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EGIPTO: DE FARUQ A NASSER (II)
[1]
Pedro Martínez Montávez [2] Los primeros años del “nasserismo”
Desde finales de octubre del año 1954 hasta finales de septiembre –concretamente, Abdel-Nasser muere el día 28 de este mes– de 1970, Egipto va a estar dirigido por una extraordinaria –entiéndase el término ante todo en su riguroso sentido etimológico– personalidad política, seguramente en muchos aspectos tan ingente e inabarcable como contradictoria y sorprendente. Este hombre, Gamal Abdel-Nasser, concentra de manera absoluta la totalidad del poder y la responsabilidad de las decisiones –desde esa perspectiva, por consiguiente, estará justificado el hablar de una dictadura nasserista, expresión tan cara a muchos analistas y gran parte de la historiografía habitual–. Pero es evidente que esa específica forma de gobierno la ejecuta, a lo largo de casi todo su mandato, de hecho nunca cuestionado, auténticamente legitimado y sostenido, aunque en ocasiones lo sea como de manera más bien implícita o inconsciente, por un fervor popular casi unánime, y la actuación de unas estructuras y mecanismos de poder a los que confiere, sin que ello se le discuta jamás seriamente, su cuño intransferible y personalísimo. Por descontado, Gamal Abdel-Nasser es una figura que responde a las circunstancias concretas de una época en una geografía, física y humana, determinada, pero asume también categoría de fenómeno histórico que transciende esos límites puntuales.
Aquí sólo cabe efectuar una resumida y concentrada exposición de lo que el nasserismo significa en los años que nos ocupan, y aunque es indudable que estos pocos años (1955-1958) constituyen en sí una fase suficientemente caracterizada dentro del desarrollo total del régimen nasserista, muchos de sus rasgos fundamentales, seguramente más definitorios y caracterizadores, no podrán ser ni siquiera mencionados, por caer fuera de ese posterior límite cronológico. En realidad, aquí sólo se verá la primera etapa de ese Egipto ya definitivamente nasserista, en la que se sientan, indudablemente, muchas de las bases del sistema. Y dentro de ese marco, 1956 resultará una fecha clave: como se mencionará, a mediados de ese año se produce uno de esos acontecimientos que condensan y resumen en sí gran parte de los hechos más permanentes y actuantes en la atormentada historia contemporánea de la región: la crisis de Suez. Pero creemos que sería erróneo considerar esa fecha, 1956, como una cesura o subdivisión; a pesar de parciales apariencias, es más bien todo lo contrario: un gozne. Parece suficientemente probado que el ideario político nasserista, y la aplicación práctica y concreta que se efectúa, se van conformando más bien a lo largo de la gestión de gobierno, y en buena medida como consecuencia directa de los acontecimientos que se producen y exigen respuesta. En tal sentido, el nasserismo habría actuado casi estrictamente como hecho de reacción y carecería también, casi por completo, de una al menos mediana o mínima infraestructura teórica. Todo ello, unido al evidente eclecticismo, al menos parcial, que lo caracteriza, y a la rigidez o falta de realismo con que en no pocas ocasiones se comporta, serviría para explicar no sólo algunos de los posibles errores, sino también la manera, para muchos demasiado sorprendente o abrupta, en que comienza a producirse. Sin negar que en tales observaciones hay, indudablemente, buena parte de razón, no nos parece menos cierto que se da también en ellas bastante de visión parcial y desplazada. Y entre otras cosas se olvida que el político que empieza a manifestarse ya directa y personalmente desde 1955 había publicado un año antes un librito nada desdeñable, la Filosofía de la revolución , en el cual, aunque sea preferentemente por vía reflexiva y confesional, ribeteada curiosamente de cierta veleidad literaria, estaban en embrión algunas de sus tesis inmediatas y parte también, insistimos, de su simple praxis política. Entre otras cosas, su concepción
de los tres círculos, que tienen que ser el teatro donde
se manifieste nuestra actividad –es decir, el círculo árabe
, el círculo africano, el círculo musulmán
– o su descubrimiento de la conexión directa existente
entre la lucha en Palestina y la lucha en Egipto. Evidentemente, no se
trata de un programa político definitivamente conformado y expuesto,
pero tampoco de un banal y espúreo panfleto propagandístico
