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UNA CRÍTICA A LA IDEA DE
NACIONALISMO ÁRABE (II) [1] Dr. Muhammad Yahya [2] En esta segunda parte me propongo analizar
algunas de las incoherencias del nacionalismo árabe, estudiando
primero tres de las posturas adoptadas por los nacionalistas árabes
y refutando después tres de sus argumentos más recurrentes.
La independencia, tal y como la definen los nacionalistas árabes, carece de contenido real, en el sentido de que la consideran como una simple liberación del dominio y la influencia externas. Esto es comprensible teniendo en cuenta que la usaron como instrumento para atacar al califato islámico. Se trata, por tanto, de independizarse de algo, pero sin plantear ninguna alternativa. Parece justificarse por el mero amor a una especie de libertad definida en términos bastante confusos. No está impulsada por un deseo, por ejemplo, de establecer el Islam en sustitución de la anterior influencia extranjera. Por otra parte, los nacionalistas árabes siempre han definido la independencia de una manera un tanto superficial. Al principio la explicaron en términos políticos muy simples, afirmando que se reducía a expulsar a los ejércitos extranjeros e implantar un gobierno autóctono. Más tarde añadieron nuevos elementos, aunque a lo máximo que han llegado en los últimos tiempos –y siempre en respuesta a los debates occidentales sobre la materia– es a plantear ciertas quejas relacionadas con la dependencia económica. Resulta muy difícil, por no decir imposible, que en los círculos nacionalistas árabes se trate la necesidad de ser independientes con respecto a la escala de valores, las actitudes, las ideologías y los marcos de referencia occidentales. No puede esperarse que estos círculos que han sido creados por el pensamiento occidental sean capaces de llevar sus apreciadas consignas hasta su conclusión lógica y de darles su único uso adecuado posible. La causa de ello está en la “primera contradicción” mencionada anteriormente. [3] Como laicistas convencidos que son, los nacionalistas árabes han rechazado el Islam como único contenido posible y como justificación de sus reclamaciones de independencia. Se vieron obligados –o prefirieron– llenar su vacío ideológico con un contenido occidental, y al mismo tiempo también tuvieron que mantener sus consignas “independentistas” como razón de ser y como elemento al que recurrir. Esto los dejó en una posición en la que se vieron obligados a usar el sentido negativo y superficial del término “independencia” y a rechazar las implicaciones más profundas de éste, lo cual supone renunciar al Islam como único medio efectivo para la independencia de los árabes. Las postura de los nacionalistas árabes
en este asunto se refleja en la conducta de quienes han gobernado a la
sombra de esta idea, como Nasir o los baazistas. La ferviente defensa de
sus consignas no impidió que perdieran su independencia con respecto
a ciertas potencias occidentales –incluyendo a la Unión Soviética–
para las que solo eran simples estados satélite. En otro nivel, los
intelectuales “nacionalistas”, quienes se hacen llamar “árabes”, dependen
sumisamente de los bienes culturales de Occidente, incluyendo los puntos
de vista y las prescripciones de los occidentales con respecto al mundo
árabe y musulmán. El nacionalismo árabe ha fracasado
estrepitosamente tanto en la teoría como en la práctica, y
no ha sido capaz de estar a la altura de la idea que constituye su esencia,
lo cual se debe a su rechazo del Islam y su adopción del laicismo. Los nacionalistas árabes han acuñado una frase que ha tenido una amplia aceptación entre los medios de comunicación árabes, según la cual Palestina es “la principal preocupación del pueblo árabe”. Su propaganda los presenta como los únicos defensores de la causa palestina. No quisiera insistir aquí en el triste y desastroso historial de esa “defensa” de su causa predilecta. El fracaso intelectual implícito en esta consigna es quizá más interesante. Todos los nacionalistas árabes afirman que el establecimiento de un Estado judío en Palestina representa un complot imperialista contra la nación árabe, diseñado para retrasar la unidad árabe y malgastar los recursos árabes en la lucha con el “enemigo sionista”. Esta explicación no es capaz de dar respuesta a muchos aspectos de la cuestión que solo pueden ser calificados de simples valores propagandísticos. Los nacionalistas árabes son incapaces de explicar por qué los intentos de fundar Israel se iniciaron cuando Palestina todavía formaba parte del Estado otomano. En cambio, es la oposición del sultán ‘Abd al-Hamid a estos intentos la que