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LOS MUSULMANES
Y LA INTEGRACIÓN EN EUROPA [1] Zafer Şenocak y Abdelkader Benali [2] En su correspondencia, Zafer Senocak,
uno de los más destacados y versátiles escritores alemanes
de origen turco, y Abdelkader Benali, renombrado novelista y autor holandés
de origen marroquí, dialogan sobre sus respectivas experiencias
en dos culturas diferentes y los problemas de integración a los que
se enfrentan los musulmanes de hoy en día. Berlín, 30 de marzo de 2006.
Estimado Abdelkader:
Mi madre, en cambio, era profesora en una escuela primaria y procedía de una familia de funcionarios laicos. Su padre era un juez perteneciente a la primera generación de abogados de la república turca. La familia de mi madre asociaba el Islam con las clases bajas, simbolizado por el velo de las campesinas y las criadas. Para ellos, el Islam era la principal razón del atraso del país. ¿Acaso los hojdas no habían impedido el progreso durante siglos, con sus cuestionables sentencias legales? Incluso habían prohibido la introducción de la imprenta, por temor a que semejante máquina pudiera ser usada para copiar el sagrado Corán. Por otro lado, Atatürk había liberado a las mujeres de su reclusión social, había situado las verdades de la ciencia y la investigación por encima de las de la religión y había iniciado un proceso de Ilustración. En un ambiente como éste, mi padre, con sus opiniones y convicciones religiosas, resultaba ser un intruso. Pero su condición de intruso siempre me ha fascinado. Era un hombre con dotes artísticas y mucho más abierto que los estrictos kemalistas en lo que respecta a las cuestiones de arte y las convenciones sociales. ¿Por qué luchaba realmente mi padre? ¿por su papel como hombre, por su fe, por su dignidad, por la democracia y los derechos humanos? Al menos en mi caso, el llamado “choque de civilizaciones” se libró dentro de mi propia familia. Siempre he considerado la tensión como algo de lo cual puede surgir una energía creativa, y por eso me siento muy feliz en el papel de observador de estos distintos mundos y valores, a pesar de que muy a menudo me doy cuenta de que el diálogo sobre cuestiones de fe sólo es posible hasta cierto punto. De todos modos, quienes están comprometidos con la ilustración y creen en la responsabilidad individual, y quienes están comprometidos con la fe y se consideran criaturas de Dios, dependen unos de otros. Los primeros recuerdan a la gente su potencial creativo, y los segundos sus limitaciones. Lo uno sin lo otro conduce a la esclavitud. La Turquía de los años sesenta ya no existe. El velo ya no es un símbolo de la clase baja, sino de las mujeres que desean estudiar pero lo tienen prohibido por llevarlo. Incluso la mujer del primer ministro lo lleva, y por esa razón no se le permite asistir a las recepciones oficiales del Estado turco. Resulta una paradoja que el régimen que deseaba liberar a las mujeres de su aislamiento les impida ahora aparecer en público. Es normal que las mujeres musulmanas lo consideren una discriminación. Pero, por otra parte, ¿qué tipo de religión es éste que te dice qué ropa debes usar? ¿Qué tiene que ver Dios con el sexo? ¿Por qué el hombre debe ser protegido del atractivo femenino? ¿No sería la vida más hermosa si nosotros (los hombres) pudiéramos observar esos atractivos en todo su esplendor? ¿Qué ventaja obtienen las mujeres de estas restricciones? Durante mucho tiempo, la gente pensó que estas cuestiones religiosas ya habían sido superadas, al menos desde la época de la liberación sexual. Pero la liberación sexual nunca llegó a las sociedades islámicas, sobre todo porque se trata de un fenómeno específicamente cristiano-occidental. En la cultura islámica, el sexo no necesita ser liberado de su supuesta conexión con la obscenidad. Es simplemente eso: un fenómeno natural. Pero debe ser regulado, al igual que todo lo demás, [4] y enseguida se convierte en una cuestión de honor, siempre visto desde la perspectiva masculina. Es casi imposible imaginar más tendencia hacia el orden y la disciplina que en la sociedad musulmana. De hecho, en ese sentido, es muy alemana, aunque la necesidad de orden y disciplina ya no es tan popular en Alemania desde la caída de Hitler. En Alemania se están produciendo animadas discusiones sobre asuntos como la baja tasa de natalidad y el declive de la familia, y abundan los debates sobre valores morales. Hace sólo diez años, la gente en Alemania estaba hablando sobre la sociedad del bienestar. Todo el mundo parecía estar de fiesta. Esto demuestra lo rápido que los tiempos cambian. Tal vez sea ésa una de las causas de esta sensación general según la cual la gente parece no saber a dónde ir ni qué debe hacer. A veces tengo la sensación de que aquí la gente envidia a los musulmanes por sus amplias e “intactas” familias y por su sentido colectivo de pertenencia a la comunidad. Sin embargo, ¿desea Occidente
hacer su sociedad más accesible para los inmigrantes musulmanes?
