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SUFISMO EN PAKISTÁN:
LA OTRA CARA DEL ISLAM [1] Nicholas Schmidle [2] En el abrasador desierto del sur de Pakistán, el aroma del agua de rosas se mezclaba con una ráfaga de humo de hachís. Los tambores resonaban a lo lejos, tocados por celebrantes vestidos de rojo que empujaban a través de la multitud a un camello engalanado con guirnaldas y pañuelos multicolores. Un hombre pasó por delante, sonriendo y bailando, con su rostro brillando como la cúpula dorada de un santuario cercano. “¡Mast Qalandar !”, gritó. “¡El éxtasis de Qalandar!” El camello llegó a un patio repleto
de cientos de hombres que saltaban con las manos en alto y gritaban “¡Qalandar!”,
en referencia al Me detuve a la entrada del patio y le pedí a un joven llamado Abbas que me explicara aquel baile llamado dhamaal. Aunque el baile es fundamental en la tradición islámica conocida como sufismo, el dhamaal es característico de algunos sufíes del sur de Asia. “Cuando un yinn infecta un cuerpo humano –dijo Abbas, refiriéndose a uno de los espíritus que pueblan el universo islámico, conocidos en Occidente como ‘genios’– el único modo de deshacerse de él es venir aquí y hacer dhamaal.” Una mujer con los ojos cerrados se tropezó frente a nosotros, desmayándose a nuestros pies. Abbas no pareció darse cuenta, por lo que yo intenté hacer lo mismo. “¿Qué pasa por tu cabeza cuando estás haciendo dhamaal?”, le pregunté. “Nada. No pienso”, me dijo. Algunas mujeres corrieron hacia nosotros, vaciaron una botella de agua sobre el rostro de la mujer semiconsciente y abofetearon sus mejillas. Ella se incorporó y regresó a bailar entre la multitud. Abbas sonrió. “Durante el dhamaal, sólo siento las bendiciones de Lal Shahbaz Qalandar derramándose sobre mí.” Cada año, varios cientos de miles de sufíes se reúnen durante tres días en Seh-wan, una ciudad del sureste de Pakistán, en la provincia de Sind, en un festival que recuerda la muerte de Lal Shahbaz Qalandar en 1274. Qalandar, llamado así por casi todos, pertenecía al elenco de místicos que consolidó la influencia del Islam en esta región; las dos provincias más pobladas de Pakistán, Sind y Panyab, están salpicadas por una multitud de santuarios dedicada a estos hombres. Los sufíes viajan de un santuario a otro a los festivales conocidos como urs, palabra árabe que significa “matrimonio” y simboliza la unión entre los sufíes y lo divino. El sufismo no es una rama del Islam, como el chiísmo o el sunnismo, sino más bien el lado místico del Islam –un enfoque basado en la experiencia personal de Allah que contrasta con el enfoque legal y doctrinal de fundamentalistas como los talibanes. Existe en todo el mundo musulmán (quizá sea más visible en países como Turquía, donde los derviches giróvagos representan un estilo de sufismo), [4] y sus millones de seguidores generalmente abrazan el Islam como una experiencia religiosa, no social o política. Los sufíes representan la fuerza autóctona más poderosa en contra del fundamentalismo islámico. Sin embargo, los países occidentales suelen subestimar su importancia, a pesar de que, desde 2001, Occidente ha gastado millones de dólares en diálogo interreligioso, campañas públicas y otras iniciativas para hacer frente al extremismo. Los sufíes son especialmente importantes en Pakistán, donde grupos inspirados en los talibanes amenazan el orden social, político y religioso imperante. Pakistán, separado de la India en 1947, fue la primera nación moderna fundada sobre la base de la identidad religiosa. Cuestiones relacionadas con esa identidad han provocado desacuerdos y violencia desde entonces. ¿Fue Pakistán un Estado creado para los musulmanes, gobernado por instituciones civiles y leyes laicas? ¿O es un Estado islámico, gobernado por clérigos según la sharia o ley islámica? Los sufíes, con sus creencias ecuménicas, por lo general están a favor del primer modelo, mientras que los talibanes, en su lucha por establecer una ortodoxia extrema, ambicionan el segundo. Los talibanes tienen armas antiaéreas, lanzagranadas y escuadrones de hombres-bomba suicidas. Pero los sufíes tienen tambores...e historia. Pregunté a Carl Ernst, autor de varios libros sobre sufismo [5] y profesor de Estudios Islámicos en la Universidad de Carolina del Norte, en Chapel Hill, si pensaba que los sufíes de Pakistán podrían sobrevivir a la ola de Islam militante que está barriendo Oriente desde la región fronteriza de Afganistán. Me contestó en un correo electrónico que “el sufismo ha formado parte del entramado