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LA PERSISTENCIA DEL AUTORITARISMO
[1]
Raymond Hinnebusch Universidad de St. Andrews
Los estados autoritarios de Oriente Medio
se adaptan perfectamente a su marco específico; en la medida en que
su fisonomía concuerde con su marco de referencia, seguirán
constituyendo verdaderos obstáculos a la democratización; sin
embargo, dado que los cambios en su seno acarrean la crisis de la misma realidad
del Estado, la democratización puede ser, a la postre, el resultado
de todo ello. Regímenes autoritarios
Estados artificiales
Las circunstancias estructurales desfavorables se vieron configuradas por un marco en el que el sistema regional en su totalidad fue, de hecho, una imposición del imperialismo occidental, de acuerdo con los intereses de Occidente y no de las aspiraciones de las sociedades autóctonas: las fronteras se impusieron a la fuerza, trazadas con tiralíneas y compás en lugar de establecerse con arreglo a la identidad local. [2] Como consecuencia las distintas identidades previas tanto de carácter infraestatal (tribu, familia) como supraestatal (arabismo, Islam) han persistido y rivalizado intensamente, por lo que a la lealtad se refiere, con el propio Estado. [3] Se considera que el fundamento de toda democratización exige e implica, ineludiblemente, la sólida garantía de una identidad nacional; toda política basada en la rivalidad es susceptible de exacerbar las divisiones y fracturas sociales si no se cuenta con bases comunes que mitiguen los conflictos propios de las prosaicas cuestiones terrenales. En tal contexto político de signo autoritario, la mano dura de un líder sobre las divisiones étnicas o religiosas puede verse fácilmente como la solución más viable. La importancia de la coherencia entre límites fronterizos e identidad a efectos de la democratización puede constatarse, en efecto, en el hecho de que la democracia ha funcionado mejor en esos estados de Oriente Medio, como Turquía [4] o Israel , [5] donde los dirigentes autóctonos pudieron diseñar las proporciones de sus territorios respectivos de manera más coherente y armoniosa con su identidad nacional. [6] Consecuencia inevitable de la obligada fragmentación del mundo árabe en una miríada de frágiles y pequeños estados fue que tanto activistas, militares como intelectuales tendieron a dar preferencia no a la democracia, sino a la superación de tal falta de unidad. De ahí que a los principales movimientos populares de signo político como el panarabismo o la traslación e interpretación del Islam en términos políticos les hayan interesado las cuestiones de la identidad, la unidad y la autenticidad, con preferencia sobre la democratización; cuando se han hecho con el poder, su articulación del Estado y del sistema político en general ha acostumbrado a adoptar una forma autoritaria, de modo que el Estado no ha tratado de basar su legitimidad en el acuerdo y el consenso sino en la defensa de la causa de la identidad –del arabismo, del Islam– contra el imperialismo y otros enemigos. Lo cierto es que la causa de la democratización puede verse escasamente defendida por unas fuerzas políticas cuyas energías, en lugar de esforzarse por ella, se han empleado en otros empeños. La historia de Occidente ha demostrado que la solución del problema nacional suele preceder a la democratización y ha constituido incluso uno de sus requisitos; sin embargo, en Oriente Medio este problema sigue sin solución. Otra consecuencia de la mencionada coerción
política fue que las fronteras impuestas artificialmente azuzarían
un día el irredentismo –malestar por la discordia y disconformidad
entre las comunidades de carácter identitario y el territorio objeto
de reclamación–, suscitándolo en el mismo tejido del sistema
social y político, lo que entraña a su vez que los nuevos
estados se vieron atrapados en un espinoso dilema por lo que respecta a su
seguridad recíproca. Mientras entre los estados árabes la
amenaza adoptaba ampliamente la forma de la subversión ideológica
–de forma que, por ejemplo, la invocación panárabe de Nasser
[7]
podía movilizar a la población de otros
