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ISSN 1695-1751                                                            Número 82 - Mayo.2010 / Jumada Al-Akhirah 1431  
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Estimados lectores:

        La caída del muro de Berlín y del bloque comunista a finales de los ochenta y comienzos de los noventa abrió un periodo de esperanza e ilusión en todo el mundo que no se había conocido en muchas décadas. Nos las prometíamos muy felices; el final de la mal llamada “Guerra Fría” (en buena parte del Tercer Mundo no fue “fría” en absoluto: Corea, Vietnam, Angola, Yemen, Nicaragua, etc., dan testimonio de ello) auguraba un periodo de paz a nivel planetario marcado por un nuevo orden mundial que no estaría sometido a la tiranía del “equilibrio del terror”. Muy pronto, sin embargo, todas nuestras esperanzas se vieron defraudadas por completo. El planeta ya no estaba dividido en un bloque capitalista y otro comunista, pero nuevos problemas comenzaban a vislumbrarse en el horizonte. El mundo capitalista, con EE.UU al frente, se convirtió en el amo y señor, y parecía sentir cierta “nostalgia” por los viejos tiempos. Seguía necesitando un enemigo, un alter ego , para poder cantar las bondades del Sistema. Y ese enemigo lo encontró en el Islam, con la ventaja de que, a diferencia de la Unión Soviética, se trataba de un “enemigo virtual”: ni capacidad militar, ni economías fuertes, ni sociedades estructuradas que pudieran servir de mínimo contrapeso frente al poder arrollador del capitalismo y la modernidad occidentales. Y, sin embargo, el mito de la “amenaza islámica” se ha mantenido hasta nuestros días, e incluso ha adquirido un mayor ímpetu.
        Entretanto, el mundo islámico experimentó su propio proceso “modernizador”. Identidades nacionales y religiosas que habían permanecido en estado embrionario durante la Guerra Fría salieron a la luz tras el colapso del bloque comunista. Gran parte del mundo islámico se sintió defraudado con un modelo capitalista y otro comunista que no respondieron a las expectativas de desarrollo y prosperidad, sino que, más bien, convirtieron el Tercer mundo en el “terreno de juego” donde dirimir sus disputas ideológicas, militares y económicas. Al abrigo de esta decepción y de esta frustración tomó auge un Islam político de corte modernista y fundamentalista que durante las décadas anteriores había pasado casi desapercibido en todo el mundo islámico. Las identidades religiosas, mezcladas con elementos nacionalistas y étnicos, se exacerbaron y terminaron por dominar (o al menos tratan de hacerlo) la política, la sociedad, la economía y la cultura de muchos países musulmanes.
        El presente número de Alif Nûn se ocupa de este periodo posterior a la Guerra Fría y analiza el islamismo y el Islam político en relación con fenómenos como la política exterior de EE.UU, la globalización y las tensiones de toda índole en muchos países musulmanes. Los autores del primero de los artículos de este mes estudian la moderna confrontación entre lo que consideran dos modos distintos de fundamentalismo (el de EE.UU y el de los islamistas) y plantean sus particulares soluciones al respecto. Nuestro segundo artículo, que será publicado en dos entregas, se adentra en el fenómeno de la globalización y estudia las distintas respuestas y actitudes de la intelectualidad árabe y musulmana (tanto religiosa como laica) frente a esta nueva situación. El tercer artículo analiza la evolución ideológica del islamismo, su cambio de actitud en algunos aspectos, y su adaptación a la modernidad y el nuevo panorama globalizado. Para terminar, el cuarto y último artículo, segunda parte del texto publicado el mes pasado, examina las diferencias (según el autor, profundas e insuperables) entre la ideología islámica  y el pensamiento moderno.
  

La Dirección.

        Si había alguna duda sobre la importancia de las relaciones entre el Islam y Occidente en los tiempos que vivimos, ésta se disipó con los acontecimientos del 11 de septiembre. Estos hechos traumáticos nos recordaron una vez más, de manera repentina e impactante, toda una historia de tensiones entre el Islam y Occidente y el hecho de que esta historia está presente, moldeando no sólo nuestra política y muestra religión, sino el propio “espíritu de los tiempos” a comienzos del siglo XXI. Hay varios conflictos en el mundo de hoy que, desde una perspectiva global, deben considerarse de una importancia planetaria, y la religión islámica figura en muchos de ellos. El más destacado, por supuesto, es el conflicto en Tierra Santa entre el Estado de Israel y el desahuciado pueblo palestino. El retorno de los judíos a su antigua patria representa en sí mismo un acontecimiento transcendental en este ciclo temporal, pero el hecho de que este retorno suponga un terrible enfrentamiento con el mundo islámico es un rasgo inevitable de este mismo ciclo. Del igual modo, la creación de una patria musulmana, Pakistán, en el subcontinente indio implica necesariamente un peligroso conflicto con un Estado hindú, la India –un enfrentamiento entre la religión más joven del mundo y la más antigua, encarnadas en dos naciones-estado. Algunos conflictos en África, Asia Central y Filipinas, e incluso las tensiones sociales creadas por el asentamiento de comunidades musulmanas en países como Gran Bretaña, Francia y Alemania también deben considerarse como un síntoma del mismo fenómeno.