puede explicar el impulso que dieron las potencias extranjeras de la época, todas ellas contrarias al califato (los franceses en el Líbano , por ejemplo), a la idea de nacionalismo árabe. [4] En aquella época no existía ninguna “nación árabe” enfrentada a un feroz complot imperialista, sino más bien una “nación islámica” rota en pedazos por un proyecto colonial y sionista en el que el propio nacionalismo árabe ocupaba un lugar prioritario. Sin embargo, es obvio que este punto de vista resulta muy incómodo para los nacionalistas árabes. Aun más importante es el hecho de que los nacionalistas árabes no puedan explicar, y mucho menos combatir, la naturaleza religiosa del nacionalismo judío que fue implantado en Palestina por sus mentores occidentales laicos. Los occidentales habían inculcado a los nacionalistas árabes que el nacionalismo se basa en vínculos materiales y culturales entre los cuales no se incluye la religión. Así pues, y de acuerdo a este planteamiento, la lealtad al nacionalismo sustituiría a la religión y tendría prioridad sobre ésta en la vida de los individuos y los países. Sin embargo, este principio se hizo añicos ante los ojos de los desconcertados nacionalistas árabes, cuando éstos tuvieron que hacer frente a un “nacionalismo” israelí en el que la religión judía representa un elemento fundamental. De hecho, las celebraciones y los símbolos judíos juegan un papel tan vital en los asuntos de Estado israelí que es imposible negar el carácter esencialmente religioso de ese país. La acusación de imperialismo dirigida contra Israel y sus partidarios resultó poco creíble en boca de los nacionalistas árabes, quienes veían cómo la Unión Soviética y el mundo comunista, así como la izquierda europea –todos ellos considerados como “las fuerzas del bien” por la propaganda nacionalista– apoyaban incondicionalmente al nuevo Estado, dirigiendo su atención hacia el lado árabe únicamente para explotar su derrota en la guerra de 1967. Los nacionalistas árabes no son capaces de explicar por qué los imperialistas decidieron perpetuar su influencia en la región a través de un Estado judío en Palestina, un territorio con un gran significado religioso, en lugar de emplear sus bases militares o el clientelismo de los gobernantes y las élites locales. Tampoco pueden explicar la razón por la cual Israel se fundó en una época en la que las potencias imperialistas ya se habían establecido en las zonas árabes que realmente les interesaban: el Golfo y el Magreb . Por último, son incapaces de aclarar cómo es posible que Israel estuviera dispuesto –y siga estándolo– a convivir con cualquier forma de régimen laico y nacionalista en la región, pero no con un régimen o ni siquiera un movimiento islámico. El nacimiento de Israel solo puede entenderse plenamente teniendo en cuenta el proyecto de las potencias occidentales contra los musulmanes de Oriente Medio. La creación de una entidad judía descrita como “nacionalista” fue diseñada para servir como agente de occidentalización, representando un ejemplo estimulante para el conjunto de nacionalismos que comenzó a difundirse en Palestina desde el inicio del siglo XX. Israel está al servicio de los propósitos imperialistas en el contexto de un ataque de las potencias occidentales contra el Islam, y no contra un nacionalismo árabe que todavía no existía cuando Israel fue concebido. [5] No es de extrañar, por lo tanto, que los nacionalistas árabes, ellos mismos una parte de la estrategia para combatir el Islam, no sean capaces de explicar la naturaleza de Israel, a pesar de que en teoría sea su principal objetivo. Tanto Israel como el nacionalismo árabe se han empleado como herramientas para intentar desintegrar el Islam. No obstante, ambas herramientas son tan diferentes entre sí que las bases teóricas de la primera demuelen las de la segunda, y la segunda se siente desconcertada frente a la primera. Resulta bastante irónico que el Islam sea la causa de esta paradoja. Se permite que la religión sea la razón de ser –de hecho, la única razón de ser– del nacionalismo judío, y sin embargo es excluida del nacionalismo árabe sin ningún motivo. La confusión de los nacionalistas
en este asunto quedó de manifiesto cuando éstos fracasaron
estrepitosamente a la hora de gestionar el conflicto con Israel. Tras haber
ignorado la dimensión islámica de este conflicto, se vieron
obligados a recurrir a los sentimientos “nacionalistas” de las masas árabes,
pero los únicos sentimientos que salieron a la luz fueron los de
los nacionalistas “locales”, quienes no se mostraron demasiado entusiasmados
con abandonar sus propios países para defender a los palestinos.
