AR-RAB AL-KHALI:
EL DESIERTO INFINITO [1]


Daniel van der Meulen [2]



Los desiertos de la Península Arábiga tienen una extensión de más de 2 millones de kilómetros cuadrados [3] . La parte suroriental,Mapa Rub al Khali conocida con el nombre de Ar-Rab al-Khali –en castellano, “ el territorio vacío”–, ocupa cerca de la mitad de la superficie total y es tan inmensa y desolada que las pocas tribus que desde tiempos inmemoriales viven en sus márgenes suelen llamarla bahr as-safi, el “mar puro”, entendiendo por ello un mar de arena.

Esta parte de la Península Arábiga ha sido una de las últimas regiones de nuestro planeta en ser explorada por el hombre blanco. Hasta hace poco nada se sabía a ciencia cierta de ella [4] . Los beduinos hablaban de un pueblo, los beni ad (es decir, los “no creyentes”), que hace muchos siglos habían vivido en una Arabia distinta de la actual, con más agua y vegetación. Según la leyenda, los beni ad construyeron unos enormes monumentos de piedra y grabaron  figuras de camellos, de hombres y de flechas, en las oscuras capas de arena endurecidas que cubren las paredes de los uads o lechos secos de los ríos del desierto. incluso se decía que habían edificado una ciudad en el corazón del “mar de arena” [5] . Sin embargo, estas historias no llamaron la atención de los arqueólogos occidentales, que las consideraban completamente fantásticas. Si al desinterés unimos los riesgos que suponía la existencia de numerosas tribus guerreras e independientes en sus márgenes, es fácil comprender porque ningún occidental exploró estos lugares hasta fecha reciente.

Bertram Thomas Oman El primer europeo que apareció por la región fue el alemán Alfred von Wrede, que afirmaba ser de origen egipcio. En 1843 pretendió explorar el desierto de Ar-Rab al-Khali partiendo desde el sur, pero al cabo de poco tiempo se vio obligado a desistir de su empresa. Medio siglo después, otro alemán, Leo Hirseh, y un matrimonio inglés llamado Bent, realizaron también exploraciones por la Arabia meridional, pero no llegaron al famoso desierto.

Los hombres que consiguieron convertir en realidad la empresa de desvelar el misterio de Ar-Rab al-Khali fueron tres británicos: Bertram Thomas, Harry St. John Bridger Philby y Wilfred Thesiger. Pertenecían a la última generación de exploradores “clásicos”, es decir, de aquellos hombres que se adentraban en el desierto a lomos de camello o en ardua marcha detrás de una caravana, la forma más fatigosa, pero también la mejor, para recoger informaciones y material de estudios. Esta fue también la forma en que von Wissmann y el autor de este artículo realizamos nuestras expediciones en los confines meridionales de Ar-Rab al-Khali.

En mayo de 1931, von Wissmann y yo llegamos a la parte más oriental del Protectorado Británico de Adén. En realidad, el control británico se reducía exclusivamente a la capital, pues el resto del territorio era prácticamente independiente [6] . De esta región, que recibía el nombre de Hadhramaut, procedían el 99% de los árabes que emigraban a las Indias Orientales holandesas. Por esta razón, el gobierno británico me había encomendado la empresa de recoger más informaciones sobre esta parte de Arabia casi inexplorada, y estudiar las condiciones políticas y sociales de la región. Le pedí a mi von Wissmann que viniese conmigo para levantar el mapa de los lugares que debíamos atravesar y realizar otras muchas observaciones científicas.

Finalmente llegamos a los límites de Ar-Rab al-Khali. No nos sentíamos muy animados a adentrarnos en una tierra tan desiertaHadhramaut después de lo que habíamos visto en aquel oasis de prosperidad  que es el valle de Hadhramaut. Como nuestra misión oficial terminaba allí, volvimos las espaldas a aquella tierra calcinada y tan poco prometedora, en la que la vegetación y la vida animal parecían desaparecer. Les deseamos “mucha suerte” a una de las pocas caravanas que se cruzó en nuestro camino. Pero cuando nos detuvimos para el acostumbrado intercambio de noticias, recibimos una respuesta absolutamente inesperada: “Se dice que un extranjero, un nasrani (cristiano), acompañado de algunos hombres animosos de la tribu de los dhufani, intenta atravesar las extensiones de arena desiertas y está viajando hacia el nordeste en dirección a Qatar”. Les miramos consternados. ¿Cómo lo habían podido saber? Centenares de kilómetros de un país prácticamente desierto se encontraban entre nosotros y aquel hombre blanco solitario.

