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IBN ‘ARABÎ,
MAESTRO ESPIRITUAL DE ORIENTE Y OCCIDENTE (II) [1] Stephen Hirtenstein [2]
Estos dos puntos de vista pueden ser descritos en términos de oriente y occidente. El primer modo de conocimiento es el de la polaridad y la oposición. O te diriges hacia oriente o te diriges hacia occidente. A nivel físico nunca se encuentran. La qibla de la mezquita o el altar de la iglesia tienen un centro que dirige al suplicante hacia un objetivo en particular y a la vez lo aparta de cualquier otra dirección. Por esta razón, la gente ha asociado el oriente, la tierra del sol naciente, con la luz y la alegría, mientras que occidente ha sido usado como metáfora de la oposición, la oscuridad, la ignorancia y la tristeza. Ibn ‘Arabî, sin embargo, nunca limitó la orientación de Dios a una sola dirección física. Nunca vio ningún aspecto del universo manifestado salvo como un Signo de Dios. Cada aspecto es un “Rostro Divino”, una manifestación de Dios, y cualquier oposición aparente entre distintos “rostros” se debe tan solo a la naturaleza de lo relativo. Aquellos cuya visión es limitada creen que sólo se puede estar de un lado o del otro, tomar un camino y no otro, y de este modo rechazan alguno de los “rostros”. La gente de la iluminación no rechaza la validez de la oposición en términos relativos, pero, al mismo tiempo, no está limitada por ella. Su devoción no es direccional. Citando el versículo coránico “A Dios pertenecen el oriente y el occidente; dondequiera que os volváis ahí está el Rostro de Dios”, Ibn ‘Arabî señala una consecuencia absolutamente práctica: si no sabes la dirección exacta hacia donde rezar, entonces rézale [a Dios] en cualquier dirección hacia donde estés vuelto, pues El está en todas direcciones. [4] Cuando los opuestos ya no son considerados
como irreconciliables, la direcciones de oriente y de occidente adquieren
una connotación distinta. En uno de sus poemas, Ibn ‘Arabî escribe:
Vio la luz en el oriente, y anheló el oriente; En su comentario de estos versos añade que oriente simboliza la visión de Dios en las cosas creadas, Su manifestación en las formas, mientras que occidente representa la manifestación de la Esencia Divina en el corazón, Su manifestación en la pureza absoluta. Para él, el único deseo es hacia el Uno que se manifiesta, y no hacia el lugar donde se manifiesta. El hombre de Dios abandona cualquier preferencia personal en favor de la preferencia de su Amado. En el capítulo sobre Moisés
de los Fusûs al-Hikam alude a estos dos
grados de visión
[6]
. En su comentario sobre el relato La visión que hemos citado antes, que simboliza la difusión de las enseñanzas de Ibn ‘Arabî por todo el mundo, se basa en “un fragmento de luz blanca” [9] . Se explica que esta luz es la azora veintiséis del Corán, al-Shu‘arâ. Este título normalmente se traduce como “Los Poetas” (a menudo con una connotación negativa, pues el Corán censura el modo tan elocuente en el que los poetas hablan, pero sin comportarse de acuerdo a lo que predican) [10] . Sin embargo, una traducción más literal podría ser “aquellos que están dotados de verdadera sensibilidad y percepción”. En el sueño-visión de Ibn ‘Arabî, la luz blanca de esta azora está íntimamente conectada con la difusión de sus enseñanzas, y si leemos la azora con atención podemos ver muchas conexiones reveladoras. Hay múltiples temas a lo largo de toda la azora que aparecen con una claridad y regularidad llamativas en las enseñanzas de Ibn ‘Arabî: no hay coacción en la guía Divina, sólo una invitación a la Verdad; todo lo que los profetas han traído es el mismo mensaje; la culminación de este mensaje consiste en hacer realidad nuestra verdadera naturaleza humana; el Espíritu desciende directamente sobre el corazón, y esto constituye la más pura felicidad. Por lo general, en su