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LA RELACIÓN ENTRE EE.UU. Y ORIENTE
MEDIO:
INTERESES, ACTITUDES E IMÁGENES [1] Mohamed El Mansour Departamento de Historia de la Universidad Mohamed V (Rabat, Marruecos) EE.UU. como potencia en Oriente Medio
Los primeros contactos de EE.UU. con el mundo musulmán se remontan a finales del siglo XVIII, cuando, recién obtenida la independencia, el gobierno estadounidense trató de negociar acuerdos de paz con los países norteafricanos, con el objetivo de garantizar un tránsito seguro de los buques de EE.UU. por el Mediterráneo. Fue en este contexto en el que se firmó el tratado entre EE.UU. y Marruecos en 1786, el primer acuerdo firmado por EE.UU con una nación no occidental. Sin embargo, los estadounidenses nunca centraron su interés en el norte de África, y a lo largo del siglo XIX fue más bien Oriente Medio el que atrajo la atención de los misioneros norteamericanos. Además de difundir el Cristianismo, los misioneros se dedicaron a la creación de instituciones educativas, sobre todo en el Líbano , Siria y Palestina . Una de las más importantes fue el Colegio Protestante Sirio, fundado en 1866 y conocido posteriormente como la Universidad Americana de Beirut. Esfuerzos similares en Turquía condujeron a la fundación del Robert College en 1863. Ambas instituciones tuvieron un gran impacto en Oriente Medio, pues en ellas se educaron a los miembros de las élites locales. [2] Hasta la primera guerra mundial, EE.UU.
se abstuvo de intervenir en Oriente Medio, principalmente para evitar competir
con los intereses británicos en la región. La explotación
petrolera también estaba en sus inicios y la British Petroleum poseía
el monopolio de la misma. EE.UU disfrutaba de una imagen favorable entre
los países de la zona, pues no había tenido intereses imperialistas
en Oriente Medio. Esta opinión se vio reforzada al final de la primera
guerra mundial con los 14 puntos del presidente Wilson y con el principio
de autodeterminación defendido por EE.UU. en la conferencia de paz
de Versalles. Los países de Oriente Medio que hacían frente
a la ocupación de las potencias europeas todavía albergaban
la esperanza de que EE.UU. los protegiera contra el imperialismo de Europa.
Esta esperanza se expresó de forma clara en la comisión King-Krane
enviada por Wilson a
Siria
y
Palestina
para determinar las preferencias de la población con respecto
a lo que las potencias que ejercían el mandato debían hacer
para ayudar a dicha población a alcanzar la independencia, de acuerdo
a los objetivos fijados por la Sociedad de Naciones
[3]
. La comisión King-Krane produjo una impresión
favorable en
Siria
y
Palestina
, pues la mayoría de los consultados expresaron su deseo de un
mandato estadounidense en vez de británico o francés. Sin embargo, una vez terminada la guerra, EE.UU. comenzó a observar atentamente la conducta de la URSS no solo en Europa, sino también en Oriente Medio. Por razones estratégicas, EE.UU. ya no podía seguir ignorando la región, sobre todo porque sus aliados allí, Francia y Gran Bretaña, habían quedado debilitados a causa de la guerra y no estaban en condiciones de poder frenar las ambiciones soviéticas en Irán , Turquía y Oriente Medio en general. El interés de EE.UU. en Oriente Medio como una región estratégica aumentaría a un ritmo constante desde entonces. Durante la década de 1930, EE.UU. comenzó a competir con los británicos en el ámbito de la explotación petrolera. A medida que el mundo se hacía más consciente de la importancia del petróleo como una importante fuente de energía a largo plazo, las empresas petroleras estadounidenses se interesaron cada vez más en obtener una cuota en la prospección y explotación de dicha fuente de energía en el extranjero. [4] Y para evitar entrar en conflicto con los británicos en Irán , EE.UU. decidió centrarse en Arabia Saudí , donde los wahabíes estaban dispuestos a conceder los derechos de explotación del petróleo a los estadounidenses, a cambio de la protección militar de éstos. En 1933, los saudíes concedieron el primer derecho de explotación petrolera a un amigo de F. D. Roosevelt y director de una empresa petrolera californiana. La exportación de petróleo saudí a EE.UU. comenzó ya en 1937. El carácter teocrático de la monarquía wahabi no pareció preocupar al presidente Roosevelt, quien se comprometió en secreto a garantizar la seguridad y la defensa de Arabia Saudí . [5] Tras la segunda guerra mundial, cuando
la Unión Soviética y EE.UU. se convirtieron en los dos principales
adversarios a nivel mundial, Washington adoptó una estrategia dirigida
a impedir una mayor expansión de los soviéticos y a privarlos
al mismo tiempo de los vitales recursos petrolíferos de Irán
y otros lugares de la región. Esta estrategia, conocida como la doctrina
Truman, estaba destinada en esencia a derrotar a los soviéticos por
cualquier medio posible, excepto la confrontación militar directa.
