SOMBRAS Y CONFLICTOS:
REFLEXIONES SOBRE LA CONFRONTACIÓN
 ENTRE EL ISLAM Y OCCIDENTE [1]



Rodney Blackhirst y Kenneth Oldmeadow [2]


Si había alguna duda sobre la importancia de las relaciones entre el Islam y Occidente en los tiempos que vivimos, ésta se disipó con los acontecimientos del 11 de septiembre. Estos hechos traumáticos nos recordaron una vez más, de manera repentina e impactante, toda una historia de tensiones entre el Islam y Occidente y el hecho de que esta historia está presente, moldeando no sólo nuestra política y muestra religión, sino el propio “espíritu de los tiempos” a comienzos del siglo XXI. Hay varios conflictos en el mundo de hoy que, desde una perspectiva global, deben considerarse de una importancia planetaria, y la religión islámica figura en muchos de ellos. El más destacado, por supuesto, es el conflicto en Tierra Santa entre el Estado de Israel y el desahuciado pueblo palestino. El retorno de los judíos a su antigua patria representa en sí mismo un acontecimiento transcendental en este ciclo temporal, pero el hecho de que este retorno suponga un terrible enfrentamiento con el mundo islámico es un rasgo inevitable de este mismo ciclo. Del igual modo, la creación de una patria musulmana, Pakistán, en el subcontinente indio implica necesariamente un peligroso conflicto con un Estado hindú, la India –un enfrentamiento entre la religión más joven del mundo y la más antigua, encarnadas en dos naciones-estado. Algunos conflictos en África, Asia Central y Filipinas, e incluso las tensiones sociales creadas por el asentamiento de comunidades musulmanas en países como Gran Bretaña, Francia y Alemania también deben considerarse como un síntoma del mismo fenómeno.

Desde los atentados del 11 de septiembre contra Nueva York y Washington ha habido en los medios de comunicación occidentales un verdadero diluvio de “noticias”, “opiniones”, “comentarios”, “análisis” y similares, muchos de ellos procedentes de viejos y nuevos políticos, agentes de la CIA reciclados, personal de defensa, los llamados “expertos en terrorismo”, veteranos de la Guerra Fría y personalidades mediáticas. Gran parte del material que ha inundado periódicos, televisiones y radios bien podría describirse como propaganda (la continuación de la política por otros medios, podríamos decir). Las siguientes observaciones y reflexiones no son un análisis profundo de los atentados y sus consecuencias ni un examen exhaustivo de los asuntos de Oriente Medio. Más bien deben entenderse como una serie de consideraciones a tener en cuenta en estudios y trabajos posteriores. Nuestro objetivo es dirigir la atención hacia un contexto más amplio en el que los acontecimientos recientes puedan ubicarse y entenderse mejor.

Los atentados del 11 de septiembre, el terrorismo y la política exterior estadounidense

11 Septiembre A pesar de los titulares, quedó claro que los atentados sobre Nueva York y Washington no fueron el producto del “terrorismo absurdo”, “la violencia sin sentido” o “el mal en estado puro”; en general, no resulta útil pensar en términos de “mentes enfermas” y otras ideas por el estilo. Los atentados tuvieron una motivación, y fueron pensados y planeados. El hecho de que sean moralmente repugnantes y que tuvieran las más terribles consecuencias a nivel de vidas humanas no los hace incomprensibles. Los atentados contra Nueva York y Washington parecerán “sin sentido” a menos que los ubiquemos en su contexto histórico. Aunque tal vez de forma inconsciente, uno de los temas recurrentes en la cobertura de los medios (con unas pocas excepciones) parece ser disuadirnos de reflexionar sobre este contexto y de plantear algunas preguntas incómodas sobre nuestros líderes políticos, tanto en EE.UU como en otros lugares del mundo occidental. Lo mismo ocurre con la retórica de la Casa Blanca y el Pentágono: a pesar de las afirmaciones de Bush, estos atentados no fueron contra “la democracia”, “la libertad”, “el estilo de vida americano” o “el Mundo Libre”; fueron una respuesta extrema y grotesca al papel y la imagen de EE.UU en Oriente Medio y otros lugares. Enumerar las quejas de la población de Oriente Medio hacia EE.UU sería un proceso largo, por lo que nos limitaremos a señalar de pasada algunas de ellas, de entre las más destacadas: la estrechez de miras y el papel tendencioso de EE.UU en el conflicto entre Israel y Palestina; la actuación contra Irak, ineficaz a nivel político y desastrosa a nivel humano; la alianza de EE.UU por todo el mundo árabe con una serie de regímenes corruptos y “modernizados”, en especial Arabia Saudita; una visión negativa y muy sesgada de los derechos humanos. Sin duda, estos atentados no se pueden entender sin referirse a las injusticias históricas profundamente arraigadas, de las que, por decirlo suavemente, EE.UU ha sido cómplice. En términos más generales, cabe señalar que el proceso de “modernización” (es decir, cambios como la secularización, la industrialización, la urbanización y la “liberación” de los códigos morales) y globalización (corporativismo, libre mercado y McDonalds en todas las ciudades y pueblos del planeta; en resumen, lo de siempre) se identifican en gran medida (y con razón) con EE.UU. Aunque aborrecen los atentados, los militantes anti-globalización de todo el mundo reconocerán el World Trade Center y el Pentágono como objetivos muy específicos y de interés para su causa.

