|
LA CRISIS DE IDENTIDAD
EN ORIENTE MEDIO Yamila Munqid [1] Introducción
En mi opinión, y al contrario de lo que habitualmente suele afirmarse, el problema básico que afecta a la mayoría de los estados de Oriente Medio no es su déficit democrático (que también existe) sino la dificultad para definir su identidad nacional. Una vez resuelto el asunto de la identidad, el camino hacia la plena democracia y un verdadero régimen de libertades quedaría en gran medida expedito. Casi ochenta años después de la caída del Imperio Otomano, del cual surgieron la mayoría de estos estados, todos ellos han sido incapaces de precisar, concretar y conservar una identidad nacional con la cual pueda identificarse la totalidad de sus ciudadanos. Ningún país de Oriente Medio es homogéneo, sino que está formado por numerosas comunidades étnicas, religiosas, culturales y lingüísticas. Sin embargo, ninguno ha logrado desarrollar una identidad nacional que refleje ese carácter heterogéneo. Al margen de los distintos regímenes políticos (dictaduras o seudo-democracias, monarquías o repúblicas), los estados de Oriente Medio se han mostrado incapaces de reconocer, integrar y reflejar la diversidad étnica y cultural de las sociedades a las que, en principio, deberían representar. Todos ellos, sin excepción, han tratado de imponer una determinada identidad sobre las demás. Ya sean de carácter laico o religioso, estos intentos han fracasado y han provocado división y tensiones sociales, en el mejor de los casos, y guerras civiles o genocidios, en el peor. La región en su conjunto no ha
sabido abordar, y mucho menos resolver, la cuestión fundamental
de la identidad nacional. Los distintos países de la zona adoptaron
el modelo europeo de nación-estado, pero casi ninguno han sido capaz
de construir instituciones políticas eficaces que gestionen adecuadamente
las necesidades de sus ciudadanos. En otros lugares del mundo, las naciones,
tanto antiguas como modernas, aunque no sin dificultades, han construido
sus propios estados. El proceso se ha invertido en Oriente Medio; allí,
los estados siguen buscando una nación y han intentado por diversos
medios eludir el problema de la identidad nacional. Gran parte del problema de identidad al que se enfrenta Oriente Medio se remonta a la época del imperialismo y el colonialismo. El desmembramiento del Imperio Otomano y la formación de los nuevos estados en la región fue un proceso sometido a diversas presiones. Los estados fueron conformados sin demasiado respeto hacia la diversidad étnica y lingüística de sus poblaciones, las fronteras geográficas o la historia. Surgidos de las ruinas del Imperio Otomano, los estados no sólo poseían fronteras artificiales, sino que también carecían de cualquier sentido de cohesión interna. Impulsados por la herencia colonial de Gran Bretaña y Francia, las dos potencias presentes en la región, distintos grupos religiosos fueron integrados en un mismo Estado o, en otras ocasiones, un determinado grupo étnico y/o lingüístico fue repartido entre distintos estados. Si el Líbano, que supuestamente estaba destinado a ser la patria de los cristianos maronitas, es un ejemplo del primer caso, la grave situación de los kurdos, dispersos por Irán, Iraq, Siria y Turquía, simboliza el segundo. En lugares como Iraq y Jordania, los dirigentes del nuevo Estado fueron traídos del exterior y fabricados a medida para garantizar los intereses y compromisos coloniales. Del mismo modo, casi todos los estados del Golfo Pérsico fueron entregados a familias de oligarcas que pudieran proteger y salvaguardar los intereses imperialistas tras la retirada colonial. Cada uno de los nuevos estados se enfrentó
a la dificultad de definir su identidad nacional. Esto representaba un
problema porque algunos de ellos nunca antes habían sido una nación.
