REFLEXIONES SOBRE AL-ANDALUS

Abdelatif Oufkir [1]


La “España musulmana” fue, sin duda, una de las civilizaciones más sofisticadas de su tiempo. Los musulmanes la conocieron como al-Ándalus, en referencia al área de la Península Ibérica que estuvo bajo su dominio durante casi ocho siglos (711-1492 d.C.). En su apogeo, en torno a los siglos X y XI, estos musulmanes controlaron la mayor parte de lo que hoy son los países de España y Portugal, a excepción de la cornisa cantábrica, situada en el norte de la península y habitada por pueblos como los vascones y los cántabros, quienes habían sido capaces de mantenerse casi por completo al margen de la romanización y, por lo tanto, de los principales centros de civilización de su época, razón por la cual no representaron un objetivo prioritario para los musulmanes, un colectivo religioso joven y en franca expansión a comienzos del siglo VIII que buscaba asimilar la cultura y el conocimiento de las grandes civilizaciones del Mundo Antiguo.

Así pues, los musulmanes heredaron un territorio que había sido incorporado al imperio y la civilización romanas y, más tarde, administrado por los visigodos. Los contingentes de árabes que llegaron a la Península suelen conocerse con el nombre de “moros”, un término derivado del latín maurus , empleado por los romanos para denominar a los “mauritanos” o habitantes del norte de África, y que etimológicamente significa “de piel oscura” o “moreno”. [2] En un principio, la élite gobernante de al-Ándalus estuvo compuesta por árabes que habían emigrado desde Asia Occidental (Siria, Península Arábiga, etc.), aunque también se fueron incorporando contingentes de bereberes procedentes del norte de África.

En general, desde un punto de vista geográfico y político, podríamos decir que al-Andalus constituyó un enclave islámico en territorio europeo, aunque, en el momento de la llegada del Islam a la Península Ibérica, está afirmación no tendría demasiado sentido, pues la idea de pertenencia a Europa (o a España) aún no había sido forjada y los límites culturales y territoriales del mundo islámico no habían sido fijados en absoluto, hasta el punto de que nadie de aquella época podría haberse aventurado a asegurar que el Islam no se convertiría en la religión dominante en toda Europa. Sólo con el paso del tiempo, todo el área que se extiende desde la Península Ibérica hasta el actual Túnez pasaría a ser considerada como la zona occidental del mundo islámico, conocida como al-Magreb. 

No obstante, desde un punto de vista más amplio, la idea de al-Ándalus trasciende los límites geográficos, políticos y religiosos, pues numerosas poblaciones de musulmanes, judíos y cristianos vivieron juntas en relativa armonía y participaron de una misma cultura, una misma sensibilidad, unos mismos usos y costumbres y, muy a menudo, incluso de un mismo idioma. [3]  

 Durante los más de novecientos años (711-1614) de presencia continuada del Islam en la Península Ibérica tuvo lugar un cambio radical que afectó a la cultura, el idioma y la perspectiva intelectual de sus gentes, el cual no fue producto de una supuesta dominación de pueblos “orientales”, sino el resultado de un fértil encuentro entre elementos culturales íberos, celtas, griegos, fenicios, judíos, romanos y visigodos, establecidos desde hacía siglos en el solar hispano, y la aportación del genio islámico, representado en un principio por inmigrantes y colonos musulmanes de diversa procedencia y, posteriormente, por una gran parte de la población autóctona que aceptó el mensaje coránico.

A comienzos del siglo X (929 d.C.), el al-Ándalus de los Omeyas dejó de ser un emirato sometido nominalmente al gobierno de Bagdad y se declaró califato independiente, haciendo oficial una situación que, de facto, había sido la norma casi desde el mismo momento de la llegada de los musulmanes a la Península Ibérica. Esta independencia no significó, sin embargo, el aislamiento cultural y político. Los sucesivos gobernantes andalusíes fomentaron de manera sistemática los contactos de todo tipo con las tierras del Oriente islámico, trayendo a al-Ándalus profesores orientales [4] y enviado estudiantes a los grandes centros de saber de Egipto y el Asia Occidental. La élite política e intelectual de al-Ándalus estaba tan arabizada como la de Siria o Egipto, [5] y ya en el siglo XI d.C., el territorio andalusí se había convertido en uno de los principales centros intelectuales del mundo islámico, y no digamos de la Europa Occidental.

