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ISSN 1695-1751                                                                 Número 89 - Enero.2011 Safar  1432 
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Estimados lectores:

      Un año más, el pasado 2 de enero se celebró por todo lo alto en Granada el aniversario de la toma de esta ciudad por los ejércitos de los Reyes Católicos; y un año más, la puesta en escena de esta celebración, teatral en grado sumo, exaltó sin pudor alguno el espíritu de conquista. Sin embargo, también un año más, un numero creciente de asociaciones y de individuos a título personal mostraron su oposición a una conmemoración en la que, en opinión de muchos, no hay nada que conmemorar, y menos aún de la forma en que se hace. La caída del reino nazarí de Granada en manos de Fernando e Isabel dio inicio a una política de identidad nacional basada en la pertenencia exclusiva a la religión católica y en la llamada “limpieza de sangre”, la cual culminó con la eliminación física o la expulsión de dos colectivos, el judío y el musulmán, que habían enriquecido en gran medida la cultura, el arte y la ciencia de la Península Ibérica.
     Durante generaciones, los escolares españoles tuvieron que aprender de memoria la lista de los reyes godos para demostrar sus conocimientos sobre la historia de España; es decir, los godos, monarcas procedentes del corazón de Europa, eran identificados sin dificultad como una parte esencial de la historia hispana. Por el contrario, los monarcas musulmanes de al-Andalus eran considerados “extranjeros invasores”, ajenos por completo a un “espíritu nacional” definido en términos exclusivistas. Si bien este espíritu de cruzada se ha visto atenuado durante los últimos treinta años, no es menos cierto que todavía persisten demasiadas actitudes contrarias a la convivencia y el respeto representados por la España democrática y moderna. En nuestra opinión, la celebración de la caída de Granada representa una de estas actitudes y merecería la pena, si no abandonar por completo esta conmemoración si, al menos, dotarla de un nuevo sentido, más acorde con la nueva realidad social española, multicultural y multirreligiosa.
        En nuestro número de Alif Nûn de este mes nos ocuparemos de ese periodo de la historia de España conocido como al-Andalus. El primer artículo hace un breve repaso a la historia andalusí, las causas de su decadencia y posterior desaparición, y las principales aportaciones culturales y artísticas de los andalusíes. El segundo artículo adopta un enfoque ligeramente distinto y se centra en el aspecto identitario, es decir, trata de averiguar hasta qué punto los andalusíes adoptaron una identidad religiosa y cómo fue evolucionando ésta a lo largo de la historia de al-Andalus. Sin abandonar la cuestión andalusí, el tercer artículo se traslada en el tiempo y profundiza en la historia más reciente de España y en la utilización (y, porque no decirlo, la manipulación) del concepto de al-Andalus por parte de los distintos gobiernos españoles, para alcanzar sus objetivos políticos. Para terminar, el último artículo de este mes abandona el tema de al-Andalus, aunque solo parcialmente. En él nos ocupamos del auge del Islam entre los latinos y los afroamericanos de las grandes ciudades estadounidenses, un auge que mucho tiene que ver con un al-Andalus idealizado que ha sido tomado como referencia y ha servido para alimentar la esperanza de estos conversos.

La Dirección.

  “Alabado sea Dios, que ordenó que quien hable con orgullo de Al-Andalus pueda hacerlo sin temor y tan audazmente como le plaza, sin tener que enfrentarse a nadie que pueda contradecirlo...”
                                                         Al-Shaqundi, Sobre la excelencia de Al-Andalus.

        El año 1492 ha sido durante mucho tiempo una referencia histórica. Europeos y americanos celebraron el quinto centenario del “descubrimiento” del Nuevo Mundo por parte de Cristóbal Colón, no sin protestas de quienes consideraron que los beneficios para el mundo de este acontecimiento fueron ampliamente superados por las pérdidas. España fue el centro de atención durante ese quinto centenario, en parte por ser el punto de partida de Colón, y en parte por la EXPO 92 en Sevilla y los Juegos Olímpicos de verano en Barcelona.
        Sin embargo, hubo otro quinto centenario en 1992 que también afectó a España. Si bien este acontecimiento también ha tenido importantes repercusiones en la historia del mundo y sigue generando un persistente sentimiento de pérdida entre algunos colectivos, ha atraído mucha menos atención. El acontecimiento en cuestión es la caída de la ciudad musulmana de Granada (Garnatah, en árabe) el segundo día de 1492, frente al ejército de los Reyes Católicos, poniendo así fin a ocho siglos de gobierno musulmán en la Península Ibérica y cerrando uno de los capítulos más turbulentos y gloriosos de la historia islámica.



       La “España musulmana” fue, sin duda, una de las civilizaciones más sofisticadas de su tiempo. Los musulmanes la conocieron como al-Ándalus, en referencia al área de la Península Ibérica que estuvo bajo su dominio durante casi ocho siglos (711-1492 d.C.). En su apogeo, en torno a los siglos X y XI, estos musulmanes controlaron la mayor parte de lo que hoy son los países de España y Portugal, a excepción de la cornisa cantábrica, situada en el norte de la península y habitada por pueblos como los vascones y los cántabros, quienes habían sido capaces de mantenerse casi por completo al margen de la romanización y, por lo tanto, de los principales centros de civilización de su época, razón por la cual no representaron un objetivo prioritario para los musulmanes, un colectivo religioso joven y en franca expansión a comienzos del siglo VIII que buscaba asimilar la cultura y el conocimiento de las grandes civilizaciones del Mundo Antiguo.
           Así pues, los musulmanes heredaron un territorio que había sido incorporado al imperio y la civilización romanas y, más tarde, administrado por los visigodos. Los contingentes de árabes que llegaron a la Península suelen conocerse con el nombre de “moros”, un término derivado del latín maurus, empleado por los romanos para denominar a los “mauritanos” o habitantes del norte de África, y que etimológicamente significa “de piel oscura” o “moreno”.  En un principio, la élite gobernante de al-Ándalus estuvo compuesta por árabes que habían emigrado desde Asia Occidental (Siria, Península Arábiga, etc.), aunque también se fueron incorporando contingentes de bereberes procedentes del norte de África.

