LA EXPULSIÓN DE LOS MUSULMANES DE ESPAÑA:

UN ANTIGUO EJEMPLO DE LIMPIEZA ÉTNICA Y RELIGIOSA [1]

Roger Boase [2]



    “Todo decae después de alcanzar la perfección.../ El surtidor de la blanca fuente para la ablución llora de desesperación, como el llanto de un apasionado amante por la partida de la amada, / otra vez viviendas vacías del Islam, cuyos habitantes viven ahora en la incredulidad, / donde las mezquitas se han convertido en iglesias en las que sólo hay campanas y cruces.../ ¿Oh, quién reparará la humillación de un pueblo que una vez fue poderoso, un pueblo al que ha cambiado la situación de injusticia y los tiranos? / ¡Ayer eran reyes en sus propios hogares, pero hoy son esclavos en la tierra de los infieles! /  Los verás desconcertados, sin nadie que los guíe, portando el paño de la vergüenza en todas sus formas, / y contemplarás su llanto cuando son vendidos, el miedo en su corazón y el dolor que los embarga. / Por desgracia, muchas doncellas tan bellas como el amanecer, como si fueran rubíes y perlas, / han sido empujadas por los bárbaros a la deshonra contra su voluntad, mientras sus ojos se llenan de lágrimas y su corazón está aturdido. / ¡El corazón se derrite por el dolor a causa de semejante espectáculo, si aún queda algo de Islam o de fe en ese corazón!” [3]  

Estas palabras fueron escritas por el poeta ar-Rundi tras la caída de Sevilla a manos de Fernando III de Castilla (1199-1252) en diciembre de 1248. Por aquella época, muchas otras ciudades españolas como Valencia, Murcia, Jaén y Córdoba ya habían sido tomadas y parecía que el final de la España musulmana era inminente. Sin embargo, no fue hasta 1492 cuando el reino musulmán de Granada se rindió a los monarcas católicos Fernando e Isabel, y la expulsión definitiva de los musulmanes no tuvo lugar hasta más de un siglo después, entre 1609 y 1614. Esto significa que todavía existía una población musulmana muy numerosa medio milenio después del punto culminante de la cultura andalusí en el siglo XI.

Ar-Rundi podría muy bien haber sido sensible a la grave situación de sus correligionarios después de la caída de Granada o en el momento de la expulsión, cuando se cometieron muchas atrocidades parecidas: hogares destruidos y abandonados, mezquitas convertidas en iglesias, madres separadas de sus hijos, personas despojadas de sus riquezas y humilladas, rebeldes armados reducidos a la esclavitud. “Con mis propios ojos –dice Yuce Banegas, un erudito que había sido uno de los líderes de la aristocracia granadina– vi [...] a más de trescientas doncellas sacadas a pública subasta; no les diré nada más, pues es más de lo que puedo soportar.” [4]   Pero lo que hizo a esas atrocidades especialmente crueles en el siglo XVI es que por esa época los musulmanes se habían convertido en ciudadanos españoles y algunos eran auténticos conversos al Cristianismo [5] ; de hecho, muchos de ellos, como Ricote, el vecino de Sancho Panza en la novela Don Quijote (1605-15), eran profundamente patriotas y se consideraban “más cristiano(s) que moro(s).” [6] Sin embargo, al margen de sus convicciones religiosas, todos ellos fueron víctimas de una política de Estado basada en argumentos teológicos racistas que contaba con el respaldo tanto del Consejo Real como de la Iglesia, para la cual la expulsión de los judíos en 1492 proporcionaba un precedente jurídico reciente. Hasta qué punto el destino de los musulmanes españoles y de sus descendientes quedó ligado al destino de los judíos resultará claro cuando analice algunos de los argumentos racistas empleados para justificar la política de expulsión.

Según los términos del tratado redactado por Fernando e Isabel en 1492, cuando las tropas cristianas entraron en Granada, se prometió a los nuevos súbditos de la corona que se les permitiría conservar sus mezquitas e instituciones religiosas, conservar el uso de su idioma y seguir usando sus propias leyes y costumbres. [7]   Sin embargo, en el plazo de siete años, esas generosas condiciones habían sido rotas. Cuando el enfoque misionero moderado de Hernando de Talavera (1428-1507), arzobispo de Granada, fue sustituido por el fanatismo del cardenal Cisneros (1436-1518), quien organizó conversiones en masa y ordenó quemar todos los textos religiosos en árabe [8] , estos acontecimientos tuvieron como consecuencia la primera rebelión de las Alpujarras (1499-1500) y el asesinato de uno de los delegados del cardenal, lo cual, a su vez, dio a los Reyes Católicos una excusa para revocar sus promesas. En 1499, según el biógrafo de Cisneros, se convenció a los líderes religiosos musulmanes para que entregaran más de 5000 libros de un incalculable valor con encuadernaciones ornamentales, que luego fueron arrojados a las llamas; sólo se salvaron algunos libros de medicina. [9] En Andalucía, después de 1502, y en Valencia, Cataluña y Aragón, después de 1526, a los musulmanes se les dio a elegir entre el bautismo o el exilio. Para la mayoría, el bautismo era la opción más fácil y la única factible. Desde entonces, los musulmanes españoles se convirtieron en teoría en cristianos nuevos y, como tales, en súbditos bajo la jurisdicción de la Inquisición, la cual había sido aprobada por el papa Sixto IV en 1478.