vital en la región de Pakistán durante siglos, mientras que los talibanes representan un fenómeno muy reciente y poco arraigado. A largo plazo, apostaría por los sufíes.” Este verano (2008) los talibanes reunieron a unos pocos cientos de personas en las áreas tribales de Pakistán para que presenciaran unas decapitaciones. En agosto, mas de trescientos mil sufíes se hicieron notar para rendir homenaje a Lal Shahbaz Qalandar. Qalandar era un asceta; vestía harapos y se ataba una roca alrededor del cuello para permanecer constantemente inclinado ante Allah. Su verdadero nombre era Usman Marwandi; “Qalandar” era un sobrenombre honorífico usado por sus seguidores para indicar su elevado rango en la jerarquía de los santos. Viajó desde un suburbio de Tabriz, en el actual Irán, hasta Sind a comienzos del siglo XIII. El resto de su biografía permanece oscura. ¿Y a que responde la palabra lal (“rojo”), que aparece en su nombre? Algunos dicen que tenía el pelo castaño rojizo, otros creen que a veces vestía una túnica roja y, por último, otros afirman que en una ocasión se abrasó mientras meditaba encima de una olla de agua hirviendo. Cuando emigraba hacia Sind, Qalandar se unió a otros místicos que huían de Asia Central debido al avance de los mongoles. Muchos de estos místicos se asentaron temporalmente en Multan, una ciudad en el centro del Panyab que llegaría a ser conocida como la “ciudad de los santos”. El ejército árabe había conquistado Sind en el 711, cien años después de la fundación del Islam, pero los árabes estaban más preocupados en construir un imperio que en las conversiones religiosas. Qalandar se asoció con otros tres predicadores itinerantes para promover el Islam entre una población de musulmanes, budistas e hindúes. Los “cuatro amigos”, como llegaron a ser conocidos, enseñaban el sufismo. Renunciaron a los sermones sobre el castigo del infierno, y en lugar de obligar a convertirse a los seguidores de otras religiones, a menudo incorporaban las tradiciones locales a sus propias prácticas. “Los sufíes no predicaban el Islam como lo hacen hoy los mullahs”, dice Hamid Akhund, un antiguo secretario de turismo y cultura en el gobierno de Sind. Qalandar “jugaba un papel integrador”, dice Ghulam Rabbani Agro, un historiador de Sind que ha escrito un libro sobre Qalandar. “El deseaba hacer la religión más agradable.” Cuando los “amigos” y otros santos murieron, sus tumbas-santuarios empezaron a atraer a legiones de seguidores. Los sufíes pensaban que sus descendientes, conocidos como pirs o “guías espirituales”, heredaban algunos de los carismas de los santos y de su especial capacidad para acceder a Allah. Los “clérigos ortodoxos”, o mullahs , consideraban heréticas tales creencias, un rechazo del credo islámico básico: “No hay más Dios que Dios y Muhammad es su Profeta”. Mientras los pirs animaban a sus seguidores a ocuparse de Allah en un sentido místico y a saborear la belleza de los aspectos poéticos del Corán, los mullahs solían instruir a sus seguidores en la memorización del Corán y en el estudio de los dichos del Profeta, conocidos en general como Hadiz. Mientras que la tensión entre sufíes y otros musulmanes continuó a lo largo de la historia, en Pakistán, la dinámica entre los dos grupos ha entrado recientemente en un periodo intenso, con la proliferación de grupos militantes. Por ejemplo, hace tres años, unos terroristas atacaron un urs en Islamabad, matando a más de dos docenas de personas. Después de octubre de 2007, cuando la antigua primera ministro Benazir Bhutto –nacida en la provincia de Sind y con raíces sufíes– regresó del exilio, los terroristas trataron de asesinarla en dos ocasiones, lo cual consiguieron en diciembre. Mientras tanto, los talibanes continuaban su campaña de terror contra los militares pakistaníes y lanzaban ataques contra las principales ciudades. He visto a los extremistas muy de cerca; en el invierno de 2007 viajé por todo el noroeste de Pakistán durante tres meses, informando sobre el nacimiento de una nueva generación de talibanes considerablemente más peligrosa. En enero de 2008, dos días después de que el reportaje se publicara en el New York Times Magazine, fui expulsado de Pakistán por viajar sin la autorización del gobierno a zonas donde se mantenía aislados a los talibanes. El mes siguiente, el partido político de Bhutto arrasó en las elecciones nacionales, anunciando el ocaso del gobierno militar de Pervez Musharraf. Se daba una extraña coincidencia: el regreso de la democracia y el ascenso de los talibanes. En agosto, obtuve