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EGIPTO: DE FARUQ A NASSER (I)
[1]
Pedro Martínez Montávez [2] Dentro de una historia sumamente densa y agitada, como es la del Próximo Oriente en época contemporánea, el decenio de 1948 a 1958 en Egipto resulta especialmente cargado de acontecimientos trascendentales, tenso e intenso como pocos. La fenomenología política recoge y expresa a su manera los muchos y profundos síntomas de cambios esenciales que, en todos los órdenes de la existencia, se van produciendo en el país, y que van a encarrilarlo de inmediato por muy distintos caminos a los que, hasta entonces, había seguido. La experiencia egipcia, además, salta sus fronteras nacionales y en muchos aspectos, opciones y tentativas sirve tanto de impulso inicial como de acicate y modelo para otros varios acontecimientos similares en la zona. La ejemplaridad del caso egipcio , por consiguiente, no admite discrepancias, y por ello mismo exige un tratamiento más amplio y pormenorizado. En varios hechos que a lo largo de esta decena de años se producen –y no sólo en el plano político, repetimos, aunque en éste, como casi siempre, resulten especialmente espectaculares y llamativos– está el auténtico embrión o explicación de muchos de los que, asimismo, tengan lugar en los años inmediatos. No se puede decir que la monarquía
fundada por el macedonio de nacimiento, albanés de origen y súbdito
otomano Muhammad Ali Tales tentativas, sin embargo, no llegarían a cuajar, y aunque el vasallaje mantenido respecto de la Sublime Puerta hubiera quedado absolutamente reducido a términos de mero e insignificante, prácticamente inexistente, nominalismo, y la autonomía de hecho de la que Egipto gozó fuera total, lo cierto es que tampoco había representado ningún obstáculo serio para la penetración colonial occidental y su temporal asentamiento. Ocupado por los británicos en 1882, el país había pasado a ser protectorado de la misma potencia colonial el año 1914. Y aunque formalmente accedió a la independencia en 1922, la legítima soberanía nacional se veía obligada a actuar seriamente menoscabada, y la mayor parte de las decisiones políticas de envergadura estaban aún en manos británicas, o al menos tenían que discutirse en el siempre incómodo contexto de un auténtico contencioso bilateral. Tampoco en el plano económico, a pesar de haber pasado por transitorias y circunstanciales fases de cierto esplendor o beneficio, el país era dueño de su destino. La variopinta y fragmentada clase burguesa que lenta y heterogéneamente se había ido construyendo, siguiendo un proceso asimismo muy particular y diferenciado, claramente sometida también a modelos, comportamientos y expectativas de cuño occidental y occidental en muchos de sus aspectos y dimensiones, no había sabido tampoco encauzar definitivamente los ideales y aspiraciones nacionalistas ni los objetivos finales del movimiento de liberación, y, en consecuencia, éstos se mantenían con toda su fuerza e intensidad apremiante. Egipto tenía que cambiar radicalmente de rumbo, y ese cambio es el que tiene lugar a lo largo de estos años. Las repercusiones inmediatas de tal cambio de rumbo en el país, la zona, en el mundo árabe, y aun en el global contexto internacional, son de primer orden. En gran medida, la revolución egipcia , el nasserismo propiamente, serán tanto un cliché como un contraste o término de referencia, el auténtico nudo de la cuestión árabe y próximo-oriental a lo largo de estos últimos decenios. En julio de 1952, momento en que el inicial golpe militar de los Oficiales libres termina, destituyendo al rey Faruq, con esa dinastía decimonónica, anacrónica, puede situarse la clave, o al menos una de ellas, de la historia contemporánea de la región. Este periodo de diez años, relativamente breve, pero tan intenso, como decíamos, es susceptible de subdivisión en varias fases, suficientemente caracterizadas en sí mismas.
