EL PAPEL DE LOS PADRES
EN LA INTEGRACIÓN SOCIAL DE LOS JÓVENES:

UNA PERSPECTIVA ISLÁMICA [1]

Abderraman Cherif-Chergui [2]


Durante la infancia, cuando los niños no eran capaces aún de asimilar intelectualmente su papel y su contribución a la propia adaptación, la carga recaía exclusivamente en sus padres. Sin embargo, desde el momento que los hijos adquieren la capacidad de abstracción, son objeto de preceptos y enseñanzas que les estimulan a una autosocialización. Puesto que dicha capacidad no se da hasta, más o menos, los doce años, hemos escogido el título mencionado con el fin de situar el periodo en el cual puede darse la intervención activa de las nuevas generaciones en su mismo desarrollo. En segundo lugar, responsabilizar a los hijos y estimularles a integrarse a través de su interacción con los padres y hermanos no exime a los progenitores de sus normales obligaciones. Ya veremos cómo la ideología islámica inculca el sentimiento del “hijo-padre”, “padre-hijo” durante casi toda la vida del individuo.

Hechas estas salvedades, podemos situar el tema en el comienzo de la “madurez infantil”; se trata del cambio de su personalidad, localizado, grosso modo, en la pubertad. El cambio psico-biológico que se da en esta etapa lo designa el Corán por el término “ hulum”. La raíz “halama” nos ofrece, en este sentido, dos principales acepciones; por una parte, alude a la adquisición de las capacidades racionales, la inteligencia conceptual; por otra, a la aparición del brote sexual en el púber. Puesto que este brote hace sus primeras manifestaciones a través de poluciones nocturnas, resulta acertada la elección del término “hulum”. Así, se recomienda: “Cuando lleguen los niños al ‘h ulum’, que pidan permiso como los demás (para acceder a vuestros lechos).” (Corán: 24,59) [3]  

En el versículo anterior a éste, se regulan las circunstancias en las cuales los hijos debían obtener el consentimiento de sus padres para acceder a la estancia de éstos. Mientras los niños no son capaces aún del discernimiento, se abstienen sólo en tres momentos –al igual que la servidumbre–: primera hora de la mañana, el mediodía y la noche. Son estos espacios temporales denominados “momentos de desnudez”, que equivale a la intimidad matrimonial: “Que pidan vuestro consentimiento la servidumbre y los niños tres veces: antes de la oración de la mañana, al desprenderos de vuestra ropa durante el mediodía y después de la oración nocturna; tres momentos de vuestra desnudez.” (Corán: 24,58).

Este punto de partida es de doble dimensión: de un lado, enseña a los padres a cuidar sus relaciones íntimas, evitando a los hijos escenas que pueden constituir para ellos un trauma psíquico. En este sentido, la literatura psicoanalítica recoge casos de neurosis motivadas o provocadas por la contemplación de dichas relaciones: “En este caso (del análisis de un niño) también los sentimientos agresivos que tenía con respecto al coito entre sus padres mostraron ser el motivo más profundo de sus ansiedades.” (Klein, M., Psicoanálisis de niños , p. 121).

Por otra parte, se trata de integrar a los hijos paulatinamente en lo que atañe a los primarios paradigmas de convivencia. Es éste un aspecto, como otros muchos, cuyas bases se asientan en esa vital escuela, la familia. Dentro de este ámbito, veremos cómo el Islam trata de socializar al niño de una manera progresiva; el primer escalón “ad hoc” a sus circunstancias se halla representado por los padres y hermanos; es el peldaño que conduce al gran edificio, la sociedad, pasando por los pisos intermedios, familiares y vecinos.

La categoría de los progenitores corresponde a lo que podría denominarse un “Segundo Mandamiento”. Es, pues, una disposición, un precepto divino honrar, magnificar y ser piadoso con los padres; tanto es así que constituyen la cúspide dentro de la escala de valores: adorar a Dios y magnificar a los padres es una recomendación que aparece así siempre en los versículos al respecto: “Dispuso tu Señor que no adoréis sino a El y que seáis piadosos con los padres.” (Corán: 17,23).

