DESDE PARÍS HASTA EL CAIRO:
RESISTENCIA FRENTE A LA ACULTURACIÓN [1]

Adel Iskandar y Hakem Rustom [2]  


“Ha llegado la hora de la verdad para la República. Lo que está en juego es la eficacia de nuestro modelo de integración”

Dominique de Villepin,
Primer Ministro de Francia, 8 de noviembre de 2005.

Nociones contradictorias coexisten en una mezcla única, aunque de un modo incómodo. El siglo XX se caracterizó tanto por el aumento de los conflictos étnicos y la disgregación social como por la creación de alianzas y de un pensamiento unitario. Inestables enfrentamientos étnicos en Australia, Líbano, México, Países Bajos, Indonesia, Chechenia y otros lugares han situado con gran urgencia la noción de identidad política en el centro de atención de la conciencia global. Desde París hasta El Cairo, la situación de las minorías, la identidad nacional y la asimilación aparecen en la vanguardia de estas luchas culturales.

En la tierra de la “Liberté, Egalité, Fraternité”, en el corazón del modelo de integración francés, existe una contradicción inherente. La política oficial del Estado afirma que la “integración” de los inmigrantes y sus descendientes es un asunto vital. A nivel institucional y político, todos las dificultades relacionadas con temas migratorios y raciales son calificadas como “problemas de integración”. En consecuencia, el Estado no tiene ningún lenguaje o mecanismo para describir u ocuparse de abstracciones como la marginación o el multiculturalismo. El Haut Conseil à l’Intégration (Alto Consejo para la Integración), comité francés de “integración” dependiente del gobierno y formado por un grupo de expertos, fue creado hace no demasiado tiempo (1989) para ocuparse de estos problemas. Con un violento incidente en un suburbio de Lyón en octubre de 1990, viendo la tormenta que se avecinaba, el gobierno se apresuró a crear un nuevo Ministerio de Asuntos Urbanos apenas dos meses después.

Tal y como afirmó Villepin, los valores republicanos de la integración y la asimilación ocupan un espacio clave en los debates políticos de Francia, tanto a nivel práctico como ideológico. Con un pasado colonial obsesionado por fortalecer las relaciones con los “mandatos” y las colonias y con difundir de manera activa la cultura francesa, los intentos de explotar otras vías de integración pasaron a un segundo plano. Resulta preocupante que la relación del Estado francés con la comunidad inmigrante que procede de sus antiguas colonias en el norte y el oeste de África (en especial los árabes y musulmanes de Argelia) no haya experimentado ningún cambio. El modo en que el gobierno administra los banlieues (“suburbios” en las afueras de las ciudades francesas, equivalentes a las inner cities estadounidenses y británicas) recuerda a la actitud de distanciamiento con respecto a los apéndices coloniales de la metrópoli. Lo bastante distantes para no resultar una amenaza, son objeto de una constante retórica de auto-engrandecimiento de lo francés. Por el contrario, mientras se les dice continuamente que están en el centro mismo de la sociedad francesa, siguen ocupando la periferia, tanto en un sentido figurado como literal. 

A día de hoy, el Estado francés no recoge datos sobre el origen étnico y la afiliación religiosa de sus ciudadanos, con el pretexto de evitar la estigmatización y potenciar la integración de los recién naturalizados. Sólo los ciudadanos no franceses, extranjeros y expatriados que residen en Francia, están sujetos a la recopilación de datos. Esto hace imposible documentar y hacer un seguimiento del desempleo y otros indicadores de desigualdad que sabemos que están muy extendidos entre ciertas minorías étnicas y grupos raciales en Francia. De ahí que las identidades minoritarias y la marginación se estén volviendo invisibles en una república cuyo “modelo de integración” proteccionista fagocita y digiere a su periferia.

