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REFLEXIONANDO SOBRE EL ISLAM
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Richard W. Bulliet [2] Veinte años y ocho meses después, una confrontación igualmente inconcebible entre la realidad política de Oriente Medio y la complacencia estadounidense explotó en el World Trade Center y el Pentágono. Dos incidentes calamitosos separados por veinte años, ambos dependientes en cierta medida de las corrientes dentro de la política islámica: ¿Qué lección hemos aprendido durante ese intervalo de 20 años? Sería una exageración, aunque sólo hasta cierto punto, decir que no hemos aprendido nada a nivel político. Después de dos primeros años durante los cuales los expertos trataron de negar cualquier relación significativa entre la revolución iraní y la reafirmación religiosa islámica, un torrente de estudios sobre los movimientos islámicos y sus corrientes políticas brotó de las publicaciones universitarias y los periódicos de todo el mundo. La casi completa ignorancia sobre el fenómeno político-religioso del Islam contemporáneo que había marcado las décadas transcurridas desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del Sha dio paso a una gran cantidad de reflexiones y teorías. Sin embargo, pocas de ellas daban a conocer que ningún miembro de la clase política gobernante eligió beber de las nuevas fuentes puestas a su disposición por la comunidad académica. Por lo tanto, el 11 de septiembre de 2001, mientras un gran número de analistas en el mundo académico podían afirmar honestamente que habían visto y comprendido la pintada sobre el muro, incluso si el mensaje no incluía la fecha, el lugar y el momento exacto de los ataques, muy pocos miembros de la comunidad política podían decir lo mismo. El conocimiento acumulado entre 1981 y 2001 nunca alcanzó al mundo de la política porque nunca fue integrado en una visión global de la política islámica y de Oriente Medio lo bastante eficaz para desbancar los antiguos supuestos que habían guiado la mayoría de las decisiones políticas desde la Segunda Guerra Mundial. Ha sido muy habitual que la política de los EEUU durante ese periodo reflejara una valoración de los intereses nacionales basada en tres componentes: la seguridad del Estado de Israel, el mantenimiento de un flujo constante de petróleo a precios razonables y el rechazo a que la Unión Soviética dispusiera de oportunidades para establecerse firmemente en la región. Además, varios supuestos teóricos derivados de la teoría de la modernización canalizaron el modo en que los responsables políticos trataron de garantizar estos intereses nacionales: 1) En el proceso de modernización, el desarrollo económico suele ser anterior a la democratización, y aquel puede fracasar si no se basa en la educación de las masas y en una sólida y próspera clase media. 2) El proceso de modernización debe estar necesariamente acompañado de un aumento del laicismo y un repliegue de la religión desde la escena pública hasta el ámbito de la práctica privada. 3) Es necesario un liderazgo fuerte –preferiblemente de oficiales formados en academias militares, tecnócratas educados en occidente o monarcas dispuestos a colaborar con las potencias occidentales– para canalizar los recursos con eficacia y refrenar a los inmaduros y demagogos partidarios de la democratización. Estos supuestos, los cuales fueron planteados con firmeza por los expertos que sentaron la base teórica para el campo de los estudios sobre Oriente Medio a finales de los cincuenta, dieron como resultado una perspectiva política bipolar bastante coherente durante medio siglo. Además, parecían funcionar. La inestabilidad de las primeras décadas de la postguerra dio paso en los setenta a regímenes autoritarios, algunos militares y otros monárquicos, que intentaron desarrollar sus economías, educar a su juventud siguiendo una línea moderna y a menudo laica, y excluir de la escena política a cualquiera que fuera partidario de situar el comunismo o el Islam en el centro de la vida pública. Los Estados Unidos, sorprendidos por la inesperada vulnerabilidad de Israel durante la guerra de Ramadán de 1973 [3] , sufrieron la crisis del petróleo derivada de la guerra y estaban constantemente preocupados por el expansionismo soviético. Sin embargo, la política islámica no aparecía en la lista de las principales preocupaciones, a pesar de que los escritos de Sayyid