¿HACIA DONDE SE DIRIGE ARABIA SAUDÍ? [1]

Toby Jones [2]


Mapa Arabia Saudi
        Durante la mayor parte de su historia, la familia real de Arabia Saudí ha mantenido el orden público ejerciendo un control absoluto, y a veces brutal, sobre la población del país. La casa real de los Saud no ha tolerado la resistencia a su autoridad, ni que ésta fuera cuestionada. Pero durante los alborotos de 2003, con la guerra en Iraq, los coches bomba de los terroristas en la capital Riad y los continuos enfrentamientos armados en La Meca y Medina, algo extraño comenzó a ocurrir en la monarquía petrolera. En primavera y verano, varios grupos de audaces ciudadanos saudíes presionaron a la familia real para rescatar al país de las fuerzas que lo mantienen estancado y para abrirlo a la reforma política. Esta vez, los gobernantes saudíes parecían dispuestos a escuchar, e incluso a alentar el diálogo. ¿Ha comenzado por fin la época de las reformas en Arabia Saudí?

Hay razones para el optimismo. La gran publicidad que el príncipe heredero Abdallah ha dado al hecho de aceptar el diálogo con los diversos grupos reformistas sugiere que, aunque sólo sea eso, hablar sobre la reforma se ha convertido en algo legítimo dentro de la vida pública. Los artículos de opinión de los periódicos saudíes demandan abiertamente mayores libertades y debaten sobre las posibles maneras de mejorar los problemas que persisten. Los nuevos reformistas, alineándose con el régimen, han empujado hábilmente a la familia real a una posición de la cual no puede echarse atrás con facilidad. Con la adecuada persistencia, los reformadores pueden llevar a cabo su labor a largo plazo, pero por ahora, las razones para el escepticismo son abundantes y poderosas: hay grandes dudas sobre la fortaleza de la base social que apoya la causa de los moderados, las fuerzas reaccionarias están creciendo y las luchas por el poder entre la familia real continúan bloqueando cualquier movimiento hacia delante.

Desastre inminente

Es bien sabido que el sistema económico, social y político del reino saudí exige una revisión urgente. El autor saudí Turki al-Hamad comentó recientemente que “hace veinte años podíamos permitirnos el lujo de disponer de tiempo. Podíamos elegir el ritmo que deseáramos para las reformas...Ahora, se trata de la reforma o del colapso.” [3] Desde la caída de los precios del petróleo ocurrida a mediados de los años ochenta, la fuerza de la economía saudí ha decaído considerablemente. Posteriores conmociones económicas, en especial el alto costo que supuso subvencionar la guerra del Golfo en 1991, provocaron estragos en un sistema poco sólido y dependiente casi por completo del caprichoso mercado internacional del petróleo. El rápido agravamiento de las presiones sociales promete peligros añadidos si no se toman medidas pronto. Aunque son escasos los datos precisos, esta claro que los gastos del gobierno superan a los ingresos, continuando la tendencia hacia un mayor endeudamiento iniciada a principios de los años noventa. Aún más inquietante resulta que cerca del 40% del presupuesto continúe dedicándose a la defensa, en lugar de hacerlo al desarrollo humano o a otros asuntos más urgentes.

En 1981, Estados Unidos y Arabia Saudí tenían una misma renta per capita de aproximadamente 18.000 dólares al año. Después de más de veinte años, la renta de Estados Unidos ha crecido hasta los 36.000 dólares, mientras que el promedio de ingresos de una familia saudí ha caído en picado, rondando ahora los 7.500 dólares. Los servicios sociales, incluyendo la atención sanitaria y un precio razonable para la vivienda, han empeorado, y las infraestructuras saudíes están en una situación de deterioro constante. Según la Embajada de los Estados Unidos, la población del país continúa creciendo cada año a un ritmo alarmante, con un índice de natalidad de siete hijos por mujer.  Las predicciones indican que sólo Riad, una ciudad que hoy tiene alrededor de 5 millones de habitantes, alcanzará los 11 millones para 2020. La inmensa mayoría de la población saudí (las cifras oscilan entre el 60 y el 70 por ciento), que ronda los 20 millones de habitantes, es menor de 25 años y está desempleada. [4] Teniendo en cuenta la dependencia casi total del país respecto a la mano de obra extranjera, es probable que el empleo continúe siendo escaso. Dado que el Estado ya no es capaz de subvencionar el bienestar de la nación, el futuro parece sombrío.

