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MUSULMANES Y JUDIOS EN LA ESPAÑA
MEDIEVAL (II):
¿Qué lección podemos aprender? [1] David Nirenberg [2] En la España cristiana, las posturas que adoptaron los judíos con respecto a los musulmanes, y viceversa, no pueden entenderse simplemente como un producto de la actitud cultural “judía” o “musulmana” hacia la otra comunidad. Por supuesto, estas actitudes culturales tuvieron su importancia, pero la relación entre estas dos comunidades religiosas también se vio muy influida por lo que judíos y musulmanes pensaban que eran las prioridades y la ideología de los cristianos. A veces, los argumentos eran puramente económicos o pragmáticos. Ningún musulmán o judío del medioevo se habría sorprendido, por ejemplo, por el consejo que la reina Leonor de Aragón dio a su hijo, el príncipe Martín, cuando en 1374 le dijo que ignorara las reclamaciones de varias comunidades musulmanas en relación a la deuda que tenían contraída con el judío valenciano Jafuda Alatzar. Después de todo, Jafuda pagaba más impuestos a la Corona que prácticamente todas las comunidades musulmanas del Reino de Valencia juntas [3] . Sin embargo, en otras ocasiones la cuestión era mucho más compleja, con judíos y musulmanes argumentando de forma explícita sobre los méritos relativos de sus respectivas religiones, y en especial sobre la naturaleza de su relación con el Cristianismo de sus señores. Es en esos argumentos de carácter más ideológico donde podemos empezar a ver cómo judíos y musulmanes adoptaron los prejuicios de sus gobernantes cristianos y los adaptaron en un intento de obtener ventaja sobre la fe minoritaria rival. Tal vez los ejemplos más claros en los que las dos comunidades no cristianas recurrían de manera más explícita a la ideología cristiana se produjeron cuando judíos y musulmanes rivalizaban para conseguir conversos. En la Edad Media se suponía que la conversión sólo podía tener lugar en una dirección: hacia la “verdad” (una verdad que dependía de la religión de quien gobernase). Cualquier otro cambio de parecer no era conversión, sino apostasía o perversión. Por supuesto, en territorio cristiano, la verdad se juzgaba en función de la “religión verdadera”, es decir, del Cristianismo. Esto significaba que los casos de conversión entre el Islam y el Judaísmo debían justificarse bajo los criterios del Cristianismo y ante jueces cristianos. No podríamos encontrar mejores circunstancias donde observar la influencia de la ideología cristiana sobre el Islam y el Judaísmo. Aunque en teoría eran castigadas con la muerte, las conversiones entre las dos religiones eran relativamente comunes, sobre todo antes de las masacres de judíos en 1391, y casi siempre se trataba de musulmanes conversos al Judaísmo. Disponemos de un único caso documentado de conversión de judíos al Islam antes de 1391. En 1280, se publicó una serie de documentos relacionados con la conversión al Islam de tres judíos de Zaragoza. Los judíos fueron arrestados, juzgados y condenados a muerte, al parecer debido a la insistencia de un importante cortesano judío y funcionario real, Jucef Ravaya, quien también era tesorero de la familia de los judíos y recaudador de los impuestos pagados por los musulmanes. Mucho más habituales, y mucho más toleradas, eran las conversiones en la otra dirección. Una serie de musulmanes, algunos esclavos de judíos [4] y otros libres, se convirtieron al Judaísmo durante los siglos XIII y XIV, y en todos los casos que conozco se permitió la conversión a cambio de un pago en efectivo por parte del converso o de la comunidad judía. [5] Sin embargo, este ecumenismo motivado
por el beneficio económico disminuyó notablemente después
de 1391, en un ambiente mucho más antijudío. Durante el siglo
XV se produjeron algunas conversiones de musulmanes al Judaísmo,
pero ahora eran episodios muy conflictivos. Por ejemplo, la conversión
de una joven en Talavera en algún momento de la primera mitad del
siglo XV al parecer provocó “gran discordia y escándalo”. El
acta del juicio, copiada a petición del famoso converso Alfonso de
Cartagena, obispo de Burgos, contiene pocos detalles de la conversión
en sí. No se nombra a la mujer musulmana y tan sólo se nos dice
que Yuda, un judío de Talavera, se llevó a una “joven mora”
de casa del padre de ésta y la convirtió al Judaísmo.
