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Estimados
lectores:
Desde las líneas de esta editorial
siempre hemos insistido en que no deseamos ser “esclavos de la actualidad”.
Cuando uno se apresura por querer “estar al día” con respecto a las
noticias que se suceden, suele cometer el error de emitir juicios aventurados
o, en ocasiones, demasiado apasionados. El conflicto entre Israel y Palestina
es uno de esos asuntos que de vez en cuando nos golpea con su crudeza y, sin
embargo, pasados unos días, se convierte en un pálido recuerdo
para la mayoría. Desde la mayor parte de los medios de comunicación
–salvo honrosas excepciones– se juzgan los acontecimientos sin ninguna profundidad
histórica, como si se tratara de una reyerta que hubiera ocurrido de
un día para otro. No obstante, se trata de un problema que se remonta
a más de ochenta años atrás, cuando, tras la Primera
Guerra Mundial, el Imperio Otomano se desmorona y las potencias occidentales
pasan a ocupar el territorio conocido como Palestina. Para poder entender
lo que actualmente esta ocurriendo en Oriente Medio, es necesario inscribir
el problema en su entorno histórico adecuado.
En el número de Alif Nûn
de este mes publicamos dos artículos que intentan dar una perspectiva
histórica de los acontecimientos, profundizando en las raíces
del conflicto. El primero de ellos es un documento histórico de primer
orden; fue publicado en 1920 y su autor fue un administrador británico
de Palestina. El texto plantea la situación explosiva que podría
producirse con la llegada masiva de colonos judíos europeos a Palestina
y las trágicas consecuencias que de este hecho podrían derivarse
en el futuro (es decir, en nuestro conflictivo presente). El segundo artículo
analiza de forma crítica el fracaso de las políticas árabes
para enfrentarse y tratar de dar una solución justa al problema palestino,
para luego explicar la razón de que hayan surgido en Palestina proyectos
políticos alternativos al nacionalismo árabe.
El tercer artículo se aleja del tema central
del este número y presenta la segunda parte del texto dedicado a Egipto
que publicamos el mes anterior. En esta ocasión se centra en la carismática
figura de Gamal Abdel Nasser y en las profundas transformaciones políticas,
sociales, culturales y económicas que su gobierno produjo en el país
del Nilo. Para terminar, el último de los artículos de este
mes se traslada al mundo islámico de la Edad Media, para centrarse
en la figura del gran místico Ibn ‘Arabî y en la difusión
–no siempre ausente de polémica– de sus enseñanzas a lo largo
y ancho del mundo mediterráneo islámico.
La Dirección.
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Que los judíos,
una vez una poderosa tribu y quizás casi una nación, después
de tantos siglos, tengan aspiraciones de convertirse en una nación
moderna con un país propio, resulta loable y romántico. Pero
a día de hoy, y de hecho en todas las épocas, las aspiraciones
deben cuadrar con los hechos concretos. Propongo en este artículo
analizar la cuestión desde un punto de vista histórico y práctico,
sin sentimientos a favor de ninguna de las dos partes, judía o árabe,
dentro de las cuales tengo muchos amigos.
No me propongo examinar
la historia judía anterior al éxodo de Egipto. En ese momento,
los judíos eran un grupo de doce tribus con una ascendencia común,
unidos con un propósito común y sometidos a dificultades comunes.
Como tales, bajo un liderazgo muy sólido, consiguieron prosperar después
de mucho viajar y ocupar tierras –al igual que las tribus beduinas actuales–
en las áreas cultivadas y cultivables de una parte de Siria comúnmente
conocida como Palestina. En aquellos días, y hasta la llegada del
Imperio Romano, la sociedad de Oriente Medio era completamente tribal. Los
antiguos israelitas, donde podían, expulsaban a las tribus que encontraban
ya asentadas en el territorio, y cuando no podían arrebatárselo
a sus enemigos –los filisteos , por ejemplo– habitaban junto a ellos en una
incómoda proximidad, en un proceso constante de guerras intertribales
de muy diverso signo.
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El bombardeo israelí
sobre el territorio de Gaza, iniciado el pasado sábado 27 de diciembre,
no sólo trajo consigo una nueva y brutal masacre sobre el pueblo palestino
sino que también ha puesto al descubierto el fracaso absoluto del
arabismo y de sus representantes en la arena política meso-oriental.
Dos proyectos políticos identitarios palestinos se enfrentan entre
sí, al tiempo que la entidad sionista arremete contra uno de ellos.
En las líneas que siguen intentaremos una aproximación a las
ideas rectoras de estos proyectos y a las perspectivas reales de desarrollo
de los mismos en el marco de la resistencia contra Israel.
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Desde finales de octubre del año 1954 hasta finales
de septiembre –concretamente, Abdel-Nasser muere el día 28 de este
mes– de 1970, Egipto va a estar dirigido por una extraordinaria –entiéndase
el término ante todo en su riguroso sentido etimológico– personalidad
política, seguramente en muchos aspectos tan ingente e inabarcable
como contradictoria y sorprendente. Este hombre, Gamal Abdel-Nasser, concentra
de manera absoluta la totalidad del poder y la responsabilidad de las decisiones
–desde esa perspectiva, por consiguiente, estará justificado el hablar
de una dictadura nasserista, expresión tan cara a muchos analistas
y gran parte de la historiografía habitual–. Pero es evidente que
esa específica forma de gobierno la ejecuta, a lo largo de casi todo
su mandato, de hecho nunca cuestionado, auténticamente legitimado
y sostenido, aunque en ocasiones lo sea como de manera más bien implícita
o inconsciente, por un fervor popular casi unánime, y la actuación
de unas estructuras y mecanismos de poder a los que confiere, sin que ello
se le discuta jamás seriamente, su cuño intransferible y personalísimo.
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Entre todos los
grandes místicos de la historia del mundo, Ibn ‘Arabî es sin
duda un gigante. Su influencia ha sido transcendental en muchos aspectos,
ya resulten evidentes o no. Tal y como muchas personas han observado, es
posible, y quizás incluso necesario, hablar del mundo antes de Ibn
‘Arabî y del mundo después de Ibn ‘Arabî. Sus escritos
han servido como síntesis de los seis primeros siglos del Islam y
han calado en obras posteriores de todo el mundo islámico, desde Marruecos
hasta China. Y todo ello no es a causa de ningún deseo de hacer un
resumen histórico o filosófico, sino debido al hecho de que
fue obsequiado con la verdadera comprensión espiritual de lo que había
sucedido antes de él. Su propia vida da testimonio de esta sabiduría,
tal y como podemos ver ejemplificado en las vidas de muchos otros maestros
espirituales. Sin embargo, debido a la singularidad de Ibn ‘Arabî,
su vida y su pensamiento están tan íntimamente relacionados
en sus escritos que la una tiñe e impregna al otro. La palabra escrita
es para Ibn ‘Arabî un rasgo tan esencial de su vida como la palabra
hablada (del Corán) lo fue para el Profeta Muhammad.
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Como vela
en la llama,
en su fuego me derretí
y al resplandor oscilante,
sólo a Dios vi.
Con mis propios ojos,
a mí mismo me vi,
pero al mirar con los ojos de Dios,
sólo a Dios vi.
Desvanecido en la nada,
me diluí.
Yo era la vida, el Universo... y,
sólo a Dios vi.
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