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NACIONALISMO ÁRABE:
UNA IDENTIDAD FALSA (III) [1] Martin Kramer [2] Nacionalismo árabe a la deriva
¿Qué fue del resto de
nacionalistas árabes? Después de 1967, su número e
influencia disminuyeron constantemente, excepto entre los intelectuales.
Muchos intelectuales vivieron en verdad una realidad panarabista. Escribían
en árabe para un público que se extendía “desde el
Océano hasta el Golfo” y publicaban revistas panárabes ampliamente
distribuidas. Volaban de capital en capital dando conferencias sobre la
situación de los árabes. Tenían un pie (y a veces los
dos) en Occidente, donde la prensa y las publicaciones árabes más
libres tenían sus negocios. En esta atmósfera enrarecida,
todavía podían sostenerse los mitos del nacionalismo árabe.
En su mayor parte, estos intelectuales no consideraban la derrota de 1967
como un fracaso de su idea, sino como un error al ponerla otros en práctica,
quienes fueron criticados por no ser lo bastante radicales e implacables.
Después de 1967, gran parte de los nacionalistas árabes “autocríticos”
presionaron aún más para promover un cambio mediante la violencia.
Sin embargo, los intelectuales carecían de un Bismark árabe
que pudiera reavivar una idea cuyo tiempo había llegado tan rápido
como se había ido. Nasser había fracasado y en 1970 falleció.
El Baaz en Siria, después de muchos cambios, iba a asentarse en 1970
con Hafiz al-Asad, un maestro de la realpolitik que puso a Siria por encima
de todo. A falta de alternativas mejores, los nacionalistas árabes
primero centraron sus esperanzas en los palestinos, y más tarde en
Saddam Hussein. Los palestinos eran una alternativa desesperada, pues ellos mismos habían perdido en gran medida su esperanza en los demás árabes. Cuando Nasser alcanzó la cima de su poder, los palestinos se permitieron creer en él, y lo vieron como su redentor. Nasser también impulsó la creación de la OLP en 1964, bajo los auspicios de la Liga Arabe. Pero incluso antes del hundimiento de los ejércitos árabes en 1967, los palestinos habían comenzado a transformar la OLP en un instrumento propio. Fatah, el elemento dominante dentro de la OLP, no tenía aspiraciones panarabistas. Fatah exigía el apoyo moral de los Estados árabes, e incluso zonas para operar fuera de su territorio, sobre todo a lo largo de la frontera con Israel. Estaba dispuesto a luchar para asegurar la independencia de estos bastiones, pero no difundió el mensaje de la revolución árabe y dio la máxima prioridad a la creación de una “entidad” palestina, previsiblemente un Estado, que encajaría en el sistema de Estados árabes existente. [3] No obstante, otros grupos palestinos tomaron un rumbo diferente, anunciando que se esforzarían en derrocar a los “regímenes pequeño burgueses” de los Estados árabes, como una etapa en su lucha para liberar Palestina. Esta fue la promesa panarabista del llamado Movimiento de los Nacionalistas Arabes, y de su herencia más vistosa, el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), ambos fundados por estudiantes de la Universidad Americana de Beirut. Su agresiva retórica y sus secuestros los convirtieron en héroes para muchos intelectuales árabes que, al igual que sus contemporáneos de la Nueva Izquierda en Occidente, exigían la “revolución” de inmediato. Los fedayín –guerrilleros palestinos de las rocosas colinas frente a Israel– se convirtieron en el símbolo de esta lucha. Viviendo al límite y citando a Mao y a Guevara, eran recordados por los intelectuales panarabistas en la poesía y en las canciones. Sin embargo, aunque los fedayín trataron de imitar los métodos guerrilleros que habían tenido éxito en otros lugares, fracasaron por completo a la hora de liberar cualquier parte de Palestina o del mundo árabe, y provocaron la despiadada represión jordana en 1970 [4] . Tal y como nos recuerda Jean Genet, la “revolución” palestina podría resumirse en una frase: “ha sido peligrosa durante una milésima de segundo.” [5] Transcurrido ese instante, disminuyó el entusiasmo nacionalista árabe hacia los grupos marginales palestinos, e incluso éstos terminaron por asumir la reivindicación mucho menos exigente de un Estado palestino junto al de Israel –un nuevo Estado árabe, dispuesto a hacer una nueva concesión. En 1970, dos años antes de su asesinato a manos de Israel, Ghassan Kanafani, portavoz del FPLP, dijo a un profesor francés: “Nuestro futuro está al lado de Israel. Ni Europa, ni China, ni la Unión Soviética, ni los Estados árabes, individual o colectivamente, están interesados en nosotros o podrían hacer nada decisivo por nosotros.” [6] El levantamiento palestino que comenzó en 1987 en Cisjordania y Gaza fue exactamente eso: un levantamiento palestino, no apoyado por cantidades masivas de armas de los arsenales árabes, sino en piedras y cuchillos. Los palestinos librarían su propia batalla, en un esfuerzo por ganarse la simpatía de Occidente, mucho más valiosa.