Con notables excepciones como Egipto, Iraq, Irán y Siria, el resto
carecía de raíces históricas y, por lo tanto, éstas
tuvieron que ser inventadas. ¿Cómo resolvieron el problema de la identidad nacional los diversos estados de Oriente Medio? La mayoría lo intentó mediante la religión, una identidad fácil de identificar y susceptible de ser manipulada. En algunos casos, esto coincidió con la formación del Estado, y en otros, la religión fue imponiéndose poco a poco como identidad nacional por excelencia. A pesar de que la mayoría de los países de la zona no se definen a sí mismos como “estados islámicos”, el Islam se ha convertido en la identidad dominante en casi todos ellos, mientras que Israel se define como un Estado judío. Ni siquiera los regímenes de un carácter más laico se han librado del auge de las llamadas “corrientes islámicas”. Tras la derrota árabe en la guerra de junio de 1967, también estos estados han caído bajo la influencia del nacionalismo religioso. Como resultado, la religión juega un papel dominante tanto en la esfera pública como en la privada de Oriente Medio. En muchos estados de la región, el Islam es considerado la religión oficial y la legislación dice estar basada en la mal llamada “ley islámica” o sharia. [2]
No obstante, los hashimíes jordanos se enfrentan a sus propios problemas de identidad dentro de sus fronteras. Existe un conflicto larvado entre los antiguos habitantes de Transjordania y los palestinos que llegaron al país desde la orilla oeste del río Jordán tras la diáspora de 1948 y 1967. [3] Esta tensión social oculta estalló sin embargo de manera evidente durante el llamado “Septiembre Negro” (aylûl al-aswad , en árabe), una breve guerra que asoló el país durante el mes de septiembre de 1970. El conflicto se vio precedido por un periodo de gran aumento en el poder y la importancia de los elementos de resistencia palestinos (sobre todo la OLP) en Jordania, los cuales representaban una amenaza creciente para la soberanía y el prestigio de los hashimíes, tras la derrota árabe en la guerra de 1967 contra Israel. Esto provocó el estallido de la violencia y la posterior represión de las fuerzas jordanas, no sólo contra las milicias de la OLP, sino contra la propia población civil palestina, residente en Jordania. Los jordanos de origen palestino representan hoy por hoy la mayoría de la población del país, a pesar de la postura oficial del gobierno jordano insistiendo en lo contrario. [4] Aunque Jordania, a diferencia del resto de países árabes, fue la única nación que concedió a los refugiados palestinos el estatuto de plena ciudadanía, [5] cualquier insinuación sobre esta mayoritaria presencia palestina en la sociedad jordana tiende a ser vista por la dinastía hashimí gobernante como un intento de desestabilizar al Estado. Además, el propio sistema electoral jordano facilita la marginación política de los palestinos, pues la relación entre escaños y número de habitantes favorece a los distritos electorales menos poblados, donde la mayoría de la población es de origen no palestino, y perjudica a los de mayor densidad, es decir, grandes núcleos urbanos donde se concentra la mayor parte de ciudadanos jordanos de origen palestino. Por su parte, el Estado de Arabia Saudí también pretende legitimarse apelando a sus supuestos vínculos con el Islam. Aunque la familia Saud, a diferencia de los hashimíes, no justifica sus aspiraciones políticas en un pretendido parentesco con el Profeta Muhammad, sí busca rédito político en el hecho de que La Meca y Medina, los dos lugares más sagrados del Islam, estén situados dentro de sus fronteras. Así pues, el rey Fahd cambió en 1986 el tratamiento oficial de “Majestad” por el de “Custodio de los dos lugares santos”, título que sigue ostentando su heredero, el actual rey Abdullah bin Abdul Aziz. Las monarquías hereditarias en los países del Golfo no sólo excluyen del poder a los no musulmanes, sino también a gran parte de la población musulmana. Por ejemplo, la familia al-Jalifa que gobierna en Bahrain es sunní, mientras que la mayoría de sus súbditos son shiíes. En el caso de Arabia Saudí, el Islam wahabí encarnado en sus gobernantes rechaza de plano otras versiones del Islam como el shiísmo y es absolutamente refractario a ciertas corrientes espirituales islámicas como el sufismo. Esto representa un verdadero problema a la hora de definir la identidad del país, pues más del 10% de la población saudí profesa el shiísmo y continúa estando marginada, lo cual se demuestra en la prohibición de editar libros religiosos shiíes o en la falta de presencia mediática de personalidades shiíes en los numerosos programas religiosos de televisión y radio. En lo que respecta al sufismo, los gobernantes saudíes se han encargado de perseguir duramente a las cofradías sufíes y han prohibido la edición y distribución de libros sufíes, así como las romerías populares en celebración del nacimiento de algún santo sufí. Para evitar esto último, las autoridades saudíes han destruido de manera sistemática todas las tumbas de estos santos y los edificios religiosos adyacentes, para evitar que sus seguidores se concentren allí. En cuanto a la práctica religiosa del Cristianismo o de cualquier otra religión que no sea el Islam, está absolutamente prohibida para todos los súbditos saudíes, quedando reducida a las privilegiadas colonias de residentes extranjeros procedentes de los países aliados del régimen saudí, en especial Estados Unidos. [6] Un rasgo que comparten muchas de las
monarquías petroleras del Golfo es que la población nativa
constituye sólo una minoría, mientras que la mano de obra
inmigrante representa el grueso de la población. En los Emiratos Árabes
Unidos, por ejemplo, los inmigrantes (árabes y no árabes, musulmanes
y no musulmanes: egipcios, jordanos, filipinos, indios, iraníes, etc.)
