LAS ASPIRACIONES SIONISTAS EN PALESTINA [1]

Anstruther Mackay [2]  


I    Que los judíos, una vez una poderosa tribu y quizás casi una nación, después de tantos siglos, tengan aspiraciones de convertirse en una nación moderna con un país propio, resulta loable y romántico. Pero a día de hoy, y de hecho en todas las épocas, las aspiraciones deben cuadrar con los hechos concretos. Propongo en este artículo analizar la cuestión desde un punto de vista histórico y práctico, sin sentimientos a favor de ninguna de las dos partes, judía o árabe, dentro de las cuales tengo muchos amigos.

No me propongo examinar la historia judía anterior al éxodo de Egipto. En ese momento, los judíos eran un grupo de doce tribus con una ascendencia común, unidos con un propósito común y sometidos a dificultades comunes. Como tales, bajo un liderazgo muy sólido, consiguieron prosperar después de mucho viajar y ocupar tierras –al igual que las tribus beduinas actuales– en las áreas cultivadas y cultivables de una parte de Siria comúnmente conocida como Palestina. En aquellos días, y hasta la llegada del Imperio Romano, la sociedad de Oriente Medio era completamente tribal. Los antiguos israelitas, donde podían, expulsaban a las tribus que encontraban ya asentadas en el territorio, y cuando no podían arrebatárselo a sus enemigos –los filisteos [3] , por ejemplo– habitaban junto a ellos en una incómoda proximidad, en un proceso constante de guerras intertribales de muy diverso signo.

Vista Belen De este modo, los judíos habitaron la tierra de Canaán durante algunos siglos con un éxito considerable, particularmente brillante en literatura, produciendo lo que ahora conocemos como el Antiguo Testamento, tal vez un poco exagerado a la hora de ensalzar su propias hazañas e injuriar a sus vecinos.

(Hoy en día muchos expertos creen que la descripción del Templo de Salomón en el Antiguo Testamento fue escrita por los judíos después de su regreso del cautiverio, con el recuerdo de los esplendores reales de Babilonia fresco en sus mentes. Es posible que el actual templo fuera un simple lugar de culto. Si hubiera sido de otra manera, es casi imposible que no se conserve nada de él en la actualidad, viendo cómo los templos de Egipto, mucho más viejos, se han conservado en muchos casos casi en su totalidad.)

Pronto, sin embargo, desapareció la antigua unidad entre las Doce Tribus. Israel se desmoronó y desapareció de la faz de la tierra. Judá se mantuvo durante unos años y luego se dispersó hasta los más lejanos confines de viejo y del nuevo mundo. Desde entonces, los judíos han perdido sus características orientales, tanto física como mentalmente. Hoy en día, los colonos judíos de Palestina son casi todos de aspecto teutónico o eslavo, y cualquier rastro de origen semita u oriental parece haber desaparecido de ellos.

A través de las épocas y después de todos sus viajes, los judíos han conservado en gran medida su religión, y eso es una hazaña maravillosa. Pero a día de hoy algunos dicen que incluso su religión parece condenada al fracaso. Los más jóvenes y viriles de entre los colonos judíos de Palestina a veces profesan abiertamente, y más a menudo en secreto, los dogmas del ateísmo, el agnosticismo o el materialismo.

En la actualidad, es la facción sionista de estos restos de Judá la que reclama todo el sur de Siria, la provincia de Palestina, basándose en el hecho de que durante tres o cuatro siglos sus ancestros poseyeron la tierra de la cual fueron expulsados hace casi dos mil años. Estas personas llegan incluso hasta el punto de reclamar –no está claro sobre qué base– que sus fronteras van desde la ciudad de Tiro, en el norte, hasta la aldea egipcia de El Arish, en el desierto de Sinaí, al sur; y también, al este del Jordán, desde la llanura de Ammón hasta el desierto sirio, el antiguo país de los moabitas. [4]  

Ahora bien, si esta atrayente facción estuviera reclamando un país deshabitado, o en el que no existiera el derecho de propiedad, sería un interesante aunque arriesgado experimento permitirles que lo tuvieran y observar los resultados. Cualquier experimento práctico para lograr contentar al pueblo judío sería bienvenido. Hasta ahora, las grandes comunidades de judíos nunca han vivido en perfecta concordia con sus vecinos gentiles; y sería interesante ver si, en un Estado judío independiente, podrían vivir en amistad con los demás. También les daría la oportunidad de mostrar si poseen las cualidades necesarias para gobernar –una pregunta cuya respuesta, en la actualidad, es en gran medida incierta. 