Para Oriente Medio, esto trajo como consecuencia que EE.UU. llenara el vacío
dejado por Francia y Gran Bretaña, las dos antiguas potencias coloniales.
De este modo, EE.UU. se embarcó en un claro intervensionismo diplomático
y militar en la región de Oriente Medio, lo cual hizo a tres niveles: 1.- Un firme apoyo a los gobernantes conservadores y anticomunistas que después de la guerra comenzaron a recibir una creciente presión de sus poblaciones, en demanda de mayor libertad política y justicia social. Para Washington no importaba si los gobernantes eran teocráticos, autocráticos o democráticos, siempre que fueran anticomunistas y estuvieran dispuestos a aliarse con Occidente. Dentro de estos parámetros, EE.UU. se centró en los tres países más grandes de la zona: Arabia Saudí , Irán y Turquía . En 1950, la administración Truman se comprometió en la defensa de Arabia Saudí , y con este fin mejoró las instalaciones de la base militar de Dahran, convirtiéndola en una de las bases estadounidenses más importantes. EE.UU también se dispuso a fortalecer sus vínculos con los grupos conservadores en Irán . Reza Shah Pahlavi, un prooccidental por educación y convicción, se convirtió en el hombre de Washington en aquel país. Reza Pahlavi cooperó activamente con los norteamericanos para transformar Irán de un país no alineado en un estrecho aliado de EE.UU. Como resultado, los estadounidenses intensificaron su ayuda militar y económica a Irán . También ayudaron a reestructurar el ejército y los servicios de seguridad iraníes.
Entretanto, otro factor se sumó a la implicación de EE.UU. en la región, derivado del apoyo estadounidense a la creación de un Estado judío en Palestina y su posterior respaldo a Israel . Durante la segunda guerra mundial y antes de la retirada británica de Palestina , EE.UU. comenzó a mostrar un creciente interés en la cuestión. Líderes sionistas como Ben Gurion trabajaron activamente para obtener el apoyo del gobierno de EE.UU. y de la comunidad judía estadounidense. En 1946, Washington exigió la entrada inmediata en Palestina de 100.000 supervivientes del Holocausto, después de que los europeos y el propio EE.UU rechazaran acogerlos en su territorio. Y una vez que los británicos decidieron dejar la cuestión palestina en manos de la ONU, EE.UU. se convirtió en el principal valedor de la causa judía. En 1948, fue el primer país en reconocer el Estado recién creado. Los árabes no pueden obviar
la importancia del papel jugado por EE.UU. en la creación de lo que
ellos consideran otro obstáculo colonial occidental en su camino
hacia la autodeterminación. La decisión del presidente Truman
de apoyar la creación del Estado judío estuvo motivada en gran
medida por cuestiones políticas internas. Las consecuencias para las
relaciones entre EE.UU. y los árabes fueron catastróficas.
