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UNA CRÍTICA A LA IDEA DE
NACIONALISMO ÁRABE (I) [1] Dr. Muhammad Yahya [2]
La propaganda nacionalista árabe se viene manifestando cada vez más a través de diversas instituciones de muchos países árabes, sobre todo Egipto. Es bastante evidente para los observadores del movimiento islámico que una revitalización de esa idea resulta ser algo lógico, a la vista del histerismo actual en torno al famoso peligro del “fundamentalismo” islámico en el mundo árabe. Es razonable que una idea originada entre los escritores cristianos de Oriente Medio y empleada como arma para desintegrar el Estado otomano sea ahora desenterrada para hacer frente una vez más a un Islam en alza. En la actualidad, el nacionalismo árabe se está usando de una manera diferente a la de Nasir o los baazistas (es decir, como un medio de enmascarar las ambiciones personales o de partido). Ahora es presentado como un credo político secular, inspirado en ciertos conceptos occidentales que sirven de marco de referencia. Estos conceptos (a saber, la modernidad, el progreso o el socialismo, además de otros menos importantes) representan tanto sus consignas para atraer a las masas como sus categorías intelectuales para analizar la realidad árabe. La característica principal de esta renovada propaganda nacionalista es el énfasis constante en el término “árabe” como opuesto a lo “islámico”. El objetivo indudable de este cambio bien calculado es sustituir el último término por el primero, y convertirlo así en la principal categoría para analizar y describir las cuestiones sociales y políticas. La limitada “perspectiva árabe” está diseñada para que se imponga y reemplace a la perspectiva islámica en el pensamiento y los sentimientos de aquellos hacia los que está dirigida la propaganda nacionalista. La insistencia en la categoría de lo “árabe” como una alternativa a la categoría de lo “islámico”, o al menos como un modelo más elevado, importante y aglutinador, pone al descubierto toda la maniobra. Está claro que la actual manera de presentar el nacionalismo árabe prevé una confrontación con el Islam, y va más allá del simple “renacimiento” de una antigua idea. Los defensores del nacionalismo árabe no ocultan el hecho de que ellos oponen sus ideas al Islam, usándolas como arma para alimentar un cierto clima antiislámico que prevalece en muchos países árabes, a pesar de que su exposición está plagada de contradicciones, la cuales nos proponemos revelar en este trabajo. Al parecer, quienes han retomado la idea nacionalista para emplearla contra el Islam lo tienen difícil para usarla como una herramienta de confrontación intelectual. La idea de nacionalismo árabe
adolece de dos contradicciones básicas que se reflejan en sus diferentes
exposiciones y debilitan su discurso. La primera es la exclusión
del Islam como elemento definitorio y constitutivo de ese nacionalismo;
y la segunda, relacionada con la primera, es el contenido completamente
occidentalizado de un movimiento abiertamente árabe que supuestamente
desea revivir los valores y la cultura “árabes”.
El mensaje nacionalista árabe parece simple y consistente: los árabes, desde el Golfo hasta el Atlántico, son un pueblo que comparte una raza, una historia, un idioma y unos intereses comunes, y deben permanecer unidos en una entidad política que sea social y culturalmente “moderna y progresista”. Este objetivo puede ser alcanzado por los nacionalistas árabes, quienes se enfrentan a varias fuerzas imperialistas y reaccionarias, de las cuales el movimiento islámico sería la más destacada. Hoy en día, los pretendidos vínculos de sangre o el argumento de la etnia y la raza se han visto eclipsados en gran medida por las pruebas científicas y han quedado bastante desprestigiados después de Hitler. Aún no está muy claro cómo es posible hablar de una raza árabe pura, después del largo proceso de mestizaje entre los primeros árabes de la Península y otros pueblos como los egipcios, los mesopotámicos, los bereberes o los negros. La expresión “lazos de sangre” es empleada convenientemente para ocultar la debilidad de los puntos de vista nacionalistas a este respecto, en su doble referencia a la raza y el parentesco. Este último suele ser el significado que parece sugerir el uso normal de la citada expresión, y evita a los nacionalistas verse involucrados en un debate