Si esto ocurrió con o sin el consentimiento de ella se considera irrelevante,
aunque se nos dice que Yuda se había “mezclado” sexualmente con la
joven durante algún tiempo antes de la conversión. En lugar
de ofrecernos los detalles, ambas partes (los musulmanes y sus abogados cristianos
de un lado, y los judíos y su abogado cristiano del otro) centran casi
todos sus argumentos para justificar la licitud o no de la conversión
en una cuestión: ¿quiénes están más cerca
de Cristo, los judíos o los musulmanes? Vale la pena describir el
debate, pues muestra cómo musulmanes y judíos intentan apropiarse
de los argumentos cristianos contra el otro grupo minoritario. Los judíos comenzaron citando el derecho canónico y argumentaron que las conversiones entre grupos no cristianos no son un asunto de la Iglesia cristiana. Dicho esto, procedieron a explicar por qué la Iglesia debe permitir la conversión de musulmanes al Judaísmo, y prohibirlas en la otra dirección. Según los argumentos judíos, es evidente que “quien tiene un falso profeta y una ley estúpida y ridícula, puede adoptar la ley de los judíos”. La única duda era si “los judíos, con leyes y profetas a los que reverenciamos y honramos como santos, podemos adoptar la ley de los moros”. En resumen, que un musulmán acepte el Judaísmo es un avance, una conversión, y por tanto, legal. Que un judío acepte el Islam es retroceso, una apostasía, y por tanto, ilegal. Para argumentar este punto, los judíos se sirvieron del Cristianismo. Sostenían que su ley es mejor que la de los musulmanes porque proviene de Dios, cuya autoría de la ley mosaica es aceptada por las tres religiones, y porque contiene las leyes y las profecías que proclaman la venida de Cristo. La ley cristiana fue injertada en la ley judía y por eso los judíos están más cerca de Cristo. “De ello se deduce que los judíos están más cerca de la Iglesia, pues ellos son una rama cortada del olivo que es Cristo y comparten más con Él que los moros, quienes no tienen ninguna relación con Él”. Satanás, por el contrario, es el autor de la ley musulmana. El Corán es una burla, no una ley de Dios. Además, a diferencia de la ley judía, está repleto de blasfemias, pues aunque acepta que “nuestro Salvador era un santo profeta y Santa María era una virgen”, afirma que Cristo no es Dios y que no murió ni resucitó. Por último, cuando la Iglesia ora por los herejes y los paganos, habla de “eliminar la iniquidad de sus corazones”, pero cuando reza por los judíos habla de “eliminar el velo de sus corazones”. Es mejor estar en posesión de la verdad, aunque ésta permanezca oculta, que poseer sólo mentiras y falsedades. Al igual que los judíos y su
abogado, los portavoces de los musulmanes dedicaron la mayor parte de sus
energías a comparar la afinidad de musulmanes y judíos con
el Cristianismo. Los abogados de los musulmanes tampoco se mordieron la lengua:
“Los judíos, en los ritos de su religión tal y como la practican hoy en día, son en gran medida de peor condición, más detestados y aborrecidos por el Señor, y más corruptores...que los moros que viven entre nosotros”. Los moros, sin duda, son “bestiales”
y “obscenos”, pero nunca han recibido la ley verdadera. Los judíos
la tienen y la han rechazado. Al rechazar a sus profetas, se han convertido
en una sinagoga de Satanás, perdiendo todo rastro de la ley mosaica
y el derecho a llevar el nombre de “judíos”. De ello se deduce que,
mientras que los judíos son blasfemos, irracionales y obstinados,
los musulmanes sólo son irracionales, pues su “funesto estilo de
vida es sólo una forma de superstición bestial y de ignorancia
ciega”. Por otra parte, en lugar de blasfemar como los judíos, los
musulmanes aceptan a Cristo: “Ellos lo aceptan y dicen que fue un enviado de Dios muy santo, concebido a través del Espíritu Santo en el útero de nuestra gloriosa Señora, que lo alumbró sin mácula, permaneciendo virgen antes y después del nacimiento”.
