ERRORES PASADOS Y OPCIONES FUTURAS:
NUEVAS POLÍTICAS HACIA EL MUNDO ÁRABE [1]

Eberhard Kienle [2]



Regímenes autoritarios y desigualdad económica

La “revolución de los jazmines” en Túnez , las fuertes y constantes protestas populares en Egipto [3] y Libia [4] , así como las manifestaciones más reducidas en Argelia [5] , Jordania , Yemen y Sudán son la expresión de décadas de frustración entre amplios sectores de la sociedad debidas al estancamiento o el empeoramiento de las condiciones de vida, la erosión de lo que se supone una vez fueron estados del bienestar, el aumento de la desigualdad económica, la falta de respeto hacia los derechos humanos y la ausencia de cualquier forma coherente de participación política.

 Aunque menos severa que en otras partes del mundo, la pobreza está muy extendida, las clases medias están cada vez más amenazadas por el empobrecimiento, la población –sobre todo las generaciones más jóvenes [6] – tiende a descender en la escala social en lugar de ascender, la disidencia política se enfrenta a un abanico de situaciones que va desde la asimilación a la represión y las elecciones son ridículos ejercicios para mantener en el poder a los de siempre. Aunque estos países difieren entre sí en aspectos importantes, pueden identificarse similitudes fundamentales tanto a nivel económico como político. 

Argelia, por ser uno de los principales productores de petróleo y gas, disfruta de una mayor liquidez que, por ejemplo, Yemen. En Egipto existe más libertad de prensa que en Túnez, pero, al mismo tiempo, su régimen está arraigado con más firmeza. No obstante, más allá de las diferencias que estamos comentando, casi todos estos países con ingresos medios-bajos que producen y comercializan productos con un bajo índice de excedentes reciben diversas formas de ayuda económica, técnica y militar de los países económicamente más avanzados, pero han fracasado a la hora de satisfacer las aspiraciones materiales de sus poblaciones (por ejemplo, mediante la creación de puestos de trabajo dignos) y, por lo tanto, envían trabajadores emigrantes al extranjero. 

Estos regímenes son autoritarios, patrimonialistas [7] e incluso explotadores, y están apoyados por grupos relativamente pequeños que se benefician de su gobierno. Son odiados por muchos sectores de la sociedad, aunque otros los aceptan con resignación, renunciando a las libertades a cambio de una cierta seguridad material. En ausencia de cualquier tipo de apertura política, una parte de la oposición adopta a veces medidas extremistas y recurre a la violencia, seguida de una severa represión.

En este contexto, los EE.UU., la UE (con la excepción parcial del Parlamento Europeo) y los gobiernos europeos dentro y fuera de la Unión –en parte influenciados por la opinión pública, y en parte dando forma a dicha opinión mediante una visión neoliberal y culturalista del mundo, cada vez más dominante– han adoptado posturas hacia el mundo árabe que han exacerbado las tensiones dentro de esos países, contribuyendo así en cierta medida a los acontecimientos recientes.


Estabilidad antes que democracia

En primer lugar, europeos y norteamericanos han unido su suerte a la de los regímenes autoritarios que a menudo anuncian reformas y democracia, pero nunca las ponen en práctica. Hasta hace muy poco, las exigencias de reformas políticas no eran lo bastante intensas como para provocar cambios mas allá de una simple cortina de humo. Durante el gobierno de George W. Bush , insistir de manera seria y constante en los derechos humanos y la democracia era algo temerario, como en el caso de Iraq , o demasiado efímero como para tener algún efecto positivo.

Desde que los islamistas consiguieron liderar la revolución de 1979 en Irán y establecieron una república islámica hostil a Occidente, europeos y estadounidenses no han dudado en apoyar a cualquier régimen dictatorial y autocrático en el mundo árabe y Oriente Medio, siempre que no fuera islamista y combatiera a los islamistas a nivel interno. En otras palabras, la búsqueda de la estabilidad sustituyó a la búsqueda de la democracia, por mucho que esta última se defendiera en teoría. Sucesos como el asesinato del presidente egipcio Sadat en 1981, los resultados de la primera vuelta en las elecciones de 1992 en Argelia [8] y, más recientemente, la llegada al poder de Hamas tras las elecciones de 2006 en los territorios palestinos han reforzado los temores y la hostilidad de Occidente hacia todo lo que suene a islamismo.