otro visado del gobierno pakistaní y regresé a ver cómo se las arreglaban los sufíes. Durante la cena en un hotel de Karachi, Rohail Hyatt me dijo que “el mullah de hoy en día es una leyenda urbana” y que estos clérigos autoritarios “siempre han estado en guerra contra los sufíes”. Hyatt, como sufí, es también uno de los iconos pop de Pakistán. Vital Sings, fundado en 1986, se convirtió en grupo de rock más importante del país a finales de los años ochenta. En 2002, la BBC consideró que Dil, Dil Pakistan (“Corazón, corazón Pakistán”), éxito del grupo en 1987, era la tercera canción más popular de todos los tiempos. Pero Vital Sings se separó en 1997 y su líder y cantante Junaid Jamshed, viejo amigo de Hyatt, se hizo fundamentalista y consideró que esa música no era islámica. Hyatt observó con desconsuelo como su amigo adoptaba los rituales, la doctrina y las posturas intransigentes expuestas por los mullahs urbanos, quienes, en opinión de Hyatt, “creen que nuestra identidad está determinada por el Profeta”, y no tanto por Allah. De este modo, equivocadamente, juzgan la devoción de un hombre hacia el Islam por signos externos como la longitud de su barba, el largo de sus pantalones (el Profeta llevaba los suyos por encima de los tobillos, por comodidad en el desierto) o el tamaño de la marca sobre su frente (producto de un rezo continuo e intenso). “Estos mullahs juegan con los miedos de la gente”, dice Hyatt. “‘Aquí está el cielo, aquí el infierno. Yo puedo llevarte al cielo. Haz exactamente lo que yo te diga.’” No había sido capaz de encontrar una definición clara y sucinta del sufismo en ningún sitio, por eso le pedí una a Hyatt. “Puedo explicarte qué es el amor hasta cansarme. Puedo emplear dos semanas en explicártelo todo –dijo–, pero no hay modo de que pueda hacer que lo sientas, hasta que tú mismo no lo sientas. El sufismo provoca esta emoción en ti, y mediante ese proceso, la experiencia religiosa se vuelve totalmente diferente: es una paz total y absoluta. Hyatt es ahora el director musical para Coca-Cola en Pakistán, y espera poder usar algo de la influencia cultural de esta compañía –y conseguir algo de su dinero– para transmitir el mensaje de moderación y unidad del sufismo al público urbano. (El solía trabajar para Pepsi, pero –dijo– Coca-Cola es “algo más sufí”). Recientemente ha producido una serie de actuaciones en directo que unen a intérpretes de rock con cantantes tradicionales de qawwali , la música sagrada de los sufíes del sur de Asia. [6] Una de las canciones qawwali más conocidas se titula Dama dum mast Qalandar, o “Cada aliento es para el éxtasis de Qalandar”. Varios políticos también han intentado divulgar el sufismo, con suerte dispar. En 2006, cuando Musharraf se enfrentaba a los desafíos políticos y militares de los renacidos talibanes, fundó un Consejo Nacional Sufí para promover la música y la poesía sufíes. “Los sufíes siempre se han esforzado en promover el amor y la unión de la humanidad, no la desunión y el odio”, dijo en ese momento. Pero las intenciones de Musharraf no se consideraron sinceras. Hamid Arkhun me dijo que “el general esperaba que, como el sufismo y la devoción a los lugares sagrados son un factor común de la vida rural, él podría explotarlos. Pero no pudo.” Akhund ironizó con el hecho de que el gobierno centralizado y militar intentará instrumentalizar un fenómeno descentralizado como el sufismo. El Consejo Sufí ya no permanece activo. [7] La familia Bhutto –y, de manera más llamativa, Benazir y su padre, Zulfikar Ali Bhutto– pudo canalizar mucho mejor el apoyo sufí, entre otras cosas porque su lugar de origen es la provincia de Sind y porque considera a Lal Shahbaz Qalandar como su santo patrón. A juicio de Oskar Verkaaik, experto de la Universidad de Ámsterdam, la última morada de Qalandar se convirtió en “el centro geográfico [más importante] de la espiritualidad política de los Bhutto.” Tras fundar el Partido del Pueblo Pakistaní, Bhutto fue elegido presidente en 1971 y primer ministro en 1973. (Fue derrocado por un golpe de Estado en 1977 y ahorcado dos años después). Cuando Benazir Bhutto inició su primera campaña para primera ministro, a mediados de los ochenta, sus seguidores la recibían con el canto Benazir Bhutto mast Qalandar (“Benazir Bhutto, el éxtasis de Qalandar”). El pasado 2007, cuando regresó a Pakistán del exilio impuesto por Musharraf, fue recibida como una heroína, sobre todo en Sind. En Yamshoro, una ciudad a casi tres horas
al norte de Karachi, conocí a un poeta de Sind llamado Anwar Sagar.