etnográfico que tendrían perdido de antemano. Apelar a los argumentos geográficos tampoco resulta de mucha ayuda para defender la causa nacionalista. El eje Golfo-Atlántico es una proyección bastante arbitraria que pasa por alto otras zonas hacia las que los primeros árabes también se aventuraron. Por otra parte, los nacionalistas han adoptado sin demasiado espíritu crítico una concepción “imperialista” de la “patria árabe”, teniendo en cuenta sus altisonantes consignas antiimperialistas. El hecho crucial a este respecto es que fue el Islam el que creó esta “gran patria árabe”, como ellos la llaman, y el que impulsó a los primeros árabes a conquistar ese área y otras muchas, con el fin de difundir las enseñanzas islámicas. [3] Los nacionalistas se han sacado de la manga una idea de lo árabe en la que ignoran de manera arbitraria el elemento islámico –el cual, todo hay que decirlo, permitió a los árabes difundir su propia religión–, separando la “patria árabe” de ese cuerpo más amplio que es el mundo islámico y enfrentándola a éste, o bien dándole preeminencia sobre el elemento islámico. Si, pongamos por caso, adoptáramos la misma postura laicista a la que se adhieren los nacionalistas, podríamos decir que el Islam es un fenómeno cultural y social de los árabes, quienes lo habrían propagado por una gran parte del mundo conocido en aquel tiempo. En este sentido, podría decirse que los musulmanes del mundo han sido “arabizados” por el simple hecho de abrazar el Islam. Los nacionalistas árabes juegan la baza de separar a una parte de los “arabizados” (es decir, de los musulmanes), quienes pasan a tener una característica adicional: el idioma. Esta parte se convierte en una entidad independiente con identidad propia, enfrentada a la del resto de musulmanes (es decir, los “arabizados”, según nuestra perspectiva). Es de resaltar que no incluyen en su nacionalismo a algunas minorías arabófonas, mientras ignoran el papel fundamental que juega el árabe en los idiomas y las culturas de otros musulmanes. Según su propio punto de vista laicista acerca del Islam como movimiento social, los nacionalistas se contradicen. Si el Islam es “la religión de los árabes”, su máximo valor y el principal motivo que los impulsó fuera de los límites de su lugar de origen en Arabia, entonces esta religión debería ser el rasgo definitorio del nacionalismo árabe. Es el Islam, y no esos factores culturales como el idioma o la historia, transformados por esta religión hasta hacerlos irreconocibles, el que debería establecerse como emblema y elemento indispensable del nacionalismo árabe. Sin embargo, los nacionalistas son unos laicistas empedernidos que excluyen por completo al Islam, o bien le asignan un papel secundario dentro de su credo, reduciéndolo a un “factor espiritual” vagamente definido, algo inaceptable para el propio Islam. Esta misma crítica se aplica a las pretensiones nacionalistas de que los “árabes”, definidos de un modo tan ambiguo, comparten una serie de intereses comunes, supuestamente económicos, que actúan como elemento unificador. Cabría preguntarse por qué los intereses comunes de cualquier tipo no deberían existir entre los musulmanes, como siempre ha ocurrido. Una vez más nos encontramos con la misma falacia: una separación arbitraria de un cierto sector de la comunidad islámica, con el fin de establecer una entidad independiente. La palabra clave aquí es “arbitraria”, pues ésta despoja al nacionalismo de cualquier dimensión racional y deja al desnudo su sesgo ideológico, que se intenta ocultar con pretextos de modernidad o recurriendo a otros términos engañosos parecidos. La principal contradicción en el pensamiento nacionalista árabe puede apreciarse más claramente en su adopción de ciertos elementos culturales como el lenguaje, la historia, la herencia y la tradición comunes como rasgos definitorios de ese nacionalismo, marginando sin embargo al Islam de su sesgado enfoque laicista. Antes del Islam, los árabes vivían en lo que podría llamarse su “prehistoria”: una serie de tribus enfrentadas, con diversos dialectos y una vida cultural escasa o nula, sobre todo en el plano intelectual. El Islam introdujo tal cambio cualitativo en la vida de los árabes que apenas sería una exageración decir que “creó” una nueva identidad árabe. El dialecto árabe quraishí se convirtió en uno de los idiomas más ricos del mundo y en uno de los