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Estimados
lectores:
La evolución política
y filosófica en Occidente ha conducido a la separación entre
Iglesia y Estado, entre razón y fe. Este hecho, que para el mundo
occidental ha sido hasta cierto punto una consecuencia lógica de su
devenir histórico, no resulta tan fácil de admitir para el
resto de civilizaciones –y, en concreto, para la islámica–, con unas
experiencias que han creado una realidad política y un clima espiritual
distintos a los de Occidente. Esta diversidad de perspectivas y comportamientos
que, en principio, no debería constituir un problema, comenzó
a serlo cuando un mundo occidental todopoderoso impuso su cosmovisión
al resto de civilizaciones y, además, pretendió que un proceso
que en Occidente fue producto de siglos de cambio en la mentalidad y en las
instituciones, fuera asumido por el resto del mundo de la noche a la mañana.
¿Significa esto que la libertad
política y el razonamiento lógico sólo son posibles
en el seno de una civilización cortada por el patrón occidental?
¿Acaso no existen otros modelos que asuman los principios de la razón
y la libertad sin renunciar a la dimensión espiritual y transcendente?
En el presente número de Alif Nûn trataremos de profundizar
en estas cuestiones a través de las diversas respuestas ofrecidas
por la civilización islámica.
El primer artículo reflexiona
acerca del concepto de razón conectado con la dimensión espiritual
del hombre, el cual es característico de la civilización islámica
tradicional, y lo compara con la concepción “biológica” de
la razón, la cual se ha impuesto en el mundo moderno. El segundo artículo
nos introduce en la dimensión mística del Islam, considerada
como un modo de comprender y conocer el mundo, y pone el acento en la íntima
conexión de esta dimensión mística con las otras formas
de conocimiento que se han dado entre los musulmanes a lo largo de la historia.
El tercer trabajo de este mes nos aproxima a la distintas – y a veces contradictorias–
respuestas políticas del Islam actual a cuestiones como la libertad
y la democracia, y destaca la dificultad que se tiene desde Occidente para
comprender el fenómeno político dentro del Islam. Por último,
y sin abandonar la política, presentamos la segunda parte del artículo
dedicado al nacionalismo árabe, que en esta ocasión se ocupa
de decisivo periodo transcurrido entre la creación del Estado de
Israel en 1948 y el comienzo de los años setenta.
La Dirección.
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No hace
mucho tiempo era habitual encontrar la siguiente opinión expresada
por intelectuales occidentales: “La mentalidad oriental es muy diferente
de la nuestra. No posee sentido del racionalismo crítico ni sentido
de la realidad” . Estas son palabras de E. F. Gautier, profesor de la Universidad
de Argel y uno de los principales ideólogos del colonialismo, quien
difundió falsedades históricas y argumentos racistas para justificar
y legitimar el imperialismo francés en el norte de Africa. Gautier
llegó hasta el punto de denigrar a Ibn Jaldún , el fundador
de la ciencia de la historia, negándole cualquier originalidad intelectual,
pues lo árabes no podían tener ningún sentido crítico
de la historia: “Este oriental poseía un poderoso espíritu
crítico. En otras palabras, tenía un sentido occidental de
la historia.”
En la actualidad,
estas ofensivas falsedades han sido reemplazadas por otra falsa dicotomía
que intenta dividir las culturas y perpetuar la separación entre
Oriente y Occidente. Según ésta, mientras el mundo occidental
tiende hacia el pensamiento lógico racional y el materialismo, el
oriental tiende hacia formas intuitivas de conocimiento y espiritualidad.
Esta percepción errónea lo único que hace es retomar
el dogma decimonónico manifestado por la crítica europea de
la historia de las religiones, según el cual la mentalidad oriental
o semítica es incapaz de alcanzar logros del pensamiento racional
tan elevados como los de la civilización helénica y occidental.
Estas opiniones se basan en alterar una realidad más profunda, según
la cual, desde hace varios siglos, Occidente cultiva la expansión
del conocimiento-información separada de cualquier tipo de cosmovisión
metafísica de carácter global, mientras que Oriente cultiva
el conocimiento del Ser dentro del marco de los Valores permanentes y de
la Verdad trascendente.
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Siempre que se
menciona el “Islam” debemos tener en cuenta que esta palabra designa una
religión de más de mil millones de personas, una religión
que ha florecido en gran parte de Asia, Europa y Africa durante más
de mil años y, más recientemente, en Norteamérica.