y de interesada justificación parcialista tan solo. Ciertamente, 1955 es el año en el que empieza a producirse lo que se ha dado en llamar el viraje político de Egipto, refiriéndose a las nuevas orientaciones que se señalan, y que en líneas generales irán incrementándose: fomento del arabismo, apertura a los Estados socialistas europeos en varios aspectos –contactos políticos, económicos y culturales– y adopción cada vez más manifiesta de tendencias neutralistas en política exterior que tienden decididamente al no-alineamiento . Analizados estos hechos con una óptica
bastante unilateral, y que atienda preferentemente a lo que podemos entender
como defensa Olvida o minimiza, por ejemplo, un hecho absolutamente fundamental, que afectó de forma inmediata a toda la región, y que contribuyó decisivamente para que ésta entrara en un claro proceso de reajustes en las alineaciones políticas y estratégicas: la conclusión del Pacto de Bagdad , a principios del mismo año, proyecto que en otras versiones similares, como se recordará, el mismo Egipto había rechazado firmemente años antes, y que respondía ante todo a la salvaguardia estricta de esos intereses occidentalistas. Y no tiene en cuenta tampoco que, a pesar de esa evidente apertura al Este europeo, el Egipto nasserista intentará una y otra vez, durante algún tiempo, no enajenarse por completo o mayoritariamente la amistad de Occidente –o al menos conservar amplios campos de cooperación con él–, y en especial las relaciones con USA. Evidentemente, la existencia asentada de Israel con su consustancial ideología y práctica política sionistas –claramente fomentadas, en general, desde Occidente, y desde luego sin mayor recato desde USA– y los nuevos perfiles que empezaba a tomar ya el problema palestino, constituían también factores de primera importancia, que no contribuían de manera alguna a aliviar el riesgo de inminentes tensiones aún mayores en la zona, ni a disuadir al régimen egipcio de las nuevas perspectivas que se le abrían. La ponderación, al menos, de todos estos datos resulta imprescindible para el análisis medianamente objetivo. Así como 1956 será, esencialmente, el año de la cuestión de Suez, 1955 es, fundamentalmente, el año de la Conferencia de Bandung. Ciertamente, ni el nuevo régimen egipcio ni el propio Gamal Abdel-Nasser habían encontrado hasta entonces ocasión propicia para conseguir una proyección y un renombre internacionales notables, y tal circunstancia se presenta, sin duda, con motivo de la mencionada reunión al más alto nivel, a partir de la cual se diseñan claramente la orientación del movimiento tercermundista y la línea llamada del neutralismo positivo , que pregona insistentemente posturas de no-alineamiento , aunque con frecuencia estas declaraciones se queden más en el plano de la simple apariencia que de los hechos concretos y reales, pues es indudable que, en el contexto global del movimiento y en muchos de sus detalles y aspectos particulares, la Unión Soviética ejerce un protagonismo o ascendente inevitables. En cualquier caso, lo cierto es que tampoco faltaban abundantes razones objetivas para que un amplio movimiento internacional de esas características se produjera, como reacción o contrapeso a las indudables aspiraciones imperialistas de algunas potencias occidentales, y en especial de USA. Que todo ello resultara finalmente ventajoso o perjudicial para el desarrollo de los países que iniciaban esa vía –y no sólo en el estricto marco político, sino también en muchas ocasiones, fundamentalmente, en el económico y social–, es otra cuestión, que se dilucidará especialmente en los años por venir; y, asimismo, si tales países contaban en realidad con las capacidades y recursos suficientes, de todo tipo, para empeñarse en tan arriesgada e hipotética aventura, dentro de un contexto internacional sumamente fluido y que, en última instancia, se inclina siempre en beneficio de los intereses de las grandes potencias. De cualquier manera, lo que cabe comprobar es que el nuevo Egipto da también ese giro importante, y que su deber carismático empieza a asumir un liderazgo formalmente comparable al de Nehru o Tito, pongamos por caso. Aunque conviene tener siempre en cuenta, para que el análisis de los hechos sea lo más objetivo posible y responda mayoritariamente a como en realidad se produjeron, que este Egipto nasserista intentará también, en casi todas las circunstancias que se le presenten, no cortar definitivamente los puentes de entendimiento y negociación con Occidente –y en especial con USA, insistimos– y que, por consiguiente, se mueve con suma frecuencia dentro de una elástica gama de posturas e iniciativas intermedias, todavía no carentes de claros elementos y rasgos de vacilación y parcial indefinición final, que no le va a resultar a la postre, como en tantos otros aspectos, decididamente beneficiosa, aunque no carezca tampoco de indudable habilidad, más bien de efectos pasajeros. Así pues, dentro de este complicado
