen su punto de vista, y acudiendo al presidente solo como último recurso. Gran parte de la respuesta verbal del régimen ha consistido en criminalizar a los manifestantes y describirlos en términos sectarios. En general, el régimen ha recurrido a la fuerza bruta para reprimir las protestas, pero conforme éstas se han ido extendiendo, ha intentado alcanzar ciertos acuerdos y, por último, ha buscado adoptar medidas de apaciguamiento. En Túnez y Egipto, tales concesiones no tuvieron ningún efecto conciliador sobre la multitud, pues siempre llegaban con unos pocos días o semanas de retraso. En Siria, las concesiones tampoco parecen ser las mejores, a tenor de las circunstancias. El 7 de abril, Asad concedió la ciudadanía a unos 150.000 kurdos de Siria que eran apátridas, respondiendo a una antigua demanda de las organizaciones para la defensa de los kurdos . La medida fue adoptada con tanto retraso que Asad resultó muy poco creíble. “La ciudadanía es un derecho de todos los sirios, no un privilegio. No es un derecho que pueda ser concedido o revocado por una determinada persona”, replicó Habib Ibrahim, dirigente de un importante partido kurdo. Otras concesiones, como permitir llevar el niqab (velo que cubre la cara) a las profesoras, o el cierre de un casino, están destinadas a aplacar los ánimos de los islamistas, pero significan poco para la base más amplia de manifestantes de la oposición que piden una verdadera reforma política. Durante las primeras semanas, la cólera
de los manifestantes no estaba dirigida en general contra el propio Bashar
al-Asad, pero con el tiempo se ha ido acercando cada vez más a
su entorno. Muchas de las protestas tienen como objetivo a Mahir, el hermano
de Bashar, quien tiene fama de ser una persona cruel, y como responsable
de la Cuarta División de la Guardia Republicana, es un baluarte del
gobierno autoritario en el país. Otros de los nombres más
repetidos en las consignas de los manifestantes son ‘Asif Shawkat, marido
de Bushra, la hermana de Bashar, y jefe adjunto del Estado Mayor del ejército,
y sobre todo Rami Majlouf, quien posee empresas de telefonía móvil,
tiendas libres de impuestos y casi cualquier cosa que augure ganancias
rápidas. Al igual que sus homólogos en Túnez y Egipto,
Majlouf se beneficia del clásico “acuerdo depredador” en virtud
del cual su incuestionable lealtad política le permite acceder a
monopolios comerciales concedidos por el Estado. Los relatos sobre la corrupción
de Majfouf enfurecen a los sirios de a pie, desde los trabajadores pobres
hasta la clase media en peligro de extinción. No es extraño
que la primera ola de manifestantes en Dar‘a quemara la sucursal de la empresa
de telefonía móvil en la zona, así como las oficinas
del partido Baaz y el edificio que alberga los tribunales de justicia. En enero, Asad todavía pensaba que podría mantenerse al margen de la ola de revueltas árabes. Tal y como señalan continuamente los periodistas que lo apoyan, Asad es un hombre relativamente joven (45 años), a diferencia de los ancianos líderes árabes que se han visto en apuros en otros lugares. No ha llegado a acuerdos con EE.UU. o Israel, y se ha mantenido cercano a la opinión pública en lo que respecta a los asuntos de la región. Sus partidarios aducen más razones para legitimar su gobierno: Asad ha mantenido la ley y el orden en un periodo de grandes turbulencias en países limítrofes como Irak o el Líbano ; su régimen laicista ha salvaguardado un ambiente de relativa tolerancia religiosa y étnica, que muchos en la región admiran; y el presidente ha cultivado una imagen pública de persona humilde, en contraste no solo con dictadores como Saddam Hussein o Muhammar al-Gaddafi , sino también con los grotescos hijos de éstos. En opinión de muchos sirios, Bashar al-Asad no ha perdido su imagen de reformador frustrado a cada paso por una irascible vieja guardia. En efecto, durante los últimos diez años de gobierno de Asad, el país ha hecho progresos en áreas que no afectan directamente a la democracia o los derechos humanos. Siempre que no crucen la línea roja relacionada con la política, la religión y el sexo, los medios de comunicación sirios, cada vez más numerosos, pueden expresarse más abiertamente que bajo el gobierno de Hafiz, el padre de Bashir, de quien éste heredó el poder en el año 2000. Las artes y las letras se han beneficiado de una mayor libertad de expresión. Aunque varios sitios de Internet están permanentemente bloqueados, los sirios tienen un acceso mucho mayor a la información y al mundo exterior, a través de la televisión por satélite, los blogs y los medios de comunicación extranjeros. Los teléfonos móviles y otros equipamientos modernos están más accesibles para un mayor número de personas. Las organizaciones de mujeres han ganado fuerza y disponen de cierto margen de maniobra, incluso cuando no están legalmente registradas o no reciben el apoyo explícito del gobierno. De hecho, gran parte de la población
