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VIAJE ESPIRITUAL POR EL NORTE DE MARRUECOS
[1]
Khalid Williams Durante la semana pasada [julio de 2008], mi esposa Sara, su madre, nuestros dos hijos y yo viajamos por el norte de Marruecos para visitar a algunos de los santos allí enterrados. Lo que sigue a continuación es un relato de este viaje y algunas de mis reflexiones sobre el mismo. Cogimos el tren de la una de la tarde
a Fez, llegando allí en torno a las seis. Habíamos vivido
en Fez durante un año (2003-2004), así Salimos a primera hora del lunes. Se trata de un viaje sencillo que atraviesa la localidad de Ouezzane para luego continuar recto durante más o menos otra media hora. El taxista tenía puesto un cassette del famoso cantante marroquí Abdelhadi Beljayyat; la canción me resultaba bastaste familiar. Al cabo de un rato, me di cuenta de que estaba cantando la Munfariya, un poema sufí muy famoso... “¡Estupendo!”, pensé. Llegamos a Chaouen (también
llamada Chefchaouen) alrededor del mediodía. El nombre de la ciudad
es bereber y significa “los cuernos”, en referencia a los dos picos que
dominan la ciudad. Encontramos un hotel, rezamos duhur [la oración
ritual de media mañana] y luego Sara y yo nos dirigimos al cementerio,
situado sobre una colina al este de la ciudad, en la cual se encuentran
las famosas ruinas de la “mezquita española”, lugar preferido de fotógrafos
y diseñadores de tarjetas postales. Mi intención al visitar
el cementerio era presentar mis respetos a Hayy Mujtar al-Ghumari, el
shaij [maestro] de Hayy Said, cuya zawiya [lugar de reunión
de los sufíes] en Salé, nuestra ciudad de origen, frecuento.
Hayy Said dijo en una ocasión que su sheij era desconocido
en el mundo físico, pero famoso en el mundo espiritual. Esta es la
razón por la cual no hay ninguna indicación del lugar de su
enterramiento en el cementerio. Sin la ayuda de Hayy Said no tenía
ninguna esperanza de encontrar la tumba, así que decidí hacer
una visita al cementerio en general, presentando mis respetos tanto al
sheij como al resto de personas enterradas en este bello paraje
de las montañas. El martes por la tarde fui a visitar al santo patrón de Chaouen, Mulay Ali bin Rashid. Aunque nunca había oído hablar de él, el día anterior me había fijado en su tumba, junto a la gran mezquita situada en la calle principal de la ciudad. Sara y yo entramos en el pequeño cementerio anexo a la mezquita y allí encontramos a una señora (descendiente del santo, como suele ser habitual) que abrió la tumba para nosotros. Entré, saludé al santo y me senté junto a él, mientras mi esposa permanecía con la señora y le preguntaba sobre Mulay Ali bin Rashid. Nos dijo que fue el fundador de Chaouen y que era originario de la ciudad de Muley Abdessalam, nuestro destino del día siguiente. Chaouen fue durante siglos una comunidad secreta y desconocida para los occidentales, usada como base para los ataques militares contra los ocupantes portugueses de la ciudad de Sebta (Ceuta), en la costa norte, actualmente en poder de los españoles. Recité el capítulo del Corán conocido como al-Waqi‘a [3] , y luego al-Ijlas once veces. Rogué a Dios que recompensara a éste y a todos Sus santos, empezando por el Profeta (Dios lo bendiga y le de Paz), y al resto de musulmanes y creyentes. Le di unas monedas a la señora, como es costumbre, y luego nos fuimos. Miércoles
El taxista consultó a los otros vecinos y se dio cuenta de que el lugar que buscábamos era, de hecho, el que habíamos dejado atrás una hora antes, al final de un camino de tierra, en Shtunaghin. Cuando nos fuimos, el conductor recordó que unos años antes había traído a este mismo pueblo a un grupo de árabes del Golfo, y que la gran mezquita y el santuario con cúpula habían sido añadidos gracias a la financiación procedente de Kuwait. “Dios actúa de un modo misterioso”, pensé. Desandamos el camino hacia Tanakûb y más allá. Cuando pasábamos por las montañas, pude ver la impresionante panorámica del valle y los imponentes y abruptos cerros que teníamos ante nosotros, y pensé en todos los awliya [sing. wali, santo] originarios de este pequeño rincón del mundo, cuyas enseñanzas y herencia espiritual pueden encontrarse hoy en día en casi cualquier lugar donde haya musulmanes. ¿Cómo es posible que tantos santos provengan de estos pequeños pueblos de montaña? Mirando el escenario que teníamos ante nuestros ojos y la inefable belleza de esta manifestación de la gloria de Dios, comprendí la razón. Llegamos de nuevo al camino de tierra, y en esta ocasión lo seguimos hasta el final, unos treinta metros