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NACIONALISMO ÁRABE:
UNA IDENTIDAD FALSA (II) [1] Martin Kramer [2] La revolución árabe
La distancia entre los distintos discursos políticos se convirtió en un abismo en 1948, después de que las Naciones Unidas autorizaran la partición de Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe [3] . Cuando los Estados árabes vecinos tomaron medidas contra Israel, declararon estar combatiendo de común acuerdo, para mantener su compromiso con sus hermanos árabes de Palestina. Pero, de hecho, hicieron justamente lo contrario: cada uno llevó a cabo su propia guerra para defender sus propios intereses, cada uno buscaba un distinto modo de actuar con respecto a Israel. Fue una guerra muy disputada que finalizó con un Israel en posesión de más territorio del que incluso le había sido asignado por las Naciones Unidas, y con los Estados árabes como reacios anfitriones de setecientos mil refugiados árabes. [4]
El nacionalismo árabe, que se
había convertido en “antiimperialista” después de 1920,
se convirtió en “revolucionario” después de 1948. La guerra
de Palestina había demostrado que los árabes, a pesar de
su independencia formal, seguían políticamente desunidos,
militarmente débiles y económicamente subdesarrollados. Todavía
se podía acusar del fracaso al imperialismo, y mucho del pensamiento
nacionalista árabe se dedicaba a trazar imágenes de una conspiración
mundial que supuestamente habría injertado Israel para asegurar la
continuidad de la dominación occidental sobre los árabes.
Pero algunos intelectuales también comenzaron a sugerir la existencia
de una debilidad intrínseca en la cultura y la sociedad árabes,
argumentando que esta debilidad había facilitado la tarea a
los sionistas. Los nuevos campeones del nacionalismo árabe, jóvenes
y vehementes coroneles, prometían ahora una revolución social
que superaría esa debilidad e impulsaría el mundo árabe
hacia la unidad, el poder y la prosperidad. De acuerdo al espíritu
de los tiempos, solían definir esta revolución como socialismo
–o, más en concreto, como socialismo árabe, para que no pudiera
decirse que los cambios no eran realmente de inspiración árabe.
El nacionalismo árabe dejó de ser simplemente renacimiento
literario y antiimperialismo, y pasó a ser reforma agraria, amplias
nacionalizaciones y planes quinquenales, todo en el nombre de la “revolución”.
Y si, según su nuevo léxico, los nacionalistas árabes
se veían a sí mismos como “revolucionarios”, entonces sus oponentes
sólo podían ser considerados como “reaccionarios”.
[6]
Se pusieron en práctica dos nuevas vías en paralelo, que llegarían a ser conocidas como nasserismo y baazismo. El nasserismo unió el nacionalismo revolucionario con el culto a la personalidad de Gamal Abdul Nasser, quien gozó de un inmenso prestigio en el mundo árabe después de que obtuviera una victoria política del ataque combinado de británicos, franceses e israelíes sobre Suez en 1956. [7] El nasserismo combinó algo parecido a un programa socialista de reformas con la idea de que Egipto, bajo el carismático Nasser, constituía el corazón mismo del mundo árabe y tenía los recursos y la voluntad para llevar a todos los árabes hacia la unidad. El nasserismo fue atravesado por una ráfaga de pragmatismo que se fue desarrollando día a día mientras Nasser ostentaba el poder. Era algo demasiado improvisado para constituir una ideología, y se basaba más en la suave influencia de Nasser que en cualquier doctrina sistemática. Y aunque Nasser dio máxima prioridad al carácter árabe de Egipto, a