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NÛN
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Estimados
lectores:
La República Islámica
de Pakistán constituye uno de los epicentros del mundo islámico,
tanto desde el punto de vista demográfico (es el tercer país
con un mayor número de musulmanes, después de Indonesia y la
India) como político (su relaciones privilegiadas con los Estados
Unidos y su papel de “gendarme de Occidente” en la zona, unido al hecho de
ser el único país islámico en posesión de la bomba
atómica). Desde su separación de la India en 1947 y su nacimiento
como Estado independiente, Pakistán ha mantenido unas tensas relaciones
con algunos de sus vecinos. Varias guerras contra la India y los problemas
fronterizos con Afganistán dan buena prueba de ello.
Sin embargo, Pakistán es
también un país con una grandísima riqueza cultural
y natural. A lo largo de la historia, ha sido cruce de caminos y de civilizaciones
que han convergido en sus tierras. Arios, persas, griegos, árabes,
turcos, afganos, mongoles y británicos son algunos de los pueblos
que, en sucesivas oleadas, han ocupado este país y, a su vez,
han contribuido a construir su cultura y su historia.
En este número de Alif Nûn,
tres serán los artículos que se adentren en la realidad de
este magnífico país. El primero de ellos analiza la relación
entre el gobierno de Pakistán y los talibanes, como una maniobra del
gobierno pakistaní y de su principal aliado occidental, los Estados
Unidos, para combatir la influencia comunista en los años ochenta
y, más tarde, como una forma de minar la estabilidad del gobierno afgano.
El segundo artículo examina los recientes acontecimientos vividos
en el norte de Pakistán y la guerra desatada por el ejército
pakistaní contra la resistencia talibán en el valle de Swat,
en lo que parece ser un aparente cambio de estrategia con respecto a este
movimiento fundamentalista. El tercer y último artículo dedicado
a Afganistán relata la extraordinaria experiencia vivida por un periodista
norteamericano en un vistoso y colorista festival sufí que anualmente
se celebra en el sureste de Pakistán, donde cientos de miles de devotos
se reúnen en torno al santuario del santo fundador de su orden. Para
terminar el número de este mes, cambiamos por completo de tercio y
les ofrecemos la segunda parte del artículo dedicado al Islam y la
ciencia moderna, centrado en los conflictos filosóficos y religiosos
que ésta plantea entre los musulmanes.
La Dirección.
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El apoyo pakistaní
a los talibanes desde 1994 puede explicarse a dos niveles: 1) una perspectiva
geoestratégica, diseñada en la época de la invasión
soviética de Afganistán, con el objetivo de imponer la influencia
regional de Pakistán, estableciendo un tipo de control sobre Afganistán
mediante un movimiento fundamentalista dominado por la etnia pashtún,
2) una conexión ideológica y religiosa proporcionada por las
extensas redes de madrazas extraoficiales en Pakistán que, si bien
suponen un desafío para las credenciales islámicas del gobierno
pakistaní, también le ofrecen unos recursos no gubernamentales
para influir en la región. Empleando el segundo nivel para poner en
práctica el primero, los diversos gobiernos pakistaníes o,
más exactamente, el estamento militar a cargo de la política
regional de Pakistán, han tenido éxito a la hora de promover
sus intereses sin implicarse muy directamente, tanto en términos monetarios
como humanos. Pakistán siempre ha sido capaz de negar de manera convincente
su papel en Afganistán, con poca o ninguna presión por parte
de la comunidad internacional. Pero el fracaso talibán en obtener
una decisiva victoria y el estancamiento de la situación ha provocado
un efecto negativo en Pakistán: la creciente radicalización
e internacionalización del “eje islámico” (encarnado en el caso
de Osama bin Laden), las consecuencias económicas del contrabando transfronterizo
y una hostilidad cada vez mayor por parte de la comunidad internacional.