más allá de donde habíamos llegado la última vez. Nos detuvimos cerca de una pequeña loma formada por grandes cantos rodados y árboles retorcidos con amplias copas, y la cruzamos hasta llegar a un blanco y pequeño edificio aislado en medio de aquel paraje. Este era el lugar de nacimiento, y más tarde de jalwa (lugar de retiro espiritual), del Imam Shadhili. Tomamos algunas fotos con cierto apuro, pues la batería estaba a punto de acabarse. Yo proclamé el testimonio de fe, [5] como es habitual cuando se visita cualquier zawiya o la casa de un faqir, y entré en el edificio. Hay una tumba en el centro, pero no es la del Imam Shadhili, quien está enterrado en Egipto. Esto había dado lugar a cierta confusión en un programa de televisión sobre la región que había visto unas pocas semanas antes, en el que se aseguraba que ésta era la tumba del Imam Shadhili, una imprecisión que me puso bastante furioso. Pero, por otra parte, yo mismo había sido incapaz de reconocer el lugar dos horas antes, a pesar de estar tan solo a unas decenas de metros de él, así que era el menos indicado para hablar ¿verdad? Me senté junto a la tumba y recé durante un rato con mi rosario, recitando “no hay más Dios que Dios”. Luego recité al-Ijlas once veces y pedí a Dios que recompensara al Imam Shadhili, a todos los seguidores de su senda y a todos los musulmanes y creyentes. Miré los muros del edificio, donde la gente había escrito sencillas oraciones e invocaciones: “Gloria a Dios”, “Dios mío, perdona a mis padres y a mí”, “Dios es grande”... Oí el sonido de los muchachos jugando en el exterior, y entonces tres de ellos, un niño y dos niñas, entraron en el recinto. Uno de los chicos, diría que de unos diez años, se acercó a mí, me besó la mano y yo besé la suya al mismo tiempo, saludándolo como a un faqir. Enseguida animó a su compañero de juegos para que me saludara del mismo modo. Más tarde, me levanté para irme y saludé a la niña a la salida. Subí la pequeña colina entonando el testimonio de fe; los muchachos me observaron por un momento y enseguida volvieron a sus juegos. Regresamos al taxi y le conté al conductor la historia de cómo el Imam Shadhili había caminado todo el trayecto hasta Iraq buscando al gran sheij de su época, sólo para que le explicaran que, de hecho, debía regresar a Marruecos, a la cima de una montaña llamada Yabal Alam, a escasa distancia de su propia ciudad natal –un viaje que ahora nos disponíamos a emprender en un medio de transporte que, admitámoslo, es bastante más cómodo que el que disfrutaban en aquel entonces. El camino serpenteaba y ascendía a través de un espesa vegetación, y a medida que nos acercábamos a nuestro destino yo iba poniéndome cada vez más nervioso. Después de más o menos otra media hora, tomamos un desvío a la derecha que decía “Muley Abdessalam, 2 km.” Pasamos al lado de unas cuantas casas con unas vacas que pastaban fuera plácidamente, y entonces se me ocurrió pensar que, si bien los tres años transcurridos desde mi última estancia allí habían supuesto un torbellino de cambios y acontecimientos a nivel personal, el lugar no había cambiado lo más mínimo, y no era probable que lo hiciera a corto plazo. Unos minutos después llegamos al aparcamiento situado junto a la gran mezquita, al final de la calle principal del pueblo. Dimos las gracias al conductor, disculpándonos por la involuntaria ampliación de nuestro viaje, razón por la cual decidimos pagarle un poco más de lo que habíamos acordado en un principio. “No importa”, le dije, “tengo la oportunidad de visitar al santo”. “Sí”, contestó, “éste era su destino. El santo deseaba verlo a usted, y por eso lo llamó.” Le dije que esperaba que así fuera. Bajamos al pueblo y encontramos una casa de alquiler (no hay hoteles, pero la gente alquila sus casas a los visitantes). Elegimos la misma en la que nos habíamos alojado tres años antes. Esta vez tenía agua corriente, mientras que antes debíamos usar un pozo, así que, después de todo, las cosas habían cambiado un poco. Rezamos duhur en la casa, y luego me fui a visitar al santo. Atajé por el cementerio situado justo en lo alto del pueblo y ascendí a la cumbre de la montaña, deteniéndome sólo para tomar aire y reflexionar sobre el hecho de que no fuera capaz a subir cincuenta metros sin perder el aliento, mientras las mujeres ancianas, como una que pasó en ese momento junto a mí, pudieran subir y bajar todo el día sin cansarse. Contemplé la panorámica desde el lado oeste de la montaña mientras tomaba aire, y luego subí el resto del camino hasta llegar al “lugar más bello de la Tierra”.