veces convirtió al país en una nación musulmana, africana, afroasiática, o cualquier cosa que sirviera a sus propósitos. Pero fue precisamente esta ambigüedad la que permitió a Nasser satisfacer a todos los árabes y a Egipto imaginarse como el puente del nacionalismo árabe, reuniendo a los árabes de Asia y Africa en su marcha hacia la unidad. El baazismo tendía a ser más estricto ideológicamente, aunque sólo sea porque sus fundadores fueron sirios educados en la Sorbona, la mayoría de ellos profesores pertenecientes a sectas minoritarias que habían ocupado su tiempo libre con debates académicos y con Nietzsche, Fichte y Houston Stewart Chamberlain. Eligieron darse el nombre de baaz, que significa “resurrección”, y eran “revolucionarios” como una cuestión de principio. Su constitución, aprobada en 1947, anunciaba que sus objetivos no podrían alcanzarse “excepto por medio de la revolución y la lucha. Depender de un lento desarrollo y aceptar las reformas parciales y superficiales significa poner en peligro estos objetivos y encaminarse hacia el fracaso y la derrota”. El primero de estos objetivos era la creación de un único Estado árabe, ya que todas las diferencias entre los árabes eran “accidentales y sin importancia. Todas ellas desaparecerán con el despertar de la conciencia árabe”. Además, consideraban el socialismo como “una necesidad que emana desde el fondo del propio nacionalismo árabe.” [8] Tal y como afirmó uno de sus primeros miembros, el Baaz mostraba todas las características de un partido con ideología. “La interpretación que todos ellos tenían de los acontecimientos era casi idéntica, pero no confiaban los unos en los otros; amaban al pueblo, pero odiaban a las personas; mantenían que el todo era sagrado, pero despreciaban las partes.” [9] El Baaz extendió su influencia penetrando en el cuerpo de oficiales más jóvenes y con el tiempo alcanzó el poder mediante golpes militares en Siria e Iraq. La pauta habitual era que el ala militar del partido local purgase al ala civil e instalase una dictadura militar, bajo el lema baazista de “unidad, libertad, socialismo.” [10] Nasser y el Baaz llevaron el nacionalismo árabe a la cumbre de sus éxitos. A Nasser le valió la pena arriesgarse al principio, pues era el primer líder nacionalista árabe que estaba en posición de enfrentar entre sí a las potencias extranjeras en un juego que él llamó “neutralismo positivo”. Cuando los norteamericanos se negaron a financiar la presa de Asuán, los soviéticos acudieron en su rescate. Cuando nacionalizó el Canal de Suez y respaldó la sublevación en Argelia, provocando el ataque de Gran Bretaña y Francia (en coalición con Israel), los Estados Unidos acudieron en su rescate. El mundo árabe, pegado al ahora omnipresente aparato de radio para seguir de cerca estas maniobras, contenía el aliento frente al arriesgado modo de actuar de Nasser. El Baaz de Siria deseaba unirse a Egipto y presionó para negociar con Nasser las condiciones de la unión. En 1958, las conversaciones culminaron con el nacimiento de la República Arabe Unida –una unión entre Egipto y Siria, presentada al mundo árabe como el primer paso hacia la unidad de todos los árabes. Los nombres de Egipto y Siria desaparecieron del mapa y fueron sustituidos por una “región norte” y una “región sur”. El nacionalismo árabe alcanzó su punto culminante durante la primera visita de Nasser a Damasco, donde una multitud entusiasta lo recibió apasionadamente. Otros líderes árabes temblaban al ver cómo los “nasseristas” abarrotaban las calles de sus capitales para aclamar a su