¿exige de ellos más respeto y lealtad? Cada vez me parece
más sugerente la idea de que todo el proceso de inmigración
posee un componente erótico: ambas partes sólo pueden unirse
en tanto exista una atracción mutua entre ellas.
Nos conocimos en Maastricht, la ciudad donde se firmó el famoso tratado que abrió el camino a la unidad monetaria europea. En aquella época, esa “idea de Europa” (como de Gaulle hubiera dicho) era considerada como una trampa por mucha gente trabajadora. Nada bueno podía provenir de ella. Desde entonces se han alzado muchas voces contra el gran mundo en el que vivimos; nuestros dirigentes han sido despreciados y les está bien empleado, pero parece que incluso los más firmes oponentes a esta Europa se han moderado o al menos han rebajado el tono de sus anteriores críticas. Hoy en día, el tema estrella es el Islam en Europa y la cuestión de si las leyes, la moral y las normas sociales de los musulmanes son compatibles con la sociedad laica predominante. En lo que respecta a este asunto, me siento confuso y atemorizado, sobre todo después de lo ocurrido en Ámsterdam con Theo van Gogh [6] y con la aparición de un gobierno de derechas que ha lanzado un programa político de contención contra los musulmanes. Entre la gente de la calle existe la idea de que nada bueno puede venir de los musulmanes. La conducta de éstos es retrógrada, y como argumento para justificar este punto de vista señalan el velo que cubre y reprime a las mujeres, la manera en que los musulmanes sacrifican sus corderos en la Fiesta del Sacrificio o la retórica antioccidental en lo referente a cuestiones como la globalización [7] y la separación entre Iglesia y Estado. De repente me he visto como un autor
procedente de un entorno musulmán que puede decir a la sociedad
bienpensante cómo tratar con esta parte “homogénea” de la
población. Cuando la gente me pregunta lo que pienso, siempre busco
la manera de ser provocador. Creo que un escritor debe resultar molesto,
sobre todo hoy en día, con tanto revuelo como se está levantado. - “¿Cómo vamos a resolver el problema con los musulmanes?”, me pregunta la gente. La discusión no ha terminado
todavía. La gente inteligente que ha encontrado a un escritor
holandés de origen marroquí que está dispuesto a
debatir sobre cualquier tema, desde el Islam en el Valle de las Palmeras
en el sur de Marruecos hasta la quinta sinfonía de Mahler, puede
llegar a ser muy, muy persistente. - “Pero invocar el amor y la paz es diferente a invocar el yihad y la muerte del infiel. Esta generación no muestra ningún respeto.”