La piedad para con los padres, unida a la adoración del Señor, es un precepto que subyace a todas las Revelaciones. Se encuentra entre las promesas de los hebreos, según el Corán: “Y hemos obtenido la promesa de los hijos de Israel: no adorar sino a Dios y ser piadoso con los padres.” (Corán: 2,83).

Asimismo, Jesús destaca la gracia de Dios: “Y me hizo bendito, allá donde estuviese... y piadoso con mi madre.” (Corán: 19,31).

Antes, Abraham incluía en sus oraciones a su padre, rogando a Dios que le perdone, aunque no haya sido creyente: “Perdona, Señor, a mi padre, pues se hallaba entre los extraviados.” (Corán: 26,86).

Quizá lo más sublime esté sintetizado en esta otra aleya, breve como un relámpago y enérgica como un rayo, donde queda unificado el valor “padre-hijo”: “Juro por el padre y por su descendencia.” (Corán: 90,3).

Sobre este fondo divino trata el Islam de integrar a las generaciones jóvenes, partiendo de la asimilación del papel de los progenitores. Para ello, se basa en todos los medios a su alcance, tanto de carácter teleológico como biológico y psicológico. Existen aleyas que sugieren precisamente estas dos últimas ideas: “Hemos recomendado al hombre ser bondadoso con sus padres, pues lo llevó su madre con grandes fatigas.” (Corán: 31,14).

Después de mencionar a ambos padres, destaca a la madre. Porque ella sufrió su embarazo con debilidades, una tras otra. La terminología coránica hace uso de una expresión que vendría a ser algo así como “estado estresante” (wahan).

Aunque en el plano práctico no resulta clara la distinción entre lo fisiológico y lo psicológico –en un ámbito semejante–, parece ensalzarse aquí el primero. Donde queda más evidente el segundo es en esta otra aleya: “Hemos recomendado al hombre ser piadoso con sus padres; su madre le llevó y dio a luz con pesadumbre.” (Corán: 46,15).

Al igual que en la anterior, el precepto incluye a los dos progenitores, ensalzando a la madre de nuevo. Sin embargo, en la segunda aleya no se trata de “wahan” (debilidad y fatiga), sino de un término más hondo aún: “kurh”. Esta palabra alude al esfuerzo, ausencia de voluntad y al hastío. De un modo global, los significados de “kurh” constituyen el triángulo del embarazo: esfuerzo permanente, concepción involuntaria y momentos más o menos frecuentes, más o menos acusados, de cierto hastío.

En efecto, la mujer embarazada se halla sujeta a un despliegue de fuerzas que sólo su misteriosa maternidad es capaz de sostener, día tras día. El desgaste de sus energías, físicas y psíquicas, no termina, además, con el parto; ahora comienza otro ciclo quizá más angustiante que el anterior: apenas dispone de tiempo para descansar y gozar de la necesaria distracción. Aun dormida, como se sabe, está subconscientemente en vigilia, atenta a cualquier movimiento o queja del hijo.

La concepción, se decía arriba, es involuntaria; con esto se quiere indicar, no la predisposición positiva o negativa de la mujer a la maternidad, sino el hecho biológico como tal; éste, sí, se escapa a la volición del matrimonio, hecho que actualmente se halla en su fase crítica a todos los niveles sociales. Además, dentro del control científico, en ningún momento puede decir la mujer –hoy por hoy– “ahora me embarazo”.

