|
EL LEGADO CIENTÍFICO
DEL MUNDO ISLÁMICO Abdelmalik Hamza “Hay gentes que piensan que no es necesario
estudiar la naturaleza. No queremos, dicen, estudiar la naturaleza, sino
la teología. Sépase que estas son palabras de gente perezosa
y ociosa, pues la teología se prueba por el estudio de la naturaleza.
Dicho de otro modo, no hay oposición entre la razón y la
fe.”
Este postulado del cristiano San Juan Damasceno (675-749), hijo del ministro de finanzas del califa Abd al-Malik, resume a la perfección la posición generalizada en los primeros siglos del Islam. Los musulmanes habían ocupado rápidamente todas las áreas que permanecieron bajo la influencia de la civilización griega (Siria, Palestina y Egipto). Allí vivían los últimos sabios procedentes de la escuela de Alejandría, clausurada por Justiniano unas décadas antes de la expansión del Islam. Estos sabios eran cristianos, pero la cultura greco-helenística sobrevivía aún incorporada en la teología cristiana. De igual modo sucedió en el caso de la civilización irania preislámica, que ocupaba buena parte de lo que hoy es Iráq, Irán y Asia Central, territorios que pronto caerían bajo la influencia del Islam. Con todos ellos –ya fueran griegos o persas– se relacionaron los musulmanes, buscando todo lo que de verdadero y útil pudieran transmitir, de modo que no destruyeron el patrimonio cultural de los pueblos vencidos, sino que supieron integrarlo con amplitud de miras, preparando así el florecimiento e irradiación de su propia cultura, inspirada en todos sus aspectos por la visión unitaria del Corán. Una de las características esenciales de la ciencia islámica es la de la interdependencia de las distintas disciplinas científicas. No hay separación entre las ciencias de la naturaleza –ciencias de lo visible– y la teología o las artes. No hay compartimentos estancos. Esto es lo que explica la gran cantidad de genios enciclopédicos que produjo la civilización islámica. Decenas de pensadores musulmanes como Al-Kindi, Avicena, Al-Razi o Al-Biruni sobresalen a la vez en medicina, matemáticas, teología o geografía. La sabiduría que proviene de la fe integra todas las ciencias en un conjunto orgánico, porque todas ellas tienen como objeto un mundo que, en su totalidad, es una teofanía (tayalli ), una revelación de los signos de Dios. Se pasa así, sin ruptura, de la escuela coránica a la madraza, que es la auténtica universidad islámica y casi siempre está ubicada en las cercanías de una mezquita. Universidades como la de Qarawiyyin en el Magreb, Samarcanda en Asia Central, Córdoba en Al-Andalus, Sankoré en África Occidental, o Al-Azhar en Egipto, no sólo impartían educación religiosa y teología, sino materias como astronomía, medicina, física, química, matemáticas, álgebra, música o arte. A pesar de que, sin duda, sirvió
como base e inspiración al desarrollo de la ciencia y la tecnología
europeas del Renacimiento, es esa inspiración fundamental de la
ciencia islámica la que la convierte en algo más que un eslabón
entre el helenismo y la modernidad, una simple preparación para
la ciencia occidental. Tomada en su espíritu, puede ayudarnos a romper
con un cientifismo que pretende hacer de la ciencia moderna el único
valor absoluto, soslayando cualquier otro problema que no sea el de la
eficacia, y cualquier otro valor que no sea el del crecimiento sin límite. Basta contemplar los aspectos cristalinos y geométricos de todo el arte y la arquitectura del Islam para constatar la situación de privilegio que las matemáticas tienen en la civilización islámica. La ciencia de los números, a la que los musulmanes dedicaron un interés extraordinario, sirvió de base para el enorme desarrollo del arte islámico, el cual descansa casi en su totalidad sobre principios geométricos basados en las matemáticas. [1] Este amor por los números está directamente conectado con la esencia del mensaje islámico: la Unidad Divina ( at-tawhid). Así, el número uno de la serie numérica es el símbolo más directo y comprensible de la fuente de todo ser. El resto de la serie de los números y sus infinitas relaciones es la escalera por cual el hombre asciende del mundo de la multiplicidad, emanada del uno, hasta el Origen.