Aumentar la ansiedad generada por la incapacidad económica y por el espectro del desorden social absoluto es propio del régimen autoritario, siempre a la vanguardia mundial de los gobiernos opresores. Las minorías religiosas están marginadas. Los shi’íes, que viven principalmente en la rica provincia petrolífera de al-Hasa, en el este, y representan entre el 10 y el 20 por ciento de la población, han sido oprimidos sin piedad. La trayectoria de la monarquía respecto a los derechos de la mujer y a la mayoría de medidas adoptadas en relación a los derechos humanos, es peor que pésima, tal y como ha sido documentado por Human Rights Watch , el Departamento de Estado y otros. Los obreros extranjeros trabajan prácticamente como esclavos, sometidos a unas ambiguas leyes laborales que permiten su explotación ilimitada. Son frecuentes las detenciones sin ninguna acusación formal, son comunes las torturas de criminales y prisioneros políticos, y el correcto proceder de la justicia parece un sueño. Las confesiones forzadas llenan los registros policiales, mientras que la pena capital y los castigos físicos se aplican con alarmante regularidad. Los pesos pesados del régimen son corruptos y crueles, y mantienen el orden interno mediante el miedo y la amenaza de violencia. [5]  

Las demandas para reformar el mal funcionamiento del sistema saudí no carecen de precedentes. De hecho, el  éxito –aunque limitado– del actual movimiento reformista se debe en gran medida a una generación anterior de políticos pioneros. Un movimiento social islamista, organizado a lo largo de la década de los ochenta como resultado de la expansión de las instituciones religiosas y el regreso de los muyahiddin de Afganistán, estalló en ira durante el periodo de la guerra del Golfo de 1991. Si bien la exasperación contra el régimen permaneció acallada en el pasado, la guerra y la dependencia del país con respecto al ejercito estadounidense espoleó a los disidentes, quienes rompieron su silencio. Además, el movimiento islamista de oposición finalmente se había cansado de la corrupción del gobierno y de la traición a los austeros principios islámicos que los Saud afirmaban defender. Durante la década de los noventa, el régimen reprimió a los disidentes, llevando a algunos a declararse vencidos. Sin embargo, tal y como ha argumentado Gwenn Okruhlik, aunque la oposición islamista fracasó en derrocar al régimen, tal criterio para medir su éxito no es del todo apropiado. En esencia, los islamistas alteraron los términos del discurso político en el reino saudí, forzando a la familia real a tomarlos en serio. No obstante, incluso en el nuevo periodo de discusión y debate sobre la nación y la adecuada relación entre el Estado y el ciudadano, el brutal régimen resistió. [6] Lo que parecían ser significativos compromisos políticos, como la creación del Consejo Consultivo [7] y la Ley Básica de 1992, en realidad permitieron a los Saud centralizar más aún el poder y mermar la ya limitada participación política. [8]

“Mejor que ocurra desde arriba”

A mediados de enero de 2003, el príncipe heredero Abdallah –en la práctica, soberano del reino desde que su hermano el rey FahdRey Fahd sufriera un derrame cerebral en 1995 [9] – lanzó un llamamiento a la reforma política en todo Oriente Medio. Cuando fue preguntado por la iniciativa de Abdallah, Mohammed al-Mohaissen, secretario de un grupo reformista, contestó: “Creo que es sincero, pero para que sus ideas sean creíbles, antes deben aplicarse en Arabia Saudí”. Luego, añadió sarcásticamente: “también creo que ha reflejado muchas de nuestras ideas, así que quizás ya le hayan llegado las noticias de nuestros debates.” [10] Fue el grupo de Mohaissen quien se presentó ante Abdallah con la primera de las peticiones del año, llamada al-Ru'ya (“esperanza”), a finales de ese mismo mes. En la misiva se exigían cambios radicales. Se recomendaban amplias reformas que incluían la elección pública del Consejo Consultivo (Maylis al-Shura ), la justicia social, los derechos civiles, el final de la corrupción, la independencia y la reforma de la judicatura, la creación de instituciones de derechos humanos y la diversificación de la economía, así como la libertad de expresión, de reunión y de asociación. Insistiendo en la raíz islámica de la población, el documento subrayaba que el Corán establece que los gobiernos sean justos y que están obligados a consultar los “asuntos” con la comunidad [11] Sin embargo, ninguna mujer firmó el documento y la exigencia en favor de los derechos de la mujer se expresaba en términos imprecisos. [12]  

La segunda petición se produjo a finales de abril: una ambiciosa solicitud de reformas firmada por 450 hombres y mujeres shi’íes. Como en el caso de sus predecesores, los shi’íes pusieron el acento en la unidad islámica y nacional, así como en su apoyo explícito a la familia real. El documento, titulado “Socios en una sola nación”, expresaba su solidaridad con el grupo de enero y hacía una llamada al cambio estructural, así como a “la justicia, la seguridad, la igualdad y la estabilidad”. Sin embargo, más importante fue su petición de ayuda frente a las fuerzas que continúan actuando contra ellos en el país. El documento recomendaba acabar con la discriminación y “las tendencias fanáticas y sectarias que estimulan el odio”, y demandaba una adecuada representación de los shi’íes en los órganos de gobierno, tales como el Maylis al-Shura (de sus 120 miembros, sólo dos son shi’íes en la actualidad), el gabinete ministerial, los cargos diplomáticos, y en el terreno militar y de la seguridad. En la petición se imploraba al régimen que detuviera los arrestos e interrogatorios “ilegales”, la prohibición de viajar, las detenciones en la frontera y “los cacheos en privado acompañados de insultos.” También demandaban una reforma educativa, un programa nacional para promover la tolerancia, los derechos humanos, la libertad intelectual y religiosa, una legislación que permita juzgar los delitos de acoso, así como el anuncio público “por parte de los líderes de esta país del respeto a los derechos de los shi’íes en el reino y su igualdad con Maylis alShura el resto de ciudadanos.” [13] Finalmente, los peticionarios solicitaban mayor libertad para las asociaciones religiosas y de culto, el derecho a publicar libros religiosos y la creación de una organización oficial por parte del gobierno para supervisar los asuntos religiosos, así como el establecimiento de tribunales religiosos con  el “adecuado y legítimo poder ejecutivo.” [14]  