Bismarck largo tiempo esperado. El Líbano llamó a las tropas norteamericanas para detener la marea; Jordania acogió a las fuerzas británicas. Ningún Estado árabe parecía capaz de resistir por sí mismo la marcha hacia la unidad árabe. Pero al final, fue la República Arabe Unida la que sucumbió. El matrimonio entre Nasser y el Baaz se convirtió en una lucha por el poder en el ámbito del nacionalismo árabe. En esta desigual contienda, los egipcios gobernaban Siria como una colonia, y además la gobernaban mal. La unión de ambos países no liberó algunos potenciales escondidos que sólo la acción combinada de Egipto y Siria podría haber hecho salir a la luz. Por el contrario, la unión amenazaba con eliminar cualquier iniciativa provechosa, sobre todo en Siria, mediante la imposición del “socialismo árabe”. En 1961, un golpe de Estado derrocó al representante de Nasser en Damasco y declaró el final de la unión entre ambos países. La separación demostró la importancia de unas diferencias demasiado profundas como para ser eliminadas con alegres consignas. Habría más negociaciones entre Nasser y el Baaz a lo largo de 1963, así como planes de unidad y tratados. Sin embargo, la República Arabe Unida nunca más volvería a repetirse. [11] Volviendo la vista atrás, el colapso de la unión entre Egipto y Siria en 1961 marcó el comienzo del largo declinar del nacionalismo árabe. Al año siguiente, Nasser contribuyó a su ruina con su masiva intervención a favor del bando “revolucionario” en la guerra civil del Yemen [12] . Todo lo que Egipto hizo en el Yemen, incluyendo los bombardeos aéreos y el uso de napalm , obtuvo el efecto contrario al deseado. Un periodista británico que observó la actuación de los egipcios en el Yemen se asombró de la ignorancia y la arrogancia de éstos:
En el Yemen, como en Siria, las vastas diferencias eclipsaban cualquier remoto parecido, exponiendo a los árabes a combatir entre ellos en un ambiente de mutua incomprensión. La teoría nacionalista había
prometido que la unidad los liberaría de los extranjeros, pero
en manos de quienes entonces la llevaron a la La crisis finalmente estalló
en 1967. Puede que los árabes hubieran cometido un grave error
entrando en guerra con Israel ese junio, pero una vez metidos de lleno
en ella, esperaban obtener más que en 1948. La mayoría de
los árabes suponía que se había fortalecido, y no
debilitado, después de cerca de dos décadas de nasserismo
y baazismo, de revolución social y de militarización de la
política, todo ello bajo la bandera del nacionalismo árabe
y de la lucha contra Israel. En lugar de eso, obtuvieron menos: una derrota
realmente ignominiosa, sufrida en seis días. Las consecuencias territoriales
de esta guerra incluyeron la ocupación israelí de Jerusalén
Este, Cisjordania y Gaza –todos ellos territorios densamente poblados por
árabes–, y del Sinaí y el Golán, dos barreras geográficas
que habían mantenido alejado a Israel de El Cairo y Damasco. La derrota
representó nada menos que “el Waterloo del panarabismo.”
[15]
Cuando Nasser planteó su dimisión, la
multitud ocupó las calles exigiendo su continuidad. A lo largo de
los años de tenaz adoctrinamiento, Nasser y el Baaz habían
logrado silenciar cualquier otra voz, y muchos sólo entendían
y hablaban el limitado lenguaje del nacionalismo árabe. Pero como
la derrota provocó un profundo efecto en la conciencia colectiva,
dos nuevas voces comenzarían a alzarse en oposición al nacionalismo
árabe. Una hablaba el lenguaje de la lealtad a los distintos Estados.
La otra hablaba de la lealtad a un Islam universalista.