Así pues, en su conflicto con Israel, los nacionalistas árabes
se han negado a recurrir a los ingentes recursos materiales y morales del
mundo islámico, pues esto los habría conducido a abandonar
sus principios laicistas y habría provocado el verdadero “desastre”
que tanto temen sus mecenas occidentales: la unidad islámica y la
creación de un nuevo califato. Los nacionalistas árabes también
se mantuvieron deliberadamente al margen de resto de reivindicaciones en
el mundo islámico. A pesar de sus supuestas tendencias nacionalistas
e independentistas, les resultó bastante aceptable adherirse a ciertos
movimientos internacionalistas –el comunismo, por ejemplo– para buscar una
solución a su difícil situación, en lugar de acudir
al mundo islámico. El resultado de esta actitud está a la vista
hoy en día, cuando los nacionalistas se arrastran por las cloacas
de la diplomacia estadounidense, buscando una humillante solución a
la crisis que ellos mismos han creado. Ya hemos ofrecido algunas pinceladas de la actitud de los nacionalistas árabes hacia el Islam, explicando cómo éstos rechazan la pretensión de los musulmanes, según la cual la lealtad a la religión debe estar por encima de cualquier otra consideración. Para los nacionalistas, todos los aspectos del Islam que contradicen el enfoque laicista, tales como la shari’a , la idea de yihad o el Estado islámico, deben interpretarse como meros aspectos históricos adheridos al tronco principal del Islam en la “edad oscura”. Los intentos de unir a los musulmanes y de impulsar el renacimiento islámico se consideran una desviación, pues ponen en peligro la trayectoria nacionalista. El Islam mismo es objeto de varias “interpretaciones” (es decir, revisiones y distorsiones) para demostrar que realmente aprueba e incluso fomenta el nacionalismo. En este proceso, el Islam se convierte en lo que los nacionalistas llaman turath (herencia). Esta turath es vista como un engorroso conjunto de escritos, creencias, actitudes, etc., que no dispone de espacio en el “mundo moderno” o en el proyecto del nacionalismo árabe, a menos que sea “tamizada”, “purificada” y “reinterpretada” con el fin de adaptarla para su uso. Desde qué punto de vista debe interpretarse esta turath , por quién, para qué, en qué circunstancias y qué aspectos de la misma deben conservarse son preguntas que los nacionalistas prefieren ignorar. La actitud del nacionalismo árabe hacia el Islam puede resumirse diciendo que dicho nacionalismo ejerce una gran violencia intelectual contra todos los aspectos de la religión islámica, con el fin de encorsetarla dentro de los puntos de vista laicistas y justificar su exclusión del importante lugar que ocupa en la vida de los árabes, favoreciendo así al nacionalismo. Aquí, una vez más, los nacionalistas incurren en una contradicción. Lo normal hubiera sido que primero buscaran las supuestas carencias o lagunas de la doctrina islámica y luego comenzaran a construir un credo social y político para sustituir a dicha doctrina, o al menos para compensar sus deficiencias. Por el contrario, la estrategia del nacionalismo árabe ha sido la de atacar la solidez y la validez del Islam, y negar o poner en duda los planteamientos de esta religión, para así poder justificar su propio proyecto nacionalista. Esto es como poner el carro delante del caballo, pero parece que la sana lógica debe ceder el paso si de lo que se trata es de golpear al Islam. Esta actitud nacionalista hacia el Islam ha revelado una última contradicción, relacionada esta vez con la práctica política. Los nacionalistas árabes ponen mucho empeño en evitar que la “entidad árabe” que ellos han extraído del cuerpo del Islam vuelva a formar parte de dicho cuerpo. Todos los movimientos políticos que persiguen la más mínima cooperación formal entre las distintas naciones-estado musulmanas son ridiculizados por los nacionalistas árabes y acusados de ser iniciativas reaccionarias que solo servirían para obstaculizar la formación de la anhelada entidad árabe. Muchos nacionalistas ni siquiera aprueban la existencia de las ineficaces organizaciones encabezadas por algunos regímenes árabes para promover la acción islámica. Sin embargo, los nacionalistas no muestran ninguna reserva a la hora de vincular o incluso incorporar esa preciada entidad árabe a otras entidades o movimientos internacionales, no solo en la esfera política sino también en la cultural y económica. La mayoría habla de un frente unificado a nivel mundial de todas las fuerzas “progresistas y amantes de la libertad”, el cual incluiría a los grupos de izquierda de Europa y el resto de continentes. Otros nacionalistas árabes hablan de unos estrechos vínculos entre la “entidad árabe” y la Europa Occidental que podrían dar lugar a un organismo cultural y político que contrarrestara el poder de las grandes superpotencias. Algunos de ellos hablan más en concreto de una entidad “mediterránea” que uniría a los árabes con los europeos del sur en una estructura de carácter cultural y económico. [6] El escritor egipcio Taha Husein , el primero en sugerir esta idea a comienzos de la década de 1930, fue criticado duramente por los pensadores musulmanes por proponer esta forma servil de occidentalización. En el frente político, muchos nacionalistas árabes prevén la fusión de su apreciada entidad nacional con movimientos como los del “Tercer Mundo” o “los países del sur”, los cuales, a pesar de su retórica altisonante sobre el imperialismo, la justicia económica y social, etc., realmente están definidos e inspirados por Occidente. El argumento que estoy intentando transmitir
aquí es que los nacionalistas árabes no encuentran ningún
problema en cooperar o incluso en fusionarse con movimientos internacionalistas
de todo tipo, mientras que se oponen por completo a cualquier clase de
activismo islámico, incluso si éste se reduce a una simple
operación cosmética sin ninguna influencia real sobre las
entidades nacionales existentes. La razón de esta actitud podría
ser que el activismo islámico está relacionado con la religión,
mientras que los otros movimientos son de naturaleza política y económica.