Desde ese momento, y hasta finales del año 1954, se extiende la segunda fase: brevísima, desde luego, pero también caracterizada. A lo largo de ella, la situación de regencia abierta en un primer momento por el pronunciamiento militar queda ya definitivamente transformada en el nuevo régimen político que a partir de ahora se dará en el país: una república, de fuerte orientación presidencialista. El auténtico personaje central de la sublevación, el entonces coronel Gamal Abdel-Nasser, sustituye definitivamente en la jefatura del Estado, tras diversas peripecias y alternativas, al general que, a pesar de haber asumido transitoriamente la representatividad revolucionaria y el mandato de poder, no acababa de encajar plenamente en el nuevo orden que se diseñaba: Muhammad Naguib. Los cuatro últimos años, hasta 1958, son los de implantación y consolidación del régimen nasserista, aunque éste siga también, a partir de la última fecha mencionada, un interesantísimo y muy complejo y peculiar proceso –subdivisible a su vez en varias fases– en el que no cabe entrar aquí. No obstante, a lo largo de esos cuatro años el nuevo régimen revolucionario, definitivamente asentado ya en el interior y claramente orientado y perfilado asimismo en sus principales ámbitos de actuación exterior, adquiere su personalidad manifiesta e inconfundible, los rasgos que le distinguen, independientemente de los acomodos y reajustes a que se somete durante los años siguientes. Recuérdese al menos, en principio, que esta tercera fase recoge, por ejemplo, experiencias tan absolutamente transcendentales, radicales, traumatizadoras, en la historia del Egipto de nuestros días como la crisis de Suez (1956) o la formación de la República Arabe Unida (1957), a raíz de la transitoria unión con Siria. [3] Los últimos años de existencia de la monarquía parlamentaria egipcia suponen el definitivo deterioro de las instituciones que, en teoría, tendrían que actuar como garantes y mantenedores del régimen, del orden y de las aspiraciones nacionales. Ni el propio monarca ni los partidos
políticos –entre los cuales el Wafd sigue siendo predominante,
aunque no siempre ostente el El mismo rey Faruq, proclamado en julio de 1937 definitivamente al llegar a la mayoría de edad estipulada por las leyes, había perdido con rapidez el indudable caudal parcial de simpatías con que contó en un principio. Y la personalidad todavía predominante y rectora del partido Wafd, Mustafá Al-Nahhas Pachá, figura central en las combinaciones políticas actuantes en el país desde hacía algún tiempo, no podía ni de lejos compararse con la casi mítica del gran dirigente del partido en años anteriores, Saad Zaglul (1860-1927), casi unánimemente reconocido como auténtico artífice de la independencia egipcia. Esta incapacidad y desprestigio del principal partido político en la historia del Egipto contemporáneo queda claramente de manifiesto a partir de comienzos del año 1950, en que, tras las elecciones generales celebradas, el rey no tiene más remedio que organizar nuevo Gabinete, de amplísima mayoría wafdista. Aparentemente podía esperarse que empezara a solucionarse así la gran crisis abierta con el asesinato del entonces primer ministro al-Nuqrashi Pachá –diciembre de 1948–, obra de un estudiante afiliado a la asociación de los Hermanos Musulmanes , decididamente integrista y radical en su itinerario político y social, y que, fundada a finales de los veinte, contaba ya con una notable implantación popular [4] . La enésima reaparición del Wafd, no serviría prácticamente para nada. Los principales problemas políticos con los que se enfrenta Egipto durante estos años son, en síntesis, los típicos de una situación postcolonial, sumamente fluidos e inestables, sometidos a bruscas y rápidas fluctuaciones y alternativas. Dos son los fundamentales, y están además estrechamente relacionados: la cuestión del Sudán y la definitiva evacuación de las tropas británicas de todo el territorio nacional. Desde sus respectivas perspectivas, y atendiendo a sus particulares intereses y modalidades de planteamiento, ambas chancillerías, la egipcia y la británica, harán siempre la interpretación particular y variante que, en cada circunstancia, pueda favorecerlas. De hecho, se tratará ante todo de proyectos de solución y planteamientos eminentemente unilaterales lo que imposibilitará en raíz la posible consecución de un clima de entendimiento, ciertamente muy difícil e hipotético desde un principio. En el tema concreto de Sudán esto se observará con claridad meridiana. Este país constituía un condominio anglo-egipcio, acogido a los términos que se estipulaban en los acuerdos de 1899 y, posteriormente, en el tratado de 1936. fracasado un nuevo proyecto de acuerdo anglo-egipcio el año 1946, y, asimismo, sin haber encontrado definitiva audiencia el recurso al Consejo de Seguridad de la ONU que Egipto intenta al año siguiente, las dos fórmulas de planteamiento del caso y de previsible solución, la egipcia y la británica, se bifurcan y oponen ya definitivamente.