“La idea de vincular la unidad con la eliminación de las fronteras ya no es aceptable para la mentalidad árabe actual. Podría haber sido aceptable hace diez o veinte años. Debemos tener en cuenta el cambio que ha experimentado el pensamiento y la psique de los árabes. Debemos ver el mundo tal y como es [...] la realidad es que el mundo árabe ahora está compuesto por veintidós Estados, y por eso debemos actuar en consecuencia. Por lo tanto, no debe imponerse la unidad, sino que ésta debe alcanzarse mediante un intercambio fraternal de opiniones. La unidad debe fortalecer a cada una de las partes, no anular su identidad nacional.” [9] Entre los veintidós Estados a los que “no debe imponerse la unidad” estaba incluido Kuwait. En 1990, el Iraq de Saddam invadió Kuwait y lo declaró provincia iraquí. La anexión de Kuwait habría llenado el tesoro iraquí a perpetuidad (un tesoro con una reserva en efectivo de treinta mil millones de dólares en 1980, pero agobiado por una deuda de más de cien mil millones de dólares una década más tarde) [10] . Resulta significativo que Iraq no justificara formalmente su invasión como un acto de unificación nacionalista árabe. Iraq declaró que, en realidad, Kuwait formaba parte del Estado de Iraq, y que la anexión hacia valer un derecho iraquí legítimo, no una reivindicación moral de los árabes. Pero los nacionalistas árabes se fijaron en Saddam como si fuera una reencarnación de Nasser, o incluso algo mejor, pues era mucho más osado e implacable. Si bien carecía del encanto de Nasser, tenía petróleo, misiles, agentes neurotóxicos y potencial nuclear –un poder que, según Saddam, pondría al servicio de todos los árabes. Saddam sería la espada de los árabes, al igual que las cuatro espadas gigantes que había proyectado como arcos de la victoria en Bagdad, inaugurados en una ceremonia en 1989, durante la cual desfiló montado en un caballo blanco. [11] Hichem Djaït, el destacado historiador
tunecino, es un ejemplo de la euforia de los intelectuales. En 1978, con
un estilo sobrio, escribió “Como europeos, no es necesario decirles que sus naciones se han sustentado en las guerras. En la anexión de Kuwait, Saddam Hussein ha entrado en la dinámica de la historia. Estaba intentando asegurarse una fuente de riqueza, de medios materiales. Además, esta empresa era el comienzo de la unificación del mundo árabe. En ocasiones, la legitimidad es más importante que la legalidad.” [13] “Nuestro objetivo puede buscarse con el filo de la espada / Pues, de este modo, los objetivos que perseguimos estarán asegurados sin lugar a dudas.” Esto verso de la oda de Yaziji [14] escrita en 1868 anticipaba la preferencia por las medidas coercitivas que corría bajo la superficie del nacionalismo árabe. Una vez que sus consignas dejaron de influir sobre millones de personas, el nacionalismo árabe renunció incluso a su intento de persuadir, y pasó pura y simplemente a rendir culto al poder. Pero Saddam no había acumulado el suficiente poder; a pesar de los increíbles gastos militares, el Iraq de Saddam, al igual que los fedayín palestinos una generación antes, sólo podría ser “peligroso durante una milésima de segundo”. Al final, Djaït tenía razón cuando escribió en 1978 que un intento por parte de cualquier Estado árabe para forzar la unidad estaría “condenado al fracaso”. Durante la batalla, el “motor” iraquí de la unificación se averió de inmediato, y las escenas de soldados iraquíes rindiéndose y de columnas de blindados reducidas a cenizas recordaban por completo a la derrota de 1967. Y al final, Saddam tenía razón cuando dijo en 1982 que “el pensamiento y la psique de los árabes” no aceptarían la imposición de la unidad o la supresión de las fronteras existentes. La mayoría de los Estados árabes se sumaron a la coalición internacional