simpatiza con Bashar al-Asad, aunque una parte del apoyo que recibe se
debe al miedo a lo desconocido. Las manifestaciones a favor del régimen
que se han producido inesperadamente a la vez que las protestas, sobre
todo en
Damasco
y Ladhiqiyya, pueden haber sido orquestadas por el Estado, pero también
responden a un verdadero afecto de los participantes. Muchos miembros de
minorías religiosas como los cristianos y los drusos, por no mencionar
a los ‘alawíes, ven las actuales revueltas con gran inquietud, pues
se plantean la posibilidad de una reacción violenta por parte de la
mayoría sunní. Los ‘alawíes, de cuyas tribus provienen
los Asad y su círculo íntimo, temen un posible castigo colectivo
por la conducta de la camarilla gobernante. Sin embargo, muchos de los comerciantes
sunníes también se han mantenido fieles hasta el momento al
régimen de Asad. Dado que las minorías y los sunníes
de clase media representan más del 50% de la población, no
puede decirse que sean un colectivo insignificante. Poco después de llegar al poder
en junio de 2000, Asad dispuso de una gran oportunidad: si en los primeros
años hubiera tenido el valor de restringir los intereses creados
y desmantelar las obsoletas estructuras baazistas, podría haber
convocado elecciones libres y haberlas ganado. Como líder con una
auténtica base social, podría haber hecho frente a las políticas
militaristas del Presidente
George W. Bush
sin recurrir a los trasnochados lemas panarabistas o a una retórica
con resonancias islamistas. De haber sido así, su posición
podría haber sido más fuerte hoy en día. Sin embargo,
Asad decidió no someter a su gobierno a un examen popular. El Movimiento de la Sociedad Civil de Siria reclama ser el autor intelectual de las revoluciones árabes del 2011, con la particularidad de que fueron los tunecinos los primeros en llevarlas a la práctica. El efímero auge de este movimiento de oposición que se inició en septiembre de 2000 fue conocido de hecho como la “Primavera de Damasco”. Ese otoño, el escritor Michel Kilo encabezó a un grupo de intelectuales que publicaron el llamado “manifiesto de los 99”, seguido en diciembre por el “manifiesto de los 1.000”. El distinguido filósofo de tendencia laica Sadiq al-‘Azm fue uno de los principales firmantes. El objetivo de los intelectuales, parafraseando las mordaces palabras de Alan George, era “tanto el pan como la libertad”. [5] Riyad Saif, empresario y miembro del Parlamento, fue más lejos, proponiendo los ideales socialdemócratas de una “economía de mercado justa” que él puso en práctica a través de una actividad laboral decente en las empresas de su propiedad. En el terreno político, era partidario del Estado de derecho, de la separación de poderes y de una prensa libre. Pero Saif cruzó la línea roja cuando anunció su intención de fundar un partido político propio. Fue arrestado, y la “Primavera de Damasco” se enfrió, al igual que las tertulias políticas celebradas en las teterías de Damasco entonces clausuradas. Hoy en día, sometido a la presión
de la calle, el régimen podría introducir a toda prisa el
pluralismo político, o una apariencia del mismo. Una nueva ley de
partidos que pretendía romper con el dominio absoluto del partido
Baaz ha estado acumulando polvo durante años en un cajón
del escritorio presidencial. Pero una cosa es que el régimen introduzca
estas reformas en las circunstancias de su propia elección y otra
muy distinta es hacerlo bajo coacción, lo cual es probable que animara
a la oposición a presionar aún más. El mismo razonamiento
puede aplicarse a las otras muchas promesas del régimen, como eliminar
la discriminación legal contra los ciudadanos de etnia kurda, crear