[16]
Desde su creación, los diversos Estados árabes nunca dudaron en dar prioridad a sus distintos intereses. Sin embargo, considerando su falta de legitimidad, habían sido persuadidos para prometer fidelidad formal a la nación árabe, y de este modo se veían arrastrados por las crisis generadas por otros Estados árabes, a riesgo de ser acusados de romper la unidad árabe por mantenerse al margen. Sin embargo, como se demostró en 1967, tales crisis podían degenerar rápidamente en una guerra, cobrándose un alto precio en vidas, territorio y prestigio. Muchos de estos Estados ya soportaban inmensas cargas económicas. No tenían medios para asumir las cargas de sus vecinos, en especial el pesado lastre de Palestina. Incluso el poderoso Egipto ya no podía seguir siendo el único custodio de la causa árabe (un Egipto que envió decenas de miles de tropas para defender la causa árabe en lugares tan lejanos como el Yemen y que, sin embargo, tenía dificultades para alimentar a su propio pueblo). Si estos Estados eran capaces de establecer sus propias prioridades, deberían justificar abiertamente su existencia separada y exigir a sus ciudadanos y súbditos la máxima lealtad. Paradójicamente, Egipto marcó
de nuevo el camino, esta vez bajo Anwar Sadat. Sadat lanzó un ataque
contra Israel en octubre de Por primera vez era posible criticar los mitos del arabismo y no ver las diferencias entre los árabes como “accidentales” sino como auténticas realidades, e incluso como dignas de respeto. El historiador libanés más destacado, Kamal Salibi, criticó el nacionalismo árabe por “hacer creer a la generalidad de los árabes que la unidad política que una vez experimentaron bajo el Islam era una unidad árabe que después habían perdido, o que les había sido arrebatada deliberadamente”. Esto hace “difícil que [los árabes] se adapten correctamente a la realidad política actual”. Salibi pidió a los intelectuales que descartaran el punto de vista erróneo del nacionalismo árabe, según el cual su historia sería una marcha nacional unida que salió mal en algún momento, y la valoraran correctamente como la historia local que normalmente fue: una serie de muy diversas experiencias regionales árabes de uno u otro tipo, más o menos encajadas en un modelo general. Hoy en día, ningún país árabe tiene razón para sentirse culpable por su propia existencia, como si ésta se tratara de una desviación más o menos premeditada de la norma histórica del nacionalismo árabe. Sólo cuando los árabes consigan librarse de la muy idealizada visión nacionalista de su pasado, serán capaces de vivir juntos en el mundo árabe moderno como una comunidad política cohesionada cuyos distintos miembros se relacionen entre sí de manera constructiva y sin reservas. [17] Después de 1967, este punto de vista antes oculto pudo ser planteado abiertamente, y sentó las bases intelectuales para la creciente confianza en sí mismos de los distintos Estados. Pero esa confianza en sí mismo recae en gran medida en el poder de persuasión. A pesar de sus dificultades en el campo de batalla, estos Estados han dominado las técnicas de vigilancia a nivel interno. Los regímenes se dieron cuenta de que la derrota los había hecho vulnerables, y decidieron impedir cualquier disidencia mediante el uso de esas técnicas para crear un Estado omnipresente. El planteamiento funcionó en gran medida. A diferencia de la derrota de 1948, que dio inicio a un periodo de inestabilidad, la derrota de 1967, incluso más humillante, marcó el comienzo de una era de estabilidad sin precedentes, e incluso de inmovilismo. El torrente de ingresos por el petróleo que siguió a la guerra de 1973 también permitió a los regímenes sobornar a los disidentes. El Estado no sólo se convirtió en legítimo, sino que también se volvió omnipotente. En palabras de un intelectual sirio: “El crecimiento canceroso del Estado se ha visto acompañado de un poder cada vez menor de todos y de todo lo demás, en especial de lo que a algunos pensadores y líderes árabes les gusta llamar ‘el pueblo’”. Como consecuencia, “la sociedad árabe en su conjunto