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Estimados
lectores:
El mundo árabe en su conjunto suele ser presentado
en los medios de comunicación de masas occidentales de manera bastante
superficial y apresurada. Los conflictos bélicos, el déficit
democrático de sus instituciones políticas y lo “retrógrado”
de sus costumbres son primera plana de los periódicos y las noticias
televisivas o radiofónicas en Occidente. Colectivos de izquierdas
o de derechas, progresistas o conservadores, cristianos, ateos o agnósticos
vienen a coincidir de manera unánime: el mundo árabe necesita
adaptarse para estar “a la altura de los tiempos”. Y eso, por desgracia,
casi siempre significa renunciar a la identidad y la cultura propias para
verse sometido al rodillo compresor de la modernidad occidentalizante. La
influencia occidental en el mundo árabe –y, en general, en todo el
llamado Tercer Mundo– nunca ha sido inocente. Se suele “olvidar” que buena
parte de los regímenes totalitarios o seudo-democráticos que
abundan en el mundo árabe reciben el apoyo político de las
potencias occidentales y que estas mismas potencias se benefician de la venta
masiva de armas a esos gobiernos árabes “amigos”, los cuales tienen
un historial más que dudoso en lo referente al respeto de los derechos
humanos. También suele menospreciarse el papel que juega un injusto
orden económico mundial que condena a los países del Tercer
Mundo o en vías de desarrollo (entre los que se cuentan los árabes)
a una dependencia casi permanente con respecto a las grandes economías
del Primer Mundo.
Sin duda alguna, los árabes necesitan mejorar
sus sociedades en muchísimos aspectos –la situación de la
mujer, el nivel de alfabetización, la desigualdad social y económica,
etc– pero, desde luego, no será la imitación acrítica
del modelo de vida occidental lo que les permitirá hacerlo. Necesitan
encontrar un modelo propio en el cual integrar todas las cosas buenas que
Occidente puede aportarles, pero también deben poder decidir por
sí mismos aquellas cualidades de su civilización a las que
no están dispuestos a renunciar y cuáles son los aspectos
de la civilización occidental que pueden perjudicarlos. Y éste
es un camino que deben andar solos, sin interferencias occidentales de ningún
tipo, por muy “humanitarias” o “democráticas” que éstas sean.
Así pues, el mundo árabe sufre muchos problemas y desequilibrios
pero, definitivamente, es mucho más que eso. Posee una asombrosa riqueza
cultural y un enorme patrimonio histórico, un variado paisaje humano
y, sobre todo, unos profundos valores de hospitalidad y solidaridad que,
por desgracia, han comenzado a perderse en buena parte de nuestras sociedades
“modernas y civilizadas”.
De toda esta variedad de enfoques del mundo árabe
nos ocuparemos en el número de Alif Nûn de este mes. En el
primer artículo predomina el punto de vista histórico y sociológico,
aunque se destaca la dificultad de definir el mundo árabe debido
a la complejidad de factores y de puntos de vista. El segundo artículo
pone el acento en la desunión política entre los gobernantes
árabes y en el uso que éstos han hecho de los vínculos
culturales e históricos entre el pueblo árabe para alcanzar
una identidad nacional, muchas veces impuesta de manera artificial. El tercero
de los artículos de este mes ofrece un enfoque lingüístico,
describiendo de forma resumida los principales rasgos de la gramática
árabe, para luego centrarse en sus aspectos sociológicos.
El cuarto y último artículo se centra en la dimensión
religiosa y denuncia la manipulación que el Islam ha sufrido en Occidente
a manos del llamado orientalismo, el cual ha sido utilizado en muchas ocasiones
como un instrumento de la dominación colonial.
Para terminar, quisiéramos transmitir nuestras felicitaciones
a todos los musulmanes que en estos días celebran uno de los cinco
pilares del Islam: la peregrinación (hayy) a la ciudad santa
de La Meca
La Dirección.
