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E stimados lectores:
Los acontecimientos en el mundo árabe
se suceden más rápidamente de lo que ningún analista
político hubiera llegado a imaginar. Si el inicio de las revueltas
tomó por sorpresa a la mayor parte de los politólogos y especialistas
en el mundo árabe, la velocidad a la que se están produciendo
los procesos de cambio y la extensión e importancia de los mismos
también han ido más allá de cualquier predicción.
El norte de África y Oriente Medio se están viendo sacudidos
por una serie de movimientos populares que buscan la implantación
de la democracia y la desaparición de la corrupción. No obstante,
los agoreros de uno y otro bando no pierden la ocasión de desprestigiar
y restar importancia a estos procesos democratizadores. Por un lado, las
fuerzas más reaccionarias del mundo árabe acusan a los manifestantes
de estar manipulados por Occidente, o incluso de estar al servicio de las
potencias occidentales para derrocar a los gobiernos árabes. Curiosa
acusación ésta, cuando la mayoría de estos regímenes
autocráticos y corruptos ha mantenido estrechas y cordiales relaciones
con las principales potencias de Occidente, incluyendo el ahora bombardeado
régimen libio, que durante la última década abrió
sus puestas a la inversión de capital occidental. Por otro lado, las
fuerzas más retrógradas del orbe occidental afirman que estas
revueltas tienen mucho más que ver con exigencias de carácter
socioeconómico –en alguna tertulia de presuntos “expertos” se ha llegado
a afirmar que las masas árabes “solo exigen comida”– que con un verdadero
anhelo democrático. Se trata de seguir insistiendo en una especie
de “incapacidad genética” de los árabes y musulmanes para
emprender cualquier proceso democratizador digno de tal nombre (podríamos
imaginar la reacción de esos mismos analistas si dijéramos
que la Revolución Francesa se limitó a ser la protesta de
unos desarrapados que solo querían alimentar a sus familias). Si
bien el elemento socioeconómico tiene su importancia en todos estos
alzamientos populares, ignorar la dimensión democrática de
las mismas supone, en el mejor de los casos, un completo desconocimiento
de la realidad árabe, y en el peor, una mala intención imperdonable.
Así pues, el presente número de
Alif Nûn continúa el análisis
iniciado el mes pasado sobre las revueltas en el mundo árabe. Dos de
los artículos de este mes abordan la cuestión desde un punto
de vista más general, mientras los dos restantes se centran en dos
países árabes en concreto: Argelia y Libia. En el primer artículo
se analiza la situación política, social y económica
del mundo árabe en general, para luego plantear las alternativas a
dicha situación, analizando a su vez los planteamientos erróneos
de Occidente con respecto al mundo árabe y los cambios de enfoque que
es necesario adoptar. El segundo artículo, que se publicará
en dos partes, es un duro alegato contra el nacionalismo árabe y los
perjuicios que, según el autor, ha provocado esta ideología
en la política, la sociedad y la economía árabes. El
tercer artículo se centra en la realidad de Argelia, un país
que está pasando casi desapercibido en todo este proceso democratizador
en el mundo árabe, pero que oculta en su sociedad una revolución
larvada que podría estallar en cualquier momento. Por último,
el cuarto artículo estudia la situación del régimen libio.
El texto fue escrito con ocasión del cuarenta aniversario del golpe
de Estado del coronel Gadafi, celebrado en 2009. El autor denuncia la corrupción
del gobierno libio, pero también la connivencia de las potencias occidentales
que durante los últimos años han mirado para otro lado con
respecto a lo que ocurría en aquel país, o incluso han sido
cómplices del dictador libio.
La Dirección.
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La “revolución
de los jazmines” en Túnez, las fuertes y constantes protestas populares
en Egipto y Libia, así como las manifestaciones más
reducidas en Argelia, Jordania, Yemen y Sudán son la expresión
de décadas de frustración entre amplios sectores de la sociedad
debidas al estancamiento o el empeoramiento de las condiciones de vida, la
erosión de lo que se supone una vez fueron estados del bienestar, el
aumento de la desigualdad económica, la falta de respeto hacia los
derechos humanos y la ausencia de cualquier forma coherente de participación
política.