 

    Casi todos los combatientes voluntarios afroamericanos que acudieron al llamamiento de la Internacional Comunista en 1936 para luchar contra las fuerzas fascistas de Franco en la guerra civil española no solo se vieron impulsados por los ideales socialistas y antiimperialistas, sino también por una conciencia panafricanista que veía la España islámica como una época gloriosa durante la cual la civilización africana se había extendido por Europa. Inspirados por el pasado árabe de España, estos combatientes negros esperaban rescatar la España tolerante y pluralista de las llamas del fascismo europeo que se cernían sobre ella. Por eso, muchos se sorprendieron del uso de “tropas moras” por parte de Franco en su “Cruzada” anticomunista, del rabioso racismo antimusulmán de las fuerzas republicanas y, en general, de cómo los árabes y las relaciones históricas entre España y el mundo islámico ocupaban un lugar tan importante en una guerra civil en la que, aparentemente, se combatía por razones internas.  Los soldados afroamericanos se sintieron tan horrorizados por el odio hacia los árabes en el bando de la República, que algunos –en especial quienes fueron confundidos con marroquíes y recibieron disparos de sus compañeros republicanos– contemplaron la posibilidad de abandonar y regresar a los Estados Unidos. Langston Hughes estaba particularmente intrigado por la dinámica racial del “problema árabe” en España. “Sé que España perteneció en su momento a los árabes, gentes de color con una piel que va desde el negro hasta el moreno”, escribió. “Ahora, los árabes han regresado a España con los ejércitos fascistas, como carne de cañón para Franco. Sin embargo, de parte del bando republicano hay muchos negros de varias nacionalidades en las Brigadas Internacionales. Desearía escribir tanto sobre los árabes como sobre los negros.”



         En su novela clásica, Mumbo Jumbo, Ismael Reed se burla del miedo secular de la América blanca hacia la “contagiosa” cultura negra que de un modo inexplicable e irresistible se propaga como un virus, contaminando a su paso a todo del mundo, desde Nueva Orleáns hasta Nueva York. En un giro de los acontecimientos que recuerda al argumento de Reed, los críticos de hoy en día están proponiendo teorías alarmistas sobre una peligrosa epidemia que se propaga por los barrios pobres de nuestras ciudades, infectando a una minoría de jóvenes descarriados y descontentos, y convirtiéndolos en terroristas antiamericanos. Esta vez, sin embargo, el germen patógeno es el Islam o, más en concreto, una insidiosa mezcla de Islam radical y militancia negra.
        Desde la captura de John Walker Lindh, el “nacionalista negro” del Condado de Marin (California) que se unió a los talibanes,  y la detención de José Padilla, el antiguo pandillero puertorriqueño nacido en Brooklyn que abrazó el Islam durante su estancia en prisión, expertos en terrorismo y articulistas han estado advirtiendo de la “amenaza islámica” entre las clases bajas de los Estados Unidos, y alertando a la opinión pública de que los guetos y el sistema penitenciario podrían estar ofreciendo una “quinta columna” a Osama bin Laden y sus secuaces. En un artículo del Daily News, el crítico social afroamericano Stanley Crouch nos recordaba que, en 1986, la poderosa banda callejera de Chicago conocida como al-Rukn (llamada en los setenta los Blackstone Rangers) fue arrestada al completo por recibir 2,5 millones de dólares del hombre fuerte de Libia, Muammar el-Gaddafi, para cometer actos terroristas en los Estados Unidos. “Debemos darnos cuenta de que existe otro escenario en esta guerra sin precedentes, el cual se asienta en nuestras cárceles y prisiones”, advirtió Crouch.


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¿Qu'es de ti, desconsolado?


¿Qu'es de ti, desconsolado?
¿Qu'es de ti, rey de Granada?
¿Qu'es de tu tierra y tus moros?
¿Dónde tienes tu morada?

Reniega ya de Mahoma
y de su seta malvada,
que bivir en tal locura
es una burla burlada.

Torna, tórnate, buen rey,
a nuestra ley consagrada,
porque si perdiste el reyno
tengas el alma cobrada;

de tales reyes vencido
onrra te deve ser dada.
¡O Granada noblecida,
por todo el mundo nombrada!,
hasta aquí fueste cativa
y agora ya libertada.

Perdióte el rey don Rodrigo
por su dicha desdichada;
ganóte el rey don Fernando
con ventura prosperada,

la reyna doña Ysabel,
la más temida y amada,
ella con sus oraciones
y él con mucha gente armada.

Según Dios haze sus hechos
la defensa era escusada,
que donde Él pone su mano
lo impossible es quasi nada.



                                                                                     "Cancionero de Palacio"
                                                                                   [Anónimo]
                                                   
 

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