Se establecieron cada vez menos distinciones entre la amplia gama de grupos y tendencias de la oposición islamista, cuando en realidad eran muy diferentes entre sí y el único denominador común era que expresaban sus demandas políticas en términos religiosos. Individuos y grupos con puntos de vista similares a los de los democratacristianos europeos fueron agrupados junto a terroristas como los de al-Qaeda. La ausencia de un conocimiento preciso acerca del panorama político árabe, combinada tal vez con una falta de voluntad o de capacidad para matizar la información disponible, supuso que la gran mayoría de las agrupaciones políticas provocara recelos por el simple hecho de que casi todas ellas siguieran expresándose en términos religiosos.

Basándose únicamente en la evidencia parcial de los acontecimientos en Irán, se consideró que los islamistas eran no democráticos por definición. El ex-presidente Ben Ali era considerado un demócrata porque reprimía a los islamistas en Túnez, al igual que Mubarak, por hacer lo propio en Egipto. La tensión entre Occidente y los islamistas empeoró, y estos últimos transformaron a veces en hostilidad la actitud crítica que siempre habían compartido con los nacionalistas y la izquierda árabes.


El factor palestino

En segundo lugar, los gobernantes autoritarios en los países árabes se hicieron aún más impopulares a los ojos de sus poblaciones por apoyar los intentos occidentales de resolver el conflicto árabe-israelí de un modo que parecía favorecer a Israel . En Egipto y Jordania, los acuerdos de paz con Israel eran impopulares porque: 1) no pudieron impedir guerras como la invasión israelí del Líbano en 1982 o la reciente guerra de Gaza ; y 2) no pudieron detener la expansión de los asentamientos israelíes en los territorios palestinos, haciendo aún más remota la perspectiva de un Estado palestino.

Incapaz de hacer frente a Israel y cada vez más autoritaria, la propia Autoridad Nacional Palestina (ANP) pronto fue percibida como una institución ilegítima, no solo por muchos palestinos sino también por muchos árabes de otros lugares. El apoyo occidental a la ANP se consideró cada vez más como un apoyo a la continuidad de la ocupación israelí. Por cierto, que el apoyo occidental a Israel y a la ANP –el cual, según muchos palestinos, es incapaz de responder a sus aspiraciones– fortaleció en gran medida a Hamas . (Hamas, de hecho, es una formación relativamente nueva, pues surgió solo unos veinte años después de la ocupación israelí de Cisjordania y Gaza).

Impopulares reformas económicas

En tercer lugar, los gobernantes árabes autoritarios pusieron en práctica, a veces bajo presión, reformas económicas impuestas por instituciones financieras internacionales, los EE.UU., la UE y otros impulsores de la globalización . [9] Aunque, durante los años ochenta, estas reformas se hicieron inevitables hasta cierto punto, en muchos aspectos han tenido un efecto negativo en amplios sectores de la población. Inspiradas en ideas económicas neoclásicas y neoliberales, las políticas de estabilización macroeconómica y ajuste estructural redujeron el nivel de vida de gran parte de la clase media. Incluso cuando y donde contribuyeron al crecimiento y redujeron los desequilibrios presupuestarios y el déficit exterior, fracasaron a la hora de mejorar las condiciones de vida de una parte considerable de la población e incluso la empobrecieron aún más.

Es indudable que las reformas favorecieron en gran medida a entre un 5 y un 7% de la población, pero esta nueva riqueza lo único que hizo fue aumentar la brecha con el resto de la sociedad. Muchas de las ganancias provenían de prácticas abiertamente corruptas, incluyendo el uso del poder político para crear mercados cautivos [10] para sus compinches capitalistas que, por ejemplo, se beneficiaban de la venta de empresas del sector público. En resumen, los regímenes autoritarios apoyados por Occidente no solo fueron culpables de ser unos irresponsables, sino también de adoptar unas medidas económicas y una política exterior impopulares. 

