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Estimados
lectores:
Este año se cumple el cuarto
centenario del primer decreto de expulsión de los moriscos españoles.
Pero, ¿quiénes fueron los moriscos? Desde su expulsión,
mucho se ha escrito sobre esta minoría cultural que conservó
su precaria existencia durante más de un siglo después de
la toma de Granada, último reducto musulmán en la Península
Ibérica, en 1492. Durante estos cuatro siglos, no obstante, la mayor
parte de las referencias a los moriscos ha ido dirigida a justificar su
expulsión en nombre de la unidad de España, la pureza de sangre
o la lucha contra el turco. Sólo en el siglo XX comenzó a
percibirse un enfoque distinto a la hora de analizar el asunto morisco.
Sin embargo, todavía queda mucho por hacer y los derechos históricos
de sus descendientes aún no han sido reconocidos plenamente. Por
ejemplo, mientras que en 1992, con motivo del quinto centenario de la toma
de Granada, los judíos sefardíes de la diáspora vieron
reconocido su legítimo derecho a disponer de la nacionalidad española,
no se dio ni un solo paso para reconocer ese mismo derecho a los descendientes
de los moriscos españoles. Mientras que los fastos del 92 celebraron
por todo lo alto la “epopeya del descubrimiento”, se ignoró de manera
vergonzante la historia de los musulmanes peninsulares. En este cuarto centenario
de la expulsión, el Estado y el pueblo español tienen una nueva
oportunidad para estar a la altura de la historia y así reparar, aunque
sólo sea en parte, el daño y la injusticia infligidos contra
los moriscos.
Buena parte del número de
este mes estará dedicado a analizar el fenómeno morisco. El
primero de los artículos sirve como presentación para introducir
al lector en la evolución del estatus de los musulmanes en la Península
Ibérica. Primero, como gobernantes, después, como musulmanes
sometidos al gobierno cristiano y, por último, como conversos forzosos.
El segundo artículo es un profundo análisis sobre el proceso
de conversión al Cristianismo y posterior expulsión de los
moriscos españoles, en el cual se estudia detalladamente el entorno
cultural y político que motivó semejante medida. El tercer
artículo continúa en cierto modo vinculado a la civilización
musulmana en la Península Ibérica, pues se trata de la segunda
parte del texto dedicado a Ibn ‘Arabî, el gran pensador y místico
andalusí. Por último, cambiamos por completo el marco histórico
y nos trasladamos a la actualidad para presentar un lúcido estudio
sobre los malentendidos y los falsos mitos que la Administración norteamericana
ha mantenido con respecto al Islam y los musulmanes, y las nefastas consecuencias
que, según el autor, esta actitud ha traído consigo.
La Dirección.
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La historia del Islam en España es relativamente poco conocida. Si
exceptuamos a arabistas, historiadores y demás especialistas, suelen
darse algunas confusiones con respecto a la presencia musulmana en la Península
y su evolución a lo largo del proceso histórico.
Es ya pura historia la llegada, en el siglo VIII,
de los musulmanes a la Península, dominada entonces por la monarquía
visigoda, cuyo principal mérito fue la creación de un primer
Estado peninsular independiente con capital en Toledo. Pero aún no
se ha apagado la polémica entre los historiadores que hablan de “invasión”
(la mayoría) o los que estiman que no hubo tal o que, al menos, fue
muy matizada. Entre estos últimos destaca Ignacio Olagüe, quien
tuvo que marchar a Francia para publicar su obra Les árabes
n’ont envahi jamais l’Espagne (París, 1967), prohibida por el régimen
franquista, precedente de La revolución islámica de Occidente.
