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IRAN: LA “TERCERA REVOLUCIÓN”
YA ESTÁ EN MARCHA [1] Kaveh Ehsani, Arang Keshavarzian y Norma Claire Moruzzi [2]
Cualquiera que sea el veredicto de la historia sobre las aspiraciones de Fars News, ni la estructura institucional ni la cultura política de la República Islámica permanecerán sin cambios tras la crisis posterior a las elecciones de 2009. La apuesta no puede ser otra: si los manifestantes perseveran, podrá fortalecerse de manera considerable la escasa tradición de derechos políticos y civiles y la participación ciudadana en la República Islámica. Por el contrario, si prevalecen Ahmadineyad y sus seguidores, el sistema político iraní puede perder todos los rasgos valiosos que todavía le quedan como república. Como en 1979, en 1997, cuando el clérigo “reformista” Mohammad Jatami alcanzó la presidencia, o en 2005, cuando Ahmadineyad obtuvo a su vez una victoria abrumadora (y también muy contestada), los medios de comunicación occidentales se han visto sorprendidos por los acontecimientos en la escena iraní. Los análisis más burdos insisten en ver una batalla épica entre el gobierno y “el pueblo”, aunque ninguno de esos dos actores presenta un frente único. Otros, escribiendo desde la izquierda, la derecha o el centro, extrapolan teorías a partir de las supuestas características de los distintos personajes. De este modo, se llega a la conclusión de que “la oposición” urbana, educada, con acceso a las nuevas tecnologías y abiertamente seguidora de Musavi se enfrenta a pobres, campesinos y gentes humildes exageradamente piadosos que apoyan a Ahmadineyad. Estas interpretaciones también son demasiado simples. No son capaces de explicar por qué la campaña electoral ha sido tan competida y por qué la reacción popular se ha vuelto tan virulenta incluso antes de que resultara evidente el grado de fraude llevado a cabo por el régimen para amarrar las elecciones. El conflicto durante las elecciones de
2009 ha mostrado múltiples líneas de fractura que atraviesan
tanto el núcleo del régimen como la sociedad iraní.
Tales predicciones han resultado ser un tanto engañosas. El número de votantes profundamente conservadores, aquellos que apoyan a Ahmadineyad, no ha superado el 12% del electorado desde 1993. Es cierto que, en 2003, estos votantes tomaron el control de los consejos consultivos [3] de las principales ciudades, pero no porque aumentara de repente la popularidad de sus programas políticos, sino por la amplia abstención de quienes habían perdido la esperanza en la eficacia de los candidatos reformistas. Con menos del 12% del electorado con derecho a voto participando en Teherán, los ultraconservadores de Abadgaran, la coalición de aliados de Ahmadineyad, se hicieron con el consejo consultivo de la ciudad, nombrando como alcalde al antiguo y poco conocido gobernador provincial. Ahmadineyad dispuso libremente de los recursos de la ciudad para posicionarse como un candidato presidencial digno de crédito en 2005, cuando participó en una segunda vuelta electoral frente al antiguo presidente Ali Akbar Hashemi-Rafsanyani, quizás la figura de la política iraní que suscitaba opiniones más dispares en ese momento. La victoria de Ahmadineyad desconcertó a muchos en la República Islámica, hasta el punto de levantar sospechas de fraude. El “reformista moderado” Mehdi Karrubi, quien fue portavoz del parlamento entre el año 2000 y el 2004, protestó airadamente por su eliminación en la primera vuelta, afirmando que los Guardianes de la Revolución y Moytaba Jamenei, hijo del Líder Supremo, habían conspirado para manipular el recuento de votos en varias provincias clave. En la segunda vuelta, Rafsanyani también presentó sus propias alegaciones. Jatami, entonces presidente, prometió que revelaría los detalles sobre las irregularidades electorales antes de abandonar su cargo, pero ésta fue una promesa que nunca cumplió. Mohammad Baqer Qalibaf, otro contendiente que más tarde sustituiría a Ahmadineyad como alcalde de Teherán, anunció que faltaban 330 millones de dólares de las arcas municipales, dando a entender claramente que el dinero había sido desviado de manera ilegal a la campaña de Ahmadineyad. El parlamento formó una comisión de investigación, pero el nuevo portavoz, fiel a Ahmadineyad, la suspendió. A pesar de las acusaciones de fraude, la mayoría de los observadores iraníes aceptó los resultados del 2005. También se asumió que el populismo de Ahmadineyad –prometió “llevar el dinero del petróleo hasta la mesa del comedor de la gente”– ampliaría su base electoral más