GRAMÁTICA Y SOCIOLOGÍA [1]  
DE LA LENGUA ÁRABE


Terri DeYoung [2]

Aunque las lenguas semíticas son tan diferentes entre sí como puedan serlo el francés y el español, comparten una característica que facilita la transición de unas a otras. Esta es su dependencia de los verbos formados por tres consonantes (la “raíz trilítera”, como a veces se la llama) como estructura básica de la cual se derivan los demás elementos lingüísticos, seguida de un diseño de las palabras que sorprende por ser muy sistemático, o al menos así les puede parecer a los hablantes de lenguas indoeuropeas. Por ejemplo, en árabe, las tres consonantes sh-r-b [3]   expresan una idea básica equivalente a la palabra española “beber”. De esta “raíz” se deriva el verbo “sharaba”, que significa “él bebió”. Esta forma verbal simple, llamada forma I, puede modificarse de varias maneras para ampliar y aclarar su significado original. Por ejemplo, la segunda consonante de la raíz se puede pronunciar de un modo enfático (“doble”)  para expresar la idea de hacer que algo o alguien emprenda la acción a la que se refiere la forma verbal I. En unos pocos casos, la forma verbal II puede reflejar un sentido de intensidad. En el ejemplo de “sharaba”, cuando la “r” es doble, puede tener los dos significados. Por lo tanto, “sharraba” puede significar tanto “él hizo beber” (a alguien o a algo), como “él empapó (algo)” o “él remojó (algo)”. Por otro lado, alargar la vocal que sigue a la primera consonante (“shaaraba”, por lo general trascrito como “shâraba”, con un macrón sobre la vocal para indicar que ésta es larga) suele expresar la idea de emprender la acción de la forma verbal I junto a alguien o algo más, o emprender la acción durante un periodo de tiempo. Así pues, “shâraba” significa “tomar algo con (alguien)” o “beber en compañía de (alguien)”. Si se añade una “t” como prefijo a la forma verbal II, suele convertirse en una forma pasiva o reflexiva. En el caso de “tasharraba”, suele ser una forma reflexiva de la forma verbal II, cuando ésta adquiere un sentido de intensidad: “él/ello se empapó/remojó”. En un principio, el árabe tenía quince de estos modelos para derivar palabras, pero sólo diez se usan habitualmente hoy en día y uno de ellos, la forma IX, sólo se emplea en circunstancias muy excepcionales, pues únicamente se aplica a los verbos que expresan colores (“se volvió rojo”) o defectos (“era tuerto”).

Mapa Dialectos Arabes Existen modelos similares usados para formar sustantivos, adjetivos e incluso, en ocasiones, preposiciones y otros elementos de la oración. Por ejemplo, añadiendo el prefijo “ma” a la raíz, eliminado de ésta la vocal de la primera consonante y añadiendo a la segunda la vocal “a” se obtiene un sustantivo que se refiere tanto al lugar (en la mayoría de los casos) como al tiempo en el cual se produce la acción verbal. En el caso de la raíz sh-r-b, por ejemplo, “mashrab” casi siempre significa “lugar donde beber” y, más en concreto, se puede emplear, según los casos, para referirse a diversos lugares como un abrevadero, una fuente o un bar-restaurante. 

Otro de estos modelos para formar sustantivos es el participio activo (‘ism fa‘il), donde la primera vocal de la raíz es una “a” larga situada inmediatamente después de la consonante inicial, y una segunda vocal, “i”, se inserta entre la segunda y la tercera consonantes de la raíz. Estos sustantivos suelen emplearse para designar a una persona o cosa que lleva a cabo una acción de la forma verbal I. Así, de la raíz sh-r-b puede derivarse el nombre “shârib”, que significa, entre otras cosas, “bebedor”. En español, de manera similar, se emplea el sufijo “or/ora” para indicar el sujeto de una acción verbal. Pero el español es mucho menos sistemático que el árabe a la hora de emplear tales sufijos [4] . “Bebedor” puede ser un perfecto ejemplo de esta regla general, pero “cantante” o “piloto” muestran que a veces pueden emplearse formas completamente diferentes para designar al sujeto de una acción.