Un ejemplo de ello es la Unión para el Mediterráneo, basada en la Declaración de Barcelona de 1995 y sus derivados, como la ampliación de la llamada Política Europea de Vecindad hacia los países del sur del Mediterráneo [11] . La política de relación y vecindad está basada en dudosas premisas, dictadas por una experiencia histórica limitada y unos supuestos ideológicos que han sido elevados a dogma. Se supone que la liberalización económica mejora la competitividad e incrementa la inversión, el comercio y el crecimiento económico, los cuales, a su vez, se supone que crean empleo, aumentan los ingresos y mejoran el bienestar. El bienestar, por su parte, debería crear una clase media y mejorar la educación, condiciones que supuestamente favorecen la liberalización política y la democratización.

De hecho, la democracia empezaría a encajar cuando todo el mundo fuera lo bastante rico y no necesitara unirse a grupos islamistas que presuntamente solo reclutan a indigentes. El “diálogo político” que formalmente invoca esta relación de vecindad podría reducirse a lo estrictamente necesario, el desarrollo económico, como consecuencia de lo cual el cambio democrático se produciría en cualquier caso. Por desgracia, cada uno de los eslabones de esta cadena de acontecimientos es cuestionable y ha demostrado ser erróneo tanto en los países del Mediterráneo como en otros lugares.

Por ejemplo, la liberalización económica puede haber aumentado la competitividad, pero también ha destruido empresas y puestos de trabajo; el aumento de la inversión no crea necesariamente puestos de trabajo, como estamos viendo también en Europa y los EE.UU.; las nuevas oportunidades de empleo no siempre permiten a la gente ganarse la vida de manera digna; el bienestar no se traduce en democracia, y el islamismo no solo es consecuencia de la pobreza (de hecho, a menudo no proviene de ella en absoluto).


Nuevas prioridades económicas y políticas

Tres factores han influido en los recientes levantamientos en el norte de África –regímenes represores con una escasa libertad política, reivindicaciones sociales y el conflicto entre Palestina e Israel–, y aunque Occidente no es responsable en igual medida de todos ellos, sí que debe hacer frente a los tres. La puesta en práctica durante décadas de políticas controvertidas en Túnez y Egipto por parte de regímenes irresponsables, autoritarios y represores explica en último término las masivas movilizaciones populares, sin precedentes desde hace décadas. En Túnez, las reivindicaciones económicas y sociales han sido más importantes que el conflicto árabe-israelí. Otro aspecto ha sido el conocimiento que tienen muchas familias de emigrantes y las clases educadas acerca de la situación en Europa, donde sí existen libertades políticas. En Egipto, las reivindicaciones económicas y sociales han sido importantes, pero la incapacidad del régimen para contribuir a una solución justa del conflicto palestino-israelí también ha jugado un papel destacado.

En otras palabras, la historia nos dice que debemos redefinir en dos aspectos principales las futuras políticas hacia los países árabes y de Oriente Medio: 1) en lo que respecta a los sistemas políticos, el apoyo a la democracia debe reemplazar al apoyo al autoritarismo; 2) en cuanto a las normas de actuación, a nivel político debe alcanzarse un nuevo equilibrio para reconciliar las aspiraciones palestinas (y las de otros países árabes) con las expectativas israelíes, y en el ámbito económico, la cooperación debe alejarse de los modelos que han fracasado estrepitosamente. 

El apoyo a cualquier tipo de reforma debe tener en cuenta la complejidad de las realidades cambiantes, incluyendo los factores que facilitan y obstaculizan este cambio: la resistencia ofrecida por los intereses creados, los horizontes temporales que no pueden ser los de los ciclos electorales, y la reestructuración de empresas u otros objetivos de producción poco definidos.

Así pues, el apoyo a la liberalización política y la democratización debe considerar los intereses, las expectativas y los objetivos de todos los actores implicados. Agentes externos como los EE.UU., la UE o el gobierno noruego no pueden pretender promover la liberalización política a cualquier precio, sin tomar en cuenta los objetivos de los diferentes actores políticos implicados y el equilibrio de poder que rige sus relaciones. Más bien se debería apoyar a las fuerzas del cambio democrático allí donde ya existen, y en particular cuando estos mismos grupos busquen apoyo.