Sin embargo, la provincia siria de Palestina, con cerca de ciento cincuenta millas de longitud y cincuenta de anchura, posee en la actualidad una población de más de 650.000 personas, divididas como sigue: árabes musulmanes, 515.000; judíos, 63.000; árabes cristianos, 62.000; nómadas beduinos, 50.000; sin clasificar, 5.000. De todos ellos, los musulmanes y los cristianos son quienes más duramente se oponen a cualquier reclamación sionista, ya sea planteada por los aspirantes a gobernante o por los colonos. Puede que en general no sea conocido, pero un buen número de los habitantes judíos de esta tierra no se muestra ansioso de ver una inmigración masiva hacia el país. Esto se debe en parte al temor de que el resultado de tal inmigración pudiera ser la sobresaturación del mercado industrial y agrícola; el caso es que algunos de los colonos más antiguos y respetados se han disgustado con la reciente llegada a Palestina de sus correligionarios, individuos descontentos procedentes de Rusia y Rumania que han entrado bajo los auspicios de la Comisión Sionista [5]   procedentes de las ciudades del sureste de Europa, y que no pueden ni quieren trabajar como agricultores o granjeros. 

Los viejos colonos creen que lo necesario para ayudar al país es la inmigración de un número moderado de personas que deberían poseer un cierto capital para invertir en agricultura, o tener conocimientos técnicos sobre este sector, y no, como propone la Comisión Sionista, una inmigración ilimitada de personas pobres e ignorantes de las ciudades de Europa que, si no son capaces de ganarse la vida en las ciudades de occidente, lo más probable es que se mueran de hambre en un país oriental de carácter agrícola. La presencia en Palestina de expertos en agricultura como el difunto Sr. Aaronsohn y el Sr. Moses Levine de la granja judía de Ben Shamer, cerca de Ludd, ambos judíos norteamericanos de gran talento, es de lo más ventajoso para el país y, en general, esto es reconocido por todo tipo de población. La llegada de más colonos de este tipo sería bienvenida por todos, pero el conjunto de la población se resistirá al plan de la Comisión Sionista de una inmigración masiva de judíos hacia Palestina, a razón de cien mil al año y hasta llegar a un total de tres millones, número que según ellos el país puede asumir si se cultiva al máximo.

Los actuales colonos judíos protestarían por un experimento semejante, pero los árabes cristianos y musulmanes harían algo más queIglesia Santo Sepulcro protestar. Si fueran capaces, impedirían por la fuerza la inundación masiva de su país por colonos judíos a los que consideran forasteros y europeos. (En Palestina, los árabes siempre llaman jawaya –forastero– a los judíos).

Cualquier intento de crear un Estado judío en Palestina, a no ser bajo las bayonetas de una de las potencias de la Sociedad de Naciones, terminaría sin duda en un pogrom , para escapar de lo que en Europa es la principal idea de los judíos al venir a Siria. Esta hostilidad hacia los judíos es un nexo de unión entre los árabes musulmanes y cristianos, y en ningún lugar de oriente estas dos confesiones viven en mayor armonía, a pesar de la tradicional enemistad entre la Media Luna y la Cruz. (La Asociación Islamo-Cristiana se creó en 1918, con sede en Jaffa, para luchar contra la política de la Comisión Sionista).

Se verá que, para satisfacer sus aspiraciones, los sionistas deberían obtener la ayuda armada de alguna de las potencias occidentales, presumiblemente Gran Bretaña o los Estados Unidos de América. Para mantener la paz en un país disperso y montañoso como éste, la tropas deberían ser abundantes. ¿Están la Sociedad de Naciones o cualquiera de las potencias occidentales dispuestas a emprender una tarea semejante? Sin esta protección armada, el proyecto de un Estado judío, o la colonización, están condenados a terminar en fracaso y desastre.

