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PAKISTÁN:
UN TURBULENTO “PARAÍSO EN LA TIERRA” [1] Kamran Ali Asdar [2] Decenas de miles de personas han huido de sus hogares en la provincia pakistaní de la Frontera del Noroeste cuando el ejército ha puesto en marcha los ataques por tierra y aire para “eliminar y expulsar” al grupo islamista militante comúnmente conocido como Tehreek-e taliban, o talibanes de Pakistán. [3] El objetivo es el distrito fronterizo de Swat, un frondoso valle de montaña descrito como “el paraíso en la tierra” por los folletos turísticos de Pakistán, donde el gobierno provincial intentó aplacar a los talibanes aceptando la aplicación de la ley islámica (sharia). [4] El acuerdo de febrero, la normativa Nizam-e Adal, fue aprobada el 12 de abril por la cámara baja del parlamento pakistaní y firmada poco después por el presidente, Asif Zardari. Pero desde entonces los combates han continuado, y cada bando acusa al otro de violar la paz. De acuerdo con un clérigo cercano a los talibanes, las conversaciones sobre el valle de Swat con el gobierno provincial han quedado suspendidas desde el 27 de abril.
La reanudación de los combates resulta desconcertante, pues el acuerdo entre el gobierno provincial, liderado por el Awami National Party (ANP), y los talibanes iba a poner fin a la violenta confrontación de los islamistas con el ejército pakistaní y las fuerzas paramilitares que tiene lugar desde 2007. Los talibanes de Pakistán, como los milicianos del mismo nombre en Afganistán, proceden en su mayoría de la etnia pashtún, que históricamente ha dominado la Línea Durand, trazada por los británicos en el siglo XIX para separar la India británica de Afganistán. Algunos pueden haber luchado junto a los talibanes afganos al otro lado de la Línea, pero son pakistaníes y sus quejas se dirigen contra sus propios gobernantes locales y nacionales. En febrero, habiendo infligido numerosas bajas al ejército y tomado el control de las principales ciudades del valle de Swat, los talibanes obligaron a negociar al gobierno del ANP. Para iniciar el diálogo, las autoridades liberaron a Maulana Sufi Muhammad, a quien Musharraf había encarcelado después del 11 de septiembre de 2001, acusándolo de sedición. Sufi Muhammad, líder espiritual de los islamistas locales, es el fundador del Tehreek-e Nifaz-e Sharia-e Muhammadi, cuya traducción libre podría ser “Movimiento para la Aplicación de la Sharia”. Se cree que también mantiene una estrecha relación con los servicios de inteligencia pakistaníes desde principios de los noventa. Sufi Muhammad fue el firmante del acuerdo de primavera, ratificado por el parlamento y por Zardari. El documento garantiza el cese de las hostilidades y el establecimiento de tribunales islámicos en el valle de Swat. Aunque los detalles acerca de estos tribunales continúan debatiéndose, el Estado ha entregado de facto su autoridad en materia judicial, administrativa y de seguridad, incluidas las funciones policiales, a los grupos islamistas locales guiados por Sufi Muhammad, quien también resulta ser el suegro de Maulana Fazlullah, líder de las fuerzas talibanes en la región. La situación del acuerdo es incierta. Vale la pena recordar que Zardari lo paralizó durante dos meses después de recibir el visto bueno del ANP, diciendo que sólo lo firmaría cuando “el orden gubernamental haya sido establecido” en la Frontera del Noroeste. Tras su ratificación, unidades talibanes se desplazaron a los distritos vecinos del Bajo Dir y Buner, provocando las últimas incursiones del ejército. Islamabad parece estar reaccionando enérgicamente para contener a los talibanes del valle de Swat y la influencia pública de la sharia. Sin embargo, para los pakistaníes