El tronco del árbol crece desde el centro del recinto donde reposan Ibn Mashish, su hijo Muhammad y un hombre que solía trabajar a su servicio. [7] Sea o no cierto que el árbol crece directamente desde el corazón del santo, sin duda es un poderoso símbolo del gran linaje espiritual procedente de un hombre que nunca ambicionó la popularidad, que, hasta donde podemos saber, sólo tuvo un discípulo y que fue un perfecto desconocido para la gran mayoría de sus contemporáneos (Tadili no lo menciona en su Tashawwuf ni existe ningún indicio de que Ibn Arabi o Abu Madyan [8] oyeran hablar de él, aunque todos ellos vivieron en la misma época y prácticamente en el mismo lugar). Sin embargo, hay hombres a los que Dios simplemente no permite que pasen desapercibidos ante Sus criaturas, e Ibn Mashish es sin duda uno de ellos. El árbol que crece desde su tumba es un claro símbolo de eso. Es un espléndido ejemplo de la Arquitectura Sagrada diseñada y construida por el Creador mismo; puedo decir sin dudarlo que es la estructura más hermosa que haya visto, o que probablemente jamás vea, a menos que Dios me permita llevar a cabo el hayy [peregrinación a La Meca]. Alrededor de la tumba, que abarca un espacio de unos cien metros cuadrados, el suelo está cubierto con placas de corcho extraído de un bosque cercano, sujetas con clavos hechos con la dura madera que se encuentra bajo la corteza del alcornoque. Esto ofrece una superficie lo bastante suave como para andar sin zapatos, y así preservar la santidad de la tumba sin necesidad de construir un techo para evitar la lluvia, como sucedería en el caso de emplear alfombras. Me descalcé y comencé a proclamar el testimonio de fe a medida que me aproximaba a la tumba, deteniéndome al llegar a la pared de piedra. Saludé al santo, puse mi mano sobre la pared y la besé. Algunos podrían reprocharme esta conducta, pero yo creo que la etiqueta adecuada cuando saludas a un santo es siempre la misma, no importa si está vivo o muerto. [9] Cuando saludamos a un sheij vivo tomamos su mano y la besamos, y además besamos su cabeza; así debería ser también en el caso de aquellos que han fallecido. Más tarde, me senté a la sombra del árbol y recité la azora al-Waqi‘a y las letanías de la tariqa . Le pedí a Dios que recompensara a éste y a todos los santos, empezando por el Profeta (Dios lo bendiga y le de Paz), y al resto de musulmanes y creyentes. Luego, simplemente permanecí sentado y disfruté de la compañía del shaij. Hay un poema de un poeta japonés
del siglo XVIII llamado Issa, que dice: La brisa fresca,
Tenía razones para prestar atención a este poema durante el corto periodo de tiempo que permanecí con el santo en esa semana. Aparte de su evidente sentido exotérico, el poema intenta transmitir un significado sensual y, por lo tanto, también espiritual. La tranquilidad y la paz interiores que provienen de satisfacer un profundo anhelo es uno de los estados más elevados de la existencia humana, y esto se manifiesta tanto en el ámbito sensorial como en el espiritual, como de hecho ocurre con todas la cosas realmente importantes. El alivio del agua fresca y clara tras un largo periodo de sed o el abrazo de dos amantes después de una larga separación, ¿acaso no son reflejos de la verdadera paz interior, del verdadero alivio que proviene del encuentro con lo Divino? ¿no es su objetivo ofrecernos una muestra de lo realmente posible? El sheij Muley Suleiman, de la tariqa alawi, dijo en uno de sus poemas que “anhelar es llegar”. Es decir, cuando alguien anhela realmente a Dios, Lo encuentra en ese mismo instante. Como discípulos de la senda, no intentamos alcanzar el objeto de nuestro anhelo, sino más bien desarrollar este anhelo en primer lugar: no “deseamos a Dios” como tal, sino que “deseamos desear a Dios”, pues si en verdad Lo deseamos con todo nuestro ser, Él no nos rechazará, ya que ese deseo es la razón por la cual nos ha creado. Si como discípulos estamos intentando cultivar este anhelo y hacerlo realidad, una de las formas más directas de hacerlo es situarnos en presencia de alguien que ya lo haya conseguido, es decir, en presencia de un santo, vivo o muerto. Ver a alguien que anhela es ver al Hombre Verdadero, [10] y ello a su vez provoca en nosotros un profundo anhelo por seguir sus pasos, por ver a alguien que ha visto al Uno. Este es uno de los sentidos de la cadena espiritual de iniciación [11] y el significado de la wasila , el intermediario entre uno mismo y Dios, que Él nos ordenó