Los estados se apoyan en narraciones legendarias y míticas. Aquellos cuyas identidades se sitúan fuera de esa gran narración del Estado a menudo se convierten en “los otros”. El fallecido sociólogo francés Pierre Bourdieu describe a los inmigrantes argelinos en Francia con un término empleado por Sócrates: átopos (en griego, “fuera de lugar”). En su prólogo al libro de Abdelmalek Sayad, El sufrimiento delMusulmanes Franceses inmigrante, Bourdieu dice del inmigrante que “no es ni ciudadano ni extranjero, no está ‘de nuestro lado’ ni ‘del de los otros’; existe dentro de ese espacio ‘bastardo’ del que Platón también habla, en la frontera entre la existencia y la inexistencia sociales. Desplazado, en el sentido de resultar extraño e inoportuno, es una fuente de vergüenza”.

Hassan Majid, un inmigrante argelino de tercera generación que vive en un banlieue de Toulouse, es él mismo un átopos. “Por supuesto que soy francés. Yo nací aquí y mi padre nació aquí”, se apresura a afirmar cuando le preguntan sobre su pertenencia a este país. Sin embargo, enseguida revela un alter ego mucho más “molesto”: “Todos los días me recuerdan que no soy francés. A mí y a mi gente nos ven como racailles [en francés, impuros y despreciables], delincuentes e indeseables”. Con un Estado que no reconoce la identidad marginal y mestiza de Majid, su imagen de vagabundo eclipsa las palabras vacías sobre la integración pronunciadas por el gobierno. Mientras constantemente se le recuerda que es un ciudadano francés de primera clase, su experiencia vital lo desmiente.

Rechazado y desatendido por el discurso dominante, Majid representa ese conflicto racial tan palpable en los banlieues. Los inmigrantes de las antiguas colonias francesas del norte y oeste de África viven en zonas especialmente empobrecidas. Un informe de 1992 de la Inspection Générale des Affaires Sociales indicaba que los hijos de familias inmigrantes representaban entre el 30 y el 40% de todos lo jóvenes que sufren una grave marginación socioeconómica. Las informaciones ofrecidas por los medios de comunicación sobre los incidentes en los banlieues no suelen tener en cuenta este contexto socioeconómico de privación, pobreza y marginalidad, y en su lugar atribuyen dichos incidentes a la raza y la etnia. En un estudio de 1996 sobre la cobertura de noticias en los suburbios, dirigido por Alec G. Hargreaves, director del Winthrop-King Institute for Contemporary French and Francophone Studies en la Universidad de Florida State, se indica que casi todas las noticias sobre los banlieues relacionan la delincuencia con la inmigración. El conflicto étnico en los banlieues se presenta en los medios de comunicación como una consecuencia de la conducta delictiva de sus habitantes, la cual constituye una amenaza para el orden social. Con la mayoría de la población de los banlieues formada por familias inmigrantes, el vínculo entre delincuencia e inmigración se vuelve convincente e inevitable. Sin embargo, cualquier debate sobre estos problemas centrado en la etnicidad es una amenaza al discurso oficial sobre el igualitarismo de la república francesa. No fue hasta los disturbios de 2005 en París que el Primer Ministro de Villepin reconoció los fallos del sistema francés de integración, prometiendo asistencia social y económica a los barrios de inmigrantes. Aunque estos programas de ayuda son un paso en la dirección correcta, no son demasiado útiles para resolver las luchas por la identidad de estas comunidades de inmigrantes.

El fallecido Abdelmalek Sayad, experto fraco-argelino en inmigración que dedicó su vida al estudio de los emigrantes norteafricanos, explicaba que muchos de estos emigrantes llegaban a Francia con esperanzas y aspiraciones, sólo para verlas frustrarse ante la imposibilidad de llegar a ser miembros funcionales de la sociedad francesa. Como Franz Fanon antes que él, Sayad habla de unos argelinos que llegan a Francia sintiéndose “franceses”, para luego ser marginados y tratados como extraños y mano de obra barata. En palabras del propio Sayad, “los inmigrantes siguen siendo inmigrantes para siempre, sin importar el tiempo de su estancia ni lo integrados que estén”. La visión estrecha que tiene la sociedad francesa sobre la identidad étnica, religiosa y de clase coarta a los inmigrantes. Una sociedad incapaz de reconocer su identidad mixta creó, asedió y frustró a una población saturada hasta el punto del arrebato colectivo.