El hastío, como tedio, repugnancia y disgusto es otra de las características de la mujer-madre. Lejos de los estados patológicos y semipatológicos de rechazo, ansiedad, etc. –descubiertos por la psicología profunda–, puede decirse que toda mujer experimenta cierto hastío durante el embarazo y crianza del hijo; esto, no sólo en ese sentido de “hastío vital” que cualquier ser humano siente de vez en cuando a lo largo de su vida; es, además, un hastío causado por su circunstancia peculiar, aun dentro de la alegría que engendra el ser madre. Es bien sabido que la primera manifestación del embarazo se expresa en náuseas, una desazón que invada todo el ser de la mujer. No importa si la raíz fuera netamente fisiológica, genuinamente psicológica o una mezcla de ambos factores. Lo que importa es eso: una angustia que conmueve sus entrañas, un impacto que conlleva tanta alegría como dolor; una larga espera capaz de desembocar en el tedio, pues –como familiarmente se dice– “quien espera desespera”. Añadamos a todo esto los largos años de crianza, desvelos, temores, preocupaciones y privaciones; entonces tendremos el cuadro completo para que los padres ocupen el “Segundo Mandamiento”. Dentro de éste, y de modo particular, se nos hace más evidente la figura de la madre, tan destacada por la ideología islámica.

Es, por tanto, una situación que, analizada y asimilada por los hijos, aureola a la madre con una corona divina sobre un pedestal de luz. Es ésta la imagen que Muhammad da de las madres: “El paraíso se halla bajo los pies de las madres” ( Al-Ajlâq wa-l-wâ ŷibât, 110. Colección de h adi tes).

¡Sagrada expresión y sagrada categoría!; es una especie de veneración a las madres, el sumo respeto que pueda manifestarse a un ser humano. No es, evidentemente, una fijación, una actitud inconsciente que ata al hijo a la madre; es, por el contrario, una conducta consciente, sana y fecunda; una identificación que sirve de fundamento para una rica socialización. Es, en definitiva, una convicción, como aquella que el profeta albergaba, de que nada es suficiente para compensar a las madres; convicción intelectual y afectiva que impulsa a los hijos a ver en sus madres la más atractiva de las valencias. Así lo comprendía y sentía ese hijo llamado Muhammad. En una de sus peregrinaciones, se dirigió un hombre hacia él para preguntarse si era suficiente como recompensa a su madre el haber efectuado el “tawâf” (parte del rito que consiste en dar siete vueltas alrededor de la Ka‘ba) sosteniéndola sobre los hombros. La respuesta –parangonando a Gracián– fue dos veces buena: “No, ni siquiera para un suspiro.” (Qutb, S., Fi Dilâl al-Qur’an , tomo 6, pág. 484) [4] . “Así pues, –añade Qut b– no es suficiente ni siquiera para compensar uno de sus suspiros durante el embarazo, el parto y las cotidianas fatigas.”

El valor de la madre supone una prioridad, incluso ante el padre. El profeta, imaginado una situación en la cual ambos progenitores invocan al hijo, recomienda: “Si te llaman tus padres, contesta (primero) a tu madre.” (Al-Ajlâq wa-l-wâ ŷibât , 110. Colección de hadites). En otro  hadit enseña: “Sé piadoso con tu madre, después con tu padre.” (Al-Ajlâq wa-l-wâ ŷibât , 110. Colección de hadites).

Esta preeminencia de la madre, como evitando toda duda y confirmándola de una vez para siempre, es reiterada tres veces. Aprovechando la pregunta de un individuo acerca de las personas más beneméritas, le dice: “Tu madre, luego tu madre, luego tu madre; después, tu padre.” (Sahih Muslim, Colección de  h adites, Tomo 4, Libro 8, pág. 2). [5]  

La madre, además de su sensibilidad propia, se revela más afectuosa que el padre. Puede decirse que, si como mujer es delicada, como madre es pura ternura. Entre las aleyas que simbolizan este estado, las referentes a la madre de Moisés son extraordinariamente expresivas. Una viene a decir: “Y te hemos hecho volver a tu madre para que goce tu presencia y no se entristezca.” (Corán: 20,40).

Pero lo más elocuente y trágico del corazón de una madre, de su agitado ánimo por su hijo, es la descripción del estado de la madre de Moisés, una vez abandonado éste en el río: “Sintió su corazón vacío. Casi se delató, si no fuera porque fortalecimos su ánimo (...) (entonces) dijo a su hermana: ‘vigílale?’” (Corán: 28,10-11).

