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Estimados lectores:
La caída del muro de
Berlín y del bloque comunista a finales de los ochenta y comienzos
de los noventa abrió un periodo de esperanza e ilusión en
todo el mundo que no se había conocido en muchas décadas.
Nos las prometíamos muy felices; el final de la mal llamada “Guerra
Fría” (en buena parte del Tercer Mundo no fue “fría” en absoluto:
Corea, Vietnam, Angola, Yemen, Nicaragua, etc., dan testimonio de ello)
auguraba un periodo de paz a nivel planetario marcado por un nuevo orden
mundial que no estaría sometido a la tiranía del “equilibrio
del terror”. Muy pronto, sin embargo, todas nuestras esperanzas se vieron
defraudadas por completo. El planeta ya no estaba dividido en un bloque
capitalista y otro comunista, pero nuevos problemas comenzaban a vislumbrarse
en el horizonte. El mundo capitalista, con EE.UU al frente, se convirtió
en el amo y señor, y parecía sentir cierta “nostalgia” por
los viejos tiempos. Seguía necesitando un enemigo, un alter ego
, para poder cantar las bondades del Sistema. Y ese enemigo lo encontró
en el Islam, con la ventaja de que, a diferencia de la Unión Soviética,
se trataba de un “enemigo virtual”: ni capacidad militar, ni economías
fuertes, ni sociedades estructuradas que pudieran servir de mínimo
contrapeso frente al poder arrollador del capitalismo y la modernidad occidentales.
Y, sin embargo, el mito de la “amenaza islámica” se ha mantenido hasta
nuestros días, e incluso ha adquirido un mayor ímpetu.
Entretanto,
el mundo islámico experimentó su propio proceso “modernizador”.
Identidades nacionales y religiosas que habían permanecido en estado
embrionario durante la Guerra Fría salieron a la luz tras el colapso
del bloque comunista. Gran parte del mundo islámico se sintió
defraudado con un modelo capitalista y otro comunista que no respondieron
a las expectativas de desarrollo y prosperidad, sino que, más bien,
convirtieron el Tercer mundo en el “terreno de juego” donde dirimir sus
disputas ideológicas, militares y económicas. Al abrigo de
esta decepción y de esta frustración tomó auge un Islam
político de corte modernista y fundamentalista que durante las décadas
anteriores había pasado casi desapercibido en todo el mundo islámico.
Las identidades religiosas, mezcladas con elementos nacionalistas y étnicos,
se exacerbaron y terminaron por dominar (o al menos tratan de hacerlo) la
política, la sociedad, la economía y la cultura de muchos
países musulmanes.
El presente
número de Alif Nûn se ocupa de este periodo posterior
a la Guerra Fría y analiza el islamismo y el Islam político
en relación con fenómenos como la política exterior
de EE.UU, la globalización y las tensiones de toda índole
en muchos países musulmanes. Los autores del primero de los artículos
de este mes estudian la moderna confrontación entre lo que consideran
dos modos distintos de fundamentalismo (el de EE.UU y el de los islamistas)
y plantean sus particulares soluciones al respecto. Nuestro segundo artículo,
que será publicado en dos entregas, se adentra en el fenómeno
de la globalización y estudia las distintas respuestas y actitudes
de la intelectualidad árabe y musulmana (tanto religiosa como laica)
frente a esta nueva situación. El tercer artículo analiza
la evolución ideológica del islamismo, su cambio de actitud
en algunos aspectos, y su adaptación a la modernidad y el nuevo panorama
globalizado. Para terminar, el cuarto y último artículo,
segunda parte del texto publicado el mes pasado, examina las diferencias
(según el autor, profundas e insuperables) entre la ideología
islámica y el pensamiento moderno.
La Dirección.
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Si había alguna duda sobre
la importancia de las relaciones entre el Islam y Occidente en los tiempos
que vivimos, ésta se disipó con los acontecimientos del 11
de septiembre. Estos hechos traumáticos nos recordaron una vez más,
de manera repentina e impactante, toda una historia de tensiones entre el
Islam y Occidente y el hecho de que esta historia está presente,
moldeando no sólo nuestra política y muestra religión,
sino el propio “espíritu de los tiempos” a comienzos del siglo XXI.
Hay varios conflictos en el mundo de hoy que, desde una perspectiva global,
deben considerarse de una importancia planetaria, y la religión islámica
figura en muchos de ellos. El más destacado, por supuesto, es el conflicto
en Tierra Santa entre el Estado de Israel y el desahuciado pueblo palestino.
El retorno de los judíos a su antigua patria representa en sí
mismo un acontecimiento transcendental en este ciclo temporal, pero el hecho
de que este retorno suponga un terrible enfrentamiento con el mundo islámico
es un rasgo inevitable de este mismo ciclo. Del igual modo, la creación
de una patria musulmana, Pakistán, en el subcontinente indio implica
necesariamente un peligroso conflicto con un Estado hindú, la India
–un enfrentamiento entre la religión más joven del mundo y
la más antigua, encarnadas en dos naciones-estado. Algunos conflictos
en África, Asia Central y Filipinas, e incluso las tensiones sociales
creadas por el asentamiento de comunidades musulmanas en países como
Gran Bretaña, Francia y Alemania también deben considerarse
como un síntoma del mismo fenómeno.
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El siglo XXI plantea al mundo
árabe e islámico un reto que puede marcar su futuro durante
generaciones. Los árabes están muy preocupados por mantener
su identidad cultural y su independencia frente a la superioridad de Occidente
y su globalización omnipresente. Prueba de ello es el enorme volumen
–casi una inundación– de literatura árabe sobre la globalización
y sus “peligros”, además de cientos de seminarios, talleres y conferencias
centrados en “el Islam y la globalización”, el legado árabe
e islámico y la identidad nacional y cultural.