Una y otra vez se pone de manifiesto la relativa afinidad de los musulmanes con el Cristianismo [6] . El juez afirmó que los musulmanes son conversos más sinceros al Cristianismo. Tampoco tratan de destruir el Cristianismo, como hacen los judíos. De hecho, si la Iglesia enseña que los cristianos deben alejarse tanto de los musulmanes como de los judíos, se debe sólo a que los musulmanes han sido contaminados por costumbres judías como la circuncisión. El mismo argumento se aplica al Apocalipsis. El Anticristo nacerá de entre los judíos. Los judíos son serpientes, veneno, deliberadamente maliciosos. Los musulmanes, en el peor de los casos, son ignorantes y están mal informados.
Dado que los cristianos eran receptivos a esta clase de argumentos, no debería sorprendernos que los musulmanes adoptasen la estrategia de invocar a Cristo y a la Virgen en su rivalidad con los judíos. Por supuesto, tales invocaciones no eran completamente ajenas a las críticas más tradicionales de los musulmanes al Judaísmo. El Corán mismo afirma que los judíos fueron condenados (entre otras razones) por negarse a creer en María y por difamarla, rechazando las profecías de su hijo (azora 4 [“Las mujeres”], aleya 156). Sin embargo, el Islam clásico tiende a minimizar el papel de los judíos como asesinos de Jesús, pues, según la tradición islámica, Dios frustró las intenciones de los judíos, de modo que realmente no lo mataron. Tal y como dice el Corán, “y [los judíos] conspiraron [contra Jesús], pero Dios también conspiró, y Dios es el mejor de los conspiradores” (3:54). Los musulmanes españoles no se mostraron tan reticentes. Fueron mucho más allá que el Islam tradicional en su devoción hacia la Virgen María y en el papel y la importancia atribuidos a los judíos en la muerte de Jesús. Sobreviven cientos de paginas de leyendas de españoles musulmanes donde se detalla la manera en que los judíos conspiraron con el Diablo para eliminar a Jesús, insistiendo en la venganza que les está reservada por esta perfidia. Por ejemplo, en una obra de 1360 escrita por un musulmán aragonés se dice que Dios maldijo a los judíos, primero por rechazar a Jesús como profeta de Dios, y después por rechazar a Muhammad. Por lo primero, los judíos fueron asediados en Jerusalén, expulsados de su tierra prometida y sentenciados a la esclavitud perpetua. Por lo segundo, todos ellos serán ejecutados al final de los tiempos, y Jesús será su verdugo. Como muchos otros escritores musulmanes españoles, este autor adoptó todos los principios básicos del antijudaísmo cristiano: 1) que los judíos crucificaron a Jesús, 2) que el asedio y la destrucción de Jerusalén fueron un castigo por aquel acto, 3) que la diáspora y la “servidumbre” de los judíos eran una prueba de su infidelidad, y 4) que todos estos judíos infieles serán sacrificados al final de los tiempos. [7] En resumen, la situación
de abierta rivalidad con el Judaísmo animó a los musulmanes
españoles a adoptar una serie de temas cristianos antisemitas (como
el de la sinagoga de Satanás y el de la venganza de Jesús)
que eran relativamente raros en los países musulmanes
[8]
. Tal vez el ejemplo más dramático
a este respecto sea la participación de los musulmanes en la violencia
cristiana contra los judíos. Cada año, durante la Semana Santa,
en España y otros lugares del Mediterráneo, multitud de clérigos
cristianos y de niños participaban en un ritual conocido como la “matanza
de judíos”, el cual consistía en adentrarse en los barrios
judíos para apedrear a sus habitantes. En 1319, un grupo de musulmanes
intentó sumarse a esta práctica. El rey Jaime de Aragón
escribió lo siguiente al respecto: “Hemos sabido que, a pesar de una proclama donde se prohíbe lanzar piedras en nuestro castillo de Daroca durante los ocho días de Pascua, algunos musulmanes residentes en esta ciudad han trepado por los muros de ese castillo y después han atacado con piedras y espadas a la los judíos que allí residen, hiriendo gravemente a algunos de ellos y cometiendo muchas otras atrocidades contra esos judíos”. [9]