un marco legal para las actividades de las ONGs o promulgar una nueva ley
de medios. Incluso es válido en lo referente a la supresión
de la ley marcial, una medida que a nivel oficial siempre ha estado ligada
a la liberación de los Altos del Golán de la ocupación
israelí y al final de las hostilidades con Israel. Ahora son las
tensiones puramente internas las que están convirtiendo estas medidas
en un asunto prioritario para un régimen que está perdiendo
todas sus bazas. Las masivas protestas callejeras han llegado a Siria precisamente cuando el régimen estaba en una fase de creciente represión contra las fuerzas de la oposición, ya sea el Movimiento de la Sociedad Civil, de origen más antiguo, o los más recientes blogglers y activistas de Internet. Varios destacados defensores de los derechos humanos languidecen entre rejas. Los disturbios también han llegado en un momento en el que Siria estaba logrando superar el aislamiento internacional. El éxito en la mejora de las relaciones internacionales de Siria se ha basado en una serie de decisiones adoptadas a partir de 2008 que, por un lado, reflejan una ruptura con el pasado –incluso un cambio de paradigma– y, por el otro, muestran la creciente madurez del presidente Asad en lo referente a los asuntos de política exterior. Tras un periodo de aislamiento durante las primeras etapas de la guerra de Irak, Siria a mostrado un pragmatismo que puede explicarse tanto por razones de Estado como por una preocupación provocada por la actitud belicosa de Washington. En el pasado, era plausible avanzar la tesis de que el aislamiento de Siria y el sentimiento de estar amenazado desde el exterior habían hecho que el régimen se resistiera a la apertura del sistema político y tendiera a actuar con gran dureza contra los movimientos opositores. Muchos suponían que Siria pondría en marcha las reformas internas cuando disminuyera la amenaza exterior. En cambio, podría decirse que ha ocurrido lo contrario. Un experimentado analista sirio que ha trabajado en el gobierno admitió en una entrevista: “Yo cometí el mismo error. Pensé que había una correlación entre la política exterior y la interior...con o sin presión externa, no tenemos ningún cambio político en Siria. La presión interna supone una continuidad, no una contradicción”. Tres oleadas de represión han barrido Siria durante los diez años de Bashar al-Asad en el poder. La primera comenzó en 2001, tras las prohibiciones de los grupos de debate del Movimiento de la Sociedad Civil. Asad había adoptado el modelo chino: el régimen pondría en marcha reformas económicas, pero las reformas políticas y administrativas quedaban descartadas. No había en perspectiva ningún experimento democrático cuando EE.UU. comenzó a amenazar con un cambio de régimen en 2002 y el régimen baazista se atrincheró en una dura oposición ideológica a la guerra en Irak. La presión sobre Siria aumentó durante los años siguientes, en especial desde Arabia Saudita , Francia y Estados Unidos, culminando en el otoño de 2004, con la Resolución 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU, la cual exigía que “todas las fuerzas extranjeras se retiren del Líbano”, y con el posterior asesinato de Hariri en febrero de 2005, lo que finalmente obligó a Damasco a retirar sus tropas de suelo libanés. Ante la evidente debilidad del régimen, y con el apoyo de los diplomáticos occidentales, la oposición cobró impulso. Con la Declaración de Damasco del 16 de octubre de 2005 se dio un paso histórico. Por primera vez, los principales grupos de la oposición –desde los movimientos laicos defensores de los derechos civiles o los activistas kurdos, hasta los Hermanos Musulmanes, [6] ilegalizados y exiliados en Londres– emitieron un manifiesto pidiendo el cambio democrático en Siria. El extenso documento solicitaba en final del estado de excepción y de otras formas de represión política, una cumbre nacional sobre democracia y una asamblea constituyente para redactar una carta magna “que margine a los oportunistas y a los extremistas”. El líder del Movimiento de la Sociedad Civil, Michel Kilo, fue el encargado de redactar la declaración. De acuerdo a este documento, Asad podría haber seguido siendo parte de la solución. No se derribó ninguna estatua de Asad en las ciudades sirias, y sin embargo, el presidente decidió una vez más adoptar duras medidas.