Haya o no tenido en mente a Arabia Saudí cuando lanzó su llamada a la reforma en la región, Abdallah ha ido dando cabida a los activistas saudíes, citando a cada grupo para mantener amplios debates. La buena disposición por parte del príncipe heredero a darles la bienvenida puede haber tenido menos que ver con el contenido actual del proceso de reformas que con el tono y el ritmo de éstas. Mientras que las tentativas reformistas del pasado constituyeron un desafío para la familia real, la generación del 2003 se ha alineado con el régimen. Hayib al-Junayzi, quien firmó la misiva de enero y asistió al primer encuentro con Abdallah, comentó en febrero que “nos guste o no, el cambio llegará desde arriba o desde abajo, y es mejor que ocurra desde arriba.” [15] Haciendo hincapié en la unidad islámica y nacional, han actuado como reformistas musulmanes progresistas y moderados que prefieren el actual régimen a una alternativa más reaccionaria. Hace una década, los reformistas exigían la responsabilidad de los Saud. En 2003 se habla de “contrato social” e intereses mutuos. [16]

Enorme malestar

Lo que parece ser una fusión de intereses mutuos es más probable que sea una toma de conciencia compartida de la precaria situación actual tanto de los reformistas como de Abdallah. Los ataques del 11 de septiembre y la revelación de que 15 de los 19 secuestradores eran saudíes han generado un intenso escrutinio internacional del régimen, sobre todo por parte de los Estados Unidos. La posterior guerra contra el terrorismo ha tenido dos efectos visibles en la política de Arabia Saudí. Primero, ha arraigado un miedo intenso a que fuerzas extranjeras amenacen la soberanía e integridad del país, sobre todo ahora que los Estados Unidos amplían sus esfuerzos militares a un ámbito global. Para agravar este miedo, algunos medios de comunicación norteamericanos “de andar por casa” y ciertos círculos “intelectuales” se han dedicado a desprestigiar a los saudíes. Si bien la critica contra la monarquía está claramente justificada, el tono injurioso de muchos malvados ha surtido efecto, generando la paranoia entre los saudíes de la calle de que los norteamericanos están llegando. La guerra de Iraq exacerbó el enorme malestar. Turki al-Hamad captó gran parte de este sentimiento prebélico: “Iraq es sólo el punto de partida. Arabia Saudí podría ser el siguiente objetivo, mientras Estados Unidos la considere como la cuna del terrorismo.” [17]  

La guerra aumentó la ansiedad, e incluso favoreció una desconfianza injustificada ente los reformistas saudíes. Durante la ofensiva militar, un artículo en el Wall Street Journal –más tarde traducido al árabe y ampliamente distribuido– sugería que los shi’íes de al-Hasa estarían dispuestos a separarse del país. [18] Después de que el artículo se difundiera, los rumores hicieron circular que la “liberación” de la provincia oriental se había convertido de hecho en política oficial de los Estados Unidos, y que los residentes en las áreas de predominio shi’í ambicionaban reestablecer el Gran Bahrein, antiguo nombre de la parte oriental de la península, que ahora corresponde al sur de Iraq, Kuwait y la isla nación del Golfo Pérsico. [19]  

Los líderes de la comunidad shi’í se esforzaron para evitar las insinuaciones de que desean unir sus fuerzas con los shi’íes iraquíes recién “liberados” y de que anhelan la intromisión de influencias externas en el país. Yâfar al-Shayeb, uno de los coautores de la solicitud a Abdallah, declaró que las peticiones de su grupo “se hicieron para cerrar la puerta a cualquier fuerza exterior que deseara ejercer presión sobre el reino y amenazara su unidad.” [20] De hecho, está claro que el documento de los shi’íes en concreto no es una reacción instintiva contra la guerra de Iraq ni un intento de generar presión solicitando apoyo exterior. Por el contrario, la petición expone que “en esta etapa, nuestra nación árabe e islámica se enfrenta a los retos más peligrosos. Hay una campaña masiva, global y hostil que intenta ofrecer una falsa imagen del Islam y los musulmanes. Además, los crímenes sionistas se desataron en los territorios palestinos ocupados a la vez que las fuerzas norteamericanas y británicas comenzaban su ataque intensivo sobre Iraq, sin ningún respeto por el Consejo de Seguridad, las Naciones Unidas y la opinión pública mundial, y ahora están lanzando amenazas contra otros países árabes e islámicos.” [21] Información adicional sugiere que tales sentimientos no son simples fanfarronadas políticas. Los resúmenes de los encuentros semanales celebrados durante los últimos tres años en Qatif, la mayor ciudad shi’í de la provincia oriental, y obtenidos para este artículo, indican que los líderes de la comunidad se reunían con regularidad para debatir sobre la política local, los asuntos sociales y su opinión acerca del modo de mejorar su integración en la sociedad saudí. [22]  