más difundidos. El Islam ganó para esta lengua hablantes que procedían de culturas no árabes y fue el responsable de convertirla en una herramienta de pensamiento y de expresión en muchos campos de la ciencia y el conocimiento, extendiéndose así mucho más allá de su hogar y de sus hablantes de origen. [4] De igual modo, las estructuras, las costumbres, los objetivos y las actitudes de la sociedad árabe se transformaron por completo gracias al Islam. Esta religión ha sido un principio constitutivo de la vida social e intelectual de los árabes durante los últimos catorce siglos, y el intento de plantear un “nacionalismo árabe” al margen del Islam o enfrentado con él es inconcebible, por no decir completamente absurdo. Al mismo tiempo, un nacionalismo árabe que pretenda tomar en cuenta al Islam se encontrará en una difícil posición, pues las aspiraciones universales del Islam y su insistencia en una obediencia total a sus principios, así como su prioridad por encima de otras afiliaciones, supone un rechazo del nacionalismo como una forma moderna del antiguo tribalismo (hamiyyat al-yahiliyyah, es decir, el apego fanático a las lealtades preislámicas). La lengua y la cultura árabes han sido construidas por el Islam y están contenidas en él, y no al contrario. El Islam no es una etapa pasajera y limitada en la historia o la tradición de una cultura y una sociedad árabes que poseen su propia línea de desarrollo. El mismo criterio puede aplicarse a la historia árabe, la cual forma parte de la historia islámica, junto a la de otros muchos pueblos que aceptaron el Islam. De hecho, el Islam es el denominador común que une la vida y la historia de una buena parte de la humanidad. Como religión completa que es, el Islam ha dado forma a todos los aspectos de las sociedades que lo abrazaron y las ha vinculado en una vasta entidad que a menudo ha encontrado su expresión política en el sistema del califato. El Islam, una religión sin clero, no tiene una historia aislada y separada, desarrollada en el seno de una institución eclesiástica, por ejemplo.
El Islam es olvidado y desterrado deliberadamente de la perspectiva de los nacionalistas árabes. Queda excluido conforme al principio del laicismo, que es, de hecho, el rasgo que define realmente al nacionalismo árabe. De este modo, los factores culturales, sociales e históricos forjados por el Islam le son arrebatados a éste y son esgrimidos para justificar y definir el nacionalismo árabe. Por otra parte, los mismos factores que legítimamente podrían emplearse con toda validez para explicar la idea de “nacionalismo”, de unidad o de identidad islámicos son arbitrariamente “sustraídos” del marco islámico y forzados a convertirse en componentes de una visión laica que aparta a un grupo de musulmanes –los llamados árabes– y los enfrenta, o al menos los considera diferentes, al resto de musulmanes que, sin embargo, siguen compartiendo con este grupo separado los mismos elementos unificadores de carácter cultural, social e histórico. Todo ello bien puede describirse como un ejercicio de engaño y una continuación de la misma actitud falaz antes citada, consistente en definir artificialmente una identidad “árabe”, para luego extraerla del contexto islámico. Si existiera una identidad árabe separada, no habría ningún problema. Sin embargo, adoptar los rasgos identitarios y de unidad forjados por el Islam y diseñados para todos los musulmanes, y luego separarlos del Islam, su fuente de origen, y limitar su aplicación a un grupo de musulmanes definido de un modo ambiguo y arbitrario, es sencillamente un acto de deshonestidad intelectual. En sus presuntuosas consignas sobre
la unidad de cultura, herencia, costumbres, sentimientos, actitudes y esperanzas,
los nacionalistas árabes usan los frutos del árbol del Islam,
pero reniegan de este árbol. Esta postura bastante paradójica
es la única opción “lógica” que les queda, pues reconocer
las reivindicaciones y la prioridad del Islam significaría negar
la existencia misma del nacionalismo árabe, su propio intento de
romper la unidad de los musulmanes y su pretensión de establecer
una autoridad por encima de la religión. Los nacionalistas árabes
deben negar el Islam, incluso a costa de mostrar sus propias contradicciones.
Aceptar el Islam acabaría con su misma razón de ser. De ahí
que el Islam rechace el nacionalismo y, a su vez, sea rechazado por éste.