Un funcionario estadounidense del Departamento de Estado afirmó que
Truman quería resolver el problema de los refugiados judíos
creando otro problema, el de los refugiados palestinos. Esto es lo que este
funcionario, Evan Wilson, escribió más tarde: “No es exagerado decir que nuestras relaciones con el mundo árabe no se han recuperado desde los sucesos de 1947-1948, cuando apoyamos a los judíos contra los árabes y abogamos por una solución en Palestina que fue contraria a la autodeterminación, en la medida en que afectó a la población mayoritaria del país”. [7]
En lo sucesivo, la seguridad y supervivencia de Israel se convirtieron en uno de los pilares de la política de EE.UU. en Oriente Medio, no solo porque el Estado judío encajaba muy bien en la estrategia de la Guerra Fría, sino también porque, para muchos estadounidenses, Israel representaba una parte de su cultura y una presencia occidental en un territorio extraño y amenazante [8] . Durante los años cincuenta, con la radicalización del nacionalismo árabe (naserismo y baazismo) [9] , el objetivo de la política estadounidense en la zona consistió en permitir que Israel mantuviera una ventaja estratégica sobre sus vecinos árabes, a través de una masiva ayuda económica y militar. La preocupación estadounidense con el aumento de la influencia soviética en la región se convirtió en una constante durante las tres décadas siguientes. La doctrina Eisenhower anunció en 1957 que EE.UU. se comprometía a acudir en ayuda de cualquier Estado amenazado por el “comunismo internacional”. En realidad, lo que hizo esta doctrina fue permitir que EE.UU ayudara a gobernantes impopulares que se veían amenazados por la insurrección de sus propios pueblos. Así ocurrió en Jordania en 1957, cuando EE.UU. desplegó su ejército para evitar la caída del rey Hussein, y en el Líbano al año siguiente, cuando hizo lo propio con Camille Chamoun. Esta política enfureció a los pueblos árabes y generó un resentimiento contra EE.UU. entre los musulmanes en general. La imagen favorable que los árabes tenían de EE.UU. como una potencia no colonial y como un país defensor de la lucha contra el colonialismo simplemente se desvaneció. El punto de inflexión llegó con la guerra entre árabes e israelíes de 1967, la cual finalizó con la ocupación israelí de más territorios árabes, a expensas de los palestinos, pero también de países como Egipto y Siria . La adopción de decenas de resoluciones de la ONU instando a la retirada de las fuerzas israelíes de los territorios árabes ocupados no impidió que Israel continuara su política de anexión y expropiación de tierras palestinas. Los distintos gobiernos estadounidenses, sobre todo los republicanos, se inclinaron a aprobar la política israelí de asentamientos en Cisjordania y la Franja de Gaza . A pesar del carácter ilegal de estos asentamientos, de acuerdo a la Cuarta Convención de Ginebra de 1949, EE.UU. nunca se opuso abiertamente a la política israelí a este respecto y continuó ofreciendo a Israel ayuda financiera que se empleó para construir y ampliar dichos asentamientos. Esta actitud permitió que Israel se apropiara de más de la mitad de Cisjordania, por no mencionar la anexión de Jerusalén Este. Desde la perspectiva de los países árabes, la alianza estratégica de EE.UU. con Israel ha sido crucial para permitir que el Estado judío incumpla las resoluciones de la ONU y rechace cualquier intento de resolver la cuestión palestina. Lo que irrita a la mayoría de los árabes es que perciben un doble rasero en la política de EE.UU., consistente en dos varas de medir: una para Israel y otra para los países árabes. De hecho, EE.UU. siempre se ha mostrado reacio a presionar a Israel para que cumpla las resoluciones de la ONU relacionadas con los territorios ocupados, mientras que ha mostrado una firme determinación para obligar a cumplir las resoluciones internacionales relativas a los países árabes. Esto resultó particularmente evidente en el caso de Iraq , después de que este país invadiera Kuwait en 1990. La política de doble rasero
también puede apreciarse en el modo en que Washington se ha ocupado
de la cuestión de las armas de destrucción masiva en la
región. Mientras el gobierno estadounidense insiste en limpiar
Oriente Medio de estas armas, jamás menciona la posesión
de armas nucleares por parte de
Israel
. Esta política ha contribuido en gran medida al aumento del sentimiento