ha sido anulada como una realidad de importancia política en los cálculos de todos los regímenes árabes.” [18] Cuando se derrumbó el comunismo, las tierras árabes se habían convertido en la última reserva de prolongados gobiernos de un solo hombre, y así continúa siendo hoy en día. Ninguno de estos gobiernos puede considerarse una democracia, aunque después de 1967 reclamaron como nunca antes lo habían hecho la lealtad de sus ciudadanos y súbditos, entrometiéndose en prácticamente todos los aspectos de la sociedad. Sólo el Líbano, la eterna excepción, se ha mostrado incapaz de ampliar su legitimidad y su poder sobre la sociedad después de 1967. En este lugar de nacimiento del nacionalismo árabe, la paz social llegó a depender del equilibrio entre el mito del “Líbano eterno” y el de “una sola nación árabe”. Los maronitas decidieron marchar en formación junto a los árabes, siempre y cuando aquellos pudieran ser los portadores de la bandera del Líbano; los musulmanes decidieron desfilar tras la bandera del Líbano, siempre que el desfile llevara un ritmo árabe. Mediante este acuerdo, el Líbano proporcionaría las justificaciones intelectuales para el nacionalismo árabe; otros suministrarían los soldados para sus batallas. Por un tiempo se mantuvo el equilibrio, y el Líbano estableció un orden público cuasi-democrático y una economía de libre mercado. En tiempos de crisis en la región, el Líbano cumplió de palabra con sus compromisos, y se las arregló para eludir la guerra contra Israel. Pero después de 1967, el Líbano comenzó a perder su equilibrio. Los musulmanes, atormentados por la culpa, exigieron finalmente que el Líbano soportara la carga de Palestina y abriera su frontera sur para atacar a Israel. Los maronitas, impresionados por el ejemplo de Israel, pensaron que podrían convertir el Estado del Líbano en algo semejante: una pequeña superpotencia, armada hasta los dientes, desafiando al mundo árabe que la rodea. En 1975, la situación explotó en forma de guerra civil, y el Líbano prácticamente desapareció bajo un mapa cuadriculado de feudos milicianos, cruzado por líneas verdes y rojas. Las únicas líneas que no se respetaron fueron las fronteras del Líbano, y tanto Siria como Israel entraron en la refriega. Cuando Israel invadió el Líbano en 1982, trabajó aún más febrilmente con sus aliados libaneses para rehacer el país a su imagen, pero fue en vano. Desde 1989, Siria ha intentado hacer lo mismo, con más resolución y éxito. [19] Aparte del Líbano, todos los
demás Estados ejercieron sobre sus sociedades un poder cada vez
más seguro de sí mismo y mostraron mayor independencia entre
ellos. Antes de 1967, el nacionalismo árabe apareció para
vaciar de legitimidad a los Estados. Después de 1967, su viraje
ideológico parece que produjo un aumento de la legitimidad que fortaleció
tanto a los Estados como a sus correspondientes regímenes. Pero
esta fuerza tenía graves limitaciones: los Estados árabes
todavía no podían hacer frente a poderosos enemigos externos
como Israel. Sin embargo, podían rechazar la ingerencia de unos
Estados árabes sobre otros, y ejercer su voluntad sobre sus propias
sociedades con una eficacia casi despiadada.
[20]
La voz del Islam también se ofreció para llenar el silencio dejado por el nacionalismo árabe. Los nacionalistas árabes siempre habían considerado la lealtad al Islam como un rival potencial, y habían tratado de desarmarla para incorporar al Islam como un elemento primordial en el nacionalismo árabe. Incluso los cristianos árabes nacionalistas se desviaron de su camino para argumentar que el nacionalismo árabe era un complemento de la lealtad al Islam que todavía experimentaban muchos árabes, y que no se contradecía con ésta. “El poder del Islam –afirmó Michel Aflaq, el ideólogo fundador del Baaz y cristiano de nacimiento– ha renacido para aparecer en nuestros días bajo una nueva forma: la del nacionalismo árabe.” [21]