Pakistán se enfrenta ahora a una elección: continuar con su
“atrevida política” o, como hizo temporalmente con Cachemira en mayo
de 1999, reducir la tensión suavizando su apoyo a los talibanes.
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Decenas de miles de personas han huido
de sus hogares en la provincia pakistaní de la Frontera del Noroeste
cuando el ejército ha puesto en marcha los ataques por tierra y aire
para “eliminar y expulsar” al grupo islamista militante comúnmente
conocido como Tehreek-e taliban, o talibanes de Pakistán. El
objetivo es el distrito fronterizo de Swat, un frondoso valle de montaña
descrito como “el paraíso en la tierra” por los folletos turísticos
de Pakistán, donde el gobierno provincial intentó aplacar a
los talibanes aceptando la aplicación de la ley islámica (sharia).
El acuerdo de febrero, la normativa Nizam-e Adal, fue aprobada el 12 de
abril por la cámara baja del parlamento pakistaní y firmada
poco después por el presidente, Asif Zardani. Pero desde entonces
los combates han continuado, y cada bando acusa al otro de violar la paz.
De acuerdo con un clérigo cercano a los talibanes, las conversaciones
sobre el valle de Swat con el gobierno provincial han quedado suspendidas
desde el 27 de abril.
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En el
abrasador desierto del sur de Pakistán, el aroma del agua de rosas
se mezclaba con una ráfaga de humo de hachís. Los tambores
resonaban a lo lejos, tocados por celebrantes vestidos de rojo que empujaban
a través de la multitud a un camello engalanado con guirnaldas y pañuelos
multicolores. Un hombre pasó por delante, sonriendo y bailando, con
su rostro brillando como la cúpula dorada de un santuario cercano.
“¡Mast Qalandar!”, gritó. “¡El éxtasis de Qalandar!”
El camello llegó
a un patio repleto de cientos de hombres que saltaban con las manos en alto
y gritaban “¡Qalandar!”, en referencia al santo enterrado en aquel
lugar sagrado. Los hombres arrojaban pétalos de rosa a una docena de
mujeres que bailaban en lo que parecía ser una especie de mosh pit
en la puerta del santuario. Extasiada, una mujer colocó sus
manos sobre sus rodillas y sacudió su cabeza adelante y atrás;
otra saltaba y correteaba como si montara sobre un caballo al galope. Los
tambores y el baile nunca cesaron, ni siquiera durante la llamada a la oración.
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Los musulmanes
no se limitaron a asumir la ciencia griega, traducirla al árabe y
conservar su carácter griego, sino que la transformaron por completo
en parte del edificio intelectual del Islam. Cualquiera que realmente haya
estudiado en profundidad los textos de los grandes científicos musulmanes
como Al-Biruni , Ibn Sina o los científicos andalusíes
sabe que pertenecen al universo islámico, y no al griego. Es cierto
que algunas descripciones pudieron tomarse de los trabajos de Aristóteles,
o una fórmula concreta de Los Elementos de Euclides, pero la ciencia
en su conjunto está integrada en la perspectiva islámica. La
obra más importante sobre álgebra en el periodo premoderno
es la del poeta persa Omar Jayyam. Por supuesto, si leemos una determinada
fórmula o ecuación de su libro, ésta podría haber
sido escrita en chino o en inglés y podría pertenecer a cualquier
civilización, pero la impresión que produce la obra en su
conjunto nos da a entender de manera concluyente que pertenece al universo
intelectual del Islam.
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Verdaderamente es de oro
puro quien puede permanecer inconmovible.
¿Eres sólo una partícula de polvo?
Aprieta el nudo de tu ego, y
agárrate fuerte a tu minúsculo ser.
¡Cuán glorioso es bruñir el propio ego,
y poner a prueba su brillo en presencia del Sol!
Vuelve a cincelar tu vieja forma y cra un nuevo ser.
Este ser es un ser real;
si no tu ego no es más que humo.
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