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SÁHARA OCCIDENTAL:
UNA LARGA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA [1] Jacob Mundy [2] En los últimos años, el gobierno marroquí ha defendido la idea de una autonomía como solución a su disputa territorial con los partidarios de la independencia del Sáhara Occidental. Rabat ha dicho que estaría dispuesta a considerar un gobierno autónomo en el Sáhara Occidental elegido a nivel local, el cual actuaría de forma independiente con respecto al gobierno central, aunque sometido en última instancia a la soberanía de Marruecos. Por su parte, el movimiento para la independencia del Sáhara Occidental ha rechazado la autonomía y continúa reclamando el derecho a la autodeterminación, el cual se ejercería a través de un referéndum sobre el estatus definitivo entre los indígenas étnicamente saharauis del territorio. Existe un amplio consenso internacional, tanto político como jurídico, que apoya el derecho a la autodeterminación de las antiguas colonias europeas. Este consenso se aplicó muy recientemente en Timor Oriental. El Sáhara Occidental, como Timor Oriental, fue una colonia europea hasta mediados de la década de 1970. En 1975, el Tribunal Internacional de Justicia adoptó una decisión que marcaba un precedente, desestimando las reclamaciones históricas de Marruecos sobre el Sáhara Occidental y apoyando el derecho de los saharauis a la autodeterminación. Tanto el Consejo de Seguridad de la ONU como el Secretario General han reiterado su apoyo a una solución que facilite la autodeterminación. Esto supondría una votación que incluyera la opción de la independencia, aunque no quedara limitada a esta única posibilidad. Entre 1988 y 1999, el Consejo de Seguridad
trató de celebrar unas elecciones sobre la autodeterminación
en el Sáhara Occidental Aunque, entre 1975 y 1991, los gobiernos
de Ford, Carter y Reagan habían prestado apoyo material a la invasión
y la ocupación marroquí del Sáhara Occidental, los
primeros gobiernos de Bush y de Clinton mantuvieron una política
de no intervención con respecto al primer proceso electoral propuesto
por la ONU (1992-1996). Sin embargo, Estados Unidos comenzó a implicarse
mucho de manera indirecta a partir 1997, a través de su ex-secretario
de Estado, James Baker. No obstante, después de siete años,
los esfuerzos de Baker fueron saboteados por parte norteamericana debido
a intereses geoestratégicos más importantes: el papel de Marruecos
como aliado en la “guerra contra el terror” (y a partir de mayo de 2003,
como lugar donde se libraría dicha guerra).
[3]
Desde entonces, la actitud del gobierno estadounidense
hacia el conflicto ha sido dejar que las partes hagan sus propias propuestas,
mientras discretamente alienta la autonomía. En un principio, la situación se estancó en el campo de batalla, tras dieciséis años de guerra marcados por el apoyo occidental a Marruecos en contra de la guerrilla saharaui del Frente Polisario, respaldada por Argelia. El conflicto armado finalizó en 1991, cuando el Consejo de Seguridad apoyó un acuerdo para celebrar un referéndum sobre la independencia, pero sólo con el consentimiento de las dos partes, y sobre todo de la marroquí. Varios cientos de soldados de la UNU comenzaron a supervisar el alto el fuego de 1991. Cinco años después, lejos de celebrarse la votación, la ONU consideró seriamente retirarse del territorio. Más tarde, en 1997, el antiguo Secretario de Estado norteamericano, James Baker, acordó mediar en el conflicto. Durante sus siete años de mandato como enviado especial del Secretario General de la ONU en el Sáhara Occidental, Baker fue el centro de gravedad en el proceso de paz. En un principio negoció una serie de acuerdos que revivieron el proceso electoral en 1997. Sin embargo, cuando llegó el momento de celebrar la votación en el año 2000, el Consejo de Seguridad decidió que un referéndum ya no era realista. Entre bastidores, la administración Clinton también dio marcha atrás con respecto al referéndum y en cambio apoyó al nuevo régimen marroquí bajo el rey Mohammed VI. Para evitar el peligro de un referéndum chapucero como el que supervisó el Consejo de Seguridad en Timor Oriental, Baker comenzó a buscar una alternativa frente a un referéndum donde sólo pudiera elegirse entre la independencia o la integración. Sin embargo, en 2002, el Consejo de Seguridad de la ONU dijo que tomaría en cuenta cualquier propuesta de