Aunque menos severa que en otras partes del mundo,
la pobreza está muy extendida, las clases medias están cada
vez más amenazadas por el empobrecimiento, la población –sobre
todo las generaciones más jóvenes – tiende a descender en la
escala social en lugar de ascender, la disidencia política se enfrenta
a un abanico de situaciones que va desde la asimilación a la represión
y las elecciones son ridículos ejercicios para mantener en el poder
a los de siempre. Aunque estos países difieren entre sí en aspectos
importantes, pueden identificarse similitudes fundamentales tanto a nivel
económico como político.
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La propaganda
nacionalista árabe se viene manifestando cada vez más a través
de diversas instituciones de muchos países árabes, sobre todo
Egipto. Es bastante evidente para los observadores del movimiento islámico
que una revitalización de esa idea resulta ser algo lógico,
a la vista del histerismo actual en torno al famoso peligro del “fundamentalismo”
islámico en el mundo árabe. Es razonable que una idea
originada entre los escritores cristianos de Oriente Medio y empleada como
arma para desintegrar el Estado otomano sea ahora desenterrada para hacer
frente una vez más a un Islam en alza.
En la actualidad, el nacionalismo árabe se está
usando de una manera diferente a la de Nasir o los baazistas (es decir, como
un medio de enmascarar las ambiciones personales o de partido). Ahora es presentado
como un credo político secular, inspirado en ciertos conceptos occidentales
que sirven de marco de referencia. Estos conceptos (a saber, la modernidad,
el progreso o el socialismo, además de otros menos importantes) representan
tanto sus consignas para atraer a las masas como sus categorías intelectuales
para analizar la realidad árabe.
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A mediados de febrero
de 2011, depuestos ya los gobernantes autocráticos de Túnez
y Egipto y tambaleándose el de Libia, la Coordinadora Nacional
para el Cambio y la Democracia tomó las calles de la capital de Argelia.
La organización, creada el 21 de enero tras una serie de disturbios
en varias ciudades de todo el país, está encabezada por la
Coalición para la Democracia y la Cultura, un partido de la oposición
cuyos escasos seguidores son sobre todo hablantes de berebere procedentes
de Argel y de la cercana región de la Cabilia. La Coordinadora también
está formada por otros pequeños partidos políticos, así
como la Liga Nacional para la Defensa de los Derechos Humanos, la Asociación
Nacional de Familias de Personas Desaparecidas (aquellos que “desaparecieron”
durante la guerra civil de los años noventa), una asociación
de desempleados y muchos otros grupos. La organización exigió
“el cambio y la democracia, el levantamiento del estado de excepción,
la libertad política y de prensa, y la liberación de los encarcelados
por haber participado en las protestas o por sus opiniones”.
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El cuarenta aniversario de la “revolución” libia
de 1969 –o más exactamente, del golpe de Estado del coronel Muammar
Gadafi y algunos de sus colegas y familiares– me hace recordar una conversación
que tuve justo después de ese acontecimiento con un amigo que era (y
sigue siendo) un alto diplomático argelino. El gobierno argelino había
quedado tan sorprendido y desconcertado como el que más con la aparición
de este régimen extraño, radical y excéntrico en un
país hermano de África del norte. El entonces presidente argelino,
Houari Boumedienne, había pedido a mi amigo que visitara Trípoli
para hacer una valoración de los nuevos dirigentes.
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Cuando el ruiseñor, ebrio de amor, pudo
llegar al jardín
y encontró que sonreían la rosa y la copa de vino,
vino a decirme al oído, en su propia lengua:
"Aprovecha el presente. La vida que ha pasado, ya no se recupera".
"
Rubâiyât
"
_ [Omar Khayyâm]
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