                                                                                             Poder compartido y transición

 En cualquier caso, la ayuda debe concederse a las nuevas democracias o a los regímenes políticos que estén claramente en transición hacia la democracia. Transición a la democracia no significa necesariamente un cambio total de régimen, ni supone la completa expulsión, marginación o incluso represión de los representantes del régimen saliente y sus partidarios. El equilibrio de poder existente puede exigir acuerdos para compartir el poder o “transiciones pactadas” que atiendan las necesidades de los gobernantes anteriores y de sus rivales políticos. España y Brasil son ejemplos de transiciones pactadas que han tenido éxito, en las cuales los antiguos adversarios, e incluso enemigos, trabajaron juntos para intentar construir un nuevo régimen político integrador. 

Hoy en día, Túnez representa un claro ejemplo; el que todos los ministros del partido Destour hayan abandonado el nuevo gabinete no puede ocultar el hecho de que la administración, la policía y hasta cierto punto incluso el ejército estén integrados por personas que están o han estado vinculadas al presidente caído. Es probable que Egipto sea un ejemplo aún más revelador. En la actualidad, es difícil imaginar una salida a la actual situación sin la participación de algunos colectivos muy arraigados del antiguo régimen, como son los miembros del poderoso Partido Nacional Democrático, la policía y, sobre todo, las fuerzas armadas. Tampoco debe ser excluida ninguna de la principales fuerzas de la oposición, como los Hermanos Musulmanes. [12] El pacto debería incluir la obligación de celebrar elecciones de manera regular, sometidas a un mecanismo de supervisión transparente que, entre otras cosas, evalúe el grado de compromiso de las partes firmantes.


Las transiciones deben ser integradoras

Una condición fundamental para el éxito de los acuerdos de reparto del poder es que todas las partes compartan la idea de pertenencia a un mismo Estado, nación o comunidad política, y también la voluntad de preservar éstos como tales. Este es sin duda el caso de Túnez y Egipto, lo cual protege a estos estados de divisiones internas que puedan conducir a conflictivas alianzas externas, como ha ocurrido en el Líbano e Iraq.

El apoyo a un proceso de democratización que incluya transiciones pactadas no debería depender de quiénes sean las partes que se adhieran a dicho pacto. Sin duda, es legítimo excluir a los extremistas, siempre que la noción de extremismo se defina lo más ajustadamente posible. Sin embargo, y por poner un ejemplo, no hay razón para considerar como extremistas a los Hermanos Musulmanes de Egipto. Se puede estar en desacuerdo con sus objetivos y su programa, pero eso no quiere decir que sean extremistas. El hecho de que nunca hayan estado (o se les haya permitido estar) en una situación de tener que aceptar una derrota electoral no puede usarse para cuestionar sus credenciales democráticas, del mismo modo que los actuales partidos de la oposición (incluyendo el Wafd y el Tagammu) y el Partido Nacional Democrático en el poder tampoco han tenido nunca que enfrentarse a una derrota electoral.

Unos acuerdos de reparto del poder adecuadamente negociados deben incluir garantías constitucionales y otros mecanismos de control y compensación para prevenir el dominio de un solo partido. Dicho esto, es evidente que los acuerdos para compartir el poder necesitan tiempo para consolidarse y ser aceptados por la mayoría. También debemos recordar que, históricamente, las democracias rara vez fueron creadas por demócratas, sino que en realidad surgieron de acuerdos para repartir el poder entre actores que no podían imponer su gobierno único. Esto puede aplicarse tanto al Reino Unido como a Francia.


Es necesario un apoyo popular mayoritario

Puede que las transiciones pactadas en los actuales países árabes no conduzcan a corto plazo al típico modelo de democracia liberal, pero al menos deberían producir regímenes aceptables para la mayor parte de la población. Es evidente que estos regímenes pueden seguir siendo precarios y relativamente inestables durante un periodo de tiempo considerable. Sin embargo, parecen preferibles a los gobiernos represores que reemplazan, los cuales, hasta el momento, solo han revelado sus limitaciones y desventajas. El apoyo continuado a los controvertidos regímenes autoritarios solo sirve para posponer el día en que éstos tengan que rendir cuentas, y entretanto radicaliza a la oposición.