resulta evidente que las negociaciones iniciales del ANP con los islamistas
se han llevado a cabo con La pregunta clave es, sin embargo, cómo
la Frontera del Noroeste, en su momento un centro de la política
nacionalista y de izquierdas, ha llegado a identificarse tan profundamente
con los movimientos islamistas radicales. Cómo se ha producido esta
transformación continúa siendo un capítulo no escrito
de la historia pakistaní. El destino del acuerdo en el valle de Swat
depende de hasta qué punto la transformación esté arraigada
en un sentimiento popular, aunque también depende de la habilidad
de los talibanes pakistaníes para defender las demandas de los habitantes
del valle de Swat, que en muchos aspectos pueden no tener nada que ver con
el Islam. La ironía es que el ANP es el descendiente directo de los destacados movimientos pashtunes nacionalistas y laicos. Abdul Ghaffar Khan, abuelo del actual líder del ANP, Asfandyar Wali, fue el fundador de los Red Shirts (“Camisas Rojas”), un movimiento no violento muy disciplinado que luchó por la independencia de la India frente a los británicos, en estrecha alianza con el Partido del Congreso de Nehru. En consecuencia, el joven Estado pakistaní lo acogió con muchas suspicacias. A comienzos de los años cincuenta, el National Awami Party, de carácter laico y liderado por el padre de Asfandyar, Wali Khan, era sinónimo de política entre los pashtunes, y poseía un carácter tan marcadamente nacionalista pashtún que el Estado lo acusaba de secesionismo cada cierto tiempo. El partido fue prohibido en 1974, después de que una bomba matara a un ministro pashtún del gabinete del primer ministro Zulfiqar Ali Bhutto. Más tarde, Wali Khan fue encarcelado por presunta sedición, lo cual condujo a que su esposa y otros crearan el ANP. Históricamente ha habido importantes lazos familiares y comerciales entre los pashtunes de la Frontera del Noroeste y los del otro lado de la frontera, en Afganistán. El gobierno afgano, desde la independencia de Pakistán en 1947, no reconoce la Línea Durand. A su vez, los pakistaníes sospechan que los afganos alientan las políticas secesionistas en territorio pakistaní. En ocasiones, esa solidaridad pashtún fue de hecho explotada por las fuerzas nacionalistas, llegando algunas a exigir la autonomía e incluso la independencia. Pero desde los años ochenta en adelante, los cuerpos de seguridad pakistaníes, acusados de dirigir una guerra encubierta contra la presencia soviética en Afganistán, fueron capaces de reunir a los pashtunes (incluyendo a los refugiados afganos) bajo la bandera de la resistencia islámica. En las últimas dos décadas, el Estado ha utilizado los símbolos islámicos y el discurso político para difundir dentro de sus fronteras un movimiento progresista, nacionalista y a veces separatista, y para hacer valer su influencia sobre Afganistán.