antiestadounidense en la región y ha espoleado a los grupos islámicos
radicales. La imagen de los árabes en EE.UU es anterior al inicio de las relaciones entre estadounidenses y árabes. De hecho, forma parte de un punto de vista occidental que no solo se refiere a los árabes sino a los musulmanes en general. La percepción de los musulmanes como una amenaza no es algo que surgiera en el siglo XX o en el XXI. El Islam, de acuerdo con el historiador británico Albert Hourani , siempre ha representado un problema para Occidente. A los cristianos de la Edad Media les resultaba difícil aceptar el Islam como una religión, y afirmaban que “el Islam es una falsa religión, Allah, el Dios de los musulmanes, no es Dios, y Muhammad no es un profeta”. Siglos de interacción han dejado un amargo legado entre los mundos del Islam y el Occidente cristiano, derivado en gran medida del hecho de que ambas civilizaciones se atribuyan un mensaje y una misión universales y compartan una gran parte de la herencia judeocristiana. Separados por conflictos y unidos por vínculos espirituales y materiales, cristianos y musulmanes se han desafiado mutuamente en el terreno religioso, intelectual y militar. Sin embargo, esta imagen de hostilidad constante entre occidentales y musulmanes es engañosa. Lo cierto es que el péndulo de las relaciones entre ambas partes ha oscilado entre la confrontación y la colaboración. Aunque los conflictos derivados de factores culturales, religiosos e ideológicos han sido la norma, la realpolitik y los intereses nacionales compartidos también han moldeado las relaciones entre ambas civilizaciones. A lo largo de la historia, las potencias occidentales no tuvieron escrúpulos en alinearse con los musulmanes en contra de otras potencias cristianas. Durante los siglos XVIII y XIX, franceses, ingleses y alemanes se unieron a los musulmanes otomanos contra sus oponentes cristianos. El propio imperio otomano formó parte durante siglos del sistema europeo de alianzas y contra-alianzas. Durante el siglo XX, los intereses occidentales en tierras árabes y musulmanas estuvieron más relacionados con las exigencias de la política colonial que con los sentimientos religiosos. En el caso de EE.UU., el gobierno de este país ha sido durante gran parte del siglo XX el principal valedor del Estado wahabi , en Arabia Saudí . Más recientemente, los movimientos islamistas serían respaldados para socavar los regímenes comunistas de Afganistán y otros lugares. Sin embargo, a diferencia de Europa, EE.UU. no participó en prolongados y sangrientos enfrentamientos con las naciones y sociedades musulmanas. Al margen de la actual ocupación de Iraq , EE.UU. nunca ha gobernado en territorios árabes y musulmanes ni ha desarrollado un complejo sistema colonial como el de Europa. En la primera parte del siglo XX, los estadounidenses establecieron activas y cordiales relaciones con los árabes y musulmanes, quienes veían en EE.UU. una potencia progresista, en comparación con los países europeos colonialistas. Los intereses políticos y económicos siempre han sido la fuerza motriz que ha impulsado la conducta de Washington en Oriente Medio. Aunque el desafío religioso y cultural del Islam continúa cautivando la imaginación de muchas personas en EE.UU., son las implicaciones estratégicas y a nivel de seguridad las que resuenan en las mentes de los estadounidenses cuando se habla del Islam.
De hecho, durante gran parte de los años cincuenta y sesenta, EE.UU. deseó establecer una alianza de “estados islámicos” con suficiente poder y prestigio para contrarrestar a los “comunistas ateos” y las fuerzas nacionalistas seculares representadas por Nasser. Una de las razones del deterioro de las relaciones entre EE.UU. y Nasser durante los años sesenta fue el apoyo ofrecido por los estadounidenses para que los saudíes auspiciaran una “santa alianza islámica” de todos los regímenes conservadores de la región, y así aislar a Egipto y los gobiernos “laicistas radicales” del mundo árabe. En aquella época se consideraba que el Islam estaba al servicio de los intereses occidentales, mientras que el nacionalismo árabe laico se veía como algo peligroso, un verdadero aliado del comunismo. La percepción de EE.UU. sobre la situación en Oriente Medio y la naturaleza de la amenaza sufrió un giro radical en los años setenta, en gran medida debido a la irrupción de los movimientos islámicos en