Los hablantes cultos de lenguas semíticas son mucho más conscientes de este “sistema de raíces” que los hablantes cultos de español u otras lenguas indoeuropeas con respecto a sus propios idiomas, en parte debido a que el sistema mismo es muy regular, y en parte a que todos los diccionarios antiguos de árabe y la mayoría de los modernos están ordenados de modo que todas las palabras pertenecientes a una misma raíz aparecen juntas. Es como si todas las palabras derivadas de la raíz latina “scribere” aparecieran juntas en un diccionario de español. Si este fuera el caso, entonces cualquiera que supiera usar el diccionario sería mucho más consciente de que palabras como adscribir, describir, suscribir, circunscribir, proscribir, prescribir, inscribir y muchas más, están todas ellas relacionadas entre sí a través de la idea básica de “escribir/dibujar” (el sentido original de la palabra latina “scribere”).

Las lenguas semíticas también contienen muchos fonemas que no se encuentran en las indoeuropeas, mientras que a menudo omiten otros. Los estudiantes arabófonos de inglés deben aprender a pronunciar las siguientes consonantes: g, p, ch y v [5] . Además, deben enfrentarse con un espectro mucho más amplio en el empleo de las vocales (el árabe sólo posee tres vocales: a, i y u, cada una de las cuales puede también alargarse). [6]  

Si, por lo general, se puede afirmar que las lenguas semíticas comparten ciertas características fonológicas (relacionadas con la pronunciación) y morfológicas (relacionadas con la estructura), también parece que han desarrollado ciertas similitudes en lo referente a la retórica y el estilo de sus documentos escritos. Esto es útil para aquellos occidentales que desean estudiar literatura árabe, pues ya están familiarizados con algunos de sus rasgos estilísticos a través de las traducciones de la Biblia hebrea [7] , donde se emplean muchos de los mismos recursos retóricos. 

Alfabeto Arabe También podemos señalar otros rasgos característicos de la sintaxis y la morfología árabes. En primer lugar, se trata de un idioma sintético en lugar de analítico. En otras palabras, emplea los llamados “casos”, es decir, terminaciones especiales de los sustantivos, los adjetivos y los pronombres que indican la función de estas palabras dentro de la oración. El español o el inglés, que son lenguas analíticas, suelen emplear el orden de las palabras para indicar la función de éstas dentro de la oración: si un sustantivo precede al verbo, se le adjudica la función de sujeto (“quien realiza la acción”). Si va después, por lo general será considerado como complemento (“el destinatario de la acción”, “la cosa sobre la cual se recae la acción”) [8] . El árabe puede usar el orden de las palabras para ofrecer esta información, y a veces lo hace, pero también emplea, de manera más habitual, las terminaciones especiales de los casos para garantizar que el mensaje se entienda. En árabe, el sujeto de una oración se identifica por la vocal “u” colocada al final de la palabra, y continúa siendo el sujeto al margen del lugar que ocupe dentro de la frase. El complemento tendrá como sufijo la vocal “a” y cuando va acompañado por una preposición llevará como sufijo una “i”.

Así pues, el árabe tiene tres casos: nominativo, acusativo y genitivo. El nominativo se emplea para indicar el sustantivo que es el sujeto de la oración (también es el caso “por defecto” para citar un nombre o un adjetivo). Lo que distingue al nominativo suele ser una “u” breve al final de la palabra, aunque algunas veces se deben usar otras terminaciones. Además, hay palabras que no se pueden declinar y otras excepciones que complican la situación aún más.

El acusativo se emplea para designar el complemento de un verbo y también para crear adverbios a partir de sustantivos y adjetivos. Posee también otros usos, pero éstos son los dos más frecuentes. Su marca distintiva es una “a” breve situada al final de la palabra.

Como sucede con el acusativo, el genitivo tiene varios usos. Es el caso más común dentro de la lengua árabe, sin duda debido a que se emplea para indicar los complementos de absolutamente todas las preposiciones (esto es una gran ventaja para los que hemos estudiado otras lenguas sintéticas como el latín, el alemán o el ruso, donde distintas preposiciones necesitan de distintas terminaciones para sus complementos). También se emplea para designar al sustantivo que actúa como “poseedor” (como por ejemplo, en la oración “el libro del profesor”, donde “profesor” indica al “poseedor”). La marca empleada para señalar el genitivo suele ser una “i” breve al final de la palabra.