Sin embargo, los ideales comunistas o “mediterráneos” también
están repletos de “creencias” e implicaciones culturales, y el activismo
islámico incluye igualmente aspectos “mundanos” en su ámbito
de actuación. Una vez más, el nacionalismo árabe
se enfrenta a una contradicción que solo puede explicarse por su
actitud antiislámica. El nacionalismo árabe no es una
doctrina bien argumentada ni definida, como ya ha quedado claro en los
apartados anteriores del presente trabajo. Sus defensores suelen emplear
un repertorio limitado de argumentos cuya fuerza proviene únicamente
de su machacona repetición a través de la propaganda y de
su difusión sin ningún espíritu crítico, como
si se tratase de una verdad evidente. Dichos argumentos son débiles
y revelan la importancia de las contradicciones que hemos examinado. Ahora
me propongo completar esta crítica a la idea de nacionalismo árabe
rebatiendo tres de esos argumentos planteados con frecuencia.
En vista de lo reducido del fenómeno de las minorías religiosas en el mundo árabe, la prioridad otorgada a este asunto por los nacionalistas árabes plantea ciertas dudas acerca de este movimiento. Cuando la principal justificación para los atrevidos planteamientos del nacionalismo árabe resulta ser la supuesta solución a los problemas de unas minorías que en muchas ocasiones solo existen en las mentes de unos pocos miembros de dichas minorías, es razonable que surjan algunas sospechas. Lo cierto es que las minorías religiosas en el mundo árabe han vivido en relativa tranquilidad bajo el Islam o el Estado otomano. Salvo las tensiones habituales que siempre pueden producirse, se ha garantizado su seguridad y han podido avanzar socialmente. Sin embargo, con el aumento de la influencia europea en las provincias árabes gobernadas por los otomanos, algunas de estas minorías se sintieron más fuertes. Los maronitas del Líbano, por ejemplo, usaron sus vínculos con Francia para hacer campaña contra el Estado otomano, exigiendo que el Líbano se convirtiera en un enclave independiente gobernado por los cristianos, lo cual sucedió realmente casi un siglo después, bajo los auspicios de Occidente. Semejante agitación y rebeldía estuvo motivada principalmente por sentimientos religiosos, y tuvo mucho que ver con unas firmes alianzas establecidas a lo largo del siglo XIX entre potencias coloniales como Francia y Gran Bretaña y las minorías cristianas. Cuando estas minorías dieron inicio a su conspiración contra el Estado otomano no se hablaba en absoluto de nacionalismo árabe. Fue solo después cuando surgieron de entre ellas los primeros “pioneros” que invocaron la idea de nacionalismo “árabe”, a pesar de que muchos de ellos pertenecían a las élites occidentalizadas y ni siquiera eran capaces de escribir en árabe con soltura. Así pues, la dimensión árabe fue introducida de manera repentina con el apoyo occidental para servir de cobertura a estos movimientos y para comprometer a los árabes musulmanes en una lucha contra el Islam y el Estado otomano. El término “árabe” siempre ha estado relacionado muy de cerca con el Islam, aunque, al mismo tiempo, ambos términos no significan exactamente lo mismo, de modo que lo árabe también puede vincularse con contenidos no islámicos –por no decir antiislámicos–, como las referencia a la época preislámica. En este sentido, el citado término “árabe” puede emplearse para el engaño y la propaganda, insinuando el primer significado pero dando por supuesto el segundo. Este es el modo en que lo usaron los líderes de las minorías de Oriente Medio, para poder disimular sus vínculos con las potencias occidentales. Junto a esta idea de lo “árabe” se introdujo el nacionalismo de carácter laico, como un elemento más para desconcertar a los árabes incautos y así poderlos alejar de su lealtad al Islam. Esta agitación de corte religioso contra el Islam y su gobierno quedó plenamente de manifiesto cuando los nacionalistas árabes comenzaron a insistir en el argumento de la “unidad nacional”, y explica por qué un movimiento que se declara laico y afirma estar comprometido en un “proyecto” de gran alcance para el renacimiento de los árabes debe prestar una atención tan exagerada a un problema imaginario que hasta el periodo colonial y el nacimiento del nacionalismo árabe apenas había surgido entre los musulmanes ni entre las propias minorías religiosas, y que, si se plantea, puede solucionarse fácilmente en el marco del Islam. [9] Lo único que revela el argumento de la “unidad nacional” es que la principal preocupación de los nacionalistas árabes es seguir adelante con su proyecto de romper con el Islam, afianzar los vínculos con Occidente y plantear a las minorías menos conflictivas la posibilidad de un proyecto similar. Los nacionalistas árabes pasan totalmente por alto que su presunta defensa de las minorías se produce a expensas de la inmensa mayoría de musulmanes a los que se dirigen y supuestamente representan. Esto se debe a que han definido los derechos de las minorías en términos negativos, es decir, que dichos derechos solo se garantizarían oponiéndose al Islam, aboliendo el gobierno islámico y sometiendo a los musulmanes al laicismo y la occidentalización. Así pues, los derechos de las minorías se respetarán y sus problemas se verán resueltos solo cuando la mayoría de los musulmanes árabes se comporte como los cristianos de Europa y las minorías cristianas del mundo árabe. Esto solo puede describirse como un chantaje sectario. Los nacionalistas, quienes muestran tanto “entusiasmo” en defender los derechos de las minorías, no han tratado de buscar esos derechos ni de trabajar por ellos en el seno del Islam, suponiendo que éstos hayan