Qutb [4] , el ayatollah Jomeini [5] y muchos otros estaban alcanzando una amplia difusión y estimulaban a sus lectores a soñar con sistemas sociales y políticos alternativos. La década transcurrida entre la revolución iraní [6] y el hundimiento del poder soviético fue testigo de estimaciones muy diversas acerca del papel del Islam en el mundo. Partidarios de la modernización intentaron quitar importancia al nuevo fenómeno religioso, calificándolo de angustia inter-generacional, desequilibrio en la modernización o periodo pasajero. En algunos casos, los teóricos apegados a la idea de que revolución y liberalización son inseparables buscaron explicar la anomalía iraní asociándola en teoría con el fascismo. Los teóricos de la Guerra Fría comenzaron a considerar la militancia islámica internacional, dirigida desde Teherán, como un vino nuevo vertido en las viejas botellas del comunismo internacional. Los especialistas en el Islam se dedicaron a crear diversos sistemas de clasificación incompatibles entre sí, por los cuales los diversos escritores y grupos musulmanes podrían dividirse en: modernistas, reformistas, revisionistas, fundamentalistas, radicales, moderados, reaccionarios, progresistas y un largo etcétera. Apenas resulta sorprendente que ninguno de estos sistemas para encajar el nuevo fenómeno islámico en los antiguos marcos teóricos haya tenido éxito a la hora de proporcionar nuevas fórmulas políticas en las que basarse. Por un lado, la influencia de los modelos previos era tan fuerte que los analistas se mostraban reacios a abandonarlos para dirigirse hacia un territorio inexplorado. Por otro, los expertos que afirmaban comprender el nuevo fenómeno no compartían la misma opinión. Frente a las diversas corrientes de la teoría de la modernización, el realismo político en la teoría de las relaciones internacionales, la teoría de la disuasión en la Guerra Fría o el concepto de Estado rentista en economía [7] , no se alzó ninguna voz por encima del clamor del conflicto que analizara el Islam de un modo lo bastante sencillo, coherente y persuasivo como para que los responsables políticos pudieran llegar a plantearse abandonar, ni siquiera parcialmente, las políticas que se dirigían en la dirección equivocada. El fracaso de la teoría culminó en la época de la guerra del Golfo de 1991. Los doctos especialistas invitados a una conferencia en el Pentágono en noviembre de 1990 para reflexionar sobre las perspectivas de Oriente Medio durante los cinco años siguientes a la resolución de la crisis de Iraq –ya fuera mediante la guerra o la diplomacia–, tenían poco que aportar más allá de un consenso respecto al hecho de que “la opinión pública árabe” se mostraría furiosa ante cualquier ataque sobre Iraq. La única valoración de la situación de postguerra que rápidamente iba a producirse provino de un funcionario del Departamento de Estado quien afirmó que los Estados árabes se sentarían en la mesa de negociaciones con Israel después de la guerra. De acuerdo con los tres intereses básicos de los norteamericanos, el Departamento de Estado examinó el escenario de guerra y se preguntó: ¿Cómo puede esto mejorar la seguridad de Israel? Las posibles consecuencias para Iraq, Irán, Arabia Saudita y los Estados del Golfo, áreas donde los acontecimientos posteriores podrían poner de manifiesto la importancia de los planteamientos islámicos, no fueron discutidas seriamente. De modo que, ahora que hemos recibido una segunda llamada de atención tan brutalmente impactante, ¿a quién acudirán los Estados Unidos en busca de las tan necesarias nuevas ideas? Para empezar, no hay razón para suponer que las antiguas teorías vayan a desvanecerse. Todos reafirman la prioridad de la disputa entre israelíes y palestinos, aunque con distintas justificaciones. Los expertos en fuentes de energía temen perder en el futuro una gasolina a precios asequibles si las relaciones con Arabia Saudita empeoran por el hecho de que allí pudiera percibirse que muchos problemas actuales tienen raíces profundas. Los partidarios de la Guerra Fría reúnen coaliciones internacionales para combatir en guerras abiertas o encubiertas de muchos años de duración contra los enemigos a nivel mundial. Los expertos y los promotores de la modernización, convertidos en gurús de la globalización, valoran el acceso a internet, el desempleo juvenil y la gran deuda internacional, y advierten de que las economías