Cualquiera que posea un conocimiento objetivo de la realpolitik internacional en los últimos cincuenta años no puede ignorar el hecho de que el Estado norteamericano (a diferencia del pueblo estadounidense en general) ha sido culpable en reiteradas ocasiones de los más cínicos actos de subversión y terrorismo –el asesinato de líderes elegidos democráticamente, el sabotaje encubierto de gobiernos legítimamente constituidos, el apoyo a dictadores neo-fascistas, juntas militares y regímenes asesinos, la invasión de otros países y repetidos abusos de su soberanía, la violación de la convención de Ginebra y de muchos tratados y protocolos de la ONU, el asesinato deliberado de miles de civiles inocentes...y la lista continúa. Chile, Nicaragua, Guatemala, El Salvador, Granada, Cuba o la República Dominicana, por nombrar unos pocos casos notables cerca de casa. Las pocas voces que en los medios de comunicación disienten, en mayor o menor grado, respecto al “consenso” sobre los atentados y la respuesta a adoptar por EE.UU –podríamos mencionar a Noam Chomsky, Arundhati Roy, Robert Fisk, John Pilger, Karen Armstrong o Edward Said – parecen haber tenido poco efecto sobre una opinión mayoritaria que se adhiere fácilmente a la mentalidad del “nosotros y ellos”, se muestra ciega frente a las muchas infamias de la política exterior estadounidense, tanto en sus aspectos manifiestos como encubiertos, y es receptiva a una retórica cargada de eslóganes y poses. Este mentalidad se vio reforzada por afirmaciones simplistas como que todos los países deben alinearse con EE.UU o con los terroristas. En cuanto a los atentados mismos, hay quien dice: “sí, pero esto es diferente: mira la magnitud de lo ocurrido en Nueva York”. A esto se podría contestar: “¿Qué hay de la magnitud de los bombardeos masivos ordenados por Nixon y Kissinger en Laos y Camboya, países contra los que EE.UU no estaba en guerra?” o “¿qué hay del apoyo estadounidense a Saddam Hussein en la época en que éste gaseaba a miles de kurdos?” Estos son sólo dos episodios en los anales de las atrocidades que EE.UU ha cometido, o bien ha tolerado. (En el fondo, estos argumentos de “equivalencia moral” son probablemente inútiles, aunque esta clase de comparaciones puede servir para poner de manifiesto la postura estrecha de miras que a menudo adoptan los medios de comunicación y los gobiernos occidentales frente a la violencia y el sufrimiento humano provocados por los estados).

Bush Principe Abullah También podría señalarse de paso que las grandes potencias casi siempre se comportan de esta manera. No obstante, dada la retórica oficial de EE.UU desde la Segunda Guerra Mundial (la defensa de “la libertad” y “la democracia”, el liderazgo del “Mundo Libre”, la defensa de los derechos humanos, etc), el abismo entre su declaración de intenciones y su verdadero comportamiento como poder imperial con respecto a los asuntos internacionales es hipócrita en extremo y, por lo tanto, tanto más condenable. Una vez más, no hace falta decir que esto no desmiente de ningún modo el hecho igualmente palpable de que los oponentes de EE.UU también han actuado a menudo de la manera más brutal e inadmisible. Por supuesto, este tipo de crímenes políticos tampoco son del dominio exclusivo de las grandes potencias o los terroristas, como la historia ha demostrado en repetidas ocasiones. El terrorismo y otros actos políticos de barbarie y brutalidad deben ser condenados y rechazados, no importa dónde tengan lugar ni quién los cometa, ya sea la cúpula militar o los centros de inteligencia estadounidenses, los burócratas estalinistas, los regímenes neo-fascistas, los dictadores africanos, los fanáticos religiosos o racistas, los “reformadores” maoístas, los gobiernos occidentales o los terroristas “islámicos”.

Nada de lo anterior pretende negar la decencia que en esencia posee el ciudadano americano medio, y sólo alguien sin corazón no se sentiría conmovido por los muchos ejemplos de heroísmo y autosacrificio que hemos visto entre muchos policías, bomberos, personal de rescate y otras personas de Nueva York, a raíz de los atentados del 11-S. Tampoco se trata de caer en el error –alentados por tantos demagogos y agitadores de todas partes– de identificar a toda la población de un país con las maldades cometidas por su gobierno. Expresamos nuestra más profunda solidaridad con las víctimas del terrorismo en todas partes, incluyendo al pueblo de Nueva York y Washington –resulta difícil imaginar el gran trauma, el dolor y el sufrimiento producido a raíz de estos terribles atentados. Al mismo tiempo, somos conscientes del sufrimiento permanente de innumerables personas en Oriente Medio, a menudo como resultado directo de la política estadounidense, y de las muchas muertes que inevitablemente provoca la campaña militar de EE.UU en Irak, por no hablar de Afganistán y su vasto número de refugiados.