el escenario político. Acontecimientos como la guerra de 1967 entre árabes e israelíes provocaron el descrédito del nacionalismo laico en la región y permitieron que las ideologías islamistas radicales ocuparan el centro de la escena. Mientras que Nasser combatió en la guerra de 1967 bajo la bandera del nacionalismo árabe, Sadat, su sucesor, libró su guerra de 1973 bajo la bandera del Islam. El momento del inicio de la guerra se decidió de manera que coincidiera con el sagrado mes de Ramadán. Esta guerra condujo a un embargo de petróleo que afectó por primera vez a la vida de los estadounidenses en tiempos de paz. Y por primera vez desde que EE.UU. tuviera que vérselas con un regreso al poder del Islam. Pero fue la revolución iraní de 1978 la que contribuyó más que ningún otro factor a atraer la atención de los estadounidenses de a pie hacia la llamada “amenaza islámica”. Acostumbrados a ver su país como un modelo de democracia y generosidad, los estadounidenses quedaron impactados al oír que el Ayatullah Jomeini los llamaba “el gran Satán”. Nunca antes el gobierno estadounidense se había enfrentado a este tipo de actitud “intransigente e irracional” de parte de los mullahs iraníes. Con el secuestro de 52 rehenes estadounidenses durante más de un año, el Irán de Jomeini infligió una auténtica humillación diaria a EE.UU., además de provocar una extraña sensación de impotencia. Irán se convirtió en una verdadera obsesión nacional para los estadounidenses, y la imagen del Islam adquirió para ellos su aspecto más negativo. Al igual que sucedió con el nacionalismo árabe de los años cincuenta, etiquetas como “fanático” o “terrorista” eran ahora aplicadas a la revolución islámica iraní. Y cuando el fantasma del comunismo comenzó a alejarse, el islamismo pasó a ser la amenaza número uno para la seguridad. Peor que el comunismo, esta nueva amenaza despertó los temores a un choque de civilizaciones que podría dar lugar a una confrontación directa entre el Islam y Occidente. La revolución iraní perjudicó de manera objetiva la presencia y los intereses de EE.UU. en Oriente Medio. La caída del shah de Irán , un firme aliado estadounidense cuyo papel había sido el de vigilar la zona del Golfo, se lamentó profundamente en Washington. Todo en sistema de seguridad de EE.UU. creado en torno a países conservadores como Arabia Saudí y las monarquías del Golfo estaba ahora más amenazado que nunca, sobre todo después de que Jomeini acusara a estos regímenes de ser “antiíslámicos” y los calificase de “Islam americano”. Los temores estadounidenses se vieron
confirmados durante los años que siguieron a la revolución
iraní. En 1979,
Arabia Saudí
presenció como la gran mezquita de La Meca era tomada durante dos
semanas por radicales islamistas, y al año siguiente, el presidente
Sadat de
Egipto
fue asesinado por islamistas extremistas. Los sangrientos ataques contra
personal e instalaciones estadounidenses en el
Líbano
, Kuwait y otros lugares aumentaron la preocupación de EE.UU. por
una posible exportación de “fundamentalismo” iraní
[10]
. El resultado, según muchos estudiosos y observadores,
fue que la huella del Islam revolucionario iraní marcó en gran
medida el debate en EE.UU. sobre el ascenso del Islam político. Cuando
en 1981 se preguntaba a los estadounidenses qué les venía a
la mente cuando se mencionaban las palabras “Islam” o “musulmán”,
más de la mitad de los entrevistados respondía “Muhammad”
e “
Irán
”. A diferencia de muchos países
europeos, EE.UU. había escapado virtualmente al horror del terrorismo
durante la segunda guerra mundial. Ahora, en los años ochenta y noventa,
se convirtió sin embargo en objetivo de las acciones terroristas.
Tal vez el ataque terrorista más conocido antes de los acontecimientos
del 11-S fue el atentado con bomba de 1993 en el World Trade Center, el
cual aumentó el temor de los estadounidenses con respecto a una amenaza
a su seguridad provocada por los islamistas. Este incidente causó
un daño considerable a la imagen y la presencia de los musulmanes
en EE.UU. La comunidad musulmana estadounidense se convirtió en un
blanco fácil para el racismo y la discriminación política.
El profesor
Richard Bulliet
, de la Universidad de Columbia, expresó su temor de que los musulmanes
estadounidenses pudieran convertirse en el objetivo de un nuevo tipo de
antisemitismo basado no en teorías sobre la raza semita, sino en
el Islam.