Los musulmanes conocieron los números indios a través de diversos compendios astronómicos llamados siddhantas, pero idearon otra forma de escribirlos, basada en el número de ángulos de cada cifra. Esta nueva grafía fue transmitida a Occidente y es la que ha terminado por imponerse en todo el mundo, aunque la antigua grafía india todavía continúa empleándose en aquel país, en las zonas de cultura persa y en el mundo árabe oriental. Dotados con un cómodo sistema de numeración, los musulmanes dieron un gran esplendor al arte del cálculo, ciencia que los apasionaba. La obra más famosa en la que aparecen los “números indo-arábigos” por primera vez –llamados así a pesar de que no fueron los árabes, sino los persas, quienes los introdujeron en el mundo islámico– fue escrita por el persa Al-Juarizmi (790-850), bibliotecario jefe del califa Al-Ma'mun (r. 813-833) de Bagdad, en torno al año 820 d.C. Su libro se llama Suma y resta de la matemática hindú y fue traducido al latín en el siglo XII por el traductor inglés Abelardo de Bath, causando una verdadera conmoción en Occidente. Desde entonces aparecen y se popularizan en las lenguas europeas nuevos términos como algoritmo, derivado del propio nombre de Al-Juarizmi, o cifra, que proviene del árabe sifr (vacío), palabra que en su origen sólo designaba al número cero. Otra figura de primera línea en el cálculo numérico fue el persa Al-Kashi (1380-1429), quien inventó la fracción decimal, hizo un cálculo muy preciso del número π –el cual no fue alcanzado hasta dos siglos después en Occidente–, construyó la primera calculadora conocida y fue el primero en resolver el llamado binomio de Newton, varios siglos antes que el propio Newton. Por todas partes del mundo islámico aparecen autores que escriben centenares de obras importantes para el progreso de las matemáticas: Los hermanos Musa, Tabit ben Qurra (830-901), Nasiraddin Al-Tusi (1201-1274) o el célebre poeta Omar Jayyam [2] (1040-1123), cuyos trabajos en álgebra seguirían los célebres algebristas italianos del siglo XVI, Tartaglia y Cardano. Además del uso de los números, que los convierte prácticamente en los fundadores de la aritmética, los musulmanes hicieron del álgebra una ciencia exacta a través de trabajos como los de Al-Juarizmi, sentaron las bases de la geometría analítica y dieron rango de ciencia a la trigonometría plana y esférica, por medio de la ingente obra de autores como Al-Battani, también conocido como Albategnius (alrededor de 850-929), quien estableció las primeras nociones trigonométricas y concibió la fórmula fundamental de la trigonometría esférica, o Al-Biruni (973-1048) [3] , quien además hizo aportaciones matemáticas excepcionales en campos como la aritmética teórica y práctica, la suma de series, el análisis combinatorio, la regla de tres, los números irracionales, la teoría de las razones (cocientes) numéricas, las definiciones algebraicas, los métodos de resolución de ecuaciones algebraicas o la geometría. Los musulmanes organizaron el saber matemático,
aclarando y simplificando los conocimientos, pero además supieron
extraer de las matemáticas, una ciencia que con anterioridad había
sido casi exclusivamente especulativa, sus usos prácticos. No obstante,
por encima de todo, el Islam encontró en las formas matemáticas
el vehículo ideal para expresar, con una estética llena de
sentido, su modo esencial de ver y comprender el mundo. Cuando hablamos de la física, sería necesario distinguir entre dos concepciones que entienden esta ciencia de manera completamente distinta. Una, la actual, supone el estudio de la materia inorgánica, las leyes que rigen su comportamiento y las diversas fuerzas que actúan sobre ella. Otro modo de entender la física es el que se desprende de la propia palabra phisis , que en griego significa naturaleza. Quienes entendían la física de este modo se ocupaban de todos los fenómenos naturales, intentando relacionarlos entre sí: la llamada filosofía natural ( al-tabiyyat ). [4] Lo que hoy se llama física, se encuentra en las fuentes islámicas dentro de este segundo caso.
Ya en el campo más técnico de la física, dentro de la historia general de la ciencia, los filósofos musulmanes criticaron la teoría aristotélica del movimiento e hicieron importantes contribuciones a la mecánica. Por lo que respecta al componente islámico dentro del mundo de la física, lo encontraremos en el hecho de que los musulmanes siempre estudiaron el mundo natural a la luz de su visión espiritual del universo, directamente derivada de la revelación islámica. A pesar de todo, también en el mundo islámico hubo escuelas, discusiones y personalidades diversas. Empedernidos aristotélicos como Avicena (980-1037), gran médico, matemático y astrónomo, quien sin embargo apenas hizo uso de la experimentación, o Al-Biruni, quien siempre se basó en la observación y el experimento; expertos en el estudio de pesas y medidas, como Al-Jazini, del siglo XII; teólogos que se ven llevados a ocuparse de cuestiones de física, como Al-Nazam o Al-Baqilani; místicos “iluminacionistas” como Suhrawardi [5] (1155-1191), quienes desarrollaron una física basada en la idea de que la sustancia del mundo es la luz, y personajes excepcionales como el hispano musulmán Averroes [6] (1126-1198). No obstante, a pesar de sus diferencias,
todos estos autores y escuelas tienen un importante rasgo en común.
La filosofía natural islámica siempre buscó la idea
de un cosmos jerarquizado, en el que las cualidades de las cosas son más
importantes que sus dimensiones y cantidades físicas o su simple
utilidad. Aún así, fueron numerosas las contribuciones de
los musulmanes a la física tal y como es entendida en la actualidad,
sobre todo en las áreas de la mecánica y la dinámica.
Conceptos sobre velocidad y gravedad manejados por el andalusí del
siglo XII, Avempace, aparecen en las obras de Galileo; los comentarios de
Averroes a la Física de Aristóteles, que se propagaron
por todas las universidades europeas, constituyeron la base de la reforma
copernicana, y fueron aclarados importantes aspectos sobre el movimiento,
los sistemas de fuerzas y el magnetismo, quedando plantadas las simientes
que inmediatamente después recogerían los físicos renacentistas
occidentales. Sin embargo, por encima de todo, la contribución islámica
de mayor importancia consiste en su apego a la visión unitaria y armónica
del universo que subyace a un mundo en continua transformación. En cuanto a la utilización práctica
de los principios físicos y de ingeniería, los musulmanes
