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ISSN 1695-1751                                                                              Número 68 - Febrero.2009 / Safar 1430
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Estimados lectores:

        Este año se cumple el cuarto centenario del primer decreto de expulsión de los moriscos españoles. Pero, ¿quiénes fueron los moriscos? Desde su expulsión, mucho se ha escrito sobre esta minoría cultural que conservó su precaria existencia durante más de un siglo después de la toma de Granada, último reducto musulmán en la Península Ibérica, en 1492. Durante estos cuatro siglos, no obstante, la mayor parte de las referencias a los moriscos ha ido dirigida a justificar su expulsión en nombre de la unidad de España, la pureza de sangre o la lucha contra el turco. Sólo en el siglo XX comenzó a percibirse un enfoque distinto a la hora de analizar el asunto morisco. Sin embargo, todavía queda mucho por hacer y los derechos históricos de sus descendientes aún no han sido reconocidos plenamente. Por ejemplo, mientras que en 1992, con motivo del quinto centenario de la toma de Granada, los judíos sefardíes de la diáspora vieron reconocido su legítimo derecho a disponer de la nacionalidad española, no se dio ni un solo paso para reconocer ese mismo derecho a los descendientes de los moriscos españoles. Mientras que los fastos del 92 celebraron  por todo lo alto la “epopeya del descubrimiento”, se ignoró de manera vergonzante la historia de los musulmanes peninsulares. En este cuarto centenario de la expulsión, el Estado y el pueblo español tienen una nueva oportunidad para estar a la altura de la historia y así reparar, aunque sólo sea en parte, el daño y la injusticia infligidos contra los moriscos.
        Buena parte del número de este mes estará dedicado a analizar el fenómeno morisco. El primero de los artículos sirve como presentación para introducir al lector en la evolución del estatus de los musulmanes en la Península Ibérica. Primero, como gobernantes, después, como musulmanes sometidos al gobierno cristiano y, por último, como conversos forzosos. El segundo artículo es un profundo análisis sobre el proceso de conversión al Cristianismo y posterior expulsión de los moriscos españoles, en el cual se estudia detalladamente el entorno cultural y político que motivó semejante medida. El tercer artículo continúa en cierto modo vinculado a la civilización musulmana en la Península Ibérica, pues se trata de la segunda parte del texto dedicado a Ibn ‘Arabî, el gran pensador y místico andalusí. Por último, cambiamos por completo el marco histórico y nos trasladamos a la actualidad para presentar un lúcido estudio sobre los malentendidos y los falsos mitos que la Administración norteamericana ha mantenido con respecto al Islam y los musulmanes, y las nefastas consecuencias que, según el autor, esta actitud ha traído consigo.


La Dirección.

       La historia del Islam en España es relativamente poco conocida. Si exceptuamos a arabistas, historiadores y demás especialistas, suelen darse algunas confusiones con respecto a la presencia musulmana en la Península y su evolución a lo largo del proceso histórico.
      Es ya pura historia la llegada, en el siglo VIII, de los musulmanes a la Península, dominada entonces por la monarquía visigoda, cuyo principal mérito fue la creación de un primer Estado peninsular independiente con capital en Toledo. Pero aún no se ha apagado la polémica entre los historiadores que hablan de “invasión” (la mayoría) o los que estiman que no hubo tal o que, al menos, fue muy matizada. Entre estos últimos destaca Ignacio Olagüe, quien tuvo que marchar a Francia  para publicar su obra Les árabes n’ont envahi jamais l’Espagne (París, 1967), prohibida por el régimen franquista, precedente de La revolución islámica de Occidente.