Mediante este violento acto, los musulmanes de Daroca estaban proclamando su aceptación de la profecía de Jesús y su voluntad de vengar el asesinato de éste a manos de los judíos. En otras palabras, atacando a los judíos hacían causa común con los cristianos. Una cuestión queda clara cuando analizamos todos estos episodios: no deberíamos hablar de “relaciones entre musulmanes y judíos” en la España cristiana del medioevo, pues estas relaciones no eran autónomas sino que estaban constantemente mediatizadas por los puntos de vista de quienes tenían el poder para decidir la forma de éstas; en este caso, por las opiniones de los cristianos europeos. Creo que esta idea, sencilla pero importante, puede extrapolarse al estudio de las modernas relaciones entre judíos y musulmanes, tanto en el periodo colonial (es decir, antes de la Segunda Guerra Mundial) como en el más de medio siglo transcurrido desde el establecimiento del Estado de Israel. Antes de la expansión colonial de potencias europeas como Rusia, Alemania, Francia o Gran Bretaña en el norte de África y el Imperio Otomano a comienzos del siglo XIX, todavía permanecía operativa la actitud tradicional de tolerancia de los musulmanes hacia minorías religiosas protegidas como los judíos. Sin embargo, el colonialismo europeo rápidamente trajo consigo un cambio de talante. Las potencias coloniales a menudo reivindicaban el derecho a proteger a las minorías religiosas que vivían en tierras musulmanas, y las usaban como intermediarios o agentes coloniales a la hora de administrar aquellos territorios. Francia, por ejemplo, intervenía con frecuencia para proteger a la población católica de Siria, mientras que los sirios cristianos se enriquecían al servicio del colonialismo francés. [10] Los judíos en territorio musulmán fueron una especie de anomalía en este sentido. Más pobres que los cristianos y sin ningún poder colonial judío con el cual cooperar, al principio no fueron importantes como agentes coloniales europeos en el mundo islámico. Esto cambió cuando países como Gran Bretaña comenzaron a buscar minorías nativas a las que ofrecer protección y usar como intermediarias. Los judíos de Oriente Próximo pronto se convirtieron en candidatos para jugar ese papel. La idea era que Gran Bretaña protegiera a los judíos de Oriente Próximo a cambio de que éstos representaran los intereses británicos. De hecho, el papel de los judíos en el colonialismo europeo no llegó a ser importante hasta el siglo XX, pero afectó muy rápidamente a las opiniones de los musulmanes de Oriente Próximo, cuando éstos adoptaron los prejuicios antisemitas de los cristianos. Consideremos una de las primeras acusaciones de asesinato atribuidas a los judíos en el mundo islámico, concretamente en Damasco, en 1840. El caso comenzó cuando desaparecieron un monje católico y su criado. Los otros monjes, apoyados por el Cónsul General francés en Damasco, acusaron a los judíos de la ciudad de haber asesinado con fines rituales al monje desaparecido. El gobernador de la región, que dependía del apoyo francés para mantenerse en el poder frente a la oposición británica, no dudó en ordenar el arresto y la tortura de los notables judíos de Damasco. Uno de ellos murió durante su interrogatorio y varios confesaron el asesinato al ser torturados. La prensa francesa se ocupó en detalle de todo el asunto, usándolo como una oportunidad para atacar tanto a los judíos de Francia como a los de Siria. La cuestión es que el estereotipo del judío cometiendo un asesinato ritual penetró por primera vez en el mundo islámico como recurso de una minoría, los cristianos, agentes de una potencia colonial, Francia, contra otra minoría, los judíos, considerados agentes de Gran Bretaña, una potencia colonial rival. Esta acusación pronto se hizo popular en Oriente Medio y, de hecho, todavía hoy se puede oír a veces a funcionarios de países musulmanes afirmar en público que el Talmud obliga a los judíos a beber la sangre de un no judío una vez al año. [11]