II    Ahora, puesto que los sionistas –al igual que los árabes–  reclaman un derecho histórico sobre la tierra, no se contentan con el simple derecho de posesión. La mayor parte de los árabes musulmanes llegaron a Siria con el califa Omar en el siglo VII d.C. Los cristianos son todavía más antiguos y descienden en su mayoría de los conversos de Constantino y Elena en el siglo IV. Unos cuantos podrían ser descendientes de los cruzados, y en los pueblos de los alrededores de Jaffa hay unos pocos egipcios cuyos antepasados llegaron al país con el ejército de Mohammed Ali en fecha tan reciente como hace noventa años. Los verdaderos árabes sienten una gran antipatía hacia estos últimos.

Mujer de Ramallah Las grandes familias de Omari, Iagi y Kleiri remontan su linaje exactamente hasta el mismo califa Omar. La más grande de todas, la familia Hasseini, un miembro de la cual es hoy en día el distinguido alcalde de Jerusalén, remonta su linaje hasta el mismo Profeta Mohammed. A lo largo de trece siglos durante los que árabes, turcos, cruzados, turcos de nuevo, egipcios, y una vez más turcos han gobernado en Siria, estos árabes se han mantenido en posesión de la tierra de la provincia de Palestina [6] . Lejos de mostrarse satisfechos con este argumento, declaran ser descendientes de las antiguas tribus de Canaán –filisteos y el resto– que habitaban esta tierra incluso antes de que los israelitas llegaran de Egipto. Los primeros árabes se casaron con los aborígenes del país, que se encontraban allí en la época de su conquista. Para apoyar su afirmación, señalan el hecho indudable de que ciudades palestinas como Jimza, Ekron, Bethoron y Gaza, mencionadas en el Antiguo Testamento, existen hoy en día como aldeas habitadas bajo sus nombres bíblicos [7] . Los habitantes de estas antiguas ciudades son los dueños árabes del territorio, quienes, dicen los sionistas, no tienen ningún derecho histórico sobre la tierra.

Recientemente, algunos escritores sionistas en la prensa londinense han estado haciendo un uso sumamente improcedente de los términos “árabe” y “beduino”. En un artículo publicado hace poco se afirmaba que “la cuestión beduina se resolverá con el paso del tiempo, ya sea mediante una compra equitativa [de las tierras] o por el deseo del beduino de llevar una vida nómada que encontrará en la frontera del Estado árabe”. Si con estas palabras el escritor se refiere a los 50.000 beduinos nómadas, no habría ningún problema y todas las partes quedarían satisfechas, pues estos beduinos roban por igual a agricultores musulmanes, cristianos o judíos, y, salvo como criadores de ovejas y camellos, son de poca utilidad para el país. Pero no se refiere a esto. El espera comprar “con equidad” su parte a medio millón de musulmanes y a sesenta mil cristianos árabes, que poseen y cultivan la tierra –una población estable que vive, no en tiendas de beduinos, sino en aldeas permanentes.

En caso de que estos propietarios y agricultores rechacen este “equitativo” acuerdo, es de suponer que nuestro escritor sionista, mediante contundentes argumentos empleados por la potencia protectora, despertará en ellos un deseo por la vida nómada al otro lado de la frontera. Si los sionistas creen honestamente que la tierra está ocupada y trabajada por beduinos nómadas sin derechos de propiedad, deben saber que los terratenientes árabes poseen títulos de propiedad tan válidos como los de cualquier palacio en Fifth Avenue o en Park Lane perteneciente a un millonario americano o inglés –y además mucho más antiguos.

La agricultura es, y siempre será, casi la única producción del país; el porcentaje por comunidades de personas empleadas en este sector es: el 69% de los musulmanes, el 46% de los cristianos y el 19% de los judíos. De este modo, los árabes son los que más se dedican a la agricultura y los judíos los que menos. Durante los últimos cuarenta años, ayudados por el enorme respaldo financiero, además de las obras benéficas, del Barón de Rothschild de París y de otros, los colonos judíos han alcanzado buenos resultados en el sector frutícola y el cultivo de la vid. Cuando han intentado cultivar cereales han fracasado, y en la industria láctea han sido ampliamente superados por los alemanes de Hilhelma. Si estos colonos, que presumiblemente eran individuos escogidos, han alcanzado un éxito tan limitado con semejante ayuda financiera recibida de Europa y América, no es probable que un gran número de trabajadores no cualificados tuviera mayor fortuna. Tampoco es probable que los ricos judíos europeos y americanos estén dispuestos o sean capaces de convencer con sus donaciones a los cientos de miles, incluso millones, de inmigrantes que la Comisión Sionista propone hacer llegar. Además, un país no puede organizarse a nivel agrícola sobre la base del cultivo de frutas y viñedos. El cereal y las aceitunas son necesarios para Palestina, y la proporción de árabes musulmanes que cultivan estos productos es mucho mayor que la de judíos europeos.

