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Estimados
lectores:
Las luchas por la
independencia política de las distintas naciones del mundo islámico
han sido una constante a lo largo de los últimos cien años,
y en particular después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los
pueblos musulmanes gritaron al unísono contra una colonización
que ya no era justificable desde ningún punto de vista. Sin embargo,
aunque el colonialismo ha pasado a formar parte de la historia en casi todo
el mundo islámico, todavía existen territorios de la ummah
sometidos a la dominación colonial al más puro estilo decimonónico.
En el número
de Alif Nûn de este mes analizamos dos de estos casos en los que
la comunidad internacional y sus instituciones no han sido capaces de afrontar
este problema, debido a que, por desgracia, están en juego intereses
geoestratégicos y económicos mucho más prioritarios
que el derecho a la autodeterminación de los pueblos, el cual está
reconocido por el derecho internacional. En el primero de nuestros artículos
nos detendremos en el caso del Turquestán Oriental, territorio habitado
desde tiempo inmemorial por pueblos de origen turco y que desde hace siglos
se ha convertido en el objetivo del expansionismo chino. El texto repasa
los antecedentes históricos de este conflicto casi olvidado y describe
la situación actual y las posibles soluciones a la misma. En nuestro
segundo artículo nos adentramos en el Sáhara Occidental,
un territorio ocupado por el reino de Marruecos desde 1975. En este caso,
el autor analiza el conflicto en el marco de la geopolítica internacional
y examina el duro proceso de negociación entre las partes que se
ha venido desarrollando a lo largo de las últimas décadas.
Los otros dos artículos
del número de este mes los dedicamos a un país del mundo
islámico que nunca ha sido colonizado pero que, paradójicamente,
permanece atrapado por su propia historia. Nos estamos refiriendo a Irán,
una nación que se vio zarandeada por una occidentalización
encarnada en la persona del Shah e impuesta desde arriba, y que más
tarde sufrió la reacción de un pueblo hastiado y de un estamento
religioso que aprovechó el descontento para hacerse con el poder.
El primero de los artículos explica las razones que, en opinión
del autor, han permitido sobrevivir a la Republica Islámica de Irán
durante estos últimos treinta años. Para acabar, el último
texto estudia en profundidad la situación creada en Irán tras
las últimas elecciones y analiza la fractura producida dentro del
régimen y las distintas corrientes políticas que lo representan.
No quisiéramos terminar
estas líneas sin felicitar muy cordialmente a todos los musulmanes
que celebrarán el ayuno de ramadán dentro de muy poco. Nuestro
próximo número de Alif Nûn será publicado, Dios
mediante, el próximo mes de septiembre. Hasta entonces, nos despedimos
de ustedes y les deseamos unas muy felices vacaciones estivales.
La Dirección
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Si tuviera que informar de que
un país musulmán –ligeramente más pequeño que
Irán, pero aún así tres veces más grande que
Francia, y afortunado por contar con unas abundantes reservas de petróleo,
una rica cultura y una larga vinculación con el Islam– está
sufriendo un brutal tormento, tendrían razones para mostrarse preocupados,
tanto más cuanto que les resultaría difícil saber
a qué país me estoy refiriendo. Esta es, de hecho, la mayor
tragedia del Turquestán Oriental ocupado por los chinos, cuyo territorio
limita al este con China, al sur con el Tibet y al oeste con Pakistán
y los nuevos estados de Asia Central que surgieron de la dominación
rusa.
Por varias razones, entre otras
por la influencia de algunos de sus más famosos defensores, oímos
hablar casi todos los días sobre el trato infligido a los nativos
de algunos lugares como el Tibet. Sin embargo, resulta inexcusable nuestra
falta de atención hacia el Turquestán Oriental. A causa de
más de medio siglo de control comunista sobre Asia Central, un tupido
velo de ignorancia ha cubierto esta parte de la Ummah (comunidad islámica
mundial), incluso para muchos musulmanes.
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En los últimos años,
el gobierno marroquí ha defendido la idea de una autonomía
como solución a su disputa territorial con los partidarios de la
independencia del Sáhara Occidental. Rabat ha dicho que estaría
dispuesta a considerar un gobierno autónomo en el Sáhara
Occidental elegido a nivel local, el cual actuaría de forma independiente
con respecto al gobierno central, aunque sometido en última instancia
a la soberanía de Marruecos. Por su parte, el movimiento para la
independencia del Sáhara Occidental ha rechazado la autonomía
y continúa reclamando el derecho a la autodeterminación, el
cual se ejercería a través de un referéndum sobre el
estatus definitivo entre los indígenas étnicamente saharauis
del territorio.