y novedoso contexto, hechos como el de la aireada compra de armas a Checoslovaquia,
o el inicio e incremento de los acuerdos económicos y la cooperación
con la URSS, se explican tanto al menos –si no más– por errores
de una política occidental que no quiere renunciar a algunos de
sus anacrónicos privilegios, que por iniciativas unilaterales y
desconsideradas del nuevo régimen nasserista. Tal es el marco general en el que se inscribe y desarrolla el triste y singular episodio de la cuestión de Suez, saldado con una equivocada agresión tripartita –británica, francesa e israelí– que no conseguirá tampoco, a la postre, casi ninguno de sus objetivos, y que brinda, por el contrario, y de rechazo, a Nasser ocasión única para anotarse su mayor y más espectacular triunfo exterior, y para acreditarlo, al menos en tal circunstancia, como excepcional estratega y diplomático. Conviene no olvidar, sin embargo, que todo este problema de Suez está directamente vinculado, asimismo, a otro asunto de gran importancia, y que como aquél, desde un principio, no tiene solamente una dimensión política y económica, sino también otra, no menos intensa y operativa, simbólica, de dignidad nacional y de proyección internacional. Algo que no acertaron a calibrar en su justo alcance varias cancillerías europeas, obsesivamente ancladas en una unilateral y muy angosta interpretación, en términos estrictamente de desafío, de los hechos. Nos referimos al proyecto de construcción de la Gran Presa de Assuán.
El diluvio de hechos políticos, diplomáticos y bélicos que se sucedieron, fragorosamente planteados y discutidos en múltiples foros y ante numerosas instancias, constituye una de las partes más conocidas y recordadas de la historia contemporánea, y ello exime prácticamente de su mención un tanto pormenorizada. Baste con reseñar que la agresión militar tripartita contra Egipto, iniciada por Israel a finales de octubre y secundada de inmediato por Francia y Gran Bretaña, se liquida una semana después con el cese de las hostilidades, conseguido, en definitiva, más por la presión americana que por las notas de protesta y amenaza soviéticas. Se irá procediendo, por consiguiente, a la evacuación de las tropas invasoras, pero conviene recordar al respecto que, en el caso concreto de Israel, el acuerdo concluido a principios del año 1957 contenía –como se revelaría años más tarde– ciertas cláusulas secretas que, para algunos, establecían de hecho relaciones de coexistencia no declarada con el Estado sionista y expresaban la impotencia real de Egipto para hacerle frente. Resultaba lógico que Estados Unidos tratara de sacar el máximo beneficio de la postura general que había mantenido durante la crisis de Suez, y a ello responde la llamada Doctrina Eisenhower, anunciada y aprobada durante el primer trimestre del año 1957. Se trataba de un plan concreto de ayuda a los Estados del Próximo Oriente que, desde un punto de vista estrictamente técnico, resultaba en principio negociable, pero que imponía también arriesgadas cauciones políticas e ideológicas, imputables ante todo a su subido anticomunismo. En el contexto de las reacciones y posturas que provocó entre esos Estados, y que contribuyeron desde luego a reforzar bastantes de las habituales discrepancias árabes y enfrentamientos, Egipto adoptó seguramente, en principio, una línea moderadamente crítica y que no resultaba de rechazo total, para ir desplazándose gradualmente hasta una posición de clara hostilidad. La complicada trama de las relaciones egipcio-americanas, por consiguiente, no encontraba vías de real mejora, sino más bien lo contrario. Son éstos los tiempos también del relanzamiento, por parte egipcia, de su política interárabe y de las primeras tentativas concretas de un panarabismo que pasara ya del plano del simple apunte o sugerencia sin continuidad. Proyecto también complejo y difícil donde los haya –aunque no carezca, evidentemente, de amplia infraestructura y potencialidad teórica, amparada legítimamente en la historia y la cultura comunes en última instancia, sin embargo no aprovechadas nunca eficazmente–, pero que tampoco irá acompañado –como resultará habitual en circunstancias análogas– de los