allá del sólido bloque conservador. Sin embargo, la mayor participación en las elecciones locales de 2007 provocó que los partidarios de la línea dura perdieran la mayoría en los consejos locales. En Teherán, los hombres de Ahmadineyad perdieron dos tercios de sus escaños y han tenido que compartir el poder con los reformistas y los conservadores moderados. En ausencia de unas votaciones fiables y unos medios de comunicación libres e independientes tras el ascenso de Ahmadineyad, las elecciones locales son un anticipo del cambio en el modo de hacer política a nivel nacional. Había, por lo tanto, buenas razones para pensar que la carrera presidencial del 2009 al menos estaría próxima. La carrera de Ahmadineyad hacia el palacio presidencial se vio agitada de nuevo cuando Jatami, todavía popular a pesar de los problemas de los reformistas, entró en liza en febrero. Jatami, sin embargo, se enfrentó a una fuerte oposición por parte de los conservadores de la línea dura y a las dificultades para tender puentes hacia los moderados. Se retiró prudentemente cuando Mir Hossein Musavi anunció su candidatura, apoyando con todas sus fuerzas a una figura cuyas credenciales revolucionarias no podían ser puestas en duda por ningún segmento de la clase dirigente. Como primer Ministro, Musavi había dirigido la economía durante los difíciles años de la guerra Irán-Irak (1980-1989). Su administración adoptó trascendentales y novedosas medidas que integraron a las provincias en la economía nacional, en una época en la que Irán estaba sometida al embargo internacional y a los bombardeos iraquíes, y los precios del petróleo se habían desplomado por debajo de los 9 dólares por barril. El vasto sistema de racionamiento establecido por su administración aseguró que nadie pasara hambre. Más tarde tuvieron lugar sus acalorados debates con Ali Jamenei, que por aquel entonces era el presidente y se oponía categóricamente a la política redistributiva de Musavi. Todo el mundo recuerda que el ayatolá Ruhollah Jomeini, todavía venerado por millones de personas, había apoyado de manera inequívoca a Musavi contra el clérigo que luego lo sucedería como Líder Supremo. Musavi nunca ocultó el hecho de haber sido un pilar de la clase dirigente y un firme creyente en la herencia de Jomeini y la revolución islámica. Sin embargo, en opinión del pueblo, Musavi era un candidato que no se había corrompido por la presencia continua en los pasillos del poder, alguien con un largo historial que exhibía su habilidad para la gestión, representaba de la justicia social y, por encima de todo, plantaba cara a Jamenei. El atractivo de Musavi era que podía ser capaz de unir a los reformistas y los políticamente neutrales, los profesionales y las clases trabajadoras, los habitantes de las ciudades y los campesinos. Nadie, sin embargo, dudaba que Ahmadineyad pudiera alcanzar la victoria, dadas las ventajas antes citadas. En resumen, el análisis desapasionado
anticipaba la reelección de Ahmadineyad, aunque muchos corazones
anhelaran su derrota. Y el instinto de quienes conocen en profundidad la
historia iraní contemporánea predecía lo imprevisible
y, quizás, esperaba lo inimaginable. Nadie fue capaz de predecir todo lo que iba a ocurrir a finales de mayo, cuando comenzó la verdadera campaña. Dos factores críticos ampliaron la brecha tanto en la élite como en el electorado, provocando las fricciones que originaron el seísmo posterior a la votación. En primer lugar, una serie de debates televisados para todo el país pusieron de manifiesto la escisión dentro de la clase política dirigente. Estas divisiones han quedado al descubierto en muchas ocasiones, a menudo de manera brutal, pero siempre en publicaciones muy beligerantes con escasa tirada. Ahora, en TV, se mostraban abiertamente unos debates acalorados, como nunca antes había ocurrido en la historia de la República Islámica. Además, los debates eran seguidos por la gente y se analizaban con entusiasmo. Musavi y el resto de aspirantes –el antiguo portavoz del parlamento, Karrubi, y el antiguo responsable de los Guardianes de la Revolución, Mohsen Rezaei– reprimieron severamente a Ahmadineyad por su mediocre gestión de la economía iraní y su gusto por la confrontación tanto en los asuntos nacionales como internacionales. El aludido, entretanto, defendió su gestión citando una larga y tediosa lista de estadísticas y logros (a menudo cuestionables), comparando éstos con los de los anteriores presidentes, de los que se burló con descaro calificándolos como defensores de la injusticia y la desigualdad. Ahmadineyad