suman las tres cuartas partes del total de la población. Para esos
inmigrantes económicos que desempeñan su trabajo en durísimas
circunstancias, tanto laborales como contractuales, las condiciones para
adquirir la nacionalidad del país donde residen son muy estrictas
y en algunos casos resulta casi imposible. En esta situación, la identidad
nacional dista mucho de reflejar los variados intereses de una heterogénea
y mayoritaria población inmigrante, y se limita a ser imagen y símbolo
de la dinastía reinante. El caso sudanés representa otro ejemplo de cómo la imposición unilateral de una determinada identidad religiosa por parte del Estado ha creado importantes tensiones sociales que han desembocado en dos terribles guerras civiles desde la independencia del país en 1955. No obstante, según afirma el politólogo Crawford Young: “Decir que la interminable lucha por la influencia y el poder en Sudán, un Estado que se debilita firmemente, está causada principalmente por la división entre musulmanes y no musulmanes sería demasiado simple. Hay una serie de complejas corrientes ideológicas, regionales, étnicas y, por supuesto, religiosas que dividen esta enorme unidad política africana.” [7] La veracidad de esta afirmación pudo comprobarse durante el conflicto que desde 2003 asoló Darfur, región sudanesa habitada mayoritariamente por musulmanes negros de diversas etnias que fueron asesinados a gran escala por las milicias árabes de los yanyawid , también musulmanes y presuntamente vinculados con el gobierno de Jartum. [8] Irán constituye un caso particular dentro de los países de mayoría musulmana en Oriente Medio. La población es shií en su gran mayoría y, según la Constitución, el Shiísmo en su versión yafarí duodecimana es la religión oficial de la República Islámica, caso único en el mundo musulmán. Esta identidad islámica shií provoca que una buena parte de la población iraní no shií tenga dificultades para identificarse con el actual régimen. Entre los colectivos no shiíes de Irán podríamos incluir a árabes, turcomanos, asirios y kurdos, todos ellos sunníes, así como a grupos cristianos (sobre todo armenios), judíos y bahais. Aunque sunníes, cristianos, judíos y bahais comparten un estatus de minoría religiosa, la situación de cada uno de estos grupos dista de ser la misma. Mientras la minoría bahai [9] ha sido especialmente perseguida y reprimida tras el triunfo de la revolución islámica en 1979, cristianos y judíos tienen garantizado el derecho a practicar su religión, disponiendo incluso de una cuota de representación en el Parlamento iraní y de tribunales propios, con su legislación específica, para dirimir los conflictos dentro de sus propias comunidades. No obstante, ninguno de los colectivos no musulmanes tiene derecho a hacer proselitismo entre la población musulmana y la legislación iraní contempla la pena de muerte en caso de conversión al Cristianismo o al Judaísmo de un ciudadano iraní musulmán. En el caso de Iraq, y al margen de la simpatía o antipatía que pueda provocarnos el actual proceso político desarrollado a raíz de la invasión norteamericana en 2003, la elección de Yalal al-Talabani como presidente del país representa una novedad en la región, por el simple hecho de que éste pertenece a la minoría kurda. [10] Aunque durante el gobierno de Saddam Hussein, ciertas carteras ministeriales fueron ocupadas por miembros de alguna minoría religiosa (véase, por ejemplo, al cristiano Tareq Aziz como Ministro de Asuntos Exteriores), sería bastante improbable que los más altos cargos de la jefatura del Estado pudieran ser ocupados por miembros de alguno de los grupos étnicos o religiosos no dominantes. De todos modos, Saddam nunca hizo demasiado hincapié en la identidad religiosa del país, salvo a partir de la invasión de Kuwait en 1990, cuando incorporó a la bandera iraquí el eslogan de Allahu akbar (“Dios es el más grande”), inexistente hasta entonces, y pudimos verlo rezando piadosamente en los programas de propaganda de la televisión iraquí. Hasta ese momento, en palabras de Martin Kramer, “Saddam había hecho más que ningún otro gobernante iraquí moderno para fomentar