buscar cuando dijo: “Buscad el medio para acercaos a Él” (Corán, 5:35). Esto no es shirk, idolatría, pues el shirk supone adjudicar atributos de Dios a otro que Él, mientras que buscar un intermediario hacia Dios es simplemente buscar a alguien que nos inspire el anhelo hacia lo Divino exclusivamente. Esta wasila, esta “brisa fresca” de la cual estamos hablando, puede encontrarse en muchos lugares diferentes. Un vista desde lo alto de una montaña o la extensión del desierto o el océano pueden llenarnos de un asombro causado por la Gloria de Dios; un versículo coránico en particular puede impactarnos de un modo totalmente incomprensible para nosotros; un elemento del ritual puede provocar que nuestros corazones rebosen de amor a Dios. Algunas personas rompen a lloran cuando ven la Kaaba por primera vez. El Profeta (Dios lo bendiga y le de la Paz) dijo: “La frescura de mis ojos está en la oración”. Otro origen de esta “brisa fresca” está en la compañía de los justos. “¡Qué dulce, el día de la reunión!”, exclamó Muley Suleiman en el mismo poema antes citado. Me senté junto a la tumba de Ibn Mashish y sentí sobre mí la ligera caricia de esa “brisa fresca”. Recordé la última vez que me había sentado en este mismo lugar, uno de los momentos más gloriosos de mi vida, que no concibo poder llegar a olvidar jamás. Fue en 2005 la primera vez que visité Yabal Alam. Tras haber pasado la tarde anterior con el santo, decidí ir después de la oración de fayir [oración de antes del amanecer] y recitar allí mi wird [letanías específicas de cada orden sufí]. Si no recuerdo mal, era mayo, y especialmente frío en la cima de la montaña. Sólo había otra persona allí, un hombre dormido envuelto en una gruesa capa de lana. Me senté sobre uno de los soportes que sujeta en su lugar el viejo árbol y recité mi wird. Mientras lo hacía, una adolescente que vestía la tradicional ropa de lana blanca de la zona se acercó y saludó al santo. Permaneció de pie junto a la pared de la tumba, puso su mano sobre ella y luego la besó varias veces en distintas partes. No había ruido alguno que no fuera el de las cuentas de mi rosario y el ligero sonido de los besos de la muchacha sobre la piedra. Luego dio media vuelta y bajó la montaña por donde había venido. No sabría decir exactamente qué lo provocó, pero algo en la sencilla belleza de aquella acción me emocionó profundamente. La muchacha no tenía razón alguna para subir hasta allí, excepto presentar sus respetos al santo, lo cual hizo a pesar del frío y de la hora tan temprana. Sin duda, cuando llegara a su casa tendría un montón de tareas que hacer; pude imaginar que no tendría una vida fácil. Quizás debería ir a sacar agua del pozo, ordeñar las cabras o las vacas y sacarlas a pastar, llevar a lavar a la fuente la ropa de su familia, amasar y hornear el pan, y hacer todas las demás cosas que se esperan de una mujer joven en sociedades tradicionales como ésta. Sin embargo, ella encontró tiempo para venir y expresar su amor hacia el santo con gran ternura y una sinceridad evidente. Es muy probable que muchas personas se opondrán a esto y dirán que es un atraso, una superstición o una herejía; sólo puedo sentir pena por quienes piensan así. En mi caso, todo lo que pude hacer fue concentrarme en mi wird y esperar que algún día Dios me conceda una sinceridad como ésa. Esta sigue siendo mi esperanza hasta el día de hoy. Así que, tres años
más tarde, me senté en el mismo lugar, pensé en aquel
momento y escuché los sonidos a mi alrededor. El santuario de Ibn
Mashish es un lugar de culto constante, donde los descendientes del santo
recitan el Corán a todas horas. Estaban acabando su cuarta recitación
completa del Corán cuando llegué. Luego comenzaron a recitar
plegarias a favor de los visitantes que, como yo, permanecían sentados
junto a la tumba. Algunas personas les daban dinero para que rezaran y
pidieran por ellos. Yo también les di algún dinero y rezaron
por mí y mi familia. Una vez más, hay muchas personas que
se oponen a esta práctica, pero la menciono aquí con la intención