tuvieron su visión particular del asunto. Sus Excepto en ciertas regiones del mundo islámico, en el resto el agua era escasa, por lo que los musulmanes dedicaron una especial atención a su obtención y explotación. [7] Al ser la agricultura el principal medio de vida de la época, se desarrollaron cuantos medios técnicos permitían un mejor aprovechamiento del líquido elemento. Las técnicas de extracción de agua comienzan con los sistemas de sondeo, a los que siguen toda clase de pozos artesianos y sistemas basados en la tracción animal, humana o la energía eólica. Se construyen sistemas de irrigación subterránea, canales, diques y represas para conseguir embalses, pantanos y norias, a menudo gigantes, que han seguido en funcionamiento a través de los siglos. Las cuencas del Tigris y el Éufrates, por ejemplo, poseían una inmensa red de canales artificiales de navegación, el más famoso de los cuales, entre el río Éufrates y Bagdad, tenía 65 km. de recorrido. En las ciudades, el agua era objeto de una cuidadosa canalización y reparto. A este respecto destacan los trabajos hidráulicos que los musulmanes llevaron a cabo en Toledo, los cuales serían estudiados en el siglo XVI por el ingeniero italiano Giovanni Torriani. Los estudios sobre fluidos de otro famoso ingeniero italiano, Torricelli (1608-1647), también se inspirarían en gran medida en la tecnología de los musulmanes, basada en la presión del aire y el agua aplicada a fuentes, molinos y elevadores de agua. Otros conocimientos de física e ingeniería tienen su aplicación en las diversas industrias características de los antiguos países islámicos, como la industria del papel, inventada por los chinos e introducida en Occidente por los musulmanes, la cual contó con famosas fábricas en Samarcanda y Jorasán. También fueron importantes las industrias del jabón, el azúcar de caña y la construcción naval, a cuya técnica se deben aportaciones tan destacadas como la vela latina y el timón de codaste. [8] El mundo musulmán disponía de importantes recursos mineros, siendo el Magreb, la Península Ibérica y Persia sus principales zonas de explotación. Fue célebre la región de Ganzaq, en el Kurdistán, donde se daban el oro rojo y el amarillo, la plata, el cobre y el mercurio; existían hornos de fundición en Jorasán, donde se llegaron a fabricar puertas de hierro de hasta cinco mil kilos, y se fabricaba acero en Samarcanda, sables en Chalaq y Toledo, bronce en el Turkestán, y aparatos de precisión en Mosul. Además de estos aspectos industriales, se prestaba también atención al estudio de las leyes físicas que los posibilitaban. Un buen ejemplo nos lo aporta Tabit ben Qurra, con su Tratado de las máquinas simples, los hermanos Musa y Al-Jazini, famoso por tratados sobre la balanza y los centros de gravedad. Otra tecnología muy apreciada
entre los musulmanes es la que podemos llamar “no práctica”, la
que va más allá de las preocupaciones ordinarias del hombre.
La civilización musulmana tenía los conocimientos para poder
construir complicadas máquinas, al estilo de los antiguos alejandrinos,
pero su desconfianza hacia el maquinismo como algo que no está en
armonía con el ambiente natural hizo que se consideraran los dispositivos
automáticos como un objeto de entretenimiento y no como una vía
de evolución científica o de explotación económica.
La célebre obra de al-Yazari (1136-1206) dedicada a los artilugios
mecánicos es la más completa producción islámica
en este sentido, recopilando cerca de cuatrocientos complicados ingenios,
entre los cuales algunos eran de uso práctico, como es el caso de
la cerradura numérica o el cigüeñal. En este tipo de
tratados aparecen ingeniosos surtidores, aparatos hidráulicos, curiosos
autómatas e instrumentos musicales automáticos. La mayoría
de ellos no pasaron de ser objetos de distracción en las distintas
cortes del Islam, porque, en términos generales, la mentalidad musulmana
consideraba peligroso desarrollar excesivamente la tecnología basada
en el uso de metales o de fuego. Al igual que los chinos, que inventaron
la pólvora pero nunca la utilizaron con fines violentos, los musulmanes
antepusieron la armonía con la naturaleza a un excesivo desarrollo
técnico, que podía acabar volviéndose contra el hombre.
La ingeniería técnica islámica, y por lo tanto sus logros
mecánicos, aunque fueron bastante interesantes desde el punto de vista
de estas ciencias tal y como se conciben hoy en Occidente, son incluso más
interesantes por el hecho de que proporcionaron la base material de una
espléndida civilización, sin necesidad de destruir el equilibrio
entre el hombre y el mundo que lo rodea. El mundo islámico reavivará la llama del saber astronómico casi extinto tras el hundimiento de la civilización grecolatina. Las actividades astronómicas interesaban tanto a matemáticos como a viajeros, tanto a los hombres de religión como al pueblo sencillo, y los observatorios, públicos y privados, aparecen por todas partes. Ya en el siglo IX, Los primeros califas de Bagdad pusieron al frente de su “Casa de la sabiduría” (Bait al-hikma ) a Yahia ibn Mansur, un astrónomo que reunió a su alrededor a los más grandes científicos de la época, poniendo a su disposición una excelente biblioteca y medios materiales abundantes. Por su relación con la religión y el derecho islámicos, especialmente con las oraciones diarias y la referencias del Corán en muchos de sus versículos al Sol, la Luna y las estrellas, los musulmanes se preocuparon desde el principio por la astronomía, realizándose investigaciones que superaron a las de los griegos clásicos. Basadas en las observaciones babilónicas, se compusieron las llamadas tablas astronómicas, en las que se relacionaban todas las posiciones y los movimientos de los cuerpos celestes. Estas observaciones fueron la base, usando también fuentes persas, hindúes y griegas, del nuevo cálculo de los movimientos celestes que condujo gradualmente a una astronomía matemática muy evolucionada, como la que practicaron Al-Biruni o la escuela de Maraga, en Persia, con Nasiraddin Al-Tusi. Allí se hicieron nuevos cálculos que llevaron a la primera y más importante crítica de la astronomía de Ptolomeo en la Edad Media y al hallazgo de nuevos modelos de movimiento para Mercurio y la Luna. En Al-Andalus surgieron también numerosas críticas a la astronomía ptolomaica, proponiéndose modelos nuevos tan importantes desde el punto de vista matemático y astronómico como los de la escuela de Maraga, y que serían seguidos durante dos o tres siglos por los astrónomos musulmanes de Siria y Samarcanda, en Asia Central.