una identidad específicamente iraquí, sobre la base de la herencia de la antigua civilización mesopotámica. [11] En el arte, la arquitectura y la poesía, el Estado estimuló el uso de motivos mesopotámicos e invirtió mucho dinero en excavaciones y restauraciones arqueológicas. [12] Dado que no había sobrevivido ninguna identidad procedente de la antigüedad (bastante anterior a la conquista árabe), todos los iraquíes podrían tener cabida en el mito mesopotámico: árabes y kurdos, sunníes y shi’íes.” [13] Al fin y al cabo, el partido BAAZ, que gobernó en Iraq hasta el derrocamiento de Saddam Husain en 2003 y que lo sigue haciendo en Siria, es una formación política de inspiración nacionalista, socialista y laica.
El caso del Líbano constituye un ejemplo atípico, dado que ningún colectivo religioso o étnico ha monopolizado por completo el poder político. La legislación libanesa establece que el cargo de Presidente de la República siempre debe ser ocupado por un cristiano maronita, el de Primer Ministro por un sunní y el de Presidente del Senado por un shií. Este reparto de poderes, impuesto por los franceses en la Constitución de 1926, supuestamente pretendía que ninguno de los colectivos religiosos fuera marginado del gobierno. No obstante, irónicamente, fue una de las razones que provocó la guerra civil de 1975, pues algunos grupos religiosos, como los shiíes, exigían un cambio en el reparto de poder, más acorde con la realidad demográfica del país, dado que, desde que se redactara la Constitución en los años veinte, la proporción numérica de las distintas comunidades religiosas había cambiado en favor de una nueva mayoría shií. La guerra civil, finalizada en 1990, no cambió sin embargo el equilibrio político del país y el Líbano sigue viéndose azotado cada cierto tiempo por enfrentamientos sectarios, agravados por la injerencia de países como Israel y Siria. [15] En Egipto, por ejemplo, la comunidad de cristianos coptos estaba ya presente en el país mucho antes de la llegada de los musulmanes, pero hoy por hoy constituye una minoría con un estatus marginal dentro de la sociedad y la política egipcias. [16] Aunque los coptos disponen de sus propios tribunales para administrar justicia, tienen representantes en el Parlamento e incluso han llegado a encabezar algunos ministerios de segundo orden, no es menos cierto que siguen experimentando graves dificultades para acceder a los puestos más importantes de la Administración y sufren una clara discriminación en sus derechos civiles individuales, pues no pueden recibir ningún tipo de herencia de los musulmanes y los varones coptos tienen prohibido el matrimonio con mujeres musulmanas. Además, continúa en vigor una ley promulgada en 1856, durante la época de dominación otomana, que obliga a los no musulmanes a obtener un decreto presidencial para poder construir sus lugares de culto. Ciertos reglamentos del Ministerio del Interior dictados en 1934 establecen una lista de diez condiciones que el gobierno debe tomar en consideración antes de emitir dicho decreto presidencial. Entre estas condiciones se incluye la ubicación del lugar destinado a la construcción, la composición religiosa de la zona adyacente y la proximidad de otros lugares de culto. [17] Si bien, en palabras del periodista Muhammed Heikel, los coptos representan “una parte irrenunciable del tejido social egipcio”, [18] la realidad actual está muy lejos de responder a esta hermosa declaración de principios. Israel, la única nación del mundo con una población mayoritariamente judía, tampoco escapa a la tormenta sectaria que sacude Oriente Medio. [19] A pesar de que, en teoría, el país se rige por principios democráticos, Israel ha sido incapaz de superar la contradicción básica entre esos supuestos principios democráticos universales y una identidad nacional específicamente judía que se ha empeñado en negar la tozuda realidad de una Palestina habitada desde hace siglos por una mayoría de árabes cristianos y musulmanes. El sionismo pretendió dotar a una comunidad de fieles (los judíos de la diáspora) de un Estado y un territorio comunes, apelando para ello a argumentos