Todas la ramas del saber originadas y cultivadas en India, China, Persia  y el mundo helenístico fueron motivo de interés para los primeros eruditos musulmanes, quienes tradujeron y enriquecieron todo este corpus de conocimiento en varios centros de saber que tuvieron su precedente en la ciudad persa de Jund-i-Shapur, donde se refugiaron varios sabios de la academia de Platón cuando esta institución fue clausurada por el emperador Justiniano en el año 529 d.C. Con la llegada del Islam a las tierras de Asia Occidental a lo largo de los siglos VII y VIII, todo este legado intelectual se difundió por las principales ciudades del mundo islámico, hasta llegar a al-Ándalus, desde donde se diseminó por Europa Occidental. De este modo, los andalusíes se situaron a la vanguardia en diversas disciplinas, y ciudades como Córdoba y Toledo se convirtieron en la rama occidental de una gran explosión cultural producida en todo el orbe musulmán. 

La gran distancia geográfica que separaba a al-Ándalus de las “áreas centrales” del mundo islámico hizo que los musulmanes andalusíes, a pesar de sentirse plenamente integrados en la ummah (comunidad islámica mundial), desarrollasen a lo largo de los siglos una marcada  personalidad cultural, gracias, entre otras cosas, a la diversidad de tradiciones existente en la Península Ibérica, la cual fue integrada con éxito en la civilización andalusí, junto a todo el legado del mundo islámico oriental. Su privilegiada situación geográfica permitió a al-Ándalus convertirse en un puente entre Oriente y Occidente, poniendo a disposición de judíos, cristianos y musulmanes por igual obras filosóficas y científicas del Mundo Antiguo, e implicando a diversos colectivos culturales y religiosos en la traducción de dichos textos. Muy destacado en este sentido fue el papel desempeñado por los judíos, una comunidad establecida en la Península Ibérica desde la época de los fenicios (aprox. siglo XII a.C.), y muchos de ellos conocedores del árabe, el hebreo y el latín. Este trabajo sistemático de traducción se prolongó entre los siglos XI y XIII, hasta que los reinos cristianos norteños fueron consolidando su poder, y permitió la recuperación para Europa de gran parte del legado del Mundo Clásico, perdido casi por completo tras la caída del Imperio Romano de Occidente. En palabras del historiador Richard A. Fletcher:

“El proceso por el cual los eruditos occidentales descubrieron, adoptaron y dominaron el conocimiento del mundo islámico, haciéndolo fácilmente accesible a través de la traducción al latín, [...] fue uno de los momentos decisivos  en la evolución intelectual de la humanidad”. [6]

A pesar de los inevitables periodos de guerra y conflicto entre las distintas comunidades religiosas de al-Ándalus, también existió una extraordinaria interacción cultural entre judíos, cristianos y musulmanes, en cuyo crisol se fraguaron muchas de las ideas científicas y filosóficas que, paradójicamente, ayudarían a Europa a romper con la cosmovisión medieval de carácter teocéntrico y a impulsar el desarrollo material de este continente varios siglos más tarde. Esta circunstancia fue la que llevó al filósofo francés Roger Garaudy a afirmar que el verdadero renacimiento de Europa no empezó en la Italia del siglo XVI, sino en la España del XIII. [7]  

