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ISSN 1695-1751                                                        Número 66 - Diciembre.2008 / Dhu'l Hijja 1429
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Estimados lectores:

       Un aforismo árabe afirma que “Egipto escribe, Líbano publica e Iraq lee”. Por desgracia, dos de los tres países a los que hace referencia el citado proverbio han sufrido o están sufriendo las calamidades de una guerra que ha acabado con buena parte de su capacidad de desarrollo cultural y material, y no están en las mejores condiciones para hacer honor a esta fama bien merecida. No obstante, este refrán pone de manifiesto la percepción que el mundo árabe tiene de su propia cultura.
    Egipto, el menos inestable de los tres países citados, es también el país más poblado del mundo árabe y la posible locomotora de su tan necesaria transformación política, económica y social. Desde el punto de vista político, Egipto abanderó el movimiento panarabista desde sus inicios y, más tarde, fue uno de los primeros en enfocar con una estrategia distinta las relaciones con el Estado de Israel, uno de los principales escollos de la política en el mundo árabe. Desde el punto de vista cultural, Egipto es, sin duda, una referencia en el mundo árabe. Después de la india y la estadounidense,  la industria cinematográfica egipcia es la tercera del mundo por su volumen de producción; además, Egipto es el único país árabe en contar con un ganador del Premio Nobel de Literatura: Nayib Mahfuz.
    En el presente número de Alif Nûn, Egipto se convierte en el protagonista indiscutible, a través de varios artículos que tratan de abordar su realidad desde múltiples puntos de vista. En el primero de ellos nos centramos en el decisivo e importantísimo periodo histórico transcurrido desde la etapa monárquica iniciada tras la independencia, hasta la llegada al poder de los llamados “oficiales libres” y el efímero gobierno de Muhammad Naguib. En el próximo número, Dios mediante, se analizará más en detalle el profundo impacto producido por el gobierno de Gamal Abdel Nasser.
        El segundo de los textos de este mes se centra en la figura del genial novelista egipcio Nayib Mahfuz. A través de la obra literaria y de las vicisitudes personales de Mahfuz, el artículo repasa la historia y la sociedad egipcias desde el periodo faraónico hasta la actualidad.
       El tercer artículo dedicado a Egipto se centra en la dimensión religiosa y analiza la presencia del Islam en la sociedad egipcia contemporánea, estudiando el perfil sociológico de los musulmanes y la evolución histórica del Islam en este país a lo largo del último siglo. Para terminar, publicamos la tercera y última entrega del artículo dedicado al nacionalismo árabe, centrado en esta ocasión en el declive de esta ideología a lo largo de los años setenta y su explosivo aunque frágil resurgimiento a través de la figura de Saddam Husain.
    No quisiéramos despedirnos sin desear a todos nuestros lectores unas felices fiestas y un próspero año nuevo repleto de felicidad y bendiciones.
                   
 

La Dirección.

       
Dentro de una historia sumamente densa y agitada, como es la del Próximo Oriente en época contemporánea, el decenio de 1948 a 1958 en Egipto resulta especialmente cargado de acontecimientos trascendentales, tenso e intenso como pocos.
      La fenomenología política recoge y expresa a su manera los muchos y profundos síntomas de cambios esenciales que, en todos los órdenes de la existencia, se van produciendo en el país, y que van a encarrilarlo de inmediato por muy distintos caminos a los que, hasta entonces, había seguido. La experiencia egipcia, además, salta sus fronteras nacionales y en muchos aspectos, opciones y tentativas sirve tanto de impulso inicial como de acicate y modelo para otros varios acontecimientos similares en la zona.
 


           
La literatura árabe se remonta a casi dos mil años. La poesía siempre ha sido su género más destacado, pero también existe una antigua tradición de narrativa que se expresa mediante la riqueza de sus distintas formas orales. En Egipto, la colección de cuentos llamada Las mil y una noches  –una serie de relatos de origen indio, iraní e iraquí– alcanzó su forma definitiva y más desarrollada. Esto coincidió con una antigua tradición egipcia de narrativa que ha permanecido vigente y activa hasta el día de hoy. Se trata de los cuentacuentos populares, que han sido una institución cultural durante mucho tiempo.
       El nacimiento de la novela egipcia, sin embargo, podría no haber tenido lugar hasta la época moderna, cuando se cumplieron cinco condiciones previas: 1) la influencia de la literatura europea, donde la novela se convirtió en un género muy importante durante los siglos XVIII y XIX; 2) la creación de talleres de imprenta egipcios durante el siglo XIX, junto con el aumento en la producción de periódicos; 3) la educación pública y una alfabetización más generalizada; 4) una liberación gradual respecto a la opresión de las potencias extranjeras, la cual comenzó a partir del reinado de Muhammad Ali, tras la ocupación napoleónica de Egipto a comienzos del siglo XIX; y 5) el nacimiento de una clase intelectual con un amplio conocimiento sobre el extranjero.