indispensables proyectos materiales de soporte. [3] Los pasos que en tal dirección se den, por consiguiente, y en los que Egipto negocia preferentemente con Arabia Saudí, Siria y Jordania, no significan progresos sustanciales, y en ocasiones sirven para asentar, dentro de un contexto sumamente oscilante y cambiante, crudos enfrentamientos con Jordania, por ejemplo. La inicial asunción de la idea nacionalista árabe por parte de Egipto está ya, sin embargo, claramente expresada. A estas alturas, el régimen toma también algunas medidas de carácter interno que son no menos importantes y significativas. Así, por ejemplo, la convocatoria de elecciones, en el mes de julio, para la constitución de la Asamblea Nacional, que se configura como el supremo poder de la nación . Simultáneamente se constituye también la llamada Unión Nacional, que ha de actuar como auténtico control y filtro de la actividad política, y con cuya promoción se pretende restringir drásticamente o liquidar la actuación residual de los partidos y agrupaciones. El régimen nasserista va obteniendo ya, por consiguiente, su característica configuración, y así, a los rasgos populistas y militaristas que, sin duda, le son consustanciales, se marca también la opción socialista sui generis , o socializante, en un contexto de fuerte estatalización, y en el cual una nueva burguesía, criatura y proyección indudablemente del propio régimen, quiere sustituir a la burguesía tradicional, tanto en su vertiente rural como urbana. Como puede apreciarse, y hagamos al menos esta observación, que no tiene nada de marginal, la corriente socialista, dentro del nasserismo, comienza a asentarse en época no precisamente temprana, y, como luego denunciarán los ortodoxos , renuncia prácticamente a uno de sus principios doctrinales básicos: la lucha de clases. El espectacular logro –efímero, sin embargo– que constituye la proclamación de la República Arabe Unida, en febrero de 1958, hace olvidar frecuentemente que se trata también de un año a lo largo del cual el arabismo experimenta no pocos fenómenos de crisis. En gran medida, esa misma unión de Egipto y Siria –a la que pocos días después se adherirá también el Yemen, aunque en forma prácticamente simbólica– se derivaba de un hecho de crisis: la que en el interior arrastraba la propia Siria, y que provocó un desembarco de tropas egipcias en ese país en octubre de 1957, a petición del Gobierno sirio. Y será meses después una apremiante insistencia siria similar la que empujará definitivamente al presidente egipcio a proclamar la Unión. Este contexto de crisis y de incremento del deterioro de las relaciones interárabes explica en buena parte la dificilísima y más que breve existencia de este nuevo Estado experimental. No pocos conflictos y tensiones graves se producen: con el Líbano, por ejemplo, que en el verano de 1958 contempla el primer desembarco, fugaz, de tropas americanas –como un preámbulo de acontecimientos posteriores–, con Túnez y hasta con el nuevo Iraq de Qasem, tras la caída, también, de la anacrónica monarquía de ese país: las dos líneas autodeclaradas revolucionarias mostraban desde un principio sus claras diferencias. [4] En ámbitos más amplios de política exterior, el régimen reafirma en la Conferencia de Accra su apoyo decidido a las corrientes neutralistas, y también hay que recordar el viaje que Nasser emprende a la URSS en mayo del mismo año, que sirve para clarificar muchos puntos aún no definitivamente perfilados en el marco global de la relación entre ambos gobiernos y, especialmente, para sentar sobre bases más sólidas y desarrolladas los proyectos ya iniciados de cooperación económica. El periodo que aquí estudiamos,
1948-58, no resulta ciertamente el más apropiado para hacer una
presentación, aunque sea La revolución trae, naturalmente, unos nuevos objetivos económicos, y es indudable que algunos primeros pasos se dan en este sentido: recordemos, por ejemplo, la Ley de Reforma Agraria de septiembre del año 1952. Pero el arranque definitivo de la política económica del régimen se sitúa a partir de los últimos años del decenio, acelerándose de inmediato en los siguientes. Datos sumamente significativos sirven para corroborarlo. Así, un Ministerio de Industria es fundado en 1956, y al año siguiente, un Organismo de Desarrollo Económico . El primer plan quinquenal se lanza también en 1957 –como una de tantas facetas, en definitiva, de esa firme voluntad de egipcianización que por entonces se impone–, atendiendo a unos objetivos primordiales que buscan la