paz, siempre que ésta facilitara la autodeterminación (es decir, un referéndum sobre la independencia). En 2003, Baker presentó su propuesta final. La idea era conceder al Sáhara Occidental cuatro años de autonomía como una especie de periodo de prueba, y luego celebrar un referéndum sobre su estatus definitivo. Las opciones serían la autonomía, la integración en Marruecos o la plena independencia. Para hacer más atractivo el acuerdo a Rabat, Baker propuso que los colonos marroquíes no saharauis pudieran participar en la votación. Con unos colonos marroquíes que llegan a superar a la población nativa saharaui en una proporción de dos a uno, esto produjo tal conmoción que Rabat rechazó la propuesta tan pronto como el Polisario la aceptó. Baker negoció con Marruecos durante otro año, pero todas las contrapropuestas de Rabat demostraron una profunda falta de voluntad para llegar a un acuerdo con respecto a la cuestión más importante: el derecho de autodeterminación. Para el gobierno de George W. Bush,
el papel de Marruecos en la “guerra contra el terror” era más importante
que apoyar a Baker en el Sáhara Occidental. El mismo mes que Baker
dimitió, Marruecos logró el estatus de “aliado importante
extra-OTAN”
[4]
y un tratado de libre comercio con Washington. Elliott
Abrams, director del departamento de asuntos para Oriente Medio en el Consejo
de Seguridad Nacional, es probablemente el principal valedor en la Casa
Blanca de la autonomía para el Sáhara Occidental. De hecho,
las esperanzas marroquíes de que los Estados Unidos apoyen una autonomía
aplicada unilateralmente se justifican en el apoyo norteamericano al unilateralismo
israelí en los territorios palestinos ocupados.
- Dar al Sáhara Occidental un estatus regional especial dentro de Marruecos, aunque sin autonomía de gobierno. - Transformar Marruecos en un Estado federal simétrico para que cada región –incluyendo al Sáhara Occidental– posea su propio gobierno electo que no pueda ser disuelto por Rabat. [5] - Conceder al Sáhara Occidental un estatus especial con un gobierno autónomo dentro de Marruecos. - Crear un Sáhara Occidental independiente o semi-independiente, pero confederado con Marruecos. El primer enfoque, el regionalismo , exige un compromiso mínimo por parte de Marruecos y grandes concesiones por parte del Polisario, por lo cual resulta poco probable que éste último tome en consideración esta opción. El segundo enfoque, el federalismo, cuenta con algunos apoyos en Marruecos, pero requiere una complicada y completa revisión de las estructuras estatales marroquíes mediante una nueva Constitución, lo cual significa en la práctica que toda la población marroquí se vería implicada en el proceso de paz. El federalismo tampoco reconoce el estatus especial del Sáhara Occidental, por lo que resultaría poco eficiente como herramienta para conseguir la paz. Otra opción es una confederación entre un Sáhara Occidental independiente y Marruecos, pero es poco probable que Rabat acepte este grave desafío a su “integridad territorial”. Así pues, la tercera opción,
la autonomía, es la más viable a falta de nada mejor.
Un acuerdo de paz entre Marruecos y el Polisario podría permitir
la creación de un Sáhara Occidental cuasi-independiente con
su propia administración elegida a nivel local y su propias tareas
de gobierno. Tanto Marruecos como el Sáhara Occidental deberían
compartir las labores de seguridad, mientras que Marruecos probablemente
conservaría las funciones militares y la cartera de relaciones
exteriores. Sobre el papel, la autonomía parece ser la solución ideal. El problema, sin embargo, es justamente ése: es ideal, no real. La autonomía podría ser viable en una situación en la que ambas partes renunciaran a la victoria total y comprendieran que la cooperación mutua podría producir algún resultado positivo. Sin embargo, una valoración honesta de las circunstancias en el Sáhara Occidental revela que la actitud de ambas partes sigue siendo belicosa, pues tanto Marruecos como el Polisario creen que la victoria total todavía es posible. Aunque para ambos bandos hay aspectos “dolorosos” en esta situación de estancamiento, el “dolor” no es suficiente para alterar los objetivos fundamentales de ninguno de ellos. Marruecos no controla completamente el territorio y carece de legitimidad internacional, pero sí lo controla lo bastante como para administrarlo de manera rutinaria, de modo que las posibilidades de ser desalojado