Las dos primeras campañas de detenciones respondieron a la lógica de las relaciones entre la política interior y la exterior. La tercera, sin embargo, comenzó a finales de 2009, cuando Siria ya había celebrado su reaparición en el escenario internacional. En octubre de ese año, el régimen arrestó a Haizam Malih, líder de la Asociación Siria de Derechos Humanos, y desde entonces ha impuesto a los intelectuales disidentes la prohibición de viajar, tratando de intimidarlos de maneras muy diversas. El octogenario Malih no fue liberado hasta las últimas y agitadas semanas de marzo de 2011, después de que se declarara en huelga de hambre. En estas tres oleadas de represión, el régimen laicista del partido Baaz ha silenciado las voces moderadas y laicas que invocaban el pluralismo y una reforma gradual. Esta es una de las razones por las que las corrientes islamistas parecen estar ganando terreno en Siria. Sin duda, la islamización de la oposición política es una tendencia general en el Oriente Medio árabe, y ningún país se ha librado de ella. No obstante, hay otras razones más específicas que pueden explicar la aparición de este fenómeno en Siria. En primer lugar, el régimen, a pesar de su orientación laica, a menudo más por necesidad que por convicción, se ha aliado con socios islamistas como Irán , Hizbullah y Hamas , en un “eje de resistencia” frente a las pretensiones hegemónicas de EE.UU. e Israel. Una segunda explicación es que, a diferencia de otros regímenes árabes, Damasco adoptó una estrategia consciente de tolerancia hacia el islamismo. [7] Una destacada figura de la oposición siria describió como sigue las relaciones entre el baazismo y el islamismo: “Nosotros obtenemos poder del Estado, vosotros llegáis a la sociedad”. Esta alianza pretende evitar una amenaza interna, pero Occidente la podría interpretar como una prueba de que Siria se convertiría en islamista si los baazistas perdieran el control del Estado. Durante su enfrentamiento con Estados Unidos a mediados de la década de 2000, Siria facilitó el paso de militantes islamistas hacia Irak, con el fin de debilitar la ocupación estadounidense y también como un acto preventivo de autodefensa. En la entrevista concedida al Wall Street Journal el 31 de enero de 2011, Asad seguía proponiendo otra variante de este argumento. Reconociendo la necesidad de algún cambio a nivel estatal, afirmó: “Pero al mismo tiempo hay que mejorar la sociedad, lo cual no significa modernizarse a nivel tecnológico, sino abrir la mente. En realidad, durante las últimas tres décadas, y sobre todo desde mediados de los ochenta, las sociedades se han encerrado más en sí mismas debido a un aumento de la cerrazón mental, lo cual ha conducido al extremismo”. En otras palabras, las sociedades árabes no están preparadas para la democracia al estilo occidental. Hay que elegir entre la estabilidad y el caos, entre un laicismo superficial y dirigido por el Estado y un fundamentalismo de la edad de piedra. En su discurso inaugural de junio de 2000, el joven presidente ya había dejado clara su posición: “No podemos poner en práctica la democracia de otros. La democracia occidental, por ejemplo, es el resultado de una larga historia que dio lugar a unas costumbres y tradiciones que definen la actual cultura de las sociedades occidentales...Nosotros debemos desarrollar nuestra propia y específica experiencia democrática, derivada de nuestra historia, cultura y civilización, y en respuesta a las necesidades de nuestra sociedad y a las exigencias de nuestra realidad”. Algunos occidentales han apoyado el discurso que prescribe un “enfoque cultural” de la democracia, al menos cuando resulte políticamente oportuno hacerlo. Michel Kilo se ha mostrado muy decepcionado con el presidente francés Nicolas Sarkozy, quien, durante una visita a Damasco en septiembre de 2008, reiteró la idea de Asad según la cual Siria debe crear su propio estilo de democracia. El intelectual recordó más tarde al embajador francés en Damasco que fueron los franceses quienes difundieron la idea de unos derechos humanos universales. Del mismo modo, Sadiq al-‘Azm ha advertido contra la tendencia a plantear unos “derechos humanos occidentales” que difieren de los “derechos humanos islámicos” o de los “derechos humanos asiáticos”, una idea que tratan de propagar países como Malasia o China. [8] Ningún dirigente árabe