El uso de casos en árabe es complicado porque sólo suelen escribirse las consonantes y las vocales largas de cada palabra. Las vocales breves pueden escribirse mediante una serie de líneas curvas y rectas situadas por encima y por debajo de las consonantes, pero escribirlas requiere mucho tiempo y sólo suele hacerse en textos donde sea importante señalar la pronunciación correcta: el Corán, los libros para niños y (a veces) la poesía. Esto significa que el lector, cuando lee en voz alta, debe saber cómo pronunciar el final de cada palabra partiendo de su propio conocimiento de la estructura del idioma (sintaxis). Esta circunstancia también hace más difícil reconstruir la evolución histórica de la lengua, pues a menudo no podemos afirmar con certeza cómo se pronuncia una determinada inscripción, o si el idioma usado en la inscripción tenía o no una serie completa de terminaciones de caso.

El uso de los sustantivos y los adjetivos en árabe también es muy distinto al del español. En primer lugar, hay tres maneras de designar el número, no sólo las formas “singular” y “plural”. También hay una forma “dual”, empleada cuando se hace referencia a dos, y sólo dos, elementos. Estos casos se dan más a menudo de lo que podamos suponer: todas las partes del cuerpo que vienen por pares (como los ojos, las manos, las orejas, los pies o las piernas) suelen ser duales. Además, al contrario que el español, donde la mayor parte de los plurales se forman añadiendo a la palabra el sufijo “s/es”, en árabe, la mayoría de los plurales son irregulares (son los llamados plurales fractos, porque “fracturan” la estructura consonántica de la palabra en singular) y sólo unos pocos se forman añadiendo el sufijo ât (en el caso de seres inanimados o seres humanos de genero femenino) o ûn (en el caso de seres humanos de género masculino). 

Los verbos en árabe también difieren de los verbos en español, sobre todo en la manera de considerar los tiempos (es decir, si se refieren a acciones pasadas, presentes o futuras). En árabe, la distinción básica del tiempo verbal se establece entre acciones acabadas y acciones en curso. Por ejemplo, los verbos subordinados (el equivalente al infinitivo español en expresiones como “yo quiero hacer eso”) y los verbos negativos se consideran como acciones en curso, incluso si describen acontecimientos pasados. Y aunque en árabe se puede distinguir entre presente y futuro o entre las distintas formas de pasado, empleando palabras especiales que preceden al verbo, el verbo mismo se conjuga o como forma “acabada” (=pasado), o como forma “en curso” (=presente o imperfecto de indicativo), y el uso de “indicadores de  tiempo” especiales suele ser opcional, empleándose sólo si quien escribe considera que el contexto de la oración no aclara lo suficiente el tiempo verbal. 

El lugar que ocupa el verbo árabe en la oración también difiere del español. En árabe, el orden habitual es: primero el verbo, después el sujeto y, por último, el complemento del verbo. Así, por ejemplo, la oración “la niña escribió la historia” [9] , en árabe sería: “escribió la niña la historia”.  Esta diferencia puede ser importante para entender cómo los lectores de árabe reaccionan frente a un texto, pues esta característica de la sintaxis árabe parece crear en la gente una tendencia a considerar este idioma como una lengua muy “verbal”, percepción que se ve reforzada por el hecho de que la raíz de la forma verbal I se considere la estructura básica para formar las palabras en árabe. Así pues, las oraciones que comienzan con una palabra que no sea el verbo, las que emplean  muchos adjetivos o, de alguna manera, se centran en el sujeto o en el complemento y no en el verbo, se perciben como una desviación de la “norma” de la sintaxis árabe. Esta observación tiene implicaciones especialmente interesantes cuando se une al hecho de que el árabe hablado tiende a usar el mismo orden de palabras que el español: sujeto, verbo y complemento. Así pues, las oraciones en árabe estándar que siguen el orden sujeto-verbo-complemento se consideran de un tono más “coloquial” que sus contrapartidas que siguen el orden verbo-sujeto-complemento.