religiosos (los supuestos derechos históricos de los judíos sobre el Israel bíblico). [20] Para alcanzar esta aspiración política fundamental de convertirse en “el hogar nacional de los judíos”, el nuevo Estado sionista expulsó de sus hogares a más de 750.000 palestinos, es decir, más de la mitad de la población árabe de Palestina en 1948. [21] A nivel interno, el exclusivismo sionista ha provocado que Israel haya sido incapaz de integrar a casi un 25% de población no judía residente en su territorio (porcentaje que va en aumento) y de asumir su presencia dentro de las fronteras del país. [22] El eslogan de Zangwell, “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, se impuso de manera arrolladora en la política y la sociedad israelíes. Desde su nacimiento, Israel no ha podido
resolver este dilema que afecta a su identidad como nación. A pesar
de que los ciudadanos no judíos de Israel (principalmente musulmanes
y cristianos árabes) disfrutan de ciertos derechos políticos,
sociales y religiosos (participan en la vida política dentro del
Knéset o Parlamento israelí y disponen en teoría de
libertad de culto), el marco jurídico israelí permite que
siga vigente Por otro lado, a los ciudadanos israelíes no judíos les resulta muy difícil identificarse con símbolos del Estado específicamente judíos como la bandera, el himno, etc., y están marcados por el estigma del conflicto entre Israel y Palestina, lo que los convierte en potenciales “quintacolumnistas” y les impide en la práctica ascender en la escala social. La marginación afecta, además, a ciertos colectivos como los falasha, judíos procedentes de Etiopía que suelen ocupar los estratos más bajos de la sociedad israelí, junto a los árabes cristianos y musulmanes. La llegada de los falashas a Israel con ocasión de la llamada “Operación Moisés” en 1984 planteó una agria polémica, pues los sectores más conservadores de la sociedad israelí llegaron a poner en duda el carácter judío de este colectivo. En este caso, no es la legislación israelí la que marca la desigualdad, sino la propia dinámica socioeconómica del país. De hecho, son los asquenazíes, judíos de origen germano y eslavo, los que dominan la práctica totalidad de la política y las finanzas israelíes, en detrimento de los ya citados falashas y de los judíos sefardíes, originarios del sur de Europa y los países árabes. Pero no sólo el exclusivismo religioso ha marcado el devenir de las modernas naciones de Oriente Medio. Turquía es un ejemplo de cómo un Estado que asienta sus señas de identidad en una laicidad militante puede practicar también una política excluyente hacia sus ciudadanos. [23] El moderno nacionalismo turco se fraguó a finales del Imperio Otomano. Los súbditos turcos de dicho imperio habían sido expuestos al nacionalismo estilo europeo, en gran parte debido a la penetración de éste en los Balcanes, y comenzaron a construirse una nueva identidad nacional basada en la grandeza de una antigua y mítica civilización turania: el llamado panturquismo, un anhelo de unión de todos los pueblos turcomanos de Asia Central y Menor. [24] Debido a sus fracasos militares y políticos, las autoridades osmanlíes intentaron dar al antiguo Imperio Otomano, políglota y multiétnico, un mayor carácter de nación-estado a la europea. [25] Aunque quizás este fue el único modo de sobrevivir como país, dado que Francia y el Reino Unido, las principales potencias europeas de la época, procedieron a desmembrar palmo a palmo los restos del Imperio Otomano, el precio a pagar iba a ser demasiado alto: el genocidio armenio durante el gobierno de los Jóvenes Turcos (1908-1918) y la deportación masiva de las poblaciones griegas de Asia Menor en 1922 culminaron un proceso de “unidad nacional” (o tal vez deberíamos hablar con más propiedad de “limpieza étnica”) que desembocó en el nacimiento de la moderna República de Turquía en 1923. Desde ese momento, el ejército se convirtió en juez supremo de la laicidad del Estado y no ha dudado en intervenir para garantizarla cuando ha considerado necesario. Un nacionalismo turco excluyente se impuso sobre todas las demás identidades, incluida la islámica.
