ISLAM Y NACIONALISMO:
DOS POLOS OPUESTOS [1]


Dr. Ali Mohammed Naqvi
Department of Shia Theology, Aligarh Muslim University (India)

Introducción

Los sentimientos patrióticos, siempre que no contravengan las convicciones más elevadas del ser humano, están permitidos en el Islam, del mismo modo que el afecto hacia nuestros padres, hermanos y familia. Pero el nacionalismo no se detiene en estos simples sentimientos. Es en sí mismo un credo sociopolítico y una forma de vida que tiene por objeto controlar por completo la conducta individual y social de los seres humanos. Es natural que el Islam, siendo también una ideología con su propio sistema espiritual, político y social independiente y estando integrado por una serie de creencias, entre en conflicto con la ideología nacionalista.

A diferencia de otras religiones como el Cristianismo, el Budismo, etc, el Islam no se limita a los ritos religiosos ni a las convicciones metafísicas. Si el Islam sólo se redujera a rezar, podría haber estado de acuerdo con el nacionalismo. Pero el Islam es una religión con una cosmovisión social y filosófica que establece principios sociales y políticos. También el nacionalismo tiene sus propios principios sociales y políticos, basados, sin embargo, en creencias y criterios diferentes. Por lo tanto, el conflicto entre el Islam y el nacionalismo es inevitable. La ideología islámica no es compatible con ninguna otra ideología en lo referente al criterio que debe gobernar la vida privada y social de los musulmanes. Un musulmán no puede ser al mismo tiempo musulmán y politeísta, o musulmán y comunista [2] . En el Islam no hay espacio para un fiel y genuino nacionalista. Es una cuestión de identidad, y la una niega a la otra. El nacionalismo, por tanto, es incompatible con el Islam, pues ambas escuelas tienen ideologías enfrentadas y representan dos polos totalmente opuestos en su espíritu, esencia, orientación y objetivos.

Como se explicará más adelante, el Corán rechaza de manera explícita las bases del nacionalismo y afirma que el idioma, el color o la raza no son ningún criterio de unidad ni fuente de privilegios. Los únicos criterios son la fe y la virtud. La base de la unidad de la ummah islámica es una ideología común, no la raza, el país, el idioma o incluso la cultura. El objetivo del nacionalismo es crear unidades nacionales, mientras que el del Islam es la unidad universal. Lo más importante para el nacionalismo es la lealtad y el apego a la patria, mientras que para el Islam es Dios y la religión. El nacionalismo da por ciertas las fronteras geográficas y las distinciones raciales, mientras que el Islam las niega. El nacionalismo se inclina hacia la división y la raza, pero el Islam asume una perspectiva universal. El nacionalismo concede valor a las tradiciones históricas, la cultura, la civilización, las ideas y las figuras históricas de su propia nación, pero la visión del Islam va más allá de las fronteras, la raza, la tribu o la nación, y los musulmanes consideran que Moisés, Jesús, Muhammad o Ali pertenecen a toda la humanidad. 

Es muy difícil para el nacionalismo aceptar este punto de vista. De acuerdo con su visión limitada, considera la llegada del Islam como una trasgresión o como algo peligroso, y el resultado lógico de esta actitud es revivir las creencias nacionalistas. El nacionalismo iraní, por ejemplo, se identifica con la nación de Ciro y Darío, no con Muhammad y Ali. No es de extrañar, por tanto, que durante el régimen nacionalista de los Pahlavi los credos zoroastriano y bahá'í, considerados como religiones iraníes, fueran apoyados por el régimen [3] . El Islam maldice al faraón, pero el nacionalismo egipcio lo convierte en un héroe nacional al cual rendir pleitesía. [4]  

El Islam, por su parte, afirma que todos los musulmanes del mundo son miembros del mismo cuerpo y que todas las naciones islámicas –árabes, turcos, afganos, indios, etc.– y razas –negros, blancos o amarillos– pertenecen a una sola ummah gracias a sus creencias compartidas. Sin embargo, el nacionalismo considera que la solidaridad religiosa de un país con otras naciones es un peligro para la identidad nacional y tribal. Así pues, el punto de vista del nacionalismo sobre la sociedad y la política es bastante opuesto al del Islam, y ambos no pueden compaginarse. Esto es así porque los nacionalistas del mundo islámico consideran –incluso aunque no lo digan públicamente– que la separación con respecto al Islam es necesaria para el triunfo de su ideología. Y sus actos, en efecto, así lo demuestran.