Para la mayor parte, la conversión fue meramente nominal: se convirtieron de palabra al Cristianismo, pero siguieron practicando el Islam en secreto. “Por Dios, que no aceptamos por voluntad propia esa profesión de fe; ellos mintieron en lo que afirmaron, sólo fue por miedo a la masacre y al fuego que dijimos lo que dijimos en contra de nuestra voluntad, y la religión del Mensajero de Dios continúa siendo la nuestra.” [10] Fueron capaces de llevar una doble vida con la conciencia tranquila, pues algunas autoridades religiosas dictaminaron que, bajo coacción o en peligro de muerte, los musulmanes podían aplicar el principio de taqiyyah o precaución, que convirtió el disimulo y la hipocresía en algo permitido. Por ejemplo, después de que un niño fuera bautizado, podían llevarlo a casa y lavarlo con agua caliente para anular el sacramento del bautismo. En respuesta a una petición de los moriscos españoles, el gran muftí de Orán, Ahmad ibn Abû Yuma‘a, emitió un decreto en 1504 en el que declaró que los musulmanes podían beber vino, comer cerdo y hacer otras cosas prohibidas si se les obligaba a hacerlo y si ellos no tenían la intención de pecar. El muftí dijo que incluso podían renegar del Profeta Muhammad de palabra, siempre que, al mismo tiempo, lo amaran de corazón. [11] Otro jurista norteafricano, al-Wansharishî (m. 1508), decretó que los musulmanes que permanecieran en España bajo gobierno cristiano necesariamente dejarían de ser musulmanes, pues no serían libres para poder cumplir con sus obligaciones religiosas. De hecho, la mayoría de los juristas musulmanes compartían la opinión de al-Wansharishî y sólo permitieron el disimulo como una medida temporal. Tal y como señala Pat Harvey, no existe ningún caso parecido en la historia islámica, donde toda una población musulmana se convierta nominalmente a otra religión y continúe durante varias generaciones practicando el Islam en secreto. [12]  

De este modo, la caída de Granada marcó una nueva etapa en las relaciones entre musulmanes y cristianos. En la época medieval, la situación de los musulmanes bajo gobierno cristiano era muy similar a la de los cristianos bajo gobierno musulmán: pertenecían a una minoría protegida que conservaba sus propias leyes y costumbres a cambio de un tributo en forma de dinero o especie. [13] La principal diferencia es que no existía ningún argumento en la Biblia para justificar la situación legal de judíos y musulmanes bajo gobierno cristiano. Su situación no era estable, sino que estaba sujeta a los caprichos de los gobernantes, los prejuicios de la población y las objeciones del clero. Antes de que finalizara la Reconquista, tales leyes y contratos se respetaban porque les convenía a los reyes de Aragón y de Castilla. Mientras Granada existió como una ciudad-estado musulmana, los musulmanes debieron ser tratados con respeto para asegurar que los cautivos cristianos no fueran maltratados. Sin embargo, ahora España no sólo se había convertido, al menos en teoría, en una nación completamente cristiana, sino que la pureza de fe iba a ser identificada con la pureza de sangre hasta el punto de que los cristianos nuevos o conversos, ya fueran de origen judío o musulmán, eran considerados como potenciales herejes. [14]   

Como miembro de una minoría derrotada con una cultura extraña, el morisco fue despreciado. Cada aspecto de su modo de vida –incluidos su idioma, vestimenta y hábitos sociales– se consideró incivilizado y pagano. En 1566, el distinguido noble y cristiano converso Francisco Núñez Muley argumentó en vano que no había nada de subversivo en mantener algunos aspectos de la cultura morisca. [15] Un individuo que rechazara beber vino o comer cerdo debía ser denunciado a la Inquisición como musulmán. A los ojos de la Inquisición y de la opinión popular, incluso prácticas que no eran de carácter religioso como comer cuscús, usar alheña, arrojar dulces en una boda o danzar al ritmo de música beréber, eran actividades no cristianas por las cuales una persona debía ser obligada a hacer penitencia. [16]   Los moriscos que eran cristianos sinceros también fueron condenados a ser ciudadanos de segunda clase, y estaban expuestos por igual a la crítica de musulmanes y cristianos. La mera existencia de una minoría cultural como la morisca fue considerada una amenaza para la identidad nacional de España. Aunque “morisco”es un término peyorativo, los historiadores lo consideraron una etiqueta útil para aquellos árabes o musulmanes que permanecieron en España después de la caída de Granada y que habían sido bautizados como cristianos.

 En 1567, Felipe II renovó un edicto que nunca había sido aplicado de manera rigurosa con anterioridad, y que ilegalizaba el uso del árabe y prohibía la religión, la vestimenta y las costumbres islámicas. El edicto provocó la segunda rebelión de las Alpujarras (1568-70), que parecía confirmar los indicios de una conspiración secreta con los turcos. El levantamiento fue brutalmente reprimido por Don Juan de Austria. Una de sus peores atrocidades fue arrasar la ciudad de Galera, al este de Granada, y rociarla con sal, después de haber sacrificado a 2.500 personas, incluyendo a 400 mujeres y niños. [17] Para evitar una oposición organizada, se adoptaron “métodos estalinistas”: unos 80.000 moriscos de la región de Granada fueron repartidos por otras partes de España y cristianos viejos del norte peninsular se establecieron en sus tierras.

El conflicto entre las dos comunidades había alcanzado un punto sin retorno, y ya en 1582 el Consejo de Estado de Felipe II propuso la expulsión como la única solución, a pesar de cierta preocupación por las nefastas repercusiones económicas de tal medida –la pérdida de la artesanía morisca y la falta de mano de obra y de experiencia agrícolas. Sin embargo, debido a la oposición de algunos nobles y a que el rey estaba preocupado por los acontecimientos internacionales –someter a los Países Bajos y preparar su flota para invadir Inglaterra– no se adoptó ninguna medida hasta 1609-1610, cuando su sucesor, Felipe III (r. 1598-1621) promulgó los edictos de expulsión con el asesoramiento de su favorito, el duque de Lerma (su primer ministro entre 1598 y 1618), y con el pleno apoyo de Juan de Ribera, arzobispo de Valencia (1569-1611).