Las transiciones pactadas y los acuerdos para compartir el poder también son preferibles a los otros dos posibles escenarios de revoluciones y alzamientos populares –el regreso de los gobernantes derrocados o la expulsión completa de éstos y de sus partidarios. Cualquiera de estas dos situaciones podría terminar fácilmente en persecuciones, masacres y restricciones a largo plazo de las libertades y los derechos de gran parte de la población. A todas luces, los acuerdos para compartir el poder parecen ser la mejor opción para sustituir a los regímenes autoritarios cuando éstos se enfrentan a una oposición masiva y a la amenaza de desintegración.

Sin embargo, no todos los regímenes autoritarios existentes en la actualidad son candidatos a compartir el poder. Algunos pueden sobrevivir frente a grandes probabilidades en contra o simplemente por casualidad, como ya ha ocurrido antes en Jordania y Marruecos . Otros, como Arabia Saudí [13] , pueden oponer más resistencia en general, aunque después de la rápida salida de Ben Ali nada puede afirmarse con seguridad. Hay pocas esperanzas de que un alzamiento o una “revolución” produzcan una democracia liberal de manera inmediata, tal y como lo confirma ampliamente la historia de los últimos 250 años. Sin embargo, los acuerdos para compartir el poder pueden dar lugar con el tiempo a regímenes considerablemente más democráticos.


La imparcialidad es la clave para el reparto del poder

Para que los acuerdos de reparto de poder sean duraderos, lleguen a buen término y tengan posibilidades de producir gobiernos democráticos, las políticas gubernamentales deben ser imparciales, reducir las diferencias sociales y beneficiar a todas las partes de un modo equitativo. En el caso de los países árabes, sería más fácil poder elaborar políticas aceptables para la mayoría de la población si los poderosos actores externos que representan al norte en general se abstuvieran de exigir el apoyo a planteamientos impopulares o no consensuados. En cuanto a los asuntos pendientes en el conflicto árabe-israelí, puede trazarse una línea entre la necesidad de cumplir con los tratados de paz en vigor y, por ejemplo, la renovación o la ampliación de los acuerdos vigentes para las Zonas Industriales Cualificadas (QUIZ, en sus siglas inglesas), los cuales favorecen las exportaciones egipcias a los EE.UU. a condición de usar inversiones israelíes. [14]  

En última instancia, la cuestión aquí no es si estas zonas son beneficiosas para todas las partes o si están al servicio de otro tipo de prioridades, sino si son aceptables para la mayoría de las fuerzas políticas en Egipto. Con respecto a la reforma económica, debería prestarse más atención a la distribución de los ingresos y la riqueza, con el respaldo de los inversores internacionales. Aceptar la necesidad de un reparto equitativo de la riqueza en el caso de los países árabes supondría aceptarlo también en otros países y, por la misma razón, reducir la probabilidad de que se produzcan alzamientos en otros lugares.


NOTAS.-


[1] Traducción, extracto y adaptación del artículo aparecido en el Norwegian Peacebuilding Centre ( http://www.peacebuilding.no/eng/Publications/Noref-Reports2/Past-errors-future-options-new-policies-towards-the-Middle-East ), febrero de 2011. Versión en castellano elaborada por el equipo de traductores de Alif Nûn . (Nota de la Redacción).

[2] Eberhard Kienle es politólogo especialista en relaciones internacionales y sociología y economía políticas del Oriente Medio contemporáneo. Es presidente del Centre of Near and Middle Eastern Studies, dependiente de la School of Oriental and African Studies (SOAS). En 2001 fue nombrado profesor en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) y desde 2007 ocupa el cargo de director del Institut de Recherches et D’études sur le Monde Arabe et Musulman (IREMAM).

[3] Para más información sobre las citadas revueltas, véase Hesham Sallam, Joshua Stacher y Chris Toensing, “ La transición en Egipto: un escenario político desconocido ”, revista Alif Nûn nº 90, febrero de 20011. (Nota de la Redacción).