El “fundamentalismo” americano

En el debate público sobre los atentados y sus consecuencias ha habido mucha palabrería en torno al “fundamentalismo islámico” (sin duda un factor muy importante, pero que sólo se ha comprendido de manera superficial), aunque muy pocas referencias al “fundamentalismo americano”, un fenómeno político y psicológico, no carente, sin embargo, de fundamentos religiosos. Nos referimos a la ideología hegemónica nacional cuyos ingredientes más notorios son: creer de manera más o menos ciega que el “estilo de vida americano” es claramente superior a todos los demás, unido a un espíritu nacional un tanto provinciano, autocomplaciente y cuasi-religioso que procede especialmente de una historia de EE.UU originada en la raza blanca y de las formas protestantes de exclusivismo religioso; un triunfalismo político e imperial que insiste en ignorar las lecciones de la historia (Vietnam, Afganistán, la crisis de los rehenes en Irán y similares) y una forma muy sentimental de patriotismo que alimenta fácilmente las aventuras militares. En la medida en que todo lo anterior puede concretarse en operaciones militares y “quirúrgicas”, las oportunidades de “éxito” no parecen muy prometedoras, por no decir otra cosa. Lo que sí es absolutamente cierto es que tales “operaciones”, “exitosas” o no, sólo sirven para exacerbar las tensiones y las hostilidades antes citadas. El único efecto inevitable a largo plazo será provocar cada vez más resentimiento contra EE.UU (y sus aliados incondicionales) entre millones de personas de Oriente Medio y otras partes del mundo. No hace falta señalar que toda campaña militar implica también, inevitablemente, la matanza de civiles inocentes, y que es de esperar la muerte de un enorme número de refugiados. Haríamos bien en reflexionar sobre la pregunta de Mahatma Gandhi: “¿Qué diferencia hay para los muertos, los huérfanos y las personas sin hogar si la destrucción sin sentido es provocada en nombre del totalitarismo o en el sagrado nombre de la libertad y la democracia?...la libertad y la democracia se vuelven inmorales cuando sus manos se tiñen de rojo con sangre inocente.”

No es coincidencia que tras los atentados del 11-S salieran de nuevo a la luz las muchas razones por las que EE.UU es considerado como enemigo de la religión y la tradición. Durante varias semanas, el mundo estuvo expuesto a una grotesca actitud victimista apoyada por una efusión sin precedentes de nacionalismo estadounidense y de los típicos excesos patrioteristas que lo caracterizan. Que esta saturación de sentimentalismo americano fuera poco menos que inevitable en todo el planeta sirvió para subrayar cuan dominante es la cultura mediática estadounidense; hay niños en edad escolar en todo el mundo que conocen mejor la letra del God bless America (“Dios bendiga América”) que la de sus propios himnos nacionales. De hecho, la gente sufrió intensamente por los atentados porque, gracias a la televisión y el cine, muchos conocen las famosas calles de Manhattan mejor que las calles de sus propias grandes ciudades. Nadie imagina qué clase de maldad conspira para inundar el mundo con esta “información”, privándolo de la Sabiduría y la Verdad, las cuales son un derecho básico de todas las personas.

A quienes no están bajo su influencia directa, el patrioterismo estadounidense también les parece una forma de fundamentalismo exaltado y cuasi-religioso que hunde sus raíces en el Protestantismo americano. Bush invocó un texto bíblico clave en la tradición protestante estadounidense: “quien no está conmigo está contra mí...” (trasladando de manera implícita  e impía la autoridad de las palabras de Cristo al propio EE.UU). De este modo apeló a los impulsos cristianos más profundos ante el ataque “musulmán”. Lo increíble es que Bush recurrió incluso al uso de la palabra “cruzada” para describir la respuesta estadounidense, un resurgimiento de viejos patrones retóricos que la mayoría de los liberales pensaba que había desaparecido del discurso de las “naciones civilizadas”. Todo esto se vio reforzado por una retórica descabellada que marcó los contornos de la batalla entre “el bien” y “el mal”, la auténtica tarjeta de presentación de una visión simplista y fundamentalista del mundo y de nuestro tiempo. Como consecuencia de los atentados, salió a la luz toda una serie de ejemplos, grandes y pequeños, de conflictos entre la modernidad y la tradición, con EE.UU desempeñando alegremente su papel como agente de la modernidad.

Desde una perspectiva tradicional, y cualesquiera que fueran las causas y las motivaciones inmediatas que provocaron los atentados del 11-S, los acontecimientos deben situarse en un marco más amplio. En términos políticos, la importancia de estos sucesos puede haberse exagerado. Simplemente representan una deriva del conflicto hacia el territorio de EE.UU, pero este conflicto se ha manifestado en otros lugares durante mucho tiempo, y no es algo nuevo. La novedad reside en que fueron los estadounidenses quienes lo sufrieron, y los medios de comunicación mundiales se vieron inundados con la conmoción provocada entre los estadounidenses por este cambio del destino. El 11-S presenciamos una escalada considerable del conflicto en la época actual, pero el hecho de que nuestra época esté devastada por el conflicto y que el Islam figure en este conflicto no es una conmoción en sí misma. Pocos lo admitirán, pero muchos militantes anti-globalización de todo el mundo experimentaron hasta cierto punto un sentimiento contradictorio con respecto a los atentados. Del mismo modo, personas religiosas de todas las creencias se solidarizaron con  la tragedia humana del 11-S, pero, al mismo tiempo, la naturaleza humana desea ver “la humillación de los orgullosos”.