Bulliet
escribió: “Por antisemitismo me refiero a la intención de una parte significativa de la población estadounidense de vilipendiar a los demás, tanto en este país como en el extranjero, por el hecho de haber nacido en el seno de una familia musulmana o de haber optado por la religión islámica. Se trata de un panorama odioso...” [11]
Otros analistas compararon la situación de los estadounidenses musulmanes tras el 11-S con la de los estadounidenses de origen alemán durante la primera guerra mundial o la de los de origen japonés durante la Segunda. [12] El atentado del World Trade Center
tuvo consecuencias más amplias para la política exterior de
EE.UU. Para el presidente Clinton, que estaba intentando adoptar una política
conciliadora y flexible con respecto al Islam, acciones violentas como
ésta supusieron un auténtico revés. Algunos regímenes
de Oriente Medio, sobre todo
Israel
y
Egipto
, intentaron sacar provecho las reticencias estadounidense a intensificar
su represión contra los grupos islamistas locales. En el propio EE.UU.,
los defensores de la hipótesis del
choque de civilizaciones
solían recomendar políticas más duras hacia los islamistas.
Así pues, la explosión en el World Trade Center en 1993 ofreció
a los partidarios de la línea dura, tanto dentro como fuera de EE.UU.,
la oportunidad de presionar a la administración Clinton para que
adoptara una política más severa con respecto a los islamistas.
Los atentados de Oklahoma en 1995, aunque fueron obra de terroristas estadounidenses
de la zona, sirvieron para aprobar una legislación más dura
contra el terrorismo, la cual, en la mente de los legisladores, afectaba principalmente
al terrorismo de Oriente Medio. El presidente Clinton advirtió contra
la tentación de vincular los atentados de Oklahoma con los islamistas
de Oriente Medio, pero los medios de comunicación solían reflejar
casi siempre una opinión bien distinta. En lugar de tratar los atentados
terroristas como una aberración y como actos perpetrados por una minoría
radical, casi todos los analistas y comentaristas exageraron su importancia
y los presentaron como parte de una guerra sistemática contra la civilización
occidental. En este sentido, el terrorismo ha envenenado aún más
las relaciones entre EE.UU y los mundos árabe y musulmán. No es fácil determinar hasta qué punto los medios de comunicación contribuyen a moldear la política exterior estadounidense. Demasiado a menudo, los medios de comunicación mayoritarios son ellos mismos parte de la clase dominante, de modo que las tensiones entre éstos y los responsables de la política exterior rara vez surgen. Los defensores de este punto de vista señalan que los medios de comunicación dependen en gran medida de las fuentes gubernamentales para cubrir sus noticias, las cuales a menudo se transmiten con una envoltura ideológica de anticomunismo, amenaza fundamentalista islámica u otros peligros similares. Otro punto de vista subraya el papel determinante de los propios medios de comunicación a la hora de moldear a la opinión pública e influir de un modo indirecto en las decisiones sobre política exterior. De acuerdo con esta opinión, los medios de comunicación no se limitan a recibir las directrices del gobierno, pues han desarrollado su propia lista de prioridades en nombre de la seguridad nacional, el anticomunismo y la necesidad de mantener alejada la amenaza islamista. Los medios de comunicación no forman parte del colectivo responsable de la política exterior, pero participan en la toma de decisiones de éste, en la medida en que ayudan a establecer los límites dentro de los cuales dicha política puede desarrollarse. Esto resulta particularmente evidente en el caso de musulmanes y árabes, quienes con frecuencia son retratados con una imagen negativa, situándolos así en una posición de clara desventaja ante la opinión pública estadounidense. De hecho, la imagen negativa de árabes y musulmanes en los medios de comunicación se ha convertido en una parte esencial de la conciencia pública en EE.UU. Y dado que los responsables de tomar decisiones están atentos a la opinión pública y también obtienen buena parte de su información de los medios de comunicación, sus políticas reflejan necesariamente los puntos de vista de estos medios. Durante la presidencia de Clinton,