La influencia de las aportaciones de
la astronomía islámica llegan con claridad hasta el siglo
XV. Sus astrolabios, cuadrantes, armillas, dióptricos y brújulas
pertenecen ya a la historia de la ciencia universal y, además, los
descubrimientos y estudios de los grandes astrónomos musulmanes
del medioevo sirvieron de base para que grandes figuras del Renacimiento
europeo como Copérnico, Kepler o Galileo llevaran a cabo sus trabajos
y descubrimientos, cruciales para el desarrollo de la ciencia moderna. La alquimia es una ciencia, en el sentido tradicional del término; es decir, es un modo de conocer el cosmos en su doble aspecto indisoluble: material y espiritual. Según esta perspectiva, el universo visible, la materia, posee una unidad fundamental, por lo que se deduce que es posible la transformación de un elemento material en otro, siempre que se den las condiciones adecuadas. Se trata de obtener nuevos elementos a partir de otros diferentes. Su máxima expresión, su culminación, consiste en transmutar las sustancias inferiores en aquella que suponga el grado máximo de la escala material. En el mundo mineral, esta sustancia es el oro, único metal incorruptible e inalterable. Pero a su vez, el oro simboliza la perfección que el alquimista busca para sí mismo, pues en el plano psicológico y espiritual también es posible la conversión de las bajas pasiones o el alma animal ( al-nafs al-hayawâniyya), representados por el vil metal, en el yo racional o superior (al-nafs al-nâtiqa ), simbolizado por el más perfecto y luminoso oro. [10] La alquimia, palabra que en las lenguas
occidentales deriva del vocablo árabe al-quimiyya, revela su origen
islámico, al menos en lo Jâbir ibn Hayyân (aprox. 721-815), conocido en Occidente como Geber o Geberus, nació en Tus (provincia de Jorasán, Irán) pero vivió en Kufa, Iraq. Su atracción hacia la alquimia vino desde su infancia, pues su padre era farmacéutico. Su prolífica obra fue traducida a las lenguas occidentales y buena parte de ella ha sobrevivido hasta la actualidad a través de sus traducciones llevadas a cabo en la Europa medieval. Jâbir, como todos los alquimistas clásicos, pensaba que las dos sustancias minerales básicas son el azufre y el mercurio, las cuales, además, simbolizan los dos principios básicos de la naturaleza, lo masculino y lo femenino. Los demás metales surgen de las distintas proporciones en que se combinan estos dos elementos. No obstante, al margen de todo el simbolismo asociado con los conocimientos alquímicos, Jâbir fue un firme partidario de la experimentación, alcanzando hallazgos tan importantes como el ácido sulfúrico, el agua regia, el ácido nítrico, el ácido acético o el arsénico, y describiendo además un buen número de operaciones y procesos químicos, y de aparatos de laboratorio. Sin embargo, el padre de la química como tal –es decir, en su dimensión puramente racional y experimental– fue el célebre Al-Razi (865-925), conocido en Occidente como Rhazes o Rasis. En su obra El secreto de los secretos sigue a Jâbir, pero en ella no existe rastro de misticismo o simbolismo de ningún tipo, y sólo expone hechos experimentales. Describe y clasifica las sustancias y aparatos que usa e indica el modo de preparación de los fermentos o catalizadores empleados. En sus doce libros sobre química también expone de manera exhaustiva el uso de las sustancias químicas en medicina (fue el primero en aislar el alcohol y emplearlo con fines médicos). Son muy numerosos los musulmanes que siguieron los pasos de estas dos grandes figuras, y los hay de las dos tendencias: los alquimistas y los que podríamos llamar simplemente químicos. Tanto unos como otros aportaron un amplio legado, creando los precedentes del laboratorio químico moderno e ideando una gran cantidad de procesos útiles de experimentación. A ellos se debe, entre otros productos, el acero, el damasquinado y nuevos tipos de vidrio, diversos ácidos, alcoholes y sales, barnices impermeables y jabones, perfumes y esencias obtenidas por destilación de diversas especies de flores, y una extensa gamas de tintas de diversos colores que jugaron un importante papel en el arte islámico. A pesar de todo, quizá el aspecto
más importante de la alquimia sea su incorporación al sufismo
y a otros métodos espirituales del misticismo islámico. De
este modo, encontró su lugar permanente en el universo espiritual
del Islam, a la vez que contribuyó a la ciencia de la química,
pero sólo como producto secundario.
Además de heredar esta teoría
médica clásica, la medicina islámica también
desarrolló la importancia de la dieta como modo de ayudar al ser
humano a conservar el equilibrio con su propio cuerpo y con el medio ambiente,
del cual obtiene la energía que necesita. Es fundamental, pues, la
prevención de la enfermedad, y de ahí la cantidad de consejos,
que procedentes en gran parte del Profeta mismo, comenzaron a proliferar
desde el inicio del Islam.
[11]
Así, Muhammad habría afirmado: “No comáis ni bebáis en exceso. El estómago es el asiento de las enfermedades, la intemperancia su origen y la dieta el principio de su curación.”