Segundo, el horror y la magnitud del 11 de septiembre obligó a Abdallah y a los reformistas saudíes a aceptar entre ellos a las fuerzas reaccionarias y su posible movilización, debido a la guerra contra el terrorismo. Mohammed al-Mahaissen admitió en una entrevista con un periodista norteamericano que “[el 11 de septiembre] suscitó muchas preguntas”, y añadió: “¿Qué hay detrás de todo ello? ¿quién es el responsable? El gobierno se dio cuenta de que debe escuchar las opiniones de dentro del país y buscar un margen de libertad para que estas cuestiones puedan ser discutidas.” [23] Antes de la guerra de Iraq, al-Mahaissen argumentó que “los actuales planes militares de Estados Unidos en la región sólo han servido para desestabilizar las sociedades y consolidar a un puñado de fuerzas reaccionarias.” Al-Mohaissen siente gran temor de que los esfuerzos estadounidenses para reformar el mundo árabe puedan provocar prolongadas dificultades a los activistas. Afirmaba que “los intentos de Washington para apropiarse de los objetivos y el lenguaje de nuestro trabajo de base nos han retrasado de manera considerable, debido al riesgo de que nuestro movimiento pueda percibirse como algo impuesto desde fuera.” [24]   Sus preocupaciones sobre tales fuerzas reaccionarias se tornaron proféticas cuando, el 12 de mayo, los terroristas llevaron a cabo un sangriento ataque contra los intereses norteamericanos y saudíes en Riad. 

Para los shi’íes, fuerzas parecidas que están operando en el reino pueden haber jugado un papel importante a la hora de que los shi’íes decidieran enviar su misiva. Al-Ahram Weekly, publicado en El Cairo, informó de que la petición shi’í “llegó justo después de que las autoridades anunciaran la investigación de una serie de mezquitas shi’íes en la provincia oriental que fueron incendiadas de un modo aparentemente premeditado.” [25] Aunque es difícil verificar la información de al-Ahram, se denunció abiertamente que varios lugares de culto en el este del país fueron atacados días después de que el grupo afincado en Qatif presentara su petición a Abdallah. Se ha informado de otros casos de luchas sectarias, entre los cuales se incluye la violencia física entre jóvenes shi’íes y sunníes, así como la profanación de un cementerio shi’í en Annak, una población al sur de Qatif cercana al Golfo Pérsico.

El verdadero poder de estas fuerzas reaccionarias se desconoce en gran medida. Tal y como dejan claro los datos sociales y económicos antes mencionados, hay razones de peso que conducen a la desesperación y son alimento para los islamistas radicales. Por otro lado, la base social que apoya las reformas también se desconoce. La clase media está desapareciendo y se ha creado una gran bolsa de saudíes pobres que continúan albergando esperanzas, aunque con pocas posibilidades reales. Un clero alternativo, mucho más radical en su mensaje y temido por los moderados, saca provecho como consecuencia de la preocupación existente. [26] Varios saudíes me han comentado que el número de extremistas supera en un amplio margen al de quienes poseen una mentalidad más progresista. La certeza con la cual los ciudadanos dan testimonio de este “hecho”, incluso sin ser capaces de citar datos exactos, lo convierte en una verdad convincente, sea cual sea la realidad objetiva. Incluso después de los atentados de mayo, los cuales no discriminaron entre grupos  religiosos o nacionalistas, sabemos muy poco. El gobierno ha optado por hablar más abiertamente sobre terrorismo y afirma estar luchando contra los “malhechores [27] ”. Sin embargo, su posición no resulta coherente. [28] Las aclamadas victorias del gobierno –todas las cuales da la casualidad que tienen lugar cuando presuntos militantes se estrellan contra controles policiales– aparecen en los periódicos nacionales, pero su guerra contra el terrorismo plantea más preguntas que respuestas acerca del alcance de la amenaza islamista radical.