La legislación real con respecto a los moriscos fue dictada por la Iglesia en cada una de sus etapas. El envejecido arzobispo de Valencia, que en un principio había creído con firmeza en la eficacia del trabajo misionero, se convirtió en sus últimos años –sin duda a causa de la desilusión y la frustración– en el principal partidario de la expulsión como Solución Final. En un sermón ofrecido en 27 de septiembre de 1609 dijo que la tierra no volvería a ser fértil hasta que los herejes hubieran sido expulsados. En una de sus cartas al rey cita un pasaje del libro apócrifo [18] del Eclesiastés (12: 10-12):

“Nunca te fíes de tu enemigo, porque, al igual que, sin darnos cuenta, el óxido desgasta el hierro, su maldad desgasta el corazón, y aunque parezca pobre y finja humildad, mantente en guardia frente a él, pues sino pronto será tu superior; y no lo sitúes cerca de ti, pues, si lo haces, querrá suplantarte y ocupar tu lugar, y al final te darás cuenta de lo acertado de mi consejo y lamentarás haber hecho caso omiso a mi advertencia.” [19]  

Este es un ejemplo típico del modo en que se citaban algunos pasajes bíblicos para legitimar los sentimientos contra los moriscos. El duque de Lerma también experimentó un cambio de opinión cuando se llegó al acuerdo de que los nobles de Valencia recibieran las tierras de los moriscos expulsados para compensar la pérdida de sus vasallos.

La decisión de proceder a la expulsión fue aprobada por unanimidad en el Consejo de Estado celebrado el 30 de enero de 1608, aunque el decreto no fue rubricado por el rey hasta el 4 de abril de 1609, cinco días antes de firmar un tratado de paz con Inglaterra que permitió a los españoles movilizar a sus tropas y a su flota para ayudar en la operación. Galeones de la armada española fueron preparados en secreto, y más adelante se sumaron muchos buques mercantes extranjeros, incluyendo varios de Inglaterra. El 11 de septiembre, la orden de expulsión fue anunciada por pregoneros en el reino de Valencia, y el primer grupo partió desde Denia al anochecer del 2 de octubre, llegando a Orán menos de tres días después. Los moriscos de Aragón, Castilla, Andalucía y Extremadura recibieron las ordenes de expulsión a lo largo del año siguiente. La mayoría de los emigrantes forzosos se estableció en el Magreb o en la costa de Berbería, sobre todo en Orán, Túnez, Tremecén, Tetuán, Rabat y Salé. Muchos viajaron por tierra hasta Francia, pero después de que Ravaillac asesinara a Enrique de Navarra en mayo de 1610, se vieron obligados a emigrar a Italia, Sicilia o Constantinopla.

Hay muchas discrepancias respecto a la cantidad de población morisca. Henri Lapeyre estima en su estudio sobre los informes del censo y las listas de embarque que unos 275.000 moriscos españoles emigraron entre los años 1609 y 1614, de un total de 300.000. [20] Esta estimación a la baja no es compatible con muchos informes de la época que ofrecen una cifra de 600.000. [21] Teniendo en cuenta que la población total de España en aquel tiempo era sólo de unos siete millones y medio de habitantes, esto debió de suponer un grave déficit en términos de mano de obra productiva e ingresos fiscales. En el reino de Valencia, que perdió un tercio de su población, casi la mitad de los pueblos estaban abandonados en 1638.

Existen las mismas discrepancias respecto al número de moriscos que perecieron, ya fuera en la revuelta armada o camino del exilio. Pedro Aznar Cardona, autor de un tratado publicado en 1612 donde se justifica la expulsión, afirma que, entre octubre de 1609 y julio de 1611, más de 50.000 murieron resistiéndose a la expulsión, mientras que más de 60.000 fallecieron durante su travesía hacia el extranjero, ya fuera por tierra o por mar, o a manos de sus correligionarios después de desembarcar en las costas norteafricanas. [22] Si estas cifras son correctas, más de una sexta parte de la población morisca debió de perecer en el espacio de dos años. Henry Charles Lea, basándose en muchas fuentes de la época – cuyas pruebas, una vez reunidas, no pueden ignorarse fácilmente–, establece la cifra de fallecidos entre dos tercios y tres cuartos del total. [23]   

El factor demográfico fue sin duda uno de los argumentos decisivos a favor de la expulsión empleados por Juan de Ribera en tres memorandos dirigidos a Felipe III en 1602. Advirtió al rey de que, si no adoptaba medidas rápidas, los cristianos españoles pronto se encontrarían en inferioridad numérica respecto a los musulmanes, pues todos los moriscos se casaban y tenían familias numerosas, mientras que una tercera o una cuarta parte de los cristianos se mantenía célibe después de ingresar en el clero o por otras razones; muchos, por ejemplo, prestaban el servicio militar y morían en batalla, mientras que otros viajaban a las Indias. Ribera afirmaba que los moriscos sólo pensaban en reproducirse y en salvar su pellejo; y su moderación a la hora de comer y beber les concedía una elevada esperanza de vida. [24] Los temores de Ribera fueron provocados por un censo de la población valenciana que él mismo había supervisado ese mismo año, el cual revelaba que la población morisca se había incrementado en un tercio.

El comendador de León, quien habló ante el Consejo de Estado el 30 de enero de 1608, atribuyó la disminución de la población de cristianos viejos a la reticencia de éstos a asumir la carga financiera del matrimonio en una época de aumento de los precios. Advirtió a sus oyentes de que los moriscos pronto serían capaces de alcanzar sus objetivos simplemente por el gran crecimiento de su población, sin necesidad de levantarse en armas o de recibir ayuda del exterior. [25]   Añadió que, con Turquía ocupada con la guerra y Persia y el norte de Africa debilitados por la peste, la sequía y la guerra civil, era el momento oportuno para llevar a cabo una acción contundente. El conde de Alba de Liste dijo entonces, forzando aún más el argumento demográfico, que si el rey, en su clemencia, decidía enviar a los moriscos al norte de Africa, sería una manera de condenarlos a muerte, pues si no morían a causa de la sequía y la hambruna, se volverían sexualmente impotentes. [26]  