sido violados bajo el gobierno islámico. Ni siquiera se han molestado en definirlos en términos que no sean los antes descritos: los derechos de los no musulmanes se garantizarán y sus problemas se resolverán cuando el Islam mismo sea liquidado. De este modo, el nacionalismo árabe se plantea ante todo como una solución a expensas de la mayoría musulmana de ciertos problemas no demasiado bien definidos que preocupan a algunos miembros de ciertas minorías. Su propuesta de “unidad nacional”, que hasta el momento ha fracasado por completo a la hora de resolver los problemas de las minorías, como lo demuestra el recrudecimiento de las tensiones sectarias en algunos países árabes, también ha creado otros problemas: ha entrado en conflicto con otros “nacionalismos” locales (familia, clan, etc) fuertemente arraigados en muchos países árabes, se ha enfrentado con minorías raciales y lingüísticas de esos países y ha colisionado con movimientos de vocación universal como el Islam y, hasta cierto punto, el comunismo. El gran proyecto del nacionalismo árabe se reduce a una sospechosa obsesión con el llamado “problema de las minorías”, cuya solución pasa por crear otra serie de problemas, entre los que destaca la destrucción de la identidad musulmana predominante entre la mayoría de los árabes. En la práctica, estos problemas han sido impuestos, y en esta materia, el nacionalismo árabe ha demostrado ser un mero instrumento para lograr que las élites de entre esas minorías impongan su hegemonía. En Siria , fueron algunos miembros de la minoría cristiana, y más tarde de la alawi, quienes usaron el nacionalismo árabe como una ideología que les permitiera ocultar sus ansias de poder, lo cual terminó en tragedia para la mayoría musulmana. En Iraq , fue la minoría laicista la que ha gobernado bajo la bandera del nacionalismo árabe, incitando al pueblo musulmán de este país a atacar a los musulmanes de Irán . En el Líbano, las élites de la comunidad cristiana enarbolaron las mismas consignas nacionalistas, solo para descubrir más adelante quiénes eran los verdaderos enemigos de árabes y musulmanes por igual. El argumento nacionalista árabe
con respecto a las minorías, oculto a menudo bajo el matiz positivo
de la expresión “unidad nacional”, nos dice bastante acerca de los
orígenes, las intenciones y las contradicciones de esta idea. Existe todo un arsenal de palabras que siempre está presente en la propaganda del nacionalismo árabe y que se reproduce como argumento a favor de esta idea. Estas palabras son “modernidad”, “progreso”, “razón”, “ilustración” y otras expresiones similares que supuestamente respaldan la doctrina nacionalista árabe frente a sus oponentes musulmanes, quienes suelen ser descritos con un conjunto de términos opuestos a los anteriores, como “reaccionario”, “retrógrado”, etc. Es evidente que la simple repetición de un puñado de términos elogiosos no constituye en sí misma ningún argumento, pero puede tener cierto valor propagandístico. Sin embargo, cuando esas palabras se emplean en los escritos de los nacionalistas árabes suelen tener un matiz izquierdista de influencia occidental. Esto prueba una vez más la total dependencia ideológica con respecto a Occidente de una doctrina que se jacta de ser “árabe” e “independiente”. Según el modo de entender de los nacionalistas, la “modernidad” supone establecer una sociedad similar a la de Occidente, y el “progreso” se mide con referencia a ese modelo. “Ilustración” y “razón” equivalen a pensar y comportarse al estilo de los laicistas y materialistas europeos. Los intelectuales musulmanes han analizado y criticado en los últimos años este conjunto de términos elogiosos que han empleado los nacionalistas árabes y, de hecho, todos los sectores del espectro laicista. Suele decirse que estos términos son relativos y abstractos, y que deben situarse en un determinado marco de referencia cuando se utilizan. Los críticos señalan a menudo que los nacionalistas emplean estos términos de manera confusa. Sin embargo, se puede demostrar fácilmente que incluso en el contexto occidental, el sentido que los nacionalistas árabes dan a estos términos no puede considerarse moderno, progresista, racional o ilustrado. El nacionalismo que prevaleció en Europa ha sido reemplazado por “la modernidad”. El socialismo o marxismo “ilustrado y progresista”, del que se supone tomaron prestado gran parte de sus ideas los nacionalistas árabes, piensa en términos globales y define al ser humano bajo una concepción materialista y universal basada sobre todo en factores socioeconómicos, y no raciales o culturales. Y otro tanto ocurre con el capitalismo transnacional. Ambas ideologías –socialismo y capitalismo– han creado, cada una a su manera, un nuevo “nacionalismo” que supera las antiguas fronteras nacionales, uniéndolas y fusionándolas sobre la base de un credo internacionalista. Las ideas o actitudes laicistas de carácter “ilustrado” y “racional” de las que alardean los nacionalistas árabes son en su mayoría restos trillados del pensamiento positivista y materialista decimonónico que ahora constituyen piezas de museo. Sin duda, no puede considerarse racional o ilustrado presentar como base del nacionalismo árabe unos planteamientos emocionales e imprecisos, mezclados con un anticuado pensamiento racista. Tampoco resulta razonable pasar por alto los factores de unificación cultural creados por el Islam, para luego unir a todos los que creyentes de esta religión bajo la égida de un nacionalismo árabe que ignora o incluso se opone al Islam. Los nacionalistas árabes suelen argumentar que están trabajando para crear una entidad más grande donde se unan los distintos