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ANDALUSÍES, MUDÉJARES
Y MORISCOS:
Los musulmanes hispanos en tres fases de la historia [1] Francisco Sánchez Ruano [2] La historia del Islam en España es relativamente poco conocida. Si exceptuamos a arabistas, historiadores y demás especialistas, suelen darse algunas confusiones con respecto a la presencia musulmana en la Península y su evolución a lo largo del proceso histórico. Es ya pura historia la llegada, en el siglo VIII, de los musulmanes a la Península, dominada entonces por la monarquía visigoda, cuyo principal mérito fue la creación de un primer Estado peninsular independiente con capital en Toledo. Pero aún no se ha apagado la polémica entre los historiadores que hablan de “invasión” (la mayoría) o los que estiman que no hubo tal o que, al menos, fue muy matizada. Entre estos últimos destaca Ignacio Olagüe, quien tuvo que marchar a Francia para publicar su obra Les árabes n’ont envahi jamais l’Espagne (París, 1967), prohibida por el régimen franquista, precedente de La revolución islámica de Occidente . [3]
Da que pensar cómo en el plazo tan breve de cuatro años los musulmanes arabo-bereberes ocuparon toda la Península, a excepción de las montañas del norte. Por un lado, esto nos revela que hubo muy poca lucha por parte de los habitantes de la Península. Según García de Cortazar, en el 711 había cuatro millones de peninsulares hispanos, divididos de la siguiente manera: unos tres millones de celtíbero-romanos, que eran la base de la población; unos 500.000 vascos, que no aceptaban la dominación visigoda (el rey Rodrigo se encontraba luchando en Vasconia cuando se enteró del desembarco de Tarik); unos 200.000 judíos (la mayor colonia de Europa, y quizás del mundo) y unos 100.000 visigodos, minoría gobernante que representaba tan solo un 2% de la población total. Tras el primer encuentro del Guadalete, la monarquía visigoda se hundió rápida y definitivamente: Toledo cayó sin lucha en manos de Tarik (711); Musa Ibn Nosay, gobernador de Ifrikiya (actual Túnez), pasó el Estrecho y conquistó Sevilla (712); en su avance hacia el norte, Tarik y Musa sólo encontraron esporádicos focos de resistencia, como Mérida, que también caería en su poder; después toman Zaragoza y prosiguen hasta el Pirineo. Si en tiempos de Wamba los musulmanes habían fracasado en su intento de desembarco en las costas surorientales, ¿por qué pocos años más tarde la suerte les sonrió tanto? También según García
de Cortázar, a mediados del siglo VIII los musulmanes que habitaban
y dominaban la Península eran tan solo unos 60.000: los 17.000 bereberes
de Tarik, los 19.000 árabes de Musa, unos 500 árabes y bereberes
llegados con Al-Hurr para gobernar el nuevo territorio conquistado (716),
otros miles de guerreros llegados con Al-Sanh (717), pequeños grupos
de bererebes llegados con posterioridad (720-735), y más de 7.000
sirios venidos al mando de Balch para sofocar la rebelión bereber
(741). En la explicación de por qué estos 60.000 hombres pudieron conquistar tan rápidamente la Península y mantener su conquista durante tanto tiempo hasta la llegada de Abderramán, encontramos varias razones. Por un lado, la lucha por el poder entre los visigodos, cuya monarquía era electiva y no hereditaria, según el derecho consuetudinario germano. Mientras el rey Witiza aspiraba a que su hijo mayor Akhila le sucediera, Rodrigo fue elegido nuevo rey por sus pares (710 hombres), lo que condujo al enfrentamiento entre ambas partes. El gobernador de Ceuta, Don Julián, convencido por los witizanos, marchó al Ifrikiya para animar a Musa a emprender una expedición hacia la Península. Musa, tras pedir autorización al califa omeya de Damasco, ordenó a Tarik, gobernador de Tánger, una razzia contra la Península en apoyo de los witizanos. Ante el fácil éxito obtenido en la batalla de Guadalete, Tarik cambió de parecer. El resto es historia.