En la mente de muchos defensores de la expulsión, la fertilidad de la población morisca se asociaba con el mito de la sensualidad y el libertinaje islámicos. El fracaso de la Iglesia en su labor misionera se atribuyó a este supuesto aspecto del Islam, que ofrecía –según se decía– placeres carnales tanto en esta vida como en la otra. Como la imagen del negro en los Estados Unidos de América, la del morisco llegó a personificar los pecados de la carne, como la lujuria y la ociosidad, con los que más tarde se fantaseó en las visiones de los harenes orientales. [27] Pero a los moriscos también se los consideró propensos a lo que Gordon Allport llama los “pecados del superego”, como el orgullo, la hipocresía, la malicia y la ambición desmedida, todas ellas características tradicionalmente atribuidas a los judíos. Allport ha observado que las personas con prejuicios no dudarán en emplear estereotipos mutuamente excluyentes para justificar su aversión [28] , y esto es especialmente cierto en el caso de muchos escritores españoles del siglo XVII: los moriscos son perezosos, pero diligentes; abstemios, pero lascivos; ruines, pero derrochadores; cobardes, pero belicosos; ignorantes, pero ansiosos por aprender para mejorar su situación. Es interesante observar cómo ha cambiado la imagen en la actualidad: los musulmanes tienden a criticar la cultura occidental por promover el hedonismo y la promiscuidad sexual, mientras que ellos mismos se han convertido en los puritanos.

Había, como hemos visto, razones de peso para temer y envidiar a los moriscos: su número aumentaba con rapidez; algunos se habían convertido en prósperos comerciantes y propietarios de negocios, a pesar de que se intentara excluirlos de estas ocupaciones; con su conducta daban ejemplo de las virtudes del ahorro, la austeridad y el esfuerzo; la mayoría se ajustaba en apariencia a las exigencias religiosas que les fueron impuestas, pero se las ingeniaban para celebrar sus propias festividades y practicar los rituales básicos del Islam. Fue este rechazo a renunciar a su identidad religiosa y cultural el que resultaba ofensivo para muchos cristianos viejos. No hubo ningún intento serio de entender la cultura y la religión moriscas. Cualquier anécdota calumniosa, comentario ofensivo o distorsión de la verdad eran aceptables si estaban al servicio de lo que esos cristianos consideraban que era el loable objetivo de denigrar al Islam. La diversidad cultural era un concepto extraño y la asimilación era igualmente inaceptable. Esta situación paradójica ilustra la verdad de la afirmación de Allport: “Una mayoría dominante con prejuicios no favorecerá el pluralismo cultural ni la asimilación. De hecho, afirmará: ‘No deseamos que seáis como nosotros, pero tampoco podéis ser diferentes.” [29]  

Hay que decir que la experiencia de los moriscos varió enormemente de una región a otra. Esto hace que sea difícil generalizar. En algunas partes de España existieron unas relaciones excepcionalmente buenas entre cristianos viejos y nuevos. Trevor Dadson, quien descubrió en un archivo privado español un conjunto de cartas escritas por moriscos, algunas enviadas por correo desde la frontera francesa, está escribiendo un detallado estudio sobre la localidad de Villarubia, en La Mancha, donde los moriscos, que representaban el 20% de la población, eran propietarios de las mejores tierras de labor, y estaban tan bien integrados en la comunidad que fueron protegidos por sus vecinos cristianos viejos cuando recibieron la desagradable visita de los inspectores del gobierno. Las cartas revelan que muchos de esos expulsados consiguieron regresar a España y viajar muchos cientos de kilómetros hasta llegar a sus hogares. [30]  

La historia de los sufrimientos soportados por los moriscos nunca ha sido relatada por completo: cómo los que sobrevivieron al viaje llegaron a su destino hambrientos e indigentes porque las escasas posesiones y el dinero que pudieron llevar consigo les fueron arrebatados por ladrones y estafadores; cómo los que viajaron por tierra a Francia fueron obligados por los terratenientes a pagar cada vez que bebían de un río o se sentaban a la sombra de un árbol; cómo miles de los que resistieron y sobrevivieron terminaron sus días como esclavos en galeras; cómo los que estaban esperando para embarcar en un navío pasaban tanta hambre que llegaron a aceptar vender a sus hijos a cambio de pan; cómo la separación entre padres e hijos moriscos se convirtió en política oficial de la Iglesia.

 Vale la pena examinar con más detalle el destino de los niños moriscos, el cual nunca ha sido estudiado. La intención original de Juan de Rivera, aprobada por el Consejo de Estado el 1 de septiembre de 1609, fue sin duda que todos los niños de hasta diez años de edad permanecieran en España para ser educados por sacerdotes o personas de confianza, que estuvieran al servicio de éstos hasta los veinticinco o treinta años, a cambio de alojamiento, comida y ropa, y que incluso los lactantes fueran entregados a nodrizas cristianas viejas en las mismas condiciones. [31]   En el transcurso de ese mes, la edad límite se redujo de diez a cinco años. Las listas de embarque muestran que esta cruel política llegaría a ser ejecutada, al menos en parte. Entre los moriscos que embarcaron en Alicante y Andalucía desde el 6 de octubre hasta el 7 de noviembre de 1609 parece ser que desaparecieron casi 14.000 niños. Esto es así suponiendo que la media de hijos por familia fuera de 2,5 (la cual es una cifra a la baja). De acuerdo con un documento fechado el 17 de abril de 1610, hubo 1.832 niños moriscos que, en contra de los deseos de sus tutores, serían enviados a Castilla para servir a los prelados y a otros notables del reino. [32] En julio de 1610, la Iglesia recomendó que todos los niños moriscos de más de siete años de edad en el reino de Valencia debían ser vendidos como esclavos de por vida a cristianos viejos. Entre ellos se incluía a los huérfanos de rebeldes, a los niños secuestrados por soldados y a otros que hubieran sido escondidos y atendidos por personas que creyeran estar haciendo un acto de caridad. Los cinco teólogos que firmaron este documento argumentaron que la esclavitud no sólo era moralmente justificable (“lícito en conciencia”), sino espiritualmente beneficiosa: sería menos probable que estos niños se convirtieran en apóstatas, pues sus amos se asegurarían de que siguieran siendo católicos romanos por miedo a perder su derecho a retenerlos y, como los esclavos rara vez se casan, éste sería otro método para librar a España de “esta raza malvada”. [33]  