nacionalismos locales de Oriente Medio, siguiendo el ejemplo de la Unión Europea. Sin embargo, unir a las distintas entidades nacionales de la zona, una tarea en la que el nacionalismo árabe ha fracasado estrepitosamente, carece de importancia si lo comparamos con la terrible escisión que los nacionalistas han provocado en el mundo islámico. También debemos mencionar que la unidad reclamada por los nacionalistas árabes se produciría –si se produce– en un marco laicista y occidentalizado, lo cual supondría un revés para el Islam. De hecho, el nacionalismo árabe siempre tiende a degenerar en nacionalismos locales que a su vez conservan las viejas consignas árabes para legitimar las pretensiones de liderazgo de los tiranos locales fuera de sus propios países. Los nacionalistas árabes ignoran el hecho de que la religión es ahora una poderosa fuerza unificadora en Occidente. Hoy en día, muchos de esos occidentales racionalistas, ilustrados y modernistas a los que los nacionalistas deben tanto están reuniéndose de nuevo en torno a su religión, la cual emplean para desarrollar una identidad y una estructura a nivel mundial, mediante las actividades de las grandes iglesias. Otros occidentales se esfuerzan igualmente en implantar a nivel planetario otras ideologías de origen occidental como el liberalismo, el socialismo, etc. Así pues, este argumento de los
nacionalistas árabes resulta ser una mera retórica vacía
de contenido que solo revela hasta qué punto esta doctrina está
vinculada a Europa, en contradicción a sus supuestos principios,
al menos desde un punto de vista teórico.
Con sus ideas mostrando cada vez una mayor debilidad, los nacionalistas árabes han desarrollado el argumento de la “utilidad” para hacer frente a las críticas procedentes de los musulmanes. Los nacionalistas, quienes ven el Islam desde una perspectiva laicista, no consideran que esta religión sea una alternativa valida. Según ellos, la civilización islámica fracasó hace muchos siglos y su expresión política, el califato, desapareció para siempre tras dejar al descubierto sus defectos de fondo. Por otra parte, de acuerdo a los puntos de vista difundidos por algunos orientalistas, el Islam no tiene realmente nada que ofrecer más allá de algunos principios morales de carácter muy general. [10] De este modo, la esfera social y política queda al alcance de un nacionalismo árabe que ofrece una alternativa práctica. Resulta tentador invalidar este argumento citando los ejemplos prácticos de las fuerzas nacionalistas que han gobernado la mayoría de los países árabes durante los últimos cincuenta años o más. Estas han ejercido el poder de manera dictatorial, liquidando al resto de tendencias políticas y reprimiendo a la islámica con particular dureza, para evitar así el desarrollo de una alternativa islámica creíble y, por lo tanto, de una alternativa viable a su gobierno. En el terreno social, económico y político, su fracaso también ha sido rotundo. Todos los famosos “experimentos socialistas” introducidos por los regímenes y las élites nacionalistas árabes han terminado en la ruina, y sus esfuerzos políticos y militares no han sido capaces de unir a los árabes ni de hacer frente a Israel. Los regímenes nacionalistas árabes liderados por élites militares, intelectuales y sectarias con inclinaciones laicistas y occidentales han ejercido terribles dictaduras y han abortando todo intento de establecer un sistema de libertades y derechos humanos. Han impuesto ideas y valores occidentales sobre las sociedades islámicas, provocando el caos y el deterioro en ellas. Sus tan cacareados planes de desarrollo han sido en su mayoría mal concebidos y planificados, además de ser gestionados de manera incompetente y corrupta. Por el contrario, se pueden señalar muchos éxitos en la gestión del gobierno islámico a lo largo de su historia, aunque la comparación sería injusta, pues los nacionalistas árabes han tenido más poder en sus manos del que hubiera podido soñar el más despótico gobernante musulmán. También podríamos hacer referencia al actual éxito a nivel social e intelectual de muchos movimientos islámicos, a pesar de que éstos hayan sido sometidos a una dura persecución y se hayan distorsionado sus ideas y objetivos. El caso de los Hermanos Musulmanes [11] en Egipto y el de otras asociaciones islámicas en los últimos años pueden servir de ejemplo. Con respecto a su viabilidad, los regímenes nacionalistas árabes están en peores condiciones que las citadas asociaciones islámicas. Si aceptamos que hoy en día ambos movimientos dan muestras de crisis y debilidad, el Islam al menos tiene el atenuante de haber sido excluido por la fuerza de la esfera del poder desde hace más de un siglo, primero por los colonialistas occidentales y después por los nacionalistas árabes. El Islam es viable en la medida en que se trata de una creencia viva que da forma a los valores y la cosmovisión de los creyentes, y no, como el nacionalismo árabe, que es una parodia de ciertas ideas europeas del siglo XIX que ya dejaron de resultar interesantes incluso en Occidente. Los musulmanes tienen muchos argumentos para justificar su elección del Islam, algunos de ellos relacionados con la herencia árabe. En cambio, para defender su doctrina, los nacionalistas árabes solo pueden argumentar sobre la base de conceptos y puntos de vista occidentales o no árabes. El argumento de la utilidad se reduce,
de hecho, a afirmar que, dado que las élites nacionalistas árabes
están en posesión del poder y de la influencia, su ideología
es más viable que el Islam (el cual, como acabamos de decir, ha
sido excluido de la esfera pública por los propios nacionalistas árabes).