Buena prueba de la existencia de relaciones culturales interreligiosas es que éstas no solo se produjeron entre judíos, cristianos y musulmanes andalusíes, sino que intelectuales de las tres grandes religiones abrahámicas acudían a al-Ándalus desde todos los rincones el Viejo Mundo, en busca de conocimiento. Así, por ejemplo, en 1142, Pedro El Venerable (1092-1156), prior de la poderosa abadía benedictina de Cluny, en Francia, encargó al inglés Robert de Kelton –quien se encontraba en al-Ándalus estudiando algunas obras científicas– la traducción del Corán y de algunas tradiciones proféticas (hadiz) al latín. [8] A pesar de que este trabajo no fue encargado por razones ecuménicas, sino más bien con la intención de polemizar contra el Islam y los musulmanes, y de este modo demostrar la superioridad del Cristianismo, no deja de ser significativo el hecho de que hubiera eruditos europeos como Robert de Kelton y otros muchos que podían acceder sin mayores dificultades a los centros de saber existentes en todo el territorio andalusí. [9]   

Otro ejemplo destacado es el de Gerardo de Cremona (1114-1187), uno de los traductores europeos más prolíficos de la Edad Media, con más de sesenta obras traducidas del árabe al griego y al latín, entre las que destacan el Qanun de Avicena , el Almagesto de Claudio Ptolomeo de Alejandría y varias obras de Aristóteles y al-Jwarizmi. Aunque Gerardo trabajó en un Toledo ya en manos cristianas desde el año 1085, todavía sobrevivía en la ciudad el espíritu multicultural y multireligioso que permitió que la urbe se ganara con todo merecimiento el sobrenombre de “ciudad de las tres culturas”.

Hacia el siglo XIII, la mayor parte de las obras sobre matemáticas, astronomía, medicina o filosofía que los musulmanes habían producido (de su propia autoría o a través de traducciones) estaba ya disponible en latín, y buena prueba de la importancia de las mismas es el hecho de que fueran ampliamente citadas por autores europeos tan destacados como Santo Tomás de Aquino, San Alberto Magno o Roger Bacon, entre otros.

Sin embargo, desgraciadamente, este ambiente de relativa calma y respeto mutuo no siempre sería la norma, de modo que monarcas generosos, tolerantes y defensores de la cultura como los musulmanes Abderrahman III y al-Hakam II o los cristianos Alfonso VI y Alfonso X se volvieron cada vez más escasos. Cada una de las partes fue adoptando una identidad cerrada que parecía separarla irremediablemente de la otra. Así pues, cristianos y musulmanes comenzaron a recurrir cada vez con más frecuencia a la “ayuda extranjera” para dirimir sus diferencias con la otra comunidad. Y esa ayuda casi siempre se solicitaba sobre la base de la identidad religiosa. [10] De este modo, los musulmanes pidieron el socorro de almorávides y almohades, tribus nómadas procedentes del sur de Marruecos y conquistadoras del norte de África, que poco o nada compartían con la refinada cultura andalusí y que no tardaron en expulsar del poder a los propios gobernantes musulmanes de al-Ándalus. Lo único que tenían en común andalusíes, almorávides y  almohades era una religión, el Islam, que no fue suficiente para facilitar el entendimiento mutuo, si bien es cierto que, en la última etapa de su presencia en al-Ándalus (siglos XI y XII), tanto almorávides como almohades sucumbieron, por así decirlo, al lujo y al refinamiento de la civilización urbana andalusí, muy alejada de la austeridad del desierto donde se forjó el carácter de aquellos monjes-guerreros.

Por su parte, los cristianos norteños pidieron la ayuda del Papa de Roma y de sus correligionarios francos, procedentes de Europa Central. Estos no solo participaron activamente en las campañas militares contra los musulmanes, sino que también jugaron un papel muy importante en la colonización y repoblación de las zonas recién conquistadas, e incluso, desde mediados del siglo XI, se permitieron el lujo de imponer por la fuerza –con la connivencia de los reyes castellanos y aragoneses– el rito romano o latino a los cristianos peninsulares, quienes desde hacía más de cinco siglos habían mantenido el llamado rito mozárabe o visogótico para todas sus celebraciones religiosas, el cual había sido respetado incluso por los gobernantes musulmanes con amplias poblaciones de súbditos cristianos mozárabes bajo su jurisdicción.