concreta de explicarla tal y como yo la entiendo: La vida en Yabal Alam es dura. En invierno, la montaña es heladora y queda cubierta por la nieve; en verano, el sol cae a plomo durante el día y el viento sopla frío por la noche. La tierra únicamente produce alcornoques a los que sólo se les puede arrancar su corteza una vez cada diez años. Las cosechas no crecen en un suelo así, aún cuando éste fuera lo bastante plano para cultivarlo. No hay razón lógica para que exista una población allí, y de hecho no existió ninguna hasta la llegada de Ibn Mashish. Precisamente por esta razón eligió el lugar. Allí podía orar, estudiar con su sheij, al-Zayyat, cuando éste se encontraba cerca, y cuando no, podía estar a solas con su Señor. En los años posteriores a su muerte, la gente comenzó a oír hablar de Ibn Mashish y de su grandeza, e iban a visitarlo. Sus descendientes se encargaron de mantener su tumba y los alrededores de ésta, como son la mezquita donde rezaba y el manantial donde realizaba sus abluciones. Ellos sacrificaron sus vidas para conservar el lugar, de modo que la gente pudiera visitarlo y presentar sus respetos. ¿Cuántas tumbas de grandes santos que vivieron y murieron en Marruecos y en todo el mundo musulmán nos resultan completamente desconocidas porque nadie ha permanecido allí para garantizar su conservación? ¿Y cuántas mezquitas y mausoleos donde el nombre de Dios fue mencionado en su momento han quedado en ruinas porque las personas se fueron de allí en busca del dunia , la vida mundana de los beneficios materiales? Habría sido bastante fácil para la gente abandonar Yabal Alam, trasladarse a las llanuras más meridionales, donde el suelo es más fértil, y buscar fortuna allí; o cultivar hachís en los valles para vendérselo a los europeos. Pero no lo hicieron. Prefirieron quedarse, llenar la cumbre de Yabal Alam con el dikr [recuerdo de Dios] y el Corán durante ochocientos años, y seguir haciéndolo hasta el día de hoy. El dinero que les dan los visitantes no es mucho, una vez que se lo reparten entre ellos. Podrían vivir una vida más cómoda si así lo quisieran; sin embargo, eligieron servir a Dios sirviendo a Su santo y a quienes deseen visitarlo. Radiya Allahu anhum [que Dios esté complacido con ellos]. Regresé junto a mi familia, y después del maghrib [oración del anochecer] subimos todos juntos. Sara es una descendiente directa de Ibn Mashish por parte de padre, y por eso le dije a mi hijo: “¡di salam [es decir, saluda, deséale la paz] a tu abuelo!” Nos sentamos en el banco elevado que hay junto a la tumba, recitamos el wird y luego observamos a la gente que acudía en grupos de dos o tres a presentar sus respetos al santo. Algunos de ellos encendieron velas, una práctica común en los mausoleos de Marruecos. No sé si la tomaron de los cristianos, pues en Marruecos nunca ha habido muchos, aunque sí judíos. De todos modos, tampoco sé muy bien de donde tomaron los cristianos la práctica de encender velas. En cualquier caso, mi educación fue nominalmente católica, y aún recuerdo cuando iba a la iglesia, caminaba sobre el suelo de piedra y olía los bancos de madera, los reclinatorios de cuero y, por supuesto, la cera de la velas. Aunque por entonces yo no era religioso en absoluto, todavía llegó a asociar todas esas cosas con lo sagrado, e incluso hoy en día, si hay un corte de luz y tenemos que encender velas, experimento una sensación de espiritualidad bastante acusada. Sin embargo, no encendí ninguna vela para el santo, en parte porque no sé exactamente la razón por la cual se hace, y en parte porque mi educación católica convertiría la acción en algo demasiado cercano al sincretismo (combinación de rituales de distintas religiones) como para sentirme cómodo. No obstante, reconozco que hay algo poderosamente simbólico en la acción de encender una vela: aunque sea por un momento infinitamente breve, nos sumamos a la totalidad de la luz del universo. Sara me preguntó qué estaba pensando y le dije que allí, en ese “lugar de todos los lugares”, tengo una sensación de completa seguridad. A lo largo del viaje dispuse de mucho tiempo libre y pude terminar de leer el libro de Rama Coomaraswamy titulado The Destruction of Christian Tradition , que explica la capitulación definitiva de la Iglesia Romana frente al Protestantismo, la cual llegó en la forma del Concilio Vaticano II. Lo que ha ocurrido con el Cristianismo en los últimos siglos representa una lección para los musulmanes. Los reformistas surgieron con la intención de “llevar a la Iglesia de vuelta a sus raíces”, “regresar a las Escrituras” y todo lo demás, siendo lo bastante enérgicos y elocuentes como para convencer a la gente de que su religión necesitaba ser “reformada”. ¿Y cuál ha sido el resultado? Tras la Reforma, la Ilustración y la separación entre Iglesia y Estado, el Cristianismo ha dejado de ocupar un lugar central entre sus propios seguidores. Se ha convertido