TUAREG:
LA REBELIÓN DE LOS HOMBRES AZULES [1]


Issa ag Amnastane


Tuareg: este nombre evoca fantásticas imágenes de maravillosos escenarios saharianos, de interminables y lentas caravanas de camellos entre las dunas de arena rojiza, de fogosos escuadrones de caballos montados por bandidos con turbante de un color azul inconfundible, y de esbeltas figuras femeninas que llevan su hermoso rostro enmarcado por largos cabellos finamente trenzados y visten un corpiño negro con motivos geométricos en rojo.

Sin embargo, hoy tuareg es sinónimo de minoría oprimida, de hombre nacido libre pero hostigado por los que no toleran sus desprecioArea Expasion Tuareg de las fronteras políticas que han destrozado su mundo ancestral. Y es sinónimo también de un pueblo refractario a todo tipo de asimilación y perseguido por rebelde; de un pueblo que ha sido “señor del desierto” y ahora se ve condenado a representar el aspecto folclórico ante unos turistas que recorren impunemente su antiguo reino. 

Se han perdido las huellas del origen de los tuareg. Unos les atribuyen ascendencia egipcia; otros, yemenita; incluso hay quien les considera descendientes de una antigua tribu europea. Pero la mayoría cree que se trata de un pueblo bereber, procedentes quizá de los garamanti, los antiguos habitantes del Sahara. Se sabe con certeza que durante largos siglos dominaron enormes extensiones del desierto viviendo del pastoreo y del comercio y atacando las caravanas y las poblaciones sedentarias.

Durante mucho tiempo esos nómadas y sus caravanas constituyeron la armazón de un intenso comercio a través del Sahara: desde las ciudades-estado del Africa occidental transportaban oro y mercancías valiosas al Magreb musulmán, desde donde llegarían a las ricas mansiones europeas, dejando a cambio sal y otros productos de su artesanía [2] . Hacia el año 1500 se sintieron tan fuertes que atacaron el reino de Songhai y de Bornu, al norte de Nigeria.

Lengua y población

Los tuareg no se distinguen por unos rasgos físicos comunes. El nombre con que han pasado a la historia –tuareg– se lo dieron los europeos para distinguirlos de los otros pueblos [3] . Pero ellos se llaman con el nombre de la familia o del clan y más aún con el de su lengua común, el tamahak al norte y el tamashek al sur, derivadas ambas del bereber. De ahí su verdadera designación: Kel tamashek (los que hablan el tamashek) y kel tamahak (los que hablan el tamahak ). También ha sido objeto de un estudio intenso su escritura original, el “tifinarh”, de origen fenicio. En el pasado sólo la conocían las mujeres y todavía hoy encontramos sus caracteres grabados junto a las pinturas rupestres tan abundantes en el Shara. Se conoce también la existencia de un “lenguaje mudo”, usado para transmitir mensajes secretos en los tratos comerciales o en las relaciones amorosas: el dedo índice traza complejos ideogramas en la palma de aquel a quien se dirige el mensaje.

La falta de censos oficiales hace casi imposible determinar su número. Se calcula que son un millón, distribuidos en cinco Estados: Níger (500.000), Malí (300.000), Libia (50.000), Burkina (30.000) y Argelia (20.000) [4] . Los que siguen practicando el nomadismo en el Sahara o viven en los macizos montañosos de Ahaggar, Tassili o Air no llegan a cien mil; los demás se han desplazado hacia el sur por el Sahel o las grandes ciudades sahelianas.

Sociedad

La organización social de los tuareg es la típica de los pueblos pastores y guerreros; se da mucha importancia a la nobleza de sangre. Tradicionalmente, las tribus tuareg formaban una confederación dependiente de un jefe supremo, el amenokal, escogido entre las tribus nobles, los imajiaghen, que tenía poder de vida y muerte sobre sus súbditos, aunque siempre estaba expuesto a las insidias de otros nobles –los imuhar –; sus decisiones más importantes tenían que ser avaladas por el consejo de los jefes, el arrollan. La insignia del poder es el tobol, el gran tambor real. Después de las independencias nacionales, el amenokal fue elegido en la asamblea nacional argelina de la que fue también antiguamente vicepresidente.

La estructura tradicional era claramente feudal: estaba dividida en cinco clases feudales cerradas: no podía pasarse de una a otra. Los nobles –los imuhar– proporcionaban los guerreros y aseguraban su protección a los vasallos –los imrad – dedicados al pastoreo y a la conducción de caravanas. Estos, a su vez, encargaban los trabajos más pesados a la casta de los iklan , los servidores, que solían ser ex esclavos. La casta inferior era la de los bella o barratin, verdaderos “siervos de la gleba” de piel negra. Por último, estaban los inaden o “sin casta”, es decir, los artesanos que trabajaban el hierro y el cuero. No eran aficionados al nomadismo, sino que iban de un campamento a otro, cuando se lo pedían, para ofrecer sus servicios.