Desde comienzos del año 1948 Gran Bretaña se inclina claramente a favor de las tesis que lleven al autogobierno del país y posteriormente, de forma congruente, a la independencia. En realidad, el gobierno y el planteamiento egipcios son tenidos al margen de iniciativas y negociaciones, o fuertemente presionados mediante métodos y alternativas más o menos directos de persuasión: el contencioso, por ejemplo, también absolutamente irrenunciable para los egipcios, de la evacuación definitiva y total del país. Desde mediados de 1948, por consiguiente, Gran Bretaña se decide a llevar a cabo una serie de reformas profundas que recogen sustancialmente las tesis nacionalistas sudanesas y que no pueden ser aceptadas ni compartidas, en conclusión, por el gobierno egipcio. La situación se agrava en lo sucesivo, y el nuevo gobierno Wafd , constituido a principios de 1950, no encuentra postura más favorable en los británicos; por el contrario, las tensiones se agudizan y se va concretando cada vez con mayor claridad un clima de ruptura: desde el lado británico, la presencia de las tropas en la zona del Canal de Suez era absolutamente necesaria en el planteamiento global de la defensa del Próximo Oriente, y el futuro de Sudán era un asunto estrictamente sudanés; términos, como se puede deducir, inaceptables por parte egipcia. En la progresiva radicalización de la postura egipcia que se produce intervienen, aparte de razones parciales mantenidas ininterrumpidamente, las repercusiones más o menos inmediatas de algunos hechos de primera magnitud acaecidos en la región, como la primera guerra con Israel, de 1948 [5] , y la nacionalización del petróleo iraní decretada por el gobierno del primer ministro Mossadegh en mayo de 1951. Se sitúa poco después un hecho al que no se suele dar la importancia y el significado que, en nuestra opinión, realmente tuvo. Inmediatamente después que el primer ministro Muhammad al-Nahhas denunciara oficialmente el tratado de 1936 y los acuerdos de 1899 sobre el Sudán, los embajadores de Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia y Turquía presentan al gobierno egipcio la propuesta concreta de creación de una Comandancia Aliada del Medio Oriente, que incluiría también a Egipto. En realidad, se trataba de un proyecto de defensa occidental aún más vasto y ambicioso: reticular, en conexión y coordinación con otros similares, destinados a zonas adyacentes. Con tal propósito, Gran Bretaña se mostraba dispuesta a hacer las oportunas concesiones. Ante este proyecto, precedente y anunciador, evidentemente, de lo que poco después sería el Pacto de Bagdad, la postura egipcia es de firme rechazo –como lo sería también, de inmediato, la de Siria– y toda esta situación, de enorme gravedad potencial, será la que de pie a la Unión Soviética para que, prácticamente por vez primera, alerte en notas oficiales dirigidas a los países árabes sobre el riesgo que entrañaban los agresivos proyectos imperialistas diseñados para la región. Estamos a finales del año 1951. En este clima de enorme tensión, no son de extrañar los violentos enfrentamientos que fuerzas británicas y egipcias sostienen en la zona del Canal en enero de 1952, ni las no menos violentas manifestaciones antibritánicas que, por las mismas fechas, se producen en la propia capital de El Cairo: el saqueo, la destrucción y, especialmente, los pavorosos incendios provocados –suceso cuya trama de responsabilidades y complicidades se mantiene aún bastante oscura, aunque desde un principio se acusa inevitablemente a los comunistas– tienen una gran repercusión tanto en el país como fuera de él. La cadena de dimisiones y nuevas formaciones de gabinetes ministeriales es inevitable, y nada puede remediar la situación de desgobierno en que, de hecho, se encuentra el país. El rey Faruq actúa, sencillamente, como lo que es en realidad: un incapaz, y ningún personaje político ni partido cuenta con el mínimo crédito suficiente. Por muchas razones, Egipto tenía que iniciar la aventura de un radical giro político: es lo que se abre con el levantamiento militar. Entre la madrugada del 22 al 23 y la tarde del 26 de julio del año 1952, se consuma, con éxito total, el golpe militar trazado por los Oficiales libres. Al final del mismo, el jefe de los insurgentes, general Muhammad Naguib, un militar de prestigio indudable, pero que no pertenecía en origen al grupo sumamente reducido de los Oficiales, obliga al rey a abdicar en favor de su hijo menor, el príncipe Ahmad Fuad, y a abandonar el país. Poco después queda constituido un Consejo de Regencia –dada la minoría de edad del príncipe– de tres miembros, que se reduce luego a un único representante: el príncipe Abdel-Munaim.