El hecho que deseo subrayar es que, en la época moderna, los musulmanes han acusado a los judíos de ser agentes de las potencias coloniales, empleando un lenguaje tomado de estas mismas potencias coloniales dominantes, y dirigido a ellas. Esto quedó demostrado en el siglo XX, con el establecimiento del Mandato británico y el posterior Estado de Israel [13] . Es interesante observar hasta que punto los adversarios musulmanes de Israel adaptaron sus críticas al sionismo a las tendencias intelectuales de las potencias dominantes. Así, durante la década de 1930, muchos líderes árabes denunciaron que los asentamientos judíos formaban parte del imperialismo británico y buscaron apoyo en la Alemania nazi. Durante el apogeo de la paranoia anticomunista, en la década de 1950, los adversarios de Israel jugaron con la sensibilidad de los estadounidenses, acusando al sionismo de comunismo. A finales de los sesenta y principios de los setenta, cuando Occidente se mostraba más preocupado con el racismo, la identificación entre sionismo y racismo adquirió tal ímpetu que la ONU llegó a aprobar una resolución en ese sentido [14] , mientras que a finales de los setenta y durante los ochenta, con una Europa Occidental cada vez más reticente a la hegemonía de EE.UU, Israel era retratada (y sigue siéndolo) como un instrumento del imperialismo estadounidense. [15] Los musulmanes, desde luego, no tienen el monopolio de esta práctica. Los judíos también han jugado de muchas maneras con las opiniones europeas sobre el Islam, invocando a menudo las imágenes “orientalistas” [16] de un Islam corrupto, despótico e irracional, con el fin de presentar a Israel como el único representante posible del “Occidente progresista” en la región [17] . Ya sean empleadas en beneficio de Israel o de los estados árabes, todas estas estrategias reflejan en mayor medida los intereses de las potencias mundiales que el punto de vista “judío” o “musulmán” sobre la otra comunidad. Pretenden atraer la atención de la opinión pública en las naciones con poder, las del primer mundo, y su éxito depende a menudo de su capacidad para contribuir a la difusión de los prejuicios de esa opinión pública. Esta conclusión no debería sorprendernos, pues todos hemos llegado a entender la importancia de la opinión pública y política de EE.UU y Europa a la hora de determinar las posibilidades de éxito de las relaciones entre árabes e israelíes. Lo que sí resulta sorprendente es hasta qué punto los historiadores que estudian las relaciones entre musulmanes y judíos han estado dispuestos a ignorar procesos similares en el pasado. En general, siguen buscando en las tradiciones islámicas y judías alguna clave esencial que les permita comprender las relaciones actuales entre las dos religiones. Si tal clave existe (y no hay razón para ser escépticos) no la encontraremos centrándonos en la historia de los judíos bajo el Islam, pues no buscamos saber cómo es un pueblo sometido en una sociedad jerarquizada desde un punto de vista religioso. Necesitamos estudiar aquellos periodos en los que las relaciones entre musulmanes y judíos fueron más competitivas: la España medieval, el periodo colonial y la modernidad. Y debemos ser conscientes de que en tales periodos nunca estamos hablando de un diálogo entre dos religiones, sino entre tres, pues la cristiandad siempre está acechando en la sombra, a veces demasiado grande para ser vista. Aunque la Edad Media cristiana
pueda parecer demasiado distante del Oriente Medio moderno, la comparación
tiene la ventaja de subrayar el papel del interlocutor cristiano casi invisible.
