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¿EXISTE UNA IDENTIDAD ÁRABE?
[1]
Faisal al-Yafai [2]
Pero el movimiento se demuestra andando. Si bien los árabes emplean la retórica de la unidad, pocas veces parecen transitar por el camino que conduce hacia ella. A medida que avanzaba la guerra de tres semanas en Gaza, durante 2008-2009, los ministros árabes de Asuntos Exteriores –divididos entre la simpatía hacia los palestinos y la preocupación por el efecto galvanizador que Hamas podría provocar en sus respectivas oposiciones islamistas– fueron incapaces de adoptar una postura común. Esa indecisión parece una metáfora válida para los propios árabes, unidos por el idioma pero muy a menudo enfrentados entre sí. La diferencia entre la comunicación y la cooperación está presente en el corazón de la identidad árabe. ¿Cómo es posible que los pueblos de lengua árabe puedan compartir tanto y, sin embargo, cooperar tan poco? ¿Existe realmente algo que pueda llamarse una “nación árabe”? El asunto es espinoso y las respuestas son complejas. Una vez analizada, la idea de nación árabe puede dividirse en dos conceptos distintos, aunque relacionados. El primero es lo que podríamos llamar arabidad, una idea cultural de identidad basada más en nociones de etnicidad, idioma e historia común, pero con una menor connotación política. Fue a partir de este concepto de arabidad cómo surgió el nacionalismo árabe –la creencia en que los árabes comparten un mismo destino político–, pero ambos tienen trayectorias distintas. Aunque los árabes a menudo se han visto a sí mismos como personas que comparten muchas cosas, sólo en los últimos dos siglos, y en gran medida bajo la presión de influencias externas, han llegado a pensar que estaban destinados a unirse políticamente. Según han ido cambiando esas influencias, también lo ha hecho la idea de un futuro político en común. La interacción de estas dos ideas –la idea de arabidad y la de aprovechar ésta con fines políticos en el nacionalismo árabe– ha sido una de las características definitorias de los últimos dos siglos en el mundo árabe. El modo en que esta interacción ha evolucionado a lo largo de diferentes periodos y en distintos lugares explica las ideas cambiantes que han definido a los árabes como pueblo. Sin embargo, puede haber llegado a su fin. El mundo árabe, en su dimensión política como Liga Arabe, ocupa una superficie mayor a la de China y está más poblado que los Estados Unidos. No obstante, mientras que esos países han mantenido la unidad política, la experiencia de la pasada generación en el mundo árabe ha sido increíblemente diversa: influencia mundial en Arabia Saudita, estancamiento en Siria, una guerra civil en Argelia, ocupación extranjera en Iraq, inmigración masiva en el Golfo, palestinos apátridas, incipientes movimientos democráticos en Yemen y Mauritania, y férreas repúblicas en Egipto y Túnez. Es cierto que algunas cosas se han unificado durante este periodo: todos los árabes de la zona se informan a través de los canales por satélite del Golfo, escuchan música del Líbano, ven las telenovelas egipcias y las películas de Hollywood. La religión, la familia y la comida continúan siendo las mismas, y siguen siendo realidades sociales y culturales firmemente asentadas. Sin embargo, aquello que une a los árabes, el elemento que representa la base de la arabidad, es su idioma. Los árabes tienen una larga historia anterior a la llegada del Islam. Pero desde el siglo VII en adelante, la historia de los árabes ha estado íntimamente ligada a su idioma, el cual, a su vez, es inseparable de la historia del Islam. El Corán fue revelado en árabe y el árabe se sigue considerando el auténtico idioma de la religión islámica: los musulmanes de China, Indonesia o Europa, aunque nunca hayan puesto un píe en un país árabe, aprenden el idioma árabe para así poder entender su religión. Aunque no todos los árabes son musulmanes y menos del 20% de los musulmanes son árabes, ambos están inextricablemente unidos. Así pues, el idioma es el punto de partida de una identidad que, a pesar de llevar consigo una cierta noción de etnicidad, en la práctica fue acaparado hasta tal punto por los primeros musulmanes que la idea de una única etnia árabe resulta muy extraña. En su