¿Qué sentido tenía la edad límite? Se pensaba que los niños mayores de seis o siete años comienzan a perder su inocencia y se hace más difícil su adoctrinamiento, mientras que un niño de menos edad no tendría un conocimiento real de sus orígenes musulmanes. Esta política se justificaba con el argumento teológico de que los niños inocentes bautizados como cristianos no deberían ser castigados por los pecados de sus padres, aunque, paradójicamente, el principio de culpabilidad heredada resultó bastante aceptable para justificar la expulsión de todos los adultos, fueran o no cristianos practicantes. Además, se decía que expulsar a los hijos junto a sus padres infieles garantizaría que aquellos continuarían siendo musulmanes y que serían enviados al infierno en la otra vida. En palabras de Juan de Rivera, “No podemos confiar los corderos a los lobos”. [34] Sin embargo, a menudo se insistía en que los jóvenes niños moriscos no deberían ser educados por encima de su propio rango: aparte de los alumnos formados para ser sacerdotes, iban a ser educados como artesanos o trabajadores agrícolas, pues, de lo contrario, se corría el peligro de que pudieran tener demasiadas aspiraciones; y desde luego no se les debía permitir que estudiaran literatura (“cosas de letras”). De este modo se esperaba que cualquier recuerdo del Islam en España fuera borrado para siempre. Este punto fue muy apreciado por Felipe III. [35]  

Mucho se ha escrito sobre el éxodo de los judíos españoles en 1492 y sobre la difícil situación de los muchos judíos conversos que sufrieron a manos de la Inquisición, pero los españoles árabes o musulmanes –una minoría igualmente significativa desde cualquier punto de vista (demográfico, económico o cultural)– no han recibido la clase de atención que se merecen. La mayoría de la gente relaciona a la Inquisición española con la persecución a los judíos. No es tan ampliamente conocido que los musulmanes fueron aterrorizados por esta institución y que también fueron víctimas de una ideología antisemita. La Inquisición acusó de apostasía a unos 12.000 moriscos, el 50% de ellos durante los treinta años anteriores a la expulsión. [36] Que musulmanes y judíos fueran medidos por el mismo rasero es hasta cierto punto lógico si consideramos todo lo que tenían en común, tanto a nivel vital como teológico. 

Como ya hemos señalado, en ningún lugar resulta más evidente la intolerancia racial y religiosa que en los informes de algunas de las reuniones del Consejo de Estado de Felipe III y en los escritos para justificar la necesidad de una política de expulsión. En estas obras, la mayoría de misioneros dominicos frustrados, no sólo podemos encontrar los típicos comentarios racistas citados antes, sino una teología racista de lo más heterodoxa, apoyada en preceptos y precedentes bíblicos: hubo un intento de judaizar el Islam y de representar a los cristianos viejos españoles como la nueva raza elegida que iniciaría una cruzada para recuperar su Tierra Prometida de manos de Muhammad, el Anticristo. Un autor, por ejemplo, afirma que el Profeta fue el fruto de una relación incestuosa entre su madre y su tío –ambos judíos, según dice–, en cumplimiento de la profecía según la cual el Anticristo nacería de una mujer indecente. [37]  

De hecho, resulta irónico que esos mismos pasajes del Viejo Testamento que han sido empleados para defender la teoría según la cual Palestina es la tierra prometida de los judíos de la que los nativos palestinos deberían ser expulsados, no sólo fueron citados por los defensores de una política de expulsión en masa de los moriscos, sino también por teólogos antijudíos como Diego de Simancas y Baltasar de Porreño, para defender la necesidad del estatuto de pureza de sangre. “No entrarán en la comunidad de Dios –decían– ammonita ni moabita, ni siquiera en la décima generación” (Deuteronomio, 23: 3). Estos autores consideraban a los cristianos viejos españoles como los herederos espirituales de los hijos de Israel y comparaban a Felipe III con Abraham, Moisés o el rey David. Lo consideraban un segundo Abraham porque, decían, se vio obligado a desterrar a su hijo ilegítimo, es decir, a los moriscos, los descendientes de Hagar, la esclava-criada egipcia. Uno de sus pasajes bíblicos favoritos era el mensaje que Dios envió a los judíos a través de Moisés, cuando estaban a punto de entrar en la Tierra Prometida:

“En las ciudades de esas naciones cuya tierra el Señor tu Dios os da por herencia, no dejarás con vida a criatura alguna. Aniquilarás a hititas, amorreos, cananeos, fereceos, heveos y jebuseos, como el Señor te lo ha ordenado, a fin de que no puedan enseñaros a imitar todas las cosas abominables que hacen por sus dioses y para que no pequéis contra el Señor, vuestro Dios.” (Deuteronomio, 20: 16-18).

El pasaje anterior ha sido citado por los judíos fanáticos que luchan por un Gran Israel que ocupe desde el Eufrates hasta el Mar Rojo, y fue usado por los puritanos del siglo XVII en Norteamérica para justificar la masacre de los nativos americanos. [38] Siguiendo con la analogía judeo-morisca, un poeta de la época presentó la expulsión de los moriscos como lo contrario al éxodo hebreo:

No ha de abrir para vos el mar camino,
ni en la tierra estaréys, santa y sagrada,
mas en tablas de robre y tosco pino,
a la Egipto infernal y desdichada. [39]   

El dominico portugués Damián Fonseca, que en 1611 publicó un tratado en italiano justificando la expulsión, el cual fue traducido al castellano en 1612, llegó a sugerir que Dios esperaba que Su Católica Majestad le ofreciera un holocausto para aplacar Su cólera divina. La desafortunada expresión que usó fue “el agradable holocausto”. [40]  