Su oficina fue incendiada durante los disturbios que siguieron al asesinato
de Benazir Bhutto. Más de seis meses después, los escaparates
rotos seguían sin reparar y cubiertos de polvo. “Toda la familia Bhutto
posee el espíritu de Qalandar”, me dijo Sagar. “El mensaje de Qalandar
era la creencia en el amor y en Dios.” Extrajo de su maletín un poema
que había escrito justo después del asesinato de Bhutto. Tradujo
los últimos versos: Ella se elevó por encima del Himalaya “¿Y quién es el siguiente en este linaje?”, pregunté. ¿Está toda la familia Bhutto destinada a heredar el espíritu de Qalandar? “Este es sólo el principio para Asif”, dijo Sagar, refiriéndose a Asif Ali Zardari, el viudo de Benazir Bhutto, quien fue elegido presidente de Pakistán en septiembre pasado (2008). “De modo que todavía no ha alcanzado el nivel de Qalandar. Pero tengo una gran esperanza de que Bilawal –el hijo de Bhuto y Zardari, de 20 años de edad, quien ha sido elegido para liderar el Partido del Pueblo Pakistaní, después de que termine sus estudios en la Universidad de Oxford, en Inglaterra– pueda llegar a ser otro Qalandar.” Musharraf, el general que tomó
el poder con el golpe de Estado de 1999, dimitió del cargo coincidiendo
con mi viaje más reciente. La Desde que he abandonado el país, la economía ha ido de mal en peor. El valor de la rupia ha caído casi un 25% con respecto al dólar. La escasez de electricidad provoca constantes apagones de más de 12 horas al día. Las reservas de divisas extranjeras se han desplomado porque el gobierno ha estado subvencionando los servicios básicos. Todos estos factores han contribuido al descontento popular con el gobierno, un sentimiento que los talibanes han explotado arremetiendo contra la evidentes deficiencias del régimen. En Karachi, el partido político local cubrió las paredes de los edificios, junto a las concurridas calles, de posters donde podía leerse: “Salvad vuestra ciudad de la talibanización”. Quizá el desafío más importante para el nuevo gobierno sea controlar a los servicios de inteligencia militar, sobre todo la Inter-Services Intelligence (ISI). El Partido del Pueblo Pakistaní ha sido considerado durante mucho tiempo como un partido anti-sistema, enfrentado a los servicios de inteligencia. El pasado julio, el Partido del Pueblo Pakistaní en el gobierno anunció que la ISI quedaría sometida a las ordenes del ministro de interior, en lugar de al ejército –unos días más tarde, bajo la presión de los militares, la orden fue revocada. Un presidente uniformado puede simbolizar una dictadura militar, pero los servicios de inteligencia militar en Pakistán, la ISI y la inteligencia militar (MI), son los verdaderos árbitros del poder. En agosto, se produjo lo que opino que fue una primera indicación de hasta donde podían llegar. Dos días después de que Musharraf abandonara su cargo, comencé mi viaje a Sehwan y al urs de Qalandar, junto al fotógrafo Aaron Huey, su esposa Kristin y un intérprete a quien es mejor no nombrar. Apenas habíamos abandonado el extrarradio de la ciudad de Karachi, cuando mi intérprete recibió una llamada telefónica de alguien que decía trabajar para la secretaría del ministerio del interior en Karachi. La persona que llamaba lo acribilló con preguntas sobre mí. El intérprete, sintiendo que algo extraño ocurría, colgó y llamó a la oficina de un burócrata de alto rango en el ministerio del interior. Una secretaria respondió al teléfono y, cuando le dijimos el nombre y el cargo que nos había dado la persona que nos llamó, se confirmaron nuestras sospechas: “No existen ni esa persona ni esa oficina.” La secretaria añadió: “Es probable que se trate de algún servicio de inteligencia.” Continuamos hacia el norte por la carretera,
hasta el corazón de Sind, donde los búfalos de agua se hundían
en embarrados canales y los camellos descansaban a la sombra de los árboles
del mango. Unas cuatro horas después, mi teléfono sonó.