La escena del rap francés, dominada por artistas árabes y musulmanes de los banlieues , habla en su propio nombre y en el de una comunidad de jóvenes despojados de sus derechos y agobiados por la falta de esperanza y una creciente crisis de identidad. Sus canciones sobre los oprimidos y la resistencia frente el orden social establecido reflejan la voz de una juventud angustiada dentro de una comunidad sitiada. El Estado rechaza reconocer la condición de minoría de estas comunidades y, en consecuencia, su cultura híbrida provoca que no sean tenidas en cuenta. Ausentes de las estadísticas, las comunidades y sus preocupaciones se vuelven invisibles. En su lugar, la insistencia de la república en no adoptar un modelo multicultural sólo ha dejado dos opciones a los individuos de ascendencia mestiza: decidirse por el apego a su país de origen (madre patria), aceptando así quedar al margen de la identidad nacional republicana, o difuminarse en la sociedad francesa, pero permaneciendo en la periferia de ésta. Para la mayoría, la decisión ya ha sido tomada por ellos. Fracasado el modelo de integración, el rechazo de su condición de minoría no ha hecho que sus identidades desaparezcan. En cambio, les ha impedido relacionarse con una sociedad francesa que frunce el ceño ante la diversidad.

El resultado de no reconocer la diversidad, la marginación, el estigma social y la identidad colectiva de estas comunidades ha sido una insurrección cultural para reafirmar su existencia. Sylla, una muchacha de 18 años procedente de Rougemont y que participó en algunos de los disturbios de 2005, lo resume de este modo: “Provocamos incendios porque es el único modo de que nos escuchen, por solidaridad con el resto de no-ciudadanos de este país, con todas esas clases inferiores. Porque es bueno hacer algo con tu ira”. 

Al otro lado del Mediterráneo, en el norte de África, otro Estado está combatiendo contra la ira contenida que ha provocado su política de identidad. A orillas del Nilo, el Estado egipcio se esfuerza por gobernar sobre una parte de la población autóctona cuya identidad religiosa minoritaria es un asunto de seguridad nacional. Desde el golpe de 1952 que derrocó a la monarquía y estableció una república encabezada por militares, el Islam ha pasado a formar parte de la propia definición del Estado –aunque Egipto no sea una república islámica como Irán–  y es la religión oficial de éste, con una Constitución que afirma que el presidente debe ser musulmán y la sharia (ley islámica) la principal fuente de legislación. El puesto de primer ministro y las principales carteras ministeriales han sido ocupados tradicionalmente por musulmanes, en particular las de interior, información, defensa, justicia y asuntos exteriores, además de la mayoría de las embajadas. Los dos ministerios encabezados actualmente [2006] por miembros de la minoría cristiana ortodoxa copta de Egipto son los de medio ambiente y economía. Los gobernadores de todas las provincias egipcias y los rectores de todas la universidades nacionales son musulmanes.

El gobierno egipcio ejerce una estricta censura intelectual a través de las autoridades religiosas de Al-Azhar, quienes protegen de potenciales contrincantes las interpretaciones islámicas oficiales. [3] Mientras en los kioscos abundan los libros donde se habla de la corrupción de las escrituras cristianas y se justifica la conversión al Islam, libros similares sobre el Islam son inmediatamente prohibidos por Al-Azhar y las autoridades estatales hacen cumplir la prohibición por la fuerza. Es en este contexto donde se han producido algunos episodios de violencia sectaria en Alejandría, cuando en una iglesia se lanzó supuestamente una dura crítica contra el Islam y se afirmó que el Cristianismo es superior.