Conviene tener también presente que el pronunciamiento militar no cuenta con ninguna oposición exterior, sino todo lo contrario en la mayoría de los casos –o, al menos, indudable permisividad–, y que la propia Gran Bretaña, con sus tropas estacionadas en la zona del Canal, se mantiene prácticamente al margen de los acontecimientos y a la espera del desenlace. El golpe militar es, asimismo, totalmente incruento. La etapa a seguir será, inevitablemente, tanto de consolidación del movimiento como de tanteos y expectativas del nuevo régimen que, indudablemente, se perfila. En el poco experto grupo de dirigentes las divergencias de opinión y las tensiones resultan, por otra parte, inevitables, y más aún si se tiene en cuenta la evidente heterogeneidad de sus componentes, por lo que hace a procedencias ideológicas, a objetivos políticos y hasta a posibles militancias o vinculaciones anteriores. Entre ellos existe una amplia gama de doctrina política y de corrientes ideológicas, que van desde un progresismo más o menos definido hasta las simpatías y conexiones parciales con grupos como el de los Hermanos Musulmanes . La propia figura clave y orientadora del movimiento, el coronel Gamal Abdel-Nasser, se mantiene durante cierto tiempo en discreta penumbra –o al menos no actúa habitualmente con la publicidad y el realce previsibles– y sin que se trasluzca tampoco, con nitidez, su ideario político. Sí cabe afirmar, rotundamente,
que una nueva generación, la de los hombres de los treinta y pocos
años, la de los militares en general En este contexto general se afianza una tendencia de objetivos finales revolucionarios que no encaja, desde luego, en la línea de moderación apetecida por Naguib. Va quedando claro que éste no es el hombre de la nueva situación ni quien realmente tiene el poder, a pesar de que, a mediados del año 1953, se proclame el régimen republicano –renunciando además, indirectamente, a la idea en inicio propuesta de resolución de la cuestión: orientación política definitiva del país mediante la convocatoria de un plebiscito popular –y el propio general Naguib figure al frente del gobierno. Aunque en el plano de la actuación internacional se tomen algunas medidas reformistas de cierto alcance –a las que luego nos referiremos–, es lo cierto que los hechos más sobresalientes y las decisiones quizá más espectaculares y novedosas se producen en el ámbito de la política exterior. Ahora, como ocurrió durante los años inmediatamente anteriores, los dos problemas principales siguen siendo la cuestión de Sudán y el contencioso con Gran Bretaña. Por lo que hace al primero de ellos, 1953 resulta también una fecha clave. En última instancia, el nuevo régimen introduce un viraje profundo en los planteamientos acostumbrados de la política egipcia, aunque no sin querer adoptar ciertas cautelas, que a la postre resultan totalmente inoperantes y no responden a las parciales expectativas con que el propio régimen, posiblemente, las promueve. En definitiva, se abre con la ausencia de todas las partes interesadas una negociación a tres bandas que llevará a la instauración en aquel país de un auténtico régimen transitorio, que liquida ya el sistema de condominio vigente, y que va a facilitar el acceso a la independencia de Sudán en el mismo umbral del año 1956. Como se ha dicho, las esperanzas que alimentaba el nuevo régimen, y que no eran desde luego infundadas en principio, en el sentido de que los elementos unionistas ganaran la batalla que se ventilaba, planteada además ahora en términos constitucionales, resultan finalmente fallidas, y ni siquiera la elección