estancadas y desequilibradas convierten la democracia en un objetivo incierto. ¿Pero donde está la nueva voz del coro que ofrezca un análisis convincente sobre las actuales corrientes religiosas y políticas en el mundo islámico? ¿Lleva la voz cantante? ¿Es harmoniosa? ¿Acaso no es oída por todos? Hasta el momento, para nuestra desgracia, parece que sólo canta para sí misma. El Islam encabeza el reparto de la tragedia que estamos presenciando y merece jugar un papel equivalente en nuestro planteamiento acerca de cómo resolver esta tragedia. Para ser convincente, cualquier esbozo de una teoría sobre la política islámica debe abarcar varios aspectos: 1) La naturaleza de la autoridad en el mundo islámico contemporáneo. ¿Cómo trastornó o, en su caso, integró a las autoridades tradicionales musulmanas el proceso de modernización llevado a cabo por los reformistas del siglo XIX, los colonizadores europeos, las monarquías independientes o los regímenes nacionalistas laicos? ¿Cómo extirpó la influencia básicamente conservadora de esas autoridades sobre la población musulmana? ¿Cómo se reprodujo este proceso de reformas a finales del siglo XIX y cómo los modernos medios de comunicación electrónicos de finales del siglo XX han promovido los cambios en la forma de hacer valer la autoridad y en las credenciales de quienes se sitúan a sí mismos al frente como autoridad? ¿Cómo han penetrado estos cambios en el escenario político?: ¿originando nuevas ideas? ¿reforzando las antiguas? ¿apoyando el gobierno participativo? ¿apoyando la violencia? ¿apoyando el totalitarismo? 2) El modo en que la comunidad islámica ha respondido a crisis parecidas en siglos anteriores. Dado que el Islam es una religión mucho más antigua que el imperialismo, la nación-estado y la invención de la modernidad, ¿cómo han sido resueltas anteriormente las quiebras de autoridad y la sensación de estar siendo atacado desde el exterior? ¿Puede la estructura de la religión, ya sea a nivel dogmático o sociológico, ofrecernos pistas para entender los parámetros dentro de los cuales las comunidades musulmanas contemporáneas abordarán sus dilemas actuales? 3) El probable y potencial impacto del gobierno participativo sobre el papel del Islam en el pensamiento y en la sociedad. Aunque el Islam es una religión antigua, los actuales intentos de unirlo con el gobierno participativo son nuevos. ¿Merece la pena apoyar estos intentos y está justificado mostrarse optimista, en comparación con la historia de otras experiencias de democratización? Si el abanico de posibles opciones políticas se limita o bien al gobierno autoritario, o bien al gobierno participativo fuertemente influenciado por los defensores de la política islámica, ¿cuál resulta más prometedor como posible desarrollo deseable para el futuro? 4) La relación entre las sociedades musulmanas y los Estados Unidos. Más allá de la crisis actual, aún asumiendo que previsiblemente los Estados Unidos seguirán jugando en el futuro un papel dominante en los asuntos mundiales, ¿es necesario que los Estados Unidos adopten hacia el Islam una postura que reconozca la importancia de éste a lo largo de la historia en las vidas de los creyentes? ¿Tal postura implica la puesta en marcha de políticas específicas? y ¿mantener esta postura es tan importante como para que deba permanecer en pie de igualdad con respecto a otras valoraciones de los intereses nacionales estadounidenses? Esta lista, la cual podría ampliarse
a otras, tiene el objetivo de demostrar hasta que punto el modo de “presentar
el Islam” durante medio siglo de teorías de las ciencias sociales
necesita un profundo replanteamiento. Tan solo con admitir que la importancia
permanente de las creencias religiosas es una piedra de toque de las conductas
públicas se pone en tela de juicio la ecuación de “modernidad
con secularización” que tomó forma durante la Ilustración
y que desde entonces sustenta una gran parte de las teorías de los
expertos. Superar este supuesto y conceder a los defensores de una “política
islámica” un asiento en la mesa junto a árabes e israelíes
que exigen dar prioridad a sus antiguas enemistades locales, defensores
de las fuentes de energía temerosos por la inestabilidad en el Golfo
Pérsico y portavoces de la globalización que pretenden llevar
al terreno económico todos los asuntos políticos, requeriría
un cambio radical en el modo en que estamos acostumbrados a mirar el mundo.