Sin ningún censo oficial que indique el número de cristianos egipcios, las cifras son objeto de disputa entre el gobierno y la Iglesia copta, quienes sitúan el porcentaje de cristianos entre el 6 y el 12% de la población total, respectivamente. Si bien el Estado defiende oficialmente una identidad nacional única tanto para musulmanes como para cristianos egipcios, los mismos fundamentos del Estado dan fe de una identidad religiosa que muchos no musulmanes consideran alienante. La diferencia de los cristianos egipcios no sólo se basa en la afiliación religiosa, sino que está legislada y documentada en el registro civil del Estado. Los documentos de identidad emitidos por el gobierno hacen referencia a la religión de sus titulares y a veces facilitan la marginación. [4] Además, esta identificación determina la manera en que se aplican las leyes. Un hombre cristiano no puede casarse con una mujer musulmana si antes no se convierte al Islam, un cristiano no puede heredar de un pariente musulmán, un musulmán no puede convertirse al Cristianismo, etc. El gobierno, por lo tanto, protege y mantiene la superioridad de la mayoría musulmana y los privilegios de su credo. Todo ello, junto a la creciente animosidad sectaria en la sociedad, está forzando a la minoría cristiana al confinamiento político, empujándola hacia los márgenes del panorama social egipcio.

Antes del golpe de Estado de 1952, los coptos jugaban un papel activo y visible en la política nacional, representando en torno al 10% de los miembros del Parlamento, una cifra que ha descendido casi hasta cero. Durante las últimas cuatro décadas, las políticas preferenciales han alejado a los cristianos de la esfera pública social y política, consolidando así el poder y la influencia de las instituciones religiosas cristianas dentro de esta comunidad. Durante este periodo de aumento de la marginación, la Iglesia copta se ha convertido en una parte fundamental de la identidad de los coptos, impulsando a su líder, el Patriarca Shenouda III, a asumir un papel político mayor que el de la mayoría de sus predecesores. Bajo el paraguas de la Iglesia, los coptos disponen del espacio para operar como miembros de pleno derecho de una comunidad, en ausencia de posibles discriminaciones. “Los coptos no se ofrecen a participar en la vida pública. Si no son apreciados y nadie les da la bienvenida, ¿por qué tomarse esa molestia?”, dice el destacado escritor y pensador copto Dr. Milad Hanna. El resultado es que los coptos desaparecen cada vez más de la conciencia pública.

Manifestacion Coptos Básicamente, la identidad mixta de los coptos, como egipcios y cristianos a un tiempo, plantea un desafío a la supuesta y cacareada uniformidad de la identidad egipcia, un desafío que se desbordó en incidentes como el de Alejandría. Con el progresivo distanciamiento de los coptos con respecto a la esfera pública y la política egipcias, su percepción como “los otros” se ha convertido en un problema. La creciente actividad de la comunidad copta en la diáspora, solicitando que los políticos occidentales apoyen su causa en Egipto, ha provocado el aumento de la animosidad contra los coptos dentro del país. La impresión cada vez más habitual de que la comunidad cristiana de Egipto está involucrada en la evangelización y el proselitismo en un país islámico ha enfurecido a algunos musulmanes y exacerbado el discurso dominante. Los acontecimientos recientes han ayudado a fortalecer la imagen de los coptos como personas no comprometidas con “los intereses nacionales”, las cuales están al servicio de una causa ajena al propio Egipto y rechazan la integración en la sociedad egipcia mayoritaria. Algunos coptos, sobre todo los de la diáspora, han adoptado una postura favorable a la política de EE.UU en Oriente Medio. Esto ha generado una gran repulsa hacia la comunidad copta entre los musulmanes egipcios mayoritarios, actitud que se ha visto favorecida por la presencia constante del embajador de EE.UU en las celebraciones oficiales del los coptos y por el creciente número de figuras públicas coptas con la doble ciudadanía egipcia-estadounidense. 