libro The Great Arab Conquests [3] , Hugh Kennedy escribe: “Cuando tuvo lugar la conquista [islámica]...cada vez más personas se convirtieron en hablantes de árabe y mucha gente por cuyas venas no corría ‘sangre árabe’ aún así adoptó el árabe como su lengua nativa. En muchas áreas...las diferencias entre árabes y no árabes se habían difuminado mucho hacia finales del primer siglo de la era islámica.” Algunos expertos árabes han llegado a considerar a los árabes de la Península Arábiga como los originales o “verdaderos”, y a los de Oriente Medio y el norte de Africa simplemente como “arabizados”, aunque ésta es a menudo una opinión política. Sería difícil, dada la geografía del mundo árabe, no imaginar un cierto grado de mezcla entre distintos linajes, y debemos recordar que algunas de las mayores glorias de la civilización árabe han surgido de entre estas naciones “arabizadas”. El parentesco sigue siendo importante: los árabes de oriente reciben como hermanos a los de occidente que acuden a visitarlos, aunque muchos de estos últimos tengan muy pocos vínculos con la región. En este contexto, el vinculo “casi familiar” es equivalente a simpatizar con la experiencia árabe, con su comida, su historia e incluso con sus posturas políticas. Saber apreciar el café con cardamomo, el hummous (crema de garbanzos), el muttabal (crema de berenjenas) o el baklava (pastel de nueces) puede “convertirte” en árabe tan rápidamente como admirar a Gamal Abdel Nasser o identificarte con el pañuelo (kufiyya ) palestino. La arabidad va más allá
de una simple definición, pues se trata de un concepto de identidad:
árabes pueden ser quienes viven en los países árabes,
quienes hablan la lengua árabe, quienes remontan sus ancestros
al mundo árabe o quienes se identifican con la cultura y la historia
árabes. Pero nada de esto es esencial. En última instancia,
más que el idioma, la historia, la religión o la cultura,
es la política la que define la arabidad: la afirmación de
una identidad.
Mientras que la idea de arabidad tiene una larga historia, el componente político de esta idea –es decir, que los árabes son un pueblo con un destino político en común, tal y como afirma el nacionalismo árabe– es más reciente. En parte hunde sus raíces en las ideas nacionalistas que se extendieron por Europa desde el siglo XVIII y que forjaron los modernos estados europeos, y en parte en la oposición contra la ocupación occidental que se inició con la invasión napoleónica de Egipto en 1798. El nacionalismo fue casi siempre una reacción contra el “otro”. La identidad en el mundo árabe ha sido siempre un concepto fluido que implica un constante intercambio de jerarquías entre la identidad familiar y la de clan, la identidad nacional y la supranacional, y la identidad étnica y la religiosa. Cuál de ellas es la prioritaria dependerá en cada caso del contexto, y muy a menudo del entorno político. En los años que siguieron al renacimiento cultural árabe conocido como Nahda [4] , a finales del siglo XIX y comienzos del XX, surgió una serie de ideologías, la mayoría de las cuales postulaba una cierta similitud entre los distintos grupos de árabes. Existían nacionalismos regionales, sobre todo en Egipto y Siria, que miraban hacia su propio pasado y se reafirmaban en una identidad propia, contraria al gobierno de los musulmanes otomanos e incluso a los otros árabes. En Siria, el nacionalismo llegaba a separar los territorios de la Gran Siria, que incluían al Líbano y la Palestina actuales, del resto del mundo árabe. Se afirmaba que existía una especificidad siria y que los sirios no eran árabes sino un grupo étnico diferente que había sido arabizado. No fue hasta el siglo XX que el nacionalismo
empezó a mostrarse como un movimiento de masas, obteniendo un
apoyo considerable de Gran Bretaña (como un arma contra los gobernantes,
en su mayoría turcos, del Imperio Otomano) y ganando fuerza tras
la caída del Imperio Otomano. Más tarde, el nacionalismo
árabe se unió para conseguir poner fin a la influencia británica
y francesa en la región. En cada caso, el nacionalismo tomó
los elementos comunes de la arabidad y los convirtió en objetivos
políticos; los árabes eran, desde este punto de vista, una
comunidad imaginaria que tenía un futuro político
en común.