Quedarse el corazón vacío quizá sea el trauma más profundo que pueda experimentar el ser humano; ni siquiera es una angustia, una ansiedad, porque ambas constituyen, al fin y al cabo, una reacción defensiva; pueden ser todo lo que se quiera, dentro de las anomalías anímicas; pero “tener el corazón vacío” es una especie de agonía.

Así, en una gran síntesis, es la madre; así la concibió Muhammad, quien apenas recordaba a la suya, y quien revistió a todas las madre de ese manto divino, al decir “la gloria se halla bajo los pies de las madres.”

Ahora bien, todo lo que se ha dicho acerca de la madre no disminuye en absoluto la categoría del padre. Como hemos visto, y reiteramos inmediatamente, ambos progenitores se sitúan sobre el mismo pedestal, solo que las circunstancias biológicas y psicológicas de la madre hacen que los focos recaigan más sobre ella.

Vista la importancia de los padres, veamos las orientaciones que enseñan a los hijos cómo proceder con ellos. En la sura 17, aleya 23, hemos asistido al puesto que ocupan los progenitores desde el punto de vista religioso: “adorar a Dios y ser piadosos con los padres”. Pues bien, inmediatamente después, en la aleya siguiente, se aconseja al hijo: “Si uno de tus padres, o ambos, alcanzasen la ancianidad bajo tu tutela, no utilices con ellos ni la más mínima expresión ofensiva; no les reprendas; dirígete a ellos con buenas palabras; sé humilde en su presencia y di: ‘Dios mío, tenles en tu clemencia, al igual que me educaron ellos de niño.’” (Corán: 17,24).

Se destacan dos aspectos aquí; uno, inmediato: buen trato y respeto; otro, mediato: rogar a Dios que tenga misericordia de ellos, tanto en la vida como en la muerte. Asimismo, la enseñanza se basa en dos principios de aprendizaje, negativo el uno, positivo el otro: evitar toda expresión y ademán ofensivos, y mostrarles cariño y humildad.

No sería ocioso, creo, traer a colación la metáfora que utiliza el Corán para describir las actitudes del hijo; dice textualmente: “Baja ante ellos las alas, humildes, por misericordia.”

Ello nos hace concebir una humildad verdadera, henchida de amor y veneración. No se trata, pues, de actos intelectuales, a modo de una decisión tomada previamente; tampoco resulta una actitud de índole social, impregnada quizá de fingimiento; es, por el contrario, una absoluta aceptación, exenta de todo egoísmo y soberbia; es un bajar las alas que, en el fondo, es reducirse a ellos, a sus necesidades y peculiar psicología.

Conviene destacar también en esta aleya el modo de asimilar el hijo la situación de sus padres. Hace una especie de generalización: representa su misma infancia, como vivencia y hecho observable, concibiendo así la semejanza entre ambos periodos, infancia y ancianidad. De esta manera, el joven reza: “Señor, tenles clemencia, al igual que ellos me educaron de niño.”

Es decir, “Señor, despliega con ellos todo el amor del que me hicieron objeto durante mi infancia.” Y utiliza precisamente la expresión “educar”, en el sentido de criar, enseñar y conducir. La educación de los hijos, así, adquiere un inmenso valor que sólo Dios, con su infinita Bondad y Omnipotencia, es capaz de compensar.

Además de los versículos analizados que recomiendan amor a los padres, añadimos estos otros: “Diles (Muhammad): ‘venid, os diré lo que manda Vuestro Señor; adorarlo sólo a El y tener piedad a los padres.’” (Corán: 6,151). “Muestra gratitud a Mí y a tus padres.” (Corán: 31,14).