exposición de la azora, Ibn ‘Arabî busca referencias en su propio estado interior: “Has de saber –Dios nos bendiga y te bendiga con la felicidad eterna– que el yo dotado de habla (al-nafs al-nâtiqa ) está bendecido con la felicidad en este mundo y en el otro, y no sufre en absoluto, pues no proviene del mundo del sufrimiento. Lo que sucede es que Dios le ha hecho viajar en el receptáculo corporal, lo cual es un modo de cruzarlo con el yo animal (al-nafs al-hayawâniyya ) –este último es como una manada de animales cabalgando. La única razón de que el yo dotado de habla cabalgue sobre este animal es para que pueda transitar por la Vía recta, cuya esencia es la Verdad.” [11] El objetivo de la vía mística
es situar estos dos aspectos de nuestro ser en su lugar adecuado. El “yo
dotado de habla”o “alma racional” es nuestra verdadera esencia, y está
dotado de habla porque todas las cosas están “hablando” para alabar
a Dios. Ibn ‘Arabî considera que este yo también está
dotado de raciocinio y conocimiento, pero no en el sentido del pensamiento
intelectual, sino en el de la verdadera sabiduría. En la mayoría
de los humanos este “habla” o alabanza a Dios está oculta por la tendencias
de la naturaleza animal. A menos que este yo animal esté preparado
para servir de montura, seguirá su propia senda e irá “por
el mal camino”, rechazando así el gobierno del jinete. Lo que proporciona
la verdadera felicidad al ser humano es diferenciar estos dos aspectos,
darles su lugar adecuado y conducirlos juntos en armonía. En última
instancia, Ibn ‘Arabî no cree en un rechazo hacia el lado animal,
aunque la renuncia pueda ser una etapa importante en la senda espiritual: “La renuncia (zuhd) a las cosas se debe a que el renunciante ignora lo verdaderamente existente –en otras palabras, se debe a que carece de conocimiento– y [también] se debe al velo que cubre su ojo [o esencia, ‘ayn] –en otras palabras, se debe a que carece de desvelamiento y de presencia... Si supiera o fuera testigo del hecho de que todo el universo está hablando para glorificar y alabar a su Creador y de que [el universo] está en un estado de presencia directa de Dios, ¿cómo podría buscar la renuncia a algo que posee esta cualidad?... Su ignorancia le hace imaginar que el mundo está separado de Dios y que Dios está separado del mundo, y por eso busca huir hacia Dios.” [12] Tal y como Ibn ‘Arabî continúa
explicando, en esencia se trata de un viaje desde la ignorancia hacia el
conocimiento y la visión. Todo aquello que nos oculte este desvelamiento
y esta visión es un obstáculo que debe ser apartado. “[Huir de las distracciones aparentes es inevitable] hasta que Dios ilumina el ojo interior y exterior [de la persona] para que sea testigo del verdadero orden de las cosas. Entonces sabrá cómo pedir, a quién pedir, quién es el que pide, etc. Sabrá el verdadero significado de las palabras de Dios: ‘Dios es Quien se basta a Sí mismo, el Digno de confianza.’” [13] En una brillante respuesta a
una de las preguntas de Ibn Sawdakîn
[14]
, Ibn ‘Arabî revela, al estilo de las enseñanzas
de Jesús, que la única y más importante premisa de
la senda espiritual es la humildad. Sólo en la humildad de la naturaleza
animal puede revelarse la grandeza de la naturaleza divina y espiritual.
La verdadera humildad implica adquirir un completo estado de servidumbre: “Yo [Ibn Sawdakîn] le pregunté: ‘Maestro, si el siervo se aparta del Rostro [Divino] por influencia del deseo y la duda, ¿no podría ver también el Rostro [Divino] en este deseo y en esta duda?' Sobre esta humildad se basa
la exposición del Amor y la Compasión de Dios que constituye
el núcleo de la obra de Ibn ‘Arabî.
[16]
No se trata de una débil humildad
frente a un poder superior. Se trata de reconocer sin lugar a dudas que
no existe nada salvo El y que nosotros somos el lugar donde Dios se manifiesta.