Tal explicación dan especialistas como María Jesús Viguera, siendo la más racional. El prestigioso Sánchez Albornoz, no entendiendo como tan pocos musulmanes pudieron hacerse con casi toda la Península en tan poco tiempo, da un número muy elevado de “invasores”, cifras que no demuestra y con las que ningún historiador está de acuerdo. En el 929, Abderramán III establecía
el califato de Córdoba. Fue entonces cuando Al-Andalus alcanzó
sus más altas cotas de poderío, riqueza y cultura. Levi-Provençal
afirma que por aquel entonces tan sólo una exigua minoría de
andalusíes era descendiente de los primeros árabes, constituyendo
una auténtica aristocracia gobernante. Para el periodo de esplendor
que va desde el 715 hasta la muerte de Almanzor (1006) y la llegada de los
almorávides, los musulmanes hispanos, bien muladíes o descendientes
de arabo-bereberes, son llamados andalusíes.
[4]
Fue el gran filósofo Ortega y Gasset quien dijo que no entendía como podía llamarse “Reconquista” a un proceso que duró ocho siglos. Por su parte, Sánchez Albornoz, tras criticar duramente a Ortega, defiende con vigor este concepto. En realidad, no se puede afirmar que desde un principio los cristianos refugiados en las montañas del norte tuvieran un plan para “reconquistar” la Península, si bien es cierto que se consideraban sucesores de los derrotados visigodos. [5] Entonces no existían “Estados Mayores” que pudieran elaborar tales planes y lo máximo que podían hacer los cristianos era resistir. Los musulmanes dieron poca importancia a aquellos territorios del norte, olvidando con ello el precepto romano que dice que mientras tu enemigo esté en pie corres el peligro de que te destruya. Sólo se puede hablar de Reconquista a partir de 1085, fecha en que Alfonso VI llevó la frontera del Duero al Tajo, para continuar con la toma de Toledo. A medida que los cristianos fueron “reconquistando” terreno, se produjo en los reinos cristianos un fenómeno similar al de los mozárabes en Al-Andalus. Aunque muchos islamitas prefirieron abandonar sus tierras, propiedades y bienes para pasarse al lado musulmán –es decir, continuar en Al-Andalus–, un número apreciable de ellos optó por quedarse en su casa bajo el dominio de los monarcas cristianos. A cambio del pago de un tributo, éstos pudieron seguir siendo propietarios, hablar el árabe, practicar su religión, llevar sus vestidos tradicionales y mantener sus costumbres. Dichos musulmanes pasaron a ser llamados mudéjares, cuyo especial estatuto duraría hasta principios del siglo XVI. [6] Dentro de las ciudades, ahora cristianas, los mudéjares vivían en sus propios barrios o “morerías”, disponiendo de casas de oración o “aljamas”. En los medios rurales de ciertas regiones se constituían como el elemento predominante, y a veces exclusivo, debido a su gran conocimiento de las técnicas agrícolas. Los mudéjares, portadores del rico conocimiento de sus antepasados, crearon una literatura propia (aljamiada) [7] y dieron origen a un arte, el mudéjar, que se extendería en el espacio y en el tiempo. [8] Los almorávides y los almohades llegados desde Marruecos en los siglos XI y XII, respectivamente, para socorrer a las taifas, hicieron retroceder de nuevo a los cristianos e impusieron su dominio hasta el 1212, año de la decisiva batalla de las Navas de Tolosa. Pero, con los marroquíes desapareció la tolerancia de las taifas. Tanto los monarcas de estos pequeños reinos como muchos mozárabes fueron desterrados a Marruecos. Tras las Navas de Tolosa, que los derrotados almohades no supieron calibrar como el principio del hundimiento definitivo, buena parte de Al-Andalus cayó en manos castellanas. Tan sólo el reino nazarí de Granada (algo más de 30.000 km2) quedaría como última reliquia musulmana en toda Europa [9] . La amplia base marítima de este reino (desde Tarifa al Cabo de Gata) permitiría a los emires granadinos un último apoyo de Marruecos a través de los benimerines, que poco pudieron hacer. Después de la fracasada sublevación
de los mudéjares (1263), los reyes cristianos cambiaron su actitud
con respecto a ellos. Pero algo muy importante había sucedido ya:
los mudéjares suponían la continuidad en suelo cristiano de
la cultura hispano-musulmana; ocho siglos de presencia islámica que,