He ahí las enseñanzas coránicas al respecto. Muhammad, a su vez, entra en el escenario para completar estas recomendaciones. Llega a identificar el respeto a los padres con la adoración a Dios: “Os diré cuál es el mayor pecado capital: asociar (deidades) con Dios y desobedecer a los padres.” (Sahih Bujârî , Colección de   h adites, Tomo 2, Libro 4, pág. 94). [6]  

Desde otra perspectiva, uniendo una vez más el valor paterno y la Majestad divina, infunde a las generaciones jóvenes: “La satisfacción de Dios se halla en la de los padres; asimismo, su cólera.” (Al-Ajlâq wa-l-wâ ŷibât , 108. Colección de hadites).

Dentro de esta última línea, la cólera de los padres, inculca Muhammad a los hijos: “Dios aplaza (el castigo por) los pecados que quiera para el más allá, excepto la desobediencia a los padres; por ésta castiga en esta vida antes que en la otra.” (Al-Ajlâq wa-l-wâ ŷibât, 111. Colección de hadites)

En efecto, los padres en la ideología islámica conquistan una categoría de tal índole que se convierten en lo más sagrado. A veces, analizando estas enseñanzas, sentimos que sólo existe una tenue línea que les separa del Creador. Creo que si no tuviera el Islam ese carácter de absoluto monoteísmo, se llegaría a pensar en una especie de “personificación de Dios” en los padres. De nadie, pues, y de nada ha dicho Muhammad una frase semejante a ésta: “Mirar el hijo a sus padres con amor es una adoración.” (Al-Ajlâq wa-l-wâ ŷibât , 31. Colección de  hadites).

En más de una ocasión ha puesto el profeta de relieve, prácticamente, la prioridad de los progenitores. Una vez le pidió un individuo permitirle participar en su expediciones de “ŷihâd” y hubo este coloquio entre ambos:

Muhammad: “¿viven tus padres?”
El otro: “sí”
Muhammad: “vuelve y lucha por ellos.”
(Ŷawâhir al-bujârî wa šarh alqustalânî , 478. Colección de hadites).

Asimismo, otro hombre le rogó que le indicara las pautas del mejor comportamiento, le manifestó su adhesión y predisposición para emigrar y combatir a su lado. El profeta le aconsejó, dándole a entender que tendría la misma compensación: “Vuelve con tus padres y hazles buena compañía.” (Sahih Muslim, Colección de  hadit es, Tomo 4, Libro 8, pág. 3).

Evidentemente, la expresión árabe “ahsin suhbatahumâ”, que he traducido por “buena compañía”, implica no sólo la estancia física, sino todos los cuidados necesarios y el comportamiento adecuado. Ya hemos visto la recomendación coránica referente a “no hacerles objeto de ninguna expresión ofensiva”. En este sentido, el profeta precisa: “No es piadoso con su progenitor aquel que le mire con ceño fruncido.” (Al-Ajlâq wa-l-wâ ŷibât , 109. Colección de  hadites).

En cierto modo, Muhammad nos hace ver que la compensación de los padres es casi imposible. Acordémonos de su respuesta al hombre que en la peregrinación le preguntó si había cumplido con su madre: “Ni para un solo suspiro”. En el siguiente  hadit sugiere una idea semejante: “Sólo compensará el hijo a su progenitor si, hallándose esclavizado, le rescata y libera.” (Sahih Muslim, Colección de   h adit es, Tomo 2, Libro 4, pág. 218).

Claro está que, en nuestra época, casi nadie tiene la oportunidad –surgida de la desgracia– de rescatar a uno de sus padres y redimirle de la esclavitud [7] . No obstante, haciendo uso de la generalización del concepto, también existe hoy la posibilidad de liberar a los padres. Aún más, tal vez sea hoy, más que nunca, urgente tender la mano a los padres, dentro de una sociedad que parece caminar a pasos agigantados hacia la ruptura de los lazos más elementales entre sus miembros, incluso entre padres e hijos. Cabe liberarles, pues, sobre todo a cierta edad y como mínima compensación, de su tremenda soledad, fruto profundamente amargo de nuestras comunidades masificadas. Porque, si bien es un mal para todos, lo es más para los ancianos y débiles.