Islam y Occidente

El Islam afirma ser tanto la última como la primera de las grandes tradiciones espirituales de la humanidad [3] , y aunque su propio nombre significa “paz”, sin duda también juega un papel providencial, desafiando al mundo moderno a enfrentarse con las realidades espirituales básicas, y por eso, tal y como sus críticos no se cansan de decir, es intrínsecamente “belicoso” [4] . En un hadiz [dicho profético] muy famoso –casi podríamos decir que “de mala fama”–, el santo Profeta dijo que, desde la llegada del Islam histórico hasta el final de los tiempos, no habrá paz en el mundo. La paz del Islam es “la paz que supera el entendimiento”, no una paz profana y sentimental. El Islam está en el mundo para recordarnos que nuestro destino no es conformarnos con una paz falsa, y que habrá violencia en el mundo mientras los hombres se adhieran a falsos absolutos. Nunca podremos sentimos satisfechos con una paz falsa, al igual que una devoción falsa nunca podrá satisfacer a nuestras almas. El Islam es una espiritualidad militante e inflexible que insiste en esto. El Islam, más que cualquier otra tradición espiritual, aborda el problema de la guerra. Considera la guerra como una constante de la condición humana y tiene la prudencia de intentar regularla, orientarla a nobles fines y, por último, interiorizarla, convirtiéndola en un agente de transformación personal, de acuerdo a la conocida distinción ente Guerra Santa (yihad) menor o externa y Guerra Santa mayor o interna, la guerra contra el más pernicioso de todos los falsos absolutos: nuestro propio “yo” [5]

En nuestra época, esta militancia inherente al Islam se ha agudizado frente a Occidente y todo el proyecto de modernidad asociado con él. Más recientemente, con la caída del comunismo, Occidente ha promovido un orden mundial basado en la economía capitalista, la cultura estadounidense, los valores liberales y laicos, y una visión de los pueblos del mundo unidos en torno a “la paz del McDonald y la Coca-Cola.” Esta visión completamente horizontal del mundo amenaza en todas partes las formas de vida tradicionales, y no resulta sorprendente que éstas opongan resistencia, aunque la resistencia más dura proviene del Islam, que insiste en que un mundo así no es el destino hacia el cual ha estado progresando inevitablemente toda la historia de la raza humana y que, además, un destino más noble aguarda al hombre si éste tiene el coraje de ser fiel a sí mismo. El liderazgo del Islam en su lucha contra el Nuevo Orden Mundial y la visión horizontal de nuestro futuro que éste promueve es parte de su papel providencial en el actual ciclo temporal.

Las raíces de la ideología estadounidense –una ideología que parece incapaz de comprender el Islam, en especial como fuerza transnacional en el mundo de hoy– están en el Protestantismo, y toda esta herencia protestante de EE.UU resulta especialmente interesante en el presente contexto, pues el Protestantismo, en sus impulsos más profundos es, históricamente, la respuesta cristiana al desafío del Islam. El nacimiento del Islam fue un golpe del cual la tradición cristiana nunca se recuperó plenamente y representa el asunto central de la tradición de la civilización cristiana, una tradición extraordinariamente discontinua. Toda la trayectoria de Occidente, y en especial su historia de rupturas sucesivas con las fuentes de la Tradición, debe considerarse en estos términos. Estos son los mecanismos internos del actual ciclo temporal, y acontecimientos como el 11-S los ponen de manifiesto. Frithjof Schuon menciona esta relación entre el Protestantismo y el Islam en su libro Comprender el Islam, donde describe la “nostalgia” protestante por la perspectiva islámica primordial, aunque éste no es un tema desarrollado en sus escritos y resulta pertinente desarrollarlo aquí.

Para comprender mejor los recientes acontecimientos y los que sin duda nos esperan es importante recordar las raíces comunes del Islam y del Cristianismo, y considerar la civilización islámica y la occidental como dos caras de un mismo fenómeno, con las tensiones entre el Islam y Occidente como “una batalla librada dentro de un único sistema”, según afirma el estudioso argelino Hichim Djait. Dentro de este único sistema, el Protestantismo (sobre todo en sus variedades calvinistas) es la última reacción del Cristianismo frente al Islam o, usando las ideas de autores como Norman Cohn, es como una “sombra”, la “otra cara” de la moneda. Esto es lo que explicaría las notables similitudes entre el Islam y el Protestantismo como tipologías religiosas. Según nos dicen los sociólogos, ambos, por ejemplo, son movimientos religiosos surgidos de entre las clases urbanas dedicadas al comercio, ambos llevaron a cabo una revolución literaria que puso el acento en un Libro Sagrado, y ambos rechazaron el sacerdocio, el celibato, el culto a las imágenes, etc. Los paralelismos entre el Islam y el Protestantismo son numerosos y notables, pero rara vez han sido investigados. (La historia de la Reforma a menudo pasa por alto la importancia que tuvo en su momento la amenaza de los turcos. La Reforma se produjo cuando la cristiandad abandonó finalmente la mentalidad de “cruzada” para enfrentarse al Islam y decidió dotarse de una estructura urbana y comercial para combatir a los infieles).