estados en contra de sus dirigentes–, en las líneas de fractura
entre poblaciones árabes y no árabes que recorren todo Oriente
Medio el irredentismo se ha militarizado, resultando en las guerras árabe-israelíes
[8]
y las
guerras del Golfo
, todas las cuales fueron predominantemente conflictos sobre la identidad,
el territorio y la seguridad. La inseguridad y la guerra han alimentado
habitualmente el creciente poder de los estados sustentados en la preocupación
por la seguridad nacional y hostiles a la democratización. Según el famoso aforismo del sociólogo y politólogo Barrington Moore, sin burguesía no hay democracia. [9] Suele considerarse que la clase capitalista constituye la poderosa fuerza independiente susceptible de extraer la realidad de la democracia de aquella otra del Estado o, como mínimo, de equilibrar el poder estatal en grado suficiente para hacer un hueco a la sociedad civil. Tanto si la situación se debe a la fragilidad de la burguesía en la región a causa de la hostilidad del Estado premoderno contra la propiedad privada del suelo y a la acumulación de riqueza, a la destrucción de las industrias locales por parte del imperialismo y a la reducción de Oriente Medio a un suburbio exportador de materias primas en la economía global , o si se debe a las revoluciones que barrieron todo resto de burguesía industrial bajo el vendaval de las nacionalizaciones, el caso es que la región parece alzarse como bastión tremendamente hostil frente al auge de la burguesía. La guerra y el conflicto permanente disuade asimismo la inversión, en tanto que el petróleo libera en parte a los estados de la imperiosa necesidad de generar en su seno un clima favorable a la inversión. Una consecuencia de la falta de una burguesía
emprendedora presta a liderar el desarrollo del país fue que la clase
obrera organizada –otro factor del proceso democratizador en Occidente– siguió
siendo reducida. Otro factor fue que las fuerzas armadas, siendo como eran
la fuerza mejor organizada de la sociedad, sustituyeron en buena medida a
la burguesía como motor del progreso; consecuencia de ello fue la
notable preferencia mostrada en los años 50 y 60 por soluciones económicas
de orientación estalinista: el Estado se convertiría entonces
en el principal empresario e inversor. El Estado se convirtió también
en principal poseedor de los resortes económicos, y la ciudadanía,
que dependía de tal estructura para su propia supervivencia, se vio
disuadida de exigir la democratización. De modo que no solamente la
identidad, sino también el pan, se antepusieron a la libertad. Por fin podía contarse con los recursos necesarios para articular un sistema político dotado de adecuada estructura estatal. Por una parte, las formaciones políticas autóctonas se adecuaban a la propia organización del Estado autoritario. La energía histórica del tribalismo nómada, reforzado por el mosaico de minorías de la región, promovió las lealtades políticas típicas de las facciones pequeñas. Y, en tanto la amplia implantación de tales lealtades dificultaba la construcción de una sólida sociedad civil o partidos políticos, la assabiya (solidaridad trabada por fuertes y exclusivos lazos) fue manipulada por los políticos autoritarios para fomentar elites en el mismo núcleo y estructura del poder estatal. Además, la socialización transmitida por la familia patriarcal fue plausiblemente acorde con el gobierno de tipo patrimonial a nivel estatal: al igual que el padre da por sentado que habrá obediencia en el seno de la familia, lo propio aguarda el gobernante en el Estado. La cultura basada en lazos familiares es especialmente congruente con el clientelismo como forma de vínculo político entre elites y masas. [10] No obstante, lo que ha sucedido en Oriente
Medio es que la assabiya y el clientelismo se han modernizado al
mezclarse con instrumentos y métodos políticos modernos, esto
es, la estructura burocrático-organizativa racional, la estructura
de partido de corte leninista, el sindicalismo corporativista y las modernas
técnicas de vigilancia y control. La suma de estos factores dio pie
a formaciones híbridas mucho más sólidas e inconmovibles