Para estos antisemitas españoles, los judíos eran descendientes de Judas, quien traicionó a Cristo, y no de Judá, el hijo de Jacob. Olvidaban oportunamente que fue Pilatos quien permitió la crucifixión, que los verdugos de Cristo fueron soldados romanos y que la multitud de espectadores no era judía en su totalidad. Tampoco eran capaces de admitir que Jesús mismo fue un judío enviado por Dios para predicar a “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mateo, 10: 6). Como resultado del papel que en apariencia Dios les había otorgado para cumplir Su plan de redención de la humanidad, los judíos dejaron de ser el pueblo elegido por Dios y heredaron el pecado de deicidio, por el cual, según la mitología popular, fueron condenados a vagar por la tierra. Es sólo a través de este trasfondo teológico que puede explicarse la particular virulencia antisemita en Europa. El Holocausto o Shoah, cuando los judíos se convirtieron en el chivo expiatorio de todos los males de Alemania, parecía reivindicar el argumento sionista de que, para estar seguros, los judíos necesitaban un hogar nacional. El sentimiento de culpabilidad generado por las atrocidades nazis, cometidas en nombre de una doctrina de superioridad racial, proporcionó a los judíos la autoridad moral y la solidaridad que necesitaban para fundar un Estado judío en Israel.

De hecho, resulta paradójico que las propias víctimas de una ideología racista se hayan refugiado en una estrecha interpretación nacionalista de la promesa de Dios a los hijos de Israel, considerándose todavía como víctimas, aunque comportándose a veces como opresoras. El sionismo nacionalista, basado en una lectura selectiva de la Biblia, es claramente contrario al espíritu del Judaísmo y del Cristianismo. Los judíos y los cristianos culpables de racismo deben recordar que existe una tradición bíblica muy diferente basada en la coexistencia pacífica, la cual está expresada incluso en el Libro del Deuteronomio: “Debéis amar al extranjero, pues también vosotros vivisteis una vez como extranjeros en Egipto” (Deuteronomio, 10: 19) [41] . Y, por citar el Libro del Exodo: “Una misma ley habrá para el indígena y para el extranjero que habita entre vosotros” (12: 49). Dios advirtió a Moisés de que los israelitas no podían reclamar derechos de propiedad sobre la Tierra Prometida; todos ellos eran simples inquilinos, huéspedes temporales en una tierra que debemos compartir de la mejor manera posible: “La tierra no puede venderse a perpetuidad, pues Mía es la tierra, ya que vosotros sois para Mí como extranjeros y peregrinos” (Levítico, 25: 23). Asimismo, según el Corán, ningún pueblo puede reclamar el monopolio de la verdad revelada, pues cada pueblo ha sido bendecido con profetas y mensajeros. [42]  

El método más simple para vilipendiar a los últimos restos de árabes en España consistía en presentar el Islam como una especie de herejía seudo-judía. El capellán real Jaime Bleda, principal polemista antijudío y un dominico al servicio de Juan de Rivera, sugirió incluso que la invasión musulmana de España fue un castigo divino por la política favorable a los semitas del rey visigodo Witiza (r. 698-710), quien había revocado el decreto de su padre y había liberado a los judíos de la esclavitud, devolviéndoles sus tierras y privilegios. [43] Este hecho fue citado en el Consejo de Estado celebrado el 30 de enero de 1608 como un precedente jurídico aplicable a los moriscos. Sin embargo, el precedente histórico inmediato fue, por supuesto, la expulsión de los judíos en 1492. En una carta fechada el 10 de abril de 1605, Bleda instaba a Felipe III a seguir el ejemplo de sus predecesores reales, Fernando e Isabel, a quienes fray Tomás de Torquemada había convencido para desterrar a los judíos de sus reinos y habría hecho lo mismo con los musulmanes que hubieran rechazado bautizarse. Dios, decía, recompensó a los Reyes Católicos por su celo cristiano entregándoles el Nuevo Mundo. Con esta analogía, Bleda estaba emulando claramente el ejemplo del gran inquisidor.

Muchas de las injurias que éste y otros polemistas vertieron contra los moriscos habían sido vertidas antes contra los judíos. De ambos pueblos se dijo que eran intrínsecamente pecaminosos e inferiores, que eran obstinados e incorregibles infieles y que su depravada herejía era una infección o una lepra que debía ser eliminada. [44] Incluso Felipe III es descrito como un galeno católico encargado de extraer el veneno y la corrupción de la herejía del cuerpo místico de la España cristiana. [45] De este modo, el Cristianismo, con su credo universalista y su doctrina de la hermandad entre los seres humanos, se convirtió en una ideología racista y represiva. Fue en nombre de esta perversión del Cristianismo, y en el de los supuestos intereses del Estado, que los judíos y los últimos musulmanes de España fueron perseguidos, marginados y finalmente expulsados. 

España ha pagado un alto precio por haber negado tanto tiempo el componente judío y musulmán de su identidad cultural, con el fin de ser aceptada como parte de Europa. Desde la muerte de Franco en 1975, la libertad de culto se ha establecido gradualmente en España. Ahora hay más de 30 millones de musulmanes en Europa y en torno a 1,5 millones de judíos. Dado que el mundo de hoy es multiétnico, multirreligioso y está cada vez mas interconectado, es evidente que debe escribirse una nueva versión de la historia europea más ajustada a la realidad, que tenga en consideración los éxitos y las aflicciones de los judíos y los musulmanes europeos. Esto mostraría que judíos y musulmanes tienen en común mucho más de lo que creen, no solo su experiencia de prejuicios y persecución, sino incluso sus creencias, rituales y valores culturales, lo cual podría generar un mejor entendimiento entre los fieles de las tres religiones abrahámicas.