Talibanes Texas En el clima actual no es de extrañar que el argumento del “choque de civilizaciones” propuesto por Samuel Huntington vuelva a estar vigente [6] . Sin embargo, para entender las relaciones entre el Islam y Occidente debemos darnos cuenta de que no se trata de un conflicto entre polos opuestos, sino entre rivales similares. Recientemente, un comentarista preguntaba: “¿Pero por qué todos los problemas de las cruzadas y toda la historia de enemistad entre el Islam y la cristiandad han recaído sobre EE.UU?” Es una buena pregunta. No se trata simplemente de que EE.UU sea una prolongación histórica de la civilización europea. Es la naturaleza del protestantismo americano y su influencia sobre la ideología de EE.UU lo que realmente choca con el Islam, debido a que, en el fondo, son rivales similares.

Desde luego, para mantener este punto de vista debemos considerar –tal y como suele hacer el pensamiento tradicionalista– que el Protestantismo, y en especial el Calvinismo, es, en cierto sentido, una aberración o una perversión de la tradición cristiana, una patología creada por el molesto Islam, dentro de un único sistema. Por decirlo claramente, la amenaza del Islam habría deformado al Cristianismo. Quizá fue una jugada de la providencia, algo que ya existía desde el principio en estado latente dentro de la tradición. No obstante, perturbó el equilibrio de una civilización cristiana que, a partir de la Edad Medía y más claramente desde el Renacimiento en adelante, comenzó a dar tumbos de crisis en crisis y de revolución en revolución. La realidad histórica del Islam –nadie puede negar que Muhammad fue un personaje histórico– empujó al pensamiento cristiano a considerar el Cristianismo desde un punto de vista historicista que, bien entendido, es, como lo fue durante toda la Edad Media, más mitológico que histórico. Del mismo modo, el contacto y la rivalidad con los musulmanes, y en especial con los sufíes, en España, Sicilia, los Estados cruzados y otros lugares introdujeron en el Cristianismo nuevas formas de piedad que perturbaron profundamente los antiguos modelos y que, en última instancia, se reflejaron en el entusiasmo de la Reforma. Los protestantes conciben a Jesús y a sus discípulos de un modo que sería mucho más apropiado para Muhammad y sus compañeros. Este no es el caso de la piedad cristiana tradicional –católica, ortodoxa y copta–, sino sólo del Protestantismo, y en especial del Calvinismo. Aún más evidente resulta la similitud entre la manera que tienen los protestantes de acercarse a la Biblia y el modo en que los musulmanes hacen lo propio con el Corán. Está claro que, en el Cristianismo tradicional, la Biblia está lejos de ser la Palabra de Dios, la cual es el propio Cristo, el Logos encarnado. La Biblia sólo es un documento que da testimonio del Logos, y no el Logos mismo. En el Islam, el Corán, y no Muhammad, es el Logos encarnado, y en la teología protestante se insiste en adjudicar esta misma función al propio texto de la Biblia. Dicho de un modo exagerado: el Protestantismo es una imitación cristiana del Islam, un Cristianismo adaptado al Islam. Por un lado, la identificación de EE.UU como el “Gran Satán” y, por el otro, los estereotipos occidentales de siniestros villanos tocados con turbante como personificación del mal nos trasladan a las profundidades de un esquizoide “sistema único” que está marcando los acontecimientos mundiales y la trayectoria de nuestra época.

Fundamentalismo islámico en perspectiva

Huelga decir que quienes estuvieron detrás de los atentados son culpables de arrogancia al pensar que Dios está de su lado. El fundamentalismo islámico es en sí mismo un síntoma de la modernidad y representa un profundo desequilibrio en el seno del Islam moderno, lo cual, desde un punto de vista tradicional, constituye un factor esencial en cualquier valoración de los recientes acontecimientos. En muchos aspectos, el fundamentalismo islámico es lo contrario al “movimiento” tradicionalista moderno, en la medida en que este último tiene fuertes raíces en el Islam [7] . Ambos, todo hay que decirlo, son una expresión de la tendencia moderna a retornar a las antiguas raíces, conscientes de que la modernidad ha defraudado al hombre en lo que respecta a su nobleza. Sin embargo, mientras que los tradicionalistas buscan una renovación de la esencia espiritual de la creencia islámica –y, por extensión, de todas las creencias, las cuales convergen en su núcleo esotérico–, el fundamentalismo exoterista recrea una simplicidad ficticia y primitiva que es el reflejo de sus propias limitaciones, y el resultado es un particularismo tan acusado que, en la práctica, se traduce en una grotesca intolerancia. La absurda destrucción de las estatuas budistas a manos de los talibanes y el “marcado” [8] de los hindúes “para su propia seguridad” son sólo dos ejemplos de lo ocurrido meses antes del 11-S. Recordemos que el wahabismo, ideología que aparentemente está detrás de estos atentados, se opone férreamente al sufismo y a todos los aspectos esotéricos del Islam, ha expulsado a los sufíes de la tierra del Santo Profeta, ha clausurado las tumbas de los santos, ha impuesto terribles restricciones sobre los peregrinos a los Santos Lugares y, de hecho, ha transformado la esencia espiritual del Islam en un exoterismo vacío a partir de la mal llamada “reforma islámica” del siglo XVIII [9] . Los acontecimientos del 11-S nos recuerdan una vez más que, en estos tiempos difíciles, son los políticos reaccionarios y los literalistas, y no los maestros espirituales auténticos, quienes hablan en nombre del Islam en el escenario mundial. En este contexto, es comprensible que a la gente de Occidente le resulte difícil apreciar que el Islam posee una auténtica dimensión interior.