Pero el mundo globalizado también abre nuevos campos de actividad y espacios de comunicación. ¿Es simple casualidad, por ejemplo, que ahora mismo nos estemos comunicando a través de un medio que es un producto específico del mundo globalizado? Cuando la gente habla del fracaso de las sociedades multiculturales, en mi opinión sólo está expresando su incapacidad para afrontar los desafíos del mundo globalizado. Y el elemento clave de esta incapacidad es el miedo. Miedo a perder los senderos trillados que uno ha transitado, las formas de expresión que ha empleado, las monedas con las que está acostumbrado a pagar...en todo momento, lo conocido puede convertirse en desconocido, en algo nuevo. Estas constantes transformaciones no se perciben como algo emocionante y enriquecedor sino como una amenaza, en especial desde que se asocian a menudo con la pérdida de poder económico y político. Cuando los “trabajadores invitados” fueron traídos a Europa hace medio siglo, nadie pensaba en el peligro del Islam. Hoy en día se escriben libros que pronostican un mundo controlado por los musulmanes. El “fascismo” musulmán pone en peligro la “libertad” occidental, escriben. Pero estos escenarios sólo distraen la atención de los verdaderos problemas. Hace poco vi una estadística que mostraba que en los últimos años se ha vuelto muy difícil para los jóvenes de origen turco conseguir una plaza de formación profesional. El número de los que acceden a estas plazas ha disminuido en casi un tercio, mientras que el número de alemanes al menos sigue siendo el mismo, y en algunas partes del país incluso ha aumentado. ¿Qué sucederá con esos jóvenes hombres y mujeres? ¿qué futuro les espera? ¿es posible integrar en la sociedad a una población que ni siquiera tiene cubiertas las necesidades básicas para vivir? Nuestra sociedad produce marginados en serie. Muchos de estos jóvenes no tienen nada que ver con la religión. Les da lo mismo si el almuédano llama a la oración o si la iglesia hace sonar las campanas. Sin embargo, para la opinión pública siguen siendo “musulmanes”: incapaces de integrarse, terroristas en potencia, misóginos, homófobos, etc. Es cierto que estamos asistiendo a un embrutecimiento de las conductas y también, hasta cierto punto, a una radicalización de las opiniones. Muchos jóvenes crecen en un ambiente muy tradicional cuyos valores y normas entran fácilmente en conflicto con los de una sociedad libre y pluralista, pero juzgar este fenómeno social en términos teológicos no conduce a ningún sitio. Hay unos 120.000 iraníes que viven en Alemania y en su mayor parte se adscribe a la fe musulmana, pero nunca oímos hablar de ellos cuando se discute sobre “los peligros” del Islam. Ello se debe a que casi todos estos iraníes son de clase media, y algunos incluso de clase alta. Por otro lado, cientos de miles de turcos entraron en el país durante los años sesenta para llevar a cabo el trabajo sucio en las minas de carbón y los túneles del metro, y se han convertido en varios millones de individuos de clase baja con pocas oportunidades de ascender en la escala social. Los trabajos que solían desempeñar simplemente ya no existen y las personas que los hacían simplemente ya no son necesarias. La mayor parte de la población turca de Alemania tiene poca formación y sus hijos fracasan en la escuela. Cualquiera que sea capaz de arrastrarse fuera de este agujero –y son bastantes los que lo hacen– realmente ya ha logrado algo. Este es el verdadero escándalo del que deberíamos hablar. El debate intelectual sobre el Islam es un debate inútil. No llega a las personas que podrían sentirse aludidas. Es una cuestión relegada a la sección cultural de los periódicos. Pero volvamos al fenómeno del miedo. A veces tengo la costumbre de cambiar mi punto de vista cuando escribo sobre este fenómeno: dejo de ser uno de los que asusta a los demás y me convierto en alguien que se asusta de mí. Me imagino que soy uno de esos alemanes que ha vivido en la misma zona de Berlín durante décadas. Trabajo en una pequeña empresa que está amenazada de cierre. Estoy llegando a los cincuenta y son pocas las posibilidades de encontrar otro empleo. Y ahora quieren construir una mezquita en la zona donde vivo; personas con aspecto extraño que siempre deambulan en grupo van a reunirse allí para rezar. Me he enterado por los medios de comunicación de que esa gente no sólo se reúne allí para decir sus oraciones. Y, de todos modos, su aspecto extraño, sus ropas extrañas y su alemán extraño me irritan. Quiero vivir en Alemania con gente como yo; al fin y al cabo, es mi país. ¿Qué están haciendo aquí esos extranjeros? Mi vecino me ha dicho que la mayoría de ellos vive de la asistencia social a nuestra costa. También me dice que estamos en vías de desaparecer y que esos “morenos” heredarán todo lo que hemos construido con tanto esfuerzo a lo largo de los años...además, se reproducen como conejos. Sin embargo, cuando participo en
mesas redondas o doy conferencias no escucho tales argumentos. En estos
casos oigo que los turcos no quieren integrarse o simplemente que hay
demasiados en este país.