Se recomendaban hábitos dietéticos –los productos más aconsejables eran los lácteos, las frutas, la miel y el aceite de oliva–, acompañados de consejos de higiene moral –evitar la cólera y la tristeza– y sobre la conveniencia de hacer ejercicio físico. En caso de enfermedad, lo más importante es estimular la capacidad de reacción del cuerpo humano, cuyo estado natural es la salud. Los medicamentos ayudan a esta reacción, siendo preferibles los de origen vegetal y los simples. Se llamaba simples a los medicamentos que constaban de una sola sustancia, y eran más empleados que los compuestos, de los que el más celebre era la triaca, formada por entre treinta y setenta sustancias distintas, según los casos. Sólo se acudía a la triaca como último recurso para salvar la vida de un rey, algún personaje importante o un enfermo gravísimo. Por su parte, las enfermedades mentales y las obsesiones se trataban con curas de sueño a base de opio, y el café –producto originario del sur de la Península Arábiga– era empleado como estimulante cardiaco. El uso de los fármacos en la medicina islámica se basaba en una larga experiencia y observación, y éstos se suministraban de acuerdo con el temperamento de cada persona, y siempre tras haber sido comprobada su eficacia. Estos remedios eran expendidos y preparados en farmacias, normalmente anexas a los principales hospitales, y el farmacéutico debía dar los remedios gratis a los pobres. A las fuentes de farmacología persas, hindúes y griegas, los médicos del Islam incorporaron un buen número de nuevas sustancias medicinales. Por ejemplo, el célebre Ibn al Baitar [12] (aprox. 1190-1248) de Málaga dejó descritas en su Libro de medicinas y productos alimenticios simples (Kitab al-yami fi al-adwiya al-mufrada) más de mil cuatrocientas sustancias, trescientas de la cuales fueron descubiertas por él mismo. [13] También fue uno de los pioneros en el tratamiento de los tumores cancerígenos mediante una hierba conocida por el nombre de hindiba. Además de los distintos fármacos, la medicina islámica solía emplear toda una serie de purgantes, sangrías, lavativas y ventosas. A la cirugía sólo se debía recurrir cuando todos los demás remedios fracasaban, lo que no impidió que se conocieran y se practicaran multitud de operaciones para las que se desarrolló un completo y sofisticado instrumental quirúrgico. Esto les permitió profundizar en los tratamientos de oftalmología y odontología, el uso de la cauterización y el arreglo de roturas y dislocaciones. Los cirujanos del mundo islámico empleaban el jugo de hachís para la anestesia, la cual no se comenzó a practicar en Europa hasta 1844, mediante la inhalación de gases. Ya en el siglo IX aparece el primer
médico importante en el Islam, Al-Tabari, que fue anatómico,
pero cuyo mayor mérito estriba en haber tenido como discípulo
a la primera figura trascendental de la medicina islámica: Al-Razi.
Como director del hospital más importante de Bagdad, Al-Razi obtuvo
una gran experiencia clínica y formó a un gran número
de médicos. Escribió 56 obras de medicina, entre las que
destaca La gran enciclopedia médica. Su tratado sobre
la viruela y la rubeola conoció más de cuarenta ediciones
desde 1498 hasta 1866, y su Libro de la peste, sobre las enfermedades
infecciosas, se tradujo por última vez en Venecia a finales del siglo
XV. Fue el primero en escribir sobre las enfermedades infantiles, y en
todas sus obras trata las enfermedades con criterios actuales. Unas palabras
suyas pueden resumirnos su modo de pensar y de ser: “La verdad en medicina es una medida que no se puede alcanzar. Todo lo que se pueda leer en los libros tiene menos valor que la experiencia de un médico que piensa y razona. La lectura no hace al médico, sino el espíritu crítico y el talento para aplicar a los casos particulares las verdades de las que tiene noticia.”
En el siglo X surge otra gran figura, el andalusí Abul Qasim Al-Zahrawi (936-1013), conocido en Occidente como Abulcasis, quien compuso una enorme obra en treinta volúmenes titulada “Libro de la práctica médica” (Kitâb al-Tasrif ), guía fundamental para los cirujanos durante varios siglos. En ella se incluyen descripciones anatómicas, clasificaciones de enfermedades, información nutricional y quirúrgica, y algunas secciones relacionadas con la cirugía ortopédica, la oftalmología, la farmacología o la nutrición, aunque destaca por sus referencias a distintas intervenciones quirúrgicas, como la operación de bocio, la traqueotomía o la cauterización del algunos tipos de cáncer. En esta obra, el autor también reconoce que en el mundo islámico no ha habido grandes progresos entre sus colegas de profesión debido a la prohibición de la disección, ya fuera humana o animal. También de este periodo son los célebres oftalmólogos de Bagdad Ali Ibn Isa y Ammar Al-Mawsili, quien conseguía eliminar las cataratas por succión con una aguja hueca. No obstante, por encima de todos destaca una de las principales figuras del pensamiento islámico de todas las épocas: ‘Alī Ibn Sīnā, el Avicena de la escolástica latina. [14] Toda su vida transcurrió en su tierra natal, Persia, desempeñando diversos cargos políticos, además de su ingente tarea científica. Sistematizó toda la ciencia médica de su época en su célebre Canon de medicina (Al-Qânûn fî-l-Tibb), que ha sido, quizás, la obra de mayor influencia en la historia de la medicina. Los métodos de Avicena para
diagnosticar la pleuresía, la neumonía y la peritonitis fueron