El término “fundamentalismo” es en sí mismo un tanto problemático. ¿Quién, después de todo, puede oponerse a un retorno a los fundamentos de la tradición religiosa? Tampoco debemos cometer el error de confundir la ortodoxia religiosa con el “fundamentalismo”. Tal y como afirma el editor de la revista Sacred Web (nº 7), el término “oculta un sinfín de complejidades”. Los talibanes y otros grupos semejantes deben considerarse más exactamente como manifestaciones de un cierto tipo de exoterismo y literalismo islámicos, una forma de Islam desequilibrada que se adhiere a un dogmatismo y a un formalismo rígidos y, en consecuencia, suele mostrarse hostil con las tradiciones esotéricas del misticismo islámico, lo cual se pone de manifiesto por la aversión de muchos de estos grupos hacia las órdenes sufíes. 

El terrorismo es claramente incompatible con las verdaderas enseñanzas del Profeta y de la tradición islámica. Tanto el suicidio como el asesinato de inocentes están prohibidos de manera inequívoca por el Corán, mientras que el yihad es, en su sentido más amplio, un ideal espiritual de autocontrol, y en el plano material y social sólo puede constituir una guerra defensiva para proteger a la fe y a los creyentes [10] .  No hay duda de que la gran mayoría de musulmanes siente la misma repulsión moral hacia el terrorismo que el resto del mundo (aunque, como hemos señalado, esta repulsión se mezcla a menudo con sentimientos contradictorios que proceden del odio hacia el papel que juega EE.UU en el mundo contemporáneo). Hay extremistas y fanáticos en todos los países y en todas las culturas. Juzgar al Islam en su conjunto sobre la base de tal o cual grupo terrorista equivaldría a juzgar al Cristianismo, no sobre la base de sus enseñanzas o sus ejemplos más excelentes, sino por los fanáticos y los propagandistas del odio que traicionan las enseñanzas cristianas mientras pretenden actuar en el nombre de éstas. Por desgracia, la historia está repleta de ejemplos de semejantes traiciones y no necesitamos esforzarnos demasiado para encontrarlos en el mundo contemporáneo: Irlanda, Oriente Medio, los Balcanes, el subcontinente indio, Japón, América,... 

Los actos terroristas parecen haber sido usados para justificar a todo tipo de personas racistas, intolerantes y excéntricas y para difundir sus perniciosos prejuicios, odio e ignorancia en los medios de comunicación. Muchos de estos medios parecen regocijarse dando cabida a tales desvaríos y vertiendo más leña al fuego del odio y la intolerancia. En estos momentos de gran tensión es fundamental que en el mundo occidental expresemos nuestra solidaridad y apoyo hacia nuestros conciudadanos que pertenecen al colectivo del Islam y/o han sido educados en Oriente Medio. Sin duda, en el tipo de ambiente creado por estos acontecimientos, muchos judíos también se sentirán inquietos por el posible reinicio de un virulento antisemitismo –quizá ahora en estado latente– en muchas partes del mundo. Sería especialmente importante que judíos, cristianos y musulmanes de buena voluntad crearan lazos de fraternidad y respeto mutuo en todo el mundo. Una forma de poder hacer esto es centrarse, entre otras cosas, en el amplio espacio común que comparten estos grandes monoteísmos en Occidente, sobre todo en el ámbito ético.

Exoterismo, esoterismo y el “problema” del pluralismo religioso

En momentos como éstos sería beneficioso regresar a las enseñanzas de las grandes figuras espirituales y preguntarnos qué luz podrían arrojar sobre estos acontecimientos, sobre nuestras propias reacciones, y sobre nuestra manera de comprendernos a nosotros mismos y a nuestro mundo. Nos referimos a los grandes maestros fundadores –Moisés, Jesús, Muhammad, Gautama Buda, Lao Tzu o Guru Nanak, por citar sólo a unos pocos– y a pensadores y líderes más recientes como Mahatma Gandhi, Simone Weil, Dietrich Bonhoeffer, Thomas Merton, Nelson Mandela, Desmond Tutu o el Dalai Lama, quienes se han enfrentado a algunos de los dilemas morales y políticos más profundos de nuestro tiempo. (Cabría preguntarse por qué las sobrias y meditadas reflexiones del Dalai Lama recibieron tan escasa atención mediática, mientras que, aparentemente, a personajes como el Dr. Kissinger continuamente se les ofreció tiempo en la de radio y espacio en la prensa). En estos tiempos oscuros también debemos recordar el misterioso poder y la eficacia de la oración, la meditación y la observancia de los ritos. Estas prácticas pueden brindar incalculables beneficios, por vías que no somos capaces de comprender. Tampoco olvidemos el poder redentor de los ermitaños, los monjes, los renunciantes, los bodhisattva , las monjas o los sannyasi, quienes, en palabras de Thomas Merton, “por piedad hacia el universo, por lealtad a la humanidad, y sin espíritu de rencor o resentimiento, se retiran en el sanador silencio de la naturaleza virgen, la pobreza o la oscuridad, no para predicar a los demás sino para curar en ellos mismos las heridas del mundo entero”.