La poesía no cambia nada, y añadiría que tampoco las novelas, los cuentos o los ensayos ocasionales. Estoy totalmente de acuerdo contigo en que los escritores deberían pedir calma allí donde la sociedad se muestra impaciente y exige soluciones inmediatas a antiguos problemas que durante tiempo han sido ignorados. Me encanta escribir pausada y detalladamente, pero también pienso que cuando la urgencia nos exige hablar en alto y poner énfasis en el Zeitgeist [el espíritu de los tiempos], y además ves las cosas con claridad donde otros sólo observan una imagen borrosa, entonces debes hacerlo. Sin embargo, estoy cada vez más cansado. Creo que es un error pedir a los escritores –sobre todo a los que, como nosotros, cuentan con una gran experiencia en dos culturas– que establezcan las bases para el futuro. No podemos conocer el futuro. Por supuesto, creo en hacer planes y en establecer los cimientos del sentido común que permita a la gente unirse en su lucha contra la injusticia social. No obstante, pueden suceder cosas impredecibles a lo largo del camino. Pero permíteme que te hable de algunos de los errores cometidos por nuestros gobernantes actuales. Por ejemplo, el error de no tender la mano a las clases bajas para mejorar su situación, y en vez de eso, atribuir sus problemas sociales a la religión. Este es un error que los franceses están pagando, como hemos podido ver en los banlieues [suburbios de las ciudades francesas]. [9] Otro problema es que Europa sigue siendo en gran medida una confederación de estados. En otras palabras: cada país es profundamente nacionalista. Históricamente, Europa siempre ha enfatizado las diferencias entre los estados. Las muertes de la Segunda Guerra Mundial se produjeron en nombre de esta idea de la diferencia, absurda pero factible. Esa es también la razón por la cual la idea de Europa no resulta atractiva hoy en día. No hay ninguna identidad por la que luchar, pues Europa fue creada sobre una idea de paz basada en el mutuo interés económico. Se trata de un delicado equilibrio que todavía se mantiene. Así, podemos entender porque Europa tiene tantos problemas para aceptar a los inmigrantes como iguales: significa contradecir esta idea consistente en mantener la diferencia, la cual ha imperado en el continente durante cientos de años. El inmigrante debe seguir siendo diferente para no acabar con el sueño nacionalista. Y cuando los inmigrantes comienzan a reclamar su igualdad sobre la base de los ideales de la Revolución Francesa, ello encaja difícilmente con la idea de nacionalismo. La “escoria” de la tierra encontró refugio en el socialismo durante el siglo XX. Esta ideología que apelaba al universalismo y la redención de los condenados funcionó en muchos casos, pero recibió un golpe con la caída del Muro. El socialismo murió y los partidos políticos dirigieron su atención a la nueva clase media que procedía de las antiguas clases bajas. Pero hoy en día existe una nueva clase baja: todas aquellas personas de diferentes orígenes que no encajan en la idea de Europa ni encuentran su camino en el socialismo de la tercera vía. Ellos son los nuevos huérfanos. Ser huérfano te obliga a ser independiente. No puedes evitar ser independiente, pues nadie se ocupa de ti. Esta idea, este desafío crea grandes individualidades, pero deja al grupo desorientado. Las nuevas formas de Islam atraen a muchos de estos huérfanos, y entiendo la razón. Desean una identidad (aunque ésta pueda ser ilusoria) y una estabilidad que pueda proteger al huérfano que llevan dentro. Crean una nueva realidad para hacer frente a la sociedad global. Pero permíteme regresar a
la idea de globalización. Estoy de acuerdo contigo: el fracaso
a la hora de afrontar la globalización conduce al miedo y a reacciones
que tienen sus raíces en el nacionalismo provinciano. Europa está
atrapada por su deseo de estar presente en todos los ámbitos;
eso lo hace muy bien, pero deja a sus ciudadanos sin alma.