La unidad islámica y los límites de la reforma

El principio de la unidad islámica es fundamental para la nueva iniciativa reformista. En teoría, hay esperanza de que se abra un espacio a la participación de la diversa población de Arabia Saudí. A principios del verano en Riad, el príncipe heredero actuó como anfitrión en una reunión de líderes religiosos de todo el reino para promover el pluralismo. Al-Majalla, un semanario de Yedda, ha dicho que el Foro Nacional para el Diálogo es “el primero de su clase en la historia saudí”. El grupo incluía “hanbalíes salafíes, shi’íes duodecímanos (de Qatif, al-Hasa y Medina), shi’íes ismaelíes (de Nayran), así como representantes de las escuelas sunníes malikí y shafi’í. Los sufíes estaban representados hasta cierto punto.” [29] El diálogo se centró en una conocida serie de temas progresistas, sobre todo la definición de “unidad nacional” y la importancia de la ley islámica y del clero en el proceso. Otros asuntos incluían la ampliación de los esfuerzos para oponerse a las fuerzas que amenazan con “disolver” la nación, la promoción de la diversidad de pensamiento, los derechos y las responsabilidades de la mujer en la sociedad, la libertad de expresión y las actuales resoluciones religiosas (fatawa, sing. fatwa) –su conexión con la realidad social y sus efectos sobre la unidad nacional y la cohesión interna. La asistencia de líderes religiosos históricamente oprimidos fue saludada por varios participantes. Abd al-Aziz al-Jadr, un periodista y escritor musulmán, señaló que la reunión representaba “un gran paso” para superar las antiguas divisiones. Qays bin Muhammad al-Sheikh Mubarak, profesor de filosofía del derecho en la Universidad Rey Faisal de al-Hasa, comentó que simbolizaba una “piedra angular” en la construcción de la identidad nacional. [30]  

Abdullah ben AbdulAziz Sin embargo, promover una visión compartida de la unidad islámica, incluyendo también un espacio para la pluralidad de ideas, es una tarea de enormes proporciones. Históricamente, las autoridades religiosas oficiales en Arabia Saudí han tenido un tremendo poder a la hora de determinar la orientación e infraestructura teológicas del reino. Como es bien sabido, la religión “oficial” del reino es una variante puritana del Islam cuya teología proviene del pensador del siglo XV Ibn Taymiyya y del predicador del siglo XVIII Muhammad ibn Abd al-Wahhab. Históricamente, los wahabíes no han acogido bien la idea de pluralidad. Por ejemplo, en fecha tan tardía como 1991, líderes religiosos oficiales de alto rango se pronunciaron contra los shi’íes. Ese año, Sheikh Abdallah bin Yibrin, un destacado erudito religioso, hizo un llamamiento para el exterminio de los shi’íes. Aunque no haya sido recogido por la prensa, en las semanas posteriores a que el grupo reformista shi’í se reuniera con el príncipe heredero Abdallah, un clérigo sunní en el este del país reiteró este llamamiento, dirigido previsiblemente a aumentar la tensión.

La crisis en torno a los principios islámicos va más allá de los conflictos sectarios. La cuestión de quién posee la máxima autoridad para definir la religión y las instituciones religiosas –o incluso debatir sobre ellas– ha sido planteada en la prensa, demostrando en sí misma la importancia del diálogo. El 27 de mayo, el ministro de información despidió sin contemplaciones a Yamal Jashoggi de su cargo como editor del periódico saudí “liberal” al-Watan, por criticar los poderosos intereses religiosos. Jashoggi había escrito previamente sobre otras tentativas de reforma progresistas, aunque destacó por su crítica a los manejos de la policía religiosa saudí (mutawwa'in), conocida oficialmente como “comisión para la promoción de la virtud y la prevención del vicio”. En la edición del 2 de mayo de al-Watan, publicó un controvertido artículo criticando a Ibn Taymiyya y echando por tierra a los responsables de los atentados del 12 de mayo y sus corruptas justificaciones del yihad. [31] En el artículo de opinión que le costó su empleo, el antiguo editor escribió en unos términos sorprendentemente similares a los empleados justo unas pocas semanas después en el Foro Nacional para el Diálogo. Respecto a la importancia de proteger la nación, Jashoggi escribió: “la patria, que tememos pueda convertirse en una segunda Argelia, es un millón de veces más preciosa e importante para nosotros que Ibn Taymiyya.” [32]  

Un incidente parecido tuvo lugar más tarde, durante el verano. El 1 de julio, el columnista saudí Hussein Shobokshi escribió un artículo en el que imaginaba la liberalización del país y hablaba en contra de las posturas conservadoras respecto a la mujer, los derechos humanos y las diferencias sectarias. La respuesta del público al artículo fue diversa. Aunque algunos lo encontraron valiente, Shoboshki también recibió amenazas de muerte. Un correo electrónico le advertía en estos términos: “no te extralimites o serás castigado por Dios y sus seguidores en este mundo.” Shobokshi dijo que el príncipe heredero le escribió comentando que “le gustó el artículo, pero que yo no debería hacer enfadar a tanta gente.” [33] El comentario de Abdallah apenas refleja una postura mínimamente firme respecto al asunto de la reforma, lo cual indica que él tampoco puede o quiere hacer frente a las fuerzas reaccionarias que operan en el reino. La vulnerabilidad de aquellos que desafían el actual estado de cosas se confirmó de nuevo semanas más tarde, cuando Shobokshi fue despedido discretamente a causa de este asunto. Episodios como éstos hacen surgir serias dudas respecto a la política interna de la familia real y la táctica familiar de enfrentar entre sí a los grupos políticos y sociales para prevenir los desafíos al poder.