Este es el viejo argumento del “estatus quo” que los nacionalistas han importado
de la Europa burguesa del siglo XIX. Ellos consideran impracticables las
ideas islámicas más amplias y profundas, las cuales van más
allá de la idea de raza y consideran al ser humano en su totalidad.
Rechazan la idea islámica de un proyecto integral para el hombre
y la sociedad, y la distorsionan constantemente con su enfoque laicista,
prefiriendo una idea estrecha de miras, basada en el concepto racial, definida
con vaguedad y refutada en la práctica, solo porque resulta que ellos
están en el poder y se sienten molestos con la alternativa islámica.
Tal vez la crítica más eficaz que en la práctica puede
hacerse hoy en día al nacionalismo árabe es que sus élites
se han convertido en una herramienta al servicio tanto de los regímenes
árabes conservadores como de los “radicales”, los cuales comparten
un temor similar ante la perspectiva de un despertar de los musulmanes.
En el presente trabajo me he centrado en la tarea muy concreta de criticar lo que describo como contradicciones en la lógica del nacionalismo árabe, las cuales recorren de arriba abajo esta idea, tanto en su versión antigua como en la actual. He sugerido que estas contradicciones que afectan a las posturas y argumentos del nacionalismo árabe pueden explicarse por el hecho de que esta idea fuera concebida desde un principio no como un planteamiento intelectual o una filosofía, sino más bien como un instrumento político para alcanzar ciertos fines; esto es, el alzamiento de algunas provincias árabes orientales contra el poder otomano. Entre los objetivos del nacionalismo árabe se incluyeron más tarde la secularización y occidentalización encubierta de los árabes musulmanes de Oriente Medio, el ascenso de las élites no musulmanas o antiislámicas a posiciones de influencia y poder, la legitimación de las ambiciones de liderazgo, ya fueran de ciertos dictadores o de algunos partidos nacionalistas árabes, y el establecimiento de una “entidad árabe” separada y opuesta a la entidad islámica, pero a la vez usando algunos elementos de ésta. El nacionalismo árabe fue concebido principalmente como un modo de propaganda emocional y demagógico. De ahí sus contradicciones. Se pensó que bastaría con un montón de consignas para movilizar a las masas árabes. Así pues, el nacionalismo árabe ha despreciado la inteligencia de los árabes, lo cual no es extraño, teniendo en cuenta que se inspiró en ideas occidentales. Cuando los nacionalistas árabes comenzaron a sentir la necesidad de justificarse a nivel intelectual, quedaron en evidencia sus propias contradicciones de fondo, tal y como he explicado en este trabajo. Con su contenido predominantemente occidental, el nacionalismo árabe perdió de hecho su independencia y se convirtió en una simple rama de algunas ideologías occidentales, aunque sin la elocuencia y la sofisticación intelectual de éstas. Como ya he subrayado antes, el nacionalismo árabe ha dejado casi por completo de ser “árabe” o “nacionalista” en el sentido estricto y habitual de estos términos, para convertirse, tanto a nivel intelectual como político, en un caballo de Troya a través del cual se han ido introduciendo en el mundo islámico distintas fuerzas laicistas de origen occidental decididas a acabar con la unidad e identidad de dicho mundo. Las distintas variantes del nacionalismo
árabe emplean los elementos unificadores creados por el Islam para
luego plantear sus propias reivindicaciones de independencia con respecto
al propio Islam. Pretenden desintegrar la identidad islámica universal,
pero no se constituyen en diversas entidades independientes, como cabría
esperar, sino que a su vez se reúnen en torno a otro sistema global:
el de la civilización occidental, en su sentido más amplio.
Así pues, todos los nacionalismos del mundo islámico, desde
el de Ataturk
[12]
a las variedades árabes, pueden considerarse desde
un punto de vista estratégico como una fase intermedia entre la pérdida
de la identidad islámica y la incorporación o asimilación
en el sistema político occidental global, por mucho que los nacionalistas
árabes apelen a un regreso a “la cultura original” o a “las raíces”.