en algo completamente secundario en sus vidas. Los misioneros siguen yendo al extranjero, pero por cada persona que convierten, cinco apóstatas regresan al punto de partida. Incluso la mayoría de los que practican su fe, lo hacen a un nivel completamente sentimental, y no espiritual o intelectual. Unos pocos intentan resistir portando la bandera del “tradicionalismo”, pero están combatiendo en una batalla perdida. En cualquier mezquita del mundo islámico podemos ver a fieles sentados en el exterior durante la oración del viernes, porque la sala de oración está llena de gente. ¿Cuándo fue la última vez que pudo verse una iglesia llena hasta los topes? Entre los musulmanes también hay quienes desearían “reformar” su religión. Tratan de acabar con la tradición, la superstición y la “idolatría oculta”, [12] y regresar al “Libro y la Sunnah”, como sí, de algún modo, estos dos fundamentos de la fe hubieran sido abandonados. Todo esto se une a una especie de alocado modernismo según el cual no solo está bien visto construir hoteles y centros comerciales que se elevan por encima de los santos lugares [de Meca y Medina], sino que además presenta ese hecho como si fuera una virtud...¡qué magníficas vistas puede tener desde su habitación del hotel! Además, los centros comerciales disponen de hermosas salas de oración para que los fieles puedan llevar a cabo el salat [oración ritual] entre la película y la ronda de bolos, y las cafeterías que sirven “cerveza sin alcohol” son obligadas a cerrar durante el horario de la oración. Todas estas acciones y actitudes están respaldadas por fatawa [sg. fatwa, pronunciamiento jurídico] de “expertos” deseosos de abrazar este reformismo moderno. [13] Los cristianos tuvieron su reforma, y la civilización moderna es el resultado. Algunos musulmanes parecen realmente dispuestos a seguir sus mismos pasos. Si no aprendemos de los errores de los demás, estamos condenados a repetirlos. Sin embargo, aquí, en la montaña, y gracias al santo, me siento completamente a salvo de todo esto, en la certeza de que, no importa por donde se difundan tales ideas, nunca llegarán a este lugar. El pueblo existe gracias al santo. Si el santo no estuviera aquí, la gente no vendría y el pueblo desaparecería. Todo esto se debe a la baraka [bendición] de Ibn Mashish. Todo el que vive aquí obtiene su sustento gracias al santo, o podríamos decir que Dios provee para ellos a través de Su amigo. Todos lo aman no solo como una figura religiosa, sino también como a un padre. ¿Cómo podría esta gente abandonarlo? Así que me sentía como si estuviera en una fortaleza que resiste frente a todas las fuerzas que tratan de socavar las tradiciones espirituales de esta religión. Mientras la gente siga viniendo, el santuario se mantendrá; mientras el santuario se mantenga, la gente seguirá viniendo. Mientras charlábamos, dos niñas, de unos cuatro y seis años, se acercaron al santo, besaron la pared y luego corrieron hacia su madre para recibir la felicitación de ésta. Le dije a Sara que ese gesto encarna todo lo que siento por este lugar sagrado, y la esperanza que experimento cuando me encuentro allí. Nos sentamos en silencio por un
momento y observé la luna ascendiendo con firmeza entre las ramas
del gran árbol que arranca desde el corazón de Ibn Mashish.
Una señora mayor se acercó a la tumba, puso su mano sobre
ella y dijo: “¡La paz sea contigo, santo de Dios! Que Dios te perdone
y te ofrezca la abundancia.” Luego siguió su camino. Yo recité
en voz baja un poema de Muhammad ibn Habib Buzidi, uno de los descendientes
espirituales de este gran sheij, hasta que sonó la llamada
a la oración de isha [oración de la noche]. Sara y yo acudimos a la tumba tras la oración de fayir para intentar sacar una foto del lugar al amanecer. Una vez que llegamos arriba, nos dimos cuenta del frío que puede llegar a hacer en la cumbre de la montaña. Había unos diez hombres durmiendo allí, probablemente visitantes que no encontraron ninguna habitación para alquilar, o que no podían pagarla. Estaban envueltos en mantas y abrigos, y todos, excepto uno, estaban dormidos. El viento era feroz y estaba claro que no podríamos permanecer allí durante una hora, hasta la salida del sol. Hicimos un par de fotos a la tumba y después nos fuimos. En el trayecto de bajada le hablé a Sara de los cuentos galeses tradicionales que me narraba mi padre, donde las montañas son seres vivos que de vez en cuando deben hacer recordar a los hombres que ellos no son sus