El Profeta combatió contra el nacionalismo del Quraysh

Cuando nació el Islam y la revolución islámica, las únicas organizaciones sociales y políticas de los árabes preislámicos eran la tribu, la raza y el idioma, las cuales se usaban como criterio de superioridad o inferioridad. Los vínculos de sangre y los tribales eran la base de la unidad, un precedente tosco y sin refinar del nacionalismo y el racismo modernos. De igual modo, el idioma se consideraba un signo de superioridad y por eso los árabes llamaban a los no árabes ayam, que significa “sin habla”. El avance de la revolución islámica acabó con esta idea y con la organización tribal; el poderoso lema “no hay más Dios que Dios” prevaleció por encima de todas las adhesiones basadas en el linaje, el territorio y el idioma.

El Profeta, fundador de la sociedad islámica, sin clases y universal, lo que hizo fue unir a varias naciones, eliminando sus rasgos tribales. En una reunión en la que estaban presentes tres musulmanes procedentes de tres países distintos –a saber, Salmán de Persia, Soheib de Roma y Bilal de Etiopía– un árabe llamado Gheys-bin-Motateba entró y se dirigió a ellos llamándolos “extranjeros”. El Profeta le dijo indignado: “Tu padre y tu religión son los mismos [que los de ellos]  y la arabidad de la que pareces estar tan orgulloso no pertenece ni a tu padre ni a tu madre”. Con ello quiso decir que Adán y Eva son los padres de todos nosotros. Luego declaró: “Quien difunde el credo de la solidaridad tribal y combate u ofrece su vida por él, no es de los nuestros.”

Las fuerzas nacionalistas y los prejuicios tribales resistieron obstinadamente contra este mensaje revolucionario del Islam y sirvieron como barrera contra su expansión. Estos factores motivaron que el Quraysh y otras naciones de su tiempo adoptaran una postura contraria al Profeta del Islam. Protestaban por el hecho de que el Corán no hubiera descendido sobre algún hombre distinguido de La Meca o de Taif. Tal y como afirma el Corán: “Y ellos dicen: ‘¿Por qué no ha sido revelado este Corán a algún notable de estas dos ciudades?’” (43:31).

Las tribus árabes, con su visión tribal estrecha, se preguntaban por qué el Profeta no pertenecía a alguno de sus clanes y si intentaría establecer la superioridad de su propia tribu. Abu-Yahl dijo abiertamente: “Somos iguales a la familia de Abd-Manaf [la familia del Profeta]. Rivalizamos con ellos en equitación y en generosidad los igualamos. ¿Cómo es que ahora reclaman la profecía y la revelación? Por Dios, que no aceptaremos a Muhammad como profeta.”

Los mismos prejuicios raciales y tribales motivaron que los judíos, quienes llevaban mucho tiempo esperando la llegada de un profeta, se opusieran a Muhammad. Así pues, rechazaron el mensaje de Muhammad porque les preocupaba el hecho de que el Profeta descendiera de Ismael y no de Isaac [5] . De este modo, se unieron a los paganos y politeístas que combatían contra los creyentes musulmanes. [6]  

Encender la llama del sentimiento nacionalista fue el arma más cruel de los hipócritas de Medina contra el Islam. En cierta ocasión, uno de sus líderes, sacando a relucir el asunto de la batalla de Beghaz, consiguió enfrentar a las dos grandes tribus musulmanas de Owss y Jazray. Entonces fue revelado el versículo siguiente: “¡Creyentes! Si obedecéis a algunos de los que han recibido el Libro harán que dejéis de creer después de haber creído.” (3:100).

Abdollah bin Abi, un líder de los hipócritas de Medina, era un nacionalista fiel y constantemente fomentaba el nacionalismo entre las gentes de la ciudad, diciendo: “Unos cuantos pordioseros han llegado a nuestro país procedentes de otras tierras y nos están intimidando. Son como perros que estuvieran engordando para atacarnos.” En otra ocasión, dijo a los habitantes de Medina: “Habéis cometido un error al compartir vuestras riquezas y vuestro país con esos extranjeros. Si dejáis de ayudarlos ahora, se darán a la fuga.”