El identificador de llamadas mostraba el mismo número de la supuesta
secretaría del ministerio de interior: “¿Hola?” Mi corazón se aceleró. Por mi mente desfilaron las imágenes de Daniel Pearl, el reportero del Wall Street Journal que fue secuestrado y decapitado por militantes islamistas en Karachi, en 2002. La última reunión de Pearl había sido con un terrorista que dijo ser asistente e intérprete. Mucha gente cree que los servicios de inteligencia militar estuvieron implicados en el asesinato de Pearl, pues él estaba investigando un posible vínculo entre la ISI y un líder yihadista relacionado con Richard Reid, el así llamado shoe bomber. [8] Mi teléfono volvió a sonar. Un reportero de Associated Press a quien conocía me dijo que sus fuentes en Karachi le habían informado de que los servicios de inteligencia estaban buscándome. Yo ya lo había supuesto ¿Pero qué querían? ¿y por qué pedían una cita pretendiendo ser una persona que no existe?
Otra llamada de teléfono,
esta vez de un amigo en Islamabad: “¡Tío, es bueno oír tu voz!” ¿Quién estaba difundiendo estas historias? ¿Y por qué? Con no pocas teorías de la conspiración sobre fatales “accidentes de coche” en los cuales se ven implicadas personas que no gozan del favor de los servicios de inteligencia, me tomé la difusión de estas historias como una seria advertencia. Pero el urs estaba a la vuelta de la esquina. Los cuatro decidimos por unanimidad que, habiendo recorrido medio mundo para ver el santuario de Lal Shahbaz Qalandar, haríamos lo imposible por llegar allí, incluso bajo protección policial. Después de todo, podríamos aprovecharnos de las bendiciones de Qalandar. Esa tarde, al ponerse el sol, me dirigí al intérprete esperando conocer su estado de ánimo. “Esto es realmente hermoso”, le dije. Él asintió, pero sus ojos permanecieron pegados a la carretera. “Por desgracia, el miedo arruina toda la belleza”, dijo. Por entonces ya podíamos ver autobuses atascados en la carretera, banderas rojas ondeando al viento y conductores apresurándose hacia el santuario de Qalandar. El ministro de transportes había anunciado que trece trenes se desviarían de sus rutas habituales para transportar a los fieles. Algunos de estos fieles incluso viajaban en bicicleta, con banderas rojas fijadas al manillar. Nos apresuramos camino abajo en compañía del policía que portaba el kalashnikov: una caravana de peregrinos armados. Los campamentos comenzaron a aparecer a unas cinco millas del santuario. Nuestro coche finalmente quedó atascado en medio de una marea humana, por lo que aparcamos y continuamos a pie. Las callejuelas que conducen al santuario me recordaban a una atracción de carnaval –un irresistible frenesí de luces, música y aromas. Caminé junto a un hombre que tocaba una flauta de encantador de serpientes. Las tiendas cubrían el callejón, con comerciantes en cuclillas detrás de montones de pistachos, almendras y dulces bañados en agua de rosas. Las luces fluorescentes brillaban como sables luminosos, dirigiendo a las almas perdidas hacia Allah. Grupos de hasta cuarenta personas se dirigían a la cúpula dorada del santuario portando grandes banderas con versículos coránicos. Seguimos a un grupo dentro de una carpa junto al santuario, repleta de bailarines y fieles tocando el tambor. Un hombre alto con un pelo rizado y grasiento que le llegaba hasta los hombros estaba tocando un tambor del tamaño de un barril, colgado de una correa alrededor de su cuello. La intensidad de sus ojos, iluminados por una simple bombilla que colgaba por encima de nuestras cabezas, me recordó a los gatos monteses que acechan a su presa durante la noche, en los programas sobre naturaleza que