Posteriormente averiguamos que el misterioso explorador blanco del que hablaban los beduinos era Bertram Thomas. Pocas semanas después Philby partiría también hacia Ar-Rab al-Khali y conseguiría recopilar importantes datos geográficos sobre esta área. Pero la verdadera labor de exploración de este desierto se la debemos principalmente a Wilfred Thesiger. Hombre de complexión robusta, Thesiger creía en su misión tanto como sus acompañantes beduinos en Alá. Así, el y sus guías intentaron juntos lo que ningún occidental ni ningún árabe habían logrado hasta entonces. La expedición atravesó varias veces el desierto de Ar-Rab al-Khali y viajó a lo largo y a lo ancho de sus confines. Estos hombres sabían perfectamente dónde y cómo moverse, pues conocían los lugares precisos en los que encontrarían el agua y la vegetación suficientes para mantener con vida a sus animales.

Thesiger era muy comunicativo y sabía cómo tratar a la gente, lo que constituyó sin ninguna duda el secreto de su éxito. Sin embargo, sería injusto disminuir el mérito de sus predecesores, pues fueron ellos quienes atrajeron la atención del mundo sobre esta zona desconocida y por mucho tiempo olvidada. Desde un punto de vista estrictamente científico, a ellos se debe también gran parte del descubrimiento, pues indicaron a Thesiger el camino y le inspiraron en la misión que habría de desarrollar.

Son pocas las tribus de beduinos que viven en los confines de Ar-Rab al-Khali y sólo algunas se aventuran a adentrarse en él después de la estación de lluvias. Pero de todas formas no se arriesgan a alejarse demasiado de los pozos de agua. Von Wissmann y yo intentamos descubrir lo que significaba vivir en los límites de la supervivencia en mayo de 1939, cuando viajamos al país en que vivía la tribu de los awamir. Partiendo del uad de Hadhramaut, emprendimos el camino acompañados de algunos camellos y un guía. Después de varias jornadas por el desierto, nos acercamos a los lugares donde según creíamos deberían encontrarse los awamir.

Buscamos en vano algunos signos que revelasen la presencia de seres humanos, pero sólo divisamos a una gacela que huyó ante nuestra presencia. Poco después, sin embargo, encontramos una caravana de cuatro camellos con dos hombres, una mujer anciana y cuatro niños pequeños. Luego pasamos cerca de dos casas o fortines cuadrados, hechos de adobe. En lontananza divisamos varias de estas torres cuadradas, excelentes puntos de referencia. Parecía que nos estábamos acercando al inhóspito país de los awamir. Sobre la meseta rocosa llegamos a atravesar dos estrechos canales de varios kilómetros de longitud, construidos para recoger el agua de la lluvia y llevarla hasta el ancho lecho del uad, en cuya margen occidental se alzaban las torres cuadradas. Los beduinos vivían aquí, unos en cabañas y otros en cavidades situadas bajo rocas salientes. Estos refugios naturales estaban resguardados por muros de piedras colocadas unas sobre otras.

Las viviendas se encontraban agrupadas en la ladera rocosa sobre el lecho del uad. Un tosco y primitivo muro protegía las casas, que se amontonaban en el interior del recinto. La parte inferior del muro estaba hecha de piedras superpuestas y la parte superior era de adobe. Las casas tenían también las paredes de piedra, pero el techo era de arcilla sujeta con ramas. Hombres y animales vivían juntos en las casas y en las cuevas.

Mujer Awamir Este poblado de los awamir mostraba todavía las señales de la guerra y del saqueo. El suelo de esta región no proporcionaba los medios suficientes para sobrevivir, por lo cual los habitantes intentaban satisfacer sus necesidades con la rapiña y el botín. El estado de guerra era semipermanente en los confines del desierto. se abandonaba la agricultura y se atendía más la ganadería, ya que los animales podían ser trasladados y escondidos. Las tribus más débiles, como los awamir, sufrían continuas vejaciones por parte de sus rapaces vecinos y estaban a punto de extinguirse. De esa manera, la tierras áridas se hacían cada vez más pobres y perdían vegetación. Afortunadamente, la intervención de la aviación británica, que persiguió y bombardeó los núcleos habitados más importantes de la belicosa tribu vecina de los shahari, alivió la situación desesperada de los awamir. Con estas medidas, los ingleses trajeron la paz a la región. Ninguno de los hombres que vimos llevaba fusil, pues este arma había perdido de improviso gran parte de su utilidad, al asumir el gobierno británico la protección de las tribus y el mantenimiento del orden.