Aunque el ANP forjó una coalición con los islamistas en los años setenta, todavía resulta sorprendente ver a uno de los elementos más laicos de la política pakistaní al frente de un acuerdo con los talibanes. Es posible que los líderes del ANP estén aceptando la idea política según la cual la población se habría desplazado desde una postura nacionalista laica hacia una de carácter islamista (nacionalista). A pesar de su éxito electoral,
el ANP ha estado bajo una considerable presión en el valle de Swat
a lo largo de la última década. En los dos últimos
años, varios de sus diputados en las asambleas provinciales y nacionales
–todos ellos grandes terratenientes– han sido atacados (y, en algunos casos,
asesinados) por los talibanes de Pakistán. Muchos simpatizantes del
partido han huido o cambiado de bando como consecuencia de ello. Sin embargo,
la élite gobernante del ANP elegida para negociar con los talibanes
ha convertido el proceso de paz en un diálogo entre pashtunes. Aunque
no sea exactamente en sus propios términos, el ANP puede haber calculado
que, a largo plazo, podría mantener vivas sus credenciales nacionalistas
trabajando por un alto el fuego, llevando la paz a la región y asegurándose
de que no se derrame más “sangre pashtún”. Probablemente también exista una dimensión social del problema. Los talibanes han apelado claramente a los resentimientos anti-feudales latentes en el valle de Swat para reclutar a sus cuadros. Un puñado de familias poseen las plantaciones de frutales y las tierras de pasto para las vacas –que son las principales fuentes de sustento en el valle–, y a menudo acaban incumpliendo sus acuerdos con los arrendatarios. Los salarios de quienes trabajan en el campo son bajos. Parece que los grandes terratenientes (khanes) también poseen las concesiones de la madera de los bosques y los contratos para explotar las minas de piedras preciosas, donde además se emplea a la clase obrera del valle de Swat. Sea o no el “paraíso en la tierra”, el valle de Swat ha visto como un alto porcentaje de sus hombres en disposición de trabajar ha emigrado fuera desde los años cincuenta. La mano de obra del valle de Swat fue absorbida en la industria textil de Karachi y de otras ciudades, y después, durante los años setenta, se trasladó en masa a los estados del Golfo. Las familias de estos trabajadores al menos pueden contar con remesas de dinero para mejorar algo sus escasos ingresos. Pero los hombres que se quedan atrás, sin ninguna formación técnica ni educación, se enfrentan de hecho a unas sombrías perspectivas económicas. Hasta 1969, el valle de Swat fue gobernado como un principado sometido a un autocrático wali, perpetuando así la estructura administrativa establecida por los británicos. Aunque es recordado como alguien benevolente y progresista en sus políticas sociales, el wali mantenía un monopolio absoluto en materia fiscal y en la explotación de los recursos naturales y minerales. La clase alta se encargaba de recaudar los tributos y cada familia pagaba una elevada tasa de impuestos para llenar las arcas del Estado. El principado tenía sus propias leyes y también el privilegio de poseer un ejercito. De hecho, el wali tenía una guardia personal, una unidad de caballería y otra de artillería pesada. El deseo de autonomía por parte de los talibanes tiene un precedente. Puesto que la situación de los
pobres se agravó en la década de los sesenta, el valle de
Swat vio cómo los comunistas lideraban una En 1972, tras la independencia de Bangladesh, la Frontera del Noroeste fue gobernada por el National Awami Party , en coalición con un partido islamista, el Jamaat-e Ulama-e Islam . En esa época, Wali Khan era el líder del partido y el adversario político de Zulfiqar Ali Bhutto, el recién elegido primer ministro y padre de la difunta Benazir. [6] Algunos sostienen que Bhutto toleró el movimiento campesino porque contribuía a desestabilizar al gobierno provincial de sus oponentes políticos. Aunque los maoístas siempre negaron esta asociación, de hecho habían apoyado el predominio de Bhutto en la política pakistaní y tenían desacuerdos ideológicos con Wali Khan por la cercanía de éste a los grupos comunistas más pro-soviéticos. Sin embargo, el partido de Wali Khan, nacionalista y laico, se oponía firmemente a una lucha de clases basada en los campesinos. Se