Si bien a partir de la década de 1990 los partidos “demócrata-musulmanes” [27] comenzaron a tomar protagonismo en la escena política turca e incluso han llegado al poder, el debate sobre la naturaleza del estado turco sigue abierto y algunas prohibiciones como la de llevar velo en universidades o ministerios siguen vigentes y son objeto de una aguda polémica. El otro gran caballo de batalla con respecto
a la identidad de la nación turca es el de los kurdos.
[28]
Durante mucho tiempo, la política del Estado
turco moderno hacia el colectivo kurdo ha sido contradictoria: por un lado,
ha negado su existencia; por el otro, ha intentado por todos los medios
que los llamados “turcos de las montañas” (eufemismo empleado por
el gobierno de Ankara para designar a los kurdos) fueran asimilados dentro
de la sociedad turca mayoritaria. En la actualidad, la posible autonomía
de los kurdos iraquíes es vista con recelo desde Ankara, en la medida
en que ésta puede provocar demandas similares entre los kurdos de
Turquía. Todos y cada uno de los países
de Oriente Medio poseen sociedades diversas y heterogéneas y, por
lo tanto, jamás podrá imponerse desde arriba una identidad
nacional única. Ya se trate de un exclusivismo laico o religioso,
el resultado ha sido la tensión y el conflicto internos. Cada uno de
los estados debería asumir una identidad que reconozca la diversidad
de sus sociedades y sea capaz de integrarla en la personalidad nacional.
Los estados de Oriente Medio se enfrentan a una decisión clave: la
adaptación a la realidad de sus sociedades, o el conflicto permanente.
Asimismo, las interferencias externas, por muy bienintencionadas que sean,
sólo servirán para traer de nuevo a la memoria el antiguo legado
colonial. Cualquier reforma del sistema de gobierno, incluyendo la introducción
de modelos plenamente democráticos, no servirá para mitigar
los problemas de Oriente Medio, si antes los diversos estados y sus respectivas
poblaciones no son capaces de asumir una visión más abierta
y plural de sus propias sociedades.
NOTAS.- [1] Otros artículos de Yamila Munqid: “ El Islam en el Egipto contemporáneo ”, revista Alif Nûn nº 66, diciembre de 2008. [2] Hablando con propiedad, no existe la llamada “ley islámica”, como tampoco existe una “ley cristiana” o una “ley occidental”. La sharia es una serie de principios muy generales que no representa en absoluto un código legal. Más bien habría que hablar de distintos madahib (sg. madhab ) o escuelas jurídicas que se han desarrollado a lo largo de los siglos en el seno del Islam, las cuales, en la mayoría de los casos, sólo han afectado a una parte muy reducida (casi siempre el derecho privado) de la legislación de unos cuantos países (no todos) con poblaciones de mayoría musulmana. Para más información, véase Dr. Abdulkarim Zaidan, “Introducción al estudio de la sharî’a islámica”, revista Alif Nûn nos 30 (septiembre de 2005) y 31 (octubre de 2005) ; Yusuf Fernández, “ El Islam y las escuelas jurídicas ”, revista Alif Nûn nº 43, noviembre de 2006. [3] En 1922, los británicos dividieron el Mandato sobre Palestina entre el emirato semiautónomo de Transjordania en la orilla este del río Jordán, gobernado por el príncipe hashimí Abdallah I, y un Alto Comisionado que gobernaba sobre la orilla oeste. El Mandato sobre Transjordania terminó el 22 de mayo de 1946; el 25 de mayo, el país se convirtió en el Reino Hashemí de Transjordania, con Abdalá I como primer rey. En 1950, el país cambió su nombre por el de “Reino Hashemí de Jordania” e incluyó aquellas porciones de Palestina anexionadas por el rey Abadía I, es decir, la orilla oeste del río Jordán, la cual fue la llamada