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El mundo árabe ocupa, entre
sus dos extremos más alejados, cerca de 8.000 km. (unas dos veces
la distancia entre Madrid y Moscú), extendiéndose, de oeste
a este, desde la costa atlántica del norte de Africa hasta el Mar
Arábigo y, de norte a sur, desde el Mar Mediterráneo hasta
Africa Central. Domina una superficie de unos 13 millones de km2, es decir,
un 30% más extenso que la superficie total de Europa. A caballo entre
dos continentes –el 72% de su territorio se encuentra en Africa y el 28%
en Asia–, el mundo árabe se ha convertido en una de las regiones más
importantes tanto desde el punto de vista geográfico como desde el
político y el económico.
Esta definición en términos geográficos
no refleja, sin embargo, la enorme complejidad social, cultural e histórica
de este territorio. Por lo tanto, vale la pena preguntarse: ¿quiénes
son los árabes?
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Cada vez que las bombas caen, surge la misma pregunta:
¿dónde están los árabes? Cuando la músico
libanesa Julia Boutros o el cantante iraquí Rida al-Abdulla plantean
esta cuestión en sus composiciones, donde se lamentan por las guerras
en Iraq, Palestina y el Líbano, están expresando una creencia
muy extendida y arraigada en la existencia de una profunda relación
entre todas las gentes del mundo árabe, desde el Atlántico
hasta el Golfo y en que, en cierto sentido, también forman un solo
pueblo.
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Aunque las lenguas semíticas son tan diferentes
entre sí como puedan serlo el francés y el español,
comparten una característica que facilita la transición de
unas a otras. Esta es su dependencia de los verbos formados por tres consonantes
(la “raíz trilítera”, como a veces se la llama) como estructura
básica de la cual se derivan los demás elementos lingüísticos,
seguida de un diseño de las palabras que sorprende por ser muy sistemático,
o al menos así les puede parecer a los hablantes de lenguas indoeuropeas.
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Cualquier persona de mente abierta que se inicie
en el estudio del Islam, especialmente si usa libros escritos en idiomas
europeos, debe ser consciente de lo que parece ser una profunda distorsión
que recorre todos los escritos no musulmanes sobre el Islam. Al menos desde
la Edad Media, el Islam se ha visto calumniado y ha sido malinterpretado
por completo en Occidente. No parece que la situación haya cambiado
mucho a comienzos del siglo XXI, aunque la mayoría de los musulmanes
estaría de acuerdo en aceptar que se han hecho algunos progresos.
Creo que las siguientes palabras del periodista y escritor suizo Roger Du
Pasquier son un resumen adecuado de la ignorancia de Occidente con respecto
al Islam y de las intenciones del orientalismo:
“Occidente, ya sea cristiano o no, nunca ha comprendido
realmente el Islam. Desde que lo vieron surgir en el escenario mundial,
los cristianos nunca han dejado de denigrarlo ni de calumniarlo para así
poder encontrar una justificación que les permitiera emprender la
guerra contra él. Ha sido objeto de distorsiones grotescas cuyas huellas
todavía perduran en la mentalidad europea. Incluso hoy en día
hay muchos occidentales para quienes el Islam puede reducirse a tres ideas:
fanatismo, fatalismo y poligamia. Sin duda, también existe un público
más educado cuyas ideas sobre el Islam están menos distorsionadas;
por último, existen unos pocos que saben que la palabra Islam no significa
otra cosa que ‘sumisión a Dios’. Un síntoma de esta ignorancia
es que, en la imaginación de la mayoría de los europeos, Allah
se refiere a la divinidad de los musulmanes, no al Dios de los cristianos
y de los judíos; cuando uno se toma la molestia de explicarles las
cosas, todos ellos se sorprenden al oír que Allah significa ‘Dios’
y que incluso los árabes cristianos lo conocen por ese nombre.
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EL INCENDIO
Te amo
se conviritó en incendio del exilio.
Y en todos los exilios: te amaré siempre a ti.
Es tu rostro leyenda nacida en lo profundo de las olas del Golfo.
Con la que yo me curo y a la que pido ayuda.
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