clásicos durante siglos. Además, hizo importantes estudios
sobre las enfermedades contagiosas y las epidemias y, en general, no hubo
campo médico donde no hiciera importantes contribuciones. He aquí
algunas de sus palabras: “Uno de los tratamientos más eficaces consiste en acrecentar las fuerzas mentales y psíquicas del paciente. Darle valor para luchar, crear a su alrededor una atmósfera agradable, hacerle escuchar buena música y ponerlo en contacto con personas de su agrado.” Egipto se convirtió en otro importante centro médico bajo el gobierno de los fatimíes en el siglo XIII. Su principal figura fue el sirio Ibn Nafis (1210/13-1288), quien descubrió, dos siglos antes que Servet, la circulación pulmonar de la sangre, o circulación menor, dejándola perfectamente descrita en textos que parece probado Servet conoció. Su discípulo, Ibn Al-Kufi, señaló la existencia de los capilares sanguíneos antes de que pudieran ser observados al microscopio, invento muy posterior a su época. En el mundo islámico occidental cabe subrayar la escuela de Córdoba, de cuyos componentes destaca en el siglo XI la familia Ibn Zuhr (Avenzoar), el filósofo y médico Ibn Tufayl o Abentofail (1105/10-1185) o el judío Moshé ben Maimón o Maimónides (1135-1204), quien llegó a ser médico personal del sultán Saladino. Sin duda, la medicina islámica
sentó muchas de las bases de lo que más tarde sería
la ciencia médica moderna, pero no se debe olvidar que la cosmovisión
que animó este gran desarrollo médico jamás perdió
de vista la idea básica de que el ser humano no sólo está
compuesto de un cuerpo físico, sino que también está
formado por un alma (nafs) y un espíritu (ruh), de
modo que la salud integral del ser humano depende del equilibrio de estas
tres dimensiones. La luz está íntimamente relacionada con la visión islámica del Universo. “Dios es la luz del cielo y de la tierra”, afirma el Corán, y sobre la base de este famoso e importantísimo versículo coránico, los musulmanes han identificado siempre la luz con la Realidad fundamental, es decir, la realidad de Dios, Fuente de toda luz. La luz juega el papel más
importante en la arquitectura islámica, definiendo el espacio; también
representa un papel clave en la filosofía Alhacén nació en Basora, pero vivió y murió en El Cairo, ciudad donde escribió toda su obra, entre la que se cuentan cuarenta y tres libros sobre ciencias naturales, de los que la mayoría se han perdido. Su principal obra sobre óptica y fenómenos atmosféricos es el tratado llamado al-Manasi, que fue traducido al latín y conoció una extraordinaria difusión. En esta obra, Alhacén comienza por hacer un perfecto estudio del ojo humano, realizado a partir de disecciones. Como consecuencia de sus observaciones, niega la teoría de la visión formulada por Euclides, aclarando que los rayos de luz en realidad llegan al ojo desde el objeto. [16] También analiza el papel del nervio óptico y del cerebro en el proceso de la visión, explicando la razón por la cual podemos ver en relieve. Estudió profundamente las leyes de la refracción, descubriendo el fundamento de los principales instrumentos ópticos, como son el microscopio y el telescopio. Hizo importantes descubrimientos en el campo de los espejos, resolviendo geométricamente el todavía hoy conocido como “problema de Alhacén”, que conduce a una ecuación de cuarto grado. Fue el primero en estudiar la cámara oscura y demostró que la velocidad de la luz es finita y se propaga en línea recta. Todos sus investigaciones las contrastó matemáticamente, y él mismo inventó el torno con el que fabricaba las lentes necesarias para realizar sus experimentos. Para terminar, también se ocupó de los fenómenos atmosféricos, determinando la densidad de la atmósfera y sus efectos en la observación astronómica, explicando también la razón y el proceso del crepúsculo solar. Sus trabajos fueron continuados
por algunos otros físicos musulmanes como Qutb al-Din Al-Shirazi
(1236-1311), quien, por ejemplo, fue el primero en dar una explicación
correcta para el arco iris. Sus dos obras principales son Nihayat al-idrak
fi dirayat al-aflak y Al-Tuhfat al-Shahiya, en la primera de las cuales
plantea la posibilidad del sistema heliocéntrico. Sin embargo, además
de un gran científico, Al-Shirzi destacó por su formación
sufí, siendo uno de los principales comentadores del ya citado
Suhrawardi, lo cual demuestra una vez más que buena parte de las
grandes figuras de la ciencia islámica fueron a su vez individuos
con una gran intuición espiritual. El estudio sistemático de
las plantas empieza a declinar en el mundo clásico a partir del siglo
III d.C. y no comenzará su resurgir hasta la aparición del
Islam, una civilización que se distingue por su especial devoción
hacia el reino de lo vegetal. La civilización islámica nació
en un entorno desértico, y el anhelo por el agua y por los jardines
siempre ha estado presente desde sus inicios, como lo demuestra las numerosas
ocasiones en las que el Corán habla del Paraíso, refiriéndose
a éste como al-yanna (el Jardín). De este modo, la
agricultura se consideró en el Islam como una actividad religiosa,
según un dicho de mismo Profeta Muhammad: “Si alguien hace una plantación o se dedica a la siembra, Dios le dará una recompensa de acuerdo a los frutos que se produzcan; y si alguien hace una plantación o siembra de la que hombre, animal salvaje o pájaro hayan comido, la cantidad sustraída le será contada como limosna. Cualquiera que vivifique una tierra muerta se convierte en su propietario.”