aseguró que la inflación había disminuido hasta el 15%, cuando las estimaciones del Banco Central, fácilmente accesibles, situaban la cifra en el 25% (y, en cualquier caso, con Jatami se había llegado al 13% de inflación). Afirmó, basándose en estimaciones igualmente dudosas, que el producto interior bruto había crecido un 6% durante su administración, frente al 5% en época de Jatami, negándose a admitir que no esto se trataba en absoluto de ningún logro estelar. Gracias a la subida desorbitada de los precios antes de 2008, unos trescientos mil millones de dólares en concepto de ingresos por el petróleo habían llegado a Irán bajo la égida ultraconservadora. Ahmadineyad dijo que había disminuido el déficit público y el nivel de endeudamiento, pero esto tampoco era ninguna prueba de una mejora en la gestión económica. Se produjo debido al torrente de ingresos por el petróleo y la venta de bienes públicos a bancos, fondos de pensiones y empresas tapadera, muchas de las cuales fueron fundadas por los militares, el aparato de seguridad y los aliados conservadores del presidente. El presidente también afirmó que la brecha entre ricos y pobres nunca había sido tan estrecha, aunque, una vez más, su propio Banco Central estimaba que más de siete millones de iraníes (de una población estimada de 76) vivían en la pobreza extrema. Dijo que el desempleo había disminuido, olvidando decir que su Ministro de Trabajo había cambiado la definición de “desempleo” para disimular las cifras, e ignorando las ruidosas protestas masivas llevadas a cabo por los conductores de autobús, los trabajadores de la caña de azúcar, los del petróleo y los profesores, todas ellas salvajemente reprimidas. Ahmadineyad se arrogó el mérito de haber privatizado más activos públicos que sus predecesores, y alegó que las privatización de las empresas en época de Jatami se había hecho mal, porque éstas habían sido vendidas a “falsos” empresarios con influencias. Sin embargo, no mencionaba que, en muchos casos, estas empresas dependían de los contratos del gobierno y que su administración había rehusado tomar en consideración interesantes ofertas de esas empresas privatizadas, llevándolas así al borde la bancarrota. Musavi no permitió que las bravatas
económicas de Ahmadineyad quedaran sin respuesta. (Tampoco lo hizo
Rezaei). Durante 20 Arrastrado por el torrente de unas cifras no demasiado fiables, Musavi respondió en TV: “Uno de los problemas es que debemos hacer frente a un fenómeno asombroso: alguien puede observar fijamente la cámara, mirarte a los ojos y declarar con gran confianza en sí mismo que lo negro es blanco y que dos y dos no son cuatro, sino diez. Y lo afirma con tal convicción que algunos de vosotros os dejáis influir. No hay nada peor que un gobierno que miente al pueblo, y hoy estamos presenciando exactamente eso. La única razón por la que he decidido participar en esta campaña es mi temor a las consecuencias de este fenómeno.” Sus carteles para la campaña llevaban escrita la frase “mentir está prohibido”. El debate económico, tal vez árido para algunos iraníes, estuvo acompañado de cierto sensacionalismo. Después de cuatro años de prometer “dar los nombres” de quienes estaban envueltos en la corrupción y el nepotismo, Ahmadineyad dirigió una serie de insinuaciones a los notables del régimen, incluyendo a Rafsanyani y a Ali Akbar Nateq Nuri, el influyente conservador y antiguo portavoz del parlamento. En uno de los debates preguntó a Karrubi por qué aceptó dinero –con gran revuelo de los medios de comunicación– del joven empresario encarcelado Shahram Yazairi, para sobornar a algunos parlamentarios, la mayoría reformistas. Sin embargo, ignoró la confesión de Yazairi donde afirmaba que también sobornó a personas del entorno de Jamenei. Ahmadineyad mostró por anticipado su estridente retórica condenando las manifestaciones postelectorales cuando prometió “afianzar el gobierno de la justicia limpiando el sistema de aquellos que se interponen en el camino del pueblo”. Atacando a sus oponentes, llegó hasta el punto de mentir sobre el currículo académico de Zahra Rahnavard, una respetada islamista feminista, directora de la universidad de mujeres y esposa de Musavi, apartada de su cargo cuando Ahmadineyad llegó al poder. Aún más increíble resulta que Ahmadineyad declarara que la expulsión de los estudiantes universitarios políticamente activos había sido una práctica impulsada por Jatami, mientras que su administración había mostrado un gran respeto hacia la educación superior. Con el fin de desacreditar la defensa de las libertades civiles