como bien dice Américo Castro, contribuyeron grandemente a formar
la disposición de vida de los españoles de hoy. La primera ayuda de los benimerines,
solicitada por Muhammad II a cambio de Tarifa y Algeciras, se produjo en
1274. Ocho años después, los benimerines volvieron a desembarcar
en la Península, pero esta vez para ayudar a Alfonso X en la lucha
contra su propio hijo Don Sancho. Pero más extraño es el hecho
de que, después de la toma de Ceuta, Arcila, Tánger y Larache
por Muhammad III en 1306 (la única vez que Granada adoptó una
posición expansionista en la zona del Estrecho), se formara una coalición
entre castellano-aragoneses y benimerines para derrotar al emir de Granada
[10]
. Luego, los benimerines volvieron a apoyar a sus correligionarios
granadinos, siendo derrotados en el Salado (1340) y en el Salmones (1344)
por Alfonso XI. Treinta y cinco años más tarde se volverían
definitivamente a Marruecos para no intervenir más en los asuntos
de Granada. La suerte del pequeño reino musulmán estaba echada. Con las Capitulaciones de Santa Fe (29-XI-1491), Boabdil obtuvo para su pueblo lo más que pudo. Similares a las de otras ciudades del reino granadino, dichas Capitulaciones convertían a los musulmanes de Granada en mudéjares, con lo cual podían conservar su lengua, religión, etc. Pero pronto fueron violadas por el cardenal Cisneros que, en 1499, obligaba a todos los mudéjares a convertirse, imposición que provocaría las primeras rebeliones en el Albaicín granadino (1500) y en Las Alpujarras (1501). La situación de los mudéjares empeoró con Carlos I. Durante las Germanías de Valencia, en 1521 fueron obligados a convertirse bajo amenaza de pena de muerte (hasta la fecha la amenaza era de expulsión). A partir de entonces las conversiones fueron muy frecuentes. Para diferenciar, los “cristianos viejos”comenzaron a denominar a los recién conversos “cristianos nuevos” o moriscos, es decir, moros en pequeño. Aquella comedia no engañaba a nadie. Tras la pérdida de la guerra de Las Alpujarras (1568-1571), los moriscos siguieron conspirando, tanto con el turco (verdadera amenaza para Europa) como con Enrique IV de Francia. Sin embargo, Felipe II no los expulsó. El monarca –para unos autores el más inteligente de los Austria, pero para otros también el más cruel– comprendió que los moriscos habían sido el juguete de los turcos, quienes incumplirían sus promesas de ayuda, prefiriendo tomar Túnez. Su hijo, Felipe III (mucho menos inteligente que el padre) sería quien decretara la definitiva expulsión de los moriscos en 1609-1614. La medida, tan radical como poco provechosa, puesto que los moriscos llevaban prácticamente toda la agricultura de Levante y Aragón (“quien tiene el moro tiene el oro”, se decía entonces), no sólo se debió a la intransigencia de la Iglesia, sino también a medidas de política exterior (el temor a hipotéticas invasiones de Francia o del Imperio Otomano era evidente), así como a una hábil maniobra de la burguesía ascendente para socavar el poder de la aristocracia terrateniente. Los historiadores no se han puesto de acuerdo en la cifra de moriscos existente en el siglo XVII. Puede que hubiera medio millón, siendo expulsados más de 300.000, la mitad de ellos de la región valenciana. Los hijos menores de siete años de los moriscos fueron retenidos por los cristianos (los moriscos de Cataluña y Aragón que tuvieron que marchar a Francia se pudieron llevar a sus hijos). Asimismo, se permitió a unos pocos moriscos quedarse para enseñar a los cristianos las artes del regadío y otros conocimientos prácticos. También hubo quien compró su certificado de buen cristiano y pudo regresar de forma clandestina. En la diáspora, los moriscos
se esparcieron por la Europa mediterránea (Francia, Italia, Grecia),
Constantinopla y el mundo afroárabe, protagonizando algunos sonados
episodios, entre los que destaca la repoblación y defensa de Túnez
y la creación de la ciudad de Rabat, donde instauraron una “república
corsaria” cuyas naves llegaron hasta las islas británicas, Islandia
y Terranova
[11]
. Asimismo, contribuyeron eficazmente a la conquista del
Sudán Occidental, ordenada por el sultán Al-Mansur, creando
una etnia, los arma, que aún perdura en Tombuctú y la curva
del Níger.