Texto vocalizado Sería conveniente incluir aquí algunas observaciones sobre la que probablemente sea la diferencia más importante entre el árabe y la mayoría de los principales idiomas europeos actuales. Esta diferencia radica en el hecho de que el árabe es una lengua diglósica. “Diglosia” es un término que significa “dos lenguas” y está formado por la combinación del prefijo “di” (dos) con la palabra griega glossa (lengua, idioma). Este vocablo comenzó a divulgarse en 1959, cuando el lingüista Charles Ferguson, de la Universidad de Stanford, escribió un artículo donde describía por vez primera de un modo sistemático un fenómeno que ha existido a lo largo de la historia del lenguaje humano (aunque no en todas las épocas ni en todas las comunidades lingüísticas): la presencia de dos lenguas diferentes, con estructuras sintácticas y morfológicas distintas, como parte del repertorio lingüístico básico de una determinada comunidad lingüística. El ejemplo más familiar para los hablantes de español quizá sea la coexistencia del latín con las lenguas romances habladas a nivel local –como el francés, el italiano o el español– en la Europa medieval. Sin embargo, es importante no dejarse engañar por este ejemplo en particular, pensando que la situación de diglosia es esencialmente inestable, una simple “etapa” en la evolución de la lengua hacia un supuesto estadio superior donde coincidirían el idioma hablado y el escrito de una determinada comunidad lingüística. En primer lugar, debemos ser conscientes de que alcanzar la unidad lingüística puede ofrecer numerosas ventajas, la más importante de las cuales es facilitar la comunicación en zonas más amplias de territorio y con otros muchos individuos. Se podría decir que Europa no sólo perdió irremediablemente valiosos aspectos de su herencia cultural (todo lo escrito en latín tuvo que ser traducido para evitar que se volviera incomprensible) cuando las lenguas vernáculas comenzaron a desbancar al latín como el idioma de la enseñanza, sino que fue necesario hacer ajustes radicales en la manera de transmitir el conocimiento, el cual se había basado hasta entonces en la fácil difusión de las enseñanzas en latín a nivel internacional. Así pues, mantener semejante postura internacionalista puede ser lo bastante útil en una determinada comunidad lingüística como para que no valga la pena plantear seriamente la conveniencia de adoptar el uso de las lenguas vernáculas locales. Sin embargo, cuando cambia el equilibrio práctico entre las ventajas y las desventajas, las actitudes también cambian, en particular las de quienes están al frente del sistema educativo, verdaderos árbitros en lo referente a los asuntos lingüísticos. Y, de hecho, esta capacidad para ofrecer estabilidad es algo que Charles Ferguson subraya en su propia definición de diglosia:

“La diglosia es una situación lingüística relativamente estable en la cual, además de los dialectos [10] principales [...], existe una gran variedad de dialectos muy divergentes [...], junto al vehículo para expresar un corpus de literatura escrita muy extenso y respetado [...] que se aprende en gran medida a través de la enseñanza oficial y se usa casi siempre por escrito o como idioma hablado en situaciones formales o protocolarias, pero que ningún sector de la población emplea en las conversaciones diarias.” [11]  

Esta es una descripción casi perfecta de la situación del árabe (otros ejemplos de Ferguson para ilustrar este fenómeno son el griego moderno, el criollo haitiano –francés– y el alemán de Suiza). Un hablante de árabe aprenderá su propia lengua coloquial a nivel local (el árabe egipcio, el marroquí o el sirio-libanés) que puede tener un dialecto de “gran prestigio” (el árabe de El Cairo, el de Casablanca o el de Beirut) por cuya norma todos los demás dialectos de la región se consideran atrasados y provincianos. Todos estos dialectos tienen distintos vocabularios y pronunciaciones, pero todos ellos comparten una estructura sintáctica básica que se caracteriza por la ausencia de terminaciones de caso, una oración que sigue el orden sujeto-verbo-complemento, la pérdida del dual (excepto en muy pocos casos) y un número muy reducido de conjugaciones verbales. Pero nuestro hipotético hablante de árabe, si va al colegio y desea que lo consideren una persona culta, también deberá aprender en la escuela el árabe estándar moderno o fusha , por emplear el término árabe. Esta variedad “superpuesta” es prácticamente idéntica, desde el punto de vista gramatical, al árabe del Corán, y se considera como la única forma “verdadera” de árabe, siendo casi el único medio para la comunicación por escrito.