contra él, para mantener un sistema estatal que se había convertido en el de los propios Estados árabes, a pesar de que éste tuviera su origen mucho tiempo atrás en la partición imperialista. Y no sólo los gobiernos árabes rechazaron la invasión. De acuerdo con las encuestas, la opinión pública en los Estados árabes de la coalición nunca tomó en serio a Saddam como un salvador panarabista [15] . Los nacionalistas árabes presentaron 1991 como una derrota de los árabes en su conjunto, similar a la de 1967. Pero no fue así. En 1967, tres Estados árabes fueron derrotados, se perdió territorio árabe debido a la ocupación extranjera y todos los árabes se sintieron humillados. En 1991, sólo Iraq fue derrotado, se restituyó la soberanía de un Estado árabe y millones de árabes en Casablanca, El Cairo, Damasco o Riad se vieron a sí mismos como vencedores. Como consecuencia de la guerra, los Estados Unidos, los Estados árabes e Israel se pusieron en marcha para transformar esa victoria en un nuevo orden regional que representaría la ruina definitiva del nacionalismo árabe. Este orden, referido a Oriente Medio y no sólo al mundo árabe, incluiría a Israel como un Estado legítimo más, reconocido por todos los Estados árabes tras una negociación de paz y una delimitación de sus fronteras. El nuevo orden también incluiría a Turquía y quizás a otros Estados que desearan definirse a sí mismos como pertenecientes a Oriente Medio. La idea fundamental de este nuevo orden referido a Oriente Medio, elaborada con mucho detalle por algunos intelectuales de El Cairo, era que la visión del nacionalismo árabe se había convertido en algo anacrónico. Se trataba una visión ideológica en la época del final de las ideologías, e insistía en continuar una costosa guerra fría contra Israel, aunque los árabes ya no podían contar con ningún apoyo externo tras el final de la Guerra Fría entre las Superpotencias. Había llegado el momento de dirigir las prioridades de los distintos programas nacionales hacia el crecimiento económico, para que el mundo árabe no se hunda bajo el peso de una población en constante aumento. Tal y como parecía demostrar la unificación de Europa, el futuro económico pertenecía a formaciones regionales compuestas por varias naciones. Esta cooperación para promover el crecimiento económico y la seguridad colectiva aliviaría a las economías de la enorme carga de los gastos militares. El agua [16] , el control de las armas, el medio ambiente, el comercio, el turismo –para alcanzar un acuerdo, estos y cientos de otros asuntos no podrían ser negociados sólo por los árabes. Los Estados árabes eran también Estados de Oriente Medio, y además de pertenecer a un sistema estatal árabe, también pertenecían a un orden regional referido a Oriente Medio. La forma y el contenido de ese orden se desarrollaría a lo largo del tiempo, y un primer paso sería el avance en las negociaciones entre árabes e israelíes. [17] La idea de Oriente Medio como marco de identidad se enfrenta a muchos obstáculos. No se parece en nada a la compleja idea de Europa. “Oriente Medio” es un término que comenzó a tener amplia aceptación desde que un estratega naval norteamericano lo describiera en 1902 como “un área indeterminada que protege una parte de la ruta marítima desde Suez a Singapur.” [18] Sigue siendo un término vago e impreciso, pero la idea de una nación árabe “desde el Océano hasta el Golfo” no lo es menos, y el término “Oriente Medio” es de uso habitual entre los árabes desde hace mucho tiempo. Su transformación en un principio que organizara las relaciones en la región representaría el triunfo final del verdadero mapa sobre el imaginario. Ahora todo depende de añadir los últimos toques al mapa real: el mutuo acuerdo acerca de las fronteras que definirán a Israel.