La crítica islámica del nacionalismo árabe pasó de la teoría a la práctica. El nacionalismo árabe había incurrido en el error de romper el vínculo básico con el Islam durante la rebelión árabe; un vínculo que unía a los árabes con los turcos. Los nacionalistas árabes traicionaron a sus compañeros musulmanes para ponerse del lado de los ingleses, que naturalmente los traicionaron; una justa recompensa para quienes depositaron su confianza en los infieles. Los nacionalistas árabes, después de abandonar la confianza en Dios y en su Ley, agravaron su error convirtiéndose en liberales, fascistas y socialistas, imitando las ideologías extranjeras de moda. Y mientras los musulmanes mostraban respeto hacia la fe del Islam, los nacionalistas llenaban sus prisiones con los verdaderos fieles, quienes eran acusados de subversión por predicar la palabra de Dios. ¿Quién podría dudar de que la derrota a manos de los judíos y la caída de Jerusalén en manos sionistas representaban un castigo por desviarse del camino de Dios? ¿Acaso el propio Israel no demostraba el poder de la unión entre religión y Estado? Este tipo de lealtad al Islam ha disfrutado de un inmenso atractivo entre los miembros de dos colectivos de clase baja. El primero está integrado por los shi’íes, que representan una mayoría en Iraq y Bahrein, la mayor comunidad confesional en el Líbano e importantes minorías en Arabia Saudí y los Estados árabes del Golfo [24] . El nacionalismo árabe los reconoció como compatriotas árabes, pero glorificaba precisamente esa “edad de oro” de la historia árabe que los shi’íes lamentan por considerarla desastrosa, durante la cual sus héroes fueron martirizados por algunos de los mismos califas ensalzados por la historiografía nacionalista árabe. En la actualidad, las instituciones del Islam shi’í e incluso muchas familias shi’íes se encuentran a ambos lados de la frontera entre los Estados árabes e Irán, y por eso muchos shi’íes han considerado al nacionalismo árabe como una división artificial, incompatible con la simbiosis entre árabes y persas del shi’ísmo contemporáneo. Tras la revolución de Irán en 1979, muchos shi’íes en tierras árabes se identificaron tan profundamente con el éxito de ésta que declararon su lealtad al líder revolucionario, el ayatollah Jomeini, y rechazaron tanto el nacionalismo árabe como la lealtad a los distintos Estados en los que vivían [25] . La organización libanesa Hizbullah es la que ha llegado más lejos al respecto, profesando una obediencia absoluta al líder de la revolución islámica y denunciando a “los árabes” por su autocomplacencia y su capitulación ante Israel. [26] El otro colectivo de clase baja estaba formado por las decenas de millones de indigentes que habían abandonado el campo e inundado las ciudades, y cuyo destino empeoró debido al crecimiento de la población y el descenso de los ingresos por el petróleo. En los suburbios y los barrios de chabolas de El Cairo y Argel, no sólo las doctrinas del nacionalismo árabe sonaban obsoletas, sino que las promesas de prosperidad hechas por los Estados también les parecían huecas a quienes se encontraban en las garras de la pobreza y el desempleo. Cada vez más desposeídos ofrecían su lealtad a los movimientos islámicos, los cuales empleaban un vocabulario más familiar y reclamaban el restablecimiento de la ley islámica como la panacea para todos los males políticos, sociales y económicos. Estos movimientos islámicos estaban dispuestos a trabajar dentro de los Estados existentes, pero sólo por una cuestión de conveniencia. Sólo ofrecían su lealtad a la ley islámica, y se comprometieron a luchar por su aplicación allí donde fuera posible, incluso en el lejano Afganistán, donde muchos miles de musulmanes árabes luchaban como voluntarios contra las fuerzas soviéticas y su clientela de afganos “ateos”. Para estos creyentes, su comunidad política no finalizaba al cruzar las fronteras de ningún Estado, ni siquiera allí donde el árabe dejaba de ser hablado. Se extendía a cualquier lugar donde el Islam fuera mayoritario o tuviera que ser defendido. De este modo, en el vacío dejado
por el nacionalismo árabe después de 1967, dos ideas de
comunidad competían por la supremacía. Por un lado se situaban
