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Estimados
lectores:
Un aforismo árabe afirma que “Egipto
escribe, Líbano publica e Iraq lee”. Por desgracia, dos de los tres
países a los que hace referencia el citado proverbio han sufrido
o están sufriendo las calamidades de una guerra que ha acabado con
buena parte de su capacidad de desarrollo cultural y material, y no están
en las mejores condiciones para hacer honor a esta fama bien merecida. No
obstante, este refrán pone de manifiesto la percepción que
el mundo árabe tiene de su propia cultura.
Egipto, el menos inestable de los tres países
citados, es también el país más poblado del mundo árabe
y la posible locomotora de su tan necesaria transformación política,
económica y social. Desde el punto de vista político, Egipto
abanderó el movimiento panarabista desde sus inicios y, más
tarde, fue uno de los primeros en enfocar con una estrategia distinta las
relaciones con el Estado de Israel, uno de los principales escollos de la
política en el mundo árabe. Desde el punto de vista cultural,
Egipto es, sin duda, una referencia en el mundo árabe. Después
de la india y la estadounidense, la industria cinematográfica
egipcia es la tercera del mundo por su volumen de producción; además,
Egipto es el único país árabe en contar con un ganador
del Premio Nobel de Literatura: Nayib Mahfuz.
En el presente número de Alif Nûn, Egipto
se convierte en el protagonista indiscutible, a través de varios
artículos que tratan de abordar su realidad desde múltiples
puntos de vista. En el primero de ellos nos centramos en el decisivo e importantísimo
periodo histórico transcurrido desde la etapa monárquica iniciada
tras la independencia, hasta la llegada al poder de los llamados “oficiales
libres” y el efímero gobierno de Muhammad Naguib. En el próximo
número, Dios mediante, se analizará más en detalle
el profundo impacto producido por el gobierno de Gamal Abdel Nasser.
El segundo de los textos de este
mes se centra en la figura del genial novelista egipcio Nayib Mahfuz. A
través de la obra literaria y de las vicisitudes personales de Mahfuz,
el artículo repasa la historia y la sociedad egipcias desde el periodo
faraónico hasta la actualidad.
El tercer artículo dedicado a Egipto
se centra en la dimensión religiosa y analiza la presencia del Islam
en la sociedad egipcia contemporánea, estudiando el perfil sociológico
de los musulmanes y la evolución histórica del Islam en este
país a lo largo del último siglo. Para terminar, publicamos
la tercera y última entrega del artículo dedicado al nacionalismo
árabe, centrado en esta ocasión en el declive de esta ideología
a lo largo de los años setenta y su explosivo aunque frágil
resurgimiento a través de la figura de Saddam Husain.
No quisiéramos despedirnos sin desear a todos
nuestros lectores unas felices fiestas y un próspero año nuevo
repleto de felicidad y bendiciones.
La Dirección.
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Dentro
de una historia sumamente densa y agitada, como es la del Próximo
Oriente en época contemporánea, el decenio de 1948 a 1958 en
Egipto resulta especialmente cargado de acontecimientos trascendentales, tenso
e intenso como pocos.
La fenomenología política recoge
y expresa a su manera los muchos y profundos síntomas de cambios esenciales
que, en todos los órdenes de la existencia, se van produciendo en
el país, y que van a encarrilarlo de inmediato por muy distintos caminos
a los que, hasta entonces, había seguido. La experiencia egipcia,
además, salta sus fronteras nacionales y en muchos aspectos, opciones
y tentativas sirve tanto de impulso inicial como de acicate y modelo para
otros varios acontecimientos similares en la zona.
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La literatura árabe se remonta a casi dos mil años. La poesía
siempre ha sido su género más destacado, pero también
existe una antigua tradición de narrativa que se expresa mediante
la riqueza de sus distintas formas orales. En Egipto, la colección
de cuentos llamada Las mil y una noches –una serie de relatos de origen
indio, iraní e iraquí– alcanzó su forma definitiva y
más desarrollada. Esto coincidió con una antigua tradición
egipcia de narrativa que ha permanecido vigente y activa hasta el día
de hoy. Se trata de los cuentacuentos populares, que han sido una institución
cultural durante mucho tiempo.