como primer ministro de Sudán del unionista Ismail al-Azhari, en enero de 1954, contribuye al deterioro de la línea independentista, que de inmediato, como queda dicho, se impone. La unidad del valle del Nilo , como suprema idea y aspiración política, queda fuera de circulación a partir de este momento, y hay que reconocer que el nuevo régimen sabrá encajar el revés adecuadamente. Similar clarificación de la situación se verifica con Gran Bretaña acerca del espinoso problema pendiente, que coartaba de manera apreciable, y no sólo en aspectos técnicos o formales, la auténtica soberanía nacional egipcia: la instalación todavía de fuerzas británicas en la zona del Canal de Suez. Aquí el nuevo régimen logra evitar, además, dos riesgos indudables y que, de aceptarlos, hubieran posiblemente encaminado al país por rumbos muy distintos a los que siguió: la nueva tentativa de inserción de Egipto en el proyecto global de defensa occidental y la incorporación de los Estados Unidos de América a la negociación, postulada por la propia Gran Bretaña. Después de las inevitables vicisitudes y tiras y aflojas que una negociación tan delicada arrastra, superadas, sin embargo, por la decidida voluntad de llegar a una solución viable y satisfactoria para las dos partes, el nuevo acuerdo anglo-egipcio se firma solemnemente el 19 de octubre de 1954. Se trataba de un texto muy aceptable también para Egipto, aunque en él quedaran todavía algunas ineludibles concesiones residuales, en términos de facilitación de acción militar a Gran Bretaña en situaciones en principio excepcionales, o de carácter técnico, que permitían aún una reducida presencia militar británica. Aunque ya desde los primeros momentos asoman problemas de enfrentamiento o solapamiento de competencias de colisión de áreas de decisión y autoridad, lo cierto es que la situación, en términos generales, se mantiene en términos pragmáticos de suficiente entendimiento hasta el año 1954. Resultaba evidente, sin embargo, que tal situación de tricefalia –Presidencia provisional de la República, Presidencia del Consejo de Ministros y Presidencia del Consejo Directivo de la Revolución–, no podía durar mucho tiempo, por encima de hipotéticas buenas voluntades de interés nacional, y aunque se recurriera también, cuando las circunstancias así lo aconsejaran, a nuevas redistribuciones o reagrupamientos de esos cargos últimos de poder entre las dos personalidades descollantes: Naguib –como presidente de la República– y Abdel-Nasser. Quizá el hecho que planteó en términos ya apremiantes la inevitable ruptura fuera la iniciativa, tomada por este último, de poner fuera de la ley a la asociación de los Hermanos Musulmanes, con los cuales Naguib mantenía indudables relaciones parciales. Pareció que, en un primer momento, la evidente popularidad de que Naguib gozaba –insistimos en el dato de que Abdel-Nasser no había hecho aún su total y rotunda aparición– inclinaría el pulso a su favor. Un tanto paradójicamente, sin embargo, a partir de finales del mes de marzo de 1954 se producen ciertos movimientos populares que contribuyen a invertir la situación. La partida empieza a estar perdida para el general moderado. Inmediatamente después del fallido atentado contra Abdel-Nasser –Alejandría, 24 de octubre–, imputable a los Hermanos Musulmanes, se precipita la caída de Naguib y la pérdida de sus funciones, desapareciendo por completo de la escena política. Hay que recordar, asimismo, que en esta
primera etapa del nuevo régimen, y ya desde los comienzos del mismo
–septiembre de 1952–, se encara alguna importante medida de carácter
interno, con alcance moderado y sometida a una notable serie de cautelas
y restricciones. En concreto, se trata de la primera ley de reforma agraria,
con la que se pretende empezar a introducir medidas que posibiliten, gradualmente,
la solución de uno de los más dramáticos, endémicos
problemas y seculares hechos de injusticia social que aqueja no sólo
a Egipto, sino en realidad a todos los países del área
prácticamente, aunque no en todos ellos se plantee de la misma manera,
ni desde el punto de vista histórico, ni técnico, ni administrativo.