Cisjordania, permaneciendo bajo administración jordana desde 1948 hasta 1967, cuando el territorio fue conquistado por Israel durante la Guerra de los Seis Días. Jordania no dejó oficialmente de reclamarlo hasta 1988, y hoy día se encuentra parcialmente bajo administración militar israelí y parcialmente bajo la Autoridad Nacional Palestina. [4] El Instituto Central Palestino de Estadísticas (ICPE) estimó que la población palestina en Jordania a finales de 2005 era de 3 millones, mientras que, ese mismo año, la población total de Jordania era de 5.759.732 (fuente: CIA World Factbook). [5] Es necesario hacer notar, sin embargo, que informes como el titulado “Stateless Again: Palestinian-Origin Jordanians Deprived of their Nationality” (Apátridas otra vez: jordanos de origen palestino privados de su nacionalidad), elaborado por la organización de derechos humanos Human Rights Watch (HRW), detallan las acciones del gobierno jordano entre 2004 y 2008 para despojar a más de 2.700 jordanos palestinos de su ciudadanía. [6] Para más información sobre Arabia Saudí, véase Pascal Ménoret, Arabia Saudí. El reino de las ficciones , Bellaterra, Barcelona, 2004; VV.AA, Revista Hesperia nº8. Especial Arabia Saudí , Fundación J.L. Pardo / Tres Culturas, Madrid, 2007; Sandra Mackey, Los saudíes , Paidós, Barcelona, 2004; Toby Jones, “ ”, revista Alif Nûn nº 64, octubre de 2008. [7] Véase Crawford Young, “ Musulmanes en minoría: la perspectiva de un forastero ”, revista Alif Nûn nº 30, septiembre de 2005. [8] Para más información, véase Alberto Masegosa, Darfur: coordenadas de un desastre , La Catarata, Madrid, 2008. [9] La fe bahaí (a veces denominada como bahaísmo o behaísmo), es una religión monoteísta cuyos fieles siguen las enseñanzas de Bahá'u'lláh, su profeta y fundador. Esta religión nació en Persia en la segunda mitad del siglo XIX, y sus enseñanzas son muy similares a las del Islam, con la notable excepción de que Bahá'u'lláh es considerado como el último profeta después de Muhammad, razón por la que la relaciones entre bahais y musulmanes han sido siempre muy tensas. Para más información, véase, A. Baha'u'llah / Shoghi Effendi, La religión Baha'i: Una introducción desde sus textos , Trotta, Madrid, 2008. [10] No es objeto de este artículo analizar hasta qué punto se trata de una elección motivada por un genuino deseo de normalizar la participación de las minorías étnicas y religiosas en el escenario político iraquí o si es tan solo un intento oportunista de erosionar la base del poder tradicional instaurada por Saddam Hussein, poder que se cimentaba principalmente en redes clientelares formadas por los clanes y las familias afines al ex-presidente. Para más información, consultar nuestra sección “ Sociología y política: Iraq ”. [11] Véase Guillermo Algaze, La antigua Mesopotamia en los albores de la civilización , Bellaterra, Barcelona, 2008. (Nota de la Redacción). [12] Para conocer mejor el estado actual de estas excavaciones y restauraciones arqueológicas, véase Fernando Báez, La destrucción cultural de Iraq , Flor del Viento, Barcelona, 2004. (Nota de la Redacción). [13] Véase Martin Kramer, “ Nacionalismo árabe: una identidad falsa (III) ”, revista Alif Nûn nº 66, diciembre de 2008. [14] Para más información, véase VV.AA, Revista Hesperia nº 9: Especial Siria , Fund. J.L. Pardo / Fund. Tres Culturas, Madrid; Pedro Martínez Montávez, “ Siria e Iraq ”, revista Alif Nûn nº 41, septiembre de 2006. [15] Para más información, véase Ignacio Gutiérrez de Terán, Estado y confesión en Oriente Medio: el caso de Siria y Líbano , Cantarabia / UAM, Madrid, 2003; Domingo Garí Hayek, Historia contemporánea del