autosuficiencia en la producción de manufacturas locales, la promoción de industrias de exportación y el equipamiento del país con industrias básicas más avanzadas. Este primer plan quinquenal, que tiene estrictamente objetivos industriales, se amplia el año 1960, en que se inicia el primero de desarrollo social y económico . Hasta 1961 no se inicia tampoco una vasta campaña de nacionalizaciones, que sí que van a servir para introducir profundas reformas en el régimen socioeconómico, situándolo, finalmente, de manera clara, en la fórmula del socialismo fuertemente estatalizado, y hasta ese mismo año no se introducen las primeras enmiendas de cierta entidad en la mencionada Ley de Reforma Agraria promulgada en 1952, que, en el aspecto cooperativista, había obtenido relativos éxitos. Como los analistas objetivos han probado, el periodo comprendido entre los años 1952 y 1956 es más bien, en este terreno de la actividad económica, una fase de predominio de la empresa libre, con muy escasa o casi nula participación o interferencia estatal, y sólo a partir de los años siguientes cabe hablar de intervención oficial que, proponiéndose la orientación efectiva de esa actividad capitalista, lleva a la postergación práctica de la empresa privada y la implantación de un peculiar sistema socialista. Lo que caracteriza , esencialmente,
en conclusión, el periodo que aquí nos corresponde exponer,
es un cierto esfuerzo de expansión industrial, sin rupturas apreciables,
acompañado de un notable incremento de la inversión. En todo caso, cualquier tipo de medidas que se tomen en Egipto difícilmente podrá llegar a contrarrestar el efecto de las tremendas realidades inmediatas que configuran al país, como consecuencia directa y casi inevitable de la fortísima tasa de crecimiento demográfico: en tal orden de cosas, de la actuación de fuerzas y magnitudes gigantescas, desafiantes, no se olvide tampoco que precisamente entre los años 1947 y 1960 experimenta Egipto un formidable crecimiento de población, pasándose de los casi 19 millones a los poco más de 26, entendido todo ello dentro de los márgenes de credibilidad que tienen los censos en países de esta contextura. Al margen, en principio, de los resultados concretos que obtenga, y de los diferentes porcentajes de acierto o error con que en cada caso se produzcan, lo cierto es que el régimen nasserista, como fenómeno totalizador que es, persigue también unos claros objetivos sociales, que si desde luego no tiene muy claramente establecidos en un principio, sí los va configurando con precisión y bastante rapidez. Independientemente, pues, de la calificación final que al historiador o analista merezca, hay que reconocerle esa voluntad de intentar construir un nuevo modelo de sociedad egipcia, y hasta, en última instancia, posiblemente, de sociedad árabe. Nueva sociedad que, indiscutiblemente, está obligada a producir sus manifestaciones culturales distintas. Es evidente, sin embargo, que la mayor parte de estas dimensiones, objetivos y propósitos –por no decir la totalidad– se le van generando a la revolución nasserista al compás de su propio desarrollo, y en gran medida como manera inmediata de respuesta a muchos de los problemas que afronta. Queremos con ello decir, al menos, dos cosas, hacer dos puntualizaciones: una, que el nasserismo, evidentemente, no tenía ya prefigurada y establecida formalmente la clase de sociedad que quería implantar, y, dos, que el periodo concreto al que aquí nos referimos resulta también, preferentemente, una fase preparatoria o embrionaria. En este terreno, asimismo, la historia del Egipto nasserista, desde finales de los cincuenta, resulta bastante más significativa y caracterizada. Repárese, por ejemplo, en un hecho sumamente importante: las conflictivas relaciones que el nasserismo siguió con la izquierda marxista del país. El comunismo egipcio, que ha sido posiblemente uno de los de más alborotada y complicada historia interna de la región, experimenta un notable renacimiento intelectual y el desarrollo de sus conexiones con el movimiento obrero a lo largo de los años cuarenta. Asimismo, y superando muy grandes dificultades, logra llegar a una situación de unificación en el año 1958. El pacto definitivo con el nasserismo, sin embargo, resultará en última instancia imposible, y en realidad la izquierda marxista egipcia no puede participar directa y ampliamente en la pretendida revolución social. El año 1959 será, en concreto, por el contrario, de vastísimas y muy cruentas persecuciones contra los comunistas.