En el ámbito intelectual, lo que se necesita, quizás más nunca, es una comprensión adecuada de los fundamentos metafísicos presentes en la unidad esencial de todas las grandes religiones. Desde hace algún tiempo estamos viviendo una situación sin precedentes en la que resulta habitual que las distintas tradiciones religiosas colisionen por todas partes. Durante los últimos siglos, la civilización europea ha sido el principal agente que ha perturbado y eliminado las culturas tradicionales en todo el mundo. Desde entonces, todo tipo de cambios ha transformado un “pequeño mundo” en “la aldea global”. Ahora nos enfrentamos con escenarios apocalípticos que prevén “el choque de civilizaciones”, nuevas “guerras santas” y “cruzadas” y la violenta confrontación entre militantes “fundamentalistas” y las fuerzas de la “modernidad”. En este contexto, la relación entre las religiones y la necesidad de una comprensión mutua se vuelven cada vez más apremiantes para todos aquellos que se preocupan en fomentar la harmonía dentro de la comunidad mundial. En una época de secularismo y escepticismo desenfrenados, se siente cada vez más intensamente la necesidad de una cierta solidaridad interreligiosa. 

En cuanto al destino de las tradiciones religiosas, se plantean tres claras posibilidades frente al proceso de modernización y globalización, todas ellas desastrosas para el bienestar espiritual de la humanidad: el aumento de los conflictos teológicos y/o políticos internos, la desaparición de las religiones bajo los envites de la modernidad, o su disolución en una suerte de seudo-religión sensiblera y “universal”. Si se desea evitar estas malignas posibilidades, necesitamos comprender adecuadamente lo que Frithjof Schuon ha llamado “la unidad transcendente de las religiones” [11] . Para reconocer esta unidad es crucial ser capaz de discernir entre la dimensión exotérica y la esotérica de las grandes tradiciones religiosas –Cristianismo e Islam entre ellas–, y así evitar los terribles excesos del literalismo religioso. Recordemos este pasaje del libro de Frithjof Schuon , De la unidad transcendente de las religiones , el cual adquiere un valor especial en las circunstancias actuales:

“El punto de vista exotérico debe conducir, en efecto, a su propia negación cuando ya no está vivificado por la presencia interior del esoterismo, del que al mismo tiempo es la irradiación interior y el velo, en el sentido de que la religión, en la medida en que niega las realidades metafísicas e iniciáticas y se coagula en un dogmatismo literalista, engendra inevitablemente la incredulidad; la atrofia causada a los dogmas por la privación de su ‘dimensión interna’ recae sobre ellos desde el exterior, en la forma de las negaciones heréticas y ateas.” [12]

Son precisamente estos principios e ideas, ignorados tan a menudo por esos grupos y movimientos reunidos bajo el amplio paraguas del “fundamentalismo”, los que deben ser recuperados.

En un tiempo en el cual se ha exagerado fácilmente la incompatibilidad de las distintas formas externas de las religiones, usándose para explotar todo tipo de prejuicios antirreligiosos, el único modo de explicar la unidad subyacente de las religiones es mediante un enfoque transreligioso. La confrontación directa entre los distintos exoterismos, el vandalismo experimentado en las civilizaciones tradicionales de todo el mundo, y la tiranía de las ideologías seculares y profanas juegan su papel a la hora de determinar las peculiares circunstancias en las que las necesidades más apremiantes de nuestro tiempo sólo pueden recibir una respuesta adecuada mediante el recurso a los esoterismos tradicionales. En estas circunstancias, si creamos un marco metafísico adecuado en el que afirmar “la profunda y eterna solidaridad de todas las formas espirituales”, quizá haya todavía alguna pequeña esperanza de que las distintas religiones puedan “presentar un frente único contra la marea del materialismo y la pseudo-espiritualidad” (Schuon, Senderos de gnosis ).

El problema “filosófico” de la relación entre las religiones y la preocupación moral por alcanzar una mayor comprensión mutua son, de hecho, uno y el mismo. Podemos distinguir, aunque no separar, cuestiones referentes a la unidad y la armonía; demasiado a menudo, los estudiosos de las religiones comparadas y quienes participan en el “diálogo” interreligioso no han sido capaces de ver que para conseguir este diálogo es necesario un enfoque metafísico del estudio de las religiones comparadas. Redescubrir la naturaleza inmutable del hombre y renovar nuestra comprensión de la sophia perennis debe ser el propósito que rija los estudios más serios sobre religiones comparadas. Es, en palabras de Seyyed Hossein Nasr, “un noble propósito…cuyo logro solicita con urgencia la élite intelectual y contemplativa, por el bien de la situación misma del hombre en el mundo contemporáneo” (en Philosophy East and West XXII, 1972, p. 61). Estas palabras, escritas hace más de tres décadas, son aún más pertinentes en la situación actual. En última instancia, la sophia perennis puede conducirnos a esa “luz ...que no es del Oriente ni del Occidente” (Corán, 24:35). Es la luz hacia la cual nos guían los grandes místicos de todas las tradiciones, la luz que lleva a Rumi a decir:

“No soy cristiano, ni judío, ni mago, ni musulmán. Ni de Oriente u Occidente, ni de la tierra o el mar...he desechado la dualidad y he visto que los dos mundos son uno. Busco al Uno, conozco al Uno, veo al Uno, invoco al Uno. Él es el Primero, Él es el Último, Él es el Exterior y Él es el Interior.”