Líbano , Idea, Sevilla, 2006; Georges Corm, El Líbano contemporáneo , Bellaterra, Barcelona, 2006; Ana Mª García Campello, El Líbano: la incrustación de un Estado-Nación , Erasmus, Barcelona, 2008; VV.AA, El conflicto del Líbano , Ministerio de Defensa, Madrid, 2009. [16] Para más información sobre los cristianos coptos en Egipto, véase Adel Iskandar y Hakem Rustom, “ Desde París hasta El Cairo: resistencia frente a la aculturación ”, revista Alif Nûn nº 87, noviembre de 2010; Joseph Maila, “Los árabes cristianos: del ‘problema’ de Oriente a la reciente situación política de las minorías”, revista Alif Nûn nos 56 (enero de 2008) y 57 (febrero de 2008) ; Jacques Masson, “Los coptos. Entre tradición y modernidad”, revista Encuentro Islamo-Cristiano nº 390 , Darek-Nyumba, Madrid, octubre de 2004; Juan Pedro Monferrer Sala, Introducción al cristianismo árabe oriental , Universidad de Córdoba, Córdoba, 2008. [17] Véase Yamila Munquid, “ El Islam en el Egipto contemporáneo ”, ob. cit. [18] Karim al-Gawhary, “Copts in the ‘Egiptian Fabric’”, Middle East Report , vol. 26, nº 3, julio-septiembre de 1996, p. 21 [19] Para más información, consultar nuestra sección “ Sociología y política: Palestina e Israel ”. [20] Para más información sobre la ideología sionista, véase Nur Masalha, La Biblia y el sionismo , Bellaterra, Barcelona, 2008; Joan B. Culla, Breve historia del sionismo , Alianza, Madrid, 2009; Arno Mayer, El arado y la espada: del sionismo al Estado de Israel , Península, Barcelona, 2010. [21] Véase Ilan Pappé, La limpieza étnica de Palestina , Crítica, Barcelona, 2008. [22] Esa proporción del 25% se elevaría hasta la mitad de la población total si incluyésemos todos los habitantes palestinos que residen en los Territorios Ocupados y que, de hecho, están sometidos a la administración israelí. Para más información, véase Darryl Li, “ Retirada y fronteras del sionismo ”, revista Alif Nûn nº 59, abril de 2008. [23] Para más información sobre Turquía, véase, Ali Kazancigil, Turquía: Algunas preguntas, todas las respuestas , Bellaterra, Barcelona, 2010; VV.AA, Revista Hesperia nº 3: Especial Turquía , Fund. J.L. Pardo / Fund. Tres Culturas, Madrid. [24] Ese anhelo de unidad quedó frenado en seco, primero por las aspiraciones imperiales de la Rusia zarista, y después por las de la Unión Soviética, que en su proceso expansionista no dudaron en ocupar y someter a los pueblos de lengua turca del Asia Central. Para más información, véase Rafis Avazov, “Islam político en Asia Central”, revista Alif Nûn nos 55 (diciembre de 2007) y 56 (enero de 2008) . [25] Martin Kramer, “ Nacionalismo árabe: una identidad falsa (I) ”, revista Alif Nûn nº 64, octubre de 2008. [26] Bekim Agai, “ Islam y kemalismo en Turquía ”, revista Alif Nûn nº 72, junio de 2009. [27] Utilizo la expresión “demócrata-musulmanes” a semejanza de los llamados partidos demócrata-cristianos europeos. De hecho, en enero de 2005, la formación “islamista” turca conocida como AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo) fue admitida como miembro observador del Partido Popular Europeo, formación política de la UE de tendencia conservadora y demócrata-cristiana. Para más información sobre la política de corte conservador y nacionalista del AKP, véase, Thierry Zarcone, El Islam en la Turquía actual , Bellaterra, Barcelona, 2010; Bekim Agai, ob. cit . [28] Para más información sobre la situación del pueblo kurdo, véase Jacqueline Sammali, Ser kurdo ¿es un delito? , Txalaparta, Bilbao, 1999; Nazanín Amirian, Los kurdos. Kurdistán, el país inexistente , Flor del Viento, Barcelona, 2005. A Portada |
|
©
2010 KÁLAMO LIBROS,
S.L., Madrid (España)
|