Lamentablemente, también revela con claridad la fuerza de un símbolo
antisemita fundamental que ha perdurado hasta nuestros días: el
de los judíos como asesinos de Cristo. Comparemos esta emisión
de Radio Amman en 1964 con mi descripción de los argumentos empleados
por los musulmanes españoles del siglo XIV: “Hace unos dos mil años, los judíos crucificaron a Jesús después de palizas, humillaciones y torturas que llenaron de oprobio a toda la humanidad. Y hace quince años, de la manera más cruel, los judíos invadieron Palestina. Atacaron a ciudadanos inocentes y desarmados y los sometieron a las atrocidades más crueles...Así demuestran los judíos su responsabilidad por las infamias de sus antepasados y por la crucifixión y humillación de Cristo hace diecinueve siglos”. Analogías similares
se establecieron durante la visita del Papa Juan Pablo II a la mezquita
Omeya de Damasco en 2001. El ministro sirio de asuntos religiosos no aprovechó
la visita para proclamar una nueva era de diálogo interreligioso,
sino que invocó lo que él llamó una enemistad compartida:
“Debemos ser plenamente conscientes de que los enemigos de Dios y el malicioso
sionismo conspiran contra el Cristianismo y el Islam”. El presidente Bashar
al-Assad había recibido al Papa el día anterior con palabras
similares, injuriando a “quienes intentan acabar con los principios de
todas las religiones con la misma mentalidad con la cual traicionaron a
Jesucristo”
[18]
. Puede resultar tentador calificar este tipo de
declaraciones como ejemplos de un antijudaísmo típicamente
islámico, pero si podemos contener por un momento nuestra indignación
y somos capaces de percibir en estas palabras el eco de nuestras propias
ideologías europeas, habremos aprendido una lección de la historia. BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
NOTAS.- [1] Traducción, extracto y adaptación del artículo aparecido en: http://data.ccarnet.org/journal/702dn.pdf Versión en castellano elaborada por el equipo de traductores de Alif Nûn . Segunda parte del artículo publicado en Alif Nûn nº 83, junio de 2010 . Las citas entre comillas no son las originales en castellano antiguo, sino que han sido “traducidas”, en la medida de los posible, al lenguaje actual. (Nota de la Redacción). [2] David Nirenberg es profesor en el Departamento de Historia de la Universidad John Hopkins (Baltimore, Maryland, Estados Unidos). [3] La recomendación de la reina puede verse en el Archivo de la Corona de Aragón: C 1582:107r-8r (1374/11/1). Véase J. Riera i Sans, “Jafudà Alatzar, jueu de València (segle XIV)”, Revista d’Història Medieval 4, 1993, pp. 65-100, aquí pp. 76, 79. [4] En estos casos, la razón de dichas conversiones podría explicarse en parte por la propia actitud de los judíos propietarios de esclavos: “...la ley rabínica instaba a los judíos a que intentaran persuadir a sus esclavos para aceptar la conversión mediante la circuncisión y el ritual de inmersión. Se practicó ampliamente una forma de conversión a medias mediante la cual el esclavo aceptaba algunos mandamientos y conductas básicos, pero no todo el rigor de la ley mosaica. De acuerdo a la ley judía, un esclavo converso, o incluso converso a medias, no podía ser vendido a un gentil. De hecho, si el propietario vendía a su esclavo o esclava en estas circunstancias, el o ella debían ser puestos en libertad. Por el contrario, después de un determinado periodo de tiempo, un esclavo que rechazase incluso una conversión a medias era vendido a un gentil”. Véase Bernard Lewis, “ Una aproximación histórica a la esclavitud en Oriente Medio ”, revista Alif Nûn nº 69, marzo de 2009 (Nota de la Redacción). [5] Todos estos casos y el de Talavera, citado a continuación, están analizados en mi obra titulada Communities of Violence , pp. 184-95. [6] Esta “relativa afinidad de los musulmanes con el Cristianismo” no los libró, sin embargo, de sufrir la misma suerte que los judíos, siendo expulsados de la Península Ibérica poco más de un siglo después que éstos. Para más información, véase Roger Boase, “ La expulsión de los musulmanes de España: un antiguo ejemplo de limpieza étnica y religiosa ”, revista