suelo ver en la televisión. Un hombre de blanco se abalanzó de manera llamativa hacia un claro en el medio de la multitud, se ató una faja naranja en torno a la cintura y comenzó a bailar. Pronto estuvo girando y sus miembros temblaban, pero con tal control que en un momento dado parecía que sólo estuviera moviendo los lóbulos de sus orejas. Las nubes de humo de hachís se extendían por la carpa y los tambores llenaban el espacio con una energía densa y absorbente. Dejé de tomar notas, cerré mis ojos y comencé a balancear mi cabeza. Cuando el tambor alcanzó un ritmo frenético, me dejé llevar inconscientemente hacia él. Poco después, me encontré en medio del círculo, bailando junto al hombre con los llamativos lóbulos de las orejas. “¡Mast Qalandar!”, exclamó alguien. La voz procedía justo de detrás de mí, pero sonaba distante. Todo parecía remoto, excepto el sonido del tambor y la agitación que recorría mi cuerpo. Con el rabillo del ojo, noté que el fotógrafo Aaron Huey se acercaba a grades zancadas en dirección al círculo. Dejó su cámara a Kristin, y en seguida su cabeza estaba girando, mientras agitaba su larga cabellera.
Después, uno de los hombres que había estado bailando en el círculo se acercó a mí. Se presentó como Hamid y dijo que había viajado más de quinientas millas en tren desde el norte de Panyab. Él y un amigo estaban cruzando el país, viajando de un santuario a otro, en busca del festival más apasionante. “Qalandar es el mejor”, dijo. Yo le pregunté por qué. “Él podía comunicarse directamente con Allah”, dijo Hamid. “Y hacía milagros.” Él se rió. “¿Qué clase de milagros?”, dijo. “¡Mire a su alrededor!” El sudor escurría por su bigote. “¿Acaso no ve la cantidad de gente que ha venido para estar con Lal Shahbaz Qalandar?” Eché un vistazo a los músicos, el dhamaal y la marea roja. Miré fijamente a Hamid y luego incliné ligeramente mi cabeza, reconociendo que él tenía razón. “¡Mast Qalandar
!”, dijimos. NOTAS.- [1] Traducción y adaptación del texto aparecido en Smithsonian Magazine , diciembre de 2008. (Nota de la Redacción). [2] Nicholas Schmidle escribe para el New York Times Magazine, Slate , The New Republic, Smithsonian Magazine y Virginia Quarterly Review, entre otras publicaciones. Ha vivido y trabajado como periodista en Pakistán durante dos años. Estudió en la James Madison University y la American University. (Nota de la Redacción). [3] El mosh pit es un tipo de baile moderno caracterizado por dar saltos y empujar a los otros bailarines, al ritmo de la música. (Nota de la Redacción). [4] Para más información sobre los derviches giróvagos y el fundador de esta orden, véase Carlos Jalil Bárcena, “ Danzar con el cosmos ”, en revista Alif Nûn nº 27, mayo de 2005; Muhammad Isa Waley, “Mawlana Yalal al-Din Rumi y la espiritualidad islámica”, en revista Alif Nûn nos 54 (noviembre de 2007) y 55 (diciembre de 2007) . (Nota de la Redacción). [5] Véase, por ejemplo, Carl Ernst, Sufismo, Oniro, Barcelona, 1999. (Nota de la Redacción). [6] Como ejemplo de este tipo de música, puede oírse, por ejemplo, Nusrat Fateh Ali Khan, A Sufi Supreme , Manteca, Gran Bretaña, 2003. (Nota de la Redacción). [7] Otros países, como Egipto, han intentado con más éxito someter ciertas formas de sufismo a la autoridad política. Para más información, véase Yamila Munqid, “ El Islam en el Egipto contemporáneo ”, en revista Alif Nûn nº 66, diciembre de 2008. (Nota de la Redacción). [8] El británico Richard Reid fue acusado en 2001 de intentar hacer estallar con explosivos escondidos en sus zapatos un avión que recorría la ruta París-Miami. (Nota de la Redacción). A Portada |
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