que aquellas en las que habrían podido resultar probablemente sus
elementos constitutivos, tradicionales o modernos. Al final, la singular vía
de acceso de Oriente Medio a recursos extranjeros recibidos como si de un
maná se tratara –tanto del patrocinio y protección derivados
de la guerra fría (ayuda y armamento barato) como de los ingresos
del petróleo– suministró los elementos necesarios para la articulación
de sistemas y regímenes autoritarios. El concurso de factores externos
significó asimismo que el Estado gozó de un grado excepcional
de autonomía respecto de la sociedad local, de modo que no precisó
alcanzar un pacto social que le permitiera intercambiar representación
por imposición fiscal, sino que, merced a otra clase de pacto tácito,
la ciudadanía, en una especie de trueque, intercambió de hecho
su anuencia en el plano político por ventajas económicas de
fuente estatal. Todos los estados de Oriente Medio, en una u otra medida, han iniciado una senda de crisis permanente, en buena parte porque a las dificultades en materia de recursos –agotamiento y crisis de estrategias de desarrollo estatista, subida del petróleo– vinieron a añadirse los cambios y modificaciones registrados en su entorno. Suele considerarse, en consecuencia, que tales regímenes deben cambiar e indudablemente ello es así a largo plazo. Sin embargo, la democratización es únicamente una de las consecuencias posibles dadas las distintas probabilidades existentes: empantanarse y estancarse políticamente, sumirse en el caos y la anarquía o tal vez, desde un punto de vista más positivo, evolucionar simplemente en un sentido más aperturista. La tarea de evaluar adecuadamente la inminencia de los cambios y si éstos adoptarán o no la senda democratizadora requiere discernir hasta qué punto ha podido quebrarse la citada adaptación de los estados autoritarios a su contexto y si las condiciones antes inexistentes para la vía democratizadora han comenzado a aflorar. Según la teoría de la modernización, el dinamismo social –educación, urbanización, empleo no agrícola– genera los requisitos de la democratización; entre otros, identificación con los intereses del Estado, existencia de participación, desgaste de la cultura precapitalista, etc. Indudablemente se ha registrado un auge espectacular en lo indicadores correspondientes, como por ejemplo en lo referente a la alfabetización a lo largo del medio siglo transcurrido desde el comienzo de la andadura del Estado autoritario; por otra parte, y como cabría esperar, la conciencia y el activismo político parecen haberse propagado desde las clases medias, en un principio reducidas, a los estratos más amplios de las clases bajas y populares ¿Cuál es la razón de que ello no se traduzca en democratización? Podría constituir una razón el hecho de que Oriente Medio sigue aún instalado en la fase intermedia de transición situada entre el escaso dinamismo social que no es un fundamento suficientemente sólido de la democracia y los niveles superiores en los que tampoco puede apoyarse el autoritarismo sin escalar aceleradamente en dirección al totalitarismo. Otra razón podría buscarse en el hecho de que, dado que los procesos de identificación de las masas no han llegado a cuajar en torno al Estado, y las lealtades a las comunidades tanto subestatales como supraestatales siguen rivalizando enérgicamente con el Estado, el dinamismo político amenaza de hecho al mismo Estado: el dinamismo de grupos de carácter subestatal amenaza con la fragmentación, en tanto que los movimientos supraestatales vinculan la lealtad a la islamización del Estado, a la que numerosos regímenes establecidos no pueden fácilmente acomodarse. Oriente Medio se encuentra en un nivel de dinamismo social en cuyo seno la democracia es posible pero no necesaria. Éstos y otros factores determinarán si tiene o no lugar. En la óptica de la economía política, el énfasis en la formación de clases sociales es uno de los requisitos de la democratización. La expansión de las clases medias dotadas de nivel educativo y profesional es un hecho y suele considerarse que ahí precisamente reside el electorado más inequívoco