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Estimados lectores:
Con el nacimiento de conceptos como el multiculturalismo
o la globalización hemos ido tomando cada vez mayor conciencia
de la existencia del “otro”. Las sociedades europeas, poco acostumbradas
en el pasado a convivir con culturas y religiones distintas, comenzaron
a recibir tras la Segunda Guerra Mundial un aluvión de inmigrantes
procedente del mundo islámico. Estos inmigrantes han generado sentimientos
contradictorios entre la población nativa. Por un lado, turcos,
argelinos y pakistaníes han ayudado con su trabajo a levantar las
economías de países como Alemania, Francia y el Reino Unido,
y, en este sentido, han resultado ser muy necesarios para sus sociedades
de acogida. Por el otro, sin embargo, representan un importante desafío
para la vieja y tradicional identidad europea y, en ese sentido, se han
convertido en elementos extraños que necesitan ser “integrados”,
lo cual, en la mayoría de los casos, significa acabar con sus particularidades
culturales, en nombre de una mal entendida unidad. Europa se ha vuelto
mestiza y los ciudadanos europeos deben aprender a convivir con esta nueva
realidad, mucho más diversa y heterogénea, y a apreciar las
oportunidades que ofrece la nueva situación. Por su parte, los inmigrantes
también deben aceptar que ya no se encuentran en sus sociedades de
origen y, por lo tanto, deben estar dispuestos a abrirse ante la sociedad
de acogida y a asumir las influencias culturales de ésta. La llamada
“pureza cultural” es una falacia tan evidente como la “pureza racial” y,
sin embargo, mientras que la segunda está en franco retroceso, la
primera sigue esgrimiéndose para justificar la indiferencia mutua
y la supuesta incompatibilidad de ciertas culturas y sociedades con los valores
democráticos.
Entretanto, las sociedades y los estados
del Oriente Medio actual también deben hacer frente a los desafíos
de una nueva identidad nacional más proclive a la integración
de distintas sensibilidades, en un momento en el que los derechos políticos
y civiles de los ciudadanos de esta zona del globo no pueden seguir siendo
ignorados por más tiempo. El problema que deben afrontar estos
países es de una naturaleza diferente al de Europa. En la mayor
parte de ellos ha sido habitual la presencia y la convivencia de diversas
comunidades étnicas y religiosas a lo largo de la historia. Paradójicamente
(o no tanto), fue a raíz de la creación de las modernas
naciones-estado cuando comenzaron a exacerbarse las identidades nacionalistas,
étnicas y religiosas en Oriente Medio. En este caso no se trata de
aceptar la presencia de colectivos recién llegados, pues casi todas
estas sociedades han sido heterogéneas desde hace muchos siglos,
sino de que los Estados surgidos tras la descolonización sean capaces
de asumir una realidad plural, aunque eso los obligue a renunciar a ejercer
el poder de manera despótica y arbitraria.
En el número de Alif Nûn
de este mes nos adentramos en ese mundo de identidades diversas que
representan las sociedades del Viejo Mundo (tanto europeo como de Oriente
Medio) y en las dificultades y tensiones que esta situación está
provocando. El primero de los artículos es un extracto de la correspondencia
mantenida entre Zafer Senocak, uno de los más destacados y versátiles
escritores alemanes de origen turco, y Abdelkader Benali, renombrado novelista
y autor holandés de origen marroquí. En dicha correspondencia
dialogan sobre sus respectivas experiencias en dos culturas diferentes
y los problemas de integración a los que se enfrentan los inmigrantes
musulmanes en las sociedades europeas de hoy en día. El segundo
artículo analiza la crisis de identidad por la que atraviesan las
sociedades y los estados de Oriente Medio y el recurso de estos últimos
a ideas-fuerza como la religión para legitimar el ejercicio del
poder. Para terminar, el tercer artículo del mes es un viaje de
ida y vuelta entre Francia y Egipto, en el que se analiza la problemática
de dos colectivos minoritarios: los inmigrantes musulmanes (sobre todo
argelinos) en Francia y la comunidad de cristianos coptos en Egipto. Dos
realidades aparentemente muy diferentes que, sin embargo, no carecen de
puntos en común.