una serie de funcionarios de EE.UU. mantuvieron posturas críticas
con respecto a la cobertura informativa del Islam y Oriente Medio. El subsecretario
de Estado Robert Pelletreau, por ejemplo, criticó la tendencia, tanto
entre los expertos como en el debate público, a equiparar el Islam
con el fundamentalismo islámico y el extremismo. Otro funcionario
del Departamento de Estado reconoció que la cobertura mediática
hostil de “los grupos extremistas islámicos” refuerza los estereotipos
del Islam entre los estadounidenses, complicando así la labor de
los responsables políticos de EE.UU
[13]
. Sin embargo, esta discrepancia entre los influyentes
medios de comunicación conservadores y algunos responsables de política
exterior desapareció o disminuyó en gran medida durante el
periodo republicano. Ambas partes parecían trabajar en perfecta armonía
y apenas se prestaba atención a las voces críticas. Los escasos
académicos que se atrevían a cuestionar la opinión
dominante eran etiquetados de apologistas del islamismo o defensores de un
“antiamericanismo radical”. Los especialistas en Oriente Medio del mundo
académico rara vez eran invitados a comentar las principales noticias
relacionadas con la zona en cuestión. En cambio, los medios de comunicación
solían preferir a esa nueva estirpe de “terroristólogos” o
analistas recién llegados que se presentan como expertos en la materia
y cuya “opinión autorizada” tiende en general a aplaudir la política
de Estado de los republicanos. Sería interesante ver cómo influyen los acontecimientos en Oriente Medio y la política exterior de EE.UU. a este respecto en los estudios académicos estadounidenses sobre esta zona del globo. Es evidente que el conflicto árabe-israelí, el resurgir del Islam y el terrorismo han tenido una influencia negativa en este campo, en el sentido de que estos fenómenos son percibidos por la opinión pública de EE.UU. como la suma total de lo que Oriente Medio representa. Los actos de guerra y la violencia relacionados con Oriente Medio suelen ir acompañados por un aumento de la cobertura mediática en la región, algo que provoca el interés de los estudiantes y el aumento de matrículas en cursos especializados en Oriente Medio. Sin embargo, este interés tiende a ser temporal y suele difuminarse en el trasfondo de la imaginación popular hasta la siguiente explosión de violencia. Así pues, parece como si la región solo fuera digna de estudio en un contexto de violencia y tensión. Más que ningún otro factor, el conflicto árabe-israelí ha marcado los estudios sobre Oriente Medio de una manera bastante lamentable. El principal foro académico para el estudio de Oriente Medio en EE.UU., la Middle East Studies Association of North America, fundada en 1966, ha sido objeto de crecientes críticas por su presunta actitud antiisraelí, desde mucho antes de que surgiera la llamada “amenaza islámica”. El debate enfrenta a dos grupos de expertos: los que están preocupados por salvaguardar un mínimo de independencia académica en las universidades, y los que advierten de que la creciente amenaza islámica es la principal fuerza que trata de socavar los valores occidentales de la democracia y la libertad. Los acontecimientos posteriores al 11-S han venido a favorecer al segundo grupo, prevaleciendo las preocupaciones con respecto a la seguridad y la influencia política de los neo-conservadores. Entre las repercusiones sobre el terreno cabría mencionar el posible desvío de fondos de las universidades, a menudo consideradas como un semillero de intelectuales de izquierdas o liberales, a grupos de expertos más dóciles y dispuestos a colaborar. Otra posible consecuencia para el entorno académico podría ser un control gubernamental más estricto de los fondos destinados a los estudios sobre Oriente Medio. En 2003, la Cámara de Representantes, después de intensas presiones de los neo-conservadores, quienes afirmaban que los estudios sobre Oriente Medio en EE.UU. tienden a ser antiisraelíes y antiestadounidenses, aprobó un proyecto de ley para crear un Consejo Consultivo que garantice que los fondos del Estado se invierten adecuadamente. Muchos miembros del mundo académico ya han expresado sus temores de que la presencia de dicho Consejo Consultivo podría limitar su libertad de enseñanza e investigación. Sin embargo, los acontecimientos