No obstante, al margen de las
consideraciones de carácter simbólico y religioso, la ciencia
de las plantas siempre tuvo una gran importancia en el conjunto del pensamiento
islámico y la gran diversidad de climas que se daban en el área
cultural del Islam colaboró también a la expansión
de múltiples técnicas y nuevas variedades de cultivo. Conscientes
de su importancia, los primeros califas, siguiendo las directrices del
Profeta, estimularon las actividades agrícolas. El califa abbasí
Al-Mutasin (r. 833-842) razonaba de este modo: “Este arte encierra numerosas ventajas. En primer lugar, la agricultura fecunda la tierra, madre nutriente del género humano. Permite, además, la recaudación del impuesto, desarrolla la riqueza pública, alimenta a los animales domésticos, abarata el precio de los alimentos, aumenta las fuentes del comercio y acrecienta el bienestar general.” En este ambiente favorable, se desarrolló toda una actividad teórica y práctica en torno al mundo vegetal, desde los numerosos tratados sobre novedosas técnicas de irrigación hasta el desarrollo de las técnicas de transplante e injerto, la preparación de la tierra mediante el abono y el arte de combatir las plagas. Los musulmanes aumentaron de manera extraordinaria el numero de variedades vegetales comestibles en su zona de influencia: albaricoque, alcachofa, berenjena, melocotón, sandía, melón, algarroba y, sobre todo, el arroz, que antes del Islam no se conocía al oeste del Océano Índico. Algunos árboles frutales como el naranjo o el limonero fueron importados por los musulmanes desde la India en el siglo X, para luego, poco a poco, irlos implantando en Arabia, Oriente Medio, Egipto y el área mediterránea, zonas por las que también se extendió, a través de Al-Andalus y Sicilia, la cultura del algodón, la caña de azúcar y el lino. Además, los musulmanes difundierom el cultivo de las plantas de perfume –violeta, rosa, jazmín, narciso...– y de las tinturas –índigo, alheña o azafrán. El uso del café, planta que se cultivaba en Arabia desde tiempos ancestrales, comenzó en el siglo XIV, tras enconadas disputas sobre la licitud de su consumo, convirtiéndose en una importante fuente de ingresos tras su legalización. Moca, el principal puerto del Yemen dedicado a este comercio, se convirtió en sinónimo de la calidad del producto exportado. Cuando los primeros musulmanes conquistaron la Persia preislámica en el siglo VII, encontraron allí los magníficos jardines que había desarrollado esta civilización, famosos en toda Asia. Este modelo de jardín fue adoptado por los musulmanes y, pronto, el jardín persa se extendió por todo el Occidente musulmán, hasta llegar Al-Andalus en el siglo XI, primero a Toledo y luego a Sevilla, donde aparecen los primeros jardines de aclimatación destinados las plantas que venían de Oriente. [17] También se extendió hacia el este, donde los jardines de la India mongola se cuentan entre los mayores logros de la jardinería. Todos estos conocimientos prácticos y el amor por las plantas, tan característico de los musulmanes, se reflejan en un buen número de trabajos escritos muy variados. En los primeros tratados, como el Libro de los límites de Jâbir ibn Hayyân, en el siglo VIII, agricultura y botánica parecen unidas, y sólo más tarde se convertirán en disciplinas independientes. En el siglo IX aparecerá el maestro de los botánicos musulmanes, Al-Dainawi, quien llevó a cabo una minuciosa clasificación de las plantas por orden alfabético y efectuó un cuidadoso estudio histórico de las distintas variedades. El iraquí Ibn Al-Wahshīya, por su parte, escribe entre finales del siglo X y principios del XI su Kitâb al-filaha al-nabatiyya (“Libro de la agricultura nabatea”), compendio de las más antiguas técnicas y modos de cultivo conocidos hasta su época. Entretanto, en el mundo islámico
occidental, y concretamente en Al-Andalus, comenzaron a surgir importantes
botánicos que se sucederán sin descanso durante siglos:
Ibn Al-'Awwam de Sevilla (siglos XII y XIII), quien describe hasta seiscientas
plantas cultivables y árboles frutales; el también sevillano
Ibn Mufaray o su famoso discípulo Ibn Al-Baitar de Málaga
(1190/97-1248), citado anteriormente, quien viajó por todo Oriente
Medio y fue nombrado botánico jefe por el sultán de Egipto. Como se ha podido comprobar a lo largo de este artículo, la ciencia y la tecnología islámicas han jugado un importante papel histórico en la creación de la ciencia occidental, desde finales de la Edad Media hasta la revolución científica originada en Occidente a partir del Renacimiento. Sin embargo, hay profundas diferencias entre la ciencia islámica tradicional y la moderna ciencia occidental. Algunas de estas diferencias radican en el modo de ver el objeto del conocimiento, de considerar el origen del mundo y de los hechos que son estudiados por la ciencia, y en la posición que la propia ciencia disfruta en ambos mundos. En términos generales, la ciencia occidental moderna considera el mundo material como un ámbito independiente, deslindado de cualquier otro nivel superior del Ser y, por lo tanto, estudiado completamente por separado. La ciencia islámica, por el contrario, mantiene siempre presente la dimensión superior, dentro de la cual el universo material se une, en un sentido profundo e interior, con el mundo del espíritu y, en definitiva, con Dios. Las dos ciencias, islámica y occidental, estudian los fenómenos de la naturaleza, pero la ciencia islámica siempre ve estos fenómenos con relación a la Voluntad de Dios. Ambas ciencias pueden observar la salida diaria del sol, pero, en última instancia, para un musulmán, el sol sale cada mañana “porque Dios lo quiere”. Por tanto, el estudio del universo siempre remite a Dios y a Su Sabiduría. Desde el punto de vista del
sujeto que estudia, el cual es el instrumento del saber, también
existe una gran diferencia. La ciencia occidental moderna es una combinación
de racionalismo y empirismo, de modo que la razón analiza los datos
de los sentidos. En cambio, la ciencia islámica, aunque utiliza
los sentidos y la razón, los integra en la jerarquía total
del conocimiento, que además incluye la revelación coránica.
[18]
Por lo tanto, la ciencia islámica se
basa en la búsqueda de la Unidad y la relación de todas las
cosas con Dios, mientras que la ciencia moderna busca conocer las cosas
al margen de su dimensión trascendente, e insistiendo casi en exclusiva
en su aspecto práctico y utilitario. La ciencia y la tecnología
practicadas por los musulmanes resaltan además un aspecto fundamental,
que acaso pudiera ser útil al considerar el enorme desarrollo que
la tecnología occidental ha conocido desde comienzos del siglo XX,
y éste es el hecho de que no debe perderse de vista el conjunto al
estudiar algunas de sus partes, pues lo más alto no debe ser sacrificado
a lo más bajo. La tecnología debe conocer sus límites
y no confiar en el progreso indefinido de algo que es finito por naturaleza.