Alif Nûn nº 68, febrero de 2009. (Nota de la Redacción). [7] Ta’yi-d al-milla, Arabic ms., Colección Gayangos 31, Real Academia de Historia de Madrid. Véase la edición de L. Kassin en su “A Study of a Fourteenth-Century Polemical Treatise Adversus Judaeos”, Tesis doctoral, Columbia University, 1969. [8] Uno de los ejemplos más audaces es muy posterior, de la Granada de Felipe II, cuando los moriscos (descendientes de los musulmanes obligados a convertirse al Cristianismo) falsificaron textos árabes supuestamente escritos por los discípulos árabes del apóstol Santiago y escondidos en Granada, los cuales serían revelados cuando se acercase el final de los tiempos, para corregir la corrupción y el chovinismo cristianos. Las falsificaciones buscaban asignar a los árabes un papel fundamental en el Cristianismo y presentar a musulmanes y moriscos como los guardianes de la verdadera religión cristiana y del Evangelio incorrupto. Dirigiéndose quizá a los descendientes de los judíos conversos al Cristianismo, los textos denigraban de forma explícita a los judíos, acusándolos de negar a Cristo e inventando una profecía de San Pedro según la cual Jerusalén sería destruida a causa de dicha negación. Véase M. Hagerty, Los libros plúmbeos del Sacromonte , Editora Nacional, Madrid, 1980, pp. 123-24, 208. [9] Archivo de la Corona de Aragón: C 245:121r (1319/4/30). [10] Para más información, véase Juan P. Monferrer Sala, Introducción al cristianismo árabe oriental , Univ. de Córdoba, Córdoba, 2008; Joseph Maila, “Los árabes cristianos”, revista Alif Nûn nos 56 (enero de 2008 ) y 57 (febrero de 2008) . (Nota de la Redacción). [11] Véase Jonathan Frankel, The Damascus Affair:“Ritual Murder” , Politics, and the Jews in 1840, Cambridge University Press, Cambridge, 1997. [12] Bernard Lewis, The Jews of Islam, Princeton University Press, Princeton, 1984, pp. 184–89. [13] En relación con la labor de los judíos como agentes británicos en Palestina, Anstruther Mackay, gobernador militar de una parte de Palestina durante la Primera Guerra Mundial, escribía ya en 1920: “los árabes sienten ahora que la administración [británica] ha caído cada vez más bajo la influencia de la Comisión Sionista, que ha conseguido crear entre los musulmanes y los cristianos la impresión de que los judíos son todopoderosos dentro del Foreign Office británico, y de que, si un oficial muestra simpatía hacia los árabes, puede darse por seguro que será apartado [...] Un cristiano de Jaffa escribe lo siguiente: ‘Ahora tenemos la sensación de que hay un gobierno dentro del gobierno. Los oficiales británicos no pueden ponerse del lado de la justicia porque tienen miedo a ser apartados de sus puestos o expedientados’”. Véase Anstruther Mackay, “ Las aspiraciones sionistas en Palestina ”, revista Alif Nûn nº 67, enero de 2009. (Nota de la Redacción). [14] La resolución 3379 de la Asamblea General de la ONU, aprobada el 10 de noviembre de 1975 por 72 votos a favor, 35 en contra y 32 abstenciones, equiparó al sionismo con el racismo en general y con el apartheid sudafricano en particular, y llamó a su eliminación. La resolución, de carácter no vinculante, fue anulada por la resolución 4686 del 16 de diciembre de 1991, con un total de 111 votos a favor, 25 en contra y 13 abstenciones. (Nota de la Redacción). [15] Un ejemplo del tipo de argumentos empleados para demostrar la relación entre Israel y el imperialismo de EE.UU puede verse, por ejemplo, en Samir Amin, “ El imperialismo de EE.UU en Oriente Medio ”, revista Alif Nûn nº 80, marzo de 2010. (Nota de la Redacción). [16] Para más información sobre la imagen del Islam proyectada por el orientalismo, véase Edward Said, Orientalismo , DeBolsillo, Barcelona, 2007; Abû Imân 'Abd al-Rahmân Robert Squires, “ Orientalismo, desinformación e Islam ”, revista Alif Nûn nº 76, noviembre de 2009. (Nota de la Redacción). [17] Este argumento israelí está desarrollado en detalle en Trita Parsi, “ Bajo el velo de la ideología: la rivalidad estratégica entre Israel e Irán ”, revista Alif Nûn [18] The New York Times , 7 de mayo de 2001, p. A1. A Portada |
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