por la vía militar parecen escasas. Si bien la oferta de autonomía que Marruecos ha puesto sobre la mesa puede parecer un intento de acuerdo, está muy alejada de la propuesta de Baker en 2001 y 2003. A pesar de sus entusiastas declaraciones de apoyo, algunos funcionarios de Estados Unidos, de la ONU, e incluso franceses, extraoficialmente se muestran muy decepcionados por el hecho de que las concesiones de Marruecos sean todavía tan limitadas. Por el momento, el apoyo de Rabat a la autonomía es pura retórica, una concesión táctica para recobrar la moral tras rechazar el plan Baker –y al propio Baker– en 2004. Por su parte, el Polisario está actuando como si el tiempo corriera a su favor, a pesar de que también se enfrenta con dificultades. El Polisario vive en el exilio, su armamento se está deteriorando y han surgido conflictos generacionales. Una encuesta reciente en los campamentos de refugiados saharauis del suroeste de Argelia –donde reside la base del apoyo popular al Polisario– sugiere que los jóvenes saharauis están cada vez más frustrados por las limitaciones que impone la vida en los campamentos. El Polisario también debe enfrentarse a las constantes y crecientes peticiones de retomar las armas contra Marruecos. Es posible que estas tensiones internas puedan alcanzar su punto crítico en el próximo congreso trienal del movimiento. Mientras tanto, en lugar de disminuir, el nacionalismo ha explotado en el Sáhara Occidental a lo largo de estos últimos años. El movimiento independentista del Sáhara Occidental, cada vez más militante, ha producido su propia intifadah : un movimiento de protesta descentralizado, antimarroquí y liderado por los jóvenes en la región ocupada. Los héroes saharauis de esta lucha son los antiguos presos políticos que se han convertido en nacionalistas declarados. Muchos saharauis que viven bajo el gobierno de Marruecos ya no tienen miedo de expresar su opinión sobre la ocupación marroquí, por lo que habitualmente son golpeados y encarcelados. La bandera del Polisario, antes oculta en las áreas controladas por Marruecos, ahora se ha convertido en un símbolo omnipresente de la resistencia saharaui. Las únicas señales internas que los líderes del Polisario están recibiendo indican una mayor confrontación, y no una voluntad de acuerdo. Por otro lado, el apoyo prestado por
el ejecutivo argelino a la independencia del Sáhara Occidental
ha alcanzado un nivel casi sin precedentes. Dado que la Argelia posterior
al la guerra civil ha aumentado su prestigio internacional y su poder en
la zona –literalmente impulsada por la venta de hidrocarburos–, el Polisario
está cada vez más convencido de que se ha aliado con la potencia
emergente en el norte de África. Además, el Polisario no
ha interpretado la oferta de autonomía de Marruecos como una declaración
de paz sino como el gesto desesperado de un ocupante que lentamente está
perdiendo el control de la situación. El Sáhara Occidental está experimentando una prolongada guerra de desgaste a nivel diplomático. De hecho, el proceso de paz se ha deteriorado de manera significativa en los últimos años. Las negociaciones, o incluso admitir la existencia de algún indicio que refleje una cierta iniciativa, representarían un gran avance en este momento. Ninguna de las partes ha estado dispuesta a dialogar, ni siquiera en las circunstancias más discretas y menos comprometidas. La actitud fundamental de ambos bandos refleja la opinión de Foucault según la cual “la política es un modo de continuar la guerra por otros medios”. El estancamiento actual en las negociaciones demuestra que las partes se resisten a “perder su prestigio” a cambio de obtener algún beneficio mediante el compromiso. El Polisario desea que Marruecos acepte los principios del plan Baker de 2003 –incluyendo un referéndum sobre la independencia– antes de poder comenzar las negociaciones. Marruecos afirma que sólo está dispuesto a entablar unas negociaciones sin condiciones previas, pero Rabat no acepta discutir acerca de un referéndum sobre la independencia. Así pues, desde el punto de vista del Polisario, las negociación con Marruecos “sin condiciones previas” implica de manera implícita una condición inicial: el Polisario debe retirar la autodeterminación de la mesa de negociaciones. De acuerdo con la historia y la realidad sobre el terreno, la probabilidad de que cualquiera de las partes haga una concesión básica, tan sólo para poder