   

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

-    Luis Rojas Marcos, Más allá del 11 de septiembre. La superación del trauma, Espasa, Madrid, 2002.
-    Frithjof Schuon , Cristianismo-Islam: visiones de un ecumenismo esotérico , Olañeta, Barcelona, 2003.
-    Olivier Roy, Después del 11 de septiembre. Islam, antiterrorismo y orden internacional , Bellaterra, Barcelona, 2003.
-    Juan José Tamayo, Fundamentalismo y diálogo entre religiones , Trotta, Madrid, 2004.
-    Tariq Ali , El choque de los fundamentalismos: cruzadas, yihads y modernidad , Alianza, Madrid, 2005.
-    Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano , Paidós, Barcelona, 2005.
-    Roger Garaudy, El diálogo entre Oriente y Occidente: las religiones y la fe en el siglo XXI , El Almendro, Málaga, 2005.
-    Juan José Tamayo / María José Fariñas, Culturas y religiones en diálogo , Síntesis, Madrid, 2007.
-    VV.AA, El Islam y Occidente , Universidad de Valladolid, Salamanca, 2008.
-    Karen Armstrong, Los orígenes del fundamentalismo en el judaísmo, el cristianismo y el islam , Tusquets, Barcelona, 2009.



NOTAS.-


[1] Traducción, extracto y adaptación del artículo aparecido en Sacred Web: A Journal of Tradition and Modernity. Disponible online en: http://www.sacredweb.com/online_articles/sw8_blackhirst-oldmeadow.html . Versión en castellano elaborada por el equipo de traductores de Alif Nûn . (Nota de la Redacción).

[2] Rodney Blackhirst (1960) es profesor de filosofía y estudios religiosos en La Trobe University (Bendigo, Australia) y está especializado en las tradiciones monoteístas y las órdenes medievales. Sus áreas de interés se centran en el arte, la religión, la filosofía y en especial las ciencias cosmológicas como la astrología o la alquimia. Se convirtió al Islam en 1989. Kenneth Oldmeadow (Melbourne, Australia, 1947) estudió historia, política y literatura en The Australian National University de Canberra, religión en la Universidad de Sydney (Australia) y cinematografía en La Trobe University. En la actualidad es coordinador de las áreas de filosofía y estudios religiosos en esta última universidad. Es autor de numerosos libros y artículos sobre literatura y estudios religiosos. (Nota de la Redacción).

[3] La primera, en el sentido de que viene para recordar el mensaje transmitido a todos los profetas y enviados anteriores, y la última, en el sentido cronológico e histórico del término. (Nota de la Redacción).

[4] Véase Abdelmumin Aya, “ Las razones de la fuerza ”, revista Alif Nû n nº 30, septiembre de 2005. (Nota de la Redacción).

[5] Para más información sobre esta dimensión interna de la Guerra Santa, véase Seyyed Husein Nasr, “ El significado espiritual del yihad ”, revista nº 54, noviembre de 2007. (Nota de la Redacción).

[6] Para un análisis crítico del choque de civilizaciones, véase José Daniel Barquero / Albert Rabos, Cómo evitar el choque de culturas y civilizaciones , Libertarias, Madrid, 2007; VV.AA., Alianza de civilizaciones, alianza por la paz , Junta Islámica, Navarra, 2008; Edward Said, “ El mito del choque de civilizaciones ”, revista Alif Nûn nº 79, febrero de 2010. (Nota de la Redacción).

[7] Este moderno movimiento tradicionalista de carácter islámico tiene algunos de sus máximos representantes entre diversos intelectuales occidentales conversos al Islam, tales como René Guénon, Frithjof Schuon , Martin Lings o Titus Burckhardt. (Nota de la Redacción).

[8] El autor se refiere a la ley promulgada por los talibanes que obligaba a los hindúes afganos a vestir con un distintivo que los señalara como tales. Para más información, véase Ahmed Rashid, Los talibán , Península, Barcelona, 2001. (Nota de la Redacción).

[9] El wahabismo es una corriente extremadamente puritana dentro del Islam que nace de la aportación ideológica de Muhammad abd al-Wahab, de donde toma su nombre, combinada con la acción política de Muhammad Ibn Saud, de quien toma su actual denominación el moderno Estado de Arabia Saudí. En el momento de su nacimiento, en el siglo XVIII, este movimiento político y religioso fue condenado por la mayoría de los sabios (‘ulama) musulmanes como contrario a los principios del Islam. Para una visión crítica sobre Arabia Saudí y el wahabismo véase Abdelwahab Meddeb, La enfermedad del Islam , Gutenberg, Barcelona, 2003; Pascal Ménoret, Arabia Saudí, el reino de las ficciones , Editorial Bellaterra, Barcelona, 2004; Sandra Mckey, Los saudíes , Editorial Paidós, Barcelona, 2004. (Nota de la Redacción).

[10] Para más información, véase Hayy Sidi Sa'id Ben Ayuiba Al-Andalusí, Yihad y Adab , Mandala, Madrid, 2004; Seyyed Husein Nasr, “ El significado espiritual del yihad ”, revista Alif Nûn nº 54, noviembre de 2007. (Nota de la Redacción).

[11] Véase Frithjof Schuon , De la unidad transcendente de las religiones , Olañeta, Palma de Mallorca, 2004. (Nota de la Redacción).

[12] Ibidem , p. 29. Traducido al castellano por Jesús García Varela. ( Nota de la Redacción).


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