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Estimados lectores:
Un año más, el pasado 2 de
enero se celebró por todo lo alto en Granada el aniversario de
la toma de esta ciudad por los ejércitos de los Reyes Católicos;
y un año más, la puesta en escena de esta celebración,
teatral en grado sumo, exaltó sin pudor alguno el espíritu
de conquista. Sin embargo, también un año más, un numero
creciente de asociaciones y de individuos a título personal mostraron
su oposición a una conmemoración en la que, en opinión
de muchos, no hay nada que conmemorar, y menos aún de la forma en
que se hace. La caída del reino nazarí de Granada en manos
de Fernando e Isabel dio inicio a una política de identidad nacional
basada en la pertenencia exclusiva a la religión católica
y en la llamada “limpieza de sangre”, la cual culminó con la eliminación
física o la expulsión de dos colectivos, el judío
y el musulmán, que habían enriquecido en gran medida la cultura,
el arte y la ciencia de la Península Ibérica.
Durante generaciones, los escolares españoles
tuvieron que aprender de memoria la lista de los reyes godos para demostrar
sus conocimientos sobre la historia de España; es decir, los godos,
monarcas procedentes del corazón de Europa, eran identificados
sin dificultad como una parte esencial de la historia hispana. Por el
contrario, los monarcas musulmanes de al-Andalus eran considerados “extranjeros
invasores”, ajenos por completo a un “espíritu nacional” definido
en términos exclusivistas. Si bien este espíritu de cruzada
se ha visto atenuado durante los últimos treinta años, no
es menos cierto que todavía persisten demasiadas actitudes contrarias
a la convivencia y el respeto representados por la España democrática
y moderna. En nuestra opinión, la celebración de la caída
de Granada representa una de estas actitudes y merecería la pena,
si no abandonar por completo esta conmemoración si, al menos, dotarla
de un nuevo sentido, más acorde con la nueva realidad social española,
multicultural y multirreligiosa.
En nuestro número de Alif
Nûn de este mes nos ocuparemos de ese periodo de la historia
de España conocido como al-Andalus. El primer artículo hace
un breve repaso a la historia andalusí, las causas de su decadencia
y posterior desaparición, y las principales aportaciones culturales
y artísticas de los andalusíes. El segundo artículo
adopta un enfoque ligeramente distinto y se centra en el aspecto identitario,
es decir, trata de averiguar hasta qué punto los andalusíes
adoptaron una identidad religiosa y cómo fue evolucionando ésta
a lo largo de la historia de al-Andalus. Sin abandonar la cuestión
andalusí, el tercer artículo se traslada en el tiempo y profundiza
en la historia más reciente de España y en la utilización
(y, porque no decirlo, la manipulación) del concepto de al-Andalus
por parte de los distintos gobiernos españoles, para alcanzar sus
objetivos políticos. Para terminar, el último artículo
de este mes abandona el tema de al-Andalus, aunque solo parcialmente. En
él nos ocupamos del auge del Islam entre los latinos y los afroamericanos
de las grandes ciudades estadounidenses, un auge que mucho tiene que ver
con un al-Andalus idealizado que ha sido tomado como referencia y ha servido
para alimentar la esperanza de estos conversos.
La Dirección.
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“Alabado sea Dios, que ordenó que
quien hable con orgullo de Al-Andalus pueda hacerlo sin temor y tan audazmente
como le plaza, sin tener que enfrentarse a nadie que pueda contradecirlo...”
Al-Shaqundi, Sobre
la excelencia de Al-Andalus.
El año
1492 ha sido durante mucho tiempo una referencia histórica. Europeos
y americanos celebraron el quinto centenario del “descubrimiento” del Nuevo
Mundo por parte de Cristóbal Colón, no sin protestas de quienes
consideraron que los beneficios para el mundo de este acontecimiento fueron
ampliamente superados por las pérdidas. España fue el centro
de atención durante ese quinto centenario, en parte por ser el punto
de partida de Colón, y en parte por la EXPO 92 en Sevilla y los Juegos
Olímpicos de verano en Barcelona.
Sin embargo,
hubo otro quinto centenario en 1992 que también afectó a
España. Si bien este acontecimiento también ha tenido importantes
repercusiones en la historia del mundo y sigue generando un persistente
sentimiento de pérdida entre algunos colectivos, ha atraído
mucha menos atención. El acontecimiento en cuestión es la
caída de la ciudad musulmana de Granada (Garnatah, en árabe)
el segundo día de 1492, frente al ejército de los Reyes Católicos,
poniendo así fin a ocho siglos de gobierno musulmán en la
Península Ibérica y cerrando uno de los capítulos
más turbulentos y gloriosos de la historia islámica.
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La “España
musulmana” fue, sin duda, una de las civilizaciones más sofisticadas
de su tiempo. Los musulmanes la conocieron como al-Ándalus, en referencia
al área de la Península Ibérica que estuvo bajo su
dominio durante casi ocho siglos (711-1492 d.C.). En su apogeo, en torno
a los siglos X y XI, estos musulmanes controlaron la mayor parte de lo que
hoy son los países de España y Portugal, a excepción
de la cornisa cantábrica, situada en el norte de la península
y habitada por pueblos como los vascones y los cántabros, quienes
habían sido capaces de mantenerse casi por completo al margen de la
romanización y, por lo tanto, de los principales centros de civilización
de su época, razón por la cual no representaron un objetivo
prioritario para los musulmanes, un colectivo religioso joven y en franca
expansión a comienzos del siglo VIII que buscaba asimilar la cultura
y el conocimiento de las grandes civilizaciones del Mundo Antiguo.
