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NÛN
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Estimados
lectores:
Una de los temas más polémicos
en torno a la religión es su relación con la violencia. El
mundo moderno tiende a asociar ambas y acude a la historia para confirmarlo:
cruzadas y guerras santas, evangelización por la espada o conquistas
en nombre de Dios forman parte de la retahíla de acusaciones vertidas
contra la religión y su supuesto carácter violento. Sin embargo,
como afirma Seyyed Husein Nasr, “tal y como es la naturaleza humana, una
vez que la religión deja de tener una importancia central dentro de
un determinado colectivo humano, los hombres luchan y se matan entre ellos
por cuestiones mucho menos elevadas que su fe en Dios”. El siglo XX ha sido
testigo como ningún otro de esta afirmación. Los grandes conflictos
armados y los genocidios de los últimos cien años –desde las
dos guerras mundiales a los progroms de Stalin, desde Pol Pot hasta Ruanda–
no han respondido en absoluto a motivaciones religiosas y, sin embargo,
han sido sin duda los más devastadores de la historia. Esto viene
a demostrar que no es la religión la que provoca la violencia, sino
la propia naturaleza humana. No obstante, muchas personas de hoy en día,
sobre todo en el mundo occidental, continúan relacionando religión
con violencia, y en el caso del Islam esta opinión es mucho
más acusada.
Los medios de comunicación nos bombardean
con información acerca de al-Qaida, Hamás, La Yihad Islámica,
Hizbullah y otros muchos grupos y organizaciones armadas y, sin embargo,
¿Quién conoce a grupos como el Ejército de Resistencia
del Señor o los Tigres Tamiles? Son algunos de los grupos terroristas
más sangrientos y, sin embargo, apenas aparecen en los medios de
comunicación. Los partidarios de la teoría del complot podrían
decir que, como no se trata de “terrorismo islámico”, no se les da
la misma cobertura informativa. Nosotros tenemos una posible explicación
mucho más prosaica aunque, desde luego, no menos preocupante. El
Ejército de Resistencia del Señor actúa en África
Central y Oriental, y los Tigres Tamiles en Sri Lanka. Es decir, las víctimas
de estas organizaciones son, en su inmensa mayoría, no occidentales
y, por lo tanto, el interés informativo es mucho menor. Se trata
de conflictos de “segundo orden” que no merecen la atención del
mundo civilizado.
Es necesario, por tanto, aclarar al máximo
el papel que juega la violencia religiosa, sobre todo en el caso del Islam,
por el hecho de que esta religión se encuentre en el punto de mira
de buena parte de la opinión pública. En el número
de Alif Nûn de este mes le dedicamos una atención especial
a este asunto a través de dos artículos. El primero enfoca
el problema de la violencia en el Islam desde un punto de vista estrictamente
doctrinal, acudiendo a fuentes coránicas y del Hadiz. El segundo
artículo plantea el problema desde una perspectiva sociológica
y lo traslada al terreno de las relaciones interreligiosas e interculturales
del Islam con Occidente. Los dos siguientes artículos tienen mucho
que ver con una forma particular de violencia: la esclavitud. El primero
de ellos hace un repaso histórico de las diversas formas de esclavitud
que se han desarrollado en Oriente Medio y el Mediterráneo, mientras
que el segundo se centra en las relaciones entre el mundo árabe y
el África negra, y en el papel que el Islam y la esclavitud ha jugado
en estas relaciones.
La Dirección.
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Quisiera analizar dos temas. El
primero establece la obligación de combatir, en relación con
la orden del Profeta (y, a través del Profeta, de Dios). El segundo
se refiere a la distribución del botín de guerra. Una vez más,
el contexto deja clara la importancia de obedecer los preceptos divinos.
En este sentido, entonces, los dos temas dejan clara la relación entre
la obligación de combatir y la concepción islámica
de la historia de la salvación. Es decir, apuntan al combate
como un medio por el cual Dios crea una comunidad de creyentes que “ordenan
lo correcto y prohíben lo incorrecto”, y así dar testimonio
del propósito divino de “probar” y “juzgar” a la humanidad.
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Los acontecimientos
del 11 de septiembre de 2001 aumentaron el interés de la opinión
pública norteamericana hacia el Islam hasta un nivel sin precedentes.