que hacía su rival, polemizó con Musavi en relación a la represión política de los años ochenta, un capítulo oscuro conocido eufemísticamente como “cortar las corbatas” [4] . Musavi respondió que dentro de la República Islámica siempre ha habido bandos opuestos: algunos lucharon por las libertades civiles consagradas en la constitución, y otros desconfiaban de cualquier manifestación de disidencia, por débil que ésta fuera. Incrédulo, el ex Ministro exclamó: “Ellos siguen diciéndome: ‘en su época solían cortar las corbatas’. ¿Quiénes cree usted que solían cortar las corbatas? ¿A quiénes cree usted que Imam Jomeini prohibió interferir en la vida de las personas? ¡Eran los mismos que ahora están en la administración!” Pero las andanadas verbales durante la
campaña electoral no venían demasiado al caso. Lo verdaderamente
importante era el contenido de los argumentos. En el pasado, la élite
de la República Islámica había dirimido sus rivalidades
a través del consenso, la negociación y el arbitraje del Líder.
Pero los debates televisivos mostraron que las disputas habían rebasado
los límites. Por vez primera, en unos términos mucho más
duros que durante la segunda vuelta electoral en 2005, los iraníes
presenciaban públicamente los desacuerdos dentro de la clase dirigente,
haciéndose añicos su habitual frente unido. Al parecer, el
clero en el poder sólo podría resolver sus disputas acudiendo
a los ciudadanos a quienes dice representar. El segundo factor crítico durante la campaña oficial (desde finales de mayo hasta el 12 de junio) fue la positiva y esperanzadora visión sobre el futuro de Irán que presentaron los rivales de Ahmadineyad, en especial Karrubi y Musavi. Contra todo pronóstico, y a pesar de una muy modesta cantidad de dinero destinada a apoyar su causa, la campaña de Musavi se mostró capaz de despertar a algunos sectores de la sociedad iraní del letargo político en el que habían caído cuando las fuerzas conservadoras del régimen demostraron ser demasiado fuertes, y los reformistas demasiado débiles para abrir el sistema durante el “periodo reformista” de 1997-2005. Un número creciente de iraníes, escarmentado por la amarga experiencia que supuso su escepticismo en anteriores convocatorias electorales, se dio cuenta de que la contienda del 2009 no sería un simple espectáculo. Existían diferencias entre los candidatos que podían afectar directamente a sus vidas. La campaña de Karrubi, por ejemplo, marcaba una clara postura en defensa de los derechos políticos y sociales de los iraníes de origen kurdo, baluchi, azerí y de otras minorías étnicas, así como de los musulmanes sunníes y de otras minorías religiosas, cuyas relaciones con el Estado islamista shi‘í son tensas. Karrubi también defendió los intereses de los estudiantes y las mujeres. En términos más generales, la campaña de Musavi se enmarcó en la defensa del Estado de derecho y de las libertades civiles y personales. Un punto de su programa prometía eliminar las patrullas de policía “moral” que imponen la conducta y la vestimenta “islámicas” a los transeúntes, demostrando así comprender que, para la República Islámica, la exclusión social debería ser tan importante como la desigualdad de clase sufrida por la juventud, las mujeres y los intelectuales. Musavi reconoció que la idea revivida por Ahmadineyad de emplear la violencia para islamizar la sociedad sólo es un instrumento de dominación usado por la élite sobre las clases medias urbanas. En opinión de los votantes iraníes, Musavi estaba dispuesto a arrebatar el monopolio de la justicia social al populismo de Ahmadineyad. Precisó que para él la justicia social significaba crear oportunidades de empleo mediante el fortalecimiento de las instituciones estatales y privadas. Promocionó la idea del “buen gobierno” –la cual implica que la capacidad técnica debería ser más valorada que las fanfarronadas ideológicas en la administración económica del Estado– e insistió en hacer responsable al poder ejecutivo de crear unas instituciones reguladoras fuertes. Como ejemplo de desarrollo sostenible, argumentó que el petróleo iraní debería convertirse en la base de una red de industrias secundarias conectadas a nivel nacional, y no en un simple producto de exportación. Se opuso a la privatización desordenada de los bienes públicos y a la idea de Ahmadineyad sobre la justicia social, la cual parece estar construida exclusivamente sobre el dinero en efectivo y las retribuciones en especie, sin pensar en cómo reforzar a largo plazo el poder adquisitivo de los particulares. Mediante numerosos mítines y otras