Sin embargo, un futuro en común necesita cooperación y los diversos experimentos de unión política entre los árabes pronto se disolvieron. El más prometedor de todos ellos, la República Arabe Unida (R.A.U), una unión entre Egipto y Siria, acabó en 1961 y duró apenas tres años. Aunque suele afirmarse que el declive del nacionalismo árabe comenzó tras la guerra árabe-israelí de 1967, las razones de fondo son más complejas. La desastrosa actuación de Nasser en la guerra civil del Yemen del Norte y su muerte en 1970, la llegada al poder en Siria de Hafez al-Assad (quien se oponía a la R.A.U) y el ascenso de Saddan Hussein en Iraq, junto a la rápida modernización de los países con ingresos del petróleo, situó en caminos divergentes a los cuatro países más interesados en la unión política. Un nacionalismo panarabista ya no parecía útil para resolver los problemas del mundo árabe y, dado que algunas partes del mundo árabe se desarrollaban más rápido que otras, ya no parecía una buena idea unir sus destinos. Cuando, habiendo renunciado a la ayuda exterior, los palestinos lanzaron la primera intifada en 1987, los líderes árabes ya no trabajaban de común acuerdo a nivel político. Pero aunque la realidad del nacionalismo árabe (si bien no su retórica) ha decaído entre los líderes árabes desde finales de los años sesenta, la conciencia de arabidad se ha incrementado. Como señala Albert Hourani en A History of the Arab Peoples [5] , una vez que los árabes se independizaron de las potencias coloniales, la educación en lengua árabe se aceleró, fortaleciéndose “la conciencia de una cultura común compartida por todos los hablantes de árabe.” Cuando el auge petrolero se apoderó
de Arabia Saudita y de los países del Golfo también se
produjo una migración de profesionales y trabajadores desde naciones
árabes más pobladas como Egipto y Yemen, así como
de jordanos y palestinos que buscaban fortuna en estas economías
emergentes. “Un conocimiento cada vez mayor sobre las personas, las costumbres
y los dialectos –escribe Hourani–, provocado por esta migración
a gran escala, creó un sentimiento cada vez más profundo
de pertenencia a un único mundo árabe dentro del cual los
árabes podían [...] entenderse entre ellos.” Hoy en día,
los canales por satélite emiten noticias, música y películas
a lo largo y ancho el mundo árabe, y todo en el mismo idioma.
Sin embargo, a pesar de estos cambios, el tiempo de la arabidad en términos políticos está pasando. De entre las arenas movedizas de la identidad está surgiendo la religión. Los nacionalismos, tanto los de carácter panarabista como los de carácter local, identidades que encuentran su máxima expresión en la oposición mutua, están perdiendo terreno a medida que aumenta la identidad islámica. Aunque continúa existiendo el sentimiento fraternal de arabidad, la idea según la cual los árabes son un pueblo con un futuro político en común ha evolucionado. Este cambio puede explicarse en parte por la persistencia del problema de Palestina, pero éste no es el único factor: la represión de la disidencia política en nombre de la seguridad en muchos países árabes ha cambiado el panorama intelectual. Palestina ha dejado de ser un problema árabe a nivel local. La difusión de las ideas religiosas salafíes financiadas por los saudíes, la revolución de Irán y la creación de un “emirato islámico” en Afganistán han anunciado grandes cambios en el mundo. Desde Palestina se ha lanzado un llamamiento para resucitar políticamente la identidad islámica, con los árabes en el corazón de la misma. Así como la historia del Islam
está vinculada a la de los árabes, el futuro de los árabes
está vinculado al del Islam. Incluso en los antiguos bastiones
del nacionalismo árabe en Oriente Medio, la identidad islámica
es cada vez más importante. En el siglo XXI, cuando los conflictos
se abaten sobre Beirut, Bagdad o Belén y los heridos preguntan
dónde están los árabes, las voces que responden
–en árabe o en inglés, en farsi o en urdu– lo hacen sobre
todo con un discurso religioso. Los árabes pueden compartir lazos
históricos y culturales, pero los hablantes de árabe ya no
comparten un mismo lenguaje político. BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA - Francisco Vidal Castro (Ed.), De civilización arabo-islámica , Univ. de Jaén, Jaén, 1995. NOTAS.- [1] Traducción, extracto y adaptación del artículo aparecido en: http://www.opendemocracy.net/article/what-makes-the-arabs-a-people (Nota de la Redacción). [2] Faisal al-Yafai es un periodista y escritor cuyos trabajos han aparecido en diversos periódicos como The Guardian o The National. [3] Véase Hugh Kennedy, Las grandes conquistas árabes , Crítica, Barcelona, 2007. (Nota de la Redacción). [4] Para más información, véase Redacción Alif Nûn, “ Al-Nahda en el mundo árabe: Fenómeno sociológico y regeneración cultural ”, en revista Alif Nûn nº 53, octubre de 2007. (Nota de la Redacción). [5] Véase Albert Hourani, La historia de los árabes , Zeta Bolsillo, 2003. (Nota de la Redacción). A Portada |
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