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“Todo decae después de alcanzar
la perfección.../ El surtidor de la blanca fuente para la ablución
llora de desesperación, como el llanto de un apasionado amante por
la partida de la amada, / otra vez viviendas vacías del Islam, cuyos
habitantes viven ahora en la incredulidad, / donde las mezquitas se han
convertido en iglesias en las que sólo hay campanas y cruces.../
¿Oh, quién reparará la humillación de un pueblo
que una vez fue poderoso, un pueblo al que ha cambiado la situación
de injusticia y los tiranos? / ¡Ayer eran reyes en sus propios hogares,
pero hoy son esclavos en la tierra de los infieles! / Los verás
desconcertados, sin nadie que los guíe, portando el paño de
la vergüenza en todas sus formas, / y contemplarás su llanto
cuando son vendidos, el miedo en su corazón y el dolor que los embarga.
/ Por desgracia, muchas doncellas tan bellas como el amanecer, como si fueran
rubíes y perlas, / han sido empujadas por los bárbaros a la
deshonra contra su voluntad, mientras sus ojos se llenan de lágrimas
y su corazón está aturdido. / ¡El corazón se derrite
por el dolor a causa de semejante espectáculo, si aún queda
algo de Islam o de fe en ese corazón!”
Estas palabras fueron escritas por
el poeta ar-Rundi tras la caída de Sevilla a manos de Fernando III
de Castilla (1199-1252) en diciembre de 1248.
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El contraste que he esbozado
entre la acogida que los turcos dieron a Ibn ‘Arabî y la que le dieron
los árabes, brevemente descrita aquí, es, como toda
generalización, un tanto simplista. Ha habido y todavía hay
muchísimas personas en el mundo árabe que veneran y rinden
homenaje a las enseñanzas de Ibn ‘Arabî. Sin embargo, nunca
ha sido aceptado de un modo mayoritario a nivel popular, como ocurrió
en Turquía. Estas acogidas dispares podrían corresponder a
los dos niveles de percepción humana. En uno, los opuestos son considerados
como irreconciliables, mientras que el otro los acepta como complementarios
y, en última instancia, los unifica.
Estos dos puntos de vista pueden ser descritos
en términos de oriente y occidente. El primer modo de conocimiento
es el de la polaridad y la oposición. O te diriges hacia oriente
o te diriges hacia occidente. A nivel físico nunca se encuentran.
La qibla de la mezquita o el altar de la iglesia tienen un centro que dirige
al suplicante hacia un objetivo en particular y a la vez lo aparta de cualquier
otra dirección. Por esta razón, la gente ha asociado el oriente,
la tierra del sol naciente, con la luz y la alegría, mientras que
occidente ha sido usado como metáfora de la oposición, la oscuridad,
la ignorancia y la tristeza.
Ibn ‘Arabî, sin embargo, nunca limitó la
orientación de Dios a una sola dirección física. Nunca
vio ningún aspecto del universo manifestado salvo como un Signo de
Dios.
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En enero de 1981, la República
Islámica de Irán liberó a 52 estadounidenses que permanecieron
retenidos durante 444 días por los estudiantes revolucionarios que
ocuparon la embajada en Teherán. Esto trajo como consecuencia una
traumática intrusión de la política de Oriente Medio
en la psique de los estadounidenses. Inimaginable sólo dos años
antes, el trauma ha ensombrecido nuestros sueños y nuestros recuerdos
desde entonces.
Veinte años y ocho meses después,
una confrontación igualmente inconcebible entre la realidad política
de Oriente Medio y la complacencia estadounidense explotó en el World
Trade Center y el Pentágono. Dos incidentes calamitosos separados
por veinte años, ambos dependientes en cierta medida de las corrientes
dentro de la política islámica: ¿Qué lección
hemos aprendido durante ese intervalo de 20 años?
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"Y -ellos
le dixeron: Nos somos, Señor,
somos de profeta, creyentes al Criador;
de Ya'qûb somos fichos (=hijos), creyentes al Criador,
i venimos por pan, si hallamos vendedor.
I firió el rei en la mesura i fízola sonar,
i paroye su oreja por oir i guardar;
díxoles el rei, i no quiso más dubdar:
-Según dize la mesura, verdad puede estar.
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