Sin embargo, los intelectuales
árabes adoptan tres actitudes diferentes hacia la globalización.
Están quienes la rechazan por tratarse de “la fase más avanzada
del imperialismo” y una “invasión cultural” que amenaza con dominar
al pueblo, socavar su peculiar “personalidad cultural” y destruir su “legado”,
su “autenticidad”, sus “creencias” y su “identidad nacional”.
Un segundo grupo de pensadores
árabes de tendencia laica dan la bienvenida a la globalización
como la edad de la ciencia moderna, la tecnología avanzada, las
comunicaciones globales y la información basada en el conocimiento.
En su opinión, ya no es posible que la gente continúe encerrada
en sí misma, regodeándose en un legado del cual es cautiva
y alimentando con nostalgia un pasado “ideal”. Invitan a interactuar con
la globalización y beneficiarse de sus “verdaderas oportunidades”
con respecto al conocimiento, la ciencia y la tecnología, sin necesidad
de perder su cultura como individuos árabes y musulmanes.
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Más de treinta años
después del triunfo de la revolución islámica de Irán,
la ola de radicalismo islámico que ha asolado Oriente Medio desde
finales de los años setenta está tomando un rumbo diferente.
Los principales grupos islamistas han pasado de la lucha por una comunidad
islámica supranacional a una especie de nacionalismo islámico:
desean ser reconocidos como actores legítimos en la escena política
nacional y han renunciado en gran medida a las aspiraciones supranacionales
que formaban parte de su ideología. Por otro lado, ha fracasado la
política de reislamización de carácter conservador aplicada
por muchos estados –incluso los laicos– para debilitar a la oposición
islamista y recuperar cierta legitimidad religiosa. Ha surgido un nuevo tipo
de fundamentalismo islámico, conservador desde el punto de vista ideológico,
pero a veces radical desde el punto de vista político. Este nuevo
fundamentalismo está en gran medida desvinculado de la política
y la estrategia de los estados. A primera vista, está menos dispuesto
a la reflexión política que los movimientos islamistas; menos
preocupado por definir cómo debería ser el verdadero Estado
islámico que por aplicar la shariat (ley islámica). Aunque
el movimiento es básicamente un fenómeno sociocultural, también
ha dado lugar a expresiones extremistas encarnadas en redes periféricas
abiertas como la organización al-Qaida, liderada por Osama bin Laden
y responsable de la destrucción del World Trade Center el 11 de septiembre
de 2001. En consecuencia, el terrorismo islámico internacional ha
pasado de las acciones patrocinadas por los estados o contra objetivos nacionales
a un activismo descentralizado, supranacional y en gran medida desarraigado.
Sin embargo, el impacto estratégico de estos nuevos movimientos está
limitado por el hecho mismo de tener tan pocas raíces en la política
de los estados nacionales. No obstante, éste no es el caso de Pakistán
y Afganistán, que hoy por hoy son el semillero del fundamentalismo
islámico contemporáneo.
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El homo islamicus es a
la vez el siervo (al-'abd) de Dios y Su representante en la
tierra (jalifatallah fi'l ard). No es casualidad que sea un animal
dotado de habla y pensamiento, ya que posee un alma y un espíritu
creados por Dios. El homo islamicus posee en su interior la naturaleza
vegetal y la animal, pues es la cúspide de la creación (
ashraf al-majluqat ), aunque no ha evolucionado desde las formas de
vida inferiores. El hombre siempre ha sido hombre. La noción
islámica del hombre concibe a éste como un ser que vive en
la tierra y tiene necesidades terrenales, pero no sólo es terrenal
y sus necesidades no se limitan a lo mundano. Gobierna la tierra, pero no
en su propio nombre, sino como representante de Dios ante todas las criaturas.
Por lo tanto, también es responsable ante el Creador por el orden
creado y es el canal de gracia para las criaturas de Dios. El homo
islamicus posee el poder de la razón, la capacidad para discernir
y analizar, pero sus facultades mentales no se limitan a la razón.
También puede acceder a un conocimiento interno, el conocimiento de
su propio ser interior que es, de hecho, la clave para conocer a Dios, de
acuerdo al famoso hadiz profético “quien se conoce a sí mismo
conoce a su Señor” (man 'arafa nafsahu faqad 'arafa rabbahu
). Sabe que su conciencia no tiene una causa “externa” y material, sino
que proviene de Dios y es demasiado profunda para verse afectada por el accidente
de la muerte. Así pues, el homo islamicus sigue siendo
consciente de las realidades escatológicas, y del hecho de que,
aunque viva sobre la tierra, está aquí como un viajero alejado
de su morada de origen. Es consciente de que su guía para este viaje
es el mensaje que proviene de su hogar de origen, un mensaje que no es
otro que la revelación a la que continúa estando vinculado,
no sólo en su aspecto legal encarnado en la Shari'ah , sino
también en su aspecto de verdad y conocimiento (Haqiqah ).
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¿Cómo podría yo rechazar la profecía que
llega
en camisón de luz a rendir su rostro en mis manos,
a inyectar sus secretos en mis venas?
Yo soy el profeta de la poesía.
Mirad: Ahora me ofrece sus brazos como lecho,
en su casa me aloja.
¿Cómo no hundirme en sus algares?
Yo soy el profeta de la poesía.
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