           
    

        “Todo decae después de alcanzar la perfección.../ El surtidor de la blanca fuente para la ablución llora de desesperación, como el llanto de un apasionado amante por la partida de la amada, / otra vez viviendas vacías del Islam, cuyos habitantes viven ahora en la incredulidad, / donde las mezquitas se han convertido en iglesias en las que sólo hay campanas y cruces.../ ¿Oh, quién reparará la humillación de un pueblo que una vez fue poderoso, un pueblo al que ha cambiado la situación de injusticia y los tiranos? / ¡Ayer eran reyes en sus propios hogares, pero hoy son esclavos en la tierra de los infieles! /  Los verás desconcertados, sin nadie que los guíe, portando el paño de la vergüenza en todas sus formas, / y contemplarás su llanto cuando son vendidos, el miedo en su corazón y el dolor que los embarga. / Por desgracia, muchas doncellas tan bellas como el amanecer, como si fueran rubíes y perlas, / han sido empujadas por los bárbaros a la deshonra contra su voluntad, mientras sus ojos se llenan de lágrimas y su corazón está aturdido. / ¡El corazón se derrite por el dolor a causa de semejante espectáculo, si aún queda algo de Islam o de fe en ese corazón!”
        Estas palabras fueron escritas por el poeta ar-Rundi tras la caída de Sevilla a manos de Fernando III de Castilla (1199-1252) en diciembre de 1248.

           
               

          El contraste que he esbozado entre la acogida que los turcos dieron a Ibn ‘Arabî y la que le dieron los árabes, brevemente descrita aquí,  es, como toda generalización, un tanto simplista. Ha habido y todavía hay muchísimas personas en el mundo árabe que veneran y rinden homenaje a las enseñanzas de Ibn ‘Arabî. Sin embargo, nunca ha sido aceptado de un modo mayoritario a nivel popular, como ocurrió en Turquía. Estas acogidas dispares podrían corresponder a los dos niveles de percepción humana. En uno, los opuestos son considerados como irreconciliables, mientras que el otro los acepta como complementarios y, en última instancia, los unifica.
      Estos dos puntos de vista pueden ser descritos en términos de oriente y occidente. El primer modo de conocimiento es el de la polaridad y la oposición. O te diriges hacia oriente o te diriges hacia occidente. A nivel físico nunca se encuentran. La qibla de la mezquita o el altar de la iglesia tienen un centro que dirige al suplicante hacia un objetivo en particular y a la vez lo aparta de cualquier otra dirección. Por esta razón, la gente ha asociado el oriente, la tierra del sol naciente, con la luz y la alegría, mientras que occidente ha sido usado como metáfora de la oposición, la oscuridad, la ignorancia y la tristeza.
    Ibn ‘Arabî, sin embargo, nunca limitó la orientación de Dios a una sola dirección física. Nunca vio ningún aspecto del universo manifestado salvo como un Signo de Dios.    


        En enero de 1981, la República Islámica de Irán liberó a 52 estadounidenses que permanecieron retenidos durante 444 días por los estudiantes revolucionarios que ocuparon la embajada en Teherán. Esto trajo como consecuencia una traumática intrusión de la política de Oriente Medio en la psique de los estadounidenses. Inimaginable sólo dos años antes, el trauma ha ensombrecido nuestros sueños y nuestros recuerdos desde entonces.
        Veinte años y ocho meses después, una confrontación igualmente inconcebible entre la realidad política de Oriente Medio y la complacencia estadounidense explotó en el World Trade Center y el Pentágono. Dos incidentes calamitosos separados por veinte años, ambos dependientes en cierta medida de las corrientes dentro de la política islámica: ¿Qué lección hemos aprendido durante ese intervalo de 20 años?

          
         
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"Y -ellos le dixeron: Nos somos, Señor,
somos de profeta, creyentes al Criador;
de Ya'qûb somos fichos (=hijos), creyentes al Criador,
i venimos por pan, si hallamos vendedor.

I firió el rei en la mesura i fízola sonar,
i paroye su oreja por oir i guardar;
díxoles el rei, i no quiso más dubdar:
-Según dize la mesura, verdad puede estar.


                                                   _ Álvaro Galmés de Fuentes.
                                                            " Manuscritos aljamiado-moriscos "
                                                           

 

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