y entusiasta de la democratización; sucede, no obstante, que la virtualidad de su dinamismo democrático se ve disuadida o al menos mitigada por su extendida dependencia del empleo estatal que podría verse en peligro en caso de apuntarse al compromiso político. La burguesía capitalista ha visto crecer sus fuerzas a expensas de la apertura económica y aspira a una cierta apertura política plasmada en un mayor acceso y proximidad a los políticos y en una mayor participación en las tareas y responsabilidades del Estado. No obstante, también depende del Estado para todo aquello que marca la línea divisoria entre la prosperidad y la pobreza: permisos, contratos, subvenciones y ayudas, concesiones y monopolios. Su actitud ante la democratización es, además, ambigua por el riesgo que comporta de mayor influencia de las clase trabajadora; se aprecia, además, una contradicción entre los intereses de la burguesía que quiere frenar las iniciativas populistas –en especial las relativas a una nueva legislación laboral– de parte del Estado autoritario, mientras al propio tiempo las masas son las víctimas principales de tal frenazo. Este conflicto de intereses entorpece las potenciales iniciativas de alianzas democráticas interclasistas frente al Estado. De hecho, el Estado autoritario se ha visto reforzado merced a los pactos y componendas con burguesías dóciles y la simultánea apertura al capital extranjero. Dado que suelen contrapesar las fuerzas estructurales subyacentes tanto a favor como en contra de la democratización, el factor decisivo susceptible de inclinar la balanza en un sentido u otro podría plausiblemente verse determinado por los valores e intereses de las elites dirigentes. Si por una parte la vieja generación de elites que articuló los sistemas autoritarios realizó su proceso de socialización política en el curso de una fase de regresión democrática, la nueva generación de elites se ha socializado en otra fase de progreso democrático, y en consecuencia parece haber perdido la confianza depositada en la legitimidad del gobierno autoritario, valorando en mayor medida una más amplia participación política. Ahora bien, que proceda con arreglo a este cambio de valores depende de que encuentre una vía hacia la democratización que no ponga en peligro su posición o la estabilidad del propio Estado. Y ello depende de forma crucial de que las elites puedan alcanzar un pacto para compartir el poder con la oposición o, más específicamente, de que las fuerzas aperturistas en el seno de la elite gobernante puedan alcanzar una alianza con las fuerzas moderadas de la oposición para apartar a los partidarios de la línea dura en ambos terrenos. Tal circunstancia, a su vez, podría proporcionar las condiciones necesarias de una apertura política, aunque no directamente de una transición democrática. A la vista de todo ello, cabe añadir
que los factores internacionales parecen haber modificado las circunstancias
que subyacen en el Estado autoritario. Previamente, las superpotencias aportaron
ayuda financiera y patrocinio político que alentaron a la articulación
del Estado autoritario; actualmente, las repúblicas autoritarias alineadas
con los puntos de vista de la Unión Soviética han perdido
evidentemente a su patrón. No obstante, los regímenes alineados
con el punto de vista de Estados Unidos, como
Egipto
y
Jordania
, no han experimentado una disminución comparable de la ayuda estadounidense,
a pesar de la retórica democrática procedente de Washington
que sigue protegiéndoles por sus políticas exteriores prooccidentales.
En todo caso, resulta más plausible que los acuerdos de asociación
que la Unión Europea establece con los estados de la región
favorezcan en mayor medida la vía democrática; acuerdos que
sin dejar de impulsar la apertura económica parecen promover el auge
de la sociedad civil.
[11]
La
globalización
es un fenómeno ambiguo: se suele coincidir en el hecho de que
universaliza las normas y conductas propias de la democracia avanzada; sin
embargo, otros razonan que en la práctica desvirtúa la democracia,
arrebatando al electorado su capacidad de adoptar decisiones estratégicas.