Seguridad es libertad

Sean cuáles sean sus verdaderas intenciones, el príncipe heredero Abdallah todavía no posee la autoridad para poner en práctica el programa de reformas. Hay otras fuentes de apoyo al proyecto dentro de la familia real, pero éstas son limitadas. En un artículo del periódico de financiación saudí afincado en Londres, al-Sharq al-Awsat, el príncipe Turki al-Faisal, embajador saudí en Gran Bretaña, declaró que “reformar el reino no es una opción, es una necesidad.” El adornó un poco esta declaración cuando afirmó que “las autoridades saudíes siempre han estado a la vanguardia en aplicar las reformas”, y sugirió que “después de los ataques del 11 de septiembre, nos hemos vuelto más abiertos y entusiastas respecto a las reformas, mientras que los Estados Unidos se han vuelto más cerrados.” [34] Aún así, su postura es de dominio público. Aunque algunos de los Saud parecen apoyar públicamente los cambios progresistas, también hay claros signos de advertencia de que las reformas de peso serán sacrificadas en el altar de las luchas internas por el poder en la familia real.

Uno de los principales rivales de Abdallah en la lucha por el poder, el príncipe Nayif, quien actúa como ministro de interior,Nayif AbdulAziz responsable de los servicios de inteligencia y jefe de policía, además de supervisor de la mutawwa'in, es el más activo en eludir cualquier esfuerzo serio de reforma. Cuando en enero fue preguntado por la carta de los reformistas, Nayif comentó con impaciencia: “Ya lo he dicho claramente: no al cambio, sí al desarrollo.” De acuerdo con Nayif, “el cambio supone cambiar algo que ya existe, y todo lo que existe en el reino está ya sólidamente establecido; no obstante, hay espacio para el desarrollo; un desarrollo que no se oponga a los principios de la nación.” El aplastó las esperanzas de formación de partidos políticos, una de las principales demandas de los reformistas. “Este [sistema de partidos políticos] no existe en la actualidad, pero, como todo el mundo sabe, lo que existe en el país es algo muy parecido.” [35]  

Como responsable de los distintos servicios de policía no militar, Nayif está especialmente implicado en la seguridad interna, una posición que le concede un enorme poder. Señalando en concreto a los reformistas y las cuestiones por ellos planteadas, Nayif alegó que, al no haberse superado todavía las amenazas contra la seguridad y la estabilidad del país, “las actuales circunstancias no son propicias para plantear o hablar sobre tales asuntos.” Cuando lo sondearon acerca de las perspectivas de cambio en el futuro, comentó que “las reformas tendrán lugar tanto si el pueblo las solicita como si no. Pero ahora debemos centrarnos en la crítica situación actual que nos rodea.” Hablando sobre la amenaza del terrorismo, concluyó: “todos los países hoy en día están preocupados por salir de esta situación crítica con un mínimo de pérdidas. No piensan en nada, salvo en esta dolorosa situación.” [36] Los atentados de Riad, varios meses después, justifican los comentarios de Nayif en los cuales afirmaba que hay fuerzas que amenazan la seguridad y la estabilidad del reino.

Sin embargo, sería exagerado deducir que Nayif estaba seriamente preocupado con los extremistas en el escenario saudí. Por el contrario, ha manipulado de manera sistemática sus “preocupaciones” para mantener un enorme servicio de inteligencia y así extender su control lo más ampliamente posible. Antes de los ataques de mayo, Nayif comentaba con regularidad que “seguridad equivale a libertad”, aunque nunca identificara ninguna amenaza específica. De hecho, de sus comentarios en el otoño de 2002 se deduce que rechazaba admitir que existiera ninguna amenaza interna en concreto. En una entrevista concedida a al-Sharq al-Awsat a finales de noviembre de 2002, Nayif explicaba a grandes rasgos sus opiniones acerca de la situación nacional. Cuando se le preguntó sobre las células durmientes de al-Qaeda , dijo que, si bien había de hecho algunos en Arabia Saudí que abrigaban “pensamientos violentos”, ellos no planteaban ninguna amenaza seria porque buscaban de buenas maneras “ofrecer consejos a los funcionarios y plantear algunas demandas.” También dijo que “por supuesto, encuentras discusiones de estos grupos en publicaciones de internet”, pero éstos se caracterizan por ser “exagerados y absolutamente disparatados”. Nayif insinuó que la amenaza no era seria en absoluto, pues “las posiciones de estos grupos no son consecuentes con la realidad” y “quienes dan voz [a estas posturas] no se sienten obligados a rendir cuentas porque no están dando la cara.” [37] A Nayif no parecía preocuparle que sus comentarios contradijeran su estribillo habitual de que la seguridad saudí está constantemente amenazada. Entretanto, están paradas las reformas que podrían mejorar la crisis que proporciona a los reaccionarios su base social, y más de 30 personas murieron en violentos ataques en los que las fuerzas de seguridad saudíes estaban mal preparadas o poco dispuestas a intervenir.