El término “nacionalismo árabe” crea una cierta expectativa que se desmorona violentamente cuando se comprende el contenido de la idea asociada a esa expresión. Sería razonable esperar que esta idea buscara sus contenidos en las premisas y los fundamentos que caracterizan el pensamiento y la cultura árabes, sean cuales sean éstos. Sin embargo, el hecho es que, al margen de algunas consignas superficiales acerca de la gloria de los árabes u otras cosas por el estilo, todo el contenido de esta idea tiene su origen en Occidente, es decir, procede de la misma fuente calificada por la retórica nacionalista como “imperialismo occidental”. La cuestión no se reduce al préstamo de ciertas ideas o términos, sino que más bien se trata de la completa adopción, asimilación o “interiorización” de actitudes, cosmovisiones, métodos de análisis, marcos de referencia, etc. De hecho, el nacionalismo árabe no solo es un fenómeno occidental por el hecho evidente de provenir de fuentes europeas sino, a un nivel más profundo, por tratarse de una simple extensión de los intereses y los modos de pensar occidentales. Sin embargo, debemos apresurarnos a añadir que el nacionalismo árabe rara vez, sino nunca, alcanza el grado de sofisticación que podría deducirse de lo aquí expuesto, pues sigue siendo una burda y vulgar repetición de una serie de consignas diseñadas principalmente para su consumo masivo. Lo que se pretende aquí es sondear la raíz y el origen de estas consignas. La idea más crucial “importada” desde Occidente es el principio de laicidad que los nacionalistas árabes se tomaron la molestia de subrayar como su rasgo característico. El laicismo no es una idea islámica y ni siquiera ha estado siempre presente en la teoría y la práctica nacionalistas de los propios europeos. Podemos recordar, por ejemplo, el papel jugado por el Protestantismo en los nacionalismos de la Europa Occidental o la importancia de la Iglesia Ortodoxa en los nacionalismos serbio o búlgaro [5] . La insistencia de los nacionalistas árabes en un vínculo indisoluble entre laicismo y nacionalismo pone de relieve sus aviesas intenciones contra el Islam, que ya hemos examinado en nuestra “primera contradicción” y que revelan hasta qué punto la naturaleza de este movimiento es una arma para atacar al Islam. La laicidad ha sido deliberadamente cultivada por los nacionalistas árabes, a pesar de que no surge de manera natural de ninguna fuente “árabe”, excepto, quizás, de la de los árabes antiislámicos en la época del Profeta. Este no es el lugar para debatir sobre
laicismo, el cual solo es el primer eslabón de una larga cadena
de ideas occidentales de las que se han apropiado los nacionalistas árabes
“puristas”. La más destacada de ellas es la idea misma de nacionalismo,
no en el sentido de reconocer la existencia de tribus, razas o pueblos,
sino como una exigencia de establecer una entidad política laica
en torno a una nación vagamente definida, la cual resulta ser la
más de las veces un conjunto de pueblos gobernados por un poder central
que pretende legitimar su autoridad fomentando el mito “nacional” de una
entidad histórica, unida y poseedora de un glorioso pasado, y destinada
a un glorioso futuro. Así pues, un fenómeno profundamente arraigado en las especiales circunstancias religiosas, culturales y políticas de Europa, y que a menudo vino a reforzar ciertos intereses de poder, es importado por los nacionalistas árabes, o más bien exportado intencionadamente por Occidente al mundo islámico, tras ser extraído de su inconfundible y particular contexto histórico y transformado en un confuso programa normativo según el cual ciertas entidades serían creadas y ciertos intereses de poder existentes serían animados a repetir las experiencias europeas y la evolución histórica de Europa. Con respecto a este último punto, tenemos el ejemplo de las tendencias nacionalistas de algunos gobernantes del mundo islámico en el siglo XIX que pretendían independizarse del Estado otomano. La simple búsqueda del poder fue la responsable de estos “famosos” ejemplos nacionalistas, como el gobierno de Muhammad ‘Ali en Egipto. Sin embargo, es evidente que los nacionalistas árabes, tanto los antiguos como los modernos, ni siquiera han sido fieles a la ideología nacionalista que tomaron prestada de Europa