En árabe, como en todas las lenguas diglósicas que describe Ferguson, se atribuye un gran prestigio a la variedad “superpuesta” del lenguaje –en el caso del árabe, el fusha. Dado que este factor “sociolingüístico” en la diglosia puede ser un tanto controvertido, merece la pena repetir en detalle lo que dice Ferguson:

“En todas las lenguas descritas, los hablantes consideran superior en varios sentidos la variedad A [de “alta”, o variedad “superpuesta”] a la B [de “baja” o variedad coloquial]. En ocasiones, el sentimiento es tan fuerte que sólo la primera se considera como real y de la segunda se dice que “no existe”.

Los hablantes de árabe, por ejemplo, pueden llegar a decir (hablando en dialectal) que tal o cual persona “no habla árabe”. Esto suele significar que esa persona no habla fusha, aunque pueda hablar el dialectal con fluidez y corrección. Si alguien que no habla árabe solicita ayuda a un árabe culto para aprender a hablar dicha lengua, éste suele intentar enseñarle las variedades de mayor prestigio, insistiendo en que sólo se emplean éstas. Muy a menudo, los árabes cultos afirmarán que nunca emplean el dialectal, a pesar de que la observación directa demuestra que lo usan constantemente en las conversaciones diarias. De manera similar, los hablantes cultos de criollo haitiano suelen negar la existencia de éste, insistiendo en que ellos siempre hablan francés.

Incluso donde no es tan fuerte la creencia en que la variedad A es superior o la única lengua verdadera, suele pensarse que ésta es, en cierto modo, más hermosa, más lógica y que con ella se pueden expresar mejor las ideas importantes y otras cosas por el estilo. Y esta creencia la mantienen incluso quienes poseen un dominio bastante limitado de la variedad A. A aquellos norteamericanos que les gusta valorar un discurso en términos de eficacia en la comunicación, les resulta impactante descubrir que muchos hablantes de idiomas diglósicos suelen preferir escuchar un mitin político, una conferencia o la recitación de una poesía en su variedad A, aunque puedan entenderlos peor que si estuvieran redactados en la B.” [12]  

En lugar de considerar esta postura como “ciega” o “estúpida” (una reacción habitual entre los forasteros), sería más positivo considerar la razón por la cual personas inteligentes encuentran plausible y quizá, aún más importante, útil aceptar este punto de vista, sobre todo teniendo en cuenta que está tan extendido, por no decir que es mayoritario, entre las comunidades diglósicas. Sin duda alguna, un aspecto de la situación que debe llamar nuestra atención es la estrecha relación entre el uso del idioma y el sistema educativo, sobre todo a la hora de identificar (o “vigilar”) quien ha podido o no beneficiarse de este último y qué ideas han podido o no moldearse de acuerdo a sus parámetros. Aunque el español pueda ser un idioma donde las versiones hablada y escrita sean bastante similares, no sería imposible para un profesor decir “él/ella no sabe español”, cuando lo que está queriendo decir es que el o la estudiante no conoce las reglas del español escrito (donde, por ejemplo, es inaceptable no conocer las reglas de acentuación).

La mayoría de los investigadores han aceptado que las ideas básicas de Ferguson son aplicables al árabe. Muchos han aclarado la formulación original de Ferguson y explican que el uso del idioma en la comunidad lingüística árabe se asemeja más a un “continuum”, donde los dos extremos –el fusha puro y el coloquial puro– son modelos que nunca o casi nunca se alcanzan en ninguna situación. Sin embargo, el fusha es el único medio aceptable para la comunicación escrita [13] . Esto tiene consecuencias importantes para el estudio de la literatura árabe –al menos una vez que este idioma adquirió una tradición escrita con la revelación del Corán–, sólo dos de las cuales mencionaré aquí.

La primera es que la cuestión de la verosimilitud (reflejar la vida con exactitud) –un criterio estético que la mayoría de los estudiantes modernos consideran irrebatible (es decir, que los trabajos literarios deben representar la vida “tal y como realmente es”, no importa lo que esto signifique)– juega un papel mucho menos importante de lo que podría esperarse a la hora de definir el valor de un trabajo literario. Dicho de un modo más sencillo, si el lenguaje en el que escribes no es el lenguaje en el que tus personajes realmente se expresarían, aunque la situación que describes esté ocurriendo en realidad, entonces es poco probable que tengas un verdadero interés en reflejar dicha situación con veracidad. Otras consideraciones –explotar la riqueza estilística del idioma, explotar los estados psicológicos en la mente de los personajes– se habrán vuelto más importantes.