En respuesta a estas fútiles palabras fue revelado el versículo siguiente: “Son ellos [los hipócritas] quienes dicen: ‘No gastéis nada en favor de los que están con el Enviado de Dios, para que así lo abandonen’. A Dios pertenecen los tesoros de los cielos y de la tierra, pero los hipócritas no comprenden. Ellos dicen: ‘Si volvemos a la ciudad [Medina], sin duda los más poderosos expulsarán de ella a los más débiles’. Pero el poder pertenece a Dios, a Su Enviado y a los creyentes, aunque los hipócritas no lo saben.” (63:7-8).

Conclusión

De este modo podemos apreciar el peligro de oponerse al Islam sobre la base de los sentimientos tribales y nacionalistas. Como se ha dicho anteriormente, queda claro que, junto al paganismo y el politeísmo, el prejuicio basado en la nobleza de sangre, el territorio, los antepasados y la tribu es el mayor enemigo del Islam. El Profeta combatió con dureza contra él hasta eliminar esas barreras en el camino de la ideología islámica. La hostilidad entre los prejuicios nacionalistas y el Islam no es un fenómeno nuevo, sino que dio comienzo con la llegada del Islam.

El culto a la tribu (tribalismo) y los sentimientos tribales siempre han sido una amenaza para el Islam. Los nacionalistas árabes se sienten orgullosos de su arabidad, no de ser musulmanes; un egipcio piensa en su faraón; un turco intenta demostrar su relación con Gengis Kan y Hulagu; un iraní se enorgullece de Ciro, Darío, Buzarjomehr, Mani y Mazdak, en lugar de Muhammad y Ali. Un indio convierte en héroes a las figuras míticas del Hinduismo, y en vez de ir a la fuente de Zamzam acude al río Ganges. De esta manera se pone en peligro la entidad del Islam. Por eso el Islam siempre ha sido hostil al nacionalismo.


NOTAS.-


[1] Traducción, extracto y adaptación del texto aparecido en: http://www.al-islam.org/islamandnationalism (Nota de la Redacción).
Para la traducción de las citas coránicas que aparecen en el texto nos hemos basado en dos versiones del Corán en castellano: la de Julio Cortés ( El Corán , Herder, Barcelona, 2005) y la de Muhammad Asad ( El Mensaje del Qur’an , The Book Foundation, USA, 2006). (Nota del traductor).

[2] Véase Luz Gómez García, Marxismo, Islam e islamismo: el proyecto de Adil Husayn , Cantarabia, Madrid, 1996. (Nota de la Redacción).

[3] Algo muy parecido ocurrió en el caso del régimen de Saddam Husein en Iraq: “Saddam había hecho más que ningún otro gobernante iraquí moderno para fomentar una identidad específicamente iraquí, sobre la base de la herencia de la antigua civilización mesopotámica. En el arte, la arquitectura y la poesía, el Estado estimuló el uso de motivos mesopotámicos e invirtió mucho dinero en excavaciones y restauraciones arqueológicas.” Véase Martin Kramer, “ Nacionalismo árabe: una identidad falsa (III) ”, en revista Alif Nûn nº 66, diciembre de 2008. (Nota de la Redacción).

[4] Para saber más sobre nacionalismo egipcio, véase Pedro Martínez Montávez, “Egipto: de Faruq a Nasser”, en revista Alif Nûn nos 66 (diciembre de 2008) y 67 (enero de 2009) . (Nota de la redacción).

[5] Tanto el relato bíblico como el coránico explican que el patriarca Abrahán tuvo dos hijos. El primogénito, llamado Ismael, tuvo por madre a Agar, esclava egipcia de Abraham; el segundo, llamado Isaac, fue engendrado por la esposa de Abraham. La tradición explica que los árabes serían los descendientes de Ismael, mientras que el pueblo judío descendería de Isaac. (Nota de la Redacción).

[6] Para ver con más detalle el conflicto entre los primeros musulmanes y la comunidad judía, véase Martin Lings, Muhammad. Su vida basada en las fuentes más antiguas , Hiperión, Madrid, 1989. (Nota de la Redacción).

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