Cerca de estas viviendas había agua. Los awamir habían construido un dique de considerable altura dentro del lecho del uad, creando inteligentemente una pequeña presa. El agua de la lluvia afluía allí y se acumulaba en cantidad suficiente como para abastecer las necesidades del campamento. Los awamir llamaban kharif a estas reservas de agua. En los alrededores de la zona había otros depósitos similares para uso de hombres y animales. Cuatro muchachas beduinas se ocupaban de dar de beber a sus ovejas y cabras. Los animales eran pequeños, tal vez a causa de la escasez de forraje. Los camellos, que beben mucho agua, tenían unos lugares separados sólo para ellos, claramente diferenciados de los que se utilizaban para el consumo de las personas.

Un muchacho, que se había unido a nuestra caravana al mediodía, nos dejó luego llevándose dos camellos recién nacidos. Partió hacia algún campamento donde seguramente vivirían sus padres. Con una sonrisa de felicidad se despidió de nosotros calculando que estaría en casa al amanecer. Mantenía a los dos pequeños camellos atados con una cuerda. No llevaba comida ni agua para el camino, pues esperaba que una vez llegara a la cueva de su familia encontraría allí todo lo necesario. 

Después de varios días de marcha por el desierto, estábamos ya cerca de nuestra meta: Bir Tamiz. En las paredes del uad había numerosas cuevas que habían sido habitadas por los beduinos. En aquel momento sus moradores se encontraban en las llanuras con los rebaños. Más adelante, en el transcurso del año, volverían a buscar abrigo contra las frías noches en estas cuevas bajas y alargadas, cuya entrada está protegida contra las repentinas aguas del uad por toscos muros de piedra. Llegamos luego a un lugar con señales de haber acampado en él un considerable número de personas. Cerca había un cementerio donde reposaban los restos mortales de los nómadas que habitaban la región limítrofe del Ar-Rab al-Khali. El gran cementerio de los awamir se hallaba junto a la confluencia de los uads de Jari y Mahredun, pero situado a cierta altura para resguardarlo de las súbitas crecidas producidas por las lluvias. Una enorme roca procedente de las paredes del uad había sido colocada en el centro del cementerio. Junto a ella se encontraban las tumbas más grandes y mejor cuidadas, cada una de las cuales tenía dos columnas de piedra clavadas en la parte de la cabeza y en la de los píes del difunto, respectivamente, según una costumbre islámica muy difundida. En la roca había multitud de orificios llenos de ofrendas, y asimismo estaban clavados los cañones de viejos fusiles.

En torno a la citada roca, pero algo alejados, había un centenar de pequeños montoncitos de piedras, que debían de ser las tumbas deThesiger los pobres. Descubrimos por el suelo bandejas y bolsas hechas con hojas de palma y pieles desecadas que habían sido utilizadas como odres. Una botella rodaba atrás y adelante movida por el viento. Trozos de sillas de camello y hasta latas de petróleo metidas en cestos habían encontrado el camino para llegar hasta allí. Contamos al menos diez fusiles, hasta hacía poco tiempo el objeto más preciado y costoso que los beduinos podían poseer. Una cuna beduina estaba apoyada contra un pequeño montón de piedras. Era una de aquellas cunas tan prácticas que las madres beduinas llevan consigo a todas partes, estrechamente apretadas al costado. Alguna mujer debió de haberla abandonado junto a la tumba de su pequeño. Sin duda, aquella infeliz madre tuvo que integrarse al eterno peregrinaje de su tribu y pensó que no había razón alguna para llevarse un objeto que resultaba ya superfluo. Nuestros acompañantes nos dijeron que en este lugar eran sepultados los wali (hombres considerados santos), y por eso el beduino que partía para un largo viaje dejaba allí las armas y los objetos de uso cotidiano de los que podía prescindir, con la certeza de que nadie se atrevería a robárselos.