posteriores al 11-S también han dado lugar a que las autoridades
estatales destinen más fondos para promover un mejor conocimiento
de Oriente Medio. Quizás el programa más importante del gobierno
estadounidense sea el Fulbright Scholar Program, el cual ha traído
un número cada vez mayor de expertos procedentes de Oriente Medio
a las universidades estadounidenses. A veces, estos expertos del extranjero
contribuyen a aumentar el conocimiento sobre las cuestiones de Oriente Medio
entre sus colegas estadounidenses y, en ocasiones, la presencia de estos
visitantes anima a una universidad a contratar a algún especialista
en este campo. Como resultado de los atentados terroristas de 11-S, el Fulbright
Program puso en marcha una nueva fórmula a corto plazo para que las
universidades estadounidenses puedan enriquecer sus programas internacionales
trayendo a algún erudito musulmán a sus campus durante un periodo
no superior a seis semanas. Así pues, en los próximos años,
los estudios sobre Oriente Medio podrían ser testigos de un aumento
de la financiación por parte del Estado central y de instituciones
privadas, incluso si el uso de esta financiación pudiera llegar a
depender de las actuales prioridades del gobierno en su guerra contra el terrorismo. NOTAS.- [1] Traducción, extracto y adaptación del articulo aparecido en Teachmideast en 2004. Disponible online en: http://www.teachmideast.org/essays/28-history/110-the-us-middle-east-connectioninterests-attitudes-and-images Versión en castellano elaborada por el equipo de traductores de Alif Nûn . (Nota de la Redacción). [2] Para más información sobre la llegada y el asentamiento de los misioneros cristianos occidentales en Oriente Medio, véase Joseph Maila, “ Los árabes cristianos (II): del ‘problema de Oriente’ a la reciente situación política de las minorías ”, revista Alif Nûn nº 57, febrero de 2008. (Nota de la Redacción). [3] El mandato de la Sociedad de Naciones incluyó varios territorios mencionados en el artículo 22 del tratado de Versalles, los cuales habían sido previamente controlados por los países derrotados en la primera guerra mundial, es decir, los territorios coloniales del imperio alemán y las antiguas provincias del imperio otomano. El “mandato” supuso la entrega a las potencias vencedoras en la primera guerra mundial (Francia y Gran Bretaña) de dichos territorios para su administración y en algunos casos eventual independencia. (Nota de la Redacción). [4] Amin Seikal, Islam and the West: Conflict or Cooperation? , Palgrave (Nueva York), 2003, p. 46. [5] Ibid., p. 48. [6] Ibid., p. 51. [7] Evan M. Wilson, Decision on Palestine: How the US Came to Recognize Israel, Hoover Institution Press, Stanford (California), 1979, p. 154. [8] Para más información sobre el proceso mediante el cual la cultura judía ha pasado a formar parte de la cultura occidental, véase Hisham Aidi, “ La interferencia de al-Andalus: España, el Islam y Occidente” (II) , revista Alif Nûn nº 90, febrero de 2011. (Nota de la Redacción). [9] Para más información, véase Martin Kramer, “Nacionalismo árabe: una identidad falsa”, revista Alif Nûn nos 64 (octubre de 2008) , 65 (noviembre de 2008) 66 (diciembre de 2008) . (Nota de la Redacción). [10] Fawaz A. Gerges, “Islam and Muslims in the Mind of America”, p. 78; en Aslam Syed (ed.), Islam: Enduring Myths and Changing Realities , publicado en The Annals of the American Academy of Political and Social Science, vol. 588, julio de 2003, pp. 73-89. [11] Richard Bulliet, “Rhetoric, Discourse and the Future of Hope”, p. 16; en Aslam Syed (ed.), op. cit., pp. 10-17. [12] Debemos recordar que, entre 1942 y 1948, EE.UU envió a campos de concentración a unas 120.000 personas, la mayoría de origen japonés, más de la mitad de las cuales eran ciudadanos estadounidenses considerados sospechosos de colaborar con el enemigo por el simple hecho de pertenecer al colectivo japonés. Los campos estaban cerrados con alambradas de espino, vigilados por guardias armados y ubicados en parajes alejados de cualquier núcleo de población. Los intentos de fuga concluyeron en muchas ocasiones con la persecución y muerte de los reclusos. (Nota de la Redacción). [13] Fawaz A. Gerges, op. cit ., p. 82. A Portada |
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