El tema, por consiguiente, seguirá gravitando sobre el régimen
revolucionario en los años posteriores. BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
NOTAS.- [1] Historia Universal-Siglo XX nº 24, Historia 16, págs. 41-60. [2] Pedro Martínez Montávez nació en Jódar (Jaén) en 1933 y es uno de los arabistas contemporáneos más influyentes. Obtuvo la cátedra de Historia del Islam en la Universidad de Sevilla, donde ejerció entre 1970 y 1971, para trasladarse luego a la Universidad Autónoma de Madrid, donde trabaja desde entonces y de la que ha sido vicedecano y rector, así como director del departamento de Árabe e Islam y del Instituto de Estudios Orientales y Africanos. Es miembro de la Academia de la Lengua Árabe de Ammán (Jordania) y ha sido presidente de la Asociación de Amigos del Pueblo Palestino. Es autor, entre otras obras, de Poesía árabe contemporánea (1958); Poemas amorosos árabes, antología de Nizar Qabbani (1965); Poetas palestinos de resistencia (1974); Perfil del Cádiz hispanoárabe (1974); Exploraciones en literatura neoárabe (1977); Ensayos marginales de arabismo (1977), El poema es Filistín. Palestina en la poesía árabe actual (1980), Introducción a la literatura árabe moderna (1985), Literatura árabe de hoy (1990), Contribución para una bibliografía de la literatura árabe del siglo XX (1966). También ha traducido numerosas obras de autores árabes como Canciones de Mihyar el de Damasco , de Adonis; Mujer sin orillas , de Suad As-Sabah y otras muchas. Véase del mismo autor “ Siria e Iraq ”, en revista Alif Nûn nº 41, septiembre de 2006 (Nota de la Redacción). [3] Para más información sobre estos acontecimientos, véase Martín Kramer, “ Nacionalismo árabe: una identidad falsa (II) ”, en revista Alif Nûn nº 65, noviembre de 2008 (Nota de la Redacción). [4] Para más información sobre los Hermanos Musulmanes, véase Redacción Alif Nûn, “ El reformismo musulmán: Los Hermanos Musulmanes a través del pensamiento político de Sayyid Qutb ”, en revista Alif Nûn nº 39, junio de 2006; Sayyid Qutb, La justicia social en el Islam , Editorial Almuzara, Córdoba, 2007; Tariq Ramadan, El reformismo musulmán , Edicions Bellaterra, Barcelona, 2000. (Nota de la Redacción). [5] Para más información sobre este acontecimiento, véase Edward Said, “Consecuencias de 1948”, en revista Alif Nûn nos 59 (abril de 2008) y 60 (mayo de 2008) ; David Solar, “El nacimiento de Israel (II) ”, en revista Alif Nûn nº 60, mayo de 2008. (Nota de la Redacción). A Portada |
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