[12]
Existe, demás, una contraglobalización islamista
opuesta al triunfalista y crecientemente arrogante discurso del liberalismo
occidental que lejos de menguar parece intensificarse ante la campaña
democratizadora estadounidense, juzgada como tapadera de los intereses neoimperiales. ¿Cómo se democratizan los estados autoritarios? La democratización presenta dos dimensiones que históricamente suelen tener lugar en fases distintas: en una de ellas se abre paso un pluralismo al nivel de las elites que, a medida que se intensifica, experimenta su traducción institucional gracias a sistemas de verificación y control de carácter constitucional; en la otra se produce la incorporación democrática de las masas al proceso político. Si se observan las denominadas experiencias democratizadoras que efectivamente se sucedieron en los años 90 –Egipto, Marruecos , Jordania, Yemen , etc.–, sería de hecho más adecuado caracterizarlas de apertura política sin democratización. En todos estos casos, el presidente o el monarca sigue estando por encima de los avatares de la política y, aun cuando consciente de un mayor grado –aunque siempre limitado– de apertura política, conserva en todo momento su posición preeminente de dividir y mandar sobre el escenario político, sustentada en buena parte en sus singulares atribuciones y resortes sobre las distintas fuerzas y tendencias presentes en escena. En consecuencia, difícilmente cabe hablar en este caso de experiencias democratizadoras, ya que la incorporación generalizada de la ciudadanía al juego político se restringe a las clases superiores y medias, en tanto que la participación política de la masa topa constantemente con todo tipo de impedimentos. De ahí que se promueva el imperio de la ley para favorecer a los propietarios y clases acomodadas, pero no para salvaguardar las libertades políticas. El pluralismo de los partidos se fomenta en beneficio de las clases medias, pero si los islamistas, convertidos en portavoces y adalides de los menos favorecidos, demuestran su pericia a la hora de emplear en su beneficio el sistema de partidos, de inmediato se adoptan medidas para bloquear o mitigar el impacto. [13] En condiciones adecuadas, estas experiencias podrían madurar y cuajar en diversas formas de constitucionalismo y democratización con participación política. El precedente de la democratización turca parece indicar que tales condiciones pueden incluir entre otros factores una identidad y legitimidad sólidas, una burguesía emergente, un pacto entre el partido en el gobierno y la oposición y un contexto internacional favorable; en otras palabras, que Washington ha estado alentando la democratización apoyando al propio tiempo la causa del nacionalismo local (respaldo a Turquía frente a la amenaza soviética). Tales condiciones no han madurado, según todos los indicios, en el mundo árabe, donde hasta ahora la apertura política se ha considerado un sucedáneo y no una fase en la vía de la democratización; cada vez que las masas acceden a una mayor participación, se constatan retrocesos o procesos involutivos en lugar de avances y profundización democrática. Resulta interesante comprobar que los procesos de retroceso e involución, en el caso de Egipto y Jordania, se hallaron íntimamente asociados a los problemas de legitimidad que estos estados padecieron debido a su singular combinación de acuerdos de paz por separado con Israel y estrecha alianza con Estados Unidos, en un momento en que Washington era considerado, a diferencia del caso turco, como el enemigo de los árabes y del Islam. Este factor les ha privado de la legitimidad nacional que les permitiría arrostrar los riesgos de una democratización; si abren las puertas a la participación política, la iniciativa adopta inevitablemente una forma antiestadounidense y antiisraelí, incompatible con su política exterior, de forma que sufre un vuelco pues estos regímenes parecen realmente estimar en alto grado la protección y salvaguarda de Washington por encima de la legitimidad en el propio suelo. El alineamiento con los puntos de vista de Estados Unidos dejaría de tener un efecto deslegitimador únicamente en caso de alcanzarse un acuerdo justo en el problema palestino y de que los estadounidenses abandonaran Iraq . Todos estos ejemplos indican que la democratización