¿Es cierto, como escribió Fouad Ajami, que esto significa el “final del nacionalismo árabe”? ¿Viven sus defensores –la mayoría de ellos en el exilio– en “fortalezas al final del camino donde todavía no han recibido el mensaje de que todo está perdido y la batalla ha terminado”? [19] El nacionalismo árabe ha sufrido otro golpe y ha retrocedido casi hasta su punto de origen, sirviendo de inspiración para unas pocas asociaciones y clubes en Beirut, y para algunos periódicos y revistas publicados en Europa. Excepto Libia, bajo el voluble Mu‘ammar al-Gaddafi, ningún Estado árabe pretende defender ya el nacionalismo árabe. Sin embargo, los nacionalistas árabes no han perdido la esperanza de que, desde sus últimas fortalezas, puedan regresar triunfantes para recuperar el centro. ¿Acaso no ocurrió eso en el caso de Irán, donde un anciano ayatollah, desterrado a uno de los últimos bastiones del Islam shi’í, lanzó una revolución y arrasó, haciéndose con el poder? El regreso del Islam político desde el purgatorio ofrece la esperanza a los nacionalistas árabes de que ellos podrían hacer lo mismo. Fracasó su apuesta desesperada por Saddam, pero hay otras vías de retorno, siempre que el nacionalismo árabe pueda adaptarse a la evolución del espíritu de los tiempos.
Desde la “derrota” de 1991, aspiran a mantenerse en la contienda presentando al nacionalismo árabe como el aliado natural de la democracia y el Islam. En teoría, el nacionalismo árabe nunca solicitó un compromiso con ninguno de los dos y, en la práctica, demostró una fuerte preferencia por los dictadores revolucionarios y una gran aversión hacia los movimientos islámicos. En su apogeo, los nacionalistas árabes no tuvieron reparos en prohibir los partidos políticos y en ejecutar a los activistas islámicos, todo ello en nombre de la unidad árabe. Que ahora se hayan fijado en la democracia y el Islam no es tanto una cuestión de convicción como de conveniencia. Han comprendido que el orden imperante tiene dos puntos débiles. En primer lugar, no es democrático. Sus gobernantes envejecidos, en el poder durante una generación, están presionados por una población cada año más joven, deseosa de que se adopten medidas para la participación política [20] . En segundo lugar, no es legítimo a los ojos de un número cada vez mayor de personas frustradas que han engrosado las filas de los movimientos islámicos. Estas personas anhelan verdaderamente que se tomen las medidas adecuadas, las cuales opinan que sólo pueden adoptarse con la creación de un Estado islámico bajo la ley islámica. En algún lugar del mundo árabe es posible que algún régimen pueda sucumbir a causa de uno de estos dos puntos débiles. Los nacionalistas árabes esperan unirse a la reyerta resultante y tal vez salir triunfantes, ya sea como defensores de la democracia, del Islam, o de ambos. Leyendo los principales diarios de tendencia panarabista, parece que a los nacionalistas árabes les ha resultado más difícil proclamar las consignas del Islam. Comparten mucho con el discurso islámico, sobre todo por el hecho de que ambos están convencidos de que el mundo árabe todavía sufre la dominación imperialista y de que la presencia de Israel no debe normalizarse. Pero el Islam ya tiene sus defensores, en forma de movimientos de masas bien organizados y disciplinados, los cuales apenas muestran ningún interés en aliarse con estos nacionalistas árabes aislados y desacreditados. Los amplios debates entre los nacionalistas árabes acerca de su posible relación con los movimientos islámicos no tienen su equivalente entre los islamistas, cuyos líderes no necesitan el consejo ni la dirección de nadie, y en especial de aquellos que una vez los persiguieron. [21] Sin embargo, algunos intelectuales árabes nacionalistas, desde su atalaya en Europa y Estados Unidos, han ofrecido sus servicios intelectuales para defender a los movimientos islámicos frente a la opinión pública occidental, algo para lo cual los movimientos islámicos estaban mal preparados para hacerlo ellos mismos. Esto ha creado las bases de una relación, aunque no todos los nacionalistas árabes desean o están preparados para convertirse en defensores de una serie de grupos islámicos a los que hace sólo unos años denunciaban y cuestionaban con todas sus fuerzas. En contraste, les resulta más fácil apropiarse de las