La comprensión de este hecho resulta clave absolutamente fundamental para plantearse sobre bases rigurosamente científicas cualquier análisis objetivo del fenómeno nasserista –independientemente de las valoraciones finales que de él se hagan– y aún más, de toda la historia contemporánea del Oriente árabe contemporáneo, pues ese hecho clave vertebra la existencia de toda la región –y aún la sigue vertebrando–, aunque en el Egipto nasserista encuentre, indudablemente, su más acabado y ejemplar paradigma. Consecuentemente, cabe afirmar, por tanto, que el nasserismo buscará e impondrá sus maneras propias y diferentes de promoción social, de nuevas clases, órdenes, pautas y estructuras. Que, como se ha mantenido con frecuencia, se propone la conformación de una nueva burguesía, emanada del régimen y sostén del mismo, en el marco de la reconstrucción nacional, y en cuyo diseño la clase dirigente, fuertemente vinculada además a la élite militar, sustituye por completo a las diversas modalidades de burguesía tradicional, de genérico talante liberal, que durante los periodos inmediatamente anteriores fueron los grupos que habían asumido la mayor parte de la representatividad nacional. En este sentido, sin embargo, las conclusiones que se hagan han de ser todavía muy prudentes y evitar esquematismos y apresuramientos, provocados por un conocimiento solamente parcial de los datos, o por una excesiva ideologización previa en la interpretación de los mismos. En el campo concreto del fomento y preferencia de las formas de manifestación cultural que el nasserismo adopte, se encontrará también material de considerable importancia para proceder a su estudio, a su caracterización y a su valoración. Y dentro de un contexto que, también en este terreno, brindará excelentes términos iniciales de referencia parcialmente aplicables a fenómenos análogos producidos en otros Estados árabes de la zona. En este sentido, pues, temas como el
del desarrollo de una literatura, un arte y un pensamiento comprometidos
y sociales, de géneros y manifestaciones específicos,
como el teatro –en sus diversas variantes– o la narrativa –asimismo no
menos variada– alcanzan a lo largo del régimen nasserista, y en
muchos aspectos concretos durante los años a los que aquí
hemos hecho referencia, categoría de ejemplo sumamente valioso y
orientador. BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
NOTAS.- [1] Historia Universal-Siglo XX nº 24, Historia 16, págs. 41-60. Segunda parte del artículo del mismo título publicado en la revista Alif Nûn nº 66, diciembre de 2008. (Nota de la Redacción). [2] Pedro Martínez Montávez nació en Jódar (Jaén) en 1933 y es uno de los arabistas contemporáneos más influyentes. Obtuvo la cátedra de Historia del Islam en la Universidad de Sevilla, donde ejerció entre 1970 y 1971, para trasladarse luego a la Universidad Autónoma de Madrid, donde trabaja desde entonces y de la que ha sido vicedecano y rector, así como director del departamento de Árabe e Islam y del Instituto de Estudios Orientales y Africanos. Es miembro de la Academia de la Lengua Árabe de Ammán (Jordania) y ha sido presidente de la Asociación de Amigos del Pueblo Palestino. Es autor, entre otras obras, de Poesía árabe contemporánea (1958); Poemas amorosos árabes , antología de Nizar Qabbani (1965); Poetas palestinos de resistencia (1974); Perfil del Cádiz hispanoárabe (1974); Exploraciones en literatura neoárabe (1977); Ensayos marginales de arabismo (1977), El poema es Filistín. Palestina en la poesía árabe actual (1980), Introducción a la literatura árabe moderna (1985) o Literatura árabe de hoy (1990). También ha traducido numerosas obras de autores árabes como Canciones de Mihyar el de Damasco , de Adonis; Mujer sin orillas , de Suad As-Sabah y otras muchas. (Nota de la Redacción). [3] Para conocer más en detalle el proyecto panarabista de Nasser, véase Martín Kramer, “ Nacionalismo árabe: una identidad falsa (II) ” en revista Alif Nûn nº 65, noviembre de 2008. (Nota de la Redacción). [4] Para más información sobre estos acontecimientos, véase, del mismo autor, “ Siria e Iraq ”, en revista Alif Nûn nº 41, septiembre de 2006. (Nota de la Redacción). A Portada |
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