dueños. Conseguí hablar con la madre de Sara –ella misma una descendiente del Profeta (Dios lo bendiga y le de Paz) a través de Muley Idris– sobre su opinión acerca de las prácticas abusivas dentro de la cultura de los morabitos. [14] Ella misma no era muy partidaria de estas cosas, a pesar de ser una sharifa [descendiente del Profeta]. Su propio padre, sin embargo, fue un sufí de la tariqa darqawi. Yo heredé su rosario, pues el resto de la familia no está realmente interesada en el sufismo. Esto es algo habitual en Marruecos, donde la generación surgida tras la independencia se opuso rotundamente a las actitudes de sus padres. Ella es una musulmana piadosa, pero no tiene tiempo para lo que considera tradiciones basadas en la ignorancia (y, desde luego, tiene razón hasta cierto punto). Se opone en particular al dinero que circula de mano en mano. Le puse un ejemplo que me explicó un sheij en Fez, cuando le dije que planeaba visitar a Ibn Mashish: imagina que tienes un amigo muy querido al que te encanta visitar. El único problema es que tu amigo es un auténtico amante de los gatos, y debe de tener unos treinta de ellos en su casa. Así que, cada vez que vas a visitarlo, tienes que acudir primero al carnicero y comprar algunos trocitos de carne para dárselos a los gatos de tu amigo. Es algo de lo que no debes lamentarte. Puede que a ti no te gusten los gatos, pero a tu amigo sí. Fuimos a uno de los manantiales que brotan de la montaña, donde la gente acude a lavar su ropa. Eché un vistazo a los árboles, pelados hasta las primeras ramas, y volví a pensar en la larga espera hasta que creciera de nuevo su corteza, para así poder obtener y vender más corcho. De todos modos, el corcho ha sido reemplazado en gran medida por el plástico en todo el mundo, lo cual resultaba evidente debido a las bolsas de plástico enredadas en las ramas de los árboles de toda la zona. Este es un claro ejemplo de cómo el mundo moderno ha impactado sobre el estilo de vida tradicional que existía antes. Hace algunas décadas no había plástico y por eso todo lo que se tiraba era biodegradable. La gente todavía no se ha acostumbrado a la idea de que todo este material no se va a ningún lado y que permanecerá aquí hasta mucho tiempo después de que nosotros nos hayamos ido. Por eso buena parte del mundo moderno es tan feo. Tal vez sólo se trate de un falso sentimentalismo, un anhelo de una “edad de oro” que nunca existió, pero yo no creo en absoluto que sea así. En la parte de arriba de la colina, unos hombres sacrificaron una cabra y luego la colgaron de un árbol para desollarla. Supongo que aquí no son necesarios los mataderos. Así es como antes solía ser en todas partes. Por la tarde volvimos junto al santo para ver la puesta de sol. Mi hija se sentía enferma y se veía muy pálida, casi azul a causa del frío, de modo que descendí corriendo al pueblo para traerle algunas prendas de abrigo. Cuando regresé, algunas señoras con aspecto de provenir de alguna ciudad, quizás Tánger, se habían reunido frente a la tumba. Entonaron algunas odas sagradas y luego la famosa Salat al-Mashishiyya, oración dedicada al Profeta (Dios lo bendiga y le de Paz) y compuesta por Ibn Mashish. La cantaban a una sola voz (era evidente que estaban acostumbradas a hacerlo) con una melodía muy hermosa que no había oído antes. A continuación comenzaron a cantar algunos poemas con estribillos, los cuales sonaban exactamente igual a los que cantamos en la zawiya . Nunca antes había oído cantar a las mujeres de esa manera. Sara me dijo que ella sí, pues su tía solía reunirse con un grupo de mujeres sufíes, faqirat, como ellos las llaman. Sin embargo, esto es mucho menos habitual en las grandes ciudades actuales, debido a todo el movimiento de población. Lo genuino se encuentra aquí, en el campo, donde todo el mundo se conoce. Me senté a un lado y observé la puesta de sol, mientras cantaba junto a quienes conocían la letra de los poemas. Más tarde, entramos en la mezquita y rezamos maghrib . Después de la oración, Sara me dijo que nuestra hija todavía parecía muy enferma, de modo que decidimos regresar a la casa y protegernos del frío. Nos preparamos para viajar por la mañana, así que eso significaba despedirse del santo. Acudí a la reunión de los recitadores de Corán y les pedí que rezaran por mi hija enferma. Así lo hicieron. Escribo esto menos de veinticuatro horas después, y ya está completamente restablecida. Me acerqué al sheij
por última vez, me senté y oré por él.