concentraciones durante la semana anterior a las elecciones, la campaña de Musavi demostró que podría movilizar a muchos miles de pacíficos y entusiastas seguidores en Teherán y otras ciudades importantes. El éxito de esta campaña electoral fue un arma de doble filo. Por un lado, convenció a un gran número de iraníes de que la victoria de Ahmadineyad no era un resultado inevitable. Por el otro, la perspectiva de una amplia participación que incluyera a los desencantados pudo haber contribuido a la decisión de manipular los resultados para asegurar la victoria de los partidarios de la línea dura. Más importante a largo plazo puede ser el hecho de que la campaña lograra romper el monopolio del régimen iraní a la hora de expresar las opiniones políticas en el espacio público. Durante tres décadas, la República Islámica ha logrado en gran medida que las expresiones políticas a nivel público se limitasen a las manifestaciones masivas a favor del gobierno, mientras las verdaderas preocupaciones de la gente quedaban ocultas. Las asociaciones independientes, los sindicatos, las organizaciones de base y las agrupaciones políticas han sido aplastados. A pesar de las graves deficiencias del programa reformista y de su capacidad política, durante los ocho años de Jatami surgió una prensa relativamente independiente y disminuyó la injerencia del gobierno en el ámbito privado de los ciudadanos. Ahmadineyad y los suyos han tratado con todas sus fuerzas de revertir estos cambios. Resistiéndose a estos intentos, un increíble número de ciudadanos aprovechó activamente la apertura política durante la campaña del 2009. Según se dice, los ciudadanos iraníes entablaron un debate en profundidad hasta el mismo momento de la votación. Numerosos observadores en Teherán y en otras ciudades informaron de que los debates políticos en espacios públicos como la Plaza Vanak o la Plaza Enqelab eran apasionados, aunque profundos y educados. Personas que habían estado acobardadas o desmoralizadas, o quienes habían considerado como irreconciliables sus diferencias con todos lo políticos de la República Islámica, cualquiera que fuese su tendencia, comenzaron a asomar la cabeza. Artistas, directores de cine, activistas políticos, feministas y grupos de estudiantes de todo el espectro ideológico forjaron alianzas y reconocieron sus intereses comunes. Por ejemplo, treinta y cuatro grupos de feministas musulmanas y laicas se coaligaron para formar el Movimiento para la Convergencia de la Mujeres, con cerca de 700 activistas reunidas para negociar, no sin esfuerzo, un programa común. Una semana antes de las elecciones, la coalición mantuvo un debate con los representantes de los candidatos reformistas en la Oficina de la Revolución Islámica para la Mujer, con el fin de determinar qué candidato estaría más comprometido con los derechos de la mujer. [5] En resumen, la campaña electoral
para las elecciones de 2009 ha sido única. Ni siquiera en medio de
la agitación que presagiaba el arrollador triunfo de Jatami en 1997
hubo un candidato capaz de suscitar el apoyo de tantos grupos sociales ni
de integrar a tantos elementos de la población que habían
sido activamente marginados bajo la República Islámica. El
intento para conseguir una amplia movilización de base de los no militantes
era algo nuevo, así como el grado de interacción entre el
enfrentamiento político que agitaba las filas del “régimen”
y el que retumbaba en “las calles”. A primera hora de la tarde del 13 de junio, el Ministro del Interior anunció el “resultado” final de las elecciones. La participación alcanzó una cifra sin precedentes del 85%, y Ahmadineyad había ganado con el 63% de los votos, seguido por Musavi, con el 34%. Rezaei y Karrubi tan sólo alcanzaron el 2% y menos del 1%, respectivamente. Estas cifras encajaban de manera sorprendente con los resultados ofrecidos a primera hora de la mañana, antes del cierre de algunos colegios electorales en el extranjero, y eran extrañamente uniformes en todas las regiones del país. Para muchos iraníes, este “resultado” no sólo ponía en duda la consecuencia de las elecciones –es decir, el nombramiento de Ahmadineyad como presidente– sino las leyes y los procedimientos básicos de elección que habían sido violados. Aparte de esto, muchos votantes se sintieron ofendidos por la reacción de Ahmadineyad y Jamenei frente al escepticismo popular, con el presidente electo calificando de “sucios” los recelos de los manifestantes y el Líder Supremo afirmando inexplicablemente que toda la nación está unida y respalda los resultados oficiales. La acusación de