trataba de dividir al movimiento enfrentando a parte del campesinado sobre la base de la identidad política, planteando la cuestión de la solidaridad pashtún. La aristocracia rural, naturalmente, lo aplaudió. El gobierno provincial finalmente detuvo el radicalismo campesino creando una coalición de pequeños y grandes terratenientes. Como la economía rural en la Frontera del Noroeste había sido reorientada mediante la “revolución verde” hacia la producción de cultivos comerciales –tabaco, caña de azúcar y algodón–, incluso los pequeños y medianos propietarios habían prosperado junto a los khanes. Hubo algunas victorias menores de los campesinos y, por ejemplo, se revocó el derecho de los propietarios a desalojar a los arrendatarios. Sin embargo, en términos generales, permaneció el desequilibrio estructural entre terratenientes y campesinos sin tierra. Los remedios parciales para las periódicas
crisis económicas en el valle de Swat han fracasado hasta la fecha
a la hora de ofrecer oportunidades de ascenso social a los pobres de la
región. Sería una falacia decir que toda la militancia actual
en la región proviene del odio entre clases sociales. Sin embargo,
no es una coincidencia que los talibanes pakistaníes se hayan centrado
en los grandes terratenientes, recaudando impuestos por la explotación
de las minas de piedras preciosas y obligando a los contratistas madereros
a ofrecer oportunidades de empleo a la población local. Hay algunas
pruebas de que los propios talibanes pakistaníes han desarrollado
una política de carácter étnico en el proceso. Hay grupos
estables que provienen de Gujarat; comunidades dedicadas tradicionalmente
al pastoreo y la agricultura que no hablan pashtún y a las que se
ha relacionado con los contratos en las minas o el acceso a los bosques y
los terrenos de pastoreo. Muchos miembros de estas comunidades han huido
de la zona, en lo que parece ser (al menos de facto) una limpieza étnica. El tiempo dirá si el acuerdo sobre la aplicación de la sharia es una concesión permanente del poder estatal a los talibanes pakistaníes en el valle de Swat. La pregunta sigue siendo: ¿Por qué el ANP laico y nacionalista negocia en primer lugar con los islamistas? Una respuesta obvia podría ser que el ANP ha estado sirviendo de fachada para los militares pakistaníes, quienes deseaban “pacificar” el valle de Swat para poder concentrar sus fuerzas a lo largo de la frontera occidental con Afganistán (tal y como desean los EE.UU) o bien distribuirlas a lo largo de la frontera oriental con la India. Una retirada estratégica del valle de Swat por parte del Estado bajo una paz negociada garantizaría que los talibanes pakistaníes permanecerían confinados en esa región montañosa y no pondrían en peligro el corazón de la Frontera del Noroeste y el creciente cultivo de tabaco y caña de azúcar en los distritos de Mardan y Charsaddah. También protegería la carretera nacional, la principal arteria usada para transportar suministros a las fuerzas de la OTAN en Afganistán. Y lo que es más importante, dicha iniciativa pondría a salvo el distrito de Nowshera, donde existen tres acantonamientos militares en Nowshera, Cherat y Risalpour. Sólo Nowshera, distrito vecino al valle de Swat, alberga la Escuela de Artillería del ejército, la Escuela de Reservistas del Ejército, el Centro de Aprovisionamiento del Ejército Pakistaní, el Centro de Acorazados del Ejército Pakistaní y la Escuela de las Fuerzas Acorazadas. Otra respuesta es que no hay alternativa si el valle de Swat desea recuperar la paz. La paz en la región, aún bajo el dominio de los talibanes pakistaníes, permitiría que los khanes volvieran a extraer la riqueza de sus tierras. Por supuesto, deberían pagar los impuestos a los líderes talibanes locales, quienes a su vez garantizarían la seguridad de los khanes y les proporcionarían la mano de obra necesaria. Este escenario sería similar al del ascenso de los talibanes en el propio Afganistán. Aunque respaldados por los servicios de inteligencia pakistaníes, los talibanes afganos al principio fueron recibidos con cierto alivio por una población diezmada por la guerra civil que siguió a la salida de los soviéticos. Por lo tanto, la “adquisición” del valle de Swat por parte de los talibanes puede entenderse mejor como una reafirmación del status quo y del orden feudal mediante la