Considerando sus declaraciones públicas sobre seguridad, parecería que los atentados del 12 de mayo socavarían la credibilidad de Nayif y podrían erosionar su poder. Después de todo, las fuerzas de seguridad saudíes fracasaron en arrestar a un simple sospechoso durante la semana anterior a los atentados, cuando la policía descubrió su escondrijo y un enorme alijo de armas en el mismo lugar de Riad en el cual tuvieron lugar las explosiones. En esta ocasión, todos los sospechosos huyeron al amparo de la noche, mientras que la policía renunciaba a perseguirlos. En cambio, lo contrario es cierto. Los saudíes de a pié hablan ahora de la urgente necesidad de seguridad y dicen que el cambio no debe ir en detrimento de la estabilidad. A pesar de su inclinación a asumir posturas contradictorias simultáneamente, Nayif ha moldeado el actual discurso nacional sobre qué es más urgente: la reforma o la seguridad. Incluso Abdallah está de acuerdo con él. A principios de agosto, el príncipe heredero anunció en la televisión saudí la creación en Riad del Centro para el Diálogo Nacional, una de las medidas solicitadas por los participantes en el Foro Nacional para el Diálogo . Según Arab News, la apertura del centro representa “un paso más hacia el fomento de un diálogo nacional entre personas que tienen diferentes puntos de vista.” [38] Sin embargo, los ambiguos comentarios de Abdallah redujeron la importancia del pluralismo, por no decir de la reforma, y en su lugar se centró en la necesidad de unidad nacional para hacer frente a la amenaza contra la seguridad. “Expresar la opinión de un modo responsable –comentó– tendrá un impacto en la lucha contra el extremismo y creará un ambiente donde puedan surgir puntos de vista a tener en cuenta y nuevas ideas que rechacen el terrorismo.” Sin embargo, está siendo ignorado el mensaje de los reformistas, es decir, la posibilidad de que los militantes puedan ser mejor combatidos a través de cambios estructurales y políticos.

Es difícil decir que ocurrirá si el poder continúa dando largas al programa de reformas. Por ahora, los reformistas no están hablando en público sobre las consecuencias de esta pasividad. Sin embargo, Yâfar al-Shayeb sin duda está cerca de hacerlo cuando dice: “Creo que es el momento adecuado para tratar seriamente el asunto [de las reformas], con absoluta lealtad a la unidad y la seguridad de la nación, en lugar de permitir que se convierta hasta tal punto en algo grave que surja el peligro y se transforme en un dilema social que no podamos controlar.” [39]

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA


-    Pascal Ménoret, Arabia Saudí. El reino de las ficciones , Edicions Bellaterra, Barcelona, 2004.
-    VV.AA, Revista Hesperia nº8 . Especial Arabia Saudí, Editorial Fundación J.L. Pardo / Tres Culturas, Madrid, 2007.
-    Sandra Mackey, Los saudíes , Editorial Paidós, Barcelona, 2004.
-    Craig Unger, Bush y los Saud , Editorial del Bronce, Barcelona, 2004.
-   VV.AA., El Golfo Arábigo/Pérsico: hacia un nuevo equilibrio de poder , Instituto Hispano Árabe de Cultura, Madrid, 1981.




NOTAS.-


[1] Traducido del inglés a partir del artículo titulado Seeking a "Social Contract” for Saudi Arabia y publicado en MER Magazine, nº 228, otoño de 2003. ( http://www.merip.org/mer/mer228/228_jones.html ). (Nota de la Redacción).   

[2] Toby Jones se doctoró en Historia por la Universidad de Standford y actualmente es profesor en el Departamento de Historia del Swarthmore College de Filadelfia (Estados Unidos). Es especialista en historia, política y religión en Oriente Medio, donde ha vivido y trabajado durante varios años. (Nota de la Redacción)

[3] Associated Press, 9 de febrero de 2003.

[4] Agradezco a Bob Murphy que me facilitara el material empleado en esta sección.

[5] Véase Riyad Najib al-Rayyes, Viento tóxico: Arabia Saudí y los Estados de la Península Arábiga después de la guerra del Golfo, 1991-1994, 1991-1994 , Riad El-Rayyes Books, Londres, 2002. (En árabe).

[6] Gwenn Okruhlik, “Networks of Dissent: Islamism and Reform in Saudi Arabia”, Current History , enero de 2002.

[7] El Consejo Consultivo, con funciones únicamente de asesoramiento, está formado por 90 miembros y un presidente nombrados directamente por el rey para un periodo de cuatro años. (Nota de la Redacción).

[8] Véase A. Abu Hamad, Empty Reforms: Saudi Arabia's New Basic Laws, Human Rights Watch, Nueva York, 1992. La Ley Básica, redactada y puesta en práctica en 1992 –unos 53 años después de que se planteara por primera vez– es un código para legitimar el sistema autoritario. La ley está dirigida a anular de manera permanente los derechos políticos básicos de los que en cierto momento habían disfrutado los saudíes, incluyendo la eliminación del derecho de los ciudadanos a elegir sus líderes provinciales.

[9] Recordemos que el príncipe Abdullah fue proclamado rey de Arabia Saudí con el consenso de la familia al-Saud, al fallecer el rey Fahd el 1 de agosto de 2005. (Nota de la Redacción).

[10] Christian Science Monitor , 15 de enero de 2003.