La hipótesis de que los judíos entrarán en Palestina y expulsarán a los agricultores musulmanes mediante una “compra equitativa” o por otros medios es una violación de los principios de la buena praxis política y, de ser aceptada, provocaría brotes de violencia contra la minoría judía. Provocaría, además, la fiera hostilidad y el fanatismo de los musulmanes contra las potencias occidentales que lo permitieran. El efecto de esta hostilidad se haría sentir en todo el Oriente Medio, y causaría problemas en Siria, Mesopotamia, Egipto y la India. Los futuros historiadores podrían atribuir a esto el estallido de una gran guerra entre las razas blanca y marrón, una guerra a la que los Estados Unidos se verían sin duda arrastrados.

III     Los santos lugares de Palestina son objeto de culto por parte de los cristianos de todo el mundo, y en particular por las comunidades católica romana y greco-ortodoxa [8] . Jerusalén es la tercera ciudad santa de los musulmanes. Una Palestina judía traería consigo la hostilidad de la Sociedad de Naciones –o la potencia protectora– con el Papado; y, cuando la ola de bolchevismo haya pasado, con la totalidad del pueblo ruso –los cristianos más devotos del mundo–, que antiguamente, cada año, solían ir a millares como peregrinos a Jerusalén.

Cuando en 1917 y 1918 el ejército británico entró en Palestina, fue recibido con aclamaciones y alivio por parte de los árabes, yaDeclaracion Balfour fueran musulmanes o cristianos, disgustados como estaban con el gobierno incompetente y los métodos opresivos de sus antiguos amos, los turcos. Al principio, la administración británica del país estaba formada en gran medida por funcionarios británicos procedentes de Egipto, hombres familiarizados con la lengua árabe y acostumbrados a tratar con los fellahin (campesinos) egipcios, una gente muy similar a los agricultores árabes de Palestina. Durante un tiempo todo fue bien. La administración era justa y no hacía discriminación entre musulmanes, cristianos y judíos. El gobierno británico era popular.

Cuando estos funcionarios anglo-egipcios regresaron a Egipto a sus puestos de antes de la guerra, su lugar en Palestina fue ocupado en gran medida por oficiales del ejército, muchos de ellos excelentes hombres y buenos soldados, pero la mayoría ignorantes de la lengua árabe y de las costumbres y el modo de pensar de la gente. Sólo eran capaces de comunicarse con los árabes a través de intérpretes. Estos últimos eran demasiado a menudo judíos de la zona o, si no judíos, “efendis” (sirios semi-europeizados) cuyos intereses no eran de ningún modo idénticos a los del pueblo. Sólo quienes poseen algún conocimiento de una lengua oriental y no han usado nunca un intérprete pueden darse cuenta de lo fácil que es para alguien deshonesto o incompetente tergiversar el significado de las palabras.

Por esta causa y por el hecho de que los oficiales británicos a menudo son incapaces de hablar árabe, mientras que los judíos sionistas casi siempre saben hablar ingles, los árabes sienten ahora que la administración ha caído cada vez más bajo la influencia de la Comisión Sionista, que ha conseguido crear entre los musulmanes y los cristianos la impresión de que los judíos son todopoderosos dentro del Foreign Office británico, y de que, si un oficial muestra simpatía hacia los árabes, puede darse por seguro que será apartado.

Un cristiano de Jaffa escribe lo siguiente: “Ahora tenemos la sensación de que hay un gobierno dentro del gobierno. Los oficiales británicos no pueden ponerse del lado de la justicia porque tienen miedo a ser apartados de sus puestos o a ser expedientados.”

No pienso que haya razones para albergar ningún temor, pero creo que es absolutamente honesto al hacer estas suposiciones.