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
- Martin Kramer, “Nacionalismo árabe: una identidad falsa”, revista Alif Nûn nos 64 (octubre de 2008) , 65 (noviembre de 2008) y 66 (diciembre de 2008) . NOTAS.- [1] Traducción, extracto y adaptación del artículo publicado en Al-Tawhid Journal , Vol. III, nº 2, el cual fue presentado como una conferencia durante un congreso acerca de “El impacto del nacionalismo sobre la comunidad islámica”, celebrado en Londres entre el 13 y el 19 de dhu al-qi’dah de 1405 (31 de julio-3 de agosto de 1985), y organizado por el Instituto Musulmán. Fuente: http://www.al-islam.org/al-tawhid/arabnationalism.htm Segunda parte del artículo del mismo nombre publicado en la revista Alif Nûn nº 91 , marzo de 2011. Versión en castellano elaborada por el equipo de traductores de Alif Nûn . (Nota de la Redacción). [2] El autor es un erudito de El Cairo, Egipto. [3] Para más información sobre esta “primera contradicción” del nacionalismo árabe, véase la primera parte de este artículo publicada en la revista Alif Nûn nº 91 , marzo de 2011. (Nota de la Redacción). [4] A este respecto, Joseph Maila, un autor libanés de origen cristiano que no tiene una opinión demasiado elevada del Imperio Otomano, afirma sin embargo lo siguiente: “Parece que no existe mucha duda de que el poder impuesto por parte de los Estados europeos, el cual comenzó a sentirse en Oriente Medio a finales del siglo XIX, promovió un nuevo plan para la región: el plan sionista. No es necesario recordar que si occidente no hubiera derrotado al Imperio Otomano en 1918, el Estado de Israel nunca habría sido creado. Éste fue el resultado de una promesa hecha por Lord Balfour el 2 de noviembre de 1917 en nombre del gobierno de Su Majestad, el cual permitió finalmente la creación del Estado de Israel.” Véase Joseph Maila, “ Los árabes cristianos (II) ”, revista Alif Nûn nº 57, febrero de 2008. (Nota de la Redacción). [5] Para más información sobre esta opinión política que considera a Israel como un instrumento colonial de Occidente, véase Samir Amin , “ El imperialismo de EE.UU. en Oriente Medio ”, revista Alif Nûn nº 80, marzo de 2010. (Nota de la Redacción). [6] Para más información sobre la política de la Unión Europea hacia los países de la orilla sur del Mediterráneo, véase Martin Jerch, Democracia, desarrollo y paz en el Mediterráneo: un análisis de las relaciones entre Europa y el mundo árabe , Univ. Autónoma de Madrid, Madrid, 2007; Paul Balta , El euromediterráneo: desafíos y propuestas , Oriente y Mediterráneo, Madrid, 2005; Khader Bichara , Europa por el Mediterráneo , Icaria, Barcelona, 2009; Khader Bichara, Europa y el Mediterráneo , Icaria, Barcelona, 1995. (Nota de la Redacción). [7] Para más información sobre la situación de los árabes cristianos, véase Joseph Maila, “Los árabes cristianos: del ‘problema de Oriente’ a la reciente situación política de las minorías”, en revista Alif Nûn nos 56 (enero de 2008) y 57 (febrero de 2008) ; Juan Pedro Monferrer Sala , Introducción al Cristianismo árabe oriental , Universidad de Córdoba, Córdoba, 2008. (Nota de la Redacción). [8] Para una visión crítica sobre la situación de los cristianos coptos en Egipto, véase Adel Iskandar y Hakem Rustom, “ Desde París hasta El Cairo: resistencia frente a la aculturación ”, revista Alif Nûn nº 87, noviembre de 2010. (Nota de la Redacción). [9] De hecho, en el caso del Estado otomano, podemos comprobar cómo las grandes persecuciones contra sus súbditos no musulmanes se produjeron cuando la influencia del nacionalismo de corte occidental había arraigado profundamente entre los otomanos (extermino armenio) o cuando el gobierno otomano había dejado paso ya a la moderna República de Turquía (deportaciones masivas de las poblaciones griegas de Asia Menor). Para más información, véase Yamila Munqid, “ La crisis de identidad en Oriente Medio ”, revista Alif Nûn nº 87, noviembre de 2010. (Nota de la Redacción). [10] Para una visión crítica sobre la ideología orientalista acerca del Islam, véase Edward W. Said, Orientalismo , Debolsillo, Barcelona, 2007; Abû Imán ‘Abd al-Rahmân Robert Squires, “ Orientalismo, desinformación e Islam ”, revista Alif Nûn nº 76, noviembre de 2009. (Nota de la Redacción). [11] Para más información sobre esta organización, véase Tariq Ramadan , El reformismo musulmán. Desde sus orígenes hasta los Hermanos Musulmanes , Los Hermanos Musulmanes , Bellaterra, Barcelona, 2007; Redacción Alif Nûn, “ El reformismo musulmán. Los Hermanos Musulmanes a través del pensamiento político de Sayyid Qutb ”, revista Alif Nûn nº 39, junio de 2006. (Nota de la Redacción). [12] Para más información sobre el nacionalismo turco y su relación con el Islam, véase Bekim Agai, “ Islam y kemalismo en Turquía ”, revista Alif Nûn nº 72, junio de 2009. (Nota de la Redacción). A Portada |
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