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Estimados
lectores:
La Península
Arábiga constituye el corazón del mundo árabe. De allí
proceden todas las oleadas de pueblos semitas que se han ido expandiendo
a lo largo y ancho de Oriente Medio y del norte de Africa durante miles de
años. Desde un punto de vista lingüístico se consideran
árabes todos aquellos pueblos que hablan la lengua árabe en
sus distintas modalidades dialectales, y que en la actualidad representan
más de doscientos millones de personas. Pero desde un punto de vista
étnico, la cuestión es completamente distinta, pues de esos
doscientos millones de áraboparlantes, sólo una pequeña
minoría es de raza árabe, es decir, semita. Estos semitas se
asientan sobre todo en la Península Arábiga, pues en casi todo
el resto del mundo árabe, las poblaciones semitas se han ido mezclando
con sustratos humanos anteriores a su llegada (pueblos camitas, negros, mediterráneos,
circasianos...), dando lugar a las distintas tipologías humanas que
actualmente predominan en estas regiones.
En el número de Alif Nûn de este mes dedicaremos una especial
atención a esa región del mundo árabe que es la Península
Arábiga. El primero de los artículos analiza la contradictoria
situación política y social en Arabia Saudí, un país
cuyo gobierno mira con recelo a la apertura a las libertades civiles y que,
sin embargo, representa para las democracias occidentales uno de los aliados
más importantes de la región. En el segundo artículo
nos trasladamos al Yemen de la mano de sus mujeres, una fuerza en alza en
un país donde el apego a ciertas tradiciones todavía marca
la vida de su población femenina. En nuestro tercer artículo
no nos alejamos mucho del Yemen pues, al otro lado del Mar Rojo, nos situamos
en el puerto de Suakin, lugar de paso de numerosos pueblos y civilizaciones
a lo largo de su milenaria historia. Para terminar, nuestro cuarto y último
artículo forma parte de un amplio monográfico que dedicaremos
al nacionalismo árabe, y que publicaremos, Dios mediante, en tres
entregas. En esta primera parte, el texto analiza de forma crítica
la génesis del nacionalismo árabe durante el periodo de dominación
otomana, y también se ocupa de los primeros procesos de independencia
de los Estados árabes durante los años treinta y cuarenta del
pasado siglo.
La Dirección.
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Durante la mayor parte de su historia,
la familia real de Arabia Saudí ha mantenido el orden público
ejerciendo un control absoluto, y a veces brutal, sobre la población
del país. La casa real de los Saud no ha tolerado la resistencia a
su autoridad, ni que ésta fuera cuestionada. Pero durante los alborotos
de 2003, con la guerra en Iraq, los coches bomba de los terroristas en la
capital Riad y los continuos enfrentamientos armados en La Meca y Medina,
algo extraño comenzó a ocurrir en la monarquía petrolera.
En primavera y verano, varios grupos de audaces ciudadanos saudíes
presionaron a la familia real para rescatar al país de las fuerzas
que lo mantienen estancado y para abrirlo a la reforma política. Esta
vez, los gobernantes saudíes parecían dispuestos a escuchar,
e incluso a alentar el diálogo. ¿Ha comenzado por fin la época
de las reformas en Arabia Saudí?
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Bilqis, la mítica
reina de Saba, fue recibida por el rey Salomón en el siglo X antes
de nuestra era. “Ella dio a luz al Yemen...”, afirma Zeynab. En el siglo
XII se alzó Arwa, la musulmana que asombró a su mundo como
soberana de los fieles. Casada con Mukkarram, heredero del fundador de los
sulayhides, logró el poder en 1067 por orden de su esposo, afectado
de paraplejia . Las tribus más belicosas no tardaron en atacar la
capital, Sana’a. “Arwa y sus hombres se refugiaron en las fortalezas de Haraz
y unificaron el país”, concluye Zeynab, una estudiante de 23 años
que parece una auténtica descendiente de esa estirpe de mujeres legendarias.
La piel de ébano, los inmensos ojos negros, la finura física,
Zeynab posee la gracia de Bilqis y la ambición de Arwa. Ella lucha
por mejorar la condición de la mujer yemení. Su sueño
es ver surgir otras Bilqis y Arwa.
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“[...] Ese mismo
día llegamos a la isla de Sawakin (Suakin). Esta isla está
a seis millas de la tierra firme y no tiene agua, ni sembrados ni árboles;
traen el agua en barcas, pero también hay zafareches para recoger
la lluvia [...] tienen muchas cabras, así como manteca y productos
de la leche, de los cuales llevan una parte a La Meca. [...] Cuando llegué
a esta isla, su sultán era el jerife Zaid Ibn Abu Numayy.”
Ibn Battuta, A través del Islam.
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Tres versos marcan la trayectoria
de la conciencia nacional árabe. “¡Despertad, oh, árabes,
y alzaos!” da inicio a la famosa oda de Ibrahim al-Yaziji, escrita en 1868
en el Líbano . George Antonius utilizó este verso como epígrafe
de su influyente libro de 1938, El despertar árabe, y como la primera
declaración del recién nacido deseo de independencia árabe
respecto al dominio otomano . “¡Toma nota, soy un árabe!” da
comienzo al renombrado poema de resistencia cuyo autor es el poeta palestino
Mahmud Darwish, escrito en 1963 para reafirmar una identidad árabe
negada por Israel y Occidente . El poema pasó inmediatamente a formar
parte del corpus del nacionalismo árabe, siendo recitado de memoria
por toda una generación de escolares. Durante el siglo que separan
estos dos versos, millones de personas fueron despertando y alzándose,
insistiendo ante el mundo y entre ellos mismos que se los tomara en cuenta
como árabes.
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Ante su puerta,
¿cuál es la diferencia
entre musulmán y cristiano, virtuoso y
culpable?
Ante su puerta todos son buscadores y Él
el buscado.
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