para implantarla en un entorno islámico, pues ésta debe lealtad a una idea política más amplia que la simple raza o “nación” definidas en unos términos tribales muy poco precisos. El laicismo y el nacionalismo representan la estructura externa que incluye y determina los demás préstamos tomados de Occidente por los nacionalistas árabes. Al rechazar el Islam y pretender ser los portadores de una determinada causa, los nacionalistas se vieron obligados a llenar el vacío y reivindicar sus posturas mediante un programa de acción o un “proyecto”, como se ha dado en llamar ahora en los círculos nacionalistas. Si revisamos este “proyecto” en sus distintas manifestaciones, veremos que solo es una versión menos sólida de las ideologías occidentales dominantes, las cuales también ha sido sacadas de su contexto social e impuestas sobre la totalidad de los distintos entornos árabes, en forma de unas normas de actuación un tanto abstractas. El contenido extrañamente voluble del nacionalismo árabe ha pasado por toda la gama de ideologías occidentales: liberalismo, fascismo, socialismo, seudomarxismo, socialdemocracia, etc. Suele estar influenciado por las distintas ideologías de las potencias occidentales que pasaron a dominar Oriente Medio en un momento dado, o que apoyaron a las diversas facciones nacionalistas árabes. Por cierto que, ateniéndonos a este enfoque, la aparición hoy en día de una rama de nacionalismo árabe de derechas, capitalista y antiislámico, con sede en ciertos regímenes “moderados”, puede explicarse por la influencia estadounidense en la región. Las ideologías occidentales surgidas en Europa como respuesta a unas determinadas condiciones y desafíos sociales, políticos y culturales fueron adoptadas con éxito por la propaganda del nacionalismo árabe y presentadas sin ningún rigor crítico como un “proyecto” para el renacimiento de una “nación árabe” que, según las propias afirmaciones de los nacionalistas, estaba atravesando por un proceso de desarrollo distinto al de Occidente y aún no había llegado a un estadio equivalente al del Renacimiento europeo, debido al obstáculo que según ellos representaba del Islam y el Estado otomano. Aparte de las modificaciones cosméticas y superficiales en cuanto al estilo y el énfasis, adoptadas para adaptarse a las condiciones políticas y protegerse de las acusaciones de occidentalización, los nacionalistas árabes han conservado intacto el cuerpo principal de las ideologías que habían importado. Con frecuencia, dos o mas doctrinas occidentales incompatibles entre sí conviven de manera un tanto absurda e incómoda en el pensamiento de los nacionalistas árabes. La mezcla entre socialismo y liberalismo presente en el actual renacimiento de la idea nacionalista en el mundo árabe es un ejemplo de ello. No solo se apropiaron de las ideologías occidentales del modo en que lo hemos descrito, sino que también adoptaron de manera incondicional la particular terminología, los marcos de referencia y los métodos de examinar los hechos empleados por éstas. Por ejemplo, esta actitud se observa con más claridad en el hecho de que los nacionalistas árabes vean el Islam con ojos europeos. Ellos ignoran el inmenso conocimiento sobre el Islam que existe en su propio entorno cultural y contemplan su religión, al menos nominalmente, a través del enfoque occidental. De hecho, los nacionalistas árabes definen, examinan, reinterpretan y juzgan el Islam –así como todos los demás aspectos de la realidad árabe– en función de una u otra ideología occidental. En este sentido, las ideologías favoritas han sido el liberalismo laico, una forma atenuada de marxismo conocida como “socialismo árabe” y una serie de ideas sociopolíticas de origen estadounidense. Así pues, los escritores nacionalistas árabes suelen ver el Islam como una especie de “movimiento socioeconómico”, el florecimiento de un cierto espíritu “progresista y emancipador” de la nación árabe, o una “revolución humana” contra las fuerzas reaccionarias y explotadoras del Quraysh. Nuestra intención aquí no es estudiar lo que el nacionalismo árabe ha adoptado de Occidente, sino exponer una de sus mayores contradicciones. En realidad, su contenido, terminología y métodos de análisis demuestran que no es ni árabe ni nacionalista, sino más bien occidental e