ha explicado por qué su pueblo supuestamente inmaduro ha tardado
tanto tiempo en aprender el oficio de la democracia. Resulta cada vez más
difícil de explicar, pues algunos autócratas se han mantenido
en el poder durante más de treinta años, como en el caso
del Yemen. Incluso los más de diez años de gobierno de Bashar
al-Asad en Siria no parecen haber sido suficientes para introducir cambios
graduales y crear instituciones sin poner en peligro la seguridad, las
política exterior y otras especificidades sirias. Ahora, puede
que esa oportunidad se haya esfumado. Los movimientos de Túnez, Egipto, [9] Siria y otros estados árabes han demostrado cuatro postulados: 1º) Las aspiraciones de los pueblos son universales. Al igual que los pueblos de otros lugares del mundo, los árabes se han revelado contra la pobreza, la injusticia social, la corrupción, la censura, la intimidación policial, la falta de respeto al imperio de la ley y la ausencia de oportunidades individuales. Exigir responsabilidad, libertad y pluralismo político en el mundo árabe no tiene ningún matiz religioso o cultural y es absolutamente compatible con la reivindicaciones planteadas en otros lugares. 2º) Los manifestantes están formulando estas reclamaciones sin ningún impulso exterior, salvo el deseo de emular los logros de sus hermanos árabes. Así pues, las revueltas son de cosecha propia. 3º) El civismo, la creatividad, el pacifismo, el espíritu comunitario y la solidaridad religiosa y étnica durante las protestas han demostrado de manera notable que, digan lo que digan sus gobernantes, los árabes sí están lo bastante maduros para la democracia. La militarización de algunos movimientos, como en Libia, debe valorarse al margen del origen de las protestas. 4º) Los responsables de la revolución provienen de diversos estratos sociales, incluyendo a una clase media educada aunque amordazada políticamente, la cual ha quedado expuesta a la crisis económica y a los temores a un deterioro socioeconómico. Casi ninguno de los manifestantes en las plazas Tahrir del mundo árabe se ha inspirado en el eslogan “el Islam es la solución”, ni parece estar demasiado impresionado por dicha consigna. Tal y como señala Rashid Jalidi, los pueblos árabes han reafirmado su dignidad negándose a aceptar las actitudes condescendientes de reyes y presidentes vitalicios. [10] Jalidi continúa diciendo que las revueltas actuales no son las primeras en el mundo árabe, sino las primeras dirigidas contra los gobernantes árabes, en lugar de los coloniales. Un nuevo nacionalismo árabe de carácter civil ha comenzado a cristalizar en torno a las manifestaciones. Los egipcios han colgado fotos suyas en Facebook mostrando sus dedos manchados de tinta, para demostrar su participación en el referéndum del 19 de marzo sobre las reformas constitucionales, celebrado antes de las elecciones libres programadas para el otoño. Otros han subido nuevos mensajes como “me siento orgulloso de ser egipcio”. Y en otras páginas de Facebook podemos ver juntas la media luna y la cruz, los dos símbolos religiosos de las protestas en El Cairo , y ahora en Damasco. Las peticiones de dignidad, participación, responsabilidad y libertad también pondrán a prueba a los vecinos de Siria. El gobierno turco del primer ministro Recep Tayyip Erdoğan colabora con Siria en cuestiones de seguridad, política exterior, economía y turismo. Ambas partes hablan de “lazos familiares”. Las reuniones conjuntas de ministros de los dos países se han convertido en rutina. Al mismo tiempo, muchas fuerzas de