El Vaticano podría quizás hacer algo más que admitir las atrocidades llevadas a cabo en nombre de la Iglesia. Es difícil creer que la decisión de canonizar a Juan de Ribera se tomara en una fecha tan reciente como 1960. [46] Al menos deberíamos agradecer que una propuesta para canonizar a la reina Isabel fuera rechazada recientemente. Los verdaderos santos fueron aquellos que arriesgaron sus vidas para proteger a las personas perseguidas a causa de sus creencias o las creencias de sus antepasados, aquellos que murieron por negarse a delatar a sus amigos y vecinos ante la Inquisición, aquellos que no renunciaron a su fe y murieron resistiendo con las armas en la mano. Estas personas estaban dedicadas a lo que los musulmanes llaman yihâd, el cual representa tanto la lucha interior, el deber de resistir contra el mal y de esforzarse en la senda espiritual, como la lucha exterior, el deber de luchar en defensa propia y en defensa de su pueblo por parte de quienes están oprimidos o han sido injustamente expulsados de su patria por negarse a renunciar a su fe. [47] Pues, parafraseando al Corán, “si Dios no hubiera rechazado a unos hombres valiéndose de otros, habrían sido demolidas ermitas, iglesias, sinagogas y mezquitas, donde se menciona mucho el nombre de Dios” (22: 40).

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

-    Amalia García Pedraza, Actitudes ante la muerte en la granada del s. XVI. Los moriscos que quisieron salvarse , Legado Andalusí, Granada, 2002.
-    Florencio Janer, Condición social de los moriscos de España , R.A.H., Barcelona, 1987.
-    Abderrahman Abad, Corazón al desnudo , GEU, Granada, 2000.
-    Francisco Fernández y González, Estado social y político de los moriscos de Castilla , Hiperión, Madrid, 1985.
-    Manuel Danvila y Collado, La expulsión de los moriscos españoles , Univ. de Valencia, Valencia, 2007.
-    Emilia Salvador Esteban, Felipe II y los moriscos valencianos , Univ. de Valladolid, Valladolid, 1987.
-    VV.AA, Granada 1492. Toma o entrega , Darek-Nyumba, Madrid, 1990.
-    Luis de Mármol Carvajal, Historia de la rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada , Arguval, Málaga, 2004.
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-    Trevor J. Dadson, Los moriscos de Villarubia de los Ojos (s. XV-XVIII) , Editorial Iberoamericana, Madrid, 2007.
-    Julio Caro Baroja, Los moriscos del reino de Granada, Alianza, Madrid, 2003.
-    José María García Avilés, Los moriscos del valle de Ricote , Univ. de Alicante, Alicante, 2007.
-    Guillermo Gozálbes Busto, Los moriscos en Marruecos , Edición Personal, Granada, 1992.
-    Míkel de Epalza, Los moriscos frente a la Inquisición , Darek-Nyumba, Madrid, 2001.
-    Rodrigo De Zayas, Los moriscos y el racismo de Estado , Almuzara, Córdoba, 2006.
-    Mª Soledad Carrasco Urgoiti, Los moriscos y Ginés Pérez de Hita , Bellaterra, Barcelona, 2006.
-    José L. Cortés López, Los moriscos y sus esclavos negros , Darek-Nyumba, Madrid, 1993.
-    Bernard Vincent, El río morisco , Univ. Valencia-Granada-Zaragoza, Valencia, 2006.



NOTAS.-


[1] Este documento, basado en mi contribución al homenaje dedicado al profesor Pat Harvey, fue presentado por primera vez en una conferencia conjunta con David Abulafia pronunciada el 25 de octubre de 2000, con ocasión de la 7th Jewish-Muslim Annual Lecture Series, patrocinada por el Leo-Baeck College y la Maimonides Foundation , en la School of Oriental and African Studies de Londres. También se ofreció en la Historians of Medieval Spain Conference celebrada en el Pollock Halls de Edimburgo, el 17 de septiembre de 2002, y en una reunión de la Association of Muslim Researchers de Londres, el 18 de enero de 2003. Una versión abreviada, sin notas a pie de página, fue publicada en History Today , vol. 52, nº 4 (abril de 2002). Esta es la versión íntegra.
Fuente: http://www.theamericanmuslim.org/tam.php/features/articles/the_muslim_expulsion_from_spain_an_early_example_of_religious_and_ethnic_cl/0015437

[2] Roger Boase trabaja en el Queen Mary College de la Universidad de Londres y es autor de The Origin and Meaning of Courtly Love , The Troubadour Revival y de numerosos artículos sobre la España musulmana y sobre literatura española. (Nota de la Redacción).

[3] James T. Monroe, Hispano-Arabic Poetry: A Student Anthology,  Univ. of California Press, Berkeley,1974, pp. 332-37.

[4] Leonard Patrick Harvey, “Yuse Banegas, un moro noble en Granada bajo los Reyes Católicos”, revista Al-Andalus nº 23 (1956), pp. 297-302. Banegas advirtió de que el incumplimiento de los términos de las capitulaciones de Granada por parte del rey Fernando no era un buen augurio: “Si el rey de la Conquista no guarda fidelidad, qué aguardamos de sus suzesores?”

[5] Esto es particularmente cierto en algunas zonas como el valle de Ricote, en la provincia de Murcia, lugar de donde fueron expulsados en 1614 los últimos moriscos de la península. Para más información, véase José María García Avilés, Los moriscos del valle de Ricote , Universidad de Alicante, Alicante, 2007, donde se presentan contundentes argumentos que demuestran que la mayoría de los moriscos de la zona eran cristianos sinceros. (Nota de la Redacción).

[6] Miguel de Cervantes, Don Quijote, segunda parte, cap. 54. (Para más información, véase  Antonio Medina, Cervantes y el Islam, Carena, Barcelona, 2005. [Nota de la Redacción]).

[7] Miguel Garrido Atienza, Capitulaciones para la entrega de Granada, Ayuntamiento de Granada, Granada, 1910, pp. 269-95.

[8] Este acontecimiento histórico marca el inicio de la interesante novela de Tariq Ali, A la sombra del granado , Alianza Editorial, Madrid, 2006. (Nota de la Redacción).

[9] Alvar Gómez de Castro, De las hazañas de Francisco Jiménez de Cisneros , trad. José Oroz Reta, Madrid, 1984, p. 99.

[10] Extraído de una petición enviada al sultán otomano de Egipto, Bayazid II (1481-1512), escrita poco después de 1500. Véase L. P. Harvey, “The Political, Social and Cultural History of the Moriscos”,en The Legacy of Muslim Spain, ed. Salma Khadra Jayyusi, E. J. Brill, Leiden, 1992, p. 207.