La Dirección.
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En su correspondencia, Zafer Senocak, uno
de los más destacados y versátiles escritores alemanes de
origen turco, y Abdelkader Benali, renombrado novelista y autor holandés
de origen marroquí, dialogan sobre sus respectivas experiencias
en dos culturas diferentes y los problemas de integración a los
que se enfrentan los musulmanes de hoy en día.
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En mi opinión, y al contrario
de lo que habitualmente suele afirmarse, el problema básico que
afecta a la mayoría de los estados de Oriente Medio no es su déficit
democrático (que también existe) sino la dificultad para
definir su identidad nacional. Una vez resuelto el asunto de la identidad,
el camino hacia la plena democracia y un verdadero régimen de libertades
quedaría en gran medida expedito.
Casi ochenta años después de la caída del Imperio
Otomano, del cual surgieron la mayoría de estos estados, todos
ellos han sido incapaces de precisar, concretar y conservar una identidad
nacional con la cual pueda identificarse la totalidad de sus ciudadanos.
Ningún país de Oriente Medio es homogéneo, sino que
está formado por numerosas comunidades étnicas, religiosas,
culturales y lingüísticas. Sin embargo, ninguno ha logrado
desarrollar una identidad nacional que refleje ese carácter heterogéneo.
Al margen de los distintos regímenes políticos (dictaduras
o seudo-democracias, monarquías o repúblicas), los estados
de Oriente Medio se han mostrado incapaces de reconocer, integrar y reflejar
la diversidad étnica y cultural de las sociedades a las que, en
principio, deberían representar. Todos ellos, sin excepción,
han tratado de imponer una determinada identidad sobre las demás.
Ya sean de carácter laico o religioso, estos intentos han fracasado
y han provocado división y tensiones sociales, en el mejor de los
casos, y guerras civiles o genocidios, en el peor.
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Nociones contradictorias coexisten
en una mezcla única, aunque de un modo incómodo. El siglo
XX se caracterizó tanto por el aumento de los conflictos étnicos
y la disgregación social como por la creación de alianzas
y de un pensamiento unitario. Inestables enfrentamientos étnicos
en Australia, Líbano, México, Países Bajos, Indonesia,
Chechenia y otros lugares han situado con gran urgencia la noción
de identidad política en el centro de atención de la conciencia
global. Desde París hasta El Cairo, la situación de las minorías,
la identidad nacional y la asimilación aparecen en la vanguardia
de estas luchas culturales.
En la tierra de la “Liberté, Egalité,
Fraternité”, en el corazón del modelo de integración
francés, existe una contradicción inherente. La política
oficial del Estado afirma que la “integración” de los inmigrantes
y sus descendientes es un asunto vital. A nivel institucional y político,
todos las dificultades relacionadas con temas migratorios y raciales son
calificadas como “problemas de integración”. En consecuencia, el
Estado no tiene ningún lenguaje o mecanismo para describir u ocuparse
de abstracciones como la marginación o el multiculturalismo. El Haut
Conseil à l’Intégration (Alto Consejo para la Integración),
comité francés de “integración” dependiente del gobierno
y formado por un grupo de expertos, fue creado hace no demasiado tiempo (1989)
para ocuparse de estos problemas. Con un violento incidente en un suburbio
de Lyón en octubre de 1990, viendo la tormenta que se avecinaba, el
gobierno se apresuró a crear un nuevo Ministerio de Asuntos Urbanos
apenas dos meses después.
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Así que háblame de las bombas que cayeron mientras yo
dormía
y de las mejillas que humedeció el rocío mientras yo
dormía
y de los patos que volaron sobre los mares.
En estas horas tumultuosas donde las orugas de los blindados
cruzaban los sueños de los niños,
díme al pie de qué refugio
anudó el canario el hilo amarillo de su canto.
_"
Todo nada, todo mirada
"
[Sohrab Sepehri]
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