implantada bajo un acto de conquista o presión estadounidense no
constituye un ejemplo válido. NOTAS.- [1] “Oriente Medio: Democracia o geoestrategia”, La Vanguardia, Dossier nº 15, abril / junio 2005, pp. 38-43. [2] Para más información, véase José U. Martínez Carreras, “Revolución e independencia del mundo árabe-islámico”, revista Alif Nûn nos 36 (marzo de 2006) y 37 (abril de 2006) . (Nota de la Redacción). [3] Para más información, véase Yamila Munqid, “ La crisis de identidad en Oriente Medio ”, revista Alif Nûn nº 87, noviembre de 2010. (Nota de la Redacción). [4] Para más información sobre la creación del moderno estado turco, véase Bekim Agai, “ Islam y kemalismo en Turquía ”, revista Alif Nûn nº 72, junio de 2009. (Nota de la Redacción). [5] Para más información sobre la creación del moderno estado israelí, véase David Solar, “El nacimiento de Israel”, revista Alif Nûn nos 59 (abril de 2008) y 60 (mayo de 2008) . (Nota de la Redacción). [6] Para una visión crítica con respecto a la construcción nacional de Turquía e Israel, véase Yamila Munqid, “La crisis de identidad en Oriente Medio”, ob. cit. (Nota de la Redacción). [7] Para más información sobre la figura de Nasser, véase Pedro Martínez Montávez , “Egipto: de Faruq a Nasser”, revista Alif Nûn nos 66 (diciembre de 2008) y 67 (enero de 2009) ; Mohamed Fadel (dir.), Nasser 56 (DVD). (Nota de la Redacción). [8] Para más información, véase Juan Altable, Oriente próximo, las claves del conflicto , Sílex, Madrid, 2000; Alain Gresh, Israel, Palestina: verdades sobre un conflicto , Anagrama, Barcelona, 2002; CESEDEN, El conflicto árabe-israelí: nuevas expectativas , Ministerio de Defensa, Madrid, 2006. (Nota de la Redacción). [9] Para una visión crítica de este planteamiento, véase Eberhard Kienle, “ Errores pasados y opciones futuras: nuevas políticas hacia el mundo árabe ”, revista Alif Nûn nº 91, marzo de 2011. (Nota de la Redacción). [10] Este tipo de análisis culturalista que vincula una serie de supuestas características culturales y sociológicas de un determinado colectivo humano con las formas de gobierno de dicho colectivo ha sido extensamente criticado por una serie de autores como el fallecido Edward W. Said . (Nota de la Redacción). [11] Para más información sobre la política de la Unión Europea hacia los países de la orilla sur del Mediterráneo, véase Martin Jerch, Democracia, desarrollo y paz en el Mediterráneo: un análisis de las relaciones entre Europa y el mundo árabe , Univ. Autónoma de Madrid, Madrid, 2007; Paul Balta , El euromediterráneo: desafíos y propuestas , Oriente y Mediterráneo, Madrid, 2005; Khader Bichara , Europa por el Mediterráneo , Icaria, Barcelona, 2009; Khader Bichara , Europa y el Mediterráneo , Icaria, Barcelona, 1995. (Nota de la Redacción). [12] Para más información sobre las distintas opiniones en el mundo árabe sobre la globalización, véase Fauzi Najjar, “Los árabes, el Islam y la globalización”, revista Alif Nûn nos 82 (mayo de 2010) y 83 (junio de 2010) . (Nota de la Redacción). [13] Uno de los ejemplos más claros –aunque no el único– en este sentido lo tenemos en Argelia, cuando el Frente Islámico de Salvación (FIS) ganó las elecciones municipales de 1990, obteniendo el 65% de los sufragios, y consiguió el 24% en la primera vuelta de elecciones generales del 1991, todo lo cual provocó el golpe de Estado que impidió en la segunda vuelta el triunfo electoral de los islamistas, declarando el estado de excepción y anulando el proceso electoral. Una año después, el gobierno golpista acordó la disolución del FIS y el encarcelamiento de todos sus dirigentes. Para más información, véase Raúl Pérez López-Portillo, Argelia, el fin del sueño islamista , Sílex, Madrid, 1999; Laurence Thieux, Islamismo y democracia en Argelia , Oriente y Mediterráneo, Madrid, 2008. (Nota de la Redacción). A Portada |
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