Tras una breve etapa de camino hacia el norte llegamos por fin al oasis de Bir Tamiz. Con gran sorpresa por nuestra parte, no encontramos en este lugar un pozo de aguas subterráneas sino una especie de aljibe. El lecho del uad, bajo una delgada capa de arena, era de roca maciza. Bir Tamiz era una cavidad en el fondo de esta roca, es decir, un depósito creado por la naturaleza, no por el hombre. Como decían nuestros acompañantes, Alá era su creador. Este oasis debía de ser conocido desde tiempos antiquísimos, porque las cuerdas empleadas para sacar los recipientes llenos de agua habían hecho numerosos y profundos surcos en las paredes de la roca. El agua, que se podía ver desde la posición en que nos encontrábamos, parecía ser de un color marrón verdoso. Las burbujas de aire subían a la superficie donde nadaban multitud de renacuajos. Este es el inconveniente de todas las aguas estancadas y conservadas en aljibes, cisternas o hendiduras naturales de las rocas. El agua huele muy mal, e incluso resulta repugnante. En los oasis que carecen de un muro protector alrededor de la embocadura del pozo, el agua siempre tiene estas características. Los alrededores de las aguas estancadas suelen estar impregnados de orina y cubiertos de una capa de excrementos secos. Ni siquiera a nuestros compañeros awamir parecía gustarles el agua de Bir Tamiz, aunque alababan su calidad.

Habíamos alcanzado el punto más septentrional de nuestro viaje. En vano escrutábamos el lejano horizonte en busca de algún detalle que permitiera adivinar lo que había más allá. Sólo se divisaba una llanura rocosa monótona e ilimitada. Cerca de nosotros discurrían los serpenteantes uads que hendían el desierto con sus rocosas cuencas. A lo lejos se extendía una llanura sobre cuya superficie pedregosa caía sin piedad el sol de mediodía.

Años más tarde tuve la posibilidad de viajar partiendo del norte a aquellas tierras del interior que constituyen el verdadero bahr al-safi, el “mar de arena”. Esta expedición me brindó la ocasión de contemplar y explorar dos magníficos cráteres producidos por la caída de algún meteorito en el desierto. uno puede pasarse allí el día entero sin oír más ruidos que el silbido de la arena que choca, empujada por el viento, contra los afilados bordes de las desoladas colinas rocosas. Cualquier otro movimiento, cualquier otra vida animal o humana estaban ausentes. Aquello era el verdadero Ar-Rab al-Khali, la tierra del eterno silencio. En los confines meridionales del desierto se nota la presencia de vida animal y vegetal. Aquí habitan los pastores árabes con sus rebaños, alimentándose con la leche de los animales y, algunas veces, también con su carne asada. Decidimos por fin volver definitivamente la espalda al inmenso y monótono Ar-Rab al-Khali, y emprendimos el camino de regreso con la esperanza de encontrar alguna familia beduina que, obedeciendo a una ley atávica, se dirigiese hacia algún pozo de agua. El agua, el agua potable, éste era nuestro problema. Por fin el guía la descubrió. Se trataba de un pozo formado con agua de lluvia. El agua era verde y estaba cubierta por una capa de excrementos de camello que se habían hinchado hasta adquirir la dimensión y la forma de ciruelas maduras. El guía se arrodilló al borde y con un gesto prudente de la mano limpió una zona de los excrementos flotantes, luego tomó un poco de agua verdosa en sus manos y la probó con cuidado. Repitió la operación varias veces. Luego, tras haber susurrado un alhamdulillah (Alá sea alabado), levantó la mirada hacia nuestros rostros ansiosos y dijo: “El agua es buena”. “No es agua –replicamos– sino orina diluida y mezclada con estiércol”. Y aunque estábamos a punto de morir de sed, no fuimos capaces de beber aquello. Tras nuestra negativa, llevaron a los camellos a beber, después de apartar también la suciedad que flotaba en la superficie.

Nuestra pequeña caravana siguió adelante, viajando lo más aprisa posible con la finalidad de encontrar algún pozo de agua verdaderamente potable. Al día siguiente nos encontramos en el camino con una familia beduina. Hacia poco que sobre la zona había llovido abundantemente y uno de nuestros hombres conocía el lugar donde en otras ocasiones solía formarse un pozo de agua fresca. Efectivamente, tras seguir sus indicaciones, encontramos el pozo; mientras el guía llenaba nuestros odres, llegaron un hombre y algunas mujeres para charlar. La gente no tenía miedo porque yo estaba solo con un guía amigo. Seguimos a las mujeres al lugar donde habitaba la familia. Bajo una roca saliente se había construido un establo para los cabritillos recién nacidos. Las personas vivían frente al establo sobre una roca plana. De noche dormían a la intemperie, sin más techo que el cielo estrellado, pero durante el día extendían una tienda de piel de cabra negra atada a unos palos para protegerse del sol abrasador.