Considero el islamismo como una simple versión “oriental” del nacionalismo europeo. El elemento xenófobo, el culturalismo [10] y el sometimiento del individuo a su grupo, su clan, su nación y su cultura son los elementos que tienen en común. En este sentido, el islamismo no es una convicción religiosa arcaica sino una tendencia absolutamente moderna. [11] Algunos comentaristas hablan de una tercera ideología totalitaria, tras el fascismo y el comunismo, contra la cual el mundo libre debe defenderse. Pero estoy de acuerdo contigo: esta lucha, que a menudo se interpreta como un fenómeno cultural, es en primer lugar una disputa por los recursos materiales, por disponer de más oportunidades para el futuro, por el estatus social y por la justicia. Este último término se utiliza a menudo, pero continúa siendo ajeno a la historia de la humanidad. ¿Qué oportunidades tiene hoy en día el hijo de una familia de inmigrantes en la sociedad europea, si abandona el colegio sin obtener ningún título? Y en Alemania no son precisamente pocos los muchachos que se encuentran en esta situación. Es evidente que la sociedad no es la única culpable. También los inmigrantes mismos se muestran bastante apáticos y faltos de interés. Pero los “huérfanos”, como acertadamente los llamas, son marginados con demasiada frecuencia. Es cierto, los escritores no somos trabajadores sociales y tampoco profetas. Aún así, tenemos algún tipo de relación con estos dos papeles. Describimos las condiciones y los sentimientos humanos que a menudo permanecen ocultos en el llamado discurso público. El modo en que los “huérfanos” buscan la autosuficiencia posee una poderosa dimensión estética, de eso no cabe duda. Y en mi opinión, hoy por hoy, es la vigorosa ideología del islamismo la que les ofrece dicha dimensión estética: las poses que adoptan los islamistas, los mensajes de video de los terroristas suicidas, el uso intensivo de internet y la presencia de los líderes terroristas en los medios –como si fueran estrellas del rock– son una especie de sucedáneo del arte, una especie de poesía barata. No se trata de cambiar el mundo con los libros, sino de formar parte de él para poder verlo desde una nueva perspectiva. Eso puede lograrse en parte buscando un lenguaje para expresar el sentimiento de pérdida que muchos experimentan, sin ataduras a un Estado, un país o una tradición. Hay otras opciones más allá de la industria del ocio y de los campos de entrenamiento de Al-Qaeda. Soy un poco mayor que tú,
y este sentimiento de estar cansado de ser alguien obligado a vigilar
los puentes entre culturas lo conozco muy bien. Sin embargo, el hecho
de tener que vivir asumiento este papel que nos han adjudicado nos ofrece
ciertas ventajas. ¿No estás agradecido por las muchas y
magníficas experiencias a las que has tenido acceso gracias a haber
crecido en más de una cultura?
Tanto Oriente como Occidente reclaman nuestro cuerpo. Uno y otro nos exigen que lo mostremos al mundo, que lo hagamos estallar, que lo volvamos más fuerte, que lo usemos para llevar a cabo actos piadosos, que lo cubramos de joyas...de este modo, el cuerpo se convierte en el nuevo campo de batalla de la llamada lucha por el dominio. La única manera de que una persona inteligente reclame la soberanía sobre su cuerpo es pensando, reflexionado, escribiendo y usando su ira para moldear una nueva forma de resistencia, siguiendo la gran tradición de Abu Nuwas, [12] Voltaire, James Joyce, Albert Camus, EdwardSaid y sus hermanos y hermanas. En este momento estamos haciendo eso, o al menos lo intentamos. Me acude a la mente la metáfora de Sísifo, rodando sin cesar una roca hasta la cima de una montaña. Vivo con esa imagen que es muy querida para mí, y me acude a la mente cada vez que participo en un debate sobre el Islam, el terrorismo, la injusticia social o la difícil situación del feminismo. Los debates parecen no cambiar nunca, los temas son bien conocidos y muchas personas no están dispuestas a