Hoy, el término imajiaghen, sinónimo de imuhar o noble, se aplica a todos los que pertenecen a la cultura tuareg, pero perviven las sutiles distinciones entre las castas: todo kel tamashek pude reconocer el origen social de un individuo por el nombre de su tribu y por su comportamiento.

Mujer Tuareg Niger La alimentación, ahora como antes, se basa en la leche y sus derivados; el mijo y los dátiles comprados o cultivados por los siervos. Los animales se matan sólo en las grandes fiestas. El camello es el más preciado a causa de sus resistencia en los viajes por el desierto; los tuareg tienen también ovinos y caballos. Hay muchos asnos que viven en libertad y carecen de valor comercial.

Al contrario de lo que ocurre en otros pueblos bereberes, los tuareg no llevan tatuajes. Hombres y mujeres se pintan los ojos con kohl, polvo negro de sulfuro de antimonio. Los muchachos se rapan la cabeza dejándose sólo en medio una cresta que, según ellos, servirá a Alá para llevarlos a rastras al paraíso. Las mujeres llevan largas cabelleras anudadas con trenzas; en ocasiones especiales se pintan la cara de rojo o amarillo y los labios de azul, formando una especie de careta que sirve de adorno y de signo mágico. A veces, hombres y mujeres se hacen dos o tres incisiones lineales en la frente y en las mejillas, convencidos de que esos signos dan fuerza y elegancia y eliminan las jaquecas. Los que pertenecen a las castas superiores suelen ser altos y delgados, de piel clara, rostro alargado, nariz prominente, ojos oscuros y penetrantes.

En general, viven en tiendas (imahan ) o en cabañas transportables, pero tienen diversos tipos de casas fijas hechas con bloques de tierra apisonada con paja (tub). La zeriba es una vivienda temporal hecha con follaje, el dahmus , una casa fresca para el verano excavada parcialmente en el terreno.

Los tuareg son monógamos, aunque un hombre que emprende un largo viaje puede tener concubinas de casta inferior. La mujer goza de más consideración que en otras sociedades musulmanas y puede pedir el divorcio por su propia iniciativa [5] . La religión es una mezcla de islamismo y creencias ancestrales, relacionadas con los juun o espíritus de la naturaleza [6] .

Persecuciones y sequía

El delicado equilibrio de esta estructura tradicional se ha visto profundamente trastocado por diversos factores. En tiempos de la colonización, los límites territoriales no constituían un obstáculo para los movimientos de los tuareg. Francia acabó con su tradicional sistema de las razzias. La independencia de las antiguas colonias originó una auténtica tragedia. La autoridad de los nuevos gobiernos que no se impusieron con un triunfo guerrero, resultó enseguida insoportable, casi un verdadero insulto a los “hombres azules”. Además, los nuevos jefes pertenecían a las etnias agrícolas y sedentarias del sur del Sahel, que habían servido a los tuareg de depósitos de esclavos y de ganado. Es, pues, comprensible su deseo de vengarse de los antiguos “bandidos”.

Ya en 1963, en Malí, el régimen del socialista Modibo Keita envió al norte sus tropas para controlar a los pueblos nómadas. Mataron a hombres y animales y muchos campamentos fueron incendiados. Las grandes sequías que en los años 70 sufrió el Sahel abatieron aún más a los tuareg, empujándolos hacia el sur. Allí chocaron con la hostilidad de los pueblos agrícolas africanos cuyos pastos no bastaban para alimentar los inmensos rebaños de los nómadas. Unos se refugiaron en Argelia y Libia en busca de trabajo. La mayor parte acabaron en las grandes capitales africanas como Bamako, Niamey, Yamena o Kano. Los ricos formaron una nueva clase: la burguesía urbana. Los pobres se vieron obligados a mendigar o a vender objetos de madera y cuero a la entrada de los hoteles. Muchas jóvenes se dedicaron a la prostitución. Algunos descubrieron profesiones más modernas como la de mecánico o guía de turismo. La imagen de los “hombres azules”. Que nunca enseñan el rostro y tienen la piel teñida de azul como sus vestidos, es ya mítica para el viajero occidental en busca de exotismo.