[11] James Monroe, “A Curious Morisco Appeal to the Ottoman Empire”, revista Al-Andalus nº 31 (1966), pp. 281-303.

[12] L. P. Harvey, en The Legacy of Muslim Spain, p. 209.

[13] Francisco Fernández y González, Estado social y político de los mudéjares de Castilla , Hiperión, Madrid, 1985.

[14] Albert A. Sicroff, Les Controverses des statuts de ‘pureté de sang’ en Espagne du XVe au XVIIe siècles, Didier, París, 1960.

[15] R. Foulché Delbosc, “Memoria de Francisco Núñez Muley”, en Revue Hispanique nº 6, 1899, p. 232. El defiendía el uso del árabe como idioma empleado por los cristianos de Jerusalén y Malta. (El texto completo de los argumentos presentados por Francisco Núñez Muley puede encontrarse en Rodrigo de Zayas, Los moriscos y el racismo de Estado , Almuzara, Córdoba, 2006, pp.116-124. [Nota de la Redacción]).

[16] Véase Louis Cardaillac, Morisques et chrétiens: un affrontement polémique (1492-1640) , Klincksieck, París, 1977.

[17] Henry Charles Lea, The Moriscos of Spain: Their Conversion and Expulsion , Bernard Quaritch, Londres, 1901, p. 255.

[18] El Libro del Eclesiastés es considerado apócrifo por los cristianos evangélicos y los judíos, pero no así por los católicos romanos y los cristianos ortodoxos, que lo incluyen en la Biblia como uno más de los libros canónicos. (Nota de la Redacción).

[19] Damián Fonseca, Justa expulsión de los moriscos de España , Iacomo Mascardo, Roma, 1612, p. 154. 

[20] Henri Lapeyre, Géographie de l’Espagne morisque, SEVPEN, París, 1959, pp. 204-06.

[21] Roger Boase, “The Morisco Expulsion and Diaspora: An Example of Racial and Religious Intolerance”, Cultures in Contact in Medieval Spain: Historical and Literary Essays Presented to L. P. Harvey, ed. David Hook and Barry Taylor, King’s College, Londres, 1990, pp. 9-28, p. 12 y p. 25 n.11.

[22] Expulsión iustificada de los moriscos españoles , 2 partes, Pedro Cabarte, Huesca, 1612,  1ª parte, fol. 190v.

[23] The Moriscos of Spain, p. 464.

[24] Damián Fonseca, ob. cit., pp. 161-62.

[25] Pascual Boronat y Barrachina, Los moriscos españoles y su expulsión , 2 vols., Real Colegio de Corpus Christi, Valencia, 1901, vol. II, p. 464.

[26] Ibid. vol. II, p. 473.

[27] Para más información, véase Francis Robinson y Peter Brown, “ Posturas occidentales frente al Islam ”, en revista Alif Nûn nº 48, abril de 2007. (Nota de la Redacción).

[28] The Nature of Prejudice, 25th anniversary edition, Addison-Wesley, Reading (Mass.), 1979, pp. 194-95.

[29] Ibid. p. 240.

[30] Trevor Dadson leyó una ponencia sobre este tema durante un encuentro en memoria del profesor Roger M. Walker, celebrado en el Birkbeck College de la Universidad de Londres, el 21 de octubre de 1999. La ponencia se tituló “Co-existence and Co-operation: The Practical Realities of Convivencia”. (El libro sobre los moriscos de Villarubia ya ha sido publicado y traducido al castellano con el nombre de Los moriscos de Villarubia de los Ojos (siglos X-XVIII): Historia de una minoría asimilada, expulsada y reintegrada , Editorial Iberoamericana, Madrid, 2007. [Nota de la Redacción]).

[31] Boronat, ob. cit. , vol. II, p. 552-527.

[32] Ibid. vol. II, p. 575.

[33] Ibid. vol. II, p. 544.

[34] Ibid. vol. II, p. 707.

[35] Ibid. vol. II, p. 523.

[36] Ricardo García Cárcel, “The Course of the Moriscos Up to Their Expulsion”, en The Spanish Inquisition and the Inquisitorial Mind, ed. Angel Alcalá , Social Science Monographs, Boulder (Colorado), 1987, p. 81.

[37] Jaime Bleda, La crónica de los moros de España, Felipe Mey, Valencia, 1618, p. 5.

[38] Karen Armstrong, Holy War: The Crusades and Their Impact on Today’s World , Macmillan, Londres, 1988, p. 347.

[39] Juan Méndez de Vasconcelos, Liga deshecha por la expulsión de los moriscos de los Reynos de España, Alonso Martín, Madrid, 1612, fol. 44v.

[40] Justa expulsión , p. 169.

[41] Véase también Exodo, 22: 21 y Levítico, 19: 33-34.

[42] Véase, por ejemplo, Corán, 5: 48: “A cada uno de vosotros le hemos dado una Ley y un modo de vida. Si Dios hubiera querido, habría hecho de vosotros una sola comunidad”. (Nota de la Redacción).

[43] Para una nueva perspectiva sobre la supuesta invasión de la Península Ibérica por parte de los musulmanes, véase Ignacio Olagüe, La revolución islámica en Occidente, Plurabelle, Huesca, 2004. (Nota de la Redacción).

[44] Véase el decreto de expulsión de Aragón, fechado el 31 de marzo de 1492, en Rafael Conde y Delgado de Molina, La expulsión de los Judíos de la Corona de Aragón: Documentos para su estudio , Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1991, pp. 41-44.

[45] Cardona, Expulsión iustificada, fols 62v-63r.

[46] Francisco Márquez Villanueva, El problema morisco (desde otras laderas) , Libertarias, Madrid, 1991, p. 201.

[47] Para más información, véase Seyyed Husein Nasr, “ El significado espiritual del yihâd ”, en revista Alif Nûn nº 54, noviembre de 2007. (Nota de la Redacción).


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