consignas democráticas. No hay movimientos democráticos de masas, y aunque en la práctica todos los regímenes árabes afirman estar comprometidos con la democracia, su conversión tardía a menudo parece menos creíble que la de los propios nacionalistas árabes. Esta es la razón por la cual los periódicos panarabistas están repletos de artículos, actas de congresos e informes de grupos de estudio sobre los métodos y los medios para promover la democracia en el mundo árabe. La hipótesis de fondo para este súbito entusiasmo por el pluralismo político y las elecciones libres es que, si al pueblo se le permitiera expresar su voluntad, respaldaría el programa nacionalista árabe: una mayor unidad árabe, el rechazo a los Estados Unidos y la retirada del proceso de paz entre árabes e israelíes [22] . Esta creencia va en contra de los sondeos de opinión actuales, los cuales muestran que el pueblo se identifica cada vez más con los distintos Estados árabes o con el Islam, y menos con la nación árabe. Los resultados de esas elecciones relativamente libres celebradas hasta la fecha muestran un reparto similar entre partidos del Estado y partidos del Islam. Ningún partido nacionalista árabe ha jugado papel alguno en estas elecciones. Y aunque hay un electorado que asume ciertos elementos del programa nacionalista árabe, ese electorado se identifica claramente con los partidos islámicos, cuya agenda política incorpora un rechazo similar a la hegemonía estadounidense y a Israel, aunque se expresa a través del lenguaje del Islam. En estas circunstancias, el compromiso de los nacionalistas árabes con la democracia sigue siendo tan superficial como el de los islamistas y los regímenes existentes. Lo despliegan como una consigna para movilizar a las masas contra el orden establecido, y luego como un escudo contra la venganza de un Islam triunfante. Pero incluso cuando los nacionalistas árabes hablan de democracia, sus ojos permanecen fijos en el horizonte, esperando al próximo Nasser o al próximo Saddam –el hombre que salvará a los árabes de sí mismos y los unirá. Incluso cuando el lema de la democracia estaba ya en labios de todos, la mitad de los intelectuales árabes nacionalistas, según una encuesta de 1992, pensaba que la unidad árabe sólo puede alcanzarse mediante la fuerza, y no democráticamente. [23] Pero el nacionalismo árabe, después de haberlo perdido casi todo, ahora tiene poco que perder, y su apoyo a la democracia y al Islam se ha producido sólo por esta circunstancia. Resulta irónico que el nacionalismo árabe se alce ahora como el defensor de la libertad y de la fe. La ironía no pasa desapercibida para los propios árabes, quienes tienen un fuerte sentido de la historia y una gran memoria. Ellos rechazan el nacionalismo árabe porque no fue capaz de mantener su promesa de hacer a los árabes más fuertes, a pesar de que exigió un precio exorbitante, sacrificando la libertad y la fe. No fue la única ideología utópica en hacerlo en ese momento. Y quizá la comparación más adecuada, cuando se disponga de una perspectiva más amplia, pueda establecerse entre el nacionalismo árabe y el comunismo soviético: dos grandes mitos de la solidaridad, insostenibles cada uno a su propio nivel, profundamente viciados en su aplicación, los cuales unas veces estimularon y otras frustraron a millones de personas, en una persecución desesperada del poder a lo largo del siglo XX, antes de derrumbarse por agotamiento –y con sus últimos admiradores estancados en los salones de las universidades occidentales.
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
NOTAS.- [1] “Arab Nationalism: Mistaken Identity”, Daedalus, Verano de 1993. ( http://www.geocities.com/martinkramerorg/ArabNationalism.htm ). Tercera parte del artículo publicado en revista Alif Nûn nº 64, (octubre de 2008) y 65 (noviembre de 2008) . (Nota de la Redacción). [2] Martin Seth Kramer nació en 1955 en la ciudad de Washington (Estados Unidos) y se especializó en Oriente Medio, Islam y política en el mundo árabe por el Washington Institute for Near East Policy, el Shalem Center y el Olin Institute de la Universidad de Harvard. (Nota de la Redacción). [3] Sobre la evolución de este enfoque, véase Moshe Shemesh, The Palestinian Entity 1959-1974: Arab Politics and the PLO, Frank Cass, Londres, 1988. [4] El período siguiente a la guerra de 