De todos modos, y aunque parezca difícil compensar a los padres, según se desprende de las sentencias anteriores, no cabe duda de que los hijos pueden contribuir en gran medida al bienestar de los padres. Muhammad se revela en otro hadi t un poco extrañado y algo indignado del hijo que no ha sabido aprovechar la oportunidad hacia la bienaventuranza, sirviendo a sus progenitores: “Desdichado aquel que alcanza a sus padres en vida –a uno o a ambos– y no logre ganar la gloria.” (Sahih Muslim, Colección de   hadites, Tomo 4, Libro 8, pág. 5-6).

Y si decimos que el profeta se muestra extrañado e indignado es porque ha repetido la primera palabra “desdichado” tres veces. Además, creo que su asombro encierra la sugestión de que, dentro de la dificultad de una compensación total, es fácil satisfacerles. Ello, por una doble razón: de una parte, los progenitores no se manifiestan exigentes con los hijos, ya que el bienestar de éstos constituye su constante preocupación; de otra parte, y como consecuencia de esto, cualquier gesto bondadoso del hijo les satisface. En otro  hadit, el profeta califica el abandono de los hijos a los padres de incredulidad: “No rechacéis a vuestros padres; quien lo hiciera sería un renegado.” (Sahih Muslim, Colección de   hadites, Tomo 4, Libro 8, pág. 5-6).

Naturalmente, para adoptar esta perspectiva, Muhammad había mentalizado antes a los padres. Recordemos sus enseñanzas al respecto, por ejemplo: “Quien quiera de vosotros hará desobediente a su hijo.” “Ayudad a vuestros hijos a ser piadosos con vosotros.” Así hace hincapié en lo que considera hoy la psicología una de las piedras angulares en la personalidad del individuo.

Antes de proseguir el análisis del proceso de la socialización de los jóvenes, creo oportuno hacer un par de paréntesis. Primero, dentro del considerable número de versículos coránicos referentes a los padres, encontramos siete con carácter de “Mandamiento” (2,83 / 4,36 / 6,151 / 17,23 / 29,8 / 31,14 y 46,15). Los cuatro primeros recomiendan la piedad con los padres, genéricamente hablando, según se desprende de la forma del enunciado; la expresión utilizada no es “amar a sus padres”, sino “magnificar a los padres”. Ahora bien, ¿quiere decirse con esto que el precepto es extensivo a todos los padres? No me ha sido posible hallar una interpretación semejante en los distintos exegetas que he consultado. Sin embargo, existe un hadit que puede constituir un argumento favorable a nuestra tesis. Muhammad, en una de sus sesiones, decía al auditorio: “Maldecir a los padres es uno de los mayores pecados capitales.” Alguien preguntó: “¿Cómo puede injuriarse a los padres?” El profeta repuso: “Cuando un hombre insulta a otro, injuriando a su padre, ultraja al suyo propio.” (Al-Ajlâq wa-l-wâ ŷibât , 109. Colección de h adites).

Basándonos en esta explícita generalización, creemos sostenible la interpretación genérica de los versículos mencionados. En realidad, desde el punto de vista esencial del Islam –como de cualquier religión monoteísta, creo– no son necesarias las pruebas en este sentido, dada la hermandad sobre la cual edifica su humanismo.

El segundo paréntesis atañe a los límites de la obediencia que los hijos deben a sus padres. En este ámbito, la única restricción es la que concierne a la fe: el hijo no debe obedecer a sus padres si pretenden coaccionarle para renunciar a su religión. Encontramos dos aleyas sobre el tema: “Si te obligan al politeísmo no les obedezcas.” (Corán: 29,8). La segunda reitera la misma idea, pero añade y confirma, aun dentro de estas circunstancias, la piedad de los padres: “Si te coaccionan al politeísmo no les obedezcas, (pero) se piadoso con ellos.” (Corán: 31,15). En consecuencia, los lazos afectivos filiales se solidifican de tal modo que ni siquiera se anulan bajo el efecto de la ruptura espiritual.