Existe un amplio
consenso internacional, tanto político como jurídico, que
apoya el derecho a la autodeterminación de las antiguas colonias
europeas. Este consenso se aplicó muy recientemente en Timor Oriental.
El Sáhara Occidental, como Timor Oriental, fue una colonia europea
hasta mediados de la década de 1970. En 1975, el Tribunal Internacional
de Justicia adoptó una decisión que marcaba un precedente,
desestimando las reclamaciones históricas de Marruecos sobre el Sáhara
Occidental y apoyando el derecho de los saharauis a la autodeterminación.
Tanto el Consejo de Seguridad de la ONU como el Secretario General han reiterado
su apoyo a una solución que facilite la autodeterminación.
Esto supondría una votación que incluyera la opción
de la independencia, aunque no quedara limitada a esta única posibilidad.
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La defunción de la
República Islámica de Irán fue pronosticada incluso
antes de su nacimiento. Durante los agitados meses de 1979, antes de que
se declarara oficialmente la República Islámica, muchos iraníes
y extranjeros –tanto académicos como periodistas, participantes como
observadores, conservadores como revolucionarios– pronosticaron con convicción
su inminente desaparición. Considerando cada protesta callejera, cada
huelga y cada conflicto provincial como un presagio de su inevitable caída,
daban al nuevo régimen unos pocos meses de vida o, en el mejor de
los casos, unos pocos años.
Tales predicciones eran comprensibles. Después de todo, Irán
–por no decir la historia del mundo– ha producido pocas teocracias completamente
maduras. Regímenes que a menudo pasaban por ser teocracias, después
de un examen más detallado han resultado no serlo. La Inglaterra
de Cromwell estaba controlada por los generales y la aristocracia terrateniente.
Eran los príncipes, y no los predicadores, quienes gobernaban los
estados luteranos. Incluso la Ginebra de Calvino, uno de los primeros estados
totalitarios, estaba administrada por juristas laicos, en lugar de seminaristas.
Además, pocos en 1979 podían contemplar la posibilidad de
que clérigos formados en el seminario pudieran administrar un país
que había experimentado medio siglo de moderno desarrollo y que era
el hogar de cientos de miles de ingenieros, doctores, científicos,
funcionarios, profesores y trabajadores de la industria. ¿Cómo
podrían los mullahs, imbuidos por los escritos esotéricos
medievales, ocuparse de los formidables problemas del siglo XX? No hacía
falta ser trotskista en 1979 para pensar que la caída del Shah prepararía
el terreno, de manera rápida e inevitable, para una más profunda
“revolución permanente”.
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La mañana siguiente a las
elecciones presidenciales del 12 de junio en Irán, los iraníes
encendieron sus ordenadores para buscar Fars News, el portavoz en Internet
del aparato de seguridad de la República Islámica, anunciando
el amanecer de una “tercera revolución”. Muchos iraníes de
a pie y muchos expertos occidentales habían adoptado ya este lenguaje
efectista para describir las crecientes manifestaciones callejeras contra
la declaración del Ministro del Interior en la cual anunciaba que
Mahmud Ahmadineyad, el presidente en funciones, había recibido el
64% de los votos, frente al 34% de su principal oponente, Mir Hossein Musavi.
Aunque algunos de sus comentarios eran de los más amargos, los editores
de Fars News no hacían referencia ni a las protestas, ni a la gente
en las calles, ni a la posibilidad de que los disturbios pudieran hacer
caer la República Islámica. En lugar de eso, los editores
opinaban sobre la reorientación radical de la política iraní
tan deseada por ellos. Esta reorientación podría completar
la eliminación de la vieja guardia, como ocurrió durante la
“primera revolución” de 1978-1979, y consolidar el control de los
inflexibles partidarios de la línea dura, como ocurrió durante
la “segunda revolución”, simbolizada en la toma de la embajada de
los Estados Unidos en 1979.
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Toda fe es falsa,
toda fe es cierta:
La verdad es el espejo roto
En mil pedazos y cada uno cree
Que su pedazo contiene el todo.
_Sir Richard Burton
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Casida
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