quienes argumentaban que los habitantes de un determinado Estado constituían
un pueblo diferente en un sentido político. Los distintos regímenes
defendieron esta idea, pues legitimaba su pretensión de actuar
únicamente en interés del Estado –un Estado cada vez más
identificado con un determinado gobernante o grupo gobernante. Por el otro
lado se situaban quienes creían que todos los musulmanes constituyen
una comunidad política universal, por encima de cualquier autoridad
política más restringida. Esta idea favorecía a los
movimientos de oposición, pues negaba la legitimidad de todos los
regímenes existentes. Una inmensa brecha separaba estas dos visiones,
pero sus partidarios estaban de acuerdo en un punto: el nacionalismo árabe
había fracasado de manera irremediable, ya fuera por resultar demasiado
amplio o demasiado limitado para satisfacer la búsqueda de una identidad. BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
NOTAS.- [1] “Arab Nationalism: Mistaken Identity”, Daedalus, Verano de 1993. ( http://www.geocities.com/martinkramerorg/ArabNationalism.htm ). Segunda parte del artículo publicado en revista Alif Nûn nº 64 , octubre de 2008. (Nota de la Redacción). [2] Martin Seth Kramer nació en 1955 en la ciudad de Washington (Estados Unidos) y se especializó en Oriente Medio, Islam y política en el mundo árabe por el Washington Institute for Near East Policy , el Shalem Center y el Olin Institute de la Universidad de Harvard. (Nota de la Redacción). [3] Para más información, véase David Solar, “El nacimiento de Israel”, en revista Alif Nûn nos 59 (abril de 2008) y 60 (mayo de 2008) . (Nota de la Redacción). [4] Para más información, véase Edward Said, “Las consecuencias de 1948”, en revista Alif Nûn nos 59 (abril de 2008) y 60 (mayo de 2008 ). (Nota de la Redacción). [5] El autor se refiere a Cisjordania, conocida en inglés como West Bank, es decir, “orilla oeste”, refiriéndose al territorio situado en la orilla occidental del río Jordán. (Nota de la Redacción). [6] Para un debate moderno sobre la transición del nacionalismo árabe hacia una ideología política, véase Leonard Binder, The Ideological Revolution in the Middle East, John Wiley, Nueva York, 1964. [7] Para más información sobre este acontecimiento, véase David Solar, ob. cit. (Nota de la Redacción). [8] Traducido al inglés en Haim, Arab nationalism: An Anthology , págs. 233-41. [9] Sami al-Jundi, miembro del Baaz desde los años de su formación que escribió un devastador informe sobre el partido, citado por Elie Kedourie, Arabic Political Memoirs and Other Studies, Frank Cass, Londres, 1974, pág. 201. [10] Para más información sobre los primeros años del Baaz, véase Kamel S. Abu Jaber, The Arab Ba'th Socialist Party: History, Ideology, and Organization , Syracuse University Press, Siracusa, 1966; John F. Devlin, The Ba'th Party: A History from Its Origins to 1966 , Hoover Institution Press, Stanford, 1976; Kanan Makiya [Samir al-Khalil], Republic of Fear: The Politics of Modern Iraq , University of California Press, Berkeley y Los Angeles, 1989, págs. 149-257. [11] Para más información sobre este periodo, véase Malcolm H. Kerr, The Arab Cold War: Gamal 'Abd al-Nasir and His Rivals, 1958-1970, (3ª ed), Oxford University Press, Londres, 1971; P. J. Vatikiotis, Conflict in the Middle East , George Allen and Unwin, Londres, 1971. [12] En 1962, el último rey del Yemen es derrocado, y se establece la República Árabe de Yemen, conocida como Yemen del Norte, en situación casi continua de guerra civil hasta 1970. En la región de Adén, pese a los esfuerzos de Gran Bretaña por evitarlo, el antiguo dominio británico se transforma en 1967 en la República Democrática Popular del Yemen o Yemen del Sur, de orientación marxista. Aunque en la década de 1970 se producen varios enfrentamientos entre los dos Estados, e incluso dos breves guerras civiles (en 1972 y en 1979), en 1981 se llega finalmente a un proyecto de Constitución para un Estado reunificado. La ratificación de este acuerdo llega el 22 de mayo de 1990, cuando ambas repúblicas se funden en una, la República de