Todo esto demuestra que la identidad cerrada y excluyente de las distintas comunidades religiosas de al-Ándalus se fue forjando a lo largo del tiempo, de modo que, durante muchos periodos de la historia andalusí, la religión solo representó una de las muchas señas de identidad de musulmanes, judíos y cristianos peninsulares, y no siempre la más importante. La transición desde la coexistencia relativamente pacífica hasta la mentalidad imperialista fue lenta pero constante, y por eso resultó casi inevitable que el conflicto se exacerbara hasta un punto en el que los reinos cristianos peninsulares se sintieron con la fuerza suficiente para sojuzgar primero, y acabar después, con el poder político de los musulmanes. Como colofón de todo este proceso, el poder centralizado e imperial de los reyes católicos y de los monarcas españoles posteriores culminó de la única manera posible: la expulsión de los judíos en 1492 y de los musulmanes (ya como moriscos , forzados a convertirse al Cristianismo) entre 1609 y 1614. El mundo medieval había llegado a su fin y una nueva era había comenzado.

No es una simple casualidad que el final de al-Ándalus y el inicio del imperialismo trasatlántico europeo coincidieran en el tiempo. En cierto modo, la historia de Occidente en los últimos quinientos años es la historia del triunfo del espíritu colombino, es decir, el espíritu de exploración, conquista y explotación. No existe la menor duda de que esta actitud de constante curiosidad y autosuperación que ha mostrado Occidente en el último medio milenio ha tenido resultados prácticos muy positivos y de sobra conocidos. Sin embargo, Colón también simboliza el deseo humano de explorar y “capturar” lo desconocido, para explotarlo en su propio beneficio, por encima de cualquier otra consideración. La falta de respeto hacia aquello que se encuentra en esa búsqueda es un trágico reflejo de esa adopción de una identidad cerrada de la que ya hemos hablado, la cual culminó con la muerte del ideal andalusí.

Trascurridos más de mil años desde aquel fértil encuentro en la Península Ibérica entre las tres religiones abrahámicas, creemos que no estaría de más prestar una mayor atención a esa herencia andalusí, en su doble dimensión material y espiritual. El verdadero avance cultural no está relacionado únicamente con el progreso de la tecnología y de la ciencia, sino que también debe tomar en consideración la dimensión más humana del hombre, esto es, su aspecto trascendente. Lamentablemente, el espíritu colombino inauguró un periodo de la historia en el que, a pesar de los muchos progresos materiales alcanzados desde entonces, se ha descuidado en gran medida el aspecto espiritual del ser humano. Tal vez el ideal de al-Ándalus podría ayudarnos a recuperar el equilibrio perdido.

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
-    Jesús Greus, Así vivieron en al-Andalus , Anaya, Madrid, 2009.
-    Fátima Roldán Castro , Espiritualidad y convivencia en al-Andalus , Universidad de Huelva, Sevilla, 2006.
-    Fátima Roldán Castro (ed.), De Oriente a Al-Andalus: Las vías del conocimiento , Universidad de Huelva, Sevilla, 2009.
-    Manuel Marín, Al-Andalus / España. Historiografías en contraste (s. XVII-XXI) , Casa Velázquez, Madrid, 2009.
-    Maribel Fierro , Judíos y musulmanes en al-Andalus y el Magreb , Casa Velázquez, Madrid, 2002.
-    Emilio Galindo , Los días y los hombres de al-Andalus , Darek-Nyumba, Madrid, 1998.
-    Emilio González Ferrín , Historia general de al-Andalus , Almuzara, Córdoba, 2006.
-    Maribel Fierro , Al-Andalus: saberes e intercambios culturales , Icaria, Barcelona, 2001.
-    Manuela Marín , Al-Andalus y los andalusíes , Icaria, Barcelona, 2000.
-    Ana Isabel Carrasco Machado, Al-Andalus , Istmo, 2009.
-    VV.AA, El legado de al-Andalus , Universidad de Valladolid, Valladolid, 2007.
-    Julio Reyes Rubio , Al-Andalus, en busca de la identidad dormida , Ed. Personal, Madrid, 2006.
-    Fátima Roldán Castro , La herencia de al-Andalus , Fundación el Monte, Sevilla, 2007.
-    Pedro Damián Cano, Al-Andalus: el Islam y los pueblos ibéricos , Sílex, Madrid, 2004.
-    Juan Castilla Brazales , Andalusíes: la memoria custodiada , El Legado Andalusí, Granada, 2004.