Este cambio sólo se producirá cuando reconozcamos que el aparente
éxito en la política exterior durante la segunda mitad del
siglo XX sembró las semillas de nuestra crisis actual. Mucho se puede
decir a favor de mantener y perfeccionar las teorías que han guiado
nuestra política durante ese medio siglo –después de todo,
con ellas se han alcanzado algunos objetivos loables–, pero si planteamos
su revisión sin tener en cuenta una interpretación del Islam
–y posiblemente, por extensión, de otras religiones– sistemática
y coherente desde un punto de vista teórico, corremos el riesgo de
plantar más semillas y recoger cosechas aún más venenosas. BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
NOTAS.- [1] Fuente: http://www.ssrc.org/sept11/essays/bulliet_text_only.htm [2] Richard W. Bulliet es licenciado en Historia por la Universidad de Harvard (1962) y más tarde (1964-1967) se especializó en Historia de Oriente Medio en la misma Universidad. Desde 1978 ha venido ejerciendo como profesor de Historia de Oriente Medio en la Universidad de Columbia y, hasta 1973, como profesor asistente en la Universidad de Harvard. Ha sido y es miembro de varias instituciones como la Middle East Studies Association, la Society for Iranian Studies o el American Institute of Iranian Studies . También ha escrito varios libros y artículos en revistas especializadas sobre la historia y la sociedad de Oriente Medio. (Nota de la Redacción). [3] También conocida como Guerra del Yom Kippur. (Nota de la Redacción). [4] Para más información sobre el pensamiento político de Sayyid Qutb, véase Redacción Alif Nûn, “El reformismo musulmán: Los Hermanos Musulmanes a través del pensamiento político de Sayyid Qutb ”, en revista Alif Nûn nº 39, junio de 2006; Sayyid Qutb, La justicia social en el Islam , Editorial Almuzara, Córdoba, 2007; Tariq Rmadan, El reformismo musulmán , Edicions Bellaterra, Barcelona, 2000. (Nota de la Redacción). [5] Para más información sobre la obra política de Jomeini, véase Redacción Alif Nûn, “ La doctrina política de Jomeini ”, en revista Alif Nûn nº 46, febrero de 2007. (Nota de la Redacción). [6] Para más información, véase Amrei Rahman, “ Irán: luces y sombras de una revolución ”, en revista Alif Nûn nº 32, noviembre de 2005; Farhad Khosrokhavar y Oliver Roy, Irán, de la revolución a la reforma , Bellaterra, Barcelona, 2000; María Jesús Merinero Martín, La República Islámica de Irán , La Catarata, Madrid, 2004. (Nota de la Redacción). [7] Estado rentista es un término usado para designar a Estados no democráticos que aseguran un mínimo de bienestar a la población gracias a los ingresos derivados de importantes actividades económicas no productivas, generalmente la extracción de petróleo. Según algunos politólogos y economistas, esta práctica permite que gobiernos dictatoriales puedan limitar así las libertades públicas, evitando la aparición de grandes grupos sociales disconformes con el régimen. Para más información, véase Ferrán Izquierdo Brichs, “Poder y Estado rentista en el mundo árabe”, en Taller de Estudios Internacionales Mediterráneos , nº 2, 2007. (Nota de la Redacción). A Portada |
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