La segunda es que, a nivel del lenguaje coloquial, “la literatura –en el sentido de una producción de la inteligencia humana destinada a entretener o instruir a otros seres humanos– no existe”, lo cual simplemente significa que esta literatura se considera menos valiosa que la escrita en fusha. Así pues, hay (y probablemente siempre ha habido) una poesía compuesta tanto en fusha como en árabe coloquial, pero sólo la primera se ha considerado tradicionalmente como “literatura” y merecedora de ser conservada. La poesía en lengua coloquial raramente ha quedado reflejada por escrito y sólo ha sobrevivido por casualidad en algunos documentos anteriores al siglo XX, debido a que éstos ofrecían cierta información sobre algún incidente histórico, o porque se trataba de un documento de carácter informal, como una carta, un diario o alguna anotación personal. Aún más importante es tener en cuenta esta cuestión cuando se trata de géneros “literarios” que sólo existen en lenguaje coloquial y no tienen su contrapartida en fusha . Este es el caso de la prosa de ficción, que no se encuentra en la literatura árabe clásica, salvó en ejemplos aislados como la traducción del siglo VIII de la E.C., realizada por Ibn al-Muqaffa‘ y conocida como Calila y Dimna [14] . Asimismo, la mayoría de los occidentales ignora que Las mil y una noches [15] ,  la obra que ellos relacionan más con la “literatura árabe”, de hecho está escrita en lenguaje coloquial y, por lo tanto, la cultura árabe la considera como un subgénero literario. Sólo a partir del siglo XX, sin duda gracias –al menos en parte– al interés occidental en estos relatos, Las mil y una noches ha comenzado a ser objeto del interés de los intelectuales y los eruditos árabes.

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

-    F. Javier Brage González, Estudios sobre el vocalismo en los dialectos árabes , Inst. Hispano Árabe de Cultura, Madrid, 1988.
-    Pedro Martínez Montávez, Introducción a la literatura árabe moderna , Cantarabia, Granada, 1994.
-    Ignacio Ferrando, Introducción a la historia de la lengua árabe. Nuevas perspectivas , Edición personal, Zaragoza, 2001.
-    Juan Vernet, Literatura árabe , El Acantilado, Barcelona, 2002.
-    Mahmud Sobh, Historia de la literatura árabe clásica , Cátedra, Madrid, 2002.
-    VV.AA, Arabismo y traducción , CSIC, Madrid, 2003.
-    Míkel de Epalza, Traducir del árabe , Gedisa, Barcelona, 2004.
-    Mª Jesús Rubiera Mata, La literatura árabe clásica, Universidad de Alicante, Sevilla, 2005.
-    Mª Antonia Martínez Núñez, Epigrafía árabe , Real Academia de la Historia, Madrid, 2008.
-    Federico corriente / Ángeles Vicente, Manual de dialectología neoárabe , IEIOP, Zaragoza, 2008.



NOTAS.-


[1] Traducción, extracto y adaptación del texto aparecido en: http://www.indiana.edu/~arabic/arabic_history.htm (Nota de la Redacción).

[2] Terri DeYoung es profesor adjunto en el Departamento de Idiomas y Civilizaciones de Oriente Medio de la Universidad de Washington. Véase de este mismo autor: “ Génesis y desarrollo de la lengua árabe ”, en revista Alif Nûn nº  75, octubre de 2009. (Nota de la Redacción).

[3] En árabe, el sonido “sh” se representa con una sola consonante (ش). (Nota del autor)
A veces, en español, el sonido árabe “sh” puede encontrarse trascrito como š. (Nota de la Redacción).

[4] En el original se hace referencia al sufijo inglés “er”. A lo largo del texto, el autor compara en varias ocasiones el inglés con el árabe. En la traducción, hemos decidido establecer esta comparación entre el español y el árabe, siempre que ha sido posible y respetando la intención didáctica del autor (Nota del Traductor).