El nacimiento de la novela egipcia, sin
embargo, podría no haber tenido lugar hasta la época moderna,
cuando se cumplieron cinco condiciones previas: 1) la influencia de la literatura
europea, donde la novela se convirtió en un género muy importante
durante los siglos XVIII y XIX; 2) la creación de talleres de imprenta
egipcios durante el siglo XIX, junto con el aumento en la producción
de periódicos; 3) la educación pública y una alfabetización
más generalizada; 4) una liberación gradual respecto a la opresión
de las potencias extranjeras, la cual comenzó a partir del reinado
de Muhammad Ali, tras la ocupación napoleónica de Egipto a
comienzos del siglo XIX; y 5) el nacimiento de una clase intelectual con
un amplio conocimiento sobre el extranjero.
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La milenaria historia de Egipto ha hecho de este país uno de los
principales centros de influencia cultural de todo el mundo árabe
y musulmán. Las civilizaciones faraónica, persa, griega, romana,
cristiana, musulmana y, por último, la colonización europea,
han dado lugar a una síntesis original que ha proporcionado a la
sociedad egipcia su toque característico.
En la actualidad, la población de Egipto, de unos ochenta millones
de habitantes (la mayor del mundo árabe y la segunda del continente
africano), es musulmana en aproximadamente un 90%, perteneciendo en su mayoría
a la rama sunní del Islam . La mayor parte de las comunidades no musulmanas
están compuestas por cristianos coptos, en sus diversas variantes.
Antes de la invasión napoleónica
en 1798, casi todas las instituciones educativas, legislativas, sanitarias
y sociales eran administradas por el estamento religioso, cuyo protagonismo
fue reforzado por la administración otomana, debido a que la piedra
angular de su sistema de gobierno se basaba en dividir a la población
en función de su afiliación religiosa (sistema de millets).
Durante los siglos XIX y XX, los distintos gobiernos egipcios –tanto los
colonizadores franceses y británicos como los gobernantes egipcios
posteriores a la independencia– se han esforzado para limitar el papel de
los ulemas (expertos en religión islámica) en la vida pública,
y de este modo someter a un control estatal más estricto a las instituciones
religiosas. Para transformar la vida pública en Egipto fue necesario
desarrollar nuevas instituciones políticas que pudieran llevar a cabo
muchas de las funciones que hasta el momento habían sido asumidas
por el estamento religioso. Como ejemplo de este control estatal, a partir
de 1952, tras la caída de la monarquía y el nacimiento de la
República de Egipto, el gobierno inició una serie de reformas
para nombrar funcionarios que estarían facultados para intervenir en
el funcionamiento de las mezquitas y las escuelas coránicas (madrasas)
. Ya en 1961, el gobierno inició la reforma de la institución
islámica más prestigiosa de Egipto, y una de las más
emblemáticas de todo el mundo musulmán: la Universidad de al-Azhar.
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¿Qué fue del resto de nacionalistas árabes? Después
de 1967, su número e influencia disminuyeron constantemente, excepto
entre los intelectuales. Muchos intelectuales vivieron en verdad una realidad
panarabista. Escribían en árabe para un público que
se extendía “desde el Océano hasta el Golfo” y publicaban revistas
panárabes ampliamente distribuidas. Volaban de capital en capital
dando conferencias sobre la situación de los árabes. Tenían
un pie (y a veces los dos) en Occidente, donde la prensa y las publicaciones
árabes más libres tenían sus negocios. En esta atmósfera
enrarecida, todavía podían sostenerse los mitos del nacionalismo
árabe. En su mayor parte, estos intelectuales no consideraban la derrota
de 1967 como un fracaso de su idea, sino como un error al ponerla otros
en práctica, quienes fueron criticados por no ser lo bastante radicales
e implacables. Después de 1967, gran parte de los nacionalistas árabes
“autocríticos” presionaron aún más para promover un
cambio mediante la violencia. Sin embargo, los intelectuales carecían
de un Bismark árabe que pudiera reavivar una idea cuyo tiempo había
llegado tan rápido como se había ido. Nasser había
fracasado y en 1970 falleció. El Baaz en Siria, después de
muchos cambios, iba a asentarse en 1970 con Hafiz al-Asad, un maestro de
la realpolitik que puso a Siria por encima de todo. A falta de alternativas
mejores, los nacionalistas árabes primero centraron sus esperanzas
en los palestinos, y más tarde en Saddam Hussein.
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Nuestra vida
en una larga casida,
nuestras existencias le hacen los versos,
y la muerte es la rima.
Disfruta de tus momentos,
de las estrellas y su belleza,
porque tú pasarás,
y ellas quedarán, brillando.
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