El universo, desde la partícula más pequeña hasta la
galaxia más lejana, manifiesta la luz de la compasión que
fluye desde el Nombre Divino, el Absolutamente Compasivo (al-Ra
h mân). Sin embargo, cada parte del universo únicamente
refleja esa luz de acuerdo a su propio ser, a su naturaleza limitada. Sólo
el hombre tiene la capacidad para elevarse por encima de los límites
de la naturaleza creada y reflejar por completo esa luz. Este es el verdadero
destino del ser humano, ser tanto la parte como el todo, ser limitado e
ilimitado. Para alcanzar tal capacidad debemos abandonar la imagen que tenemos
de nosotros mismos y darnos cuenta de que estamos hechos “según la
Imagen del absolutamente Compasivo”. En el Hombre –me refiero al Hombre Perfecto
[17]
– la Luz alcanza una concentración ilimitada,
como una lente que concentra la intensidad de los rayos del sol, iluminando
por completo la oscuridad y reduciendo a cenizas cualquier asunto mundano;
en otras palabras, destruyendo todo lo que percibe como distinto a sí
mismo. “La Compasión sólo puede ser apreciada verdaderamente desde la perspectiva del misericordioso (al-rah îm ), no desde la perspectiva de quien la recibe, pues este último no sabe lo que es más beneficioso para él. Es como el doctor que, al margen de la compasión que pueda sentir hacia el paciente, le amputa una pierna infectada por la gangrena para salvarle la vida. La compasión del misericordioso que realmente ejerce la compasión (al-rah îm al-rahîm) es, por lo tanto, universal.” [18] Dicha compasión es
universal porque atraviesa todas las cosas, ya sean consideradas beneficiosas
o no. Es con esta ausencia de límites con la cual se identifica Ibn
‘Arabî: “Dentro de la raza humana hay “formas” que sostienen el Trono [Divino] sobre el cual está sentado el Absolutamente Compasivo. Yo soy una de ellas, y el mejor de todos los pilares me pertenece: es el Tesoro de la Compasión y la Misericordia (rahma ). El me ha convertido en alguien que posee una misericordia absoluta ( rahîman mutlaqan). A pesar de conocer el sufrimiento y la privación, he descubierto que no hay privación que no contenga dulzura y alivio, castigo que no contenga misericordia, contracción que no contenga expansión ni estrechez que no contenga amplitud. De este modo he conocido las dos categorías.” [19] La compasión ilimitada que se pone de manifiesto en Ibn ‘Arabî es, en última instancia, un completo misterio. Puede surgir en forma de privaciones y problemas difíciles de asumir, al igual que puede aparecer en formas que podamos aceptar de buena gana. Como la medicina, su único objetivo es “curar la enfermedad” que impide ver el Rostro Divino. Al abrirnos a nosotros mismos para recibir, podemos comenzar a sentir su inmensidad. Sólo podemos verla en lo que pensamos que es bueno, ignorándola cuando aparece en formas que no reconocemos. Y, sin embargo, Ibn ‘Arabî nos advierte una y otra vez contra esta limitación. Nos recomienda no prestar oídos a los altibajos de la existencia, abrirnos a una receptividad constante, una absoluta desnudez de espíritu que constituye nuestra verdadera naturaleza. La compasión sólo puede ser verdaderamente apreciada por aquellos que la reciben cuando llegan a estar tan identificados con Quien la otorga que ya no tienen ninguna sensación de ser sus destinatarios.
Para Ibn ‘Arabî, esta afirmación alcanza su paradigma en el hombre de Dios, el Hombre Perfecto (al-insân al-kâmil), la Imagen Divina. En todas sus obras explica cómo los profetas representan el mejor modelo de heroísmo espiritual, cómo dirigieron a su pueblo hacia Dios mientras estuvieron en este mundo, cuál es su realidad y cómo todo ello quedó condensado en la persona de Muhammad, el Sello de los Profetas. Mediante su propia vida, Ibn ‘Arabî ha mostrado el modo más claro de seguir el ejemplo de los profetas, el significado de hacer realidad la herencia profética y de alcanzar la “alquimia” de la perfecta felicidad [20] –todo lo cual es válido para cualquier buscador sincero de la Verdad, sea cual sea su rango o su tendencia. No hay límite por razón de nacimiento, educación o sexo: Ibn ‘Arabî se esfuerza al máximo para demostrar que el hombre y la mujer tienen la misma capacidad para alcanzar la perfección. El hecho de que poseyera una capacidad ilimitada para comprender todos los rangos espirituales es una señal del papel que le fue asignado como Sello de la Santidad Muhammadiana. Es bueno conocer el heroísmo,
cuáles son las cualidades de un héroe, etc. Es incluso mejor
ver a un héroe en acción. Pero el único y verdadero
logro digno del ser humano es que él mismo se convierta en un héroe.