               

         
La milenaria historia de Egipto ha hecho de este país uno de los principales centros de influencia cultural de todo el mundo árabe y musulmán. Las civilizaciones faraónica, persa, griega, romana, cristiana, musulmana y, por último, la colonización europea, han dado lugar a una síntesis original que ha proporcionado a la sociedad egipcia su toque característico.
En la actualidad, la población de Egipto, de unos ochenta millones de habitantes  (la mayor del mundo árabe y la segunda del continente africano), es musulmana en aproximadamente un 90%, perteneciendo en su mayoría a la rama sunní del Islam . La mayor parte de las comunidades no musulmanas están compuestas por cristianos coptos, en sus diversas variantes.
       Antes de la invasión napoleónica en 1798, casi todas las instituciones educativas, legislativas, sanitarias y sociales eran administradas por el estamento religioso, cuyo protagonismo fue reforzado por la administración otomana, debido a que la piedra angular de su sistema de gobierno se basaba en dividir a la población en función de su afiliación religiosa (sistema de millets).  Durante los siglos XIX y XX, los distintos gobiernos egipcios –tanto los colonizadores franceses y británicos como los gobernantes egipcios posteriores a la independencia– se han esforzado para limitar el papel de los ulemas (expertos en religión islámica) en la vida pública, y de este modo someter a un control estatal más estricto a las instituciones religiosas. Para transformar la vida pública en Egipto fue necesario desarrollar nuevas instituciones políticas que pudieran llevar a cabo muchas de las funciones que hasta el momento habían sido asumidas por el estamento religioso. Como ejemplo de este control estatal, a partir de 1952, tras la caída de la monarquía y el nacimiento de la República de Egipto, el gobierno inició una serie de reformas para nombrar funcionarios que estarían facultados para intervenir en el funcionamiento de las mezquitas y las escuelas coránicas (madrasas) . Ya en 1961, el gobierno inició la reforma de la institución islámica más prestigiosa de Egipto, y una de las más emblemáticas de todo el mundo musulmán: la Universidad de al-Azhar.     


         
¿Qué fue del resto de nacionalistas árabes? Después de 1967, su número e influencia disminuyeron constantemente, excepto entre los intelectuales. Muchos intelectuales vivieron en verdad una realidad panarabista. Escribían en árabe para un público que se extendía “desde el Océano hasta el Golfo” y publicaban revistas panárabes ampliamente distribuidas. Volaban de capital en capital dando conferencias sobre la situación de los árabes. Tenían un pie (y a veces los dos) en Occidente, donde la prensa y las publicaciones árabes más libres tenían sus negocios. En esta atmósfera enrarecida, todavía podían sostenerse los mitos del nacionalismo árabe. En su mayor parte, estos intelectuales no consideraban la derrota de 1967 como un fracaso de su idea, sino como un error al ponerla otros en práctica, quienes fueron criticados por no ser lo bastante radicales e implacables. Después de 1967, gran parte de los nacionalistas árabes “autocríticos” presionaron aún más para promover un cambio mediante la violencia. Sin embargo, los intelectuales carecían de un Bismark árabe que pudiera reavivar una idea cuyo tiempo había llegado tan rápido como se había ido. Nasser había fracasado y en 1970 falleció. El Baaz en Siria, después de muchos cambios, iba a asentarse en 1970 con Hafiz al-Asad, un maestro de la realpolitik que puso a Siria por encima de todo. A falta de alternativas mejores, los nacionalistas árabes primero centraron sus esperanzas en los palestinos, y más tarde en Saddam Hussein.
      

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Nuestra vida en una larga casida,
nuestras existencias le hacen los versos,
y la muerte es la rima.
Disfruta de tus momentos,
de las estrellas y su belleza,
porque tú pasarás,
y ellas quedarán, brillando.


                                                   _ Ilya Abu Madi (1889-1957).
                                                            " Treinta poemas árabes "
                                                           

 

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