Así pues, los musulmanes
heredaron un territorio que había sido incorporado al imperio y la
civilización romanas y, más tarde, administrado por los visigodos.
Los contingentes de árabes que llegaron a la Península suelen
conocerse con el nombre de “moros”, un término derivado del latín
maurus, empleado por los romanos para denominar
a los “mauritanos” o habitantes del norte de África, y que etimológicamente
significa “de piel oscura” o “moreno”. En un principio, la élite
gobernante de al-Ándalus estuvo compuesta por árabes que habían
emigrado desde Asia Occidental (Siria, Península Arábiga, etc.),
aunque también se fueron incorporando contingentes de bereberes procedentes
del norte de África.
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Casi todos los combatientes voluntarios
afroamericanos que acudieron al llamamiento de la Internacional Comunista
en 1936 para luchar contra las fuerzas fascistas de Franco en la guerra civil
española no solo se vieron impulsados por los ideales socialistas
y antiimperialistas, sino también por una conciencia panafricanista
que veía la España islámica como una época gloriosa
durante la cual la civilización africana se había extendido
por Europa. Inspirados por el pasado árabe de España, estos
combatientes negros esperaban rescatar la España tolerante y pluralista
de las llamas del fascismo europeo que se cernían sobre ella. Por
eso, muchos se sorprendieron del uso de “tropas moras” por parte de Franco
en su “Cruzada” anticomunista, del rabioso racismo antimusulmán de
las fuerzas republicanas y, en general, de cómo los árabes y
las relaciones históricas entre España y el mundo islámico
ocupaban un lugar tan importante en una guerra civil en la que, aparentemente,
se combatía por razones internas. Los soldados afroamericanos
se sintieron tan horrorizados por el odio hacia los árabes en el bando
de la República, que algunos –en especial quienes fueron confundidos
con marroquíes y recibieron disparos de sus compañeros republicanos–
contemplaron la posibilidad de abandonar y regresar a los Estados Unidos.
Langston Hughes estaba particularmente intrigado por la dinámica racial
del “problema árabe” en España. “Sé que España
perteneció en su momento a los árabes, gentes de color con
una piel que va desde el negro hasta el moreno”, escribió. “Ahora,
los árabes han regresado a España con los ejércitos fascistas,
como carne de cañón para Franco. Sin embargo, de parte del
bando republicano hay muchos negros de varias nacionalidades en las Brigadas
Internacionales. Desearía escribir tanto sobre los árabes como
sobre los negros.”
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En su novela
clásica, Mumbo Jumbo, Ismael Reed se burla
del miedo secular de la América blanca hacia la “contagiosa” cultura
negra que de un modo inexplicable e irresistible se propaga como un virus,
contaminando a su paso a todo del mundo, desde Nueva Orleáns hasta
Nueva York. En un giro de los acontecimientos que recuerda al argumento
de Reed, los críticos de hoy en día están proponiendo
teorías alarmistas sobre una peligrosa epidemia que se propaga por
los barrios pobres de nuestras ciudades, infectando a una minoría
de jóvenes descarriados y descontentos, y convirtiéndolos en
terroristas antiamericanos. Esta vez, sin embargo, el germen patógeno
es el Islam o, más en concreto, una insidiosa mezcla de Islam radical
y militancia negra.
Desde la captura de John Walker
Lindh, el “nacionalista negro” del Condado de Marin (California) que se
unió a los talibanes, y la detención de José
Padilla, el antiguo pandillero puertorriqueño nacido en Brooklyn
que abrazó el Islam durante su estancia en prisión, expertos
en terrorismo y articulistas han estado advirtiendo de la “amenaza islámica”
entre las clases bajas de los Estados Unidos, y alertando a la opinión
pública de que los guetos y el sistema penitenciario podrían
estar ofreciendo una “quinta columna” a Osama bin Laden y sus secuaces. En
un artículo del Daily News, el crítico
social afroamericano Stanley Crouch nos recordaba que, en 1986, la poderosa
banda callejera de Chicago conocida como al-Rukn (llamada en los setenta
los Blackstone Rangers) fue arrestada al completo por recibir 2,5 millones
de dólares del hombre fuerte de Libia, Muammar el-Gaddafi, para cometer
actos terroristas en los Estados Unidos. “Debemos darnos cuenta de que existe
otro escenario en esta guerra sin precedentes, el cual se asienta en nuestras
cárceles y prisiones”, advirtió Crouch.
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¿Qu'es de ti, desconsolado?
¿Qu'es de ti, desconsolado?
¿Qu'es de ti, rey de Granada?
¿Qu'es de tu tierra y tus moros?
¿Dónde tienes tu morada?
Reniega ya de Mahoma
y de su seta malvada,
que bivir en tal locura
es una burla burlada.
Torna, tórnate, buen rey,
a nuestra ley consagrada,
porque si perdiste el reyno
tengas el alma cobrada;
de tales reyes vencido
onrra te deve ser dada.
¡O Granada noblecida,
por todo el mundo nombrada!,
hasta aquí fueste cativa
y agora ya libertada.
Perdióte el rey don Rodrigo
por su dicha desdichada;
ganóte el rey don Fernando
con ventura prosperada,
la reyna doña Ysabel,
la más temida y amada,
ella con sus oraciones
y él con mucha gente armada.
Según Dios haze sus hechos
la defensa era escusada,
que donde Él pone su mano
lo impossible es quasi nada.
"Cancionero de Palacio"
[Anónimo]
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