[12]
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
NOTAS.- [1] Fuente: Revista Omaya nº 11, febrero / marzo de 1992, pp. 41-45. (Nota de la Redacción). [2] Francisco Sánchez Ruano nació en Valencia en 1937. Es diplomado en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid y profesor en la Sociedad de Estudios Internacionales de Madrid. Colabora en numerosas publicaciones como El Mundo o La Aventura de la Historia y es autor, entre otros, del libro Islam y guerra civil española. Moros con Franco y con la República , La Esfera de los Libros, Madrid, 2004. (Nota de la Redacción). [3] Véase Ignacio Olagüe, La revolución islámica de Occidente , Plurabelle, Córdoba, 2004. Hubo que esperar treinta años para poder ver una reedición en castellano de esta obra, pues la primera edición se remonta a 1974, publicada por la Fundación Juan March. (Nota de la Redacción). [4] En su sentido más amplio, andalusí era cualquier habitante de Al-Andalus, al margen de su afiliación religiosa. (Nota de la Redacción). [5] Para un debate más amplio sobre la idea de “Reconquista”, véase Abdelatif Oufkir, “ Al-Andalus y el Islam en el subconsciente colectivo español ”, en revista Alif Nûn nº 49, mayo de 2007. (Nota de la Redacción). [6] Según Ladero Quesada en Los mudéjares de Castilla, el mudejarismo neo-castellano fue la capitulación de Toledo y su taifa. [7] Para más información, véase M. Ali Kettani, “ Lengua y literatura aljamiadas ”, en revista Alif Nûn nº 52, septiembre de 2007. (Nota de la Redacción). [8] Para más información, véase Thomas Irving, “ El arte mudéjar: origen, características e influencias trasatlánticas ”, en revista Alif Nûn nº 52, septiembre de 2007. (Nota de la Redacción). [9] El autor se refiere sin duda a Europa Occidental, pues en la Europa del Este se han conservado, desde la época del Imperio Otomano hasta el día de hoy, importantes colectivos musulmanes en Albania y en diversas regiones de la antigua Yugoslavia. Para más información, véase Olsi Jazexhi, “ Los albaneses y el Islam: entre la existencia y la extinción ”, en revista Alif Nûn nº 54, noviembre de 2007; M. Ali Kettani, “ El Islam en los Balcanes y el Estado yugoslavo ”, en revista Alif Nûn nº 54, noviembre de 2007. (Nota de la Redacción). [10] Este hecho no resulta tan extraño si tenemos en cuenta lo siguiente: “Volviendo de nuevo al tema de la Reconquista, no comprendemos cómo es posible que se le puedan suponer una unidad ideológica y una continuidad histórica a unos acontecimientos que se desarrollaron a lo largo de ocho siglos –es decir, ¡casi treinta generaciones!–, tal y como la historia oficial ha venido afirmando. A lo largo de tan dilatado periodo de tiempo es fácil suponer que las épocas de guerra se alternarían con las de paz y que una inmensa variedad de situaciones sería posible en la relación entre ambas comunidades. De hecho, no fueron infrecuentes las alianzas entre cristianos y musulmanes para hacer frente a amenazas, ya fueran del lado musulmán o cristiano, que pudieran poner en peligro intereses comunes. Un ejemplo paradigmático es el de Rodrigo Díaz de Vivar, el llamado Cid Campeador, noble castellano del siglo XI que tras una disputa con Alfonso VI se ofreció como jefe militar al monarca musulmán de Zaragoza y terminó sus días como gobernador independiente de la ciudad musulmana de Valencia. Estos hechos, sin embargo, no han impedido que la historia oficial haya encumbrado al Cid como una de los grandes héroes cristianos de la Reconquista.” Abdelatif Oufkir, ob. cit. (Nota de la Redacción). [11] Véase Guillermo Gozálbes Busto, Los moriscos en Marruecos , Edición Personal, Granada, 1992. (Nota de la Redacción). [12] Véase Ismael Diadié Haidara, Rihla de Abana , Almuzara, Córdoba, 2006; Manuel Pimentel, La ruta de las caravanas , Planeta, Barcelona. 2005. (Nota de la Redacción). A Portada |
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