        El siglo XXI plantea al mundo árabe e islámico un reto que puede marcar su futuro durante generaciones. Los árabes están muy preocupados por mantener su identidad cultural y su independencia frente a la superioridad de Occidente y su globalización omnipresente. Prueba de ello es el enorme volumen –casi una inundación– de literatura árabe sobre la globalización y sus “peligros”, además de cientos de seminarios, talleres y conferencias centrados en “el Islam y la globalización”, el legado árabe e islámico y la identidad nacional y cultural.
        Sin embargo, los intelectuales árabes adoptan tres actitudes diferentes hacia la globalización. Están quienes la rechazan por tratarse de “la fase más avanzada del imperialismo” y una “invasión cultural” que amenaza con dominar al pueblo, socavar su peculiar “personalidad cultural” y destruir su “legado”, su “autenticidad”, sus “creencias” y su “identidad nacional”.
        Un segundo grupo de pensadores árabes de tendencia laica dan la bienvenida a la globalización como la edad de la ciencia moderna, la tecnología avanzada, las comunicaciones globales y la información basada en el conocimiento. En su opinión, ya no es posible que la gente continúe encerrada en sí misma, regodeándose en un legado del cual es cautiva y alimentando con nostalgia un pasado “ideal”. Invitan a interactuar con la globalización y beneficiarse de sus “verdaderas oportunidades” con respecto al conocimiento, la ciencia y la tecnología, sin necesidad de perder su cultura como individuos árabes y musulmanes.
   
 

        Más de treinta años después del triunfo de la revolución islámica de Irán, la ola de radicalismo islámico que ha asolado Oriente Medio desde finales de los años setenta está tomando un rumbo diferente. Los principales grupos islamistas han pasado de la lucha por una comunidad islámica supranacional a una especie de nacionalismo islámico: desean ser reconocidos como actores legítimos en la escena política nacional y han renunciado en gran medida a las aspiraciones supranacionales que formaban parte de su ideología. Por otro lado, ha fracasado la política de reislamización de carácter conservador aplicada por muchos estados –incluso los laicos– para debilitar a la oposición islamista y recuperar cierta legitimidad religiosa. Ha surgido un nuevo tipo de fundamentalismo islámico, conservador desde el punto de vista ideológico, pero a veces radical desde el punto de vista político. Este nuevo fundamentalismo está en gran medida desvinculado de la política y la estrategia de los estados. A primera vista, está menos dispuesto a la reflexión política que los movimientos islamistas; menos preocupado por definir cómo debería ser el verdadero Estado islámico que por aplicar la shariat (ley islámica). Aunque el movimiento es básicamente un fenómeno sociocultural, también ha dado lugar a expresiones extremistas encarnadas en redes periféricas abiertas como la organización al-Qaida, liderada por Osama bin Laden y responsable de la destrucción del World Trade Center el 11 de septiembre de 2001. En consecuencia, el terrorismo islámico internacional ha pasado de las acciones patrocinadas por los estados o contra objetivos nacionales a un activismo descentralizado, supranacional y en gran medida desarraigado. Sin embargo, el impacto estratégico de estos nuevos movimientos está limitado por el hecho mismo de tener tan pocas raíces en la política de los estados nacionales. No obstante, éste no es el caso de Pakistán y Afganistán, que hoy por hoy son el semillero del fundamentalismo islámico contemporáneo.


        El homo islamicus es a la vez el siervo (al-'abd)  de Dios y Su representante en la tierra (jalifatallah fi'l ard).  No es casualidad que sea un animal dotado de habla y pensamiento, ya que posee un alma y un espíritu creados por Dios. El homo islamicus posee en su interior la naturaleza vegetal y la animal, pues es la cúspide de la creación ( ashraf al-majluqat ), aunque no ha evolucionado desde las formas de vida inferiores.  El hombre siempre ha sido hombre. La noción islámica del hombre concibe a éste como un ser que vive en la tierra y tiene necesidades terrenales, pero no sólo es terrenal y sus necesidades no se limitan a lo mundano. Gobierna la tierra, pero no en su propio nombre, sino como representante de Dios ante todas las criaturas. Por lo tanto, también es responsable ante el Creador por el orden creado y es el canal de gracia para las criaturas de Dios.  El homo islamicus posee el poder de la razón, la capacidad para discernir y analizar, pero sus facultades mentales no se limitan a la razón. También puede acceder a un conocimiento interno, el conocimiento de su propio ser interior que es, de hecho, la clave para conocer a Dios, de acuerdo al famoso hadiz profético “quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor” (man 'arafa nafsahu faqad 'arafa rabbahu ). Sabe que su conciencia no tiene una causa “externa” y material, sino que proviene de Dios y es demasiado profunda para verse afectada por el accidente de la muerte.  Así pues, el homo islamicus sigue siendo consciente de las realidades escatológicas, y del hecho de que, aunque viva sobre la tierra, está aquí como un viajero alejado de su morada de origen. Es consciente de que su guía para este viaje es el mensaje que proviene de su hogar de origen, un mensaje que no es otro que la revelación a la que continúa estando vinculado, no sólo en su aspecto legal encarnado en la Shari'ah , sino también en su aspecto de verdad y conocimiento (Haqiqah ).


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¿Cómo podría yo rechazar la profecía que llega
en camisón de luz a rendir su rostro en mis manos,
a inyectar sus secretos en mis venas?
Yo soy el profeta de la poesía.
Mirad: Ahora me ofrece sus brazos como lecho,
en su casa me aloja.
¿Cómo no hundirme en sus algares?
Yo soy el profeta de la poesía.



                                                    El Libro (I)
                                                   [Adonis]

                                                                                                          

 

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