[4] Para una visión crítica acerca del régimen libio, véase Fred Halliday , “ 40 años de régimen libio: un estado de cleptocracia ”, revista Alif Nûn nº 91, marzo de 2011. (Nota de la Redacción).

[5] Para más información sobre la situación en Argelia, véase Azzedine Layachi, “ La intermitente rebelión argelina ”, revista Alif Nûn nº 91, marzo de 2011. (Nota de la Redacción).

[6] Para más información sobre la realidad social y económica de los jóvenes en el mundo árabe y Oriente Medio, véase Ted Swedenburg, “ Juventud de Oriente Medio: retos y oportunidades ”, revista Alif Nûn nº 77, diciembre de 2009. (Nota de Redacción).

[7] Los regímenes patrimonialistas son aquellos en los que el poder se deriva directamente del líder y/o líderes, quienes se apoderan de los bienes públicos y los administran como si fuesen privados, confundiendo ambos ámbitos como si de uno solo se tratase. Son regímenes autocráticos y oligárquicos, que tampoco distinguen entre la lealtad a la nación y la lealtad al líder. El término “patrimonialismo” fue acuñado por Max Weber. (Nota de la Redacción)

[8] Para más información, véase R. Pérez López-Portillo, Argelia: el fin del sueño islamista , Sílex, Madrid, 1999. (Nota de la Redacción).

[9] Para más información sobre las distintas opiniones en el mundo árabe sobre la globalización, véase Fauzi Najjar, “Los árabes, el Islam y la globalización”, revista Alif Nûn nos 82 (mayo de 2010) y 83 (junio de 2010) . (Nota de la Redacción).

[10] Se denomina mercado cautivo a aquél en el cual existe una serie de limitaciones que impiden la libre competencia. La forma más habitual de crear un mercado cautivo es a través de aranceles, si bien no es la única. También cabe imponer otras barreras como
especificaciones técnicas y otra serie de requisitos que las empresas deben cumplir para operar en dicho mercado. En muchas ocasiones, todos este proceso va acompañado de tráfico de información privilegiada que permite favorecer a las empresas cercanas a la órbita del poder político y económico. (Nota de la Redacción).

[11] Para más información sobre la política de la Unión Europea hacia los países de la orilla sur del Mediterráneo, véase Martin Jerch, Democracia, desarrollo y paz en el Mediterráneo: un análisis de las relaciones entre Europa y el mundo árabe , Univ. Autónoma de Madrid, Madrid, 2007; Paul Balta , El euromediterráneo: desafíos y propuestas , Oriente y Mediterráneo, Madrid, 2005; Khader Bichara , Europa por el Mediterráneo , Icaria, Barcelona, 2009; Khader Bichara, Europa y el Mediterráneo , Icaria, Barcelona, 1995. (Nota de la Redacción).

[12] Para más información sobre esta organización, véase Tariq Ramadan , El reformismo musulmán. Desde sus orígenes hasta los Hermanos Musulmanes , Bellaterra, Barcelona, 2000; Xavier Ternisien, Los Hermanos Musulmanes , Bellaterra, Barcelona, 2007; Redacción Alif Nûn, “ El reformismo musulmán. Los Hermanos Musulmanes a través del pensamiento político de Sayyid Qutb ”, revista Alif Nûn nº 39, junio de 2006. (Nota de la Redacción).

[13] Para más información sobre el futuro político de esta nación, véase Toby Jones, “ ¿Hacia dónde se dirige Arabia Saudí? ”, revista Alif Nûn nº 64, octubre de 2008. (Nota de la Redacción).

[14] Las Zonas Industriales Cualificadas son áreas industriales de Jordania y Egipto donde se producen bienes manufacturados. Son el resultado de ciertos acuerdos comerciales entre los EE.UU, Israel, Egipto y Jordania, de modo que los productos procedentes de ellas pueden acceder directamente al mercado estadounidense sin restricciones ni cuotas arancelarias, en la mismas condiciones que los productos de Israel, para lo cual es obligatorio que este país participe en los beneficios de dichas operaciones comerciales. En el caso de Egipto, casi todas las empresas que operan en estas zonas industriales pertenecen al sector textil. (Nota de la Redacción).


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