internacionalista. Considerado desde su propia perspectiva intelectual, es solo una herramienta para propagar y extender las ideologías occidentales. Los términos “árabe” y “nacionalista” son convenientemente presentados para camuflar la introducción de ideas occidentales, sin levantar sospechas entre los musulmanes. El nacionalismo árabe no es criticado aquí por no ser capaz de adoptar por completo las ideas, las directrices y la herencia social y cultural de los árabes (los musulmanes). Sin embargo, la continuación, recuperación y renovación de la herencia árabe en todos los ámbitos de la vida es sin duda la actitud natural que deberíamos esperar de quienes basan sus ideas en el arabismo y otorgan una enorme carga emocional a ese término, situándolo en el centro de su propaganda. En lugar de eso, han abandonado completamente la herencia árabe y han optado por un contenido occidentalizado para su idea. La herencia árabe (islámica) ofrece sin duda una gran riqueza de valores, premisas, conceptos, ideas, etc., para cualquiera que desee emprender un proyecto de reactivación de la “nación árabe”, incluso si tiene reservas con respecto a lo que puede ser definido como la parte puramente “religiosa” de ese corpus. La jurisprudencia islámica, los valores sociales y morales, los conceptos y principios de gobierno, y la experiencia práctica en gestionar una floreciente civilización durante muchos siglos son bases válidas y fructíferas que pueden ser desarrolladas, modificadas y enriquecidas incluso por un nacionalismo árabe vinculado con el laicismo pero comprometido con un proyecto genuinamente árabe de renacimiento y progreso. Sin embargo, esa herencia árabe (islámica) ha sido completamente desatendida por los nacionalistas árabes, excepto cuando se trata de apoyar las doctrinas occidentales en ciertos contextos propagandísticos. La única razón que puede sugerirse para explicar esta actitud es la naturaleza antiislámica de la idea de nacionalismo árabe y su esencia absolutamente ajena a la herencia islámica y a las creencias de los árabes. Esta idea no puede prever la posibilidad de un renacimiento árabe procedente del credo de los propios árabes, por el simple hecho de que ese credo es el Islam y porque los partidarios de nacionalismo se han situado desde un principio en contra de esa religión y se han alineado con Occidente. Las dos grandes contradicciones del
nacionalismo árabe analizadas en los apartados anteriores vacían
de contenido esta doctrina y, de hecho, invalidan sus pretensiones de ser
una ideología árabe y nacionalista, demostrando que en realidad
se trata de un instrumento ideológico para difundir la influencia
occidental y hacer frente al Islam. Estas dos contradicciones han quedado
reflejadas en muchas de las posturas y argumentos del nacionalismo árabe
donde se puede apreciar con claridad su falta de coherencia. BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
- Martin Kramer, “Nacionalismo árabe: una identidad falsa”, revista Alif Nûn nos 64 (octubre de 2008) , 65 (noviembre de 2008) y 66 (diciembre de 2008) . NOTAS.- [1] Traducción, extracto y adaptación del artículo publicado en Al-Tawhid Journal , Vol. III, nº 2, el cual fue presentado como una conferencia durante un congreso acerca de “El impacto del nacionalismo sobre la comunidad islámica”, celebrado en Londres entre el 13 y el 19 de dhu al-qi’dah de 1405 (31 de julio-3 de agosto de 1985), y organizado por el Instituto Musulmán. Fuente: http://www.al-islam.org/al-tawhid/arabnationalism.htm Versión en castellano elaborada por el equipo de traductores de Alif Nûn . (Nota de la Redacción). [2] El autor es un erudito de El Cairo, Egipto. [3] Para más información sobre la expansión del Islam, véase Redacción Alif Nûn, “ Nacimiento y expansión del Islam ”, revista Alif Nûn nº 59, abril de 2008. (Nota de la Redacción). [4] Para más información, véase Terry deYoung, “ Génesis y desarrollo de la lengua árabe ”, revista Alif Nûn nº 75, octubre de 2009. (Nota de la Redacción). [5] En el caso de España, no podemos olvidar la estrecha relación entre el nacionalismo y el Catolicismo a lo lago de toda la historia del país, destacando en este aspecto el “nacionalcatolicismo” del régimen franquista. (Nota de la Redacción). A Portada |
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