reafirmación de la política de identidad pashtún. Los talibanes pakistaníes no basan su política en las clases sociales y pueden aliarse con cualquier grupo, siempre que su autoridad no sea cuestionada. El ANP sólo puede solicitar la ayuda de sus aliados los khanes en su búsqueda por (literalmente) seguir sano y salvo. También puede ser un modo de confinar a los talibanes pakistaníes en la región montañosa, y de este modo mantener las tierras bajas, más importantes desde un punto de vista estratégico y financiero, fuera del alcance de los islamistas. Los desafíos a los que se enfrentan los grupos democráticos y civiles de Pakistán son ahora muy numerosos. Los resultados de las elecciones de 2008 muestran que cuando el pueblo pakistaní tiene la oportunidad puede optar por votar en contra de los grupos islamistas y del partido de los generales. Sin embargo, en Pakistán no es suficiente el simple restablecimiento de las formas democráticas de gobierno. La élite gobernante todavía no ha abordado la cuestión de la unidad nacional y del consenso entre las diferentes provincias y grupos étnicos. Para que las medidas democráticas tengan sentido también es necesario una sensibilidad mucho más profunda con respecto al problema de la pobreza y las necesidades económicas. La eliminación del analfabetismo, la pobreza y la injusticia social ha sido aplazada una y otra vez, con consecuencias que resultan evidentes en la funesta situación actual del valle de Swat. Para terminar, aunque los medios de comunicación
pakistaníes e internacionales retraten continuamente el acuerdo en
el valle de Swat como una capitulación del Estado frente a unos “bárbaros”
que tratan cruelmente a las mujeres y desprecian las formas democráticas
de gobierno, es evidente que la iniciativa para alcanzar este acuerdo provino
del Estado. Hay además otra insurrección en la provincia de
Baluchistán, donde los baluchis laicos y nacionalistas están
luchando por la autonomía provincial y por un mayor control sobre
los abundantes recursos naturales de la región. Una vez más,
esta lucha por los derechos de la provincia es tan antigua como la propia
existencia de Pakistán. El ejército se ha mostrado implacable
en su represión de la insurgencia baluchi, empleando artillería,
helicópteros de combate e infantería regular, mientras que
los oscuros servicios de inteligencia han llevado a cabo numerosos asesinatos.
Los órganos del Estado han asesinado impunemente a líderes
baluchis y han expulsado a muchos miles de sus hogares, a una escala al
menos igual (y es probable que incluso mucho mayor) a la del desastre de
la Frontera del Noroeste. ¿Por qué no podría haber
un acuerdo de paz con los baluchis, que tienen una orientación política
laica y anti-islamista, si puede haberlo con los talibanes pakistaníes?
Es en estos momentos cuando toman forma las teorías de la conspiración
acerca del verdadero papel del Estado y comienza a especularse sobre la
cuestión de la supervivencia misma de Pakistán. NOTAS.- [1] Artículo publicado el 29 de abril de 2009. Fuente: http://www.merip.org/mero/mero042909.html [2] Kamran Ali Asdar es director en funciones del South Asia Institute y profesor asociado de antropología en la Universidad de Texas-Austin. [3] Para más información sobre este grupo, véase Ahmed Rashid, Los talibán , Península, Barcelona, 2001. (Nota de la Redacción). [4] Para una amplia información sobre el significado y el sentido de la sharia, véase Dr. Abdul Karim Zaidan, “Introducción al estudio de la sharî‘a islámica”, en revista Alif Nûn nos 30 (septiembre de 2005) y 31 (octubre de 2005) ; Seyyed Husein Nasr, “La sharî'a: ley divina, norma social y humana ”, en revista Alif Nûn nº 28, junio de 2005. (Nota de la Redacción). [5] Si bien este tipo de movimientos de carácter colectivista ha sido muy extraño en esta zona en la época moderna, no puede decirse lo mismo de la antigüedad. Para más información, véase Jean Chesneaux, “ Las tradiciones igualitarias y utópicas en los países musulmanes de Oriente Medio ”, en revista Alif Nûn nº 62, julio de 2008. (Nota de la Redacción). [6] Para conocer más de cerca las posturas políticas de la familia Bhutto, véase Benazir Bhutto, Reconciliación: Islam, democracia y Occidente , Belacqva, Córdoba, 2008. (Nota de la Redacción). A Portada |
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