[11] The National Reform Document , enviado al príncipe Abdallah en enero de 2003.

[12] Arabia Saudí mantiene una postura discriminatoria respecto a los derechos de la mujer, incluso si la comparamos con la del resto de los países de su entorno, como es el caso de Kuwait. Para más información, véase Mary Ann Tétreault, “ Los derechos de la mujer y el concepto de ciudadanía en Kuwait ”, en revista Alif Nûn nº 58, marzo de 2008. (Nota de la Redacción).

[13] “Socios en una sola nación”, presentado el 30 de abril de 2003.

[14] Esto significa, entre otras cosas, que las minorías religiosas podrían disponer de tribunales propios, de acuerdo a sus principios religiosos, para dirimir los conflictos surgidos entre individuos de una misma comunidad. Este ha sido el caso de buena parte de las sociedades musulmanas tradicionales, como el Imperio Otomano, y actualmente también sucede en algunos países como Egipto. Para más información, véase Redacción Alif Nûn, “ Política y sociedad en el Imperio Otomano ”, en revista Alif Nûn nº 34, enero de 2006; Joseph Maila, “Los árabes cristianos”, en revista Alif Nûn 56 (enero de 2008) y 57 (febrero de 2008) ; Caridad Ruiz-Almodóvar, El derecho privado en los países árabes. Códigos de estatuto personal. Edición y traducción , Universidad de Granada, Granada, 2005. (Nota de la Redacción)

[15] Associated Press, 9 de febrero de 2003.

[16] The National Reform Document.

[17] Associated Press, 9 de febrero de 2003.

[18] Wall Street Journal, 3 de febrero de 2003.

[19] El autor fue preguntado en persona en varios ocasiones sobre la veracidad de los rumores según los cuales el Congreso norteamericano estaría debatiendo la reconstrucción del Gran Bahrain. La región también es conocida como Viejo Bahrein o Dilmun. Entre el puñado de historias locales escritas acerca de esta región, véase Muhammad Ali Salih al-Shurafa, La provincia oriental de Arabia Saudi: civilización e historia , Tihama Publishers, Damman (Arabia Saudí), 1992, pág. 50. (En árabe).

[20] Associated Press, 12 de mayo de 2003.

[21] Extraído del documento “Socios en una sola nación.”

[22] El grupo, llamado “Asamblea Cultural del Martes” (Muntada al-Thulatha' al-Thaqafi), se reunió 28 veces durante el curso académico 2002-2003. Entre los temas tratados se incluyeron: “¿Cómo proteger nuestra sociedad?”, “El desarrollo del discurso político en la sociedad” y “Los derechos humanos: entre la teoría y la práctica”. La Asamblea invitaba con regularidad a oradores de dentro y fuera de Arabia Saudí.

[23] Christian Science Monitor , 15 de enero de 2003.

[24] Mohammed al-Mohaissen, “A Saudi Dissident's Agenda for Democratic Reform”, International Herald Tribune , 3 de marzo de 2003.

[25] Al-Ahram Weekly, 15-21 de mayo de 2003.

[26] Véase Okruhlik, ob. cit.

[27] Extraído de una declaración realizada por el ministro de información el 24 de julio de 2003, en respuesta a las filtraciones de la investigación del Congreso de los Estados Unidos sobre los atentados del 11 de septiembre y las acusaciones de complicidad saudí en los mismos.

[28] Una característica de la guerra de los saudíes contra el terror ha sido presentar a las 19 personas implicadas en los atentados del 12 de mayo como los representantes de la única amenaza dentro del país. El ministro del interior, el príncipe Nayif, dijo al principio que el número total de “terroristas” dentro del reino no ascendía a más de 50. A mediados de agosto, de acuerdo con las noticias de los medios de comunicación, alrededor de 200 personas habían sido arrestadas. Véase Al-Watan , 13 de agosto de 2003.

[29] Ali al-'Amim, “National Visions, Not Sectarianism”, al-Majalla , 19 de julio de 2003. (Para más información sobre los distintos grupos musulmanes citados en el pasaje anterior, véase Yusuf Fernández, “ El Islam y las escuelas jurídicas ”, en revista Alif Nûn nº 43, noviembre de 2006. [Nota de la Redacción]).

[30] Ali al-'Amim, ob. cit.

[31] Para más información sobre la interpretación del yihad en el Islam tradicional, frente a la concepción islamista moderna, véase Seyyed Husein Nasr, “ El significado espiritual del yihad ”, en revista Alif Nûn nº 54, noviembre de 2007. (Nota de la Redacción).

[32] Al-Watan, 22 de mayo de 2003.

[33] Associated Press, 16 de Julio de 2003.

[34] Al-Sharq al-Awsat, 16 de marzo de 2003.

[35] Saudi Gazette, 20 de marzo de 2003.

[36] Ibid.

[37] Al-Sharq al-Awsat, 28 de noviembre de 2002.

[38] Arab News, 4 de agosto de 2003.

[39] Extraído de un comunicado de prensa sin fechar emitido por el grupo que estaba detrás de la petición  llamada “Socios en una sola nación.”


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