Otra restricción la añade el profeta, quien, temiendo una desviada magnificencia de los padres por parte de los hijos, combatiendo quizá un mal de su época que aún pervive en nuestra sociedad actual e impulsado al mismo tiempo por su profundo monoteísmo, precisa en sus enseñanzas: “Dios os prohíbe jurar por vuestros padres; quien ha de jurar que lo haga en nombre del Señor, o que guarde silencio.” (Al-Ajlâq wa-l-wâ ŷibât, 111. Colección de hadites ).

Para terminar, oigamos un último consejo a modo de colofón que, por sí solo, constituye la síntesis de la socialización de las generaciones jóvenes: “Hijo mío, cumple la plegaria, predica el bien, rechaza el mal, sé paciente en los infortunios; ello forma parte de los acontecimientos. No desaires a los demás, no andes con petulancia, pues Dios no ama a ningún presuntuoso engreído. Modera tu paso y baja la voz; la más desagradable de las voces es la del asno.” (Corán: 31,17-19).



NOTAS.-

 
[1] Extracto del capítulo II del libro La ideología islámica: dimensión psicoeducativa , Instituto Hispano-árabe de Cultura / Instituto Internacional de Estudios Laborales, Madrid, 1977, págs. 48-61. (Nota de la Redacción) .

[2] Abderraman Cherif-Chergui nació en Marruecos, es Profesor en la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Psicología. También puede verse de este mismo autor: “ El matrimonio en el Islam: su dimensión psicológica y sexual ”, en revista Alif Nûn nº 42, octubre de 2006; “La universalidad de la educación islámica”, en revista Alif Nûn nos  45 (enero de 2007) y 46 (febrero de 2007) . (Nota de la Redacción).

[3] Para la traducción de las aleyas en castellano nos hemos basado, en general, en la obra del profesor Juan Vernet (“ El Corán ”). Primero se cita el número de sura (capítulo) y, separado por una coma, aparece el de la aleya (versículo). Cuando se trata de más de una aleya se utiliza un guión para separar la primera de la última.

[4] Para conocer más sobre S. Qutb y su obra, véase Tariq Ramadan, El reformismo musulmán, desde los orígenes hasta los Hermanos Musulmanes , Bellaterra, Barcelona, 2000; Sayyib Qutb, Justicia social en el Islam , Almuzara, Córdoba, 2007; Redacción Alif Nûn, “ El reformismo musulmán: los Hermanos Musulmanes a través del pensamiento político de Sayyid Qutb ”, en revista Alif Nûn nº 39, junio de 2006. (Nota de la Redacción).

[5] Véase una versión completa de esta obra en árabe: Sahih Muslim (5 vol.), Ilmiyah, Líbano, 2008. (Nota de la Redacción).

[6] Véase una compilación de esta obra traducida al castellano: Imam Zainudin Ahmad Ibn 'Abdal Latif Az-Zubaidi (Comp.), Sahih al-Bujari , Madrasa, Granada, 2008. También disponible una compilación bilingüe árabe-ingles: Sahih al-Bukhari , Dar us-Salam, Arabia Saudita, 1999; y una versión completa en árabe: Sahih al-Bukhari (4 vol.), Ilmiyah, Líbano. (Nota de la Redacción).

[7] Debe tenerse en cuenta que estos consejos del profeta se ofrecían en una época en la que la institución de la esclavitud era habitual y estaba muy extendida. Para más información, véase Bernard Lewis, “ Una aproximación histórica a la esclavitud en Oriente Medio ”, en revista Alif Nûn nº 69, marzo de 2009; Owen Alik Shahadah, “ El Islam y la esclavitud en las sociedades árabes y africanas ”, en revista Alif Nûn nº 69, marzo de 2009. (Nota de la Redacción).


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