Conflictos

En 1986, Argelia expulsó a 10.000 tuareg, que pasaron las fronteras de Malí y Níger. En marzo de 1990, otros 18.000 salieron de Libia, donde se habían refugiado, y volvieron a Níger, donde el presidente Alí Seibou les aseguró la reintegración en el medio social del país. Sin embargo, los recién llegados fueron “aparcados” en campos provisionales que carecen de todo. Seibou lanzó un llamamiento a la comunidad internacional y obtuvo una ayuda de mil millones de pesetas, que en gran parte desaparecieron en los bolsillos de los dignatarios locales.

Tuareg 1907 Los tuareg de Tchin-Tabaraded se indignaron y el 18 de mayo asaltaron la gendarmería local. Los datos oficiales señalan 73 muertos entre los asaltantes y 9 entre los soldados y civiles. La represalia ordenada por el gobierno de Niamey fue desproporcionada: atacó a los nómadas con paracaidistas, blindados y jeeps. Mons. Hippolyte Berbier, obispo dimisionario de Niamey, reveló más tarde al semanario francés “Express” que había habido más de 600 hombres, mujeres y niños asesinados.

En el mes de junio, los soldados malianos de guarnición en Menaka detuvieron a un grupo de tuareg que habían entrado en Malí para escapar de la matanza de Tchin-Tabaraded. El día 28 la población nómada asaltó la gendarmería con el propósito de apoderarse de las armas. También allí la reacción del gobierno fue terrible y hubo docenas de muertos, incluso entre la población civil, por sospechas de haber ayudado a los rebeldes. La rebelión se extendió pronto por toda la parte septentrional de Malí, al norte del río Níger. Las pérdidas de la fuerzas regulares fueron enormes.

El presidente de Malí, Moussa Traoré, se sintió muy inquieto y se apresuró a convocar una “cumbre” de los cuatro países interesados en la cuestión de los tuareg. El 8 y el 9 de septiembre de 1990, los jefes de Estado de Níger, Malí, Libia y Argelia se reunieron en Djanet, al sureste de este último país. El traje tuareg, ostentado por el dirigente libio Gadafi, irritó a Traoré y Seibou, que acusaron a Argelia y Libia de acoger, armar y lanzar a los rebeldes contra ellos. Gadafi y Benyedid, presidente de Argelia, rechazaron estas insinuaciones y, a su vez, acusaron a Níger y Malí de querer aniquilar a los tuareg. Poco después, el ministro francés Bernard Kouchner, al terminar un viaje por los dos países sahelianos, afirmó de nuevo el apoyo a la política llevada a cabo desde Bamako y Niamey.

Fuera de la integración

En Malí, la resistencia tuareg asumió la forma de una secesión: los nómadas reclamaron la independencia de todo el territorio al nortePastor Tuareg de Tombuctú y de Gao (más de la mitad de la superficie del país) que desde siempre había pertenecido a las tribus nómadas y es rico en recursos mineros. El gobierno respondió cerrando las fronteras y haciendo lo posible por impedir la difusión de las noticias. Pero a finales de 1990, la prensa argelina reprodujo los testimonios de algunos tuareg que consiguieron huir. De ellos se infiere que hubo un auténtico genocidio.

En marzo de 1991, el presidente maliano Moussa Traoré fue derribado por su propio ejército. En el programa de democratización prometido por el nuevo presidente, el coronel Amadou Toumany Touré, no podría faltar el viejo problema de los tuareg. El nuevo hombre fuerte manifestó muy pronto su deseo de encontrar una solución negociada. Convocó para el 18 de diciembre de 1991 una conferencia especial sobre el norte. Previamente, el presidente Toumany Touré anunció el fin de la violencia contra los nómadas, la liberación de los detenidos y el principio de una tregua. Autoridades malianas y representantes de los tuareg llegaron a un acuerdo que prevé la creación de una comisión para investigar los actos de violencia por ambas partes, asimismo, es la encargada de proseguir las consultas entre las autoridades y los tuareg.

Es la primera vez que se afronta con seriedad el problema de los tuareg. El ejemplo de Malí debería servir para que se tomaras medidas similares en los otros Estados afectados. Existen ya en Africa dos ejemplos que podrían constituir un punto de referencia: en Somalia y Mauritania cohabitan, incluso a nivel de administración estatal, etnias sedentarias y nómadas. Hay que decir, sin embargo, que en estas naciones el concepto de Estado está poco estructurado. También aquí los pueblos pastores viven en condiciones de inferioridad respecto a los demás.