Sólo entonces sabremos lo que significa ser un héroe. El acto
más elevado de heroísmo es aceptar todo el peso y la generosidad
sin límites de la Presencia Divina en nuestras propias vidas. Esta
es la verdadera certeza (yaqîn), en la cual no hay lugar para
la duda. La falsa ilusión de estar atrapados en la dualidad se desvanece
y prevalece la afirmación de la Unidad (tawhîd
). El criterio por el cual se juzga el valor de un ser humano pasará
a ser entonces, no las posesiones ni el conocimiento o los logros espirituales,
sino la simple cualidad que consiste en renunciar a uno mismo para recordar
a la Realidad Unica. La encarnación de la Compasión y la Misericordia
sin límites conocida como Ibn ‘Arabî no tiene ningún
otro propósito y no se esfuerza por alcanzar ningún otro objetivo:
El destino definitivo del mundo entero BIBLIOGRAFÍA
RECOMENDADA
NOTAS.- [1] Traducción del inglés y adaptación del texto “Of East and West”, en Stephen Hirtenstein, The Unlimited Mercifier. The Spiritual Life and Thought of Ibn ‘Arabî, Anqa Publishing & White Cloud Press, Canadá, 1999, págs. 235-249. Segunda parte del artículo publicado en la revista Alif Nûn nº 67 , enero de 2009. Todas las traducciones de citas del Corán que aparecen en el texto están basadas en la versión castellana de Julio Cortés: El Corán , Editorial Herder, Barcelona, 2005. (Nota de la Redacción). [2] Stephen Hirtenstein ha sido editor del Journal of the Muhyiddin Ibn 'Arabi Society desde sus comienzos en 1982, y es cofundador de Anqa Publishing. Después de graduarse en Historia por la Universidad de Cambridge, estudió en la Beshara School. Ha dedicado muchos años de investigación a la obra de Ibn 'Arabi y su escuela, publicando varios libros sobre este genial místico universal y traduciendo del árabe al inglés algunos de sus pequeños tratados. También ha preparado un seminario sobre Ibn ‘Arabi en la Universidad de Oxford. (Nota de la Redacción). [3] Véase Stephen Hirtenstein, “ Ibn ‘Arabî, maestro espiritual de oriente y occidente (I) ”, en revista Alif Nûn nº 67, enero de 2009. (Nota de la Redacción). [4] Fut.I:404. El versículo coránico es 2:115. [5] Taryumân , p. 74. (Véase una traducción similar, aunque no exacta, en El intérprete de los deseos , Editorial Regional de Murcia, 2002, p.133. [Nota de la Redacción]). [6] Véase Los engarces de la sabiduría s , Editorial Edaf, Madrid, 2009. (Nota de la Redacción). [7] Véase Corán, 26: 23 y sigs. [8] Fusûs, p. 208. [9] Para ver la descripción completa de la visión de Ibn ‘Arabî a la que hace referencia el autor, véase Stephen Hirtenstein, ob. cit . (Nota de la Redacción). [10] Para ver la relación entre la poesía y el Corán, véase Elsayed M.H Omran, “El Islam, el Corán y la literatura árabe”, en revista Alif Nûn nos 62 (julio de 2008) y 63 (septiembre de 2008) . (Nota de la Redacción). [11] Fut.III:262-3. El capítulo 358 de las Futûhât corresponde a la azora 26. [12] Fut.III:263-4. [13] Fut.III:265. La cita proviene de Corán, 31:26. [14] Ibn Sawdakîn (m. 1248) fue uno de los discípulos más cercanos a Ibn ‘Arabî. Para más información, véase Stephen Hirtenstein, ob. cit. (Nota de la Redacción). [15] K. al-Wasâ’il, p. 7. [16] Para más información, véase Claude Addas, “La experiencia y la doctrina del amor en Ibn ‘Arabî”, en revista Alif Nûn nos 55 (diciembre de 2007) y 56 (enero de 2008) . (Nota de la Redacción). [17] El concepto de “Hombre Perfecto” u “Hombre Universal” ha sido ampliamente usado por todos los maestros y las órdenes sufíes. Para más información, véase Abdal-Karim al-Yili, El Hombre universal , Mandala Ediciones, Madrid, 2001 [18] Fut.II:76 y 12:319. [19] Fut.III:431. [20] Con esta expresión, el autor se hace eco del famoso libro de Muhammad al-Ghazali titulado Kimiyâ-ye sa‘âdat (“La alquimia de la felicidad”). Para más información, véase Al-Gazzali, La alquimia de la felicidad , Editorial Sufí, Madrid, 2002; Amrei Rahman, “ Muhammad al-Gazâli: análisis de su pensamiento y de su trayectoria vital ”, en revista Alif Nûn nº 37, abril de 2006. (Nota de la Redacción). [21] Fut.III:550. Extraído de un poema en el margen del original. “Compasión Suprema” es una traducción de rahamût, un término técnico que Ibn ‘Arabî acuñó para expresar el grado más elevado posible de rahma. Combina en una sola palabra la dualidad aparente de los Nombres Divinos al-Rahmân y al-Rahîm. A Portada |
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