Los coptos, quienes suelen ser considerados como los últimos descendientes de los antiguos egipcios, son ahora una minoría acorralada por una sociedad que les promete la integración y sin embargo los señala, que predica la igualdad de derechos para todos sus ciudadanos pero discrimina a las minorías. No obstante, cada vez más activistas egipcios procedentes de las filas de este colectivo con supuestos vínculos con el extranjero están levantado una voz que cuestiona la identidad nacional. Incapaces de aculturarse dentro de la sociedad egipcia, algunos de estos coptos están creando su propia esfera pública, pues consideran que la sociedad y el Estado ya no representan a todos los egipcios. La Iglesia ha ampliado recientemente sus actividades mediante un nuevo canal vía satélite llamado Agapi (“Amor”, en griego/copto) y con manifestaciones contra el maltrato a los miembros de la comunidad copta y otros asuntos escandalosos cada vez más habituales. Sin embargo, otras organizaciones coptas, establecidas en su mayoría fuera del país, están librando una batalla ideológica y política mucho más agresiva contra las políticas del Estado y las instituciones y grupos religiosos islámicos de Egipto, con resultados en general dramáticos para la población misma que dicen estar defendiendo. Sus actividades suelen provocar múltiples reacciones de represalia por parte de un público mayoritariamente musulmán que es incapaz de comprender la lucha de una minoría híbrida e ignorada y que seguramente no siente simpatía hacía algunas de las facciones coptas más extremistas.

Por otra parte, se considera que las actividades de estas facciones dividen a la sociedad egipcia. Su negativa a aceptar el estatus quo transmite de hecho un mensaje de división. Mientras la sociedad proclama con frecuencia poseer una identidad única para todos los egipcios al margen de su credo, algunas de las reacciones de los coptos se perciben como una profanación del delicado equilibrio cultural de la sociedad egipcia. La mayoría de los coptos que vive en Egipto prefiere mantener el equilibrio: su identidad y sus intereses no pueden ni deben ser respetados y reconocidos a costa de una marginación cada vez mayor. Con pocos esfuerzos para crear un acercamiento cultural y un Estado que hace la vista gorda frente a problemas que a menudo considera insignificantes, hoy en día se está produciendo el renacimiento de políticas identitarias de carácter reaccionario. Mientras la Iglesia y su Patriarca han adoptado una postura conciliadora, moderada y tranquila con respecto a los recientes acontecimientos, los grupos coptos en la diáspora han desarrollado una agenda política sectaria y cuentan con un poderoso respaldo económico para mediatizar y monopolizar el discurso sobre el problema de las minorías en Egipto, todo lo cual probablemente agravará la situación de los coptos en Egipto.

En lo fundamental, las luchas contra la aculturación y la asimilación no son nada nuevo dentro de las naciones-estado modernas. Desde el modelo de integración francés al crisol estadounidense o la “ensalada” multiculturalista canadiense, la diversidad ha sido un tema espinoso desde comienzos del siglo XX. Con la llegada de los cómodos viajes en avión y los modernos sistemas de comunicación, la asimilación completa ya no es el único recurso para inmigrantes y minorías. Mantener el equilibrio entre la asimilación y la especificidad cultural se ha convertido en una ingente e ingrata labor para las naciones-estado contemporáneas. Los conceptos de nacionalidad y ciudadanía sobre los que se fundaron dichas naciones están siendo cuestionados y deben seguir siendo examinados con ojo crítico en nombre de la igualdad y la libertad humanas.

Las luchas de las minorías étnicas no son idénticas a las de las minorías religiosas. Sin embargo, aunque los inmigrantes árabes de las antiguas colonias francesas que viven en los guetos de los suburbios y las minorías religiosas de nativos residentes en las zonas rurales y urbanas de Egipto parecen tener poco en común, en esencia comparten la misma situación de desconcierto. Desde París hasta El Cairo, pasando por otros lugares intermedios, las comunidades con una identidad mixta han sido coaccionadas, abandonadas, ignoradas y/o tratadas sin equidad por sus respectivos estados y sociedades. Casi todas ellas se encuentran atrapadas entre la aceptación de una identidad nacional uniforme y la promesa inalienable de una vida digna. Hoy en día, muchas de estas mismas comunidades están inmersas en luchas por su identidad; reafirman su identidad mixta y se resisten a seguir siendo ciudadanos de segunda, mientras ocupan un lugar marginal en el panorama cultural de sus respectivas naciones. En su condición de átopos, estas comunidades son incapaces de librarse de sus estigmas sociales o de buscar la fuerza suficiente dentro de ellas mismas, y con unas políticas estatales que pretenden mantener el orden a costa de no afrontar sus obligaciones, la explosión de los disturbios sociales protagonizados por los musulmanes en Francia y los cristianos en Egipto puede despertar a nivel mundial la resistencia de los no aculturados.


BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA


-    Montserrat Abumalham, Comunidades islámicas en Europa , Trotta, Madrid, 1995.
-    Graciela Malgesini (comp.), Cruzando fronteras. Migraciones en el sistema mundial , Icaria, Barcelona, 1998.
-    Joan Lacomba Vázquez, El Islam inmigrado. Transformaciones y adaptaciones de las prácticas culturales y religiosas , Ministerio de Educación y Ciencia, Madrid, 2001.
-    Tariq Ramadan, El Islam minoritario , Bellaterra, Barcelona, 2002.
-    Alonso, José Antonio (ed.), Emigración, pobreza y desarrollo , La Catarata, Madrid, 2004.
-    Jacques Masson, “Los coptos. Entre tradición y modernidad”, revista Encuentro Islamo-Cristiano nº 390 , Darek-Nyumba, Madrid, octubre de 2004.
-    Juan Pedro Monferrer Sala, Introducción al cristianismo árabe oriental , Universidad de Córdoba, Córdoba, 2008.
-    Ana I. Planet Contreras / Jordi Moreras, Islam e inmigración , Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2008.
-    Joseph Maila, “Los árabes cristianos: del ‘problema’ de Oriente a la reciente situación política de las minorías”, revista Alif Nûn nos 56 (enero de 2008) y 57 (febrero de 2008) .
-    Sami Naïr, La Europa mestiza. Inmigración, ciudadanía, codesarrollo , Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2010.




NOTAS.-


[1] Traducción, extracto y adaptación del artículo publicado en The Ambassadors Online Magazine, vol. 9, nº 1, enero de 2006. Disponible online en: http://ambassadors.net/archives/issue19/opinions2.htm Versión en castellano elaborada por el equipo de traductores de Alif Nûn . (Nota de la Redacción).

[2] Adel Iskandar es de origen egipcio, aunque nació en Edimburgo (Reino Unido) y se crió en Kuwait. Estudió biología y antropología social en la Universidad de Dalhousie, en Halifax (Canadá) e hizo un master en comunicaciones por la Universidad de Purdue, en Calumet (Indiana, EE.UU). Otros artículos del autor publicados en castellano son: “ Al-Jazeera. La revolución de los medios de información en el mundo árabe ”, revista Alif Nûn nº 86, octubre de 2010. Hakem Rustom estudió antropología en la London School of Economics. Su investigación se centra en la situación de los emigrantes  norteafricanos en Francia. Junto a Adel Iskandar ha coeditado un libro dedicado a Edward Said titulado Edward Said: A Legacy of Emancipation and Representation, University of California Press, Londres, 2010. (Nota de la Redacción).

[3] Como ejemplo, tenemos el caso de la prohibición de la obra del sufí Ibn ‘Arabi titulada Al-Futuhat al-Makkiyya (“ Las iluminaciones de La Meca ”), tras un debate parlamentario durante el gobierno de Anwar el-Sadat (1970-1981). Para más información, véase Yamila Munqid, “ El Islam en el Egipto contemporáneo ”, revista Alif Nûn nº 66, diciembre de 2008. (Nota de la Redacción)

[4] Esta práctica de indicar la religión en el documento de identidad no es exclusiva de ciertos países musulmanes como Egipto, pues también la han mantenido países mayoritariamente cristianos como Alemania o Grecia. (Nota de la Redacción). 


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