la oposición en el mundo árabe que persiguen construir la democracia en sociedades de mayoría musulmana ven a Turquía como un modelo a seguir. Erdoğan ha criticado duramente las violaciones de los derechos humanos por parte de Israel, pero también a los déspotas árabes, a quienes ha instado a emprender reformas, sobre todo en el caso de Husni Mubarak en Egipto. La crisis siria pondrá a prueba los compromisos de Erdoğan y su gobierno. ¿Puede Turquía mantener una agenda democrática y a la vez apoyar a un régimen tan conflictivo y antidemocrático como el de Asad? Por otro lado, resultaría irónico que Israel pudiera convertirse en el país con más interés en que el régimen de Asad continúe. Siria ha sido enemigo de Israel, pero un enemigo “estable y de fiar”. El régimen de Asad ha conservado la suficiente infuencia sobre Hizbullah como para, de ser necesario, convencer al partido islamista shi‘í libanés de que actúe con moderación en la frontera norte de Israel. Sin embargo, con los actuales disturbios en Siria, todas las opciones están abiertas. La cuestión menos importante es si un debilitado régimen baazista en Damasco seguiría siendo capaz de negociar una paz con Israel (siempre que ambas partes lo desearan realmente, por supuesto). A partir de aquí, la situación se complica cada vez más para Israel. Si el régimen fuera sustituido por alguna formación política desconocida, la nostalgia por el baazismo pronto podría apoderarse de las altas instancias de gobierno en Tel Aviv y Jerusalén . Cualquiera que sea su resultado, las revueltas árabes ya han erosionado la capacidad de Israel para reclamar las simpatías de Occidente autoproclamándose como la única democracia en Oriente Medio. [11] Occidente también está muy interesado en la estabilidad de Siria. En enero, el presidente Barack Obama decidió ignorar al Congreso y enviar el primer embajador estadounidense a Damasco en cinco años (y justo a tiempo, como se vio después). Una vez más, los políticos occidentales afrontan un precario equilibrio entre sus valores teóricos y sus intereses reales, incluyendo entre estos últimos la protección de Israel. El interés en la estabilidad del flanco norte de Israel sirve para explicar la postura de EE.UU. cuando estallaron las revueltas en Siria. El 26 de marzo, en el programa de la CBS “Face the Nation”, la secretaria de Estado Hillary Clinton se negó por completo a condenar la represión en Siria en los duros términos empleados en el caso libio, y mucho menos a considerar la posibilidad de una intervención. Clinton dijo que “no se va a producir” el consenso internacional necesario para apoyar tales medidas. Luego añadió: “El actual líder sirio es diferente. Muchos congresistas de ambos partidos que han visitado Siria en los últimos meses opinan que se trata de un reformador”. Algunas declaraciones posteriores han sido algo más contundentes, pero el tono sigue siendo radicalmente distinto no solo al empleado en las condenas al régimen libio, sino también a la retórica usada por el presidente George W. Bush. En el contexto de las manifestaciones que inundan todo el país, no es sorprendente que los servicios de seguridad sirios hayan acudido a los representantes del Movimiento de la Sociedad Civil. Los oficiales de inteligencia cuyas invitaciones al diálogo equivalían en su momento a un disparo de advertencia, por no decir a una orden de arresto, están pidiendo ahora a sus viejos “rivales” que reactiven su movimiento. Pero ya es demasiado tarde para jugar este juego. Con los años, el Movimiento de
la Sociedad Civil ha perdido la fe que tiene Clinton en la voluntad de
reforma de Asad. En noviembre de 2010, cuando los acontecimientos actuales
parecían una remota posibilidad en el mejor de los casos, Michel
Kilo reflexionaba sobre los fracasos del movimiento. Se quejaba de que
su formación se detuvo en seco antes de ser capaz de ampliar su círculo
de apoyos, y mucho menos de organizar la creación de un partido.