1967 fue testigo de un gran aumento en el poder y la importancia de los elementos de resistencia palestinos en Jordania, los cuales representaban una amenaza creciente a la soberanía y seguridad del Estado jordano, por lo que la lucha abierta estalló en 1970. El conflicto fue conocido por el nombre de “Septiembre Negro”. (Nota De la Redacción). [5] Jean Genet, Prisoner of Love (trad. Barbara Bray), Picador, Londres, 1989, p. 239. [6] Citado por Olivier Carré, Le nationalisme arabe, p. 175. [7] Véase Guillermo Algaze, La antigua Mesopotamia en los albores de la civilización , Bellaterra, Barcelona, 2008. (Nota de la Redacción). [8] Para conocer mejor el estado actual de estas excavaciones y restauraciones arqueológicas, véase Fernando Báez, La destrucción cultural de Iraq , Flor del Viento, Barcelona, 2004. (Nota de la Redacción). [9] Citado por Amatzia Baram, Culture, History and Ideology in the Formation of Ba'thist Iraq, 1968-89 , Macmillan, Londres, 1991, p. 121. El libro incluye una detallada reflexión sobre el asunto de la identidad en la política iraquí y sobre la génesis del mito mesopotámico. [10] Esta deuda fue contraída durante la guerra contra Irán y los principales prestamistas fueron, además de los países árabes del Golfo, varios países occidentales (con Estados Unidos a la cabeza) y la URSS. Los préstamos fueron empleados básicamente para comprar material bélico, incluyendo agentes neurotóxicos adquiridos en muchos ocasiones a los mismos países occidentales que le concedían los créditos. (Nota de la Redacción). [11] Véase Samir al-Khalil [Kanan Makiya], The Monument: Art, Vulgarity and Responsibility in Iraq , University of California Press, Berkeley y Los Angeles, 1991. [12] Hichem Djaït, Europe and Islam (trand. inglesa de Peter Heinegg), University of California Press, Berkeley y Los Angeles, 1985, p. 140-41. (Véase la traducción al castellano de esta obra: Hichem Djaït, Europa y el Islam , Ediciones Libertarias-Prodhufi, Madrid, 1990. [Nota de la Redacción]). [13] Citado por Kanan Makiya, Cruelty and Silence: War, Tyranny, Uprising, and the Arab World , Norton, Nueva York, 1993, p. 242. La segunda parte de esta obra esta dedicada a la insistencia de los intelectuales árabes nacionalistas en respaldar a Saddam Hussein antes y durante la crisis del Golfo. [14] Ibrahim al-Yaziji, Tanabbahu wa istafiqu (“Despertad y alzaos”). [15] David Pollock, “‘The Arab Street’? Public Opinion in the Arab World”, en Policy Papers nº 32, The Washington Institute for Near East Policy, Washington, 1992, pp. 29-41. [16] Véase Habib Hayeb, Agua y poder: geopolítica de los recursos hidráulicos en Oriente Próximo , Bellaterra, Barcelona, 2001. (Nota de la Redacción). [17] Un ejemplo de esta tendencia es el artículo del intelectual egipcio Lutfi al-Khuli titulado “Arab? Na'am wa-lakin sharq awsatiyin aydan!”, en Al-Hayat, Londres, 20 de mayo de 1992. [18] Roderic Davison, “Where is the Middle East?”, en The Modern Middle East (ed. Richard Nolte), Atherton, Nueva York, 1963, pp. 16-17. [19] Fouad Ajami, “The End of Arab nationalism”, en The New Republic, 12 de agosto de 1991. [20] Hay que recordar que algunos de los gobernantes envejecidos a los que se refiere el autor en 1992 ya han fallecido en la actualidad. No obstante, el argumento sigue siendo válido, pues han sido sustituidos por otros gobernantes que han continuado ejerciendo el poder de un modo muy similar al de sus antecesores. Este es el caso, entre otros, de Marruecos, Siria, Jordania o Arabia Saudí. En otros casos, como el de Libia, ni siquiera se ha producido ese relevo. (Nota de la Redacción). [21] Como ejemplo de dicho debate, véanse en Al-Mustaqbal al-arabi nº 161, julio de 1992, pp. 96-119, las actas de una mesa redonda entre intelectuales del nacionalismo árabe para tratar la posibilidad de un acercamiento ente nacionalistas e islamistas. [22] Como un ejemplo típico de este tipo de posturas, véase As'ad Abu Khalil, “A New Arab Ideology?: The Rejuvenation of Arab nationalism”, en Middle East Journal nº 46, invierno de 1992, pp. 22-36. [23] El estudio estuvo dirigido por investigadores de la Universidad de Yarmuk e incluía a casi un millar de encuestados de varios países árabes. Véase Al-Mustaqbal al-arabi nº 164, octubre de 1992, pp. 27-33. A Portada |
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