Era muy de mañana cuando llegamos a su vivienda. La familia estaba terminando de desayunar en ese momento. Reunidos bajo los rayos del sol del amanecer había dos hombres jóvenes, dos mujeres, un muchacho y dos niños. En los platos de madera había sobrado algo de leche de cabra y suero. Fui calurosamente invitado a unirme a ellos y acepté con gusto la bebida que me ofrecían. Estaba buenísima. Distribuí entre los niños unos bizcochos que me habían quedado en el bolsillo. Estos los tomaron en la mano con precaución y sólo se atrevieron a probar aquel alimento desconocido cuando sus padres respondieron con un gesto afirmativo de cabeza a sus miradas de interrogación. Ofrecí también tabaco a los hombres, pero éstos no fumaban. La familia vivía prácticamente de su ganado. Ocasionalmente comían dátiles y trigo, pero el alimento básico de los adultos y de los niños era la leche, el queso fresco y otros derivados. Los beduinos toman continuamente un café amargo obtenido de las cáscaras de los granos de café. Naturalmente, me ofrecieron esta bebida árabe, símbolo de hospitalidad, pero yo hubiese preferido mucho más el suero de la leche. Los hombres son capaces de vivir durante meses seguidos únicamente a base de leche y sus derivados. Encontramos pueblos en los confines meridionales y occidentales del Ar-Rab al-Khali que tenían esta dieta; estaban delgados pero parecían gozar de excelente salud. En el límite occidental del desierto pudimos encontrar hombres con sus rebaños de camellos que vivían sin probar prácticamente el agua. En su territorio había algunos pozos, pero el agua que contenían era tan amarga que las personas no podían beberla; solamente los camellos eran capaces de tomarla, y sus dueños tenían que conformarse bebiendo únicamente la leche de los animales. Cuando esta gente nos vio llegar corrió hacia nosotros con las cabezas caídas hacia atrás, las manos en la boca haciendo el gesto de beber y los ojos implorantes. Lo único que nos pidieron fue agua dulce para beber, implorando la misericordia de Alá (rahmatullah).

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

-    Patricia Almarcegui, Alí Bey y los viajeros europeos a Oriente , Editorial Bellaterra, Barcelona, 2007.
-    Pierre Loti, El desierto , Editorial Olañeta, Barcelona, 2008.
-    Juan de la Rada y Delgado, Las peregrinaciones a La Meca en el siglo XIX, Miraguano Ediciones, Madrid, 2005.
-    Sirdar Ikbal Ali Shah, Solo en las noches de Arabia , Editorial Sufí, Madrid, 1994.
-    Alí Bey (Domingo Badía), Viajes por Marruecos, Trípoli, Grecia, Egipto, Arabia, Palestina, Siria y Turquía , Editorial Olañeta, Palma de Mallorca, 2007.


NOTAS.-

[1] Pueblos de la Tierra vol. 8: Asia Occidental / Mundo Árabe, Burulán S.A. de Ediciones, Navarra, 1973, págs. 142-149.

[2] Daniel van der Meulen (1894-1989) nació en Holanda y comenzó su carrera en 1915 como administrador colonial en la Indias Orientales holandesas. En 1926 fue nombrado cónsul en Yeddah. Permaneció en Arabia durante diversos periodos de su vida profesional (1926-1931, 1939, 1941-1944), abandonando la carrera diplomática en 1949, aunque su interés por el mundo árabe e islámico continuó durante el resto de su larga vida a través de la literatura, la radiodifusión y los viajes. (Nota de la Redacción).

[3] Es decir, unas cinco veces la superficie de España. (Nota de la Redacción).

[4] Debe tenerse en cuenta que el artículo fue escrito a principio de los setenta. (Nota de la Redacción).

[5] Desde el siglo VIII los árabes ya narraban maravillosos relatos sobre ciudades grandiosas como la de Iram, con sus hermosos edificios de oro. Para más información, véase Redacción Alif Nûn, “ Literatura árabe clásica (III). El periodo ‘abbasí ”, en revista Alif Nûn nº 42, octubre de 2006. (Nota de la Redacción).

[6] El Protectorado Británico de Adén ocupó la zona sur de la Península Arábiga, en el actual territorio de la República del Yemen, desde 1886 a 1963.  (Nota de la Redacción).


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