También debemos recordar que es difícil generalizar acerca
de cualquier religión. En este caso particular, los especialistas
han abandonado en gran medida el viejo hábito orientalista de hablar
sobre el Islam como si se tratara de una entidad única, claramente
identificable. Admiten de buena gana que, de hecho, nos encontramos ante
una multiplicidad de fenómenos o, si lo prefieren, ante “muchos Islam”.
En otras palabras, afirmar sin reservas que “el Islam cree esto” o que “los
musulmanes hacen aquello” es, cuanto menos, engañoso.
El hecho de que
los especialistas se muestren cautos a la hora de generalizar no impide
en ningún caso la percepción errónea de la mayoría
de la gente en Occidente, según la cual, en última instancia,
hay algo completamente definido que se llama “Islam”. Políticos,
ideólogos y medios de comunicación hablan constantemente del
Islam como si se tratara de un fenómeno único y simple, y
es obvio que lo hacen para favorecer sus propios intereses. Sin embargo,
si deseamos comprender la relación entre los acontecimientos actuales
y la tradición islámica, nunca deberíamos olvidar que
los musulmanes tienen trayectorias, divergencias culturales y diferencias
de creencia y de práctica tan complejas como las de los cristianos.
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La revolución
islámica de Irán provocó un fuerte impacto tanto en
las opiniones públicas como en las élites políticas
de todo el mundo. La victoria de Jomeini fue el primer quebranto de la lógica
bipolar: una revolución triunfó no sólo fuera de la
influencia de las dos superpotencias sino también venciendo a los
Estados Unidos, y lo hizo basándose en una ideología autónoma
y autóctona: el islamismo. A la decadencia de las ideologías
occidentales se le oponía el surgimiento de una ideología
que desde la perspectiva de la modernidad era vista como reaccionaria y
del pasado pero que, sin embargo, tenía una capacidad de movilización
popular como en Occidente no se recordaba desde hacía mucho tiempo.
En Europa
y los Estados Unidos, la reacción general a la ola islamista fue
una prolongación de la mentalidad iniciada con las Cruzadas. La simplificación
y la descalificación sin análisis todavía hoy continúan
estando a la orden del día, incluso entre los conocedores de Oriente.
Un ejemplo lo tenemos en la respuesta europea al golpe de Estado en Argelia
después de las elecciones que dieron la victoria al Frente Islámico
de Salvación . Desde el primer momento, la tendencia general fue
la de simplificar el problema al enfrentamiento de dos opciones: democracia
contra islamismo, que posteriormente la realidad se encargaría de
desmentir para mostrarnos un cuadro mucho más complejo. Desde la politología,
la aproximación al fenómeno islamista no fue mucho más
acertada ni de gran ayuda. La revolución islámica rompió
los esquemas utilizados hasta el momento y los politólogos, los
pocos que habían prestado atención al Oriente musulmán,
volvieron a dejar el campo libre a los orientalistas tradicionales, filólogos
en su mayoría en el caso español, cerrándose así
una perspectiva que debería haber ofrecido una visión más
matizada del islamismo como fenómeno político. Así,
en este espacio limitado, intentaremos ofrecer una aproximación a
algunos conceptos usados por el islamismo, con la intención de que
ayude a una comprensión más matizada de lo que significa esta
ideología.
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La distancia entre los
distintos discursos políticos se convirtió en un abismo en
1948, después de que las Naciones Unidas autorizaran la partición
de Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe . Cuando
los Estados árabes vecinos tomaron medidas contra Israel, declararon
estar combatiendo de común acuerdo, para mantener su compromiso con
sus hermanos árabes de Palestina. Pero, de hecho, hicieron justamente
lo contrario: cada uno llevó a cabo su propia guerra para defender
sus propios intereses, cada uno buscaba un distinto modo de actuar con respecto
a Israel. Fue una guerra muy disputada que finalizó con un Israel
en posesión de más territorio del que incluso le había
sido asignado por las Naciones Unidas, y con los Estados árabes como
reacios anfitriones de setecientos mil refugiados árabes.
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En el océano
del Ser,
olas errantes somos,
frente a ese mar en movimiento,
la perplejidad somos;
y aunque aparentemente somos ola,
burbuja, espuma,
todo cuanto sabemos es que
sólo agua somos.
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