Desde esta perspectiva se expresaba el poeta del siglo XVI Abderrahman Al-Yami
[19]
, cuando en uno de sus versos nos confesaba:
He perdido mi intelecto, alma, religión y corazón BIBLIOGRAFÍA
RECOMENDADA
NOTAS.- [1] Para más información, véase Alberto Molina, “ Un arte unitario ”, en revista Alif Nûn nº 26 , abril de 2005; Hasan Bize, “ Fundamentos metafísicos del arte islámico ”, en revista Alif Nûn nº 50, junio de 2007. (Nota de la Redacción). [2] Para más información sobre la figura de Omar Jayyam, véase Ricardo Moreno Castillo, Omar Jayyam: poeta y matemático , Nívola, Madrid, 2002. (Nota de la Redacción). [3] Para más información sobre la figura del Al-Biruni, véase “ Al-Biruni, un precursor de la ciencia moderna ”, en revista Alif Nûn nº 49, mayo de 2007. (Nota de la Redacción). [4] Todavía en el siglo XVIII, Isaac Newton se consideraba a sí mismo como un “filósofo natural”. [5] Para más información sobre la figura de Suhrawardi, véase Sohravardi, El encuentro con el ángel , Editorial Trotta, Madrid, 2002; Carlos Diego y Mahmud Piruz, “El Arcángel púrpura ( ‘Aql-e sorj ) de Sohrawardi”, Revista Sufí nº 4 , Otoño e Invierno 2002, Editorial Nur, Madrid, págs 26-37; Miguel Cruz Hernández, Historia del pensamiento en el mundo islámico: desde los orígenes hasta el siglo XII en Oriente, Alianza Editorial, Madrid, 2.000, págs. 304-310 y Terry Graham, “Sohrawardi: El sufí que reveló la antigua Senda de la Unicidad Divina de Persia”, en Revista Sufí nº 11 , Primavera y Verano 2006, Editorial Nur, Madrid, págs 22-30. (Nota de la Redacción). [6] Para más información sobre la figura de Averroes, véase Miguel Cruz Hernández, ob.cit. , págs 221-274; Ernest Renan, Averroes y el averroísmo , Ediciones Hiperión, Madrid, 1992; Miguel Cruz Hernández, Abu-l-Walid Muhammad ibn Rushd (Averroes). Vida, Obra, Pensamiento, Influencia , Caja Sur, Córdoba, 1997; Idoia Maiza Ozcoidi, La concepción de la filosofía de Averroes , Editorial Trotta, Madrid, 2001; Averroes, El libro de las generalidades de la medicina (Kitab al-Kulliyat fil-tibb) , CSIC, Madrid, 2003; Averroes, Sobre el intelecto , Trotta, Madrid, 2004. (Nota de la Redacción). [7] Para más información, véase Abderrahman Jah y Margarita López “ Al-Andalus, una cultura de agua ”, en revista Alif Nûn nº 39, junio de 2006. (Nota de la Redacción). [8] La vela latina es una vela de forma triangular que puede presentar al viento cualquiera de sus dos caras. Durante la Edad Media, los árabes y musulmanes la usaron de manera generalizada en el Océano índico mucho antes de que se popularizara en los países occidentales de la costa atlántica. El timón de codaste es una pieza móvil vertical colocada en prolongación del codaste (elemento estructural que continúa la quilla en la popa) que sirve para establecer el rumbo de un buque. Para más información, véase Jordi Esteva, Los árabes del mar , Península, Barcelona, 2005. (Nota de la Redacción). [9] Para más información, véase Regis Morelon, “ La ciencia astronómica en la civilización musulmana ”, en revista Alif Nûn nº 41, septiembre de 2006. (Nota de la Redacción). [10] Para más información, véase Pierre Lory, Alquimia y mística en el Islam , Mandala, Madrid, 2005. (Nota de la Redacción). [11] Para más información, véase Hasan Bize, “ Islam y salud: la medicina profética ”, en revista Alif Nûn nº 62, julio de 2008. (Nota de la Redacción). [12] Para más información, véase VV.AA, Ibn al-Baytâr al-Màlaqî y la ciencia árabe , Universidad de Málaga, Málaga, 2008. (Nota de la Redacción). [13] Véase Colección de medicamentos y alimentos. Índices de la letra Sâd y Dâd , Merglablum, Sevilla, 2002; Colección de medicamentos y alimentos. Índices de la letra Sîn , Merglablum, Sevilla, 2005. (Nota de la Redacción). [14] Para más información sobre la figura de Avicena, véase Miguel Cruz Hernández, Historia del pensamiento en el mundo islámico: desde los orígenes hasta el siglo XII en Oriente, Alianza Editorial, Madrid, 2000, págs 221-274; Henry Corbin, Avicena y el relato visionario , Editorial Paidós, Barcelona, 1995, Avicena (Ed. Carlos A. Segovia), Cuestiones divinas (Ilâhhiyât). Textos escogidos , Biblioteca Nueva, Madrid, 2006, Avicena, Poema de la medicina , Junta de Castilla y León, Salamanca, 1999. (Nota de la Redacción). [15] Para más información, véase Ricardo Moreno Castillo, Alhacén, el Arquímedes árabe , Nívola, Madrid, 2007. (Nota de la Redacción). [16] Hasta al-Hayzam, la teoría de la visión formulada por Euclides había sido aceptada como válida por generaciones de científicos. Según esta concepción, la visión se interpretaba como si el ojo proyectase la luz hacia el objeto visto, tras lo cual, conocido éste, la luz volvía al ojo, transportando la imagen. [17] En contraste, Europa tendrá que esperar hasta el siglo XVI para ver surgir este tipo de jardines botánicos, en las ciudades universitarias de Italia. [18] Para más información, véase Douglas Karim Crow, “ Racionalismo e Islam ”, en revista Alif Nûn nº 65, noviembre de 2008. (Nota de la Redacción). [19] Pueden consultarse los siguientes libros de Yami en castellano: Destellos de luz , editorial Sufí, Madrid, 1993; Layla y Majnún , Editorial Sufí, Madrid, 2001. (Nota de la Redacción). A Portada |
|
©
2009 -KÁLAMO LIBROS,
S.L. - Madrid
(España)
|