NOTAS.-


[1] Otros artículos del autor: “ Al-Andalus y el Islam en el subconsciente colectivo español ”, revista Alif Nûn nº 49, mayo de 2007; “ Sociedad y cultura en la Arabia preislámica ”, revista Alif  Nûn nº 36, marzo de 2006 (Nota de la Redacción).

[2] Para más información sobre el origen del vocablo “moro”, véase Ross Brann, The Moros? , Department of Near Eastern Studies, Cornell University.

[3] Para más información sobre los contactos lingüísticos entre las distintas comunidades religiosas de al-Ándalus, véase M. Ali Kettani, “ Lengua y literatura aljamiadas ”, revista Alif Nûn nº 52, septiembre de 2007.

[4] Entre los más destacados de estos sabios orientales que arribaron a territorio andalusí se encuentra el famoso músico nacido en Bagdad, Abul-Hasan Alí ibn Nafi, más conocido con el sobrenombre de Ziryab (“el mirlo”, llamado así por su hermosa voz), quien no solo introdujo en al-Andalus numerosas innovaciones musicales, sino que, además, trajo desde su tierra natal algunas novedades culinarias como la forma de cocinar los espárragos trigueros o las habas, e incluso popularizó el juego del ajedrez. Para más información sobre la figura de Ziryab, véase Jesús Greus , Zyriab y el despertar de al-Andalus , Entrelibros, Barcelona, 2006

[5] Véase Ángeles Vicente, El proceso de arabización Alandalús , IEIOP, Zaragoza, 2007.

[6] Richard A. Fletcher , Moorish Spain , Phoenix, 1994, p. 40.

[7] Véase Roger Garaudy , El Islam en Occidente , Breogán, Madrid, 1987.

[8] Véase James Kritzeck, Peter the Venerable and Islam , Princeton University Press, 1964.

[9] Robert de Kelton finalizó su traducción del Corán en 1143, pero la Iglesia no permitió su publicación, pues pensaba que la obra podría animar a los cristianos a interesarse por el Islam, o incuso a convertirse a esta religión. Así pues, la traducción permaneció inédita hasta 1543, cuando fue publicada por vez primera en Suiza, tras la Reforma protestante de Zuinglio. Véase Reem Salem al-Salem, Translation of Metonymy in the Holy Qur’an: A Comparative, Analitical Study , King Saud University, Arabia Saudita, 2008.

  [10] Esto no siempre fue así, desde luego. Por ejemplo, el famoso Rodrigo Díaz de Vivar, conocido con el sobrenombre de “el Cid Campeador”, fue un noble castellano del siglo XI que, tras una disputa con el rey castellanoleonés Alfonso VI, trabajó a las órdenes del monarca musulmán de Zaragoza, y murió siendo gobernador independiente de la ciudad musulmana de Valencia. Estos hechos, sin embargo, no han impedido que muchos historiadores españoles hayan encumbrado al Cid como una de los grandes héroes cristianos de la Reconquista, cuando, en realidad, se limitó a aprovechar las oportunidades políticas que se le presentaban, aliándose, según las circunstancias, con cualquiera que beneficiase sus intereses, ya fuese musulmán o cristiano. Para más información, véase Abdelatif Oufquir, “Al-Andalus y el Islam en el subconsciente colectivo español”, op. cit.


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