[5] En el caso del español se debería añadir la “ñ” y, quizás, eliminar la “v”, pues la mayoría de los hispanohablantes no diferencia su pronunciación de la “b”, fonema que sí existe en árabe. (Nota de la Redacción).

[6] El autor hace referencia al árabe clásico o fusha, y no a las muchas variedades dialectales del árabe que también emplean los fonemas “e” y “o”. Para más información sobre los diversos dialectos del árabe, véase Federico corriente / Ángeles Vicente, Manual de dialectología neoárabe , IEIOP, Zaragoza, 2008; Redacción Alif Nûn, “ Dialectología árabe ”, en revista Alif Nûn nº 27, mayo de 2005. (Nota de la Redacción).

[7] Para los cristianos, se trata del Antiguo Testamento, pero los judíos, que no reconocen el Nuevo Testamento, a veces llaman Biblia hebrea a sus propias escrituras. Los musulmanes se muestran más educados y diferencian las dos partes de la Biblia, basándose en el nombre que judíos y cristianos dan a sus propias escrituras. Así pues, a la Biblia hebrea la llaman al-taurah (la Torá) y al Nuevo Testamento cristiano lo llaman al-inyil (los Evangelios).

[8] En el original sólo se hace referencia al inglés, y no al español, aunque nosotros añadimos este segundo idioma para que el lector hispanohablante se sienta más familiarizado. A pesar de que el español es mucho más flexible que el inglés respecto al orden de las palabras, también sirve como ejemplo si lo comparamos con el árabe. (Nota del Traductor).

[9] Tanto en el caso del árabe como en el del español, el orden de los distintos elementos en la frase es flexible y puede variar según las circunstancias. (Nota de la Redacción).

[10] Ferguson no emplea aquí el termino “dialecto” para describir las diferencias regionales de pronunciación, vocabulario o argot entre los hablantes de un mismo idioma. En este sentido, el español de España, el de Argentina o el de México serían todos ellos “dialectos”. Cada una de las “variantes” de un único idioma en una situación diglósica sería capaz de reflejar todas estas diferencias, pero además todas ellas diferirían considerablemente en su estructura gramatical. Así pues, las diferencias están más cercanas a las que hay entre el español y el italiano (ambos procedentes de la misma lengua madre, el latín) que las existentes entre el español de España y el de Hispanoamérica. En cualquiera de los dos ejemplos, las dos “variantes”, en el mejor de los casos, sólo serían parcialmente comprensibles entre sí.
 
[11] Charles Ferguson, “Diglossia”,Word 15, nº 2, agosto de 1959, p. 336. Cualquier persona que deseé estudiar seriamente la naturaleza de la lengua árabe y comprender su historia debe leer este artículo al completo (pp. 325-340). Desde que la mayoría de los textos modernos sobre lingüística árabe presupone que el lector conoce la teoría de Ferguson sobre la diglosia, ésta es indispensable para cualquiera que pretenda estudiar en este área. A este primer artículo también debería añadirse el artículo de investigación “The Arabic Koine”, Languaje 35 (1959), igualmente indispensable para comprender las ideas de Ferguson y los debates que ha provocado en el ámbito de la lingüística árabe.

[12] Ferguson, 529-530.

[13] Esto es así por regla general, aunque también existen unas pocas excepciones como cierta poesía popular, la música popular y moderna, el teatro popular o los chistes escritos en los diarios. (Nota de la Redacción).

[14] Véase, en castellano, Abdalá Benalmocaffa, Calila y Dimna , Alianza, Madrid, 2008. También puede consultarse la versión en árabe: Kitâb Kalîlah wa Dimnah , Al-Maschreq, Líbano, 1994. (Nota de la Redacción).

[15] En castellano existen diversas traducción de esta famosa obra: Las mil y una noches , Obelisco, Barcelona, 2006; Las mil y una noches (infantil), Vicens Vives, Barcelona, 2006, Las mil y una noches. Antología , Alianza, Barcelona, 2008; El libro de las mil y una noches (2 vol.) , Cátedra, Navarra, 2007; Las mil y una noches ( vol. I , II y III ) , Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2005; Las mil y una noches , Destino, Barcelona, 2002. También disponible en árabe: Alf  layla wa layla , Ilmiya, Líbano. (Nota de la Redacción).



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