abandonar sus inflexibles puntos de vista frente a una realidad cambiante. Así que me veo a mí mismo como Sísifo, subiendo una y otra vez la montaña y usando la piedra como un arma o una manera de aclarar mis posturas y hacerme entender. Pero el cuerpo de Sísifo también es vulnerable, pues un día llegará la muerte y se lo llevará lejos, y la piedra quedará atrás, lista para que un joven y nuevo Sísifo la empuje hasta la cumbre de la montaña. Esto puede resultar desolador, pero debemos aprender a amar esa desolación. Una cosa es segura: escritores y pensadores pueden cambiar las actitudes abriendo ventanas a un nuevo mundo. Pero hay muchas verdades desagradables que deben decirse, y la mejor manera de decirlas es con delicadeza y paciencia. Debemos escuchar mejor y ser conscientes del hecho de que, a veces, la forma más elevada de responsabilidad es no ser responsable en absoluto. Debemos ser francos y también un poco insensatos –al estilo de Erasmo en su obra maestra, Elogio de la locura– para sacar a la luz esa absurda y, por esa misma razón, injusta situación que vivimos los seres humanos. Debemos decir no a la opresión en todas sus formas y en todas partes; sólo así podremos realmente llegar a ser universalistas. Con demasiada frecuencia, los llamados “grandes pensadores” de nuestro tiempo se abstienen de hacer públicas sus críticas a la religión y las instituciones del Estado. También con demasiada frecuencia, los llamados “críticos objetivos de la sociedad moderna” y sus “enemigos” hacen la vista gorda. Pero esto tiene sus consecuencias: cada vez más gente comprende que es imposible condenar la injusticia de una cultura a la cual no pertenecemos y, al mismo tiempo, no decir nada sobre la injusticia que se produce en nuestra propia comunidad. No es justo. Esta correspondencia es un comienzo, pero no debe detenerse ahí. De algún modo, yo he cambiado durante este diálogo; comencé replanteándome algunas de mis posturas y tuve que renunciar a algunos de mis anteriores argumentos. El diálogo es el único medio para llegar a algún acuerdo. Es la única arma para luchar a largo plazo contra el fanatismo. El problema de nuestra época
no es que haya un conflicto entre iguales; el problema es que todo conflicto
es una cuestión de desigualdad. Siempre es más fuerte contra
el más débil, el más rico contra el más pobre,
el más villano contra el más inocente. El mundo es un lugar
que se alimenta de la desigualdad. La única manera de analizar
esta preocupante situación de desigualdad y sus imágenes
deformadas es usando la razón. Quizás sea éste el
motivo por el cual me gusta tanto el mito de Sísifo: el hombre débil
que empuja la pesada piedra. La piedra siempre supondrá un desafío
para los esfuerzos del hombre, pero carece de lo único que el
hombre posee: la razón. BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
- Montserrat Abumalham, Comunidades islámicas en Europa , Trotta, Madrid, 1995. NOTAS.- [1] Traducción, extracto y adaptación del texto publicado en: http://www.qantara.de/webcom/show_article.php/_c-627/_nr-13/_p-1/i.html Versión en castellano elaborada por el equipo de traductores de Alif Nûn . (Nota de la Redacción). [2] Zafer Şenocak nació en Ankara (Turquía) en 1961 y ha vivido en Alemania desde 1970, donde se ha convertido en una de las voces más destacadas en los debates sobre el multiculturalismo, la identidad nacional y cultural y las relaciones entre la cultura turca y la alemana. Ha publicado numerosos artículos periodísticos, así como obras de poesía y ensayo, y ha ganado diversos premios literarios de gran prestigio en Alemania. Sus obras han sido traducidas al turco, el inglés, el francés, el holandés y el hebreo. Ha colaborado con diversas instituciones educativas como El Servicio Alemán de Intercambio Académico (Bonn, Alemania), la Universidad de Miami (EE.UU) y el Departamento de Lenguas y Culturas Extrajeras del Instituto de Tecnología de Massachussets (EE.UU). Abdelkader Benali es