El nombramiento de judíos ingleses para algunos puestos importantes, sobre todo en la justicia, ha sido un error. A pesar de la gran integridad de tales funcionarios, es lógico que los judíos locales hayan tratado de obtener ventajas de los sentimientos religiosos y la solidaridad racial de aquellos, y también es lógico que la masa de la población desconfíe de ellos.

En cierto momento, algunos colonos judíos fueron muy poco diplomáticos al decir a sus vecinos árabes que, bajo la protección de Inglaterra, los judíos obtendrían las tierras de los árabes y que los musulmanes se convertirían en sus criados. La creación, después del armisticio, de tres batallones con tropas judías cuya conducta hacia la población era a menudo muy imprudente, fue otro error. El resultado a día de hoy es que la masa de población nativa se ha vuelto fanática y antieuropea. Mientras escribo esto, he oído que durante los últimos días ha tenido lugar en Jerusalén una manifestación antisionista de carácter pacífico, en la cual diez mil musulmanes y cristianos han protestado contra las exigencias sionistas. Una segunda manifestación similar podría no ser pacífica, pues podría convertirse fácilmente en una protesta contra los extranjeros. Las tropas tendrían entonces que acudir para reprimirla, y el resultado sería el derramamiento de sangre. ¿Vamos a permitir que ocurra esto en Tierra Santa?

Si no se permite que el Estado judío, o el hogar nacional, se convierta en una realidad, parece probable que la provincia de Palestina pase a formar parte del vecino Estado árabe cuya capital es Damasco, o bien siga administrada por alguna de las potencias, bajo mandato de la Sociedad de Naciones, en beneficio de sus habitantes y de aquellos peregrinos de las tres grandes religiones que deseen visitar sus santos lugares. En cualquiera de los dos casos es probable que algunos judíos, así como otros europeos, no encuentren ninguna dificultad para establecerse en esta tierra, aunque no debería concederse ningún privilegio especial a los extranjeros, ya sean judíos o gentiles. Y confiar a los judíos, que no han ejercido el autogobierno durante dos mil años, cualquier forma de gobierno del país, podría ser muy imprudente. Bajo un gobierno justo, el país tiene posibilidades razonables de desarrollarse en el futuro, aunque nunca será un “El Dorado”. En la actualidad es preferible que los colonos sean hombres con conocimientos técnicos a que dispongan de capital. Debe evitarse toda explotación del pueblo nativo. Después de algunos años de buen gobierno, puede que los árabes encuentren algo del capital necesario para cualquier obra que sea viable, o que el gobierno desee él mismo llevar a cabo tales obras. Debe abandonarse toda idea de una inmigración masiva de colonos europeos. Pero todo el asunto de la penetración europea en oriente requiere un cuidadoso examen. Los actuales movimientos nacionalistas antieuropeos en Egipto, Siria, Persia y, de hecho, en todo oriente, se basan en el temor oriental a que los pueblos occidentales, de naturaleza más viril y con una mayor energía, los empujen cada vez más hacia el este y occidentalicen esos países –un proceso muy desagradable para el oriental, aunque a menudo él mismo, para mantenerse a flote y poder competir con los colonos extranjeros en su país, se ve obligado muy a su pesar a intentar occidentalizarse. Y a menudo provoca  un lamentable desastre cuando lo intenta. 

La cuestión del bolchevismo está fuera del ámbito de este artículo, pero queda por decir que la población europea de origen judío en Palestina está ya contaminada con los principios de esa fe. Los judíos del sureste de Europa son, casi sin excepción, bolcheviques. Europa y Estados Unidos no pueden permitir la posibilidad de todo un Estado bolchevique en Palestina, pues los propagandistas estarían en una posición excelente para predicar sus doctrinas por toda Asia, Africa y las costas mediterráneas.


BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

-    Nur Masalha, Israel: teorías de la expansión territorial , Bellaterra, Barcelona, 2002.
-    VV.AA, Revista Hesperia, culturas del Mediterráneo. Especial Israel , Fundación J.L. Pardo / Tres Culturas, Madrid, 2007.
-    VV.AA, Revista Hesperia, culturas del Mediterráneo. Especial Palestina , Fundación J.L. Pardo / Tres Culturas, Madrid, 2007.
-    Giovanni Garbini, Historia e ideología del Israel antiguo , Bellaterra, Barcelona, 2002.
-    Ilan Pappe, Historia de la Palestina moderna. Un territorio, dos pueblos, Akal, Madrid, 2007.
-    Gudrun Krämer, Historia de Palestina: desde la conquista otomana hasta la fundación del Estado de Israel , Siglo XXI, Madrid, 2006.
-    Bichara Khader, Los hijos de Agenor. Europa y Palestina, desde las cruzadas hasta el siglo XX , Bellaterra, Barcelona, 1999.
-    Michael Ghattas Jahshan, Al-Aqsa de Jerusalén. El derecho palestino , Amaru, Salamanca, 1992.



NOTAS.-


[1] Traducción del texto inglés originalmente publicado en Atlantic Monthly, julio de 1920, volumen 26, nº 1, págs. 122 -127. Fuente: http://www.theatlantic.com/unbound/bookauth/zionism/mackay.htm Para situar al lector en el entorno histórico donde fue escrito este artículo, debemos decir que el Imperio Otomano perdió sus posesiones en Palestina tras la Primera Guerra Mundial (1914-1918). En abril de 1920, en la Conferencia de San Remo, Gran Bretaña y Francia decidieron dividir el territorio otomano ocupado, el cual tenían previsto administrar mediante distintos Mandatos de la Sociedad de Naciones (institución internacional precursora de la ONU). Palestina quedó bajo administración británica, la cual abrió este territorio a una inmigración y un asentamiento más amplios de los sionistas, en conformidad con los compromisos adquiridos en la Declaración Balfour de 1917, donde se decía lo siguiente: “El Gobierno de Su Majestad contempla favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de este objetivo”. (Nota de la Redacción).

[2] Anstruther Mackay fue gobernador militar de una parte de Palestina durante la Primera Guerra Mundial. (Nota de la Redacción).

[3] Los filisteos eran un pueblo de Canaán que habitaba en tiempos de los israelitas una franja que se extendía sobre la costa mediterránea, desde Hebrón hasta el sur de Gaza. Probablemente emigraron desde el mar Egeo hasta Canaán en el siglo XII a. C. El término “filisteo” han dado lugar en castellano a la palabra “palestino”. (Nota de la Redacción).

[4] Pueblo emparentado con los hebreos y enemigo de éstos. Los moabitas se establecieron en la actual Jordania, al este del mar Muerto, hacia el año 1300 a.C. y su capital fue Dibon, situada cerca de la moderna localidad jordana de Dhiban. (Nota de la Redacción).

[5] La Comisión Sionista fue la representante de la Organización Mundial Sionista en Palestina hasta 1921. Fue la precursora de la Agencia Judía (en hebreo sojnut ), una organización gubernamental judeo-sionista creada con el objetivo de ejercer como representante de la comunidad judía palestina durante el Mandato Británico. (Nota de la Redacción).

[6] Para una información más detallada sobre este periodo histórico de Palestina, véase “ La Palestina islamizada: Convivencia y enfrentamiento entre las religiones del Libro ”, en revista Alif Nûn nº 56, enero de 2008. (Nota de la Redacción).

[7] Cuarenta y nueve años después, el ministro de defensa israelí Moshé Dayán diría al respecto: “Llegamos a este país que ya estaba poblado por árabes y establecimos aquí un país hebreo, es decir, un Estado judío. En bastantes áreas del país tomamos las tierras de los árabes. Las aldeas judías se construyeron en el lugar de las árabes, de las que ni siquiera sé sus nombres. Pero no me culpo, pues estos libros de geografía ya no existen; y no sólo los libros, sino tampoco las aldeas árabes. [...] No hay un lugar construido en este país donde no haya habido antes población árabe.” Discurso pronunciado en el Instituto Israelí de Tecnología ( Technion) de Haifa. Citado en el periódico Ha'aretz,  4 de abril de 1969. Para más información, véase Edward W. Said, “ Las consecuencias de 1948 (I) ”, en revista Alif Nûn nº 59, abril de 2008. (Nota de la Redacción).

[8] Para más información, véase Joseph Maila, “Los árabes cristianos”, en revista Alif Nûn nos 56 (enero de 2008) y 57 (febrero de 2008) . (Nota de la Redacción).


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