dar inicio a las negociaciones, es nula. En la actualidad resulta evidente que el mensaje implícito en el modo de actuar de la ONU respecto al Sáhara Occidental es persuadir al Polisario para que abandone la idea de una votación sobre la independencia. Esto es técnicamente imposible según el derecho internacional, pues sólo los saharauis pueden, mediante un referéndum, renunciar a su derecho de autodeterminación. Sin embargo, el anterior Secretario General de la ONU, Kofi Annan, se atrevió a sugerir que el derecho de autodeterminación es una prerrogativa del Consejo de Seguridad. En su último informe sobre el Sáhara Occidental de octubre de 2006, Annan advirtió que “sería prudente que el Polisario entrase en negociaciones ahora que todavía el Consejo está de acuerdo en aceptar que una solución política negociada puede hacer posible la autodeterminación del pueblo del Sáhara Occidental”. Pero el Polisario no está por la labor ni está dispuesto a hacer más concesiones. El movimiento para la independencia del Sáhara Occidental ya aceptó un referéndum en el marco del plan Baker de 2003, el cual estaría dominado por los colonos marroquíes. De hecho, todas las concesiones importantes en este proceso de paz las ha hecho el Polisario: desde los criterios para registrar a los votantes que participarían en el referéndum hasta la aceptación de vivir bajo una autonomía marroquí durante cuatro años antes del referéndum. Los representantes del movimiento afirman con razón que no pueden hacer más concesiones. Lo único en lo que no han transigido es el núcleo fundamental de las tesis del Polisario: el derecho a una votación sobre la independencia. Abandonar la idea de la autodeterminación deslegitimaría por completo al Polisario frente a sus miembros y a quienes lo apoyan a nivel internacional. Si ya es poco probable un compromiso por parte de Marruecos o del Polisario, la opción de la autonomía es imposible. La negociación de la autonomía
también necesitará conversaciones secretas para que nadie
“pierda su prestigio”. Una vez más, el problema es que los líderes
del Polisario no están dispuestos ni son capaces de entrar en tales
negociaciones. No es probable que ningún pacto “por debajo de la
mesa” sobre la autonomía reciba el apoyo de los nacionalistas del
Sáhara Occidental, sobre todo en los campamentos. La mayoría
de los nacionalistas saharauis sigue pensando que fue peligroso aceptar
el plan Baker de 2003 y que sólo valió la pena porque Marruecos
lo rechazó de un modo tajante. Sin embargo, muchos nacionalistas
aseguran que el plan Baker fue el último y definitivo compromiso.
Si ése es el límite de las concesiones del Polisario, entonces
no deberíamos tener muchas esperanzas en la autonomía. Los desafíos de la autonomía
no sólo se producen en la fase de negociación. Ambas partes
también tienen razones para preocuparse Sin embargo, la cuestión clave es si la comunidad internacional, sobre todo el Consejo de Seguridad, está dispuesta a apostar por el tipo de proyecto multinacional para construir la paz que un acuerdo de autonomía podría garantizar. Nadie está hablando de cómo conseguir que Marruecos y el Polisario trabajen juntos después de treinta años de desconfianza mutua. Luego están los aspectos coercitivos para poder poner en marcha la autonomía: ¿será necesaria una fuerza internacional para mantener la paz si los separatistas saharauis organizan una insurrección y los colonos marroquíes crean escuadrones de la muerte? Así pues, la aplicación de la autonomía implica tener en cuenta muchos aspectos no determinados de antemano y la posibilidad factible –sino la aplicación real– del uso de la fuerza por parte de la comunidad internacional. Para que la autonomía funcione en el Sáhara Occidental debe darse una buena voluntad a tres bandas que hasta la fecha no ha existido: la de Marruecos, la del Polisario y la del Consejo de Seguridad. En 2003, Baker pidió al Consejo
de Seguridad que aprobase su propuesta poder tener un mandato y ejercer
cierta presión. En vez de eso, obtuvo un débil apoyo después
de que Marruecos protestara directamente a Francia y los Estados Unidos.
¿Surgirá de pronto en el Consejo de Seguridad la voluntad
para presionar a favor de la autonomía en el Sáhara Occidental?
Si esto es así, se plantea la siguiente pregunta: ¿Por qué
rechazar la autodeterminación argumentando que requiere el uso
de la fuerza cuando ocurre lo mismo en el caso de la autonomía?