manipulación por parte de la CIA y el MI-6 es también una ofensa a la razón. El municipio de Teherán, gobernado por el alcalde conservador Muhammad Baqer Qalibaf, ha estimado en tres millones el número de manifestantes a mediados de junio. Estos no sólo pertenecen a la elegante clase media que tanto les gusta a los fotógrafos occidentales, sino que también hay mujeres con chador, jóvenes de clase trabajadora y personas mayores supuestamente entregadas al eterno “fervor revolucionario” al cual apela Ahmadineyad. Varios ejemplos aclararán las razones que dieron lugar a esta incredulidad tan difundida tras los “resultados” del 12 de junio. A diferencia de anteriores elecciones, el Ministro del Interior autorizó el despliegue de 14.000 cabinas móviles de votación, haciendo muy difícil a los candidatos enviar interventores para verificar el voto en todas las cabinas. Según algunos informes, se imprimieron de más unos 14,5 millones de papeletas de voto y no se diseñó ningún sistema adecuado para seguirles el rastro. Cuando se agotaron las papeletas en varias oficinas electorales de los centros urbanos, los seguidores de Musavi preguntaron dónde estaban las papeletas restantes, pero éstas no aparecieron, y continúan sin aparecer hasta la fecha. Hubo dificultades para la comunicación entre los colaboradores de los candidatos cuando fue bloqueado el envío de mensajes por SMS y una página web relacionada con Musavi fue clausurada. Se interfirió la emisión del popular servicio en persa de la BBC para restringir el flujo de información. En la tarde del 12 de junio, uno de los diseñadores de la campaña de Musavi fue abordado y arrestado por las autoridades junto a varios voluntarios, antes de ser liberado y detenido de nuevo al día siguiente. Pero la violación más clara de la ley habría sido que, según denuncias de Musavi y Karrubi, no se permitiera a sus interventores estar presentes durante el recuento de las papeletas y cuando las urnas fueron selladas. Por ley y costumbre, estos interventores confirman que las urnas están vacías antes de comenzar la votación, están presentes durante el recuento, firman la hoja con los resultados y se quedan con una copia. También se supone que están presentes cuando las urnas son finalmente selladas y enviadas al Ministerio del Interior. Un anciano de 65 años, responsable de una oficina electoral ubicada en una mezquita de Yousefabad, un modesto barrio de clase media de Teherán, le dijo a los periodistas locales: “Comparado con las elecciones anteriores, hemos tenido una gran participación. Hace dos años apenas tuvimos 400 votos en nuestra oficina. Esta vez, ha habido más de 2.000. Cerramos la oficina y comenzamos el recuento de votos, terminando hacia la medianoche. Musavi recibió 1.600 votos, Ahmadineyad unos 300, y Karrubi y Rezaei unos 150 o 200 cada uno. Estábamos rellenando y firmando los impresos cuando llegó la noticia de que Ahmadineyad había ganado con dos terceras partes de los votos.” En el barrio de Shahid Mahallati y sus alrededores, en el noreste de Teherán, donde un vasto cuadrante de la ciudad está formado por urbanizaciones cerradas donde residen familias de militares, guardianes de la revolución y personal de inteligencia, las encuestas realizadas por los periodistas locales indicaron que incluso este sector del electorado estaba dividido a la hora de decidirse por un candidato. Varias mujeres que viven en estos barrios residenciales indicaron que había vecinos que apoyaban a varios candidatos. A diferencia de elecciones anteriores y a pesar de la enorme participación, el Ministro del Interior se apresuró a declarar un vencedor y el Líder felicitó oficialmente a Ahmadineyad antes de que se hicieran públicos los resultados finales o el Consejo de Vigilancia hubiera tenido tiempo de estudiar las reclamaciones. El “resultado” también generó otras polémicas. Por destacar sólo unas pocas, se dijo que Karrubi había obtenido menos de medio millón de votos (inferior a la cantidad de votos nulos), cuando en 2005 había alcanzado unos cinco millones de votos, el 17% del total. Curiosamente, el recuento inicial no incluía ningún voto nulo. El Consejo de Vigilancia se vio obligado a reconocer que, de acuerdo a las cifras que habían sido publicadas, al menos cincuenta distritos electorales deberían tener un número de votantes superior al 100%. Desde el 12 de junio, candidatos de la
oposición, periodistas iraníes e investigadores independientes
han reunido una serie de pruebas que ponen en tela de juicio la imparcialidad
del proceso electoral y la veracidad de los resultados.