En el exilio

La hipótesis de la creación de un Estado tuareg en medio del Sahara no se hará realidad. Las fronteras coloniales en Africa no se tocan, según un principio consagrado en la OUA. Quizás podría ser una solución válida la concesión de cierta autonomía a las zonas habitadas por los nómadas, otorgada por los cuatro Estados interesados. Y esto por dos motivos: ante todo, porque acabarían así los conflictos entre las poblaciones sedentarias y las nómadas; y luego, porque cesaría la trágica degradación ambiental del Sahel. Fouad Ibrahim, un agrónomo que trabaja en la zona por encargo de la ONU, opina que la única forma de vida que no amenaza el ecosistema saheliano es el nomadismo. El continuo desplazamiento de los grupos humanos con sus ganados permite que la vegetación crezca regularmente e impide que se agoten las fuentes de agua y los pastos. La política de sedentarización forzosa de los nómadas ha ocasionado más daño que provecho.

“La ignorancia completa de los factores ambientales –continúa Fouad– y la indiferencia ante las necesidades y expectativas de los nómadas, a los que nunca se les ha preguntado sobre este particular, ha originado programas de ayuda ingentes y costosos. Estos, por estar condicionados a la aceptación previa de la cultura agrícola, no sólo han resultado completamente inútiles, sino desastrosos para las naciones del Sahara meridional”. La concentración de hombres y animales en terrenos dedicados a cultivos permanentes no ha conseguido más que el avance del desierto, el empobrecimiento del suelo fértil y la destrucción de millones de árabes.

Es indudable que la vida nómada es dura y difícilmente comprensible para el que no es nómada. Pero no puede perdonarse fácilmente el hecho de que los tuareg ni los otros pueblos nómadas no hayan podido nunca expresar su parecer acerca del gobierno de un territorio que ha sido suyo durante siglos, y del estilo de vida que han tenido desde tiempos inmemoriales.

Hoy son ellos los que pagan el precio de este error. En tiempos de carestía –cada vez más frecuentes–, para recibir ayudas aceptarán establecerse en áreas designadas por los gobiernos centrales. Pero reanudarán enseguida su peregrinar. Porque, paradójicamente, para los “hijos del viento”, la sensación del exilio es una de las más dolorosas.

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

-    Alberto Vázquez-Figueroa, Tuareg , Editorial Debolsillo, Barcelona, 2002.
-    Alberto Vázquez-Figueroa, Los ojos del tuareg, Editorial Debolsillo, Barcelona, 2005.
-    Moussa Ag Assarid, En el desierto no hay atascos , Editorial Sirpus, Barcelona, 2006.
-    Carlos Puerto, La rosa del desierto (infantil), Editorial Edelvives, Zaragoza, 2007.
-    Enrique Páez, Abdel (juvenil), Editorial SM, Madrid, 2004.


NOTAS.-

[1] Revista Mundo Negro nº 350, febrero de 1992, pags. 36-41. (Nota de la Redacción).

[2] Para más información, véase Basil Davidson, “Los imperios musulmanes del Africa Occidental ”, en revista Alif Nûn nº 33, diciembre de 2005. (Nota de la Redacción).

[3] No se conoce exactamente la etimología de la palabra twareg pero se sabe que es el plural de targuí (en femenino targuiá). Se supone que tal etnónimo procede de una antigua ciudad del Fezzan llamada Targa. En las lenguas bereberes targa suele aludir a un canal fluvial, principalmente al tipo de cauce que en árabe se conoce como uad o wadi. (Nota de la Redacción).

[4] En el año 2008, se estima que la población total de tuareg es de un millón doscientos mil. Véase BBC Q&A: Tuareg unrest. (Nota de la Redacción).

[5] Al contrario de una creencia muy extendida, en el Islam la mujer tiene derecho al divorcio. Tal y como se establece en Corán, 2.229: “[...] no hay inconveniente para ninguno de los dos [los esposos] en que ella obtenga su libertad compensando al esposo.” La compensación (jul) a la que se refiere es la devolución al marido de la dote que éste debe entregar a su esposa antes de la boda. Otro asunto son las presiones sociales o institucionales que las mujeres puedan recibir en algunos países musulmanes para impedir su acceso al divorcio. La traducción de la aleya coránica ha sido extraída de El Corán, edición traducida y comentada por Raúl González Bórnez, Miraguano Ediciones, Madrid, 2006. (Nota de la Redacción).

[6] Los juun a los que se refiere el autor corresponden a los yunun (sing. yinn) de la tradición islámica, a los cuales el Corán dedica incluso una de sus azoras. (Nota de la Redacción).


A Portada
© 2008 KÁLAMO LIBROS, S.L., MADRID  (España)