Osama bin Laden declaró que el mundo islámico estaba en guerra
contra el mundo cristiano y judío. Además, afirmó
que el deber religioso de los musulmanes es atacar a los Estados Unidos
y a los estadounidenses. Alguien que no estuviera demasiado familiarizado
con la teología islámica podría considerar esta retórica
radical como una patología sintomática y muy extendida dentro
del Islam, la cual convertiría a los musulmanes en sospechosos habituales
de cometer odiosos actos terroristas. Incluso quienes tenían una
visión más equilibrada de los musulmanes comprendieron que
era necesaria una comprensión más profunda del Islam. Las
preguntas planteadas son: ¿Cuál es la perspectiva islámica
sobre la violencia y cuándo se justifica ésta desde el punto
de vista religioso? ¿Cómo podemos entender el extremismo
islámico contemporáneo? ¿Cómo pueden contribuir
las instituciones islámicas para construir la paz? ¿Cuáles
son los recursos más importantes del Islam para poderla alcanzar?
¿Cómo puede encontrarse un espacio común entre el Islam
y Occidente en la actualidad? Estas y otras cuestiones fueron abordadas por
cuatro expertos en Islam durante el taller organizado por el United States
Institute of Peace el 7 de noviembre de 2001.
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En 1842, el Cónsul
General británico en Marruecos, como parte del esfuerzo a escala mundial
de su gobierno para lograr la abolición de la esclavitud o, al menos,
la reducción del comercio de esclavos, elevó sus quejas al
sultán de ese país, preguntándole qué medidas
había adoptado, si es que lo había hecho, para alcanzar este
deseable objetivo. En una carta donde expresaba su asombro de manera evidente,
el sultán replicó que “el comercio de esclavos es un asunto
sobre el cual todos los colectivos y las naciones han estado de acuerdo desde
la época de los hijos de Adán [...] hasta el día de
hoy”. El sultán continuaba diciendo que “no soy consciente de que
haya sido prohibida por las leyes de ningún colectivo, y no hay necesidad
de plantearse esta cuestión, la cual resulta evidente tanto en la
tierra como en el cielo y no requiere mayor demostración que la luz
del día”.
El sultán sólo estaba
ligeramente desfasado con respecto a la promulgación de leyes abolicionistas
o que limitaran el comercio de esclavos y, por desgracia, tenía
razón en su visión general de la historia. De hecho, la institución
de la esclavitud había estado vigente desde tiempo inmemorial. Existió
en todas las antiguas civilizaciones de Asia, África, Europa y América
precolombina. Había sido aceptada, e incluso aprobada, por el Judaísmo,
el Cristianismo y el Islam, así como por otras religiones del mundo.
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La esclavitud de los negros a manos
de los árabes fue radicalmente diferente a la practicada por sus homólogos
europeos. Fue más compleja y variada, en función de la época
y el lugar. Así, la esclavitud de los zanj en Iraq no se parecía
a la esclavitud en Zanzíbar. Tampoco los árabes son un grupo
racial o religioso; algunos árabes son negros y otros blancos, algunos
son musulmanes y otros son cristianos o judíos.
Una de las mayores diferencias entre la esclavitud árabe y la europea
fue que, en el primer caso, los esclavos procedían de todas las razas
y casi nunca eran empleados para la producción agrícola; los
esclavos no fueron el motor de la economía árabe. Por lo general,
durante la esclavitud árabe no hubo grandes extensiones de plantaciones
de azúcar donde los esclavos trabajaran a golpe de látigo bajo
un sol abrasador. A diferencia del comercio europeo de esclavos negros, las
evidencias físicas del comercio árabe son muy difíciles
de rastrear. No hubo guetos, instituciones mentales o prisiones donde se
retuviera a los africanos. Muchas mujeres fueron capturadas en África
para servir en los infames harenes árabes; sin embargo, sus hijos de
padres árabes nacían libres y, de este modo, podían heredar
las posesiones y el estatus de sus padres, y todos ellos se integraban por
completo en la sociedad. Así, muchos africanos ascendieron de rango
gracias a sus padres árabes. Los infames eunucos eran estériles,
pero el resto de esclavos iría casándose gradualmente con mujeres
no africanas y así se facilitó que la cultura y la descendencia
de los negros fueran absorbidas en las de los árabes. El concepto
de raza en el mundo árabe, tan distinto al europeo, ayudó a
que casi toda la población negra capturada en África se mezclara
con la población árabe mayoritaria. Sin embargo, en Occidente
no había modo de superar los “estigmas raciales”.
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Tú,
corazón, no puedes vislumbrar el enigma
ni enunciarlo como hacen, perspicaces, los sabios;
construye un paraíso con el vino y la copa,
que no sabes si al otro llegarás algún día.
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