[6]
Esta evidencia es tan abrumadora que ningún observador
imparcial puede creer que las elecciones fueran limpias, tal y como afirman
los partidarios de la línea dura. Durante la campaña, los candidatos de la oposición denunciaron en varias ocasiones que Ahmadineyad había desdeñado los mecanismos de regulación para intentar eludir el control constitucional y el equilibrio de poder durante su presidencia. Hoy en día, es evidente que este importante asunto tratado en la campaña se ha confirmado en las propias elecciones. Por eso, los partidarios de Musavi ya disponían de un argumento claro para protestar contra el “resultado” de las elecciones, basándose en razones de procedimiento. De este modo, queda completamente fuera de lugar la réplica de Ahmadineyad donde afirma que las protestas son una simple cuestión de envidia. Mediante la red de organizaciones de la sociedad civil y de colaboradores de la campaña que tomó forma a partir de finales de mayo, los manifestantes difundieron información de manera rápida y las personas se congregaron frente al Ministerio del Interior y en las plazas donde confluyen las principales calles de Teherán y otras ciudades. Estas manifestaciones masivas sin precedentes han demostrado que las divisiones dentro de la élite gobernante son en realidad el reflejo de un profundo malestar político. Aunque Musavi es el líder simbólico del movimiento en las calles, no está del todo claro que él esté al frente. El poder de estas acciones en la calle reside en su magnitud y espontaneidad, aunque también es evidente que se han organizado en parte con el compromiso de los participantes de trabajar por un objetivo común: el imperio de la ley y el derecho a la participación ciudadana. La campaña de los activistas de la oposición y de la sociedad civil ha ayudado mucho a elegir eficaces puntos de encuentro, así como a promover la táctica del silencio y la ética integradora y de la no violencia. Las respuestas iniciales de los principales clérigos de la línea dura –incluyendo a Jamenei– y de otras figuras políticas parecían ofrecer cierto espacio para la reconciliación entre las distintas facciones y, a su vez, entre éstas y la población. Pero Ahmadineyad, Jamenei y los miembros del Consejo de Vigilancia, así como las emisoras estatales de radio y televisión, se volvieron rápidamente contra los manifestantes, tratando en un principio de negar la magnitud de la protesta y más tarde denigrándolos de un modo frívolo y prepotente, y acusándolos absurdamente de ser unos conspiradores. Sin embargo, y como era de esperar, el aparato coercitivo del Estado comenzó a ser empleado para reprimir las protestas. El sermón de Jamenei pronunciado durante la oración del viernes 19 de junio y la consiguiente represión violenta han alejado aún más a la población de unas autoridades que han aumentado la brecha dentro de la clase dirigente. La decisión de Jamenei de prestar su apoyo personal a Ahmadineyad y, por lo tanto, comprometer la neutralidad institucional del cargo de Líder, es casi inexplicable en términos de una estrategia a largo plazo para mantener su posición y la estructura de la República Islámica. Al ponerse tan claramente del lado de un extremista que provoca divisiones y que no ve más allá de sus narices, Jamenei ha socavado su propia autoridad institucional –no sólo a ojos del pueblo, sino también de los miembros de la élite política–, y lo ha hecho de manera irremediable. Al tolerar abiertamente los disparos contra los civiles, las autoridades han cruzado otra línea roja. El hecho de que los portavoces del régimen y los medios de comunicación estatales acusen de “terroristas” a los manifestantes no hace sino inflamar más los ánimos de los iraníes. Entretanto, las imágenes del video que el 20 de junio mostró la muerte a manos de las autoridades de una joven desarmada, Neda Agha Soltan, han dado a los manifestantes un auténtico mártir. Lo que resulta dolorosamente claro es que la violencia y la intimidación son los métodos elegidos por la nueva élite en su afán por monopolizar el espacio político. Esta es una estrategia muy costosa y arriesgada para todos los implicados. Como señaló el sermón