La autonomía del Sáhara Occidental es, después de
todo, una solución mucho más complicada de aplicar que la
independencia. El problema del Sáhara Occidental no es que la anexión marroquí sea un hecho consumado, lo cual es uno de los principales supuestos que manejan los defensores de la autonomía. En cambio, la realidad incuestionable es que el nacionalismo en el Sáhara Occidental está creciendo en vez de disminuir. Treinta años de exilio (para los refugiados saharauis en Argelia) y marginación socioeconómica (para los saharauis bajo gobierno marroquí) han fortalecido su voluntad en lugar de debilitarla. En las calles del Sáhara Occidental aumenta día a día la dialéctica de la violencia. Las protestas se enfrentan a la represión, ésta a las contraprotestas y éstas, a su vez, a las represalias policiales, en un círculo sin fin. ¿Cuánto tiempo más podrán los líderes del Polisario justificar ante sus bases, sin perder toda su credibilidad, el mantenimiento de un alto el fuego que muchos nacionalistas consideran ya inútil? Tarde o temprano, la comunidad internacional deberá afrontar este hecho, o ellos la obligarán a hacerlo. Podemos intervenir de manera realista o podemos, fingiendo ignorancia, permitir que otro conflicto africano olvidado se deteriore ante nuestros propios ojos. La política de “la opción menos mala” en el Sáhara Occidental ya ha dejado de funcionar. Ha llegado el momento de un nuevo enfoque. El Consejo de Seguridad debe hacer frente a la ocupación marroquí del Sáhara Occidental y acabar con ella de manera legal y práctica, empleando las armas de la no violencia a su disposición. Sólo existe una opción para solucionar de un modo pacífico y justo el conflicto en el Sáhara Occidental. Estados clave, como el gobierno de los Estados Unidos, deben abandonar su discurso de apoyo a la autodeterminación sin adoptar medidas significativas. Se debe presionar sobre Marruecos a nivel internacional para que permita y respete que la población nativa del Sáhara Occidental se pronuncie con respecto a la autodeterminación. Ya que Marruecos se muestra muy sensible en relación a su imagen internacional, la única arma necesaria es la de la vergüenza. Al mismo tiempo, sin embargo, la estabilidad y la reforma internas en Marruecos deberían ser apoyadas con palabras y hechos. Así pues, el gobierno de los
Estados Unidos debería orientar sus relaciones con Marruecos por
dos vías distintas: apoyar la autodeterminación en el Sáhara
Occidental por un lado, mientras apoya la estabilidad y las reformas en
Marruecos por el otro. En otras palabras, Washington debería desvincular
el apoyo a Rabat del apoyo a la ocupación del Sáhara Occidental.
El Congreso de los Estados Unidos debería reafirmar su apoyo a
las iniciativas estadounidenses destinadas a apoyar los procesos de estabilidad
y democracia interna en Marruecos. Pero el Congreso debería presionar
a su vez a la Casa Blanca para apoyar la autodeterminación en el
Sáhara Occidental. Nada de esto, sin embargo, será posible
sin una voluntad política. Las organizaciones internacionales de
base y las de carácter social y religioso deberán concienciar
más ampliamente del problema a los Estados Unidos. Este tipo de presión
ayudó a acabar de manera pacífica con el apartheid en Sudáfrica
y fue la clave para poner fin a la ocupación indonesia de Timor
Oriental. BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
- Alejandro García, Historias del Sáhara , La Catarata, Madrid, 2001. NOTAS.- [1] Traducción y adaptación del artículo aparecido en: http://www.counterpunch.org/mundy04272007.html [2] Jacob Mundy es coautor, junto a Stephen Zunes, de Western Sahara: War, Nationalism and Conflict Irresolution , Syracuse University Press, y de numerosos artículos relacionados con el tema. Entre 1999 y 2000 trabajó como voluntario en Marruecos y ha cursado estudios sobre Oriente Medio en la Universidad de Washington (Seattle, EE.UU) y en la de Exeter (Devon, Reino Unido). (Nota de la Redacción). [3] Como se recordará, en mayo de 2003 se produjeron una serie de atentados con bomba en la ciudad de Casablanca, en los que murieron al menos 39 personas y más de 65 resultaron heridas. (Nota de la Redacción). [4] Aliado importante extra-OTAN (en inglés, Major non-NATO ally; o su acrónimo MNNA) es una designación dada por el gobierno de los Estados Unidos a un grupo de países aliados que mantienen una estrategia de trabajo con las fuerzas norteamericanas, pero no son miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Ser elevado al estatus de MNNA no incluye automáticamente un pacto de defensa colectiva con los Estados Unidos, aunque brinda ciertas ventajas militares y financieras que de otra forma no podrían ser obtenidas por naciones que no pertenecen a la OTAN. (Nota de la Redacción). [5] El Estado federal simétrico se caracteriza porque el tipo de relación que une a todos los Estados federados con el poder central es idéntico. No admite relaciones bilaterales que busquen configurar un estatus particular y privilegiado para algunos de los Estados federados. En contraste, el federalismo asimétrico dispone de un Estado en el que hay uno o varios territorios con más atribuciones que el resto. (Nota de la Redacción). A Portada |
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