Yemen. (Nota de la Redacción). [13] David Holden, Farewell to Arabia , Walker, Nueva York, 1966, pág. 101. [14] Abdul Aziz Said, “Clashing Horizons: Arabs and Revolution”, en People and Politics in the Middle East, ed. Michael Curtis, Transaction, New Brunswick, 1971, pág. 279. [15] Fouad Ajami, “The End of Pan-Arabism”, en Pan-Arabism and Arab nationalism: The Continuing Debate , ed. Tawfic E. Farah, Boulder, Westview Press, 1987, pág. 98. [16] La obra sobre la crisis del nacionalismo árabe después de 1967 que más invita a la reflexión continúa siendo: Fouad Ajami, The Arab Predicament: Arab Political Thought and Practice Since 1967 (edición actualizada), Cambridge University Press, Cambridge, 1992. Otros trabajos representativos de las valoraciones hechas por los intelectuales árabes, son: Abdallah Laroui, The Crisis of the Arab Intellectual: Traditionalism or Historicism?, University of California Press, Berkeley y Los Angeles, 1976; Samir Amin, The Arab Nation , Zed Press, Londres, 1978; Hisham Sharabi, Neopatriarchy: A Theory of Distorted Change in Arab Society, Oxford University Press, Nueva York, 1988; Paul Salem, Bitter Legacy: Ideology and Politics in the Arab World, Syracuse University Press, Siracusa, 1994. Para más información sobre diversas opinions emitidas por no árabes, véase Arab Politics: The Search for Legitimacy, Yale University Press, New Haven 1977; Jacques Berque, Arab Rebirth: Pain & Ecstasy , Al Saqi Books, Londres, 1983; David Pryce-Jones, The Closed Circle: An Interpretation of the Arabs, Harper and Row, Nueva York, 1989; Olivier Carré, Le nationalisme arabe , Fayard, París, 1993. [17] Salibi, A House of Many Mansions , págs. 218, 231. [18] Kamal Abu-Deeb, “Cultural Creation in a Fragmented Society”, en The Next Arab Decade: Alternative Futures, ed. Hisham Sharabi , Westview Press, Boulder (Colo.), 1988, pág.165. [19] Para más información sobre la situación política y social en el Líbano, véase Ana Mª García Campello, El Líbano: la incrustación de un Estado-nación , Editorial Erasmus, Barcelona, 2008; Georges Corm, El Líbano contemporáneo: historia y sociedad , Edicions Bellaterra, Barcelona, 2006. (Nota de la Redacción). [20] La consolidación del Estado árabe ha servido como tema para un trabajo de varios años sobre “Nación, Estado e integración en el mundo árabe” que ha generado cuatro volúmenes de estudios detallados. El más importante de estos estudios está recogido en Giacomo Luciani, ed., The Arab State, University of California Press, Berkeley y Los Angeles, 1990. [21] Michel Aflaq, Fi sabil al-ba'th , Dar al-Tali'a, Beirut, 1963, pág. 55. [22] Para más información sobre la figura de Sayyid Qutb, véase Redacción Alif Nûn, “ El reformismo musulmán: Los Hermanos Musulmanes a través del pensamiento político de Sayyid Qutb ”, en revista Alif Nûn nº 39, junio de 2006; Sayyid Qutb, La justicia social en el Islam , Editorial Almuzara, Córdoba, 2007; Tariq Rmadan, El reformismo musulmán , Edicions Bellaterra, Barcelona, 2000. (Nota de la Redacción). [23] Citado por Emmanuel Sivan, Radical Islam: Medieval Theology and Modern Politics , Yale University Press, New Haven, 1985, págs. 30-32. [24] Para más información sobre la situación de la comunidad shi’í en Arabia Saudí, véase Toby Jones, “ ¿Hacia dónde se dirige Arabia Saudí? ”, en revista Alif Nûn nº 64, octubre de 2008. (Nota de la Redacción). [25] Para más información sobre la revolución iraní, véase Amrei Rahman, “ Irán: luces y sombras de una revolución ”, en revista Alif Nûn nº 32, noviembre de 2005; Roberto Marín Guzmán, “ El derrumbe del viejo orden en Irán ”, en revista Alif Nûn nº 46, febrero de 2007. Para más información sobre la figura de Jomeini, véase Redacción Alif Nûn, “ La doctrina política de Jomeini ”, en revista Alif Nûn nº 46, febrero de 2007. (Nota de la Redacción). [26] Véase Gilbert Achcar / Michel Warschawski, La guerra de los 33 días: Israel contra Hezbolá en el Líbano y sus consecuencias , Editorial Icaria, Barcelona, 2007. (Nota de la Redacción). A Portada |
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