del viernes 19 de junio, la alianza entre Jamenei y Ahmadineyad ha vuelto la espalda a los dos métodos que han demostrado ser eficaces a la hora de gestionar los conflictos en la República Islámica: la negociación entre la élite y la participación del pueblo. Tanto Jamenei como Ahmadineyad han demostrado tener poca voluntad de compromiso con “la vieja guardia”o de admitir las demandas de una gran cantidad de ciudadanos iraníes. El problema ahora para el movimiento de protesta es encontrar un modo de mantener la presión mientras neutralizan el impacto de la violencia estatal. Dado que muchos de los líderes del movimiento y los cuadros medios están ahora en prisión (y, según se dice, sometidos a tortura), no será un asunto fácil. Probablemente, el movimiento llegará a la conclusión de que las protestas deberían abandonar las calles, donde la violencia es más fácil de emplear y la propia llama de la disidencia arde con más fuerza y es más difícil de mantener. La escalada de violencia por parte del Estado ha convertido las calles en un lugar de confrontación, en vez de un espacio para la movilización. Para continuar con el impulso, el movimiento tendrá que cambiar de táctica y estrechar sus vínculos con las facciones descontentas dentro de la estructura del poder. La facción de Rafsanyani ya se está moviendo en esa dirección. Es de suponer que la alternativa política sería una serie de paros, boicots y huelgas en las fábricas del Estado, quizá en forma de huelgas generales unidas a movilizaciones en la calle cada cierto tiempo, muy probablemente coincidiendo con las conmemoraciones mensuales o anuales de las muertes de los manifestantes. Estas actuaciones serían más discretas y menos peligrosas, pero cada vez más costosas para las arcas del Estado. Este es el modelo de resistencia que
surgió durante la revolución que derrocó al Shah. Todo
el mundo en Irán es consciente tanto de la importancia práctica
como simbólica de este modelo. Tampoco debe olvidarse que los seguidores
de Musavi se han apropiado de un lema que animaba a las multitudes en 1978
y 1979. Desterrado hasta ahora de las calles y los callejones de la capital
iraní, ellos lo gritan desde los tejados de sus casas por la noche.
“Allahu Akbar” resuena una vez más en Teherán y, una vez más,
las fuerzas del cambio social y político le han arrebatado al Estado
los eslóganes religiosos. BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
- VV.AA, Revista Hesperia nº 5. Especial Irán , Fund. J.L. Pardo / Tres Culturas, Madrid, 2005. NOTAS.- [1] Traducción y adaptación del artículo aparecido en: http://www.merip.org/mero/mero062809.html [2] Kaveh Ehsani es profesor agregado de Estudios Internacionales en la Universidad DePaul. Arang Keshavarzian es profesor de Estudios Islámicos y de Oriente Medio en la Universidad de Nueva York. Ambos son editores de Middle East Report . Norma Claire Moruzzi es profesora asociada de Ciencias Políticas y Estudios de la Mujer en la Universidad de Illinois-Chicago. [3] Los consejos consultivos son consejos de provincia, distrito, ciudad, comarca y aldea, elegidos por votación popular. Su función es la de agilizar las relaciones con el gobierno central y así facilitar los programas sociales, económicos o sanitarios. Existen también consejos formados por representantes de los sectores industrial, agrícola, educativo, administrativo y de servicios, todos ellos coordinados por el Consejo Superior de Provincias. (Nota de la Redacción). [4] Al comienzo de la revolución, la corbata fue considerada como una muestra de “intoxicación cultural occidental”, y por eso quedó prohibido su uso. (Nota de la Redacción). [5] Para más detalles, véase el resumen en inglés de la página feminista Meydaan: http://www.meydaan.com/english/ [6] Por ejemplo, véase Ali Ansari, Daniel Berman y Thomas Rintoul, Preliminary Analysis of the Voting Figures in Iran’s 2009 Presidential Election , Chatham House, Londres, junio de 2009; Walter R. Mabane, Jr., “Note on the Presidential Election in Iran: June 2009,” disponible en internet en: http://www-personal.umich.edu/~wmebane/note24jun2009.pdf A Portada |
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