Le pedí a Dios que me perdone y que tenga misericordia de mí,
que me guíe y perdone también a mi familia y amigos. Traté
de recordar tantos nombres de Dios como pude, y Le pedí que aceptara
todas mis peticiones en honor de este santo Suyo y en honor a todos Sus
santos, empezando por el Profeta (Dios lo bendiga y le de Paz). Sentí
una profunda tristeza en mi corazón por tener que irme, y siento
esa tristeza ahora, mientras escribo esto, cuando ya he vuelto a casa. Pero
luego me acuerdo de que, como el sheij mismo afirma al final de su
Salat al-Mashishiyya, Dios dice: “En verdad, Quien ha creado el Corán te traerá de regreso al hogar una vez más” (Corán, 28:85). NOTAS.- [1] Traducción, extracto y adaptación del texto publicado en: http://muridslog.blogspot.com/2008/07/searching-for-saints-in-northern.html Versión en castellano elaborada por el equipo de traductores de Alif Nûn . (Nota de la Redacción). [2] Para más información sobre la ciudad de Fez, véase Sonia Ouajjou , Los espíritus de la medina de Fez , Bellaterra, Barcelona, 2003; Abdellatif Laâbi , Fez es un espejo , Oriente y Mediterráneo, Madrid, 2004; Enrique Gómez Carrillo, Fez, la andaluza , Universidad de Granada, Granada, 2005; Titus Burckhardt , “ Fez, ciudad del Islam ”, revista Alif Nûn nº 47, marzo de 2007. (Nota de la Redacción). [3] Esta es la práctica habitual de nuestra tariqa [orden sufí]. Sheij al-Alawi animaba a los fuqara [sg. faqir, lit. “pobre”,es decir, los seguidores y discípulos de la orden] a recitar este capítulo todos los días. (Nota del autor). Para más información sobre Sheij al-Alawi , véase Martin Lings , Un santo sufí del siglo XX , Olañeta, Palma de Mallorca, 2001. (Nota de la Redacción). [4] Para más información sobre la figura de Abu al-Hasan Shadhili, véase Miguel Asín Palacios , Šâdilîes y alumbrados , Hiperión, Madrid, 1990. (Nota de la Redacción). [5] La profesión o testimonio de fe ( shahada) consiste en decir “No hay más Dios que Dios y Muhammad es el Profeta de Dios” ( La ilaha illa Allah Muhammad Rasul Allah). (Nota de la Redacción). [6] Para más información sobre la figura de Ibn Mashish, véase Miguel Asín Palacios , Šâdilîes y alumbrados , ob. cit. (Nota de la Redacción). [7] La tumba de la derecha, de la cual suele decirse que alberga los restos de al-Zayyat, el sheij de Ibn Mashish, es en realidad su lugar sagrado de retiro y ahora reposa en su interior el cadáver de un líder tribal del siglo XX. También se dice que Al-Zayyat está enterrado en la ciudad costera de Targha, donde es conocido por la gente como “el faqih [alfaquí, experto y profesor de ley islámica] de Ibn Mashish”. Otros relatos afirman que regresó a Medina, donde vivió antes de venir a Marruecos, y que murió allí. [8] Para más información sobre la figura de Ibn Arabi , véase Toshihiko Izutsu , Sufismo y taoísmo. Ibn 'Arabi. Vol.I , Siruela, Madrid, 1997; Miguel Asín Palacios , Amor humano, amor divino: Ibn Arabi , El Almendro, Córdoba, 2002; Rodrigo de Zayas , Ibn 'Arabi de Murcia. Maestro de Amor, santo humanista y hereje , Almuzara, Córdoba, 2007; William C. Chittick , Mundos Imaginales. Ibn al-Arabi y la diversidad de las creencias , Mandala, Madrid, 2003; Pablo Beneito El viaje interior entre oriente y occidente: La actualidad del pensamiento de Ibn 'Arabi , Mandala, Madrid, 2008. Para más información sobre la figura de Abu Madyan, véase Terry Graham, “Abu Madian, un sufí español representante de la gnosis de Jorâsân”, revista Sufí nº 3 , Nur, Madrid, Primavera / Verano de 2002; Sheij Ahmad al-'Alâwî , El fruto de las palabras inspiradas. Las enseñanzas de Abû Madyan de Sevilla , Almuzara, Córdoba, 2007; Claude Addas, “Abû Madian e Ibn ‘Arabî: dos gigantes del sufismo andalusí”, revista Alif Nûn nos 74 (septiembre de 2009) y 75 (octubre de 2009) . (Nota de la Redacción). [9] Por supuesto, para los santos, los dos estados son iguales, pues los santos nunca mueren. [10] También conocido como “Hombre Universal” (al-insan al-kamil ). Para más información, véase Abdal-Karim al-Yili, El Hombre Universal , Mandala, Madrid, 2001. (Nota de la Redacción). [11] La cadena espiritual de iniciación (silsila) es la relación de todos los maestros sufíes de una determinada orden, la cual debe remontarse hasta el Profeta Muhammad mismo. (Nota de la Redacción). [12] La verdadera idolatría oculta no es el “culto a los santos”, sino la ostentación, el orgullo y la práctica de actos religiosos para complacer a otro que a Dios. Todos los musulmanes corren el riesgo de caer en ella, no sólo los sufíes “atrasados”. [13] Para más información, véase Tariq Ramadan , El reformismo musulmán , Bellaterra, Barcelona, 2000. (Nota de la Redacción). [14] En los países musulmanes del Magreb, un morabito (del árabe murâbit ) es una persona considerada especialmente pía a la que popularmente se atribuye cierta santidad. La misma palabra designa, por extensión, bien el lugar donde vive el morabito, una especie de ermita situada en algún lugar por lo general despoblado, o a la tumba de un personaje de estas características, que es objeto de veneración popular. En castellano, el culto a los morabitos suele denominarse “morabitismo” o “marabutismo”, término éste último tomado del francés maraboutisme. Para más información, véase El Hassane Arabi , Magia y superstición: santos y santuarios de Marrueco s, Clan, Madrid, 2006. (Nota de la Redacción). A Portada |
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