Sin embargo, afirmó que, de acuerdo con los patrones revolucionarios
de Europa, la clase media educada de Siria se estaba despertado. “Una vez
que la chispa salte entre las generaciones más jóvenes, nos
podremos retirar”, concluyó Kilo. “Al menos habremos allanado el
camino”.
[12]
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
NOTAS.- [1] Traducción, extracto y adaptación del artículo publicado en Middle East Report Online , 13 de abril de 2011. ( http://www.merip.org/mero/mero041311 ) Versión en castellano elaborada por el equipo de traductores de Alif Nûn . (Nota de la Redacción). [2] Carsten Wieland nació en 1971 en Alemania y ha estudiado Historia, Ciencias Políticas, Filosofía y Relaciones Internacionales en las universidades de Berlín (Alemania), Duke (EE.UU) y Jawaharlal Nehru (India), además de estudiar árabe en la Universidad de Damasco (Siria). Ha ejercido como profesor en diversas universidades como las de Bogotá y Cali (Colombia), y como investigador en la de Georgetown (EE.UU). Es autor de numerosos artículos de investigación sobre el mundo árabe e islámico. (Nota de la Redacción). [3] Al-Safir , 15 de marzo de 2003. [4] El autor utiliza esta expresión en referencia a la llamada “Primavera de Praga”, periodo de liberación política que se produjo en Checoslovaquia en el año 1968, en contra de la dictadura comunista. (Nota de la Redacción) [5] Alan George, Syria: Neither Bread nor Freedom, Zed Books, Londres, 2003. [6] Para más información sobre esta organización política y religiosa, véase Tariq Ramadan , El reformismo musulmán. Desde sus orígenes hasta los Hermanos Musulmanes , Bellaterra, Barcelona, 2000; Xavier Ternisien, Los Hermanos Musulmanes , Bellaterra, Barcelona, 2007; Redacción Alif Nûn, “ El reformismo musulmán. Los Hermanos Musulmanes a través del pensamiento político de Sayyid Qutb ”, revista Alif Nûn nº 39, junio de 2006. (Nota de la Redacción). [7] No todas las agrupaciones islámicas se han beneficiado de esta tolerancia del régimen, tal y como el propio autor ha insinuado anteriormente cuando ha mencionado el exilio en Londres de los dirigentes de los Hermanos Musulmanes sirios. (Nota de la Redacción). [8] Entrevistas con Sadiq al-‘Azm, Damasco y Berlín, noviembre de 2010. [9] Para más información sobre las revueltas populares en Egipto, véase Hesham Sallam, Joshua Stacher y Chris Toensing, “ La transición en Egipto: un escenario político desconocido ”, revista Alif Nûn nº 90, febrero de 2011. (Nota de la Redacción). [10] Rashid Khalidi, “Preliminary Observations on the Arab Revolutions of 2011”, Jadaliyya , 11 de marzo de 2011. [11] A este respecto, David Niremberg afirma lo siguiente: “Los judíos también han jugado de muchas maneras con las opiniones europeas sobre el Islam, invocando a menudo las imágenes ‘orientalistas’ de un Islam corrupto, despótico e irracional, con el fin de presentar a Israel como el único representante posible del ‘Occidente progresista’ en la región. Véase David Niremberg, “ Musulmanes y judíos en la España medieval (II): ¿qué lección podemos aprender? ”, revista Alif Nûn nº 84, julio de 2010. Este argumento israelí también está desarrollado en detalle en Trita Parsi, “ Bajo el velo de la ideología: la rivalidad estratégica entre Israel e Irán ”, revista Alif Nûn nº 79, febrero de 2010. (Nota de la Redacción). [12] Entrevista con Michel Kilo, Damasco, noviembre de 2010. A Portada |
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