un escritor y periodista holandés de origen marroquí, nacido en 1975 en Ighazzazen (Marruecos). Cuando tenía cuatro años, su familia emigró a Holanda y se estableció en Rótterdam, donde su padre trabajó como carnicero. Con 22 años debutó como novelista con la obra Bruiloft aan zee (“Boda en el mar”), la cual fue traducida a diversos idiomas, obteniendo un gran éxito comercial y muy buenas críticas. Su segunda novela, De langverwachte (“El ansiado”) recibió el Premio de Literatura Libris. Benali también ha publicado numerosos artículos y análisis en prestigiosos periódicos y revistas holandeses como De Volkskrant, Vrij Nederland, De Groene Amsterdammer, Esquire y Algemeen Dagblad. (Nota de la Redacción). [3] Para más información, véase Thierry Zarcone, El Islam en la Turquía actual , Bellaterra, Barcelona, 2005; Bekim Agai, “ Islam y kemalismo en Turquía ”, revista Alif Nûn nº 72, junio de 2009. (Nota de la Redacción). [4] Para más información, véase Saleh Waleed, Amor, sexualidad y matrimonio en el Islam , Oriente y Mediterráneo, Sevilla, 2010; Abderraman Cherif-Chergui, “ El matrimonio en el Islam: su dimensión psicológica y sexual ”, revista Alif Nûn nº 42, octubre de 2006. (Nota de la Redacción). [5] Se conoce con el nombre de Gastarbeiter (“trabajador/es invitado/s”, en alemán) a los trabajadores de diversas nacionalidades que fueron contratados durante la década de 1960 por las autoridades de la República Federal de Alemania. (Nota de la Redacción). [6] Theo van Gogh (La Haya, 23 de julio de 1957-Ámsterdam, 2 de noviembre de 2004) fue un cineasta, productor de televisión, columnista de prensa y actor holandés asesinado a manos de Mohammed Bouyeri, un islamista holandés de origen marroquí, quien lo acusó de blasfemar contra el Islam. (Nota de la Redacción). [7] Para más información sobre las distintas posturas ante el moderno fenómeno de la globalización en el mundo árabe e islámico, véase Fauzi Najjar, “Los árabes, el Islam y la globalización”, revista Alif Nûn nos 82 (mayo de 2010) y 83 (junio de 2010) ; Mona Maisami, “ Islam y globalización ”, revista Alif Nûn nº 83, junio de 2010. (Nota de la Redacción). [8] Para algunos musulmanes, tener perros como mascotas va en contra de los principios de su religión. (Nota de la Redacción). [9] Para más información sobre la situación de los inmigrantes musulmanes en los suburbios de las grandes ciudades francesas, véase Hisham Haidi, “¡Seamos moros!: Islam y conciencia racial en Occidente”, revista Alif Nûn nos 78 (enero de 2010) y 79 (febrero de 2010) ; Adel Iskandar y Hakem Rustom, “ ”, " Desde París hasta El Cairo: resistencia frente a la aculturación ", revista Alif Nûn nº 87, noviembre de 2010. (Nota de la Redacción). [10] “El culturalismo es un modo de pensamiento fundado en la afirmación de que cada ‘cultura’ se caracteriza por algunas ‘especificidades’ que tienen la naturaleza de invariantes transhistóricas. [...] El culturalismo se niega a tomar seriamente en consideración la evolución y el cambio que marcan todos los aspectos de la vida social y cultural, incluso aquellos que han sido revestidos de un carácter sagrado. En sus expresiones religiosas, los culturalismos se afirman como ‘fundamentalismos’ que en realidad se aproximan más a una posición prejuiciosa (reaccionaria) tenaz que a las tradiciones de la buena teología.” Samir Amin, Más allá del capitalismo senil: por un siglo XXI no norteamericano , El Viejo Topo, Barcelona, 2003. (Nota de la Redacción). [11] Para más información sobre esta dimensión moderna del islamismo, véase Olivier Roy, “ El nuevo fundamentalismo ”, revista Alif Nûn nº 82, mayo de 2010. [12] Para más información sobre la figura de Abu Nuwas, véase Josefina Veglison, La poesía árabe clásica , Hiperión, Madrid, 2002